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El diablo y la señorita jones Kate Walker


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Capítulo 7


 

Martha estaba leyendo en el porche. O tal vez sería más apropiado decir que estaba intentando leer. Se había sentado allí con un libro, sabiendo que tendría que esperar a que Carlos volviera. Sabía también que, si se fuera a dormir, no podría conciliar el sueño hasta que no hubiera hablado con él. Estaba convencida de que, después de la conversación que habían mantenido en la piscina, no podía dejar pasar otra noche sin decirle a Carlos la razón por la que estaba allí.

Él tenía derecho a saber que iba a tener un hijo. Eso era algo que ella había aceptado desde el principio. Pero después de la forma en que él había expresado sus ideas sobre la familia y los orígenes y raíces de una persona, le remordía la conciencia estar ocultándoselo.

También se sentía mal, pensando que él creía que Javier lo había llamado solo por ella. Aunque eso, por desgracia, podía parecer muy creíble, ella esperaba que cuando Carlos se diera cuenta de que lo que más le preocupaba a su abuelo era el bebé que ellos habían concebido, tal vez viera las cosas de otro modo.

Tenía que localizar a Carlos y hablar con él lo antes posible. Pero él había salido de casa antes incluso de que hubiera acabado de preparar el desayuno a Javier y no había vuelto a verlo en todo el día. Tampoco había ido a cenar. Para remate, Javier había estado de muy mal humor, quejándose de todo. Fue un gran alivio para ella cuando decidió irse a acostar.

–¡Así que estabas aquí!

Martha se sobresaltó al oír la voz de Carlos en medio del silencio de la noche. Se le cayó el libro de las manos, del susto, golpeando el suelo del porche con un ruido sordo.

Se oyó entonces el sonido de las pisadas de unas botas por el suelo de madera y, segundos después, apareció la imponente figura de Carlos arrodillándose ante ella. Pero solo para recoger el libro del suelo y entregárselo.

–Lo siento, no pretendía asustarte.

–Está bien...

Ella tenía pensado decirle muchas cosas, pero al ver su rostro sombrío y la llama verde que parecía arder en sus ojos, decidió cambiar de opinión. Solo podía pensar en lo cerca que estaba de él y en cómo los faroles del porche iluminaban su cara, haciéndola parecer más brillante o más sombría según el ángulo desde el que recibiera la luz.

–Gracias –dijo ella con voz temblorosa, tomando el libro, y luego añadió para romper el silencio–: Te perdiste el almuerzo y también la cena. ¿Dónde has estado todo el día?

–Con los caballos. Hay dos yeguas a punto de parir y dos potros que necesitan ejercitarse un poco. Parece que no los han sacado mucho últimamente.

–Javier ha intentado...

–Es evidente que ya no puede manejar la hacienda como antes. Yo conozco bien a los animales, y él lo sabe.

–¿Te pidió Javier que...?

–No. Ya sabes cómo es mi abuelo. Preferiría quedarse mudo antes que pedirme ayuda.

Carlos había ido a ver al ganado, se había preocupado por la hacienda asumiendo la responsabilidad, sin que nadie se lo hubiera pedido, a pesar de que sabía ya que no era heredero de esa propiedad. Pero la llevaba en la sangre y no podía evitarlo. Hasta tenía esos lapsus en los que seguía llamándole abuelo a Javier, como si realmente lo fuera.

–¿Dónde está el viejo ahora?

–Javier se fue a la cama. Dijo que estaba cansado.

–Me sorprende que lo dijera, nunca ha reconocido sus debilidades. Le sabes llevar muy bien, hace todo lo que dices y te deja que lo ayudes. Tienes mucha paciencia con él. Estás haciendo un gran trabajo. Has conseguido cosas que nunca habría imaginado.

Martha sonrió levemente; pero sin poder evitar en sus ojos una sombra de melancolía.

–Quizás sea porque soy una mujer... y no soy de su familia.

–Yo tampoco soy de su familia, ¿recuerdas?

–Pero eres la persona más cercana que tiene. Todos solemos ser más duros y exigentes con nuestros familiares..., con aquellos a los que amamos. Pero eso lo que demuestra precisamente es el amor que los tenemos.

–¿Lo dices en serio? –dijo él, incorporándose y poniéndose a pasear inquieto hasta el otro extremo del porche–. Javier me echó de su casa y me desheredó. ¿Crees de verdad que eso fue una muestra del amor que me tiene?

Martha esbozó una mueca de tristeza al escuchar esas palabras amargas llenas de ironía. Sintió deseos de acercarse a él y tocarlo, aunque solo fuera en un brazo, para consolarlo y salvar la distancia que parecía separarlos. Pero no se atrevió a hacerlo. Sabía que no debía intentar nada hasta que no le dijera la verdad sobre la razón por la que estaba allí. Aunque temía que cuando se la dijera, tal vez, la brecha que había entre ellos se hiciera aún más grande que nunca.

–Comprendo el dolor que sientes. Sé el amor que le tienes a pesar de lo que te ha hecho.

–No irás a decirme también que me pidió que viniera aquí como muestra de su amor, ¿verdad? –dijo Carlos, apoyándose en la barandilla del porche y mirando las estrellas–. ¿O has tenido tú algo que ver en esto?

–No...


Ella hubiera deseado ardientemente poder decirle que no tenía nada que ver con el hecho de que Javier le hubiera llamado. Pero no quería mentirle. Sabía que la sinceridad era el único camino viable para avanzar en su relación.

–No estoy muy convencido.

–No es nada de lo que piensas –replicó Martha, incapaz de soportar más el tono irónico de Carlos–. El hecho de que esté aquí cuidando a Javier y de que tú hayas venido no tiene nada que ver con herencias ni con ninguna pretensión mía sobre su dinero.

Él se volvió ahora hacia ella y la miró fijamente. Casi no podía verle la cara, pero sí la larga y esbelta silueta de su cuerpo recortada contra la oscuridad de la noche.

–Entonces, ¿con qué tiene que ver?

–Contigo y conmigo... Con esa noche que pasamos en el hotel. Con la noche en que nos conocimos...

Se le quebró la voz en las últimas palabras, como si sintiera vergüenza o pudor al pronunciarlas.

Los dos se quedaron por unos instantes quietos y en silencio.

–Esa noche –repitió él, acercándose de nuevo a ella.

–Esa noche que estuvimos juntos... el preservativo no funcionó. Nosotros... yo... estoy embarazada. Voy a tener un hijo tuyo.

Las palabras sonaron con rotundidad en mitad del silencio de la noche. Ella casi creía escuchar cómo se le ponían los pelos de punta tras su cruda revelación. Nunca había pensado decírselo de esa forma tan brusca e improvisada. Había planeado esperar la ocasión propicia para exponerle la situación tranquilamente, después de algunas explicaciones previas. Pero no había podido aguantar más la angustia y se lo había soltado todo sin pensárselo dos veces. No podría haberlo hecho peor por más que lo hubiera intentado.

Carlos se quedó helado, como si se hubiera convertido en una estatua de piedra.

–Un hijo –repitió él, en un tono como si estuviera pronunciando una palabra terrible–. ¿Cómo diablos pudo pasar una cosa así? –preguntó él secamente.

A Martha se le heló la sangre en las venas al escucharlo.

–Como pasan siempre estas cosas –respondió Martha con un cierto tono de frivolidad que pensó podría relajar la tensión del momento pero del que se arrepintió en seguida al ver cómo él fruncía el ceño–. El preservativo debió de romperse. O, tal vez, ya estuviera defectuoso. Te juro que el bebé es tuyo. Ya sabes que yo era...

–Sí, lo sé –dijo él, haciendo un aspaviento con las manos como desestimando lo que ella estaba a punto de decir–. Por mis pecados, que sé que eras virgen.

«Por mis pecados», se dijo ella. Esas palabras parecían expresar con claridad lo que él sentía en ese momento.

Carlos se puso a pasear de nuevo por el porche. Sus movimientos inquietos dejaban bien a las claras la batalla que estaba librando consigo mismo.

–Sabía que el preservativo se había roto. ¿Por qué demonios si no crees que salí de la habitación a tomar un poco el aire?

Eso indicaba a todas luces el rechazo y la aversión que él había sentido aquella noche ante la idea de tener que enfrentarse algún día a esa situación.

–¡Lo sabías! –exclamó ella sorprendida, en un hilo de voz–. Pero no me dijiste nada. Te marchaste de la habitación deprisa como si huyeras de algo.

–No me siento orgulloso de ello. Sé que no abordé la situación como debía. Pensé que cuando volviera a la habitación podríamos tratar el asunto con más calma.

–¿Y qué habrías hecho entonces? ¿Ponerte de rodillas y decirme que no me preocupase, que si me quedaba embarazada estarías a mi lado y no me dejarías nunca? No lo creo –dijo ella, y añadió luego al ver la expresión sombría de sus ojos–: Por supuesto que no.

Carlos se quedó inmóvil a unos metros de ella. Martha lo miró fijamente. Nunca antes le había parecido tan alto, tan grande, tan oscuro. Nunca antes le había visto así. Él era su hombre, su amante por un día y... el padre de su hijo.

–No. Pero me habría gustado sentarme contigo y hablar.... Decidir lo que podríamos hacer en caso de que el error que habíamos cometido tuviera consecuencias.

Martha no podía creer lo que estaba escuchando. Ella había estado pensando todo ese tiempo en su bebé, en el niño al que ya amaba aun antes de que naciese. Había pensado en su deber de decirle a Carlos que iba a ser padre. Y él se limitaba ahora a describir la situación en términos de consecuencias... y errores.

–Pues bien, las consecuencias, como tú dices, ya están aquí –dijo ella con ironía.

Hubiera querido no seguir empleando ese tono de frivolidad, pero era la única forma que tenía de contrarrestar la angustia y la agitación que sentía por dentro.

–¿No te cabe ninguna duda de que estás embarazada?

–Ninguna. Estoy de cuatro meses, tres días y... –echó un vistazo al reloj que veía todo borroso por las lágrimas que empezaban a brotar de sus ojos– cinco horas, arriba o abajo, según tengamos en cuenta la hora local de Inglaterra o de Argentina. Estamos hablando de tu hijo –añadió ella, temerosa de que él dudase de su paternidad.

Después de todo, tampoco tenía ninguna prueba para demostrarlo.

–¿No ha habido nadie más?

–¡Nadie! –exclamó ella indignada–. ¿Por qué clase de mujer me tomas? ¿Crees acaso que tenía un pelotón de hombres haciendo cola en la puerta de mi habitación? ¡Debes de estar de broma! Después de mi experiencia con Gavin... y luego contigo, creo que ya he llenado mi cupo de relaciones desastrosas por una buena temporada.

–No me compares a mí con ese canalla malnacido con el que estuviste comprometida. Sea lo que sea, yo no soy un embustero y un farsante como él. Y sé que eras virgen cuando nos acostamos juntos.

«Por mis pecados...» pareció ella estar oyendo de nuevo.

–Podría pedirte que nos hiciéramos un test –dijo Carlos secamente.

Ella estaba preparada para esa respuesta. Era lo menos que había esperado.

–Naturalmente –replicó Martha–. Estoy dispuesta. No tengo nada que ocultar.

Él clavó sus brillantes ojos verdes, ahora más oscuros, en los suyos, tratando de bucear en su alma y en su corazón, en busca de la verdad. Luego asintió levemente con la cabeza y se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros.

–Te creo. No podrías demostrar tanta seguridad si me estuvieras mintiendo. Lo vería en tu cara. Así que tenemos un hijo. Mi hijo. Por eso viniste aquí a buscarme para...

–Para decirte que ibas a ser padre. Solo para eso. Tenías derecho a saberlo.

Aún se sentía algo aturdida, tras la angustiosa conversación que había tenido para convencerle de que el bebé era suyo.

–Y ¿qué esperas ahora de mí? –dijo él fríamente, con el ceño fruncido y el cuerpo tenso.

–¿De ti? Nada.

Era verdad. Ella no esperaba nada de él. Al principio, cuando él había llegado a El Cielo, había albergado alguna esperanza. Pero la había perdido por completo al no observar en él la menor muestra de interés hacia ella. Ahora, parecía volver a ver el calor en su ojos cuando la miraba, demostrando que aún la deseaba sexualmente. Pero no le había dicho nada que le indicase que sintiera por ella algo más profundo.

–¿Esperas que me lo crea?

–¿Por qué no, Carlos? ¿Porque soy una de esas vírgenes pesadas que se aferran a un hombre y no le dejan en paz? No tienes por qué preocuparte. Además, ya no soy virgen. Vine solo para decirte que llevo en mi vientre una nueva vida que hemos creado entre los dos. Una vida que pienso amar y cuidar lo mejor que pueda. Si quieres formar parte de la vida de nuestro bebé, serás bienvenido, emprenderemos juntos ese nuevo camino. De lo contrario, me haré cargo yo sola de todo.

–Antes quiero hacerme una prueba de ADN –dijo Carlos bruscamente.

–Por supuesto –replicó Martha, tratando de disimular la decepción que sentía ante esa nueva demostración de desconfianza hacia ella–. Es lógico que quieras asegurarte de que el hijo es tuyo.

Martha tragó saliva para intentar digerir el nudo que tenía en la garganta. ¿Qué otra cosa podía haber esperado? Debía haber sabido que él no iba a creerla tan fácilmente.

–¡No! –exclamó él con gran vehemencia, consiguiendo despertar en ella un escalofrío a pesar de la calidez de la noche–. Lo que de verdad quiero es que mi hijo o mi hija sepan a ciencia cierta quién es su verdadero padre. Que no tengan ninguna duda en su vida de cuáles son sus raíces. Que no puedan descubrir un buen día, de repente, que han vivido engañados toda su vida y que todo aquello en lo que habían creído era solo una mentira y una falsedad.

Como le había ocurrido a él. No necesitaba decirlo con palabras. No había ninguna duda de que todo lo que acababa de decir tenía como espejo su amarga experiencia en la vida.

Martha no pudo evitar que las lágrimas rodaran de nuevo por sus mejillas al recordar la cara de dolor de Carlos cuando llegó a El Cielo y vio a Javier en la silla de ruedas.

–Y luego nos casaremos.

Martha se quedó con el corazón encogido durante unos instantes. No sabía si las palabras que creía haber oído eran una ilusión, un eufemismo o solo una forma de hablar. No estaba segura de haberlo entendido bien. A lo mejor, él había dicho otra cosa. Pero su voz había sonado tan suave como rotunda. No había la menor sombra de duda en sus palabras.

Pero, tras esos instantes de sorpresa, trató de reflexionar. Esa no era la forma en que ella había esperado que se solucionasen las cosas. Ese no había sido el objetivo de que ella hubiera viajado miles de kilómetros para ir a buscarlo allí, en El Cielo. No podía serlo después de haberle oído decir aquello de: «Las vírgenes tiene tendencia a aferrarse a uno... Tienen estrellas en los ojos y sueñan con un príncipe azul y una vida eternamente feliz».

Esas palabras resonaban en su cabeza como los ecos de una montaña. No, ella no había ido allí soñando con un bonito cuento de hadas. Sabía que Carlos nunca sería su príncipe azul, porque el príncipe del cuento se había enamorado locamente de Cenicienta. Igual que ella de Carlos.

Después de su experiencia con Gavin, no tenía intención de volver a abrir su corazón, embarcándose en la aventura de un matrimonio sin garantías. Ella quería que su matrimonio estuviera basado en el amor mutuo y no en satisfacer un simple deseo.

Respiró hondo un par de veces, tratando de buscar las palabras adecuadas.

–Eso no va a suceder –dijo ella, satisfecha de haber sido capaz de pronunciar esas palabras sin haberle temblado apenas la voz.

–¿Por qué no? –replicó él, sin dar crédito a sus oídos.

Si, un instante antes, se había quedado de piedra al escuchar que iba a ser padre, ahora se había quedado casi paralizado.

–Porque no nos vamos a casar.


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