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El capital intelectual cómo identificar y calcular el valor de los recursos intangibles de su empresa Leif Edvinsson


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LAS RAÍCES DEL VALOR
Tal vez la mejor manera de apreciar el papel del capital intelectual es con una metáfora. Si nos imaginamos una empresa como un organismo vivo, digamos un árbol, entonces lo que se describe en los organigramas, los informes anuales, los estados trimestrales, los folletos de la empresa y otros documentos es el tronco, las ramas y las hojas. El inversor inteligente estudia este árbol en busca de fruta madura para cosechar.
Pero suponer que ése es todo el árbol porque representa todo lo que salta a la vista es obviamente un error. La mitad, o quizá más, está bajo tierra, en el sistema de raíces. Y si bien el aroma de la fruta y el color de las frutas dan testimonio de la salud del árbol en ese momento, entender lo que está ocurriendo en las raíces es una manera mucho más eficaz de calcular cuál será el estado de salud del árbol en los próximos años. Un hongo o un parásito que acaba de aparecer diez metros bajo tierra bien puede matar ese árbol que hoy parece tan lleno de salud.
Esto es lo que hace tan valioso el capital intelectual: el estudio de las raíces del valor de una empresa, la medida de los factores dinámicos ocultos bajo los edificios y productos visibles de aquélla.
¿Cuáles son esos factores? Según investigaciones llevadas a cabo por Skandia, empresa sueca de seguros y servicios financieros, esos factores son básicamente de dos clases:
1. Capital humano. Combinación de conocimientos, habilidades, inventiva y capacidad de los empleados individuales de la empresa para llevar a cabo la tarea que tienen entre manos. Incluye igualmente los valores de la empresa, su cultura y su filosofía. La empresa no puede ser propietaria del capital humano.
2. Capital estructural. Los equipos, programas, bases de datos, estructura organizacional, patentes, marcas de fábrica y todo lo que forma parte de la capacidad organizacional que sostiene la productividad de sus empleados -en una palabra, todo lo que se queda en la oficina cuando los empleados se van a su casa-. El capital estructural incluye igualmente el capital clientela, las relaciones desarrolladas con los clientes clave. A diferencia del capital humano, el estructural sí puede ser propiedad de la empresa y por tanto se puede negociar.
CAPITAL HUMANO

+ CAPITAL ESTRUCTURAL

__________________________________

= CAPITAL INTELECTUAL
Es fácil ver por qué el capital intelectual no se puede acomodar dentro de los modelos tradicionales de contabilidad. En particular, el capital intelectual valora actividades tales como lealtad del cliente o competencia del empleado, que tal vez no afecten a los resultados de una empresa durante años. Y no concede valor al éxito a corto plazo, que no posiciona la empresa para el futuro.
El capital intelectual puede ser una teoría nueva pero en la práctica ha existido desde hace años como cuestión de sentido común. Ha estado escondido entre el valor de mercado de una empresa y su valor en libros. Pero hasta hace poco, siempre se dio por sentado que podía medir empíricamente y era impulsado por rumores, información reservada que tenían los que estaban en el ajo sobre productos en preparación, y corazonadas sobre las perspectivas de una empresa. Además, se daba también por sentado que cualquier vacío de ese tipo era una aberración temporal, valor agregado no empírico que a su debido tiempo se manifestaría en alguna forma susceptible de ser medida por medios tradicionales: aumento de ingresos, reducción de costes indirectos, mejora de la productividad o participación de mercado.
Pero la historia reciente de los negocios ha demostrado que nada de eso es cierto. La esencia de la llamada economía del conocimiento son enormes flujos de inversión para capital humano tanto como para tecnología informática. Y es sorprendente que nada de esto aparezca como valores positivos en la contabilidad tradicional. Es más, a menudo ocurre todo lo contrario. Y sin embargo esas inversiones son las herramientas clave en la creación de nuevo valor.
De alguna manera, aun cuando sólo sabemos por corazonadas e intuiciones, el mercado está concediendo valor a los activos invisibles. Y algunos de estos activos cualitativos parecen flotar en el ambiente casi indefinidamente, convirtiéndose en renglones del balance general años después de que el mercado los ha tenido en cuenta.
El reconocimiento de esta nueva realidad obliga a preparar un nuevo balance en el cual el pasado es equilibrado por el futuro y lo financiero por lo no financiero: el capital intelectual (CI).
El argumento en favor de establecer una nueva manera de medir el valor institucional es poderoso. Si el capital intelectual representa la masa escondida de raíces del árbol visible, o, para usar otra imagen familiar, el gigantesco iceberg bajo la pequeña punta que sobresale del agua; si en realidad constituye dos terceras partes o más del valor verdadero de las empresas, entonces nos encontramos no sólo ante una desigualdad en la comunidad inversora sino ante una crisis que se extiende a través de la economía. Dado el ritmo frenético del cambio tecnológico y la rapidez casi instantánea
EL NUEVO BALANCE

CAPITAL INTELECTUAL

=

CAPITAL DE CONOCIMIENTOS



=

ACTIVOS NO FINANCIEROS

=

ACTIVOS INMATERIALES



=

ACTIVOS OCULTOS

=

ACTIVOS INVISIBLES



=

MEDIOS DE ALCANZAR LA META

=

Cl = VM – VL (James Tobin)


CI: capital intelectual.

VM: valor de mercado.



VL: valor en libros.
de las telecomunicaciones modernas, estamos volando a ciegas en medio de un huracán, y por instrumentos que miden lo que no deben medir. (Algunas de las teorías más recientes incluso sugieren que el capital intelectual se relaciona con la teoría del caos o complejos sistemas adaptables, es decir, vivos.)
Obviamente, semejante desequilibrio no puede continuar. El solo desperdicio de recursos que fluyen donde no debieran y en tiempo inoportuno, es de por sí bastante peligroso; pero un riesgo mayor aún es que los mismos indicadores que no muestran el surgimiento de la economía, tampoco dan aviso cuando esas fuerzas subyacentes inician una tendencia hacia la baja. Estamos en enorme peligro de perder la dirección y caer en picado sin siquiera darnos cuenta de que vamos al desastre. Esto por sí solo es suficiente para helar la sangre en las venas de todo inversor, directivo o político... y debiera ser un incentivo para buscar maneras eficaces de medir y cultivar el capital intelectual.
Esta búsqueda no va a ser fácil. Por su misma naturaleza la información subjetiva no se puede codificar estrictamente, y esta imprecisión se presta al abuso. Dice Herwick: "Dondequiera que haya dinero de por medio, la gente abusará del proceso". Duda en particular que haya empresas que quieran hacer proyecciones de futuro a menos que puedan dejar jurídicamente a salvo su responsabilidad por daños y perjuicios; pero esto en sí puede abrir la puerta a predicciones alocadas y evidentemente falsas. "De modo -agrega Herwickque por tratar de proteger al inversor individual, tal vez inadvertidamente estemos creando un sistema que permite mayores abusos".
No está solo. Davidow también teme el espectáculo de un presidente de una empresa tomando la palabra para informar: "La fábrica de la empresa se ha incendiado y hemos perdido todos nuestros clientes importantes, pero gracias a un trascendental avance tecnológico todavía no probado, podemos anunciar hoy grandes beneflcios". Ken Hagerty, quien como director de Coalition for American Equity Expansion se puso al frente del sector electrónico para oponerse a un plan contable que estaba preparando el gobierno para las opciones de compra de acciones, está igualmente preocupado. "¿Cómo se puede evaluar el hecho de asumir un riesgo? -pregunta-. Eso suena como repetir el mismo enfoque, partiendo de la misma base falsa, y podría conducir a la misma protesta"."
Estas protestas, viniendo como vienen de veteranos del sector, no se pueden menospreciar; pero tampoco deben detener el movimiento encaminado a identificar y medir el capital intelectual. Esta necesidad es muy grande y la actual falta de consenso es demasiado costosa para que podamos volver atrás. Ciertamente el actual sistema de contabilidad no ha dejado de tener sus altibajos. Pero se ha llegado a un equilibrio aceptable entre las miles de empresas que lo utilizan apropiadamente y el puñado de las que se aprovechan de sus puntos débiles; un equilibrio que hace más aceptable el poder coercitivo de la Comisión de Valores y Bolsa, en el caso de Estados Unidos. Lo mismo, nos parece, se puede hacer con la presentación de informes sobre capital intelectual. Los más obvios abusos potenciales se pueden atajar desde sus comienzos y los más sutiles se pueden contrarrestar con el creciente cuerpo de leyes y jurisprudencia sobre la materia.
Es alentador que uno de los individuos que creen que la declaración de capital intelectual se puede y se debe hacer sea Steven M. H. Wallman, uno de los dos actuales directores de la Comisión de Valores y Bolsa. "Lo que a mí me parece claro -dice- es que cero como asiento contable es una solución equivocada. De modo que la cuestión viene a ser: ¿cómo se declara adecuadamente el capital intelectual?
Wallman confiesa que comparte los temores de los demás. No sólo existe el peligro de fraude en la medición del capital intelectual, sino que, peor aún, hay riesgo de que empresas honradas produzcan dichas cifras de buena fe y luego se vean enjuiciadas por fraude porque las predicciones no se cumplieron.
Al mismo tiempo, dice Wallman, "la declaración es buena para todos porque reduce el riesgo, lo cual hace bajar el coste del capital para las empresas, reduce las exigencias de ganancias de los inversores, y a su vez beneficia a todos, desde empleados hasta proveedores". Hasta las empresas de auditoría, agrega, podrían encontrar que el nuevo sistema de rendir informes les ofrece la oportunidad de vender más servicios.
"Si logramos producir el equilibrio correcto -dice- todos salen ganando".
ESFUERZOS PRECURSORES
En julio de 1994 un grupo de industriales, académicos e investigadores se reunieron en Mill Valley, cerca de San Francisco, para buscar el "equilibrio correcto". Empezaron con preguntas sencillas:
¿El actual lenguaje administrativo valora el conocimiento como un recurso esencial para crear valor y riqueza? ¿ Cuáles son los predictores significativos de la prosperidad futura de una empresa? ¿Cómo vamos a valorar y medir el capital intelectual ?
El trabajo de este grupo se basaba en el convencimiento de que la mayor parte del capital intelectual de una empresa, si no todo, se podía visualizar de alguna manera. En particular, que se podían identificar y medir los indicadores y encontrar el formato adecuado de presentación, de modo que el capital intelectual se pudiera poner sobre la misma sólida base objetiva y comparativa que el capital financiero. Era natural que se encontraran vastas áreas de necesidades ocultas. En octubre de 1994 Fortune publicó un importante artículo titulado "El activo más valioso de su empresa: el capital intelectual", que sirvió como una llamada de atención para que todas las empresas despertaran al hecho de que ha llegado la era del capital intelectual.
Tom Stewart, autor del artículo, observando esas primeras investigaciones, llegaba a sus propias conclusiones:
Dos puntos breves:


  • Primero, el conocimiento podrá ser intangible pero eso no quiere decir que no se pueda medir. Los mercados lo miden. Wall Street concede una prima más alta a la relación entre precio y valor en libros de las acciones de alta tecnología que a las acciones en sectores cuya tecnología es madura. También reacciona generalmente con alza de precios a los anuncios de aumento de gastos para investigación y desarrollo. Los mercados de trabajo también ponen precio al conocimiento: para la mayoría de las personas, su ingreso se correlaciona mejor con su CI que con su habilidad práctica.




  • Segundo, esto no es sólo un ejercicio. Los guardianes de las normas contables tienen razón de preocuparse de que se introduzcan datos no comprobados y subjetivos en los informes de las empresas. Pero los datos son vitales .

El verdadero avance definitivo en la investigación se produjo en mayo de 1995 cuando Skandia, la mayor empresa escandinava de seguros y servicios financieros, publicó el primer informe del mundo sobre capital intelectual, como suplemento al informe financiero.


Skandia venía estudiando el capital intelectual desde hacía cuatro años, bajo la dirección de uno de los autores de este libro, Leif Edvinsson. Éste, con el primer título del mundo como director corporativo de Capital Intelectual, fue también el organizador del grupo precursor que se reunió en Mill Valley. Empezando en 1991, Edvinsson emprendió con un grupo de especialistas en contabilidad y finanzas el desarrollo de la unidad de seguros y servicios financieros de la empresa, Skandia AFS, primera estructura organizacional (la llamaban una nueva "taxonomía contable") encargada de presentar el capital humano, el capital estructural y demás componentes del capital intelectual.
En la base del modelo de Skandia estaba la idea de que el verdadero valor del rendimiento de una empresa está en su capacidad de crear valor sostenible persiguiendo una visión. de negocio y su estrategia resultante. Partiendo de esa estrategia se pueden determinar ciertos factores del éxito que es preciso maximizar. Esos factores a su vez se pueden agrupar en cuatro áreas distintas de enfoque, y un área que es común:


  • Financiera




  • Clientes




  • Proceso




  • Renovación y desarrollo

  • Humana.

Finalmente, dentro de cada una de estas cinco áreas se pueden identificar muchos indicadores clave para medir el rendimiento.


En combinación, estos cinco factores crearon un nuevo modelo integrado y dinámico para presentar informes, que Skandia denominó el Navegador. En palabras de Bjorn Wolrath, entonces presidente de la empresa:
La medición del capital intelectual y un informe bien equilibrado representan un hito importante en el paso de la era industrial a la economía del conocimiento... Este tipo mejor equilibrado de contabilidad y presentación de informes da por resultado una descripción más sistemática de la capacidad y potencial de la empresa para transformar el capital intelectual en capital financiero."
Los indicadores que rastreaba el Navegador iban desde lo que es de sentido común -activos, ingresos por empleado, gastos de marketing por cliente- hasta lo inesperado: accesibilidad por teléfono, días dedicados a visitar a los clientes, conocimiento de la tecnología informática, hasta ordenadores portátiles por empleado.
El informe anual de Skandia para 1994 marcó época en la historia de la estandarización de un modelo de capital intelectual, pero no fue el único. Dow Chemical, por ejemplo, creó el cargo de director de activos intelectuales, que se encarga de elaborar un informe de capital intelectual para esa empresa. Hughes Aircraft también instauró un programa llamado Camino del Conocimiento. El Canadian Imperial Bank of Commerce, el séptimo entre los bancos más grandes de Norteamérica, elaboró su programa de desarrollo de liderazgo en torno al capital intelectual y luego utilizó esas destrezas para lanzar un programa de préstamos destinados a financiar empresas basadas en conocimientos, utilizando la valoración del capital intelectual como criterio clave. En Corea del Sur la gigantesca acería Poseo inició su propio departamento de capital intelectual.
Ernst & Young, importante firma de contabilidad, estableció programas de seminario sobre la materia para sus clientes, bajo los títulos de "Nuevos valores y medidas para la era del conocimiento" y "La ventaja del conocimiento". Arthur Andersen desarrolló una serie de Herramientas de Evaluación de Conocimientos para uso de sus clientes. Y en varias de las corporaciones más grandes los directores de patentes y marcas también se han valido del capital intelectual para refinar la extracción de valor de propiedad intelectual ociosa.
Era evidente que el movimiento había comenzado. La primera fase culminó en un simposio sobre capital intelectual que se celebró en abril de 1996 en Washington, bajo el patrocinio del árbitro del viejo modelo contable, nada menos que la Comisión de Valores y Bolsa. En esa reunión el comisionado Wallman predijo que el capital intelectual, y el método de suplemento de Skandia en particular, serían un día la esencia del informe anual de las empresas, al cual se agregarían como apéndices los actuales estados financieros. Aconsejó además a las empresas que empezaran a experimentar con declaraciones de sus activos ocultos mediante la publicación de suplementos.
En el curso de unos pocos años la idea de capital intelectual pasó a ser un documento de trabajo y está a punto de convertirse en un nuevo estándar corporativo de declaración, En palabras de Charles Savage, teórico de la relación entre negocios y conocimientos y del empresario Charles Armstrong":
En el corto espacio de unos tres años hemos presenciado una evolución en el modo de pensar, desde identificar los componentes del capital intelectual a entender la dinámica interacción de éste con la bolsa.
Es evidente que a la idea de capital intelectual le llegó su hora. El sentido común se va a poner en práctica común.
IMPLEMENTACIÓN DE LAS TEORÍAS
Este libro se ha escrito para que sea el texto medular en la segunda era del capital intelectual, la de aplicación y capitalización.
Aplicacíón, porque para el resto de la presente década, y de ahí en adelante, centenares de miles de empresas en todo el mundo, grandes y pequeñas, adoptarán esta nueva manera de medir, visualizar y presentar el valor verdadero de sus negocios. Lo harán así porque la contabilidad del capital intelectual es la única que reconoce lo que cuenta en la economía moderna de empresas que se mueven rápidamente y aplican el uso intensivo de conocimiento:


  • Fuertes y duraderas relaciones de negocios dentro de sociedades con estructuras de redes.




  • Lealtad perdurable de los clientes.







  • El compromiso de la empresa y sus empleados para aprender y renovarse con interés a lo largo del tiempo.

Y más que nada, el carácter y los valores de una empresa, herramienta crucial para inversores y ejecutivos cuando estudian fusiones, adquisiciones, alianzas, contratación de personal y asociaciones.


El Navegador de Skandia y el esquema de valores de los componentes del capital intelectual en que se basa, es el primer esfuerzo sistemático por descubrir estos factores y fijar los indicadores clave para establecer su sistema métrico. Ya vendrán otros. Mediante pruebas y ensayos, los mejores de estos indicadores se convertirán en normas generales para declarar capital intelectual.
En los nueve primeros capítulos de este libro se expone sistemáticamente la filosofía subyacente, se presentan algunas características clave de los mejores esfuerzos administrativos hechos hasta la fecha, se muestra cómo los puede realizar cualquier empresa y se previene acerca de posibles tropiezos. También se mostrará que la medición del capital intelectual es apenas uno de los seis pasos para crear una organización con valor fuerte y sostenido.
Los capítulos 5 a 9 en particular investigan una por una y en profundidad las cinco áreas de enfoque, explican su filosofía y metodología de medición y luego ofrecen indicadores de muestra.
Todo converge en el capítulo 10, donde las diferentes áreas de enfoque se organizan en un todo unificado y se elaboran por primera vez dos nuevas medidas universales de capital intelectual: el valor absoluto y el coeficiente de eficiencia. Confiamos con todo esto llevar a los lectores a un punto de partida común desde el cual puedan explorar el capital intelectual de sus propias empresas, y finalmente tomar parte en la creación de prácticas globales.
Capitalización del modelo de capital intelectual es el tema de los dos últimos capítulos, que pueden resultar los más importantes de todos, ya que el capital intelectual representa una manera tan fundamentalmente nueva de ver el valor organizacional, que no se puede confinar a un papel adjunto a la contabilidad tradicional.
Es muy natural dar por sentado que cualquier innovación importante simplemente va a mejorar lo que existía... y luego desconcertarse porque el invento abre territorios insospechados. La proliferación de la informática en las empresas ha sido una larga historia de usuarios que tratan de limitarlos a mejorar los procesos existentes -contabilidad, fabricación, informes administrativos, nómina, ventas- y luego descubren que los lleva a una reestructuración radical de todo el conjunto. Así, por ejemplo, se esperaba que el ordenador acelerara la línea de montaje, pero lo que ha sucedido en muchos casos es que ha prescindido totalmente de la línea de montaje reemplazándola por una individualización masiva del producto, una idea inconcebible hace apenas diez años.
Lo mismo sucede con el capital intelectual. Aun entre el creciente número de sus partidarios, no se aprecia todavía la magnitud de la revolución financiera que implica. En efecto, este nuevo modelo de medir el valor va a transformar no sólo la economía sino la sociedad misma en su creación de riqueza y extracción de valor.
¿Cómo? Porque atiende a factores humanos y estructurales, no sólo a valores financieros. El capital intelectual no se limita a las empresas lucrativas; se puede aplicar igualmente a las entidades sin ánimo de lucro, al ejército, a las iglesias, hasta a los gobiernos. El resultado es el primer criterio común para medir y comparar crecimiento del valor en todo tipo de empresas en una sociedad.
Es difícil imaginar lo que esto significa. El capital intelectual ofrece la posibilidad de una valoración común de todas las actividades de los grupos humanos; esto afectará sin duda la manera como invertimos, donamos y hasta votamos en el futuro. Esta norma común es el tema del capítulo.
Finalmente, cualquier revolución en de modo de juzgar el valor de una cosa afecta radicalmente la manera de intercambiarla. Nuevas categorías y nuevos niveles de abstracción producen nuevos mercados. Así, lo mismo que el sector agrario produjo un mercado secundario en las lonjas de productos del campo, y la economía industrial llevó a las bolsas de valores, es probable que la nueva economía basada en conocimientos genere su propia forma de negociaciones secundarias. Y así, como la contabilidad fue y sigue siendo el sistema básico de medición para el capital accionarial, así también el capital intelectual será el sistema para este nuevo mercado del valor. Por ahora, en el capítulo 12, sólo podemos conjeturar cómo sería esa bolsa de capital intelectual y cómo operaría. Pero no hay que dudarlo: como sus predecesores, esa bolsa llegará a dominar la salud económica y la riqueza de la sociedad a la cual sirve.
La preponderancia del capital intelectual es inevitable, dadas las irresistibles fuerzas históricas y tecnológicas, para no hablar de los flujos de inversión, que están barriendo el mundo moderno y nos llevan hacia una economía de conocimientos. Dominará la manera como valoramos nuestras instituciones porque es el único que capta la dinámica de crear y sostener valor en las organizaciones. Es el único que reconoce que la empresa moderna cambia tan rápidamente que lo único que le queda para apoyarse es el talento y la dedicación de su gente y la calidad de las herramientas de que ésta dispone.
Pero sobre todo, el capital intelectual es inevitable porque es el único, entre los modelos de medida de rendimiento corporativo, que va más allá de la superficie y descubre el verdadero valor. Al hacerlo así, devuelve el sentido común y la equidad a la economía.
Los lectores de este libro están oyendo los primeros toques de un radical modo de pensar sobre la manera como los negocios y las instituciones se ven a sí mismos -y también cómo los ven los demás. Avance el lector animosamente y estará en la vanguardia de este movimiento, mejor preparado y con más experiencia que sus competidores; si espera, la ola lo arrebatará y lo lanzará adelante mientras usted lucha para no estrellarse o ahogarse.
Pero no se puede dudar: independientemente del camino que elijamos, el capital intelectual es nuestro futuro.
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