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El cielo y el infierno en las misiones de chiquitos. Los sermones


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EL CIELO Y EL INFIERNO EN LAS MISIONES DE CHIQUITOS.

LOS SERMONES

Alcides Parejas Moreno

Fundación Cultural “ITOS”

Santa Cruz de la Sierra, Bolivia

INTRODUCCIÓN


El fin último de las reducciones jesuíticas era la evangelización de los indígenas. Para ello los misioneros –que sólo estuvieron 76 años en territorio chiquitano, de 1691 a 1767-- pusieron lo mejor de sus esfuerzos. “Es necesario –dice el P. Fernández, uno de los protagonistas—estar en continuo ejercicio de todas las virtudes, en especial de la paciencia, del celo y de aquella que todo lo obra, la caridad, sufriéndoles impertinencias y necedades, acomodándose a su modo y transformándose en cada uno de ellos para ganarlos y conducirlos a Dios” (1). Al respecto otro misionero, el P. Knogler, dice. “A causa de un modo desordenado y bárbaro de vivir y del estado salvaje que acabamos de describir, esta gente no es capaz, por lo menos al comienzo, de una enseñanza religiosa, de comprender un razonamiento. Debemos, por lo tanto de buscar otros métodos de implantarles el conocimiento, la adoración y el temor de Dios; es decir, debemos hacer uso de cosas exteriores que salten a la vista, que halaguen su oído y que puedan tocar con las manos, hasta que su mente se desarrolle en este sentido. Por eso tratamos que tengan, en su remoto país de naturaleza salvaje, lo mismo que hay en el mundo civilizado, ante todo esa casa prodigiosa en la cual nos reunimos y podemos conseguir todo lo que necesitamos si lo pedimos al dueño de la casa, es decir a Dios. Hemos logrado este objetivo –sigue diciendo el misionero—y las iglesias que construimos en los pueblos de nuestros indios son tan hermosas que quedarían muy bien en cualquier país europeo” (2).
De acuerdo a lo que dicen estos dos experimentados misioneros, Juan Patricio Fernández y Julián Knogler, en Chiquitos como casi en todo el territorio americano, se recurrió a los mismos recursos didácticos que “halagan los sentidos” como la palabra, la música, la imagen, el teatro. Mientras que el padre Fernández dice que los misioneros para evangelizar deben hacerlo “acomodándose a su modo y transformándose en cada uno de ellos”, el padre Knogler insiste en “hacer uso de las cosas exteriores que salten a la vista, que halaguen su oído y que se puedan tocar con las manos”. Cuando Knogler dice que se ha logrado este objetivo refiriéndose a los templos que han levantado en las reducciones, está significando que los chiquitanos tienen un anticipo del cielo cuando entran a estos espacios luminosos y alegres.
Sin lugar a dudas uno de los recursos más usados en la evangelización americana y también uno de los más efectivos es la imagen plástica, tanto en pintura como en escultura. La explicación de los sacramentos o de algunos principios de la doctrina cristiana o la existencia del cielo y del infierno, que es el caso que nos ocupa, resultaba mucho más sencilla y daba ocasión a un diálogo más participativo si se hacía delante de un cuadro alusivo al tema. De la misma manera resultaba mucho más fácil la devoción, tanto dentro como fuera del templo, ante una imagen pintada o tallada que represente la figura de Cristo, la Virgen María o algún santo.
CIELO E INFIERNO; ÁNGELES Y DEMONIOS
En el caso de Chiquitos pareciera que tanto la pintura como la escultura no fueron usadas como elemento estrictamente catequético. De acuerdo a los inventarios de 1767 en Chiquitos había 45 crucifijos, 32 esculturas y 143 obras pictóricas. Un minucioso estudio que hizo María José Díaz Gálvez sobre los bienes muebles de estas misiones nos muestra que “la mayor parte de los 143 lienzos registrados corresponden a aquellas obras de las que desconocemos la temática al estar mencionadas como cuadros ‘de varias imágenes’ o de ‘varios santos’, y también a los que simplemente se registran como ‘cuadros’, sin mayores datos excepto quizás alguna referencia al tamaño… Con esta mínima información –concluye la investigadora--, sólo podemos deducir que existían 15 cuadros dedicados a la Virgen (incluyendo la Visitación), frente a 3 dedicados a Cristo y los 6 a distintos santos (incluyendo el Pentecostés). De los otros 117 cuadros no tenemos información en este momento” (3).
Si bien es cierto no se dan indicios sobre la existencia de “pinturas catequéticas” (ni de caballete ni mural), es decir que muestren ideas abstractas y que hubieran podido ser utilizadas en la evangelización, no lo es menos que tampoco se han encontrado referencias documentales sobre las mismos. Es por eso que en 1989 llegué a la conclusión que servían como “ayuda a la oración y al encuentro personal con Dios, pues fomentaba la devoción al acercar al hombre a lo divino a través de un casi contacto físico” (4).
El tema del cielo y del infierno reviste una gran importancia en el proceso evangelizador, pues los misioneros están creando un “hombre nuevo” que deberá rendir cuenta de sus actos y recibirá el premio o el castigo. El hecho de que en las misiones de Chiquitos no se hubieran encontrado evidencias de la existencia de pinturas con esta temática nos ha llevado a pensar que los misioneros recurrieron a otros métodos para adoctrinar sobre tan importante tema.
Los sermones
Aunque en Chiquitos los misioneros jesuitas echaron mano de todos los métodos didácticos que tradicionalmente se han utilizado en el proceso de evangelización, se apoyaron de manera especial en los sermones y la música. En el caso concreto que nos ocupa, tenemos que hablar de los sermones, pues fue a través de la palabra que los misioneros “pintaron” el cielo y el infierno. “La gran importancia del anuncio del mensaje cristiano por medio de sermones –dice Tomichá--, iniciada ya a partir de los primeros contactos con las etnias chiquitanas y continuada después durante el proceso reduccional, es tal que perdurará a través de los siglos en la memoria indígena. En las reducciones los sermones solían ser cortos, claros, teológicos, sin argumentación, fáciles de comprender y de memorizar por parte de los indígenas…” (5).
En las misiones de Chiquitos el día empezaba con la asistencia a la Santa Misa. En los días ordinarios la misa era rezada, mientras que los domingos y días festivos era cantada y acompañada de órgano y orquesta. Además, los domingos antes del oficio divino había una catequesis y un sermón “que los caciques suelen repetir en voz alta por la tarde del domingo cuando oscurece y todos los ruidos cesan” (6).
Para poder comprender en su verdadera dimensión el papel que los sermones han jugado –y que todavía mantienen vigencia en estos pueblos que la UNESCO declaró Patrimonio Cultural de la Humanidad—en el proceso evangelizador de Chiquitos hay que tener en cuenta los siguientes aspectos:


  1. Se trata, como se advierte en la nota que se acaba de transcribir de Tomichá, de piezas cortas, claras, sencillas y directas, que están escritas en besüro. Para ello los misioneros tuvieron que superar la barrera de un idioma que curiosamente presentaba diferencias sexuales. Con una gran economía de palabras se explicaba en forma directa y clara los fundamentos del la doctrina cristiana. Este trabajo se inició con el padre José de Arce, fundador de San Xavier, pues se supone que a él se debe la primera gramática de esta lengua.




  1. Estos sermones eran preparados por los misioneros para ser dichos por ellos mismos; sin embargo, para poder llegar al mayor número de personas y acelerar el proceso evangelizador se encargaba a algunos miembros de la comunidad que ya habían sido adoctrinados para que los repitieran constantemente. “En el anuncio del evangelio, los misioneros americanos trataron de tocar en profundidad la persona integral de los indígenas, es decir, los corazones y la mente, con el propósito de convencerlos de que la conversión a la fe cristiana valía realmente la pena. La predicación por sermones era pues un método o ‘camino del convencimiento’ en la comprensión y vivencia personal de la totalidad del misterio cristiano” (7).




  1. Cuando los jesuitas llegaron a llanos de Moxos y a Chiquitos se encontraron con un panorama lingüístico muy variado, a diferencia de lo que habían encontrado en Paraguay. Algunos de estos primeros misioneros –tal el caso del P. José de Arce—habían recibido entrenamiento misionero en Juli, donde, como es natural, se instruía a los frailes en el conocimiento del quechua y el aymara. Así, pues, cuando llegaron a las tierras bajas del Oriente Boliviano se encontraron en las mismas condiciones de los primeros que llegaron al Nuevo Mundo, con la diferencia que ahora el tiempo apremiaba. Como siempre, se hizo camino al andar y se aplicó una formula que dio magníficos resultados: establecer una lengua franca; la moxa o moxeña en Moxos y la chiquita o besüro en Chiquitos. En poco tiempo se impone la lengua chiquita en las recientemente formadas misiones de Chiquitos. Se trata, de acuerdo a Galeote Tormo, de una lengua “más bien difícil, compleja en su artificio y amplia en sus variaciones” (8). Todos los misioneros coinciden en que el idioma chiquito o besüro es “diferentísimo y difícil”. “Las particularidades de la lengua chiquita que complicaban a los jesuitas radicaban en su misma estructura gramatical, a saber, la definición de los verbos, la distinción del habla masculina y femenina, e incluso la pronunciación” (9).

Tal vez lo que más dificultó el uso de esta lengua franca fue la distinción del habla por sexo.”Hay –dice el misionero Knogler—un lenguaje de hombres y otro de mujeres, de modo que un muchacho habla desde joven con su madre el lenguaje de los hombres y su madre le contesta en el lenguaje de mujeres que también usa la mujer para hablar con el marido, y esto les parece perfectamente natural. El hombre dice por ejemplos en chiquito naqui yy, que significa mi padre, empero la mujer usa la palabra yxup para expresar lo mismo. Ellos van a cazar se traduce al lenguaje de los hombres como ciromat aquibama, al lenguaje de mujeres con omenot apaquibara; para van a pescar dice el hombre bopachero me opiocamaca, la mujer upa pachero opinioca; hacen ejercicios militares lo expresa el hombre con las palabras bapiuzoma, la mujer dice upapiuzo” (10). Esto, sin lugar a dudas, dificultó enormemente la comunicación, sobre todo cuando se trataba de los sermones, pues la confusión de palabras podía provocar graves incidentes y perjudicar el proceso evangelizador; tal vez fue por ello que los misioneros usaron a los mismos chiquitanos para repetir los sermones de adoctrinamiento. Sin embargo, es de justicia afirmar que muchos misioneros consiguieron dominar esta lengua y elaboraron gramáticas, diccionarios, catecismos y sermones, “útiles para la enseñanza del cristianismo a los neófitos y para la iniciación de los nuevos misioneros” (11).

El hecho que fueran los propios chiquitanos los que repetían los sermones aseguraba que el idioma era correctamente manejado.




  1. Sieglinde Falkinger, estudiosa de la lengua chiquita, va más allá. “Encontraron en Chiquitos –dice—una lengua que tenía variación debido al sexo, en una forma conveniente para la tarea misional. Pues, los hombres distinguían en forma gramatical cuando hablaban de ‘Dios, ángeles, demonios u otros hombres’. Y las mujeres no debían pronunciar esas palabras. Considerando la palabra del apóstol San Pablo ‘que la mujer calle en la iglesia’. Son condiciones ideales para cristianizar”. Esta autora dice, además, que “las preguntas de los confesionarios están en ambas variantes, pero oraciones elementales como el ‘Padre nuestro’ y el ‘Ave María’ no”. Esto lo justifica porque “los jesuitas eran monjes que vivían el celibato. Se cuidaban lo más posible del trato con mujeres. Por ejemplo, se dice que del padre Schmid que él nunca entró solo a una casa particular de indígenas, ni daba la mano a una mujer, tampoco enseñó a las mujeres ninguna labor.” Y concluye diciendo que “este mismo padre Schmid instruyó a los sacristanes para corregir a los sacerdotes cuando dijeren alguna ‘barbaridad’. Esto ilustra que han sido hombres los informantes y colaboradores de los padres jesuitas en cuanto a la lengua” (12).



  1. Al margen de la dificultad que entrañaba el idioma, la evangelización en Chiquitos estaba dirigida fundamentalmente a los hombres. “El orden en el que estaban agrupados los feligreses en la iglesia es estrictamente observado y es el siguiente: A partir del enrejado del comulgatorio, forman el primer grupo los muchachos y jóvenes que están arrodillados delante del altar, vigilados por sus capitanes o celadores quienes son muy celosos en el ejercicio de su cargo y castigan una falta cometida durante el culto divino enseguida que termina éste. Luego siguen los hombres cuyo grupo llega hasta el centro de la iglesia. Detrás de ellos están postradas las muchachas con sus inspectoras, y al final vienen las mujeres cuyas jefas observan desde la puerta a su grupo y a la reunión entera” (13). Teniendo en cuenta que la voz del misionero o del que repite el sermón escasamente se escucha más allá del centro de la iglesia sólo era aprovechado por los varones jóvenes y los hombres. Las mujeres estaban marginadas de este proceso, como lo estaban de las actividades musicales.

El cielo y el infierno


Como ya hemos visto, el P. Juan Patricio Fernández dice que en el proceso evangelizador hay que “acomodarse” al modo indígena. Esto fue lo que hicieron en un tema tan importante como el cielo y el infierno, pues casi todas estas etnias creían en otra vida, “lo que mostraba el entierro de las armas y víveres con los muertos” (14). Para los manasica, y de acuerdo al P. Lucas Caballero, el cielo es una inmensa selva donde abunda la miel y el pescado y está poblada de grandes árboles de donde las almas obtienen una comida especial. Además, las divinidades celestes tienen en esa selva grandes y bellas mansiones. Para llegar a ese “cielo” hay que recorrer un camino muy “malo y áspero, muy pantanoso y de muchos ríos”. Antes de alcanzarlo es necesario llegar hasta un ancho río que tiene un gran puente de madera; en este puente está Tatusito, que es un dios manasica “que no tiene otro oficio que pasar las almas” (15). Para poder llegar a este lugar es necesario que las almas sean acompañadas por los sacerdotes, pues de otra forma se pueden perder en el camino; por otra parte, este “cielo” se divide en diversas regiones que son ocupadas por las almas dependiendo dónde han muerto (16).
En líneas generales este es el tipo de cielo que presentan las etnias de la Chiquitania, un lugar en el que la selva –su habitat natural-- se muestra en toda su magnificencia y sostiene un diálogo amoroso con los hombres. En cambio el infierno no se aparece como un lugar concreto y se reduce a las amenazas que hacían los sacerdotes y shamanes de castigos temporales, incluso la muerte, por incumplimiento de las normas establecidas.
Los misioneros jesuitas adoptaron y adaptaron el paraíso chiquitano y lo presentaron a la comunidad de forma sencilla y atractiva y el infierno, pro el contrario, como el colmo de la infelicidad. Asimismo, los ángeles aparecen como hombres de gran belleza y ricamente vestidos, mientras que los demonios son seres horribles, en una buena parte de los casos, zoomorfos. De acuerdo al P. Fernández (17) las siguientes son las características del cielo y el infierno del proceso evangelizador en Chiquitos.


  1. El camino para llegar al cielo de los cristianos es muy similar a la creencia de los manasica, pues se presenta como “una senda estrecha y difícil y sembrada toda de abrojos y espinas”; pero, como para dar ánimo y para diferenciarlo del camino de la tradición pagana, las espinas estaban “tejidas entre sí a manera de cruces. En este tránsito las almas estaban acompañadas de ángeles que se presentaban con bellos rostros y vestidos y que “alientan y confortan con la amabilidad de su vista y con la luz que echaban de sí”, de la misma forma que antes de los jesuitas eran acompañados por un sacerdote o shaman. Pronto se presenta al alma “un camino real, ancho y llano y bellísimo a la vista por su verdor, hermosamente esmaltado de todo género de flores”, pero que remata “en ciertas profundidades y altísimos precipicios, de donde salían disonadísimos gritos y vocinglería” provocadas por “una cuadrilla de demonios feísimos con terribles semblantes y descompasados movimientos del cuerpo; unos con caras de tigres, otros de dragones y cocodrilos y algunos con apariencias de tan monstruosas y terribles formas” que “echaban por la boca y por las partes del cuerpo llamas de color negro” y “remedaban danzas y bailes de los indios”.




  1. El infierno se presenta de forma terrorífica. En la mayor parte de los casos el alma condenada es arrastrada “como a un vilísimo jumento, atadas las manos y los pies con cadenas de acero ardiendo”; además, “traía a la garganta un collar ancho de hierro que le forzaba, mal de su grado, a tener derecha la cabeza para su mayor confusión y vergüenza; daba en tierra a cada paso por la violencia que el inhumano verdugo le tiraba; pero los demonios que venían detrás, con una tempestad de azotes que llovían sobre su cuerpo y con otras crudelísimas befas, le obligaban a caminar”. Finalmente el alma llegaba al espacio del fuego eterno, “donde ardía todo en vivas llamas como también el demonio que le tiraba, el cual traía a la cintura, en señal de oficio, un grande haz de víboras, que le despedazasen”.




  1. El purgatorio se muestra de manera tradicional, pero el tiempo que las almas permanecen en él está considerado en días. Refiriéndose al caso concreto de un tal Andrés Zurubí el P. Fernández dice “que después de tres días de Purgatorio voló al cielo.




  1. En el cielo, que frecuentemente se menciona como la Celestial Jerusalén, el alma es recibida por ángeles, que se presentan como “bellísimos jóvenes” que traían en las manos “cruces resplandecientes”. El cielo es “un ameno jardín donde por la fragancia de las flores, que no se puede comparar con ninguna de acá”. Le presentan al alma “una fruta semejante a la granada”, que nada mas llevarla a los labios el alma siente “inundado el corazón de tanto gozo y consuelo”. Pero esto era sólo la antesala del dominio de los bienaventurados. De pronto al alma “le sale al encuentro la reina del cielo, servida de gran multitud de santos, que despedía de su rostro tantos rayos y resplandores, que quedó pasmado de la belleza y atónito de la majestad de su semblante”. Finalmente se produce el prodigio “de cómo las almas son bienaventuradas, no menos porque se ven en Dios que porque ven a Dios en sí mismos”.

CONCLUSIONES


A partir de este estudio sobre la enseñanza del cielo y el infierno en el proceso evangelizador en Chiquitos se pueden llegar a las siguientes conclusiones:


  1. Los jesuitas no sólo superaron el obstáculo de la enorme diversidad lingüística estableciendo una lengua franca, sino que además superaron la enorme dificultad que traía consigo el hecho de la diferenciación sexual del idioma y la convirtieron en una ventaja, pues en cierta forma una buena parte de la evangelización estaba dirigida al sexo masculino. Esto se muestra en el hecho de que los encargados de repetir los sermones eran hombres y la forma en que los catecúmenos ocupaban la iglesia.




  1. Ante la ausencia de cuadros que se refieran al cielo y al infierno, así como otros aspectos importantes de la doctrina, es lícito afirmar que los sermones hicieron un excelente trabajo.



  1. Si bien es cierto que no hay cuadros que muestren lo que es el cielo, esto era suplido en gran medida por la magnificencia de los templos. Cuando un chiquitano entraba en esas enormes estructuras madereras, debía sentir un anticipo de cielo. Así, por ejemplo, cuando entraba a mediodía en verano en el bellísimo templo de la misión de San Francisco Xavier, construido por el padre Schmid, se encontraba con un bosque maravilloso, con la luz atenuada y el frescor que le daban los aleros de la construcción maderera; con esa maravillosa sensación dirigía su mirada hacia los lados donde se encontraba con simpáticos angelotes que sostenían velas y finalmente llegaba al altar mayor donde casi podía tocar con las manos la divinidad.




  1. La labor evangelizadora de los sermones era complementada con la ayuda de la música y el teatro, pues muchos aspectos de la doctrina debieron ser musicalizados y teatralizados.



  1. Los sermones han sido una de las tradiciones jesuíticas que se han conservado a través del tiempo hasta nuestros días, como se puede ver sobre todo durante algunos oficios religiosos de la semana Santa.


NOTAS

  1. FERNÁNDEZ S.J., Juan Patricio: Relación historial de las misiones de los indios que llaman Chiquitos. UPSA. Santa Cruz de la Sierra, 2004. Pg. 34.

  2. En: HOFFMANN, Werner: Las misiones jesuíticas entre los chiquitanos. Fundación para la Educación, la Ciencia y la Cultura. Buenos Aires, 1979. Pag. 170.

  3. DIEZ GÁLVEZ, María José: Los bienes muebles de Chiquitos. Fuentes para el conocimiento de una sociedad. Agencia Española de Cooperación Internacional. Madrid, 2006.

  4. PAREJAS MORENO, Alcides; SUÁREZ SALAS, Virgilio: Chiquitos. Historia de una utopía. UPSA Fundación ITOS. Fondo Editorial Gobierno Municipal Autónomo de Santa Cruz de la Sierra... Santa Cruz de la Sierra, 2007.Pg. 115.

  5. TOMICHA CHARUPÁ, Roberto: La primera evangelización en las reducciones de Chiquitos, Bolivia (1691-1767). Protagonistas y metodología misional. Pontificia Universitas Gregoriana. Roma, 2000. Pg. 317.

  6. En: HOFFAMNN, Werner: Op.cit. Pgs. 174.175.

  7. TOMICHA CHARUPA, Roberto: Op.cit. Pg. 319.

  8. GALEOTE TORMO, Jesús: Manitana auqui besüro. Gramática moderna de la lengua Chiquitana y vocabulario básico. s.e. Santa Cruz, 1993. Pg. 13.

  9. TOMICHÁ CHARUPÁ, Roberto: Op.cit. Pg. 156.

  10. HOFFMANN, Werner: Op.cit. Pg. 143.

  11. TOMICHÁ CHARUPÁ, Roberto: Op. cit. Pg. 157.

  12. Falkinger, Sieglinde: “…cuesta entender a las mujeres…” La diferencia en el lenguaje femenino y masculino en Chiquitano (besüro). Actas Primer Congreso Sudamericano de Historia. Instituto Panamericano de Geografía e Historia. Universidad Autónoma Gabriel René Moreno. Digital. Santa Cruz de la Sierra, 2003.

  13. HOFFMANN, Werner: Op.cit. Pg. 174.

  14. FERNÁNDEZ S.J., Juan Patricio: Op. cit. Pg.96.

  15. En: TOMICHÁ CHARUPÁ, Roberto: Op.cit. Pg 226.

  16. METRAUX, Alfred: Tribes of Eastern Bolivia and the Madeira Headwaters. The Chiquitoans and other Tribes of the Province of Chiquitos. En: STEWARD, JulianH. Handbook of South American Indians. Smithsonian Institution. Washington D.C., 1948. Vol. 3, Pg. 392.

  17. FERNÁNDEZ S.J., Juan Patricio: Op.cit. Pgs. 94-98.







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