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El diablo y la señorita jones Kate Walker


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Capítulo 3


 

Fue el viaje más emocionante que había hecho en su vida.

Carlos conducía la moto de forma tan rápida pero a la vez tan suave que casi parecían ir volando.

Ella había perdido la noción del tiempo. No sabría decir si llevaban unos minutos o unas horas viajando. Solo era consciente de que la lluvia había amainado y que el sol comenzaba a asomar tímidamente entre las nubes.

Fue entonces cuando la moto, que había ido como la seda hasta entonces, empezó a dar tirones y a hacer unos ruidos extraños.

Carlos aminoró la marcha hasta parar la máquina en el arcén de la carretera, a la entrada de una pequeña ciudad.

– ¿Ocurre algo? –preguntó Martha, viendo cómo Carlos trataba de arrancar el motor de nuevo.

–Me temo que sí –respondió él con el ceño fruncido–. Creo que no vamos a poder continuar. Habrá que llevar la moto a un taller a que vean lo que tiene.

– ¡Oh, no! –exclamó ella, sin tomarse la molestia de disimular su contrariedad.

¿Era ese el final de su futuro prometedor?

¿Era eso todo lo que había dado de sí su apasionante aventura?

¿Era posible que la avería de una moto pudiera acabar con todo antes incluso de que hubiera empezado?

–Estoy seguro de que debe haber una estación de ferrocarril o de autobuses por aquí cerca –dijo Carlos, mirando a su alrededor–. Algún medio de transporte para que puedas volver a tu casa.

Sí, eso sería lo más sensato que podía hacer. Eso sería lo que la vieja Martha habría hecho.

Pero la nueva Martha estaba dispuesta a asumir riesgos. Y ahora se le presentaba la oportunidad que buscaba.

–Pero está empezando a anochecer y me siento ya lo bastante lejos de aquel lugar como para sentirme segura de haber dejado atrás lo que podría haber sido el mayor error de mi vida. No sé tú, pero a mí no me vendría nada mal darme un poco de descanso para analizar la situación. Tiene que haber algún motel o algún hostal por aquí.

–¿Quieres pasar aquí la noche?

A juzgar por el tono de su voz, Carlos no parecía muy entusiasmado con la idea.

A la vista de sus vacilaciones, la vieja Martha pareció resurgir de nuevo tratando de imponer cordura y sensatez sobre las fantasías e ilusiones de la nueva Martha. Carlos se lo había dejado bien claro: debía montarse en un tren o en un autobús y marcharse a su casa. Era evidente que él no sentía por ella lo mismo que ella creía sentir por él. ¿Quería acaso hacer el ridículo delante de él poniéndose en evidencia? No. Lo mejor sería tomar el primer tren que pasase por allí y dejar de hacer estupideces. Ya había hecho bastantes.

La fascinación del viaje en la moto parecía desvanecerse y las crueles palabras de Gavin volvían a resonar en su mente. Tal vez, solo había estado engañándose a sí misma, pensando que podría llegar a ser una nueva mujer. La nueva Martha.

Sin embargo, el beso había sido real...

–Está bien, olvídalo –replicó ella, encogiéndose de hombros y tratando de aparentar indiferencia.

–No –dijo Carlos de forma repentina–. Creo que lo del motel puede ser una buena idea.

–Sí, tal vez un sitio que no sea muy caro –replicó ella, pensando que tal vez la causa de sus reservas era que no podía permitirse el lujo de pagar una noche en un hotel costoso.

Pero Carlos no parecía estar escuchándola.

–Deberíamos encontrar cuanto antes un lugar donde alojarnos –dijo él, y luego añadió, con voz de mando, suave pero firme, señalando al casco que aún llevaba en la cabeza–: Quítate ya eso.

A Martha no le gustaba dejarse dominar por nadie, pero cuando él la miraba con esos ojos verdes tan profundos no podía resistirse. Solo deseaba hacer lo que él le dijera.

Se quitó el casco y se soltó el pelo. Pero se quedó helada al instante cuando Carlos le agarró las manos, inclinó la cabeza hacia ella y la besó en la boca. No fue un beso tan apasionado como el primero, sino más suave. Pero, mientras que el primero había provocado un incendio en su interior, el de ahora parecía envolverla en una ardiente espiral de sensualidad que se extendía desde la boca del estómago hasta el último nervio y la última célula de su cuerpo. Tuvo la sensación de estar brillando en la oscuridad de la noche. Cada palmo de su piel parecía hipersensibilizado. Tenía la respiración entrecortada y el corazón desbocado. El sabor de sus labios y el torbellino de su lengua dentro de su boca, resultaban tan embriagadores como un brandy añejo deslizándose por la garganta y provocando un delicioso mareo.

Cuando Carlos se echó hacia atrás unos centímetros, apartando los labios de los suyos, ella no pudo contener un leve gemido de protesta. Sintió que perdía el equilibrio y se inclinaba hacia delante, como si fuera incapaz de sostenerse por sí misma y él la hubiera estado sujetando y ahora la hubiera dejado sola, a su suerte.

Pero la sensación solo duró una fracción de segundo. Sintió los brazos de Carlos estrechándola de nuevo y recobró el equilibrio y la seguridad. Entonces, se dio cuenta de que él había estado todo el tiempo guardando las distancias, mientras ella se había sentido atraída por él como una aguja por un imán.

–Carlos...

Pensó que hablar sería la única forma de evitar ponerse de puntillas y volver a besarlo de nuevo.

Se llevó la mano a la boca, como tratando de mantener el sabor de sus besos, sin dejarlos escapar de su boca.

Carlos la apretó entre sus brazos y la miró fijamente con un brillo ardiente en los ojos.

–Lo sé –dijo él, en voz baja–. Es exactamente lo que yo siento también. Por eso, necesitamos encontrar un lugar cálido, bajo techo, donde podamos estar solos. No sé si podré controlarme la próxima vez que te bese.

«Un lugar cálido en el que podamos hacerlo...».

No, él no había llegado a decir esas palabras, pero parecían implícitas en sus ojos, en su voz, en el calor que emanaba de las palmas de las manos que aún la sujetaban y que ella sentía incluso a través de la chaqueta de cuero. Tenía el nivel de consciencia bajo mínimos. Sabía que debía de haber otras personas paseando por allí, coches que cruzaban junto a ellos, pero ella ni siquiera se daba cuenta. Toda su atención se centraba en el hombre que tenía frente a ella, en su rostro tan varonil y en sus ojos verdes tan profundos. El resto del mundo parecía haberse borrado. No significaba nada para ella en ese momento.

Las palabras de Carlos resonaron en su corazón: «La próxima vez que te bese...».

Pero ¿por qué iba a confiar en un hombre que solo conocía desde hacía unas horas? ¿Pensaba irse a un hotel con él simplemente porque lo deseaba?

Sí, esa era la respuesta. Lo deseaba. La nueva Martha lo deseaba. Lo supo cuando él pareció dispuesto a acompañarla al tren o al autobús y dejarla marchar sin volver la vista atrás. Entonces había sentido como si le hubieran clavado un puñal en el corazón y había comprendido lo mucho que lo deseaba. Nunca se había sentido más viva. Era una emoción que había ido alimentando durante el viaje, sintiendo el calor y la dureza del cuerpo de Carlos contra su pecho.

Ella quería más de eso.

Y, como para reafirmar su decisión, la lluvia que había cesado durante los últimos minutos comenzó a caer de nuevo con una fuerza inusitada, empapándole el pelo. Se apretó contra la camiseta y los pantalones vaqueros de Carlos, igualmente empapados. Sintió un escalofrío al percibir la dureza de sus músculos y las poderosas líneas de su cuerpo.

–Tenemos que entrar... –dijo ella como un autómata, mirando a su alrededor en busca de algún lugar en el que refugiarse–. Allí –añadió, viendo el letrero luminoso de un pequeño hotel que había a unos cien metros, al otro lado de la carretera.

Carlos le agarró de la mano, llevando la moto con la otra, y se dirigieron hacia allí.

Al sentir el calor y la firmeza de su mano, ella recordó el momento en que él se había presentado y le había dicho su nombre. Desde ese instante, había empezado a confiar en él. Había empezado a verlo como un hombre fiable, incapaz de hacerle ningún daño. Pero ¿estaba segura realmente de eso? Tal vez no le hiciera ningún daño físico, pero sí podría romperle el corazón. Tendría que andarse con mucho cuidado. Tendría que tener bien claro si estaba buscando solo emociones fuertes o algo más profundo.

A juzgar por la forma en la que él la había abrazado, parecía claro que la deseaba. Por ese lado, podía estar tranquila. Podía dejar a un lado ese complejo de mujer no deseada que Gavin le había inculcado con sus crueles palabras.

Carlos le apretaba la mano como si tuviera intención de no dejarla marchar. Al menos en los próximos días. Pero ella no quería pensar más que en el presente. Deseaba estar con él, como ahora, sintiendo su mano apretando la suya y su cuerpo fuerte y atlético protegiéndola de la tormenta. Y lo que era aún más importante, protegiéndola de esa otra tormenta interior que había trastocado su vida desde hacía unas horas.

Unos instantes después, dejaron la moto en una pequeña zona de aparcamiento y se dirigieron a la entrada del hotel.

–Esperemos que tengan una habitación libre –dijo Carlos, y luego añadió volviéndose hacia ella y arqueando una ceja–: Y que no sea muy cara.

–¿Cómo? Ah, sí, claro...

Ella se había olvidado ya de ese asunto que tanto parecía preocuparle. Se preguntó lo que él pensaría si le dijera que con lo que tenía en la cuenta del banco podría comprar todo el hotel al contado y aún le sobraría dinero.

Pero eso era el tipo de cosas que no estaba preparada para compartir con él. Aún no. Y, tal vez, nunca. Sería una estúpida si le contase los verdaderos motivos que habían propiciado el fracaso de su boda. Hasta el momento, él solo conocía a la señorita Jones, la mujer que había encontrado en la cuneta de una carretera y a la que había rescatado del desastre emocional que había dejado atrás. Y quería que las cosas siguieran así. Sobre todo, teniendo en cuenta que el hombre tan increíblemente atractivo que tenía ahora al lado parecía sentirse atraído por ella casi tanto como ella por él.

Una sorpresa inesperada y desagradable vino a turbar sus pensamientos. El terreno era bastante irregular y los zapatos de raso que llevaba, demasiado frágiles. Y además estaban empapados y muy deteriorados con tanta lluvia. Así que al pasar por una zona especialmente mal asfaltada, resbaló. Las suelas de los zapatos se fueron por un lado y los pies por el otro. La delicada tela de las zapatillas se rasgó y ella lanzó un grito de sorpresa, al tiempo que abría los brazos para tratar de conservar el equilibrio.

Cuando parecía que iba a caer de bruces sobre el tosco pavimento de la entrada, Carlos reaccionó, con unos reflejos envidiables, agarrándola por los brazos antes de que perdiera el equilibrio del todo. La tomó en brazos, pasándole una mano por la cintura y la otra por debajo de las rodillas, con la misma facilidad que si fuera una niña de tres años.

–Vamos adentro –dijo él, apartando de una patada lo que quedaba de los zapatos y subiendo con ella las escaleras de la entrada del hotel.

La mujer de la recepción puso cara de asombro al verlos entrar de ese modo, pero Carlos se dirigió a ella con toda naturalidad, con Martha en los brazos.

–El cartel de ahí fuera dice que tienen habitaciones.

Martha pensó que nunca le había parecido su acento tan atractivo y tan sexy. ¿Sería porque estaba ahora en sus brazos y tenía la cabeza apoyada en su pecho?

–Por supuesto, señor –dijo la mujer, dirigiéndole una amplia sonrisa, sin mirar siquiera a Martha–. ¿Qué desea concretamente?

¿Qué deseaba él concretamente?, se preguntó Martha.

Ella, por su parte, se debatía entre emociones opuestas, sin saber bien por cuál de las dos dejarse llevar. Casi podía oír el latido de su corazón y oler el perfume de su cuerpo. Con un poco que girase la cabeza, podría acariciarle el cuello con los labios como había hecho antes cuando él la había besado. Ella deseaba sus besos. Deseaba más de él. Quería seguir como ahora, en sus brazos, pero sintiendo su calor entre los muslos. Sin embargo, no podía evitar que el corazón le diese un vuelco solo de pensar que podía quedarse a solas con un hombre desconocido, encerrada en la habitación de un hotel.

Mientras la recepcionista rellenaba los datos en el ordenador, Carlos aprovechó la ocasión para hacerle una pregunta a Martha.

–¿Una habitación o dos? –murmuró él en voz baja a su oído para que la recepcionista no lo oyera.

Ella se estremeció al sentir su aliento cálido. ¿Había oído bien? Miró hacia arriba y se encontró con la mirada sombría de Carlos clavada en sus ojos, y no le cupo ninguna duda entonces de que le había hecho esa pregunta. Él le estaba dando a elegir y ella sabía que él acataría su decisión fuera cual fuera. Eso era algo que la tranquilizaba.

Eso y saber que a él no le importaba quién era ni el dinero que tenía. Ella no era, para él, más que una mujer que había conocido y por la que se sentía poderosamente atraído. Todo lo que él deseaba de ella era ella misma.

–Una –respondió ella en voz baja, pero luego pensó que esa respuesta tan callada no iba en consonancia con sus sentimientos y dijo en voz alta a la recepcionista–: Una habitación doble, por favor.

Nada más pronunciar esas palabras, pudo oír el corazón de Carlos latiendo aceleradamente junto a su mejilla. No hacían falta palabras para saber lo que sentía.

La recepcionista siguió tecleando en el ordenador y Martha se volvió hacia Carlos, levantando la cabeza para mirarlo a los ojos.

–Puedes bajarme ya. Puedo andar sola.

–De ninguna manera, querida –replicó él, sin importarle quién pudiera estar oyéndole ahora–. He estado mucho tiempo esperando ponerte las manos encima y ahora no voy a dejarte tan fácilmente.

La recepcionista le dio finalmente la llave de su habitación y él le devolvió una sonrisa. Luego, con su pequeña bolsa de viaje colgada de la muñeca, se dirigió con Martha al ascensor.

Ella iba un poco avergonzada, consciente de que eran el centro de atención de casi todo el hotel, por las pintas que llevaban.

–¡Bájame! –exclamó ella ruborizada por las miradas de la gente.

–Ya te he dicho que de ninguna manera –replicó él con una sonrisa maliciosa, impasible ante los intentos infructuosos de ella por soltarse.

–Todo el mundo nos está mirando.

–Déjalos que miren –replicó él imperturbable–. Ahora llama al ascensor, querida. Cuanto antes lleguemos arriba, mejor.

–¡Carlos! –protestó ella débilmente, apretando el botón, consciente de que la única forma de acabar con aquel espectáculo público era meterse inmediatamente en el ascensor.

Por suerte, llegó rápidamente y Carlos entró con ella y la dejó bajar por fin de sus brazos. Pero lo hizo muy despacio y cuidando muy bien de que se deslizase por todo su cuerpo de forma que él pudiera sentirla estrechamente, frotando cada una de sus curvas contra su cuerpo duro y musculoso y cada vez más excitado.

El calor y la química que había entre ellos era algo más que una simple metáfora. Daba la impresión de que ese calor desprendía vapor entre ellos y que las ropas empapadas de ambos podían empezar a secarse en cualquier momento.

Carlos la llevó entonces a un rincón del ascensor, dejándola con la espalda pegada a la pared. Luego le puso las manos a cada lado de la cabeza, como si quisiera encerrarla en la jaula de su cuerpo, y la besó. Fue un beso largo y profundo en el que puso toda su pasión.

Ella sintió que le flaqueaban las piernas y que la cabeza le daba vueltas. La besó tan hondamente que ella creyó desmayarse. Sintió una oleada de calor y deseo tan ardiente que parecía derretirla por dentro, haciéndola anhelar cosas que nunca antes había imaginado. Le pasó los brazos alrededor del cuello, enredando los dedos en sus oscuros mechones de pelo, ahora húmedos, y ofreciéndole la boca entreabierta para que él pudiera profundizar y prolongar aún más sus besos, mientras su lengua bailaba estrechamente con la suya, entregada a las maravillosas sensaciones que fluían a través de ambos. Se apretó contra él un poco más hasta sentir la evidencia de su erección entre los muslos. Escuchó sus suspiros y jadeos, y sonrió satisfecha al comprobar que sus deseos eran un fiel reflejo de los suyos.

–Carlos... –susurró ella, acariciándose ella misma contra su cuerpo y arrancándole a su vez gemidos de placer–. Deseo...

Preciosa... Hechicera... –dijo él en español, deslizando las manos a lo largo de su cuerpo y bajándole luego la chaqueta de cuero hasta la mitad de los brazos, para poder disfrutar de la forma de sus pechos y del valle que surgía entre ellos a través de la seda de su vestido.

–Hechicera –exclamó ella casi sin aliento–. ¿Qué es eso?

Él se lo tradujo lo mejor que pudo, diciéndole que era una maga seductora.

El ascensor se paró entonces en el piso donde estaba su habitación.

Las puertas se abrieron con un clic, recordándoles que podía haber gente esperando para montarse.

Por suerte, no había nadie. Todo el pasillo estaba vacío. Pero Martha no pudo evitar una carcajada al darse cuenta del susto que él se llevó al ver abrirse las puertas de repente.

–«Déjalos que miren», dijiste antes –replicó ella en broma–. Pero apostaría algo a que te habrías llevado un susto de muerte si hubiera habido alguien esperando en la puerta del ascensor.

–Sí, no me habría hecho ninguna gracia. Pero solo porque habría retrasado nuestra entrada en la habitación –replicó Carlos–. Pero así ya no tendremos que esperar nada para...

Él aprovechó que no había nadie a la vista para estrecharla en sus brazos. Ella, por su parte, con los brazos alrededor de su cuello, se apretó a su cuerpo para que la besara una y otra vez, de forma que él la llevaba casi a rastras, dando bandazos a uno y otro lado del pasillo al no poder ver por donde iba por tener la cara tapada, ya que ella no dejaba de besarlo.

Querida... Espera un poco... Si no, no podré ver dónde está nuestra habitación.

–¿Qué número es?

–La 305.


Martha apartó la boca de la de Carlos solo el tiempo necesario para echar una mirada alrededor.

–Aquí está.

Carlos metió la mano en el bolsillo, buscó a tientas la tarjeta de acceso y la insertó en la cerradura.

Pasaron dentro a través de una alfombra de color rojo que había a la entrada. Carlos cerró la puerta con el pie y se dirigieron impacientes a la cama movidos únicamente por el deseo.

Él tiró su bolsa de viaje a un lado y ella su bolso al otro. Luego Martha se dejó caer en la colcha de color crema y Carlos se puso encima de ella, sin dejar de besarla.

Le acarició el pelo, todo enmarañado y despeinado por la lluvia, susurrando algunas palabras en español mientras se lo llevaba a la boca y lo besaba. Luego se deslizó hacia abajo, acariciándole el cuello, los hombros y los pechos.

Martha, embriagada de placer, echó la cabeza hacia atrás sobre la almohada, arqueándose y ofreciéndose a sus besos.

–He querido hacer esto desde el primer momento en que te vi. Deseaba tocarte aquí... y aquí... –susurró Carlos tocándole los pechos a través de la delicada seda del vestido–. No sabes lo que tuve que controlarme mientras te rompía el volante del traje, cuando lo que estaba deseando hacer realmente era esto...

Le subió la falda y le acarició los muslos suavemente con la mano hasta llegar al lugar donde terminaban las medias y quedaba la carne al descubierto. Comenzó entonces a trazar unos círculos eróticos alrededor con los dedos mientras besaba la pequeña parte de sus pechos que se abrían bajo el escote de su vestido.

Ella sintió un fuego abrasador amenazando con derretirla por dentro. El contacto de sus manos y de su boca en la piel, estaba provocando en ella la tormenta que había estado esperando desde que se conocieron. Era como estar inmersa en un mar embravecido, en el que unas olas gigantes de placer rompían sobre ella una y otra vez con una fuerza salvaje, impidiéndole pensar en otra cosa que no fuera entregarse a él.

Deseaba tocarlo. No podía tener las manos quietas, deseaba explorar su cuerpo, largo y musculoso, que presionaba sobre el suyo en la suavidad y blandura de la cama. Le pasó los dedos por la espalda, por los brazos y por su torso escultural, sintiendo la dureza de sus músculos bajo la piel caliente y sudorosa. Se le había subido la camiseta por encima de la cintura y ella pudo deslizar la mano por debajo del cinturón.

Carlos seguía besándola en los pechos, cuyos pezones se erizaban cada vez más como pugnando por verse libres del sujetador que les impedía recibir sus caricias con mayor intimidad.

–Carlos... –susurró ella, revolviéndose inquieta bajo su cuerpo, sumergida en la fragancia de su olor masculino mezclado con el aroma del deseo que lo hacía más excitante y embriagador que cualquiera de los perfumes más caros y seductores.

Cerró los ojos al sentir sus dedos por debajo de la fina tela de encaje de las bragas que era ya lo único que se interponía entre él y el punto más íntimo de su feminidad. Carlos comenzó a acariciarle los pliegues carnosos que servían de pórtico de entrada a su zona más erógena. Cuando ella gimió de placer, él le bajó las bragas con suma delicadeza.

–Tú también... –dijo Martha, desabrochándole la hebilla del cinturón con mano temblorosa.

Un momento –replicó él, sujetándole la mano.

Martha advirtió un gesto de preocupación en su mirada. Estaba tan cerca de ella que pudo ver sus ojos verdes cubriéndose de una sombra oscura hasta casi teñirlos de negro.

Era evidente el deseo que nublaba su miraba pero, por alguna razón inexplicable, estaba haciendo un gran esfuerzo por controlarse. Lo demostraba su estado de tensión.

Sintió un gran satisfacción al comprobar el efecto que ella, como mujer, podía causar en un hombre como él.

–¿Ocurre algo? –preguntó ella nerviosa, pasándose la lengua por los labios.

–Tenemos un problema. No llevo preservativos. No esperaba que pasase... esto.

–Yo tampoco...

Él no llevaba preservativos.

Martha había oído sus palabras, pero se negaba a aceptarlas. Su cuerpo ardía de deseo. No podía pararse ahora. Se moriría si lo hiciera. Su cuerpo se rompería en mil pedazos y luego sería imposible recomponerlos.

–Mi bolso... –dijo ella–. Creo que llevo alguno ahí.

Gavin, por supuesto, no había querido tener hijos con ella y había insistido en usar preservativos cuando hiciesen el amor por la noche.

¡Qué diferente era Carlos de él!

Entre otras muchas cosas, Gavin era el pasado, y Carlos, el presente. Su exnovio le había hecho sentirse como si fuera una mujer que no tuviera nada que ofrecer a un hombre, a excepción de la fortuna que había ganado por azar en un golpe de suerte. Carlos, por el contrario, la hacía sentirse toda una mujer, maravillosa, especial y... deseable.

Sí. La hacía sentirse deseada. Y eso era lo que más necesitaba. Deseaba pasar esa noche con él en la habitación de aquel hotel. Aunque solo fuera una noche, podría ser suficiente para ella.

Señaló hacia donde había dejado caer el bolso en el suelo, al entrar en la habitación. Carlos se inclinó, con la mitad del cuerpo fuera de la cama para buscar la caja de preservativos en el bolso. Tardó tan poco en encontrarla que ella apenas tuvo tiempo de sentir la pérdida del calor de su cuerpo.

Preciosa... susurró él, mientras la besaba en el cuello, embriagándola con su aliento cálido y limpio.

–¿Qué significa eso? –preguntó ella, deseando saber todo lo que pensase de ella.

–Que eres muy hermosa –respondió él, y luego añadió mirándola fijamente–: ¿Dudas de mí?

¿Cómo podía dudar de él al ver esa mirada tan profunda en sus ojos verde musgo que parecían traspasarla?

–Tú también eres muy atractivo –se atrevió a decir ella con los labios resecos–. Me haces desear...

Una sentimiento de vergüenza se apoderó de ella, al instante, ahogando sus palabras, sorprendida por haber sido capaz de decir una cosa así.

–Dime, querida, ¿qué es lo que deseas?

Su voz, aunque suave, parecía una orden.

Ahora o nunca, se dijo ella.

–Ya lo sabes... Quiero que me beses –replicó ella, pensando que tenía que dejar a un lado su timidez.

–No tenías más que pedírmelo –dijo él, poniéndole una mano en la barbilla y besándola suavemente–. ¿Así?

–No, así no. Ya sabes cómo –replicó ella con una sonrisa, abriendo los labios entregada.

Se sentía otra mujer. Una mujer nueva, más desinhibida y capaz de llegar a todo con ese hombre al que estaba ofreciendo su boca, tratando de apoderarse del calor de sus besos.

–Muéstrame entonces lo que deseas –dijo él en tono desafiante con un brillo de deseo en sus maravillosos ojos verdes.

–Me refería a esto... –dijo ella, alzando la cabeza y apretando la boca contra su mejilla para saborear el olor de su piel y sentir en los labios la suave aspereza de su barba del día–. Y a esto...

Martha deslizó la lengua lentamente desde la mejilla hasta la comisura de sus labios de forma provocadora.

Él permaneció inmóvil al sentir sus caricias, pero ella sabía muy bien que estaba luchando para tratar de refrenar su deseo. Vio cómo le temblaba los músculos de la cara y adivinó que estaba a punto de perder el control, pese a sus esfuerzos.

Sintió el corazón latiéndole a toda velocidad al comprobar el poder que ejercía sobre él. Era una sensación excitante que, mezclada con el ardiente deseo que embargaba todo su cuerpo, le hacía sentirse como si estuviera tambaleándose al borde de un precipicio muy alto y peligroso y tratara a duras penas de conservar el equilibrio. Pero le satisfacía pensar que si se caía, Carlos caería también, abrazado a ella.

–Y a esto... –añadió ella, acercando ahora abiertamente su boca a la suya.

Él reaccionó de forma instantánea, besándola de forma apasionada, aplastando sus labios entre los suyos.

Ella sintió una nueva oleada de deseo y se aferró a sus hombros anchos y rectos, clavando las uñas en sus músculos duros y tensos mientras sus piernas perdían toda su fuerza bajo el poder de su cuerpo.

–Deseo... –comenzó diciendo ella.

Pero no pudo terminar la frase. Sus palabras quedaron ahogadas en la garganta por sus besos casi salvajes.

Trató de incorporarse en la cama, pero él la sujetó, dispuesto a llevar la iniciativa.

–Ahora me toca a mí –dijo Carlos–. Quiero verte desnuda debajo de mí, abierta al deseo...

Sin dejar de besarla, le desabrochó la cremallera de la parte de atrás del vestido y se lo bajó hasta la cintura para gozar de la visión de sus pechos y del valle perfumado que se abría entre ellos.

Su boca se deslizó por las laderas de aquellas colinas maravillosas, lamiendo, mordisqueando y pellizcando su piel suave y su carne tierna y cremosa.

–Carlos... –musitó ella entre gemidos de placer, hurgando con la mano por debajo de su camiseta y apartándola a un lado para satisfacer el apremiante deseo de tocar su piel y sentir el contacto de sus músculos bajo las yemas de los dedos.

Él le soltó entonces el cierre del sujetador, dejando al descubierto sus pezones rosados y anhelantes. Bajó la cabeza y acarició con los labios uno de ellos, lamiéndolo con fruición.

Ella pareció olvidarse entonces de todo. Incluso de su nombre. Solo acudió a su mente ese extraño apellido que le había dado y que le parecía muy apropiado en ese instante.

–¡Diablo...! ¡Oh, Diablo!

Carlos alzó la cabeza y la miró fijamente a los ojos. Ella advirtió el deseo en su mirada y una llama ardiente en sus mejillas encendidas.

–No puedo prometerte nada. Esto puede que no dure siempre.

Ella estuvo a punto de soltar una carcajada, sorprendida de que él creyera que eso podía importarla. Ella tampoco estaba pensando en que eso durara eternamente. Solo quería disfrutar del momento.

–No estaba pensando en el futuro –dijo ella en voz baja–. Lo único que importa es el presente.

Y, sin esperar su respuesta, hundió de nuevo su boca en la suya, mientras le aflojaba el botón de los pantalones e introducía luego la mano por dentro. Sintió su poderosa erección entre los dedos y tiró instintivamente de la cremallera hacia abajo para sentir su dureza y su calor de manera más íntima y directa.

Madre de... –exclamó él, al sentir el contacto de su mano alrededor del miembro.

–Ahora... –susurró ella, recalcando la palabra como si el deseo le quemara la sangre–. Ahora...

–El preservativo... –dijo él, tratando de poner un poco de cordura en aquel momento de locura.

Se apartó un instante de ella y alcanzó la caja de los preservativos que había dejado a su alcance. Fueron solo unos segundos pero a ambos se les hizo toda una eternidad.

–Date prisa... –dijo ella impaciente, tratando de ayudarle.

Pero era tal su deseo que solo contribuyó a complicar las cosas, entorpeciéndole la operación.

Él soltó una maldición y la apartó suavemente para poder rasgar uno de los sobres de papel de aluminio. Cuando por fin pudo ponérselo, se colocó de nuevo encima de ella, para sentir en su miembro el calor de su sexo.

–Afuera con esto –dijo él rasgándole las bragas y comenzando a acariciar los pliegues húmedos alrededor de su clítoris ya hipersensibilizado.

–Basta ya –replicó ella casi sin aliento–. No me hagas esperar más... Ahora...

–Está bien, ahora... –dijo él, haciéndose eco de sus palabras y apoyándose en los codos para amortiguar el peso que ejercía sobre ella.

Martha había pensado que estaba preparada para esa experiencia. Lo deseaba desesperadamente con toda su alma. Estaba loca de deseo. Tenía el cuerpo abierto y preparado para él. Lo deseaba tanto que no se había parado a pensar que esa era su primera vez. Pero no quería que él se diera cuenta.

Sin embargo, cuando sintió su miembro penetrando completamente dentro de ella en toda su longitud y grosor, aunque sintió un gozo inenarrable, no pudo ocultar un cierto sentimiento de dolor y pérdida. Su cuerpo la traicionó. Se puso rígida y tensa.

Carlos se dio cuenta de ello y pareció perder también parte de la pasión del momento.

Alzó la cabeza ligeramente de sus pechos. Algo no iba bien.

–No...

No, él no podía parar ahora. No podía apartarse así de ella. Ahora no. Ni ahora ni, tal vez, nunca...



Ella le acarició el pelo y lo besó en la boca para silenciar cualquier nueva protesta y abrió las piernas ofreciéndose aún más a él, moviendo al tiempo las caderas hasta oír los gemidos de sus labios. Luego, aún con una mano en su pelo, le acarició la espalda con la otra, sintiendo sus músculos tensos y su erección cada vez más poderosa dentro de ella. Parecían fundidos en un solo cuerpo.

–¡Jones! –exclamó él con un gemido gutural.

–¡Diablo! –replicó ella–. No te detengas ahora. Ahora no, por favor...

–¿Detenerme? ¡Por todos los diablos! Eso sería pedir demasiado a un hombre en este momento.

Él le agarró las manos para que dejara de atormentarlo con sus caricias y se las puso por encima de la almohada, una a cada lado de la cabeza. Luego clavó sus ojos verdes en los ojos grises de ella. Martha sintió entonces una mezcla de emoción y temor al ver el deseo tan salvaje que había desatado en él.

–Si es esto lo que deseabas... créeme que vas a tenerlo –dijo él.

Manteniéndola sujeta por las muñecas, comenzó a acariciarle los pezones con la lengua y luego con los labios y los dientes. Primero un pecho y luego el otro, lamiéndole las aureolas y metiéndose luego todo el pezón dentro de la boca, succionándolo intensamente, desde su nacimiento hasta la punta, hasta conseguir que se retorciera de placer.

Y, mientras lo hacía, acompasaba sus empujes, unas veces suaves y otras más enérgicos y profundos, para prolongar el acto con gran habilidad. Parecía salir de ella en ciertos momentos para luego penetrarla con mayor virilidad, frotando con sus movimientos su punto más sensible y provocando en ella, con esa combinación de caricias, un efecto devastador.

Martha se sentía como si estuviera a la deriva en un mar salvaje de sensualidad. Sin voluntad y sin otro deseo que olvidarse de todo y entregarse rendida a esas olas que la llevaban en volandas para sumergirla en un mundo de placer y deseo como nunca había imaginado.

Sentía a Carlos omnipresente por todo su cuerpo. Percibía el aroma de su pasión, la esencia íntima de su excitación, el sabor de su piel, el fuego de su boca, el suave roce de su pelo contra su piel y su carne desnuda. Estaba a merced de una serie de sensaciones que ella nunca habría imaginado que pudieran existir y que no sabía adónde podrían llevarla.

Entonces, cuando pensaba que podría ahogarse en aquella vorágine de placer, sintió una sensación nueva y sorprendente. Un calor ardiente invadió todo su cuerpo. Sintió ganas de gritar y de llorar. Creyó verse ascendiendo libre de peso hasta un lugar que ella desconocía...

–Vamos, Jones –le susurró él al oído, con su aliento quemándole la piel–. Déjate ir, entrégate a mí. Ven conmigo, querida... ven, ángel mío...

Un empuje más vigoroso que los anteriores, una nueva caricia en sus pechos, y ella se sintió volando hacia las estrellas, perdiéndose completamente en el espacio con un grito agudo y salvaje de placer. Parecía estar fuera de su cuerpo. No podía ver ni sentir, solo dejarse llevar y arrastrar por esa experiencia maravillosa.

Lo único que pudo percibir, unos segundos después, fueron las convulsiones y gemidos de Carlos uniéndose a ella en aquel vuelo hacia el éxtasis final.




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