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El diablo y la señorita jones Kate Walker


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Capítulo 4


 

Martha ya no podía aguantar más el cúmulo de sensaciones que la abrasaban por dentro, anulando su mente. No podía seguir habitando por más tiempo en aquellas alturas de placer y sensualidad. Así que, lentamente, vio cómo esa sensación placentera se desvanecía, recuperando poco a poco, con cierto pesar, su estado de normalidad.

Su respiración comenzó a relajarse y su frenético ritmo cardíaco a recobrar sus pulsaciones de reposo. Parpadeó con fuerza un par de veces hasta comprobar que estaba descendiendo a la tierra de nuevo, de vuelta a la realidad.

Se vio tumbada en la cama, quieta y exhausta, bajo el peso de Carlos.

Sabía que él seguía allí por el calor y la presión de su cuerpo, pero no se atrevió a mirarlo a la cara para intentar averiguar lo que estaba pensando. La experiencia tan excitante que acababa de vivir a su lado aún nublaba su mente. Había conseguido llevarle más allá del límite de su control.

¿Habría hecho algo malo?, se preguntó ella. ¿Lo habría decepcionado de alguna manera?

No tenía apenas experiencia para poder hacer comparaciones. No tenía forma de saber si había sido tan buena para él como él lo había sido para ella.

Creyó oír entonces aquellas terribles palabras de Gavin, amenazando perturbar la felicidad del momento: «Será como dormir con un caballo».

Trató de olvidarlas.

Él la había deseado. De eso no le cabía duda. La había deseado. Y ella lo había deseado a él con toda su alma.

¿Por qué iba entonces a arrepentirse de nada?

¿Por qué iba sentir el menor recelo por lo que había sucedido?

¿Cómo podía lamentar haberse iniciado de esa forma tan gloriosa en la realidad del sexo?

Nunca se había imaginado que pudiera haber algo así. Había sido fabuloso. No tenía punto de comparación con lo que había oído o leído sobre el tema.

¿Quién podría arrepentirse de una experiencia como esa?

Ella, desde luego, no.

¿Y Carlos?

Se estremeció interiormente como si él hubiera podido escuchar el sonido de su nombre en sus pensamientos.

Carlos se revolvió en la cama, suspiró profundamente y se dejó caer a un lado de ella, quedándose tendido boca arriba.

–Esto no debería haber ocurrido nunca –dijo él con cierta aspereza.

Ella escuchó angustiada sus palabras, pero conservando aún íntegras sus esperanzas. De lo contrario, esa declaración tan fría y tajante le habría sonado a un toque de difuntos.

Pero tampoco podía olvidar un detalle muy importante. El hecho de que ella, debido a su poca experiencia, no pudiera hacer comparaciones no significaba que Carlos estuviese en el mismo caso. Para él, sin duda mucho más experimentado, aquella relación podía haber resultado muy diferente. Tal vez, hubiera deseado tener una pareja sexual más experta que pudiera estar a su altura. Una mujer que fuera tan buena en la cama como él, no una principiante como ella que se había sentido fascinada y casi había perdido el conocimiento en el éxtasis de su primer orgasmo.

–Puedes decir lo que quieras –dijo ella con voz temblorosa–. Pero no me pareció que tratases de luchar por evitarlo.

–Tienes razón –replicó él.

Carlos se sentó en la cama, miró el preservativo con gesto airado y se lo quitó bruscamente tirándolo a la basura.

–No me esforcé lo suficiente para evitarlo. Ese ha sido mi peor error –añadió él.

Martha lo miró fijamente y se mordió el labio inferior, preguntándose si él era consciente del daño que le hacían sus palabras al describir con ese desdén lo que acababa de pasar entre ellos, los momentos tan maravillosos que habían compartido. Ahora comprendía que solo ella había puesto el alma. Aquel momento mágico en que ella había perdido su virginidad, tratando de disimularlo, él lo había calificado como «su peor error».

–Yo lo deseaba y... –dijo él con aire compungido, de espaldas a ella.

¡Maldita sea! No estaba dispuesta a escuchar disculpas. Nadie tenía culpa de nada. Ambos eran adultos y sabían lo que hacían.

–Y yo también.

–Sí, ya sé que tú lo deseabas. Me lo dejaste muy claro –dijo él, llevándose las manos a la cara y luego pasándoselas por el pelo en un gesto que ella no supo decir si era de rabia o de disgusto consigo mismo, dado que no le veía la cara para poder interpretar su expresión–. El problema es que tengo una regla personal que tú me has hecho romper.

–¿Una regla? ¿Qué regla? –preguntó Martha.

Carlos se giró entonces hacia ella.

Martha se estremeció al ver la expresión de rechazo en su cara y se agarró a la almohada sintiendo que la sangre se le helaba en las venas.

–Eras virgen –afirmó él en un tono acusador como si eso fuera el mayor pecado del mundo.

Carlos tenía el rostro contraído, los ojos entornados y la mandíbula desencajada, demostrando el estado de tensión en que se hallaba.

Tras los ardientes momentos vividos hacía solo unos minutos, ella sintió como si le echaran ahora de repente un jarro de agua de fría por la espalda y le devolvieran a una amarga realidad.

–No creo que haya podido pillarte de sorpresa –dijo ella secamente–. ¿O es que acaso no te fijaste en mi vestido blanco... y en mi velo de novia? –añadió ella señalando bruscamente hacia los restos de su traje de novia desparramado sobre la colcha.

–A las mujeres les gusta ir vestidas de blanco a su boda, aunque ese no sea el color más apropiado a su condición.

–Veo que eres de esos que no se fía de lo que pone en las etiquetas, ¿eh? –dijo ella en tono desafiante, pero con un sentimiento de dolor y decepción.

¿Qué? –exclamó él, al no comprender bien la frase.

–No pensaste que podía tener derecho a ir de blanco a mi boda, ¿no es verdad?

Carlos pensó que no era el momento adecuado para decirle que su perfume tan sensual se le había subido a la cabeza y a otras partes más primitivas de su anatomía cuando le había desgarrado el volante de la falda. Que su cuerpo sensual y voluptuoso había despertado su deseo antes de que supiera nada sobre ella. Que tenía el corazón aún acelerado después de haber probado el sabor de su boca y haber sentido el contacto de su piel. Que con sus pezones rosados en la boca y ardiendo de deseo, sacar conclusiones racionales sobre el tipo de mujer que era habría sido en lo último en lo que hubiera pensado.

Carlos nunca había deseado a una mujer tanto como a la señorita Jones. Y, de modo muy especial, porque ella se había entregado a él en su condición de Carlos Diablo. Solo como un hombre. Sin saber nada de su pasado ni de su riqueza.

Ahora, en cambio, no podía pensar con claridad, obsesionado por haber quebrantado su regla número uno y no haber sido capaz de ejercer ese autocontrol del que se sentía tan orgulloso. Le dolía la cabeza solo de imaginar las consecuencias que ello podría acarrear.

Cuando era niño, poco después de que su padre muriese y de que su madre lo abandonase, había tenido una pesadilla recurrente. Estaba dormido en la cama, aunque él no era consciente de ello, y cuando miraba a su alrededor, veía que las paredes de la habitación comenzaban a estrecharse y el techo a bajar amenazando con aplastarlo.

Era lo mismo que sentía ahora, aunque estaba despierto. La única vez que había tenido una sensación parecida había sido a los dieciocho años cuando Eve, otra maldita virgen...

–¿Por qué no pensaste que era virgen? –preguntó Martha, interrumpiendo sus amargos recuerdos.

–Has estado prometida. En los tiempos actuales, la mayoría de la gente mantiene relaciones íntimas antes de legalizar su relación. Además, tenías preservativos en el bolso y no parecías comportarte exactamente como una virgen. No podía sospechar que...

–¿Y si te hubieras dado cuenta?

En ese caso, él nunca la habría tocado. La habría acompañado al tren o al autobús, tal como había pensado inicialmente, y se habría alejado de ella, con la satisfacción de haber conservado la libertad que tanto valoraba. Una libertad que no valía la pena arriesgar solo por el deseo fugaz de una noche, por mucho que la sangre que corría de forma alborotada por sus venas le dijese lo contrario.

De hecho, empezaba a sentir un deseo irrefrenable de volver a hacer el amor con ella. Pero sabía que ese placer llevaba aparejado toda una serie de ataduras y compromisos.

Se sentía atrapado, no podía respirar. Y lo peor de todo era saber que ese estado de ánimo era consecuencia de su propia estupidez. Y de su lujuria. Había tenido más sensatez a los dieciocho años. Había perdido el control, quedando a merced de su deseo por una mujer y olvidando las amargas lecciones que había aprendido en el pasado.

–La cosa es muy sencilla de entender. No me acuesto con vírgenes.

Si ella había estado antes fría y distante, ahora parecía como si en vez de sangre tuviera hielo en las venas. Sin embargo, su cuerpo aún palpitaba bajo los efectos de la pasión que pensaba haber compartido con Carlos. Pero él no mostraba el menor signo de sentir nada parecido. La dureza de su rostro y la línea sombría de su boca así lo reflejaban.

De nuevo las palabras hirientes de Gavin resonaron en su mente: «Espero que eso me ayude a pasar el trago... Será como dormir con un caballo...».

Todos los complejos que creía ya olvidados resurgieron de nuevo con mayor fuerza que antes. Lo había decepcionado. Había demostrado su inexperiencia. No le había dejado satisfecho.

–¿Y eso por qué, si puede saberse? –preguntó ella con una voz que no reconoció como suya.

–La vírgenes tienen tendencia a aferrarse a uno y no soltarle nunca –respondió él con un tono de voz plano, carente de toda emoción.

Era obvio que esa declaración era consecuencia de una experiencia del pasado.

–Y supongo que tú no quieres que nadie se aferre a ti, ¿verdad?

–Te lo dejé bien claro desde el principio. Nada de compromisos, ni ataduras, ni proyectos de futuro. Pero las vírgenes tienen estrellas en los ojos y sueñan con un príncipe azul y un mundo eternamente feliz.

Martha había visto ya las estrellas una vez esa noche y no necesitaba una segunda lección.

Pero eso era lo que la vieja Martha decía. La que había llegado virgen a los veintitrés años porque no había vivido la vida hasta ahora. La que había estado cuidando de su madre enferma durante tanto tiempo que le costaba trabajo recordarlo. La virgen, tanto en el aspecto sexual como social, que había creído ingenuamente haber encontrado la felicidad al conocer a Gavin. La que había tenido en los ojos estrellas tan brillantes que la habían cegado, impidiéndole ver que, en realidad, solo se había enamorado de la idea del amor.

Pero se había jurado dejar atrás a la vieja Martha.

Porque ella deseaba al hombre que estaba ahora sentado a unos metros de ella.

Aún podía sentir el influjo sexual que ejercía sobre ella. Ese cuerpo alto y esbelto, de anchos hombros y piernas fuertes y musculosas, que parecía llenar la habitación. Con sus facciones tan varoniles y esos pómulos que parecían esculpidos con un cincel. Con la piel bronceada como si estuviera bañada en oro. Con su pelo fuerte y sedoso, siempre algo revuelto, y la mandíbula ahora más oscura por el día que llevaba sin afeitar, dándole un aspecto aún más peligrosamente atractivo.

Todavía conservaba su olor en el cuerpo y el sabor de sus besos en la boca. Si se pasaba la lengua por los labios, podía revivir de nuevo todas las sensaciones de hacía unos minutos. Había sido lo más excitante que había vivido nunca. Y deseaba más. Pero el rictus amargo de su boca y la expresión sombría de sus ojos verdes le advertían de que no debía insistir en ello. De momento.

–Tal vez algunas mujeres sean como dices –replicó ella con cierta cautela–. Pero eso no es lo que yo deseo de ti. Solo somos un par de extraños, dos barcos que se cruzan en la noche, ¿recuerdas? Fue bonito mientras... ¿Qué estás haciendo?

–Vestirme –contestó él, con voz serena pero con una mirada mordaz, recogiendo los pantalones vaqueros del suelo–. Necesito un poco de aire fresco...

Martha miró la ropa que habían tirado al suelo hacía solo unos minutos en el calor de su pasión y sintió como si todo eso hubiera sucedido muchos años atrás.

–Está bien.

«Las vírgenes tienen tendencia a aferrarse a uno», se repitió ella.

¿Sería verdad?

Martha no lo sabía con certeza pero estaba decidida a demostrarle que, al menos en su caso, eso no era verdad. Preferiría morirse antes que admitir que se estaba desgarrando por dentro al ver cómo se ponía los pantalones y se abrochaba el botón de la bragueta como si necesitase protegerse contra ella.

Esa mañana, había dejado atrás a un hombre y, tal vez, esa noche tuviera que repetir esa experiencia de nuevo. Aunque, más bien, sería Carlos el que la dejase a ella. Si no la deseaba, ella tampoco iba a arrastrarse mendigando...

Pero estaba segura de que la había deseado. Al menos, esa primera vez. Sí. La había deseado con una pasión incontrolable en cuyo fuego los dos se habían abrasado. Eso no lo podía negar. Parecía imposible que esa llama se hubiera apagado en tan poco tiempo, cuando su cuerpo aún crepitaba en el rescoldo del increíble orgasmo que había experimentado.

Pero si para él no quedaba de todo eso más que las frías cenizas, ella no iba a humillarse para tratar de retenerlo.

–Necesitarás esto si vas a salir –dijo ella, dándole la camiseta que estaba al pie de la cama–. Y esto otro –añadió, señalando hacia la chaqueta de cuero.

–Gracias..., señorita Jones –replicó él con retintín, encogiéndose de hombros y poniéndose ambas prendas.

Martha lo miró fijamente y, a pesar de todo, sintió revivir en su corazón la llama de la pasión.

Señorita Jones. El demonio y la señorita Jones... Dos personajes de ficción que se habían conocido y habían pasado una noche juntos. Él no había querido saber su nombre verdadero. No había querido saber quién era ella realmente. Había sido solo un instante fugaz. Ahora todo había terminado. De nada servía lamentarse. Había que aceptar la situación tal como era.

–¿Aún sigues aquí? –dijo ella fríamente, tratando de aparentar indiferencia–. Creí que necesitabas salir a tomar un poco el aire.

Martha lo miró a los ojos y creyó ver en ellos toda la verdad. A él le disgustaba su presencia en la habitación, una vez que la pasión entre ellos había muerto. Era cierto lo que su madre le había dicho siempre acerca de los hombres: una vez que habían conseguido lo que querían ya no volvía una a verles más el pelo. Así había sido con su padre. Le había faltado tiempo para desparecer al enterarse de que había dejado embarazada a su madre.

–Adiós, señor Diablo –exclamó ella, recalcando las palabras.

¿Pensaría irse realmente? Ella no podía imaginar cómo se sentiría si lo hiciera. Quizá, decepcionada, perdida, o, tal vez, aliviada. Probablemente, una mezcla de esas tres cosas, en dosis diferentes según su estado de ánimo. Lo que sí tenía claro era que si él pretendía con su actitud que ella le suplicara que no se fuera, ya podía esperar sentado. Le dejaría marcharse sin decirle una sola palabra para retenerlo.

Apretó los labios con fuerza y esperó en silencio con los nervios a flor de piel. Trató incluso de cerrar los oídos para no oírle moverse por la habitación hasta que el ruido de la puerta le anunció alto y claro que se había marchado y la había dejado sola.

¿Y ahora qué?, se dijo Martha, sentándose en la cama y dejando escapar en un suspiro todo el aliento contenido. ¿Adónde iría ella ahora?

«Las vírgenes tienen tendencia a aferrarse a uno». Las palabras de Carlos resonando en su mente, le dieron la pista de la única cosa sensata que podía hacer.

Si Carlos hubiera sabido que ella nunca había tenido un amante, nada de lo de esa noche habría sucedido. Él no hubiera querido hacer el amor con una virgen. Estaba convencido de que ella se aferraría a él como una lapa. Pero nada más lejos de sus intenciones.

Y había una cosa que podía hacer para demostrarle que estaba equivocado: salir de su vida y dejarlo en paz.

Aunque sospechaba que paz no era probablemente la palabra más adecuada para describir la vida de Carlos Diablo en ese momento.

«¿No tienes un trabajo, una casa o una familia esperándote?», le había preguntado esa mañana en la carretera.

Y él le había respondido de forma ambigua con una amarga sonrisa: «Solo tengo lo que está a la vista».

Ella no podía ayudarlo en eso. Pero, al menos, podía demostrarle que había personas que no pretendían forzarle a hacer lo que no quería.

Ella le había dicho que deseaba estar con él esa noche sin pedirle nada más, y estaba dispuesta a demostrarle que sabía cumplir su palabra.

Él le había dicho que eran solo dos barcos que se habían cruzado en la noche. Y esa noche, o al menos la parte de ella que habían pasado juntos, ya había terminado.

No tenía intención de estar allí cuando volviese. Podía imaginar la cara que pondría si la viese allí al volver. Había visto ya la expresión negra y sombría con la que la había mirado hacía unos minutos y no deseaba repetir la experiencia. Con una vez ya había tenido suficiente.

Sin pensárselo dos veces, y para evitar que pudiera cambiar de opinión, se bajó de la cama y comenzó a recoger sus cosas.


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