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El cuarto Rey Mago y los Inocentes José María Macarulla / Catedrático Emérito de Bioquímica y Biología Molecular


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El cuarto Rey Mago y los Inocentes
José María Macarulla / Catedrático Emérito de Bioquímica y Biología Molecular

(josemaria.macarulla@gmail.com)
San Mateo nos cuenta en su Evangelio que unos Magos de Oriente (no matiza que fuesen Reyes, ni tampoco tres) llegaron a Belén de Judá para adorar al recién nacido Rey de los Judíos. En Jerusalén hablaron con Herodes, quien los encaminó hacia Belén, donde encontraron al Niño y le entregaron sus presentes: oro, incienso y mirra. Advertidos en sueños por un ángel de que no volviesen a Herodes, regresaron a su país, a toda prisa y por otro camino.

De otra parte existe una antigua leyenda persa que afirma que existió un cuarto Rey Mago – Artabán – que llegó a Belén con un cierto y justificado retraso. Al oír tan emocionante historia, he pensado ensamblar los conocimientos bíblicos y los astronómicos, junto con otros detalles históricos, que completo con algo de imaginación personal, para hilvanar esta narración, parte de la cual ya la publiqué hace años.


Proyecto del viaje
En la Escuela astrológica de Sippar (Babilonia), el 29 de mayo del año 7 antes de Nuestra Era, se reunieron los astrólogos mesopotámicos, Melchor, Gaspar y Baltasar, con judíos de la Diáspora y, según la leyenda, también con el persa Artabán. Estos sabios en temas estelares –pues eran buenos astrónomos – sabían que coincidirían en el cielo los planetas Júpiter y Saturno – los más luminosos del firmamento – en la Constelación de los Peces y decidieron estudiarlos a conciencia. La lectura astrológica era la siguiente: la Constelación de los Peces es el Signo de la Tierra occidental - la región del Mediterráneo - Júpiter es el astro del Poder, la Fortuna y la Realeza y Saturno es el astro Protector del Pueblo Judío. Su conjunción, de extraordinaria luminosidad, significaba de modo inequívoco que “Había nacido un gran personaje, el Rey de los Judíos, en las tierras de Palestina”.

Como el verano en el desierto mesopotámico es tórrido e inhóspito y la conjunción planetaria se repetiría el 3 de octubre - la Fiesta Judía de la Reconciliación - los tres magos locales acordaron con Artabán que realizarían juntos un viaje en aquella fecha, para adorar al gran Rey. Cada uno aportaría su regalo – oro, incienso o mirra – y dejaron para el persa las piedras preciosas: rubí, esmeralda y diamante.


Contratiempo inesperado
Artabán salió puntual de su patria pero tuvo un encuentro inesperado, análogo al descrito en la Parábola del Buen Samaritano: halló un viajero, asaltado por ladrones, que lo habían herido, desvalijado y dejado medio muerto. El astrólogo lo atendió, curó, montó en su camello y llevó a la hospedería más próxima. A los tres días lo dejó allí, y pagó con el rubí al posadero-enfermero la estancia y el equipamiento del herido. Ya sólo le quedaban dos piedras.

El día que vieron los Magos la luminosa conjunción astral, el persa todavía no había llegado a Sippar. Lo aguardaron dos jornadas, al cabo de las cuales decidieron ponerse en camino sin él. Cuando el Mago rezagado llegó a la famosa Escuela, le notificaron la partida de los otros y él, resignado, siguió su estela en solitario. Su camello no era muy rápido y el Mago persa apenas logró recuperar una jornada del retraso que llevaba respecto a sus colegas.


Llegada a Palestina
Antes de atravesar el Jordán, cerca del vado de Jericó, se encontró con otra escena desgarradora: un frío y desalmado mercader estaba cobrando una vieja deuda a un pobre beduino que lloraba abrazado a sus pies. El pago de la deuda era la joven hija del beduino la cual esperaba, triste, cabizbaja y atada con una gruesa cuerda, ser vendida como esclava. Nuestro Mago no lo dudó un instante: sacó de su bolsa la segunda gema – la esmeralda – y compró la esclava para desatarla y devolverla a su padre. La alegría y el agradecimiento de ambos fueron indescriptibles.

Después de cruzar el río, Artabán se encaminó a Jerusalén, donde todo el mundo celebraba con alborozo que el Mesías había nacido en Belén. Allá se dirigió nuestro Mago pero el panorama que encontró resultó desolador.


Los Santos Inocentes
En la pequeña ciudad no había alegría alguna sino llantos y lamentos generalizados: ¡El Rey Herodes había mandado degollar a todos los niños varones menores de dos años! Y el ejército real estaba ejecutando cruelmente las órdenes del tirano. En una esquina, el Mago vio que un fuerte soldado sujetaba, agarrado por el tobillo, a un niño de corta edad, dispuesto a partirlo de un tajazo con la espada que empuñaba en su mano derecha. Una madre, viejecita, lloraba angustiada a sus plantas y le decía a voz en grito: ”¡No lo mates. Es mi único hijo y nació por un milagro del Señor!” El padre, también anciano y vestido con los atributos sacerdotales, estaba de pie rezando intensamente.

El Mago saltó como un felino y sujetó la mano del soldado, mientras gritaba:”¿Qué vas a hacer: No ves que este sacerdote no es de Belén, sino de Jerusalén?¡No tienes derecho de matar a su hijo!” El soldado vaciló un instante y en cuanto Artabán le mostró la última piedra, el diamante, tomó con avidez el soborno, devolvió el niño a la madre y salió corriendo con su valioso trofeo.



El Mago persa no podía imaginar que había salvado la vida a Juan el Bautista.
Encuentro en el Sinaí
El viejo Zacarías e Isabel, emocionados y agradecidos, en cuanto supieron que el Mago buscaba al Mesías, le contaron que ellos habían venido de Ain Karim, situada a una legua de distancia, para saludar a sus parientes y que éstos habían huido precipitadamente hacia Egipto, para salvar al Niño. Artabán dudó entre seguir o volverse a casa. ¿Como se presentaría ante el Rey de los Judíos sin obsequio alguno? Pero el amor venció al protocolo.

Siguió adelante y encontró a la Sagrada Familia en pleno desierto. Se postró en tierra, después irguió la cabeza, besó los pies de Jesús y le mostró llorando sus manos vacías. El Niño, que ya había cumplido los seis meses, las tomó entre las suyas, las besó con afecto y, por la sonrisa y la dulce mirada que dedicó al apurado astrólogo, éste intuyó que le transmitía la máxima evangélica: ”Todo lo que hicieres por uno de mis hermanos pequeñuelos me lo haces a Mí mismo”.


El cuarto Rey Mago, feliz y satisfecho, regresó a su patria.

josemaria.macarulla@gmail.com


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