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El diablo y la señorita jones Kate Walker


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El diablo y la señorita jones

Kate Walker

Argumento


Quedó cautivado por su dulce inocencia… 

Martha Jones no había asumido un riesgo en toda su vida. Hasta el día en que salió huyendo de su boda y sucumbió al magnetismo de un hombre al que acababa de conocer. Un hombre al que conocía solo como Diablo. 
El lobo solitario Carlos Ortega no prometió a la señorita Jones más que una noche ardiente de pasión. Pero ese encuentro podría acarrear consecuencias en el futuro…

Capítulo 1

 


  • Qué demonios...! –exclamó Carlos Ortega sorprendido.

No era posible que fuera real lo que estaba viendo. Tenían que ser imaginaciones suyas.

Iba en una moto de gran cilindrada por una estrecha carretera comarcal y aflojó el pie del acelerador para reducir la velocidad. Eso le permitiría analizar mejor la situación. Miró al frente con el ceño fruncido, sin poder dar crédito a lo que estaba viendo.

No había tomado más de un par de cervezas la noche anterior, pero sí había oído historias de fantasmas y apariciones locales.

Había una leyenda que decía que, en esa carretera, se aparecía a menudo el espíritu de una novia abandonada al pie del altar, que había muerto con el corazón destrozado, languideciendo por el hombre al que una vez había amado y que la había dejado plantada de esa forma tan cruel y humillante.

Él nunca había creído en esas cosas. Había pasado un par de días muy tranquilos en aquel lugar apartado del mundo y se había divertido mucho escuchando aquellas supersticiones la noche anterior en el bar del viejo hostal en el que se había alojado. Pero ahora...

– ¡No puede ser! –volvió a exclamar él, con una sonrisa de escepticismo, negando con la cabeza cubierta por el casco.

Era casi la misma sonrisa que había puesto la noche anterior cuando escuchó la leyenda de la mujer de blanco de la carretera. Había bajado al bar, porque por primera vez en su vida se había sentido solo en la habitación y había buscado algo de compañía.

Había ido allí en busca de paz, para reencontrarse consigo mismo y tratar de olvidar todo lo que había dejado atrás. Por eso había elegido aquel lugar tan lejos de su hogar.

Argentina ya no era su hogar. Pero ¿podía haber algún lugar en el mundo al que pudiera llamar su hogar? Tenía varias casas repartidas por diversos lugares del mundo, en las zonas más caras y exclusivas, en las que cualquiera se sentiría feliz viviendo. Pero no tenía sus raíces en ninguna de ellas. No era allí donde él pertenecía, donde su familia...

¡Su familia!

Esbozó una sonrisa irónica.

¿Qué familia? Él no tenía ya ninguna familia.

Todo se había esfumando de un soplo, como por encanto. Solo le quedaba su madre. Una madre infiel y mentirosa, que nunca le había querido. Él no sabía su apellido. Era un hombre sin identidad. Su madre nunca le había dicho quién había sido su padre. Toda su vida había sido aparentemente una ficción, una mentira, hasta que su abuelo le había contado la verdad. Una verdad que le había dejado confuso y había echado por tierra todas esas cosas en las que había creído.

Así que esas historias que había escuchado en el bar habían sido para él una diversión. Le habían ayudado a pasar la noche. Pero, por la mañana, con la luz fría de principios de abril, los fantasmas, los demonios y todas esas cosas irracionales estaban fuera de lugar.

Y sin embargo...

Los lados de la carretera estaban ocultos por una espesa niebla. Le resultaba muy difícil ver lo que había en la cuneta de la izquierda. Creyó ver una imagen que aparecía y desaparecía.

Sí, estaba allí. Era ella.

Una mujer. Alta, escultural y pálida. A través de la niebla, pudo observar que tenía el pelo dorado como la miel y que llevaba un extraño velo blanco vaporoso, que le cubría toda la cara, y un vestido largo también blanco que le llegaba hasta los pies. Tenía los brazos desnudos, igual que los hombros, y una piel muy pálida, casi tan blanca como el ajustado corpiño que resaltaba sus pechos, esbeltos y bien formados.

¿Una novia?

Sí, tenía el aspecto de una novia, vestida para la boda. Exactamente igual que la de la leyenda de esa novia fantasma de la que le habían hablado la noche anterior en la barra del bar. Pero, sin duda, la mujer que ahora estaba viendo al lado de la carretera, sosteniendo extrañamente un bolso de color azul muy elegante y moderno, no era ningún fantasma.

Tenía además el pulgar de la mano derecha levantado como si estuviera haciendo autostop.

Detuvo la moto a escasos metros de ella.

–¡Oh, gracias a Dios! –exclamó la mujer.

Sí, la voz era real. No habían sido imaginaciones suyas. Suspiró aliviado.

No se trataba de ningún fenómeno paranormal. Era una mujer real, de carne y hueso. El susurro suave de su vestido de seda al acercarse a él no era el de ningún espíritu de ultratumba.

Pero ¿qué demonios estaba haciendo allí?

 

 

– ¡Oh, gracias a Dios!



La exclamación se escapó de los labios de Martha de forma involuntaria, al ver la moto deteniéndose frente a ella al otro lado de la carretera.

Por fin ya no estaba sola. Había otra persona más en el mismo lugar que ella. Un hombre. Un hombre alto y fuerte había aparecido en la carretera. Alguien que podría ayudarla y tal vez incluso llevarla a un lugar seguro y cálido antes de que acabara congelándose. Hizo un esfuerzo por acercarse a él y tratar de que la sangre volviera a circular por sus venas.

No era la primera vez que había maldecido el impulso romántico que le había llevado a querer celebrar su boda en aquel lugar solitario. Haskell Hall, con sus espléndidos salones y jardines, y alejado de la civilización lo suficiente como para no despertar el interés de los paparazzi, le había parecido el sitio ideal. Un lugar de ensueño para celebrar su boda. Una fantasía hecha realidad. Allí podría gozar de intimidad en un día tan especial. Después, a nadie le importaría quién era ella ni por qué había cambiado su vida de manera tan radical.

Recordó que aquel día había hecho muy buen tiempo, con un sol radiante y un cielo limpio y azul. Ahora, por el contrario, era una mañana desapacible y nebulosa. Hacía un frío que se calaba hasta en los huesos.

Llevaba un buen rato caminando por la carretera. Nunca había imaginado que el viaje pudiera hacérsele tan largo. Siempre había soñado con ir en un coche de caballos camino de su luna de miel, con su esposo al lado, como en los cuentos de hadas. Pero ahora daría cualquier cosa por poder ir con unos vaqueros y un suéter de cachemir en un automóvil moderno y confortable con calefacción. Aunque, a pesar de la mañana tan fría que hacía, era mucho más el frío que sentía interiormente.

Hubiera deseado tener unas buenas botas de cuero en vez de las elegantes bailarinas de satén con adornos de pedrería que llevaba ahora. Estaban totalmente empapadas y tenía la sensación de ir andando casi descalza por el pavimento áspero de la carretera.

El peinado se le había estropeado con la humedad. Y el maquillaje, que con tanto esmero se había aplicado unas horas antes, se le había corrido por toda la cara.

El hombre con el que iba a casarse seguiría aún probablemente en algún lugar de aquel complejo residencial, tratando de borrar las evidencias de su pasión sucia e ilícita. Una pasión que él nunca había sentido por ella, pues todo había sido solo una farsa por su parte.

–Por favor, pare...

Quiso correr hacia su salvador, pero apenas podía andar con aquel vestido largo que se le enredaba entre los pies.

Ya habían pasado antes dos coches, pero no estaba segura de que la hubieran visto con la niebla, ni tampoco de que se hubieran parado si la hubieran visto con aquel traje de novia, todo salpicado de barro, y a varios kilómetros del lugar civilizado más cercano.

De lo que sí estaba segura era del frío que sentía. Tenía todos los músculos entumecidos. No sentía los pies, las manos eran casi dos bloques de hielo y la cara le escocía del frío.

Había pensado que ese día sería el comienzo de un largo período de felicidad. Pero, para que eso fuera así, Gavin debería haber sido el príncipe con el que siempre había soñado, en lugar del sapo horrible que había resultado ser. Aunque, después de todo, podría haber sido peor. Si se hubiera dejado cegar por la idea de que entre ellos había un amor maravilloso, su relación podría haber acabado de forma más dramática.

Por fortuna, su instinto le había abierto los ojos antes de ver su corazón roto en mil pedazos. En todo caso, la conducta innoble y las palabras tan crueles que su exnovio le había dirigido habían destrozado, en gran medida, su autoestima como mujer.

El rugido del motor de la moto la devolvió al presente. Temió que su inesperado salvador apretara el acelerador en cualquier momento y saliese de allí a toda velocidad, dejándola completamente abandonada de nuevo.

–Por favor, por favor, no se vaya...

–No me voy a ir ninguna parte.

La voz sonaba algo amortiguada por el casco plateado que llevaba puesto. Y además parecía tener un acento muy extraño. Tampoco podría asegurarlo, dado el estado de angustia en el que se hallaba.

El hombre apagó el motor y se bajó de la moto. Era un hombre alto y moreno.

–Le prometo que no me voy a ir a ninguna parte –repitió él.

–¡Oh, gracias a Dios! –Exclamó ella, suspirando, con los dientes rechinando de frío–. Yo...

–¿Qué demonios le ha pasado? –preguntó él, con tono de preocupación.

¿Qué podía responder ella? No podía pensar con claridad. Sentía el cerebro adormecido y una extraña sensación mezcla de alivio y temor al ver la figura fuerte y poderosa de aquel hombre acercándose a ella.

–¡No...! ¡Espere! –exclamó ella con voz firme y autoritaria, como si fuera una orden.

El hombre, sin hacerle caso, se acercó un poco más y se bajó la cremallera de la chaqueta de cuero. Llevaba unos pantalones vaqueros gastados y unas grandes botas de cuero negro.

–Póngase esto –dijo él, quitándose la chaqueta y echándosela a los hombros–. Parece que tiene frío.

– ¿Frío, dice? Estoy congelada –replicó ella con voz temblorosa, sorprendida ella misma de haber podido pronunciar tantas palabras seguidas.

Apenas sentía los labios. Su boca era como un órgano ajeno a ella al que era incapaz de controlar. Un intenso escalofrío le hizo acurrucarse instintivamente en la chaqueta del desconocido. Se sintió embriagada por una sensación de calidez, acentuada por un profundo perfume mezcla de olor masculino y loción de afeitar. Parecía aliviada ya del frío, pero ahora sentía un extraño ardor por dentro que nada tenía que ver con la chaqueta sino con una inesperada respuesta sensual.

–Gra... gracias.

Estaba desconcertada y confusa. Había deseado tanto que alguien se parara para ayudarla en aquella inhóspita carretera que no se había parado a pensar en lo que haría luego. Pero ahora era el momento de hacerlo.

No conocía de nada a ese hombre. No tenía la menor idea de quién podría ser ni con qué intención podría haberse parado allí. Estaba sola e indefensa. Ni siquiera podía echar a correr con aquel vestido largo y estrecho que se le enredaba entre los pies a cada paso. Se había visto tan elegante con él la primera vez que se lo había probado que había llegado a sentirse incluso una mujer hermosa. Pero esa sensación no le había durado mucho. Gavin se había encargado de destruir su ilusión hacía apenas una hora.

Su crueldad la había impulsado a salir de la casa de forma precipitada, respondiendo a un loco deseo de escapar cuanto antes de aquella boda que se había convertido en una especie de infierno personal para ella.

Y ahora, posiblemente, tendría que intentar escapar también del desconocido que se había parado, Dios sabía con qué intenciones.

Se apretó la chaqueta contra el cuerpo, tratando de infundirse ánimos, como si la prenda fuera una especie de escudo protector frente a un peligro potencial. Pero sintió, a la vez, deseos de quitársela y tirarla lejos como si se desprendiera así también de la amenaza que se cernía sobre ella. Incapaz de pensar con claridad, dio un par de pasos hacia atrás, pero tropezó con una mata de hierba y se torció un poco el tobillo, lanzando un grito de dolor.

El hombre acudió solícito a sostenerla cuando ya estaba a punto de caerse.

Tenía unas manos grandes y fuertes enfundadas en unos guantes de cuero negro.

–No me mire así, no tiene de qué tener miedo.

Ella advirtió de nuevo aquel acento exótico de su voz. Era extranjero, sin duda alguna. La idea de que no fuera de por allí le resultó muy atractiva.

–No tengo intención de hacerle daño, se lo juro –dijo él, mientras se aflojaba el casco y se lo echaba hacia atrás con la mano que tenía libre.

Tenía el pelo negro como el azabache y bastante largo. El viento soplaba fuerte.

Se apartó el pelo de la frente y se volvió hacia ella.

Martha miró extasiada su cuerpo alto y atlético, con aquellos pantalones vaqueros, aquellas manos grandes enfundadas en guantes de cuero negro y aquel rostro medio oculto bajo el casco plateado. Observó su tez tostada. No era la típica piel pálida de un inglés al final del invierno. Intuyó que tendría los ojos negros o castaños oscuros, pero se sorprendió al ver un par de ojos verdes, brillando como dos esmeraldas rutilantes y luminosas. Tenía los pómulos altos y unas pestañas negras y exuberantes. Hubiera podido decirse que tenía unos rasgos ligeramente afeminados, de no ser por su cuerpo tan atlético y su aspecto tan varonil. Era, sin duda, un hombre increíblemente sexy.

Y seguramente también muy peligroso. Esas pestañas tan largas y espesas producían un grato contraste con sus pómulos altos y marcados, su barbilla fuerte y rotunda y sus labios carnosos y bien delineados. Y para remate, aquellos impresionantes ojos verdes que parecían ocultar algún secreto inescrutable tras la oscura y densa red de sus pestañas.

¿Quién era ese hombre que había acudido a rescatarla? ¿Era un caballero con armadura de plata o era el mismo demonio?

–Créame, no tengo ninguna intención de hacerle daño.

El hombre volvió a repetir las palabras, tratando de darles un tono tranquilizador, pero tuvieron la virtud de producir en ella el efecto contrario. Tenía un acento demasiado extraño, demasiado exótico para el ambiente en el que ella acostumbraba a desenvolverse.

– ¿Cómo puedo estar segura de eso?

Él suspiró y se apartó un mechón de pelo de la cara. Ella miró sus labios y sintió una reacción puramente femenina ante aquel espécimen glorioso de masculinidad que tenía delante.

Se sintió extrañada de su reacción. Era algo nuevo para ella, muy diferente de lo que había sentido hasta entonces por los hombres... incluido Gavin.

–Puedo darle mi palabra.

–¿Y qué puede significar eso para mí?

Su instinto de conservación parecía haberse despertado y reforzado. Su vida había cambiado. La dramática escena de la que había sido testigo presencial en el Haskell Hall le había enseñado que debía tener, de ahora en adelante, mucho más cuidado en sus relaciones con los hombres.

Pero, paradójicamente, el recuerdo de aquella imagen suya, entrando en la habitación de Cindy, le producía una extraña sensación y un efecto contrario al esperado.

No sentía el menor deseo de reflexionar mucho sobre las cosas y pensárselas dos o tres veces antes de hacerlas, como hubiera sido lo razonable después de la experiencia vivida. Siempre había sido muy prudente y sensata hasta entonces, pero, de repente, empezaba a sentir unas ganas locas de sentirse libre de ataduras y convencionalismos.

Sensata era lo último que deseaba ser a partir de ahora.

Su vida había dado un giro de ciento ochenta grados. Se había trastocado y roto en mil pedazos y ya no habría forma humana de recomponerlos. Desde luego, las cosas ya no volverían a ser nunca como antes. Había sido una mujer sensata y razonable tal como la habían educado, y ¿a dónde la había llevado eso? A estar allí tirada en un páramo desierto, con un vestido de novia diseñado para una boda que al final no había reunido ninguna de esas cosas en las que ella siempre había creído. Todo había sido un grave error desde el principio.

–¿Qué puede significar para mí su palabra cuando no sé quién es, ni sé nada de usted?

Él la miró con sus increíbles ojos verdes con un gesto de desafío no exento de cierta ironía, como recordándola que no estaba en condiciones de discutir.

–Pero sí sabe que probablemente soy la única esperanza que tiene de ir a donde tenga que ir o de regresar al lugar del que haya venido –dijo él, y luego añadió recorriendo con la mirada la carretera desierta y las colinas circundantes empapadas por la lluvia–: ¿Ve algún coche o alguna otra moto que pueda venir en su ayuda?

–Tiene que haber alguna otra persona por aquí cerca...

Nada más pronunciar esas palabras, ella se dio cuenta de que estaba a punto de cometer otro error. Él la miró con escepticismo como si estuviera poniendo en tela de juicio su cordura. Ella misma estaba empezando a preguntarse si no estaría perdiendo la cabeza.

–Está bien –dijo él, de forma cortante y seca–. Como usted quiera.

Se apartó de ella y se encaminó hacia la moto en un gesto claro de que había agotado su paciencia y que pensaba dejarla allí.

Ella era consciente de que se estaba arriesgando a desperdiciar estúpidamente la que podría ser, posiblemente, su última oportunidad de auxilio en esa carretera tan poco transitada.

Si no se decidía pronto, acabaría viendo en unos segundos la espalda recta y los hombros anchos de aquel hombre subiendo a su moto y perdiéndose de vista en medio de la niebla.

Trató de razonar rápidamente. Si tuviera intención de hacerle daño, no se marcharía ahora de esa manera. Si, al menos, llevara el teléfono móvil con ella... Pero lo había dejado en la cómoda de su dormitorio del Haskell Hall y luego se había olvidado de meterlo en el bolso.

–Espere –exclamó ella con una voz tan baja y tímida que el viento apagó su sonido.

Él solo se había separado unos cuantos metros de ella, pero ya empezaba a sentirse terriblemente sola y abandonada. Hasta la chaqueta de cuero que le había dejado parecía haber perdido parte de sus propiedades para protegerla contra el frío y el viento. Comenzaba a sentir pánico ante la idea de quedarse sola de nuevo. Máxime, después de haber tenido la ocasión de estar con aquel hombre.

–¡Espere! –Repitió ella ahora en un tono de voz mucho más alto–. ¿Qué hora es?

El hombre aflojó la marcha, hasta detenerse del todo. Esa era la última pregunta que él hubiera esperado. Frunció el ceño y echó un vistazo al reloj que llevaba en la muñeca.

–Casi las dos. ¿Le importa mucho saberlo? –dijo él, volviéndose hacia ella con una mirada y un tono de voz cortantes.

–Es posible.

Sí. Esa hora podría haber marcado el comienzo de una nueva vida, el inicio de la felicidad que había estado buscando ingenuamente durante tanto tiempo. Podría haberse presentado en la puerta de Gavin para decirle que pensaba que estaba cometiendo un error, pero lo que había visto y oído le había impedido hacerlo. Gavin había estado tan ocupado en satisfacer su propio placer sensual que ni había oído la puerta.

Dentro de unos minutos, a las dos, daría comienzo la boda oficialmente. Una boda que él aún no sabía que se iba a cancelar.

–¿Quiere ayudarme? ¿Podemos salir de aquí? –dijo ella, señalando fugazmente con la mano a la moto de color negro y plata aparcada en la cuneta de la carretera.

Tenía que alejarse lo más posible de Haskell Hall. A esa hora, probablemente, la estarían buscando por todas partes. Todo el mundo se estaría preguntando qué podría haberle pasado a la novia para haberse esfumado como por encanto.

–Claro, comprendo que quiera llegar a tiempo a su boda.

–¡Oh, no! –exclamó ella sin poder contener el horror que sentía al oír eso.

Aún creía escuchar aquellas palabras tan humillantes, susurradas en medio de un clima de pasión sexual: «Valdrá la pena aguantarla en la cama, hasta que sea su marido legal. Piensa, cariño, en la mitad de esos siete millones que tendremos tras el divorcio exprés. Vale la pena consumar ese maldito matrimonio por una suma así. Espero que eso me ayude a pasar el trago. Sé que no puedo contar con ella para ese tipo de cosas. Es tan grande que será como dormir con un caballo».

–¡De ninguna manera! Eso sería lo último que desearía. No quiero saber nada de mi boda. Estuve a punto de cometer la mayor equivocación de mi vida. Por eso me fui de allí corriendo, sin volver la vista atrás. Lo único que deseo es estar lo más lejos posible de aquel lugar.

–¿Es eso verdad? –preguntó él en perfecto español, con cierto tono de burla.

–¿Qué idioma es ese? –preguntó ella–. ¿Es usted español?

–No, en realidad, soy argentino.

–¿Y qué le ha traído por aquí?

Sin darse cuenta, ella había traspasado una raya que él no quería que nadie cruzara.

–Los caballos y el vino –respondió él con displicencia.

Debía de ser un jugador o un ganadero... o un bebedor, se dijo ella, incapaz de concretar más a la vista de la expresión inescrutable de su rostro.

–Está algo lejos de casa, ¿no?

–Sí, bastante –respondió él en un tono tan frío que ella creyó entender que la distancia de la que estaba hablando era algo más profunda que la que se podía medir en kilómetros.

–¿Está de vacaciones... o...?

El movimiento brusco que él hizo con la cabeza le impidió concluir el interrogatorio.

–Parece que somos tal para cual –dijo él suavemente con una leve sonrisa pero con una mirada inquietante, indicativa de que algo muy profundo se ocultaba detrás de sus palabras.

–¿A qué se refiere? –exclamó ella sorprendida.

Él la miró de arriba abajo muy serio con sus preciosos ojos verdes y luego se dio la vuelta y se dirigió de nuevo hacia la moto, con los ojos entornados para protegerse de la lluvia.

–Los dos estamos huyendo de algo que hemos dejado atrás.


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