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El compromiso cristiano


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© Equipo Provincial de Pastoral

Escuelas Pías de España, Tercera Demarcación

EL COMPROMISO

CRISTIANO




Introducción


Motivación al compromiso cristiano

Jesús en los pobres

Servir: opción por el Reino, opción por los pobres

Misión-vocación

El envío de la Iglesia.



Iniciación al compromiso

Etapas


Rasgos

Actitudes


Bibliografía

Para la reflexión y el diálogo



Introducción
Valgan a modo de introducción de este cuaderno de formación algunos textos que nos iluminen en cuanto al compromiso cristiano y que nos animen a leer estas páginas dejando que interpelen nuestro corazón y lleguen hasta nuestras entrañas, allí donde habita el Amor de Dios que está esperando que le dejemos nacer para hacer morada entre nosotros y hacernos vivir en abundancia.

«Educar a la comunicación, a la solidaridad, a la fraternidad, al encuentro, no es una propuesta pedagógica entre otras; no es una moda. Es un camino imprescindible para el desarrollo de la personalidad más genuina y más cristiana» (Lourdes Grosso, Qué es la solidaridad cristiana p.34).

«Cuando se opta por los pobres se opta contra las causas, las estructuras, los sistemas que hacen pobres a los pobres y les impiden vivir con dignidad esa condición humana, histórica, de hijos e hijas de Dios, hermanos y hermanas... Son muchos los que están cansados, dicen, de oír hablar de la opción por los pobres. A mí me gusta responderles que, seguramente, los pobres están mucho más cansados de ser pobres» (Pedro Casaldáliga).

«Tengo un amigo curtido en mil batallas. Camina siempre con aire cansado. Los años y la vida lo han vuelto duro, pesimista...

Ayer se acercó a mi mesa. Curioseó con escepticismo mis papeles y me dijo pausadamente: “¿La solidaridad? La solidaridad no existe... No es posible la solidaridad... Nacemos egoístas... El hombre es un lobo para el hombre... No tenemos remedio... Nos interesa sólo lo nuestro... A nadie le interesa la solidaridad...”. Y se marchó arrastrando su cansancio.

Cerré los ojos con fuerza. Me hundí en el silencio. Miré más allá del estrépito de la vida. Y vi pasar, bajo mi ventana, el hambre, la pobreza, la esclavitud, el odio, la muerte... Eran personas con nombre y apellidos. Y sentí un dolor agudo en lo más hondo de mi ser. Y lloré, largamente, derrotado, sin consuelo...

Volví a los papeles de mi mesa, apreté los puños en un gesto de rebeldía y escribí: “Hemos nacido para ser felices. La solidaridad tiene que ser posible. Mientras haya un niño llorando en pleno día, un pobre moribundo a la puerta de una casa, una anciano que se estremece de soledad y de miedo, la solidaridad es necesaria... ¡Tenemos que compartir el calor, la casa, la seguridad, los sueños, las palabras...!

Me levanto de la mesa. Oteo desde mi ventana el horizonte. Y escribo en el aire, con mayúsculas: Viajamos todos por el mismo camino... Todos los días amanece... La vida es de los niños y de los jóvenes... El futuro pasa siempre por la escuela... Tenemos que construir juntos la esperanza y el futuro». (José Luis Zurbano, La Solidaridad. Un tema transversal para la escuela).

«Señor por tu gracia, haz que los pobres, viéndome, se sientan atraídos por Cristo, y lo inviten a entrar en sus casas y en sus vidas. Haz que los enfermos y los que sufren encuentren en mí a un verdadero ángel que conforta y consuela. Haz que los pequeños que encuentro en las calles se abracen a mí porque les hago pensar en Él, el amigo de todos los pequeños» (Madre Teresa de Calcuta).

Este es el recorrido que proponemos: una educación al compromiso que nos descubra nuestra auténtica identidad personal como seres en comunión, que sea capaz de destapar las causas estructurales de la injusticia, que se levante por encima de la indiferencia y del fatalismo actual y se comprometa con el testimonio de la propia vida para transformar la sociedad.

Y cómo no embarcarnos en esta aventura, nosotros escolapios, si fue el propio Calasanz quien nos indicó el camino: «...cuenta la Obra de los Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías, con un ministerio insustituible, y acaso el principal para la reforma de las corrompidas costumbres; ministerio que consiste en la buena educación de los muchachos en cuanto que de ella depende todo el resto del buen o mal vivir del hombre futuro» (San José de Calasanz, Memorial al cardenal Tonti, 1621).

Daremos en un principio los motivos que surgen desde el cristianismo para este compromiso, haciendo especial hincapié en la figura de Jesús como referencia y en su manera de servir.

Pasaremos después a tratar la propia vocación como respuesta a la llamada de Dios para construir el Reino, sabiendo que si lo que pretendemos es ayudar al que sufre lo importante es lo que el Espíritu suscita en el interior de cada uno como llamada personal de Jesús de Nazaret para aliviar el dolor y anunciar la Buena Noticia a los “pobres” y entendiendo la respuesta a esa llamada como misión. Trataremos aquí por un lado la opción ineludible por la justicia (no hacemos hincapié en el análisis de la realidad de injusticia que vivimos, para ello hay abundante bibliografía dedicada exclusivamente a descubrir la pobreza actual como consecuencia no de la escasez, sino del sistema de desarrollo adoptado por el primer mundo: hay pobres porque no hay justicia y hay pobreza porque las estructuras sociales y económicas generan injusticia). No podemos echarle la culpa a la sociedad (definición de sociedad: todos menos yo) sino al egoísmo individual y a la falta de responsabilidad personal de cada uno. Por otro lado incidiremos en el envío que la Iglesia hace a cada creyente para vivir esta misión y cómo cada creyente está llamado a construir una Iglesia verdaderamente misionera que se sitúe al lado de los pobres.

Como última parte del cuaderno intentaremos ver las actitudes propias de quien se quiere iniciar en el compromiso cristiano y las etapas que habrá que ir viviendo para transformar la sociedad y hacer posible el Reino.




MOTIVACIÓN AL COMPROMISO CRISTIANO

Ex 3, 7-12 «He escuchado el clamor de mi pueblo maltratado.

Yo conozco su sufrimiento...»
No pretendemos en este cuaderno dar un listado de las injusticias y desigualdades que imperan en nuestro mundo, ni tampoco analizar sus causas, para ello hay abundante bibliografía (que no estaría demás trabajar para hacer llegar los terribles datos de la realidad a los chavales, que son los que van a construir el futuro). Pero sí queremos hacer hincapié en que esta desigualdad estructural que estamos generando desde el primer mundo no sólo es injusta, sino inmoral e insostenible.

El orden establecido es un “desorden” basado en el tener, el valer y el poder, un desorden que se alza sobre los más débiles y pobres y, por lo tanto, deshace el plan de Dios. En los países del tercer mundo no es la calidad de vida lo que corre peligro sino la vida misma.

Encontramos aquí el primer motivo para comprometernos: la injusticia en la que viven millones de seres humanos. Si somos honrados con la realidad que nos rodea, tendremos que admitir que hay un clamor que nace de los pobres que nos interpela y ante el cual hay que tomar partido, hay que optar. La justicia es causa suficiente para motivar la opción, pero la fe además aporta una exigencia y una finalidad ineludible a esta opción.

Otro motivo para el compromiso cristiano se basa en la concepción de la persona desde el cristianismo. La persona es y se realiza en comunión ya que somos “imagen y semejanza” de un Dios que es comunidad. “Somos en relación” que diría Mounier y este hecho hace del compromiso con el otro, no una opción arbitraria sino una característica esencial e ineludible del ser humano a la que el cristianismo aporta la relación desde el Amor. Un Amor que no se mide tanto por lo que hacemos y por cuanto hacemos sino desde el por qué lo hacemos (por quién lo hacemos) y desde dónde lo hacemos.

Muchos problemas se derivan de considerar optativo lo que es fundamental para nuestra propia existencia y del modo en cómo y por qué hacemos estas supuestas “opciones” convirtiendo el compromiso en actos aislados y esporádicos en vez de en actitudes nacidas de la propia conversión y capaces de ser “sal y luz” para los otros. El compromiso cristiano no es un modo de dar sino un modo de ser, de comprendernos a nosotros mismos y comprender el mundo que nos rodea que ya es semilla del Reino. Es una manera de compartir la vida creando fraternidad, como dice Juan Pablo II: «La solidaridad no es un sentimiento de vaga compasión o de superficial ternura hacia los males de tantas personas cercanas y lejanas; al contrario, es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir, por el bien de todos y cada uno, porque todos somos verdaderamente responsables de todos».(Sollicitudo rei socialis).

Vivimos esclavizados por los ídolos impuestos desde el ambiente (dinero, poder, placer, apariencia, prestigio, seguridad, comodidad...) y estos ídolos no nos dejan ser felices, nos piden cada vez más sacrificios y en nuestra locura e insatisfacción les ofrecemos la naturaleza, las utopías, e incluso lo más sagrado: “el hombre”, no sólo nuestros hermanos a los que pisamos y explotamos para obtener mayor “beneficio” sino a nosotros mismos que vamos acumulando cosas y sensaciones que nunca acaban de llenar nuestras vidas. Dios nos invita a vivir y a vivir en abundancia (Jn 10,10), no de cosas materiales sino de la Vida que sólo Dios puede ofrecernos, estamos hechos para el Amor y este Amor supone la entrega gratuita y fraternal a todos los hombres porque sólo ahí encontraremos la verdadera dicha y seremos libres para Vivir (quien pierde su vida...)

«Creer es comprometerse, pasar de niveles intelectuales a planos de vida, en donde toda la persona se siente afectada. Adhesión no sólo a un mensaje sino a quien transmite el mensaje. Apostar la vida, el sentido de ella, la dirección y el camino, el proyecto y el quehacer a la carta fuerte de Jesús» (Javier Ruiz de Arana del "Comité Oscar A. Romero").

Seguir a Jesús implica la opción por construir el Reino de Dios, implica un juicio sobre la realidad y un posicionamiento ante ella. El compromiso por la justicia no es optativo sino inherente al ser cristiano. «No hay experiencia religiosa ni conocimiento de Dios sin lucha por la justicia, en su doble vertiente de denuncia y de construcción de un mundo regido por la fraternidad» (Tamayo-Acosta J.J., La marginación, lugar social de los cristianos). El proyecto de cada cristiano se hará según la voluntad de Dios si es capaz de dar respuestas a las necesidades del hombre, del hombre que sufre, y devolverle la dignidad no sólo como persona sino, más aún, como hijo de Dios.

Estamos llamados a ser “sal y luz” (Mt 5, 13-14) para el mundo. Aquí encontraremos la dicha (Mt 5, 1-16) y desde aquí seremos juzgados (Mt 25, 35-40). Éste es el mensaje central del Evangelio de Jesús, las bienaventuranzas nos indican un camino de compromiso con los oprimidos de la tierra, donde Jesús se manifiesta y adonde nos convoca para encontrar la verdadera felicidad y poner las condiciones para que acontezca el Reino. Son el proyecto de vida de cualquiera que se llame cristiano y quiera ser fiel a Aquél al que dice seguir.

Dios prefiere a los pobres (Is 61,2). La Buena Noticia del Evangelio es que el Reino ha llegado ya, con Jesús, y que Dios se convierte en el rey de los pobres, de los excluidos, de los últimos (Mt 5, 1-16). Su proyecto es restituir al pobre su dignidad de persona y elevarlo a la dignidad de hijo de Dios. Los discípulos de Jesús sólo participaremos de esa bienaventuranza si hacemos nuestra la opción por los pobres, sólo así viviremos la alegría de colaborar gozosamente en la construcción del Reino de Dios.

En la Palabra encontramos también innumerables motivos que nos impulsan al compromiso con los más débiles (Dt 15,11). La Palabra nos muestra un Dios que es Padre, que se conmueve con la aflicción de su pueblo (Ex 3, 7-12), que tiene entrañas de misericordia, que no conoce límites en su perdón (Lc 15, 11-32) y en su Amor por el hombre (nada nos separará/ te llevo tatuado) y al mismo tiempo un Dios que es Rey, que nos muestra su justicia y su lucha a favor de los débiles, los marginados y los pequeños. Es este Dios al que queremos responder y éste es el verdadero motivo del compromiso cristiano, no el hacer méritos para que Dios nos ame (su Amor ya lo tenemos ganado), no el buscar un camino para ser felices -la felicidad vendrá por añadidura como consecuencia de buscar el Reino (Mt 6, 33)-, sino el responder a la llamada de Dios para que colabore en la construcción de Su Reino que implica fundamentalmente devolver la dignidad a cada persona, especialmente al más pobre. Esa respuesta pasa siempre por el amor al hermano ya que el amor a Dios revierte necesariamente en el amor a los hermanos (cómo amar a Dios a quien no ves si no amas a tu hermano al que sí ves cf. 1Jn 4,20). Un amor ofrecido desde la humildad, la oración, la compasión y la gratuidad.

La respuesta no es un compromiso de carácter moral sino religioso, no se trata de cumplir virtudes sino de responder a un Dios que opta por los pobres. Esta respuesta brota de la solidaridad del Amor y excluye cualquier atisbo de protagonismo (deseo de perfección individualista) o de antagonismo (optar por los pobres no significa decidirse contra quienes socialmente no lo son).

Desde la doctrina social de la Iglesia se nos ofrece otro motivo más para el compromiso. No hay más que ver las últimas encíclicas (sobre todo a raíz del Vaticano II) para comprobar cómo la fe ha de comprometer nuestra vida en favor de los que sufren la injusticia provocada por las estructuras de pecado que se mantienen en el mundo. Centrándonos específicamente en la “Solicitudo rei socialis” (Juan Pablo II, 1987) descubrimos muchas claves en este sentido:

el desarrollo sin solidaridad provoca la injusticia social y la opresión del hombre

la distribución desigual no es culpa de los indigentes ni de la fatalidad

la sociedad de consumo lleva al materialismo y a la insatisfacción humana

las estructuras de pecado sólo se vencen entregándose al otro en lugar de explotarlo y oprimirlo

la interdependencia mundial debe convertirse en solidaridad porque los bienes de la creación son de todos

pertenece a la praxis más antigua de la Iglesia la convicción de que ella misma está llamada a aliviar la miseria de los que sufren no sólo con lo superfluo sino con lo necesario

el sistema internacional de comercio discrimina determinantemente a los países en vías de desarrollo...

En el Catecismo de la Iglesia Católica también se hace referencia expresa de esto:

cada uno debe cuidar al prójimo como otro yo, cuidando en primer lugar, de su vida y de los medios necesarios para vivirla dignamente (1931)

el deber de hacerse prójimo de los demás y de servirlos activamente se hace más acuciante todavía cuando éstos están más necesitados en cualquier sector de la vida humana (1932)

existen también desigualdades escandalosas que afectan a millones de hombres y mujeres. Están en abierta contradicción con el Evangelio. La igualdad de las personas exige que se llegue a una situación de vida más humana y más justa. Pues las excesivas desigualdades económicas y sociales entre los miembros o los pueblos de una única familia humanan resultan escandalosas y se oponen a la justicia social, a la equidad, a la dignidad de la persona humana y también a la paz social e internacional (1938)

el principio de solidaridad es una exigencia directa de la fraternidad humana y cristiana (1939)

los oprimidos por la miseria son objeto de un amor de preferencia por parte de la Iglesia, que, desde los orígenes, y a pesar de los fallos de muchos de sus miembros, no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos.(2448).

Podríamos seguir indefinidamente añadiendo motivos para el compromiso cristiano por que éste es irrenunciable para la fe. Acabamos este apartado dando un pequeño vistazo al ámbito local desde nuestro proyecto de grupos. En el “proyecto Émet” el compromiso se entiende como un eje transversal de todo el proceso y como una dimensión imprescindible del seguimiento de Jesús que proponemos a los chavales: «los grupos deben ser, en sí mismos, expresión del compromiso liberador cristiano... los jóvenes implicados en el proceso que se descubren y sienten hijos del Padre y hermanos de los demás hombres, no pueden dejar de oír el clamor de sus hermanos que esperan la libertad de los hijos de Dios» (Émet p.55).




JESÚS EN LOS POBRES

Mt 25, 40 «a mí me lo hicisteis»
El evangelio cambia radicalmente nuestra forma de mirar al pobre (Mt 25, 40), los pobres son lugar cristológico desde donde Cristo nos habla, nos interpela y nos invita al Amor. Desde la fe, los pobres son presencia y sacramento de Jesús, son el lugar más apto para la vivencia y la fe en Jesús y para su seguimiento. Realizar la voluntad de Dios es responder al clamor de los pobres y comprometerse en la construcción del Reino. Si Dios se ha hecho hombre, hay que mirar a cada hombre de modo completamente distinto y descubrir en cada uno el don de Dios.

El texto de Mateo “lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a Mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40) nos abre a una nueva dimensión en la que el pobre, el débil, el oprimido se convierte en Jesús mismo y por lo tanto nuestro acercamiento y compromiso con los pobres se convierte en ámbito privilegiado para la experiencia de Dios. El pobre nos ayuda a descubrir la gratuidad, la generosidad, la misericordia; el pobre nos denuncia los ídolos que habitan en nuestro corazón (riqueza, seguridad, apariencia, auto-afirmación...) y que nos esclavizan y hacen imposible que Dios ocupe un lugar preferencial en nosotros; el pobre cuestiona nuestro seguimiento perfectamente “instalado” en el sistema injusto que genera la pobreza; el pobre nos devuelve a la fuente verdadera del Amor de un Dios que se compromete en la lucha por un mundo donde reine la justicia, la paz y la fraternidad.



Jesús se hace uno entre los pobres, se muestra ante ellos con gestos de acogida, escucha, perdón, apoyo. Sus gestos encarnan y hacen visible el Amor de Dios Padre y les devuelve su dignidad de Hijos, siente predilección por “los pequeños” y se pone de su lado de forma concreta y comprometida. Se pone al servicio de todos pero empieza por los últimos.

Jesús se identifico con los que sufren, haciendo suyo el dolor de los pobres. Jesús le da un nuevo significado a la compasión (padecer con) ya que es el mismo Dios quien sufre en el pobre. La pasión de Jesús de Nazaret no se ha interrumpido, Jesús sigue sufriendo y muriendo en cada crucificado de nuestro siglo XXI. Dios es misericordia y la misericordia es aprender a sufrir en el hermano. Pero Jesús no sólo sentía el sufrimiento del otro sino que se comprometía con él para salvarlo: reconstruía su humanidad y le devolvía su dignidad ahora aumentada a la de hijo de Dios. Jesús se abajó para levantar a los que sufren y en este abajamiento hacía sentir a los marginados el Amor preferencial de Dios Padre por ellos, un Amor ofrecido sin límites y sin condiciones, capaz de suscitar una inmensa alegría y de hacer experimentar la salvación. Todo lo que Jesús hacía era Buena Noticia para los pobres.

Dios se empobrece en Cristo, se desprende de cuanto es, por Amor a los hombres, se despoja de su divinidad (Flp 2,6-11) para encarnarse como hombre en el seno de María. Se dona a sí mismo por cada uno de nosotros.

Jesús no se hace pobre por ascesis sino por Amor. La pobreza de Jesús no ensalza la miseria como si fuese algo bueno (los bienes son buenos en tanto hagan bien al hombre; el dinero debe ser tenido y usado subordinado a la fe, a la justicia). Jesús al despojarse de su divinidad se humaniza tanto que confronta a todos los que divinizan su vida, su salud, su poder temporal, su prestigio....De este modo Jesús pone en evidencia que la dignidad del hombre no depende de lo que tiene sino de lo que es.


«La opción por los pobres es, efectivamente, opción por Dios. Por eso sólo puede ser obra del Espíritu de Dios. Y por eso se cumple en ella lo que caracteriza a la relación del hombre con Dios: que la opción por Dios (pese a los miedos iniciales que nos produce) acaba siendo opción por nosotros mismos: por lo mejor de nosotros» (González Faus J.I., Nuestros señores los pobres p.50).


SERVIR: OPCIÓN POR EL REINO, OPCIÓN POR LOS POBRES
Mt 20, 28 «no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida...»
En la última cena el mismo Jesús nos indica el camino del servicio en el lavatorio de pies:

 Un servicio que comienza por abandonar la indiferencia que empapa nuestra vida y nos hace sordos al clamor de tantos hermanos que viven en la miseria y la desesperanza.

 Un servicio que supone aprender a ver el rostro de Dios en cada uno de mis hermanos, preferentemente en los mas pobres y afligidos, porque es en ellos donde Dios se hace más presente y desde donde nos llama con más urgencia a construir el Reino y a descubrirle en los que sufren..

 Un servicio que supone haberse descubierto uno mismo Amado por Dios y en virtud de este Amor, que es don y vocación, dar respuesta a una misión en la que descubro que mi vida no me pertenece y que sólo tiene sentido en la entrega gratuita a los demás.

 Un servicio en el que mis actos testimonien que Dios es un Padre bueno y misericordioso y que su Amor trae la dicha y la justicia a los oprimidos.

 Un servicio en respuesta a una llamada de un Dios que confía tanto en mí que no tiene suplentes para la misión que me ha encomendado, un servicio consciente y responsable porque “lo que yo no haga se quedará sin hacer”.

 Un servicio que se tiñe de alegría en la última de las bienaventuranzas (Jn 13, 14-17).

Desde las actitudes de Jesús nuestro servicio adquiere una nueva dimensión de entrega a los que sufren, nuestra respuesta a este dolor se transforma en muchos casos en cercanía con los que sufren y en búsqueda de la justicia. «Éstas víctimas pueden ser personas individuales, ante las que la misericordia toma forma de amor y de ternura, y pueden ser las mayorías populares, los pueblos crucificados, mayoría en nuestro mundo, ante las que la misericordia toma necesariamente la forma de justicia» (Jon Sobrino, Los pobres nos evangelizan p.66).

Desde el Evangelio la opción por los pobres no puede ser algo momentáneo o pasajero sino un estilo de vida que comprometa toda la persona y todas sus opciones, estaré al lado de los crucificados o al lado de los que crucifican, no hay posturas neutrales (el que no está conmigo esta contra mí).

El Amor que Jesús de Nazaret propone no sólo supone compartir lo que se tiene, sino ponernos por entero al servicio de las demás con el mismo Amor de Jesús (Jn 13, 34). Un Amor que empieza por aprender a mirar de modo nuevo al otro, mirar como Dios mira, para descubrir el Dios oculto que cada ser humano lleva en sus entrañas, y en esa mirada tarde o temprano descubriremos el dolor de un Dios que sigue crucificado en tantos hermanos.

Ante esta realidad muchos desplegarán todos los mecanismos de defensa en forma de razonamientos, justificaciones, excusas, prejuicios... intentaremos evitar nuestra propia responsabilidad y caeremos en echarle la culpa a los demás o en el fatalismo del “no se puede hacer nada, las cosas son así y no van a cambiar porque yo me comprometa”. La respuesta desde el Evangelio se tiñe con la utopía del imposible «dadles vosotros de comer» (Mt 14,16) apelando a la responsabilidad personal, a la opción por el Reino y a la confianza en Dios «lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios» (Lc 18,27).

«El encuentro con el pobre no puede ser para la Iglesia y el cristiano meramente una anécdota intrascendente, ya que en su reacción y en su actitud se define su ser y también su futuro, como advierten tajantemente las palabras de Jesús. Por lo mismo, en esa coyuntura quedamos todos, individuos e instituciones, implicados y comprometidos de un modo decisivo. La Iglesia sabe que ese encuentro con los pobres tiene para ella un valor de justificación o de condena, según nos hayamos comprometido o inhibido ante los pobres. La misión de la Iglesia y la vocación cristiana se realizan mediante la opción por la causa de los pobres» (Documento preparatorio del Congreso Nacional: Los desafíos de la pobreza a la acción evangelizadora de la Iglesia).

Utilizamos el término opción por los pobres con mucha frecuencia, pero despojándolo de su significado evangélico y de sus exigencias de conversión y compromiso. Rebajamos el Evangelio para hacerlo a nuestra medida de modo que no comprometa nuestra vida y que las “opciones” sean asumibles sin renunciar a nuestras comodidades, seguridades... y sin implicar verdaderamente nuestra vida en la transformación del mundo. «La opción por los pobres es una conmoción que sacude la vida cristiana desde sus fundamentos e implica toda una nueva forma de ver y sentir, de creer y de amar, y sobre todo de actuar» (José María Vigil).

Utilizamos e instrumentalizamos de igual modo el término “pobres” diluyendo su significado para no sentirnos interpelados por la Palabra, resultando al final que “pobres, somos todos”, o nos refugiamos en el término “pobre de espíritu” sin saber realmente lo que significa. Los pobres con los que Jesús convive y a los que viene a salvar son reales, en sentido real y físico no en sentido metafórico ni metafísico, son pobres a nivel económico-social y como consecuencia de ello también a nivel socio-politico, cultural, etc., son marginados.

El Evangelio siempre es Buena Noticia para los pobres. Si nuestra vida no es Buena Noticia para los pobres que nos rodean (los necesitados de Amor o de justicia) hemos de preguntarnos a qué Dios servimos y qué Reino estamos construyendo.

Otro elemento importantísimo del servicio cristiano es el abajamiento hasta el pobre. No se puede resolver la pobreza desde la riqueza, ya que los ricos miramos la pobreza desde la lejanía. Para servir a los pobres hay que hacerse pobre y con ellos y desde ellos buscar las soluciones, hacerles partícipes de su propio desarrollo y compartir su suerte. No se trata de dar sino de darse, es más que generosidad: el Amor cristiano implica la donación gratuita del propio ser.



MISIÓN-VOCACIÓN
Is 6,8 «¿A quién enviaré y quién irá de parte nuestra?

-Heme aquí , envíame.»

Cuando la realidad nos impacta -nos interpela- intentamos que cambie, que esta tierra en la que vivimos sea un mundo más justo, más fraterno y no existe otra forma para conseguirlo que comprometer nuestra persona para su transformación. Pero este compromiso de transformación social es de carácter religioso, teológico, espiritual, antes que moral, desde el cristianismo la opción por los pobres es una opción de fe en un Dios que viene a los pobres y con ellos se juega su suerte, si nos queremos dar el nombre de seguidores de Jesús de Nazaret nosotros también deberemos “echar nuestra suerte con los pobres de esta tierra”.

En la situación que hoy vivimos la opción por los pobres en vez de ganar en radicalidad queda reducida a un "quisiera" que nunca llega a ser un "quiero", y que se convierte en una serie de pequeños parches, declaraciones y “caridades” que en lugar de ayudar a los pobres lo que hacen es tranquilizar nuestra conciencia y adornar en nuestros proyectos y programaciones. «Así acabamos pensando que hay otras cosas más importantes que la opción por los pobres, vg. El diálogo intelectual con el mundo, o el cuidado pastoral de las pocas ovejas que aún nos quedan (y que, en nuestro país, son casi todas de clase más bien alta). Y tememos incluir en esa importancia la opción por los pobres, por miedo a quedarnos todavía con menos ovejas... para tranquilizar nuestras conciencias haremos así una opción meramente asistencial pero no llegaremos a hacer una verdadera “inculturación”».(González Faus J.I. , Nuestros señores los pobres, p.31).

Si se quiere ser eficaz en la lucha contra la pobreza injusta hay que conocer a fondo la realidad que se quiere transformar. Hay que aprender a mirar el mundo de los pobres y de la pobreza con los ojos de los pobres y descubrir, desde ahí, la necesidad de su transformación y la urgencia de su liberación. Sin este análisis la opción puede quedar reducida a una aventura vivida con las mejores intenciones. Este análisis habrá que insertarlo en un proyecto de transformación social y concretar dicho proyecto en acciones que permitan su realización.

Y la realidad que nos toca vivir a nosotros, los cristianos del siglo XXI, está profundamente marcada por un progreso que ha generado una profunda división en la humanidad, entre aquellos que han sido capaces de subirse al tren de las modernidad y los que se han quedado en los márgenes, en los andenes de nuestras espléndidas autopistas y líneas de alta velocidad hacia un progreso que no es para todos y que genera la marginación y la pobreza de la mayoría. Es con esta realidad con la que hemos de enfrentarnos y hay un deber que habrá que asumir para transformarla: el deber de la justicia: actuar en justicia, denunciar la injusticia y luchar por la justicia (Jer 21, 11-12) Hay que tomar partido y hacerse responsable. Como dice Jon Sobrino: «sin opción por la justicia no hay conversión a Dios» pero la opción por la justicia implica múltiples exigencias:

Promoción del bien común, el bien de las personas y el bien de la comunidad pero no sólo a nivel material sino también en cuanto a la convivencia, la cultura, la libertad... se trata en definitiva de posibilitar que cada persona tenga las condiciones necesarias para vivir con dignidad. Para que esto sea posible hace falta una nueva cultura basada en la solidaridad, una solidaridad que posibilitará el desarrollo de los pueblos. Construir una nueva cultura de la solidaridad que parte de los derechos de los pobres y no consiste en repartir de lo que nos sobra, replantear los comportamientos cotidianos en el uso del dinero y del tiempo. Llevar una vida nueva al estilo de Jesús de Nazaret, mirar y ver la vida desde abajo, desde los excluidos, con la mirada de Dios, haciendo de nuestro compromiso un modo concreto de construir el Reino, convirtiéndonos en testigos del Amor.

Derechos humanos, una conciencia viva de los derechos de cada hombre y mujer independientemente de su raza, sexo, religión, nacionalidad...Un profundo reconocimiento y respeto de la dignidad y libertad de la persona que nos lleve a una defensa de los derechos humanos en todas nuestras actitudes.

Dimensión social del Amor, como cristianos el primer mandamiento es Amar, pero no podemos separara la caridad y la justicia ya que son dos expresiones de una única realidad: el compromiso del creyente en la construcción de un mundo mejor (el Reino) según el designio de Dios. Vivir este Amor implica por tanto solidarizarse con los hombres, especialmente con los pobres y denunciar cualquier situación de injusticia.

Identificar y denunciar los mecanismos generadores de injusticia y de pobreza, las estructuras de pecado que dice Juan Pablo II en su encíclica Sollicitudo rei socialis, desenmascarando la relación tan estrecha entre pobreza y riqueza, desarrollo del primer mundo y subdesarrollo del tercer y cuarto mundo.

 Proponer y promover un cambio de mentalidad y de conducta, una verdadera conversión del corazón que desemboque en un compromiso liberador.

Es ésta la misión que tenemos por delante: “hacer del mundo la casa de todos”, más aún “hacer del mundo la casa de Dios”, construir una sociedad donde todos los hombres puedan vivir con la dignidad que les ha sido dada: la de hijos de Dios. Un mundo donde el Amor sea la ley que impere y donde todos seamos hermanos. Trabajar para que sea posible que “venga a nosotros Su Reino”.

El envío de la Iglesia

«Es el participar en el destino de los pobres lo que en último término dará credibilidad a la Iglesia y, más en el fondo, a la misma fe» (Jon Sobrino). La prioridad de la Iglesia no es la liturgia, ni la catequesis, ni tantas otras cosas, sino el ser humano, cada ser humano. Caminando en esta clave construiremos una Iglesia pobre, para los pobres, cuyo testimonio sea creíble y que suscite la conversión porque ella misma estará en permanente conversión al Evangelio. Será una Iglesia que camine con la exigencia del Concilio Vaticano II de una renovación desde la comunión y la misión. «La Iglesia como institución, las comunidades cristianas y los creyentes que quieran vivir bajo el signo del seguimiento de Jesús, están llamados a incardinarse en el lugar social de los marginados como condición necesaria para que su mensaje de salvación sea creíble y su acción liberadora sea coherente con lo que anuncia» (Tamayo-Acosta J. J., La marginación, lugar social de los cristianos).

Nos tocará a nosotros como diría Pedro Casaldáliga: «soñar con la Iglesia vestida solamente de Evangelio y sandalia», pero no sólo soñarla sino construirla y amarla para que sea fiel reflejo del Amor del Padre por todos los hombres, principalmente por los más débiles, por los más pequeños, por los que más sufren. Éste es el reto de los cristianos: volver a las fuentes y construir la Iglesia como imagen viva del Amor. No hace falta revolución sino renovación, el Espíritu Santo lleva actuando en la Iglesia más de 2000 años y sigue dando frutos de vida abundante (a pesar de que los hombres y mujeres que la formamos no seamos, muchas veces, testigos de Jesús de Nazaret y en vez de vivir su Evangelio vivamos según los criterios del mundo). La Iglesia se mostrará con todo su esplendor cuando cada uno de nosotros cambie y se convierta, cuando seamos testigos y testimonio del Amor del Padre. Dios interviene en la historia, pero deja la historia en manos de los hombres, esta es nuestra responsabilidad y apoyados en Él no hay nada que temer (Rm 8, 28-39).

La inculturación en el mundo de la pobreza es obra de media vida y nos llevará tiempo, esfuerzo, paciencia y un enorme sentido de la gratuidad. «Y por eso, tratando de ser realistas y acogedores, no se puede pedir lo mismo a todos. Cada cual puede tener su hora, su llamada y su libertad en el tiempo de Jesús. Lo único que sí se debe exigir a todos (porque ahí nos jugamos la identidad cristiana y del seguimiento) es que apoyen y no dificulten ni censuren en defensa propia a quienes van por delante de ellos en este campo. Todos por los pobres, bastantes con los pobres y algunos como los pobres» (González Faus J.I., Nuestros señores los pobres p.33).

En la pobreza no podemos hacer hoy por hoy opciones meramente personales. El Espíritu actúa en comunidad y las opciones deberán ser comunitarias. Para transformar la sociedad necesitamos pequeños núcleos, pequeñas comunidades que sean signo y sacramento de una civilización del Amor, de la fraternidad, de la justicia. Sin una comunidad que sustente y anime, nuestra opción por los pobres será muy difícil de realizar. Comunidades capaces de vivir la koinonía, es decir, la comunidad de fe, de corazones, de bienes, de oración, de Vida, capaces de compartir y poner en común todos los bienes (no sólo los materiales -que también- sino el tiempo, la disponibilidad, el trabajo, la misión, los dones), apuntando al ideal de una experiencia comunitaria fraterna en toda su globalidad con el objetivo de conseguir que nadie pase necesidad (Hch. 4, 32-34).

Aunque las opciones finales siempre serán personales la opción por los pobres necesita de una dimensión comunitaria para poder llevarla a cabo y para que de este modo la Iglesia como comunidad adquiera fuerza de arrastre frente a la sociedad. Cuando la Iglesia muestra actitudes proféticas y se pone al lado de los pobres, incrementa su credibilidad y adquiere autoridad moral, manifestando así el verdadero rostro de Dios.

«Desde esta motivación profunda, es necesario además, penetrar profundamente en nosotros mismos. Todos esos deseos, frustraciones y alegrías que nos ofrece el compromiso con los pobres, tendremos que experimentarlas desde una profundidad personal y comunitaria muy intensa. La comunidad cristiana es la base de toda espiritualidad que parta del espíritu de Jesús. En ésta se desarrolla toda nuestra existencia, en la comunidad descubrimos juntos el camino a seguir al compartir con los demás toda nuestra vida... La espiritualidad cristiana es comunitaria o no es cristiana. No obstante toda opción final es algo que tendremos que decidir en el plano personal, y estas decisiones que se toman en lo íntimo de nuestro corazón reforzarán la comunidad». (Mesa M.A. Qué es el compromiso cristiano, p. 16-17 ).


INICIACIÓN AL COMPROMISO
Ef 5, 2 “Sigan el camino del Amor a ejemplo de Cristo,

que nos amó y se entregó por nosotros”
El compromiso siempre tiene que surgir de dentro, sólo desde el corazón se puede uno comprometer en la tarea de construir el Reino. Es de las entrañas de donde nos nace el Espíritu Santo; al igual que María deberemos gestar en nuestro seno el Amor de Dios para dejar nacer a Jesús.

Hay que ir rompiendo la marcada tendencia de que los compromisos reviertan únicamente en la comunidad de origen (catequesis, liturgia...) y empezar a descubrir la “interna inclinación” de cada muchacho de modo que sepa discernir y vivir sus opciones desde los dones que Dios le da. El hacer es consecuencia del ser. Cuando esto no se vive así los compromisos se viven como ensayos, como actividad a realizar para ver qué sale y probar si nos va bien, estando en ella hasta que nos cansemos o hasta que se nos haga muy costosa. Un ejemplo muy claro de esta actitud la vemos en muchos de nuestros chavales: pasan unos años de catequesis, pasa la confirmación, llega la postconfirmación y llega el “ser catequista” y al cabo de dos o tres años llega también el dejar de ser catequista (la universidad exige demasiado, se casan, comienzan a trabajar...) parece que el compromiso es una etapa en la juventud y luego llega la “vida real” donde las opciones se centran en uno mismo o en la pareja. De este modo no descubrimos nuestra vocación y no somos capaces de dar respuesta a la llamada del Señor.

El compromiso es una exigencia que mana desde lo que somos (de lo mejor de mí) y desde lo que vivimos. En el ejercicio de la solidaridad no basta con el impulso romántico, ni con la costumbre grupal, es necesario un discernimiento: desde dónde, con quién, hacia dónde, por qué, de qué manera...y con criterios claros: solidaridad con los pobres; desde abajo; frente a la injusticia... «A grandes males grandes remedios, y quien desee grandes remedios habrá de realizar también grandes estudios (sin información no existe ya alternativa alguna)...desgraciadamente muchas personas están muy bien educadas para hablar con la boca llena, pero no para hacerlo con la cabeza vacía» (Carlos Díaz, Vocabulario de formación social, p.487). como diría Wittgestein “de lo que no se sabe hablar lo mejor es callarse” o mejor aún informarse y formarse bien para poder hablar de ello.

La educación al compromiso ha de ser necesariamente progresiva y adaptada a las personas y al grupo, pero es fundamental que lo que se va descubriendo del Evangelio se traduzca en gestos o comportamientos, conseguiremos así evitar la separación entre la vida y la fe.

Los compromisos son individuales y también comunitarios. La respuesta siempre es personal pero la comunidad (el grupo) ayuda a discernir la llamada de Dios en los acontecimientos y situaciones personales y acompaña en la decisión y en la vivencia de dicho compromiso. También la vivencia de la “misión” dentro de la propia comunidad enriquecerá y clarificará nuestras opciones y servirá de apoyo y de guía en nuestra entrega.

El compromiso nos debe llevar a celebrar lo vivido. No surge de nuestro esfuerzo humano sino de la colaboración que nosotros le prestamos al Espíritu Santo que mora en nosotros y que nos hace capaces de Amar (damos gratis lo que hemos recibido gratis) y por esta razón nos reunimos en comunidad de hermanos para celebrar a un Padre que nos Ama y nos abre a la fraternidad.



Etapas

«Como educadores (catequistas, profesores...) nuestras vocación y también nuestra misión es educar integralmente a los chavales de modo que se descubran a sí mismos y sean capaces de descubrir el mundo que van a tener que construir. En esta educación que pretendemos dar, la educación para el compromiso es hoy más que nunca fundamental, si queremos lograr un tipo de persona capaz de dar respuestas a las situaciones que van a tener que enfrentar para construir la nueva humanidad que pretendemos. Nuestra labor, al tener un carácter marcadamente educativo, no busca como criterio principal “arreglar el mundo” sino aprender qué significa el compromiso, aprender a integrar esta dimensión con sus gozos y dificultades en la propia vida, aprender a cuestionarse, aprender -en último término- a amar sirviendo» (Émet p.55). En esta educación para el compromiso será necesario tener claras las distintas etapas que se irán sucediendo en la experiencia de cada chaval para así poder guiarles en las dificultades que vayan surgiendo y poder dar las respuestas más adecuadas según la situación:

1. Toma de conciencia, abandono de la indiferencia, “conmoverme” por la situación del pobre y “asistirle” en su necesidad. Hay que propiciar experiencias de acercamiento al pobre de manera que vean, huelan y sientan el sufrimiento humano concreto (no se puede amar lo que no se conoce). Al compartir la vida y la situación de la gente nacerá el impulso solidario. Nuestros chavales viven en una burbuja ajena a la realidad sufriente concreta y acostumbrados al dolor vía satélite que ni les interroga ni les afecta; desde la lejanía no puede darse la compasión (la misericordia) y sin ésta no puede surgir el compromiso.

2. Descubrir la pobreza como consecuencia de unas estructuras injustas y luchar contra la injusticia en su raíz (cambiar las estructuras) implicando en esta tarea al pobre y dándole protagonismo. Descubrir por qué pasan las cosas y los mecanismos injustos que genera nuestra sociedad produce un cambio radical en la manera de situarse ante la vida. Además para dar respuestas adecuadas hace falta hacer un buen análisis de la realidad que nos sitúe ante los verdaderos problemas a solucionar.

3. Solidaridad, vivir la fraternidad: no evangelizar a los pobres sino evangelizar con los pobres, desde los pobres y para los pobres.

Con los pobres: porque ellos son partícipes en la transformación y tienen un papel protagonista. Mi misión es en un tú a tú donde estamos al mismo nivel.

Desde los pobres: mi mayor acción evangelizadora es mi testimonio, mi vida y mis opciones concretas. Tengo que vivir la pobreza evangélica (opciones con el dinero, con el tiempo, con la comodidad, en las “seguridades”, en cuanto a la misión, mi vocación...).

Para los pobres: mi vida es para Jesús que se hace presente en los pobres. Por y para ellos tendré que perderla (Mc 8,35). Anunciar a Jesús y no a mí mismo, responder a los pobres y no a mis necesidades (cuidado con la “solidaridad” que nace de un deseo de perfección individualista o que tiene como objetivo el reconocimiento o el prestigio social).

En estas etapas será muy útil (quizás necesario) sentirse acompañado y compartir el camino con otros que ya lo hayan recorrido y que estén dispuestos a recorrerlo con nosotros para afrontar juntos este proceso de crecimiento personal.

Habrá que tener claro el horizonte y la utopía que queremos vivir (una nueva humanidad basada en el Amor), porque será la esperanza la que nos mantendrá en los momentos difíciles y habrá que saber vivir con sentido el día a día que es donde se va a forjar y a fortalecer dicha esperanza. Habrá que desenmascarar las motivaciones torcidas y los prejuicios, dar herramientas para analizar la realidad, aprender a Amar a las personas concretas desde relaciones interpersonales maduras, integrar bien los conflictos personales que surjan en las “crisis de realidad”, y adquirir mayor responsabilidad y compromisos permanentes.

Durante todo el proceso será necesario tener una formación permanente que nos ayude a ser eficaces y eficientes (nos jugamos mucho en esta apuesta y la buena voluntad no es suficiente, hay que saber qué es lo que hacemos, por qué lo hacemos y cómo lo hacemos).

Y por último será también imprescindible dejarse invadir por la “eterna poesía de lo pequeño y de lo cotidiano”, valorar las pequeñas cosas, el día a día, lo sencillo, dar importancia a los gestos, a los pequeños “posibles” que poco a poco nos van a permitir alcanzar el “imposible”. Necesitamos un corazón como el de María capaz de guardar cada momento y de saber esperar contra toda esperanza porque “nada es imposible para Dios” que se manifiesta en los pequeños gestos de Amor de cada día.

Tendremos que saber equilibrar muy bien la acción y la contemplación de modo que la oración alimente y cultive nuestra persona y nos impulse a entregar este Amor a los que sufren, de modo que nuestra entrega en manos del Padre se transforme en entrega a los hermanos (or-acción). La comunidad y la oración son la raíz del compromiso cristiano y la roca firme donde necesariamente habrá que construir si de verdad queremos transformar la sociedad.

A la hora de hablar sobre los rasgos, las cualidades o las actitudes que hay que vivir en nuestro servicio a los demás no pretendemos hacer un compendio de todas ellas, puesto que lo primero y lo principal que hemos de vivir en nuestra entrega son los dones que Dios nos ha concedido y por lo tanto son múltiples y diversos según cada persona. Pero sí nos parece oportuno desarrollar algunos rasgos y actitudes que de un modo u otro se tienen que dar al acercarnos al compromiso y que también diferencian y orientan este compromiso si se quiere vivir desde el Evangelio.


Rasgos:

Concienciación: mirar el mundo con los ojos de Dios y descubrir la injusticia y el desamor que nos llama al compromiso y el deseo profundo de construir un mundo nuevo basado en el Amor. Conocer bien la realidad para poder aplicar las soluciones adecuadas y posibles en cada situación. Hemos de saber descubrir las causas del mal que nos rodea y poner soluciones que posibiliten el cambio y no que tapen o disimulen los problemas sin ir a la raíz de ellos. Habrá que aceptar también las limitaciones y las ambigüedades propias de una realidad que no puede cambiar de golpe ni a golpes.

Decisión desde la fe: optar por el Evangelio después de haber visto y oído la aflicción del pueblo (Moisés) y estar disponibles para responder a la llamada de Jesús dejándonos hacer por Dios que nos modelará en nuestra opción. Desde el cristianismo no es suficiente con ser “buena gente” nuestra vocación es mucho más grande e infinitamente más plena y vivificante, como dice Juan Pablo II en cada jornada mundial de la juventud: «no tengáis miedo a ser santos» ésa es la llamada y ésa es la respuesta que Dios está esperando: una nueva generación convertida al Evangelio que sea capaz de dar luz a este mundo y de establecer las condiciones para que “venga a nosotros Tu Reino”.

Entrega: no damos tiempo, nos damos nosotros mismos. Desde nuestros dones respondemos en gratuidad al Jesús que nos llama en el otro. El tiempo que entregamos no es para nosotros sino para “los otros”; es tiempo consagrado a los débiles, tiempo comprometido en la transformación de la sociedad, tiempo de denuncia profética y de anuncio evangélico. “Vive con plena conciencia el tiempo que dedicas a los demás”.

Fidelidad: el compromiso es una opción permanente, no tiene que ver con el tiempo que nos sobra sino con cómo vivimos nuestra vida y cómo concebimos el mundo. No responde a un impulso exterior sino que es el resultado de una convicción interior y por lo tanto se basa en la fidelidad a uno mismo. Para que sea eficaz necesita enraizarse en el tiempo y anidar en la realidad, no está ligado al éxito inmediato ni a que nosotros veamos los frutos de nuestro trabajo -nuestra labor es sembrar y puede que vengan otros a cosechar-, lo importante es la cosecha de Amor y justicia que hayamos sembrado. La realidad que vivimos es dura y es difícil de cambiar por eso hace falta gente que se entregue permanentemente hasta que las condiciones en las que viven los oprimidos cambien. «Hay hombres que luchan un día, y son buenos; hay otros que luchan un año, y son mejores; hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos; pero hay los que luchan toda la vida...esos son los imprescindibles» (Bertold Brecht).

Utopía: “seamos razonables, pidamos lo imposible” decían en mayo del 68. Nuestra generación ha perdido la utopía y se ha refugiado en la economía, sólo se valora lo que se puede contar, medir... lo demás es para ingenuos que no saben disfrutar la vida. Nos refugiamos en un individualismo feroz que nos aísla de los demás “cada uno a lo suyo, que cada uno se busque la vida y solucione sus problema que bastante tengo yo con los míos, además como yo solo no voy a arreglar el mundo pues a lo mío y a vivir como a mí me de la gana”. Desde nuestra opción por Jesús la esperanza en la venida del Reino ha de impulsar toda nuestra labor y convertirse en referencia última a pesar de no ver los resultados. “Quien no piensa en lo imposible nunca descubre lo posible y quien no cree en lo invisible nunca realiza lo imposible”. “Como no sabían que era imposible lo hicieron”. A Jesús también le tacharon de loco y de necio y salvó el mundo., quizás el cielo está lleno de locos que se atrevieron a seguir a Jesús y quizás el mundo necesita una nueva generación de locos que sea capaz de vivir en este Amor que entrega la vida (¿no es eso locura? y ¿no es eso el Evangelio?).

Testimonio: nuestra mejor predicación será nuestra vida, la coherencia con que vivamos el mensaje que queremos anunciar es lo que hará creíble nuestro compromiso, no consiste en hacer cosas sino en vivir lo que hacemos y reflejarlo en nuestro modo de hacerlo.. Esta nueva manera de vivir nos llevará a renunciar a los ídolos de este mundo (dinero, comodidad, seguridades...) y a mostrar una nueva humanidad basada en los valores del Reino (Amor, paz, justicia, verdad...).

Gratuidad. En una sociedad donde todo tiene precio la gratuidad es un gesto profético que cuestiona el valor absoluto que se le concede al dinero e interpela desde el Amor.

Pedagogía del uno a uno: quien salva una vida salva el mundo (La lista de Schindler) ocuparse de cada uno, del que tengo hoy, ahora, junto a mí y no de todos. Esto no significa ocuparse sólo de una persona sino ocuparse de uno en uno, para cada uno.

Opción por los pobres: nuestro compromiso debe estar invadido de una opción preferente y prioritaria por los más pobres, por los marginados y por los que sufren. No sólo indicamos aquí con quién hay que estar (de qué lado estamos) sino desde dónde hay que analizar la realidad y con quién hay que transformarla. La pobreza sólo se soluciona desde abajo. No se trata de hablar y hablar de los pobres sino de pararnos a escucharles (Shemá) y responder a lo que necesitan. No podemos anunciar la Buena Noticia a los pobres si no es desde la pobreza; hay que vivir entregándose y de ahí la necesidad de conocer, vivir y compartir el mundo de los pobres. No hace falta que nosotros salvemos el mundo, ¡ya lo salvó Jesucristo!, no tenemos que liberar a los pobres sino que tenemos que liberarnos juntos.

Desde la comunidad: haciendo presente a la Iglesia en medio de los marginados, sin anunciarnos a nosotros mismos sino a Jesús de Nazaret. Enviados por la Iglesia como testigos de una fe recibida que se entrega (fraternidad).

Necesidad de la oración: necesito escuchar (Dt 6, 4-9 Shemá/Mc 12, 28-31) para saber lo que Dios quiere de mí y cómo es el Amor. La relación íntima y personal con Dios es indispensable para construir la fraternidad. Si no conozco al Padre acabaré utilizando a mis hermanos para mis propios fines o para cubrir mis necesidades.



Actitudes:

Frente a los criterios habituales del mundo: ruptura por parte de aquellos que sin ser inicialmente pobres optan por serlo.

Frente a la divinización de la riqueza, la comodidad, la seguridad: encarnación, entrar en el mundo del pobre y asumirlo como propio.

Frente a la indiferencia y a la pasividad desesperanzada: compromiso con la liberación del pobre, defensa activa de sus derechos y rechazo de toda injusticia.

Frente a la idolatría del bienestar: austeridad. Vivir la pobreza evangélica para ser libres frente a las cosas y poder optar por el hombre. Estar disponibles para estar al lado de los que sufren y escuchar su dolor, transformar nuestro corazón y descubrir la Vida.

Frente al desarrollo inhumano: defensa de la persona. La dignidad del ser humano por encima de su utilidad o su eficacia.

Frente a la cultura individualista: solidaridad. Crear otra cultura, otra sociedad, cambiar las estructuras injustas que generan la pobreza y la marginación, construir la nueva humanidad, y no desde la filantropía sino desde el Evangelio, optando por un compromiso de vida y no por actuaciones pasajeras que tranquilicen nuestras conciencias, comprometer la persona entera en el servicio a los que sufren.

Frente a la insensibilidad social: misericordia. Ofrecer amistad, escucha, cariño, comprensión, ternura, no somos funcionarios del Evangelio que tienen que cumplir una ley o un horario sino testigos de un Amor que nos roba el corazón y que nos impulsa a Amar como hemos sido amados.

Frente a los ídolos de este mundo: los valores del Reino, frente al tener el compartir, frente al valer y a sobresalir por encima de los demás la fraternidad que nos hace uno y frente al poder el servicio.
Bibliografía
BRU M.M., El clamor de los pobres, Ciudad Nueva, Madrid 1996.

DÍAZ C., Vocabulario de formación social, Edim, Valencia 1995.

EQUIPO PROVINCIAL DE PASTORAL (Tercera Demarcación de las Escuelas Pías de España), proyecto Émet, Madrid 2000.

GONZÁLEZ FAUS J.I., Nuestros señores los pobres, Frontera Hegian nº 16, Vitoria 1996.

GROSSO GARCÍA L., Qué es la solidaridad cristiana, Paulinas, Madrid 1998.

LAZARO RECALDE R., Bienaventuranzas, CCS, Madrid 1992.

LOIS J., Qué es la opción por los pobres, Paulinas, Madrid 1998.

MESA M.A., Qué es el compromiso cristiano, Paulinas, Madrid 1998.

PAGOLA J. A., El compromiso cristiano ante los pobres, Idatz, San Sebastián 1998.

SECRETARIADO NACIONAL DE CATEQUESIS, Evangelio y catequesis de las bienaventuranzas, EDICE, Madrid 1981.

SOLS LUCIA J., Teología de la marginación, Cristianismo y justicia nº 46, Barcelona 1994.

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VARIOS, Catecismo de la Iglesia Católica, Asociación de Editores del Catecismo, Madrid 1992.

VARIOS, En la mesa y en el surco, CCS, Madrid 1993.

VARIOS, Iniciación al compromiso en el catecumenado juvenil, San Pío X, Madrid, 1985.

Estas preguntas tienen como objetivo dinamizar el trabajo del cuaderno en las escuelas de catequistas. Para ello se ha dividido el trabajo en 3 apartados de modo que el cuaderno se enriquezca con las aportaciones de cada uno y sea un instrumento vivo que nos ayude a dar respuestas:



Trabajo personal:

1.Releer el documento desde las distintas lecturas que van apareciendo dejándonos interpelar directamente por la Palabra de Dios y orando desde ella.

2.¿son las opciones que tomo en mi vida “opciones de justicia”?.

3.¿es mi compromiso como cristiano un modo de ser o me limito a un modo de dar?.

4.¿mi proyecto de vida coincide con el proyecto de Jesús (las bienaventuranzas)?.

5.¿cuál es mi opción por los pobres?.



Trabajo en pequeños grupos:

1.comentar brevemente los distintos motivos para el compromiso cristiano.

2.¿por qué los pobres son lugar cristológico?.

3.comentar en pequeños grupos las distintas actitudes del camino de servicio que Jesús nos muestra p. 13

4.comentar las distintas exigencias que implica la opción por la justicia p.17

5.¿por qué es necesario el respaldo de una comunidad en nuestra opción por los pobres?.



Trabajo en grupo grande:

1.¿son nuestros grupos expresión del compromiso liberador cristiano?.

2.comentar en grupo la frase: «La misión de la Iglesia y la vocación cristiana se realizan mediante la opción por la causa de los pobres» (Documento preparatorio del Congreso Nacional: “Los desafíos de la pobreza a la acción evangelizadora de la Iglesia”).

3.hacer un breve análisis de la realidad de nuestro entorno a la que tenemos que dar respuesta desee nuestro compromiso como cristianos.

4.hacer un itinerario de acciones concretas a realizar en nuestros grupos en cada una de las etapas de la iniciación al compromiso.

5.elegir los tres rasgos del compromiso cristiano que consideramos más importantes y comentar el porque de dicha elección.




El Compromiso Cristiano p.




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