Página principal

El cuento de la identidad


Descargar 27.48 Kb.
Fecha de conversión09.07.2016
Tamaño27.48 Kb.

El cuento de la identidad

Arcadi Espada

Me piden que me pronuncie sobre el fútbol y sus metáforas. Me piden que me dirija a ustedes por ser hincha y escritor. Sin embargo, de los sintagmas propuestos, las metáforas y el fútbol, les hablaré más de metáforas que de fútbol. Espero que esta decisión no les decepcione demasiado. Pero es que, además, voy a hacer algo que desde determinado punto de vista resulta ser mucho más incorrecto, como pasa cuando uno habla de sí mismo. Porque, en efecto, voy hablarles de mí, voy a contarles un poco de lo que ha sido mi vida. Ustedes disculparán este atrevimiento, pero dado que el fútbol es una pulsión tan personal, me ha parecido que era imposible encararlo sin hacer alguna referencia autobiográfica, sin hacer alguna alusión tanto al pasado como a lo que representan las metáforas y el fútbol en mi vida.

Antes que nada, lo primero que quiero proclamar –y ése será el núcleo de mi exposición—es que soy un hombre de identidades frustradas. Es decir, tengo cuarenta y cinco años y he intentado de muchas maneras ser yo mismo, maneras que son variopintas. Naturalmente, como debe serlo siempre un esfuerzo del optimismo y de la voluntad, como de hecho es en ese esfuerzo en el que yo me he empeñado a lo largo de esos cuarenta y cinco años, he culminado sin éxito dicha empresa a pesar de haber porfiado una y otra vez. No puedo responder a la pregunta crucial que podría hacérseme. Por tanto, ya advierto, de entrada, que no me la hagan, porque no podría responderla. ¿Y cuál es esa pregunta? Miren, no sé por qué me he empeñado en tener una identidad. Insisto: no lo sé, como no sé tampoco cuáles sean los motivos de esto, si son propiamente ontogenéticos o culturales. Pero el caso es que sí que me he preocupado por tener identidades y he fracasado de manera estrepitosa en todas y cada una de ellas. Empezaré, pues, por detallárselas.

La primera que recuerdo haber intentado es la de ser español. Yo quería ser español. Intenté serlo básicamente cuando era muy pequeño, como consecuencia de la lectura de un libro que marcó mi vida y que todavía evoco y hojeo. Era un volumen que se titulaba justamente así, El libro de España, y que publicó la Editorial Edelvives. Fue el libro con el que yo aprendí a leer, a leer de corrido, un libro que lo protagonizaban dos hermanos que se llamaban Antonio y Julián. El caso es que estos hermanos se lanzaban a lo largo de aquellas páginas en busca de su padre, y ello por alguna razón misteriosa que había sucedido pero que en el texto no se explicaba, como ocurría en Mogambo con el incesto. En fin, ya saben, esas cosas propias de la censura. Se lanzaban, como digo, en busca de su padre y para ello atravesaban España y cada capítulo era una descripción de lo que encontraban, qué sé yo: el pasiego asturiano, el señorito andaluz, el fabricante catalán, el huertano valenciano. Y todo aquello, al fin, componía un paisaje moral admirable que, evidentemente, me hizo leer de corrido, con mucha rapidez. Fue entonces cuando decidí que quería ser como Antonio y Julián, estar en España y ser español, que era el objetivo que perseguía el volumen. Ni que decir tiene que cuando dejé de leer este libro apasionante, cuando dejé de frecuentarlo, y entré en la edad adulta, los motivos para dejar de ser español se multiplicaban cada día. Ser español es una cosa muy fatigosa, has de estar en guardia permanentemente además de tener una musculatura incluso física, de la cual yo no dispongo. Por tanto, me pareció un oficio para otro tipo de hombres y así vi, rápidamente, que yo no podría ser español, que no podría ser como Antonio y Julián. Ésa fue la primera de mis identidades frustradas.

Más adelante, poco antes de la adolescencia, cuando tenía ocho o nueve años, coincidiendo, pues, con la época en que Barcelona tenía algún sentido como ciudad, en los años sesenta, vi algo en el barrio en donde yo vivía que me extrañó. Habían inaugurado una tienda con un rótulo raro, un rótulo en el que ponía Disseny, con dos eses y con y griega. Yo iba al colegio e iba viendo las evoluciones de aquel establecimiento. Había allí cosas extrañas, como mesas para el dibujo, por ejemplo. Pregunté, como hago siempre, qué significaba esa palabra y me dijeron que aquello quería decir “Diseño”. Pero yo insistí: si significa eso, ¿por qué no dice “Diseño”?

–No –me respondieron–. No pone “Diseño” porque está escrito en catalán.

–Ah, ¿el catalán? –insistí extrañado.

–Sí –añadieron–, el catalán es una lengua que se hablaba aquí, que todavía se habla, y eso precisamente está escrito en catalán.

Evidentemente, yo sí que había oído esa lengua, la había oído en las melodías de la ciudad, pero no sabía nada más: nunca había leído nada en catalán ni había visto jamás algo escrito en ese idioma. Y, entonces, aquello me gustó, más que nada por el exotismo de las dos eses y ese final un poco sumergido al que nos lleva Disseny. Me pareció que era algo que podía tener interés y, por eso, decidí que íba a probar con el catalán a ver qué tal me iba. No niego que durante una época me interesó, pero cuando esto se convirtió en el Nosaltres, SA dejó de interesarme, acabando también. Desde el Disseny hasta el Nosaltres, SA han pasado muchos años y muchas cosas por mi vida, y así, cuando murió Tarradellas, decidí que yo no iba a formar parte de una cofradía que era lo más parecido –no por la violencia, desde luego—a eso de la cosa nostra, casa nostra, etcétera, etcétera. Así que se acabó, que de ninguna manera, que se terminó lo que había empezado con el Disseny.

Posteriormente intenté ser italiano. Más que nada, este intento fue provocado por la lectura de Josep Pla. Pla, en una de sus alegrías conceptuales, dijo alguna vez que la segunda patria de los catalanes era Italia. Siempre lamenté que no dijera cuál era la primera, porque de haberlo hecho hubiéramos resuelto algunos problemas. Pero, en fin, el caso es que reveló cuál era la segunda, de manera que aquello me hizo una gran ilusión también. Porque Pla tiene páginas muy emocionantes sobre Italia, una de ellas, por ejemplo, encabezada con una frase sensacional que no he olvidado. Al parecer, uno dos antes de morir, le preguntaron una de esas cosas que habitualmente le preguntan a los moribundos.

–Maestro, ¿qué le gustaría hacer su vida en estos momentos?

–Pues mire –respondió Pla–, a mí lo que me gustaría es tener veinte años y hacer el primer viaje a Italia.

Fue tan emocionante que, añadido a lo de la patria, me llevó a decidirme a ser italiano. Viajé y fui muchas veces a Italia hasta que un día, escarbando entre la maraña hollywoodiense y los estragos del periodismo, descubrí algo. Descubrí que entre 1983 y 1993, en diez años, en fin, en aquel país habían matado a diez mil personas. Esto no se sabe porque aquí a los mafiosos les damos un tratamiento antropológico, incluso simpático, y así decimos, por ejemplo: mira, Joe Bananas [Joseph Bonnano] ha muerto, como si la suya fuera una historia de Hollywood. ¿Que se ha matado a mil, a diez mil? Da igual, no reparamos. Todo eso lo descubrí en un volumen que les recomiendo y que se llama Medianoche en Sicilia, un libro maravilloso, un libro en el que se decía que habían matado a diez mil italianos, o sea, que habían matado cada año al número total de personas que ha asesinado Eta en España, esa guerra civil por la que hemos pasado los europeos. Se acabó: se acabó, pues.

No sé si fue antes o después que París, me atrajo sobremanera ser un intelo, un intelo de París. Con casa en el Luberon, que es una subrregión de la Provenza especialmente indicada para intelectuales y gente refinada, una zona muy bonita, algo más dura que la Toscana, la verdad, aunque con mayores vistas, un lugar extraordinario. Desde luego, ser un intelo parisino me pareció un oficio en aquel primer momento admirable. Siempre he pensado que no hay gente con mayor vida interior que la cajera de un supermercado de París, de una periferia de París: esas maravillosas cajeras que retratan Rohmer o Alain Tanner. Yo, la verdad, me veía muy bien en ese paisaje sobre fondo gris. Ya saben: el Sena, un café cualquiera, el de la Paix, en cualquier lugar, y diciendo cosas sensatas, enamorando a las chicas, Camus, sin el coche, sin el accidente…, sin esa muerte siempre temprana que evocaba Justo Serna. En fin, todo maravilloso. Pero esto lo frustró algo vinculado a su propia identidad. Empecé a leer lo que habían escrito después de la guerra europea los intelectuales de París, y entonces descubrí que debía enfrentarme a gentes que le quitan las ganas a cualquiera: Derrida, Lacan…, toda esa suerte de farsantes, de impostores. Son, en efecto, unos impostores cuya prosa, como dice mi amigo Félix de Azúa, es herencia directa de su colaboracionismo, es decir, la manera en que escriben intenta tapar el colaboracionismo implícito de la sociedad francesa. Esta prosa me desbordó durante mucho tiempo, pero acabé por huir de allí, incluso del Luberon.

Con los Juegos Olímpicos ocurrió algo, y ocurrió por una especie de casualidad histórica que provocó aquel señor, Samaranch, a quien en 1977 le invitaban de malas maneras a marcharse. Lo hizo, se marchó, y luego devolvió a Barcelona lo que era suyo. Insisto: en 1992 hubo unos Juegos Olímpicos en Barcelona que fueron muy celebrados. Antes de que se realizaran hubo mucha poesía, mucha lírica. Vivíamos unos años difíciles, los años de hierro, pero hubo uno en especial, un año temible, que fue aquel en que gobernó en España Felipe González con el apoyo de Jordi Pujol. Eran como la tenaza definitiva, el yin y el yan sin posibilidad de escape. Hubo incluso refugiados políticos, como yo, que decidimos que quizá entre la España de Antonio y Julián y la Cataluña del Nosaltres, SA, quizá pudiéramos ser barceloneses, cosmopolitas, del Disseny, en una palabra, ser por fin patriotas. Es decir, que podía ser bonito estar en los Urales y que a uno le preguntaran:

–¿Y usted de dónde es?

–Yo soy de Barcelona.

¿Se imaginan poder responder eso? Nos encantaba esa posibilidad. Pero, justamente entonces, me encargaron escribir un artículo sobre la ciudad. Tuve que meditar y, al final, me di cuenta de que una urbe no podía ser nunca una patria, porque en las patrias las aceras no están sucias, ya que son regiones ideales. Es entonces precisamente cuando la ciudad se acaba (y todo tu contento con ella), cuando descubres que la acera de tu casa está sucia. Es el llamamiento del prosaísmo, el natural de la vida ciudadana. Por lo tanto, me di cuenta de que tampoco podría llegar a ser un barcelonés.

Durante otro tiempo pensé en Argentina. Por muchas cosas. Primero, porque la mitología del tango me ha interesado siempre y, luego, por Raúl González Tuñón, que es un poeta civilizado, un poeta que escribe con sujeto y predicado sin tener ninguna necesidad de que la sintaxis enmascare sus errores. Me gustó mucho, y durante mucho tiempo, la posibilidad que me daba un país como Argentina. Un país en el que sus habitantes se preguntaban: ¿Y nosotros? ¿De dónde somos, de dónde venimos? Un país en el que ellos mismos se contestaban –autorreferenciales siempre, claro– diciéndose: nosotros venimos de los barcos. Me pareció estupendo. Un país en el que sus habitantes lo primero que dicen y se dicen es: me cago en Argentina. Aquello me encantó, pero, claro, no podía ser porque, en efecto, en el pecado estaba la penitencia. ¿Cómo iba yo a tener una identidad sin compañía? Las identidades no son una cosa solitaria, por lo tanto si nadie quería ser argentino, era absurdo empeñarse –como hacía yo— en este onanismo de la patria. Ahí lo dejé, pues.

Cuando empecé a ganar dinero, un poco de dinero, no demasiado, comencé a volverme un poco tiquismiquis con esto de la comida. Fue entonces cuando me interesé por los restaurantes y por la gastronomía, y durante bastantes noches lo tuve claro.

–Mi patria –me decía– llega hasta donde llega el aceite de oliva. Yo soy –añadía– de este mundo, del aceite de oliva.

Sabía que aquello era lo mío y más aún si eso estaba aliñado con una gotas de recuerdo: de Maria del Mar Bonet, por ejemplo, que era una muchachita muy guapa, de la mediterraneidad, del Carrer de Cavallers, en fin todas esas cosas. Me gustó durante mucho tiempo hasta que, naturalmente, una noche fría, en la provincia francesa, probé un plato que ya no he podido olvidar, un plato hecho por un célebre, muy célebre, cocinero francés que se llama Joël Robuchon, ya retirado. Se trataba de un puré, simplemente de un puré, un puré –insistía del cocinero— de patatas. Y es verdad, hay razones para llamarlo así porque tiene un poquito de patata y el resto es mantequilla, mucha mantequilla, toneladas de mantequilla. Vaya, vaya. Una cosa tan deliciosa, sin aceite de oliva, y que jamás había probado en mi vida. Ahí acabó todo. Ahí acabó también lo del aceite.

Si se lee, llega un momento en que cualquiera que lo haga se convierte en europeo. Leyendo, piensas de ti mismo: te estás haciendo mayor, ya es hora de que vayas dejando esos sueños de juventud. Y Europa parece una patria confortable. Al fin y al cabo, qué es. El euro –te respondes–, los Bancos Centrales, la tiniebla de Bruselas. Pues bien, me dije, seamos europeos: una cosa incolora, inodora, una cosa seca propia de la cartografía, más que de la tierra, que es lo que me gusta. Sin embargo, todo proceso intelectual como el que les describo tiene sus cosas.

–Yo seré europeo, de acuerdo, pero la capital de Europa es Nueva York –repuse a quien quiso oírme.

–¡Oh, no!, eso no puede ser, eso que pretende va contra la cartografía, contra la lógica, contra la geopolítica –me dijeron contrariándome.

–¿Ah, sí? Pues lo dejamos estar.

Y, en efecto, lo dejé. Pero es que, además, había otro asunto añadido: ser europeo es serlo…, ¿contra quién? Ya había caído el Muro y cualquier identidad que no se alimente del enemigo es una identidad inexistente. Entonces…, ¿ser algo contra quién? Europa no le hace la guerra a nadie. Vitigudino, sí, o Martorell, también, pero Europa…, Europa no. Lo dejé.

Quizá el recuerdo que ahora les cuento, el recuerdo que les voy a evocar, debería haberlo mencionado antes. Quise ser andaluz durante alguna época, porque lo era mi padre. Cuando yo tenía veinte años, un poco antes de lo de Italia debió de ser, y dado que mi padre lo era, pensé que por qué no lo probaba. Y para probarlo hice un largo viaje en autobús por Andalucía. Me gustaba y me gusta mucho el flamenco y resolví que estaba muy bien hacer aquel desplazamiento. Lo hice solo, así, para sufrir, con poco dinero, en autobús, durmiendo en lugares propios de jóvenes. Y todo anduvo muy bien porque yo había emprendido aquel viaje de una manera iniciática, para convertirme en aquello que quería ser. Estando allí, un día fui a entrevistar a Joselero, que cantaba con el mejor guitarrista flamenco que jamás haya existido, Diego del Gastor. Fue entonces cuando me descubrí el problema. Me desplacé hasta su pueblo, y allí, en aquel pueblo maravilloso, de la Sierra de Cádiz, en medio de una plaza extraordinaria, vi el tronco de los árboles pintados de blanco, de verde y de blanco. Les había cogido el sarpullido también y hasta los troncos de los árboles estaban embadurnados con la bandera andaluza. Demasiado largo el viaje para acabar con una tontería así, qué decepción. Pero para no cansarles mucho más iré abreviándoles este recorrido por las identidades frustradas.

Luego de todo eso empezaron a oírse cosas, cosas referidas a este asunto devastador de la identidad. Siempre, pero siempre, cada año en el diario El País sale alguien diciendo mi patria es mi lengua. Y, entonces, ante tal afirmación, todo el mundo se queda admirado.

–¡Ah, qué bien, su patria es su lengua!

Tanto es así, que yo, un año, probé y lo probé porque lo había dicho alguien a quien admiraba. Pero, entonces, me pregunté: ¿cuál?, ¿qué lengua? Porque yo hablo algunas lenguas, mal todas, cierto, pero las hablo. Pero, claro, ésa parecía una pregunta antipatriótica, porque yo debía saber muy bien cuál era mi lengua. O dicho de otra manera: si yo no lo sabía muy bien, no podía intentarlo. La conclusión no podía ser otra: lo dejé estar. En esa especie de expansiones líricas, hubo otra, muy divertida, que también se repite mucho. Decían y dicen, por ejemplo, mi patria es mi infancia, e inmediatamente todo el mundo se queda completamente conmocionado, conmocionado ante esa imposibilidad absoluta que significa ser algo distinto de un niño. Me pareció bien, pero yo, particularmente, tengo un problema: mi patria –mi infancia, pues— la he olvidado. No recuerdo nada. Por lo tanto, para qué insistir. Lo intenté también con el nombre, con mi nombre. Me pasé veinte años siendo Arcadio, y en estos veinticinco últimos me he convertido en Arcadi. O sea, que hasta en eso tengo problemas, hasta en el núcleo cenital de la identidad. ¿Identidad? Cuando venía en el avión hacia aquí, iba yo leyendo el diario Avui y en dicho periódico le hacían una entrevista a un escritor valenciano, Vicent Usó, que al parecer acababa de ganar algún premio de novela. Sus palabras me han venido bien para llegar al número trece de estas identidades frustradas. Decía Usó con gran seguridad: mi patria es la inocencia. Pero hablaba de la inocencia en medio de la guerra, de la inocencia de quien no está ni con unos ni con otros. La verdad, me ha parecido un buen plan de vida, pero desde luego para mí es un objetivo demasiado alto, inalcanzable. Trece identidades…

Y ahora, por fin, después de este repaso se revela todo, les revelo todo. ¿Qué es lo único que cuando pronuncio “yo soy” aún tiene sentido para mí? Les recuerdo. He intentado ser español, catalán, italiano, intelectual de París, barcelonés, argentino, andaluz, europeo, mediterráneo, etcétera, etcétera. Pues bien, yo soy del Real Madrid, Club de Fútbol. Han pasado tantas cosas, ha pasado todo y ya no cambiaré. Estoy en la crecida de la edad y debo decir que es la única identidad que ha superado todas las pruebas, pruebas algunas de ellas verdaderamente sensacionales: jugadores absolutamente toscos, presidentes impresentables, aficionados ruines (favores arbitrales, no, por favor). Por tanto, la pregunta permanece: ¿qué es una patria, qué es una identidad? Una identidad es aquello a lo cual le colocas una camiseta y siempre está guapo. A cualquier tipo de la vida, por muy ruin y zafio que sea, le colocas la camiseta blanca y reluce, reluce y se hace de inmediato inocente. Y eso es una identidad: una camiseta colocada, dispuesta, presta a disculpar cualquier atrocidad del destino. Miren, lo poco que puedo añadir sobre el fútbol me lo dijo un hombre muy inteligente, y como todos los hombres inteligentes de este país, fue vituperado, agredido. Ese hombre es Pablo Porta, aquel que fuera durante mucho tiempo Presidente de la Federación Española de Fútbol, y que se convirtió en el muñeco de feria de una muchacho que hacía periodismo.

–Mire, Espada –me dijo una vez Pablo Porta–, el fútbol es un deporte que no tiene ningún interés. Desde el punto de vista técnico es una cosa muy rudimentaria. Cuenta demasiado el azar, es muy poco espectacular y no requiere tampoco hombres especiales porque es muy fácil enmascarar la mediocridad entre once –diagnosticó–. ¿Sabe usted lo único que aguanta el fútbol? ¿Sabe usted por qué no ve nunca un partido entre Nigeria y Taiwan a pesar de ser los mejores del mundo? Pues no lo ve porque lo único que aguanta el fútbol, Espada, es ser de alguien.



Así de claro y así de rotundo. Es decir, el drama que se desarrolla en la cancha no es entre técnicas, tácticas, espectáculo o estrategias, sino entre dos identidades. Ustedes me disculparán, pero estoy muy feliz, muy contento, satisfechísimo en suma, de que la única de mis identidades que haya logrado sobrevivir al paso de los años se vincule al fútbol.


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje