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El capital intelectual cómo identificar y calcular el valor de los recursos intangibles de su empresa Leif Edvinsson


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UNA LECCIÓN DE HISTORIA
Con esto llegamos a la culminación del proceso que empezó con la desilusión por lo inadecuado de la contabilidad tradicional para captar la dinámica y la naturaleza intangible de la creación de valor en las empresas modernas.
Tenemos ya una técnica de navegación que servirá como organizador para nuestro nuevo sistema de medidas, un conjunto de casi cien indicadores organizados en cinco categorías para captar y presentar esta información, y finalmente, un mecanismo para consolidarla en un solo indicador integral que permita hacer comparaciones de valor no sólo entre distintas empresas de negocios sino, según parece, entre toda clase de organizaciones.
Cuando Colón se embarcó en la mayor aventura de su tiempo, se dio a la vela con la desventaja de un sistema defectuoso de medición. Podía determinar con bastante precisión la latitud de su pequena flota, pero sólo disponía de medios limitados para fijar la longitud. Que llegara a la isla de San Salvador en las Américas y no a su meta, que era la India, fue un golpe de fortuna que él nunca creyó.
La determinación de la longitud habría de esperar a que se desarrollara una nueva tecnología -los cronómetros de precisión que dan una medida exacta- y la nueva perspectiva que de allí se desprendió. Aun cuando tales cronómetros estuvieron a la disposición de los navegantes a finales del siglo dieciocho, pasaría todavía otro siglo, hasta 1884, antes de que las naciones del mundo convinieran en un estándar oficial internacional para esa medida: la hora de Greenwich.
Hacer analogías con Colón y la época de los descubrimientos se ha vuelto algo común. Sin embargo, a la luz de nuestro tema algunas comparaciones parecen claras: la tecnología informática es la gran aventura de nuestro tiempo y está cambiando todos los aspectos de nuestra vida. Aplicamos esa tecnología, creamos millones de instituciones nuevas, renovamos nuestros sistemas de remunera ciones y sanciones, y sin embargo apoyamos nuestra economía en instrumentos de navegación que son obviamente obsoletos y engañosos.
Ahora aparece al fin una solución: un nuevo sistema de navegación que ofrece una medida más precisa de dónde estamos y adónde nos encaminamos. ¿Tardaremos otro siglo en adoptarla como un instrumento común?
12. Un mercado futuro
Una nueva medida de valor siempre establece un sistema de mercado para negociar ese valor.
En la edad media se negociaba haciendo trueques o con dinero. El campesino llevaba al pueblo más cercano los productos que había cultivado o los animales que había criado, y allí los cambiaba por otros bienes que percibía que eran de un valor por lo menos com parable. 0 recibía el pago en oro, con el cual podía comprar otros bienes.
Aun en esta primitiva economía de mercado era posible a veces prestar dinero bajo interés, y esa deuda se podía vender con descuento de un prestamista a otro, creando así un mercado de deudas.
Unos cuantos siglos después, el proceso de cambio ya se había refinado, llevándolo un paso más allá; esto es, mediante el uso generalizado de dinero, que servía como sustitutivo garantizado y convertible del oro. Con el retorno del empleo de moneda acuñada (que casi no circulaba desde la época de los romanos) y el primer uso de papel moneda, se creó otro nivel de intercambio: el de acciones de empresas. La primera de esas lonjas de títulos de valores se abrió en Amsterdam en el siglo diecisiete.
Con el paso de otro siglo el proceso del mercado de valores se especializó. Por ejemplo, hacia 1750 uno podía pasear por los cafés que abundaban en Change Alley en Londres (la "Callejuela del Mercado") y ver a los especuladores comprando y vendiendo acciones en el café que se especializaba en su sector. Seguros ma rítimos era la especialidad del café Edward Lloyd's; seguros contra incendio, la del Casey's, y de tan humilde comienzo surgieron grandes firmas que todavía existen.' En palabras del historiador francés de la vida cotidiana Ferdinand Braudel, Change Alley se convirtió en ¿iel punto de encuentro de los que, teniendo ya dinero, querían más; y de los que, no teniendo nada, aspiraban a atraer el dinero de los que lo poseían".'
Con la revolución industrial el proceso pasó todavía a otro nivel y para fines del siglo diecinueve corredores de bolsa en todo el mundo, pero especialmente en Wall Strect en Nueva York, compraban y vendían millones de acciones de sociedades anónimas cada día, en un frenesí de especulación que cambió para siempre la naturaleza de la formación de capital. A mil millas de distancia, en Chicago, gracias a la revolución de información que trajeron el telégrafo, el teléfono y los ferrocarriles, se convirtió de una lonja de productos primarios en una bolsa para negociar futuros, donde los corredores empezaron a especular sobre información relativa al maíz, al trigo y los cerdos, más que sobre los bienes mismos.
A principios del siglo veinte ya se había establecido la naturaleza esencial de los mercados de capital y de futuros; a lo largo del siglo se han desarrollado nuevos instrumentos y formas de inversión, así como una amplia base de inversores. De ahí que, al terminar el milenio, en Estados Unidos más de 100 millones de ciudadanos particulares sean dueños de suficientes acciones de capital, opciones, fondos mutuos e índices, como para constituirse en propietarios mayoritarios, por encima de los inversores institucionales. Y esto es sólo parte del fenómeno mundial. Cada día fluyen por el sistema financiero del mundo más de 1,5 billones de dólares, o sea diez veces más que en la llamada economía industrial real.
En los últimos 25 años hemos visto también la creación de una nueva forma, si no tipo, de bolsa de valores, la NASDAQ, que se especializa en acciones volátiles de nuevas empresas de alta tecnología, y su estructura está de acuerdo con la de sus clientes: valiéndose de masivas bases de datos computadorizados y telecomunicaciones de alta velocidad, la NASDAQ es una bolsa de valores virtual que trata únicamente en información , sin el tradicional salón de negociaciones y puestos para los corredores de bolsa. La NASDAQ señala el camino del futuro.
Ahora tenemos una nueva medida de valor, el capital intelectual, así como que un sistema métrico para evaluarlo y dos variables sencillas para compararlo. Además, esta nueva medida tiene un campo de aplicación más amplio que todas las anteriores, puesto que abarca no solamente empresas lucrativas sino también gobiernos e instituciones sin ánimo de lucro. Parece inevitable que aparezca algún nuevo sistema de bolsa de valores que utilice la nueva medida con fines especulativos.
EL MODELO BRADLEY-ALBERT
Pero ¿cómo sería esa Bolsa de Capital Intelectual? ¿Cómo funcionaría? ¿Qué negociaría? ¿Cómo se reglamentaría?
La primera tentativa para imaginarla la llevaron a cabo en 1995 Keith Bradley y Steven Albert, del London School of Economics Business Performance Group, instituto de investigación que estudia el rendimiento de los negocios.'
Según Bradley y Albert, la creación de tal "Bolsa de Conocimientos" será una progresión natural desde las lonjas de productos básicos, desde capital y financieras que la han precedido. También consideran muy poco probable que alguna de las bolsas tradicionales se resuelva a adoptar este proceso como un servicio adicional.
A estas bolsas les cuesta mucho trabajo valorar con precisión una empresa basándose en el capital intelectual. Tal vez eso se deba a que crecieron y maduraron y se han venido desarrollando desde el siglo diecisiete negociando documentos (acciones) respaldados por bienes físicos como maíz, trigo y automóviles. Debido a que están profundamente enraizadas en la negociación de bienes físicos estas bolsas han desarrollado una serie de reglas y costumbres que gobiernan sus medios de transacción. Esto podría hacerlas menos aptas para tratar con capital intelectual invisible. [Una razón puede ser] que el capital intelectual no es un artículo para comprar y vender sino una deuda. (... ) Pero puede haber algo más fundamental aún: las bolsas de valores parecen tener menos suerte evaluando capital intelectual porque se diseñaron para desempeñar una tarea totalmente distinta" .4
En vista de estos problemas, Bradley y Albert concluyen que "la bolsa de conocimientos tenemos que buscarla en otra parte".'
Su elección, tal vez influida por la experiencia de Albert en formación y desempeño de los empleados, es acudir al mercado de trabajo como ejemplo de un mercado primario de negociación de destrezas; en particular la manera como los trabajadores especializados (directivos, profesionales, etc.) negocian con la empresa que los contrata la futura aplicación de su talento. Es más: este tipo de negociación es indudablemente una transacción de conocimientos, aunque Bradley y Albert admiten que no ven una manera inmediata de traducir esa transacción a un sistema de intercambio mayor.
Así pues, vuelven la vista a la historia de otras lonjas de productos y bolsas de valores y observan que en su infancia todas empezaron con especialistas que negociaban en una área particular de pericia, como especuladores que operaban "al descubierto", es decir, vendiendo cosas que en realidad no poseían y comprando otras de las que en realidad jamás serían dueñas . La experiencia acumulada de estos especialistas al poner en comunicación a compradores y vendedores distantes fue la génesis de la moderna bolsa de valores.
Por tanto, se preguntan Bradley y Albert, ¿existe modernamente algún equivalente de esos especuladores callejeros del mercado de trabajo?
Pues sí existe. Son las empresas de empleo temporal y las grandes firmas consultoras de empresas. Estas empresas, escriben Bradley y Albert, comercializan destrezas y conocimientos de expertos mediante la colocación de profesionales en distintas firmas. Se alquila el conocimiento de los individuos, o sea capital intelectual. El agente actúa como un especialista y provee un ambiente para el arrendatario y el arrendador de conocimientos.'
Como sucedió con el surgimiento de las bolsas de valores y de productos primarios, Bradley y Albert creen que la innovación tecnológica estimulará la expansión de estos programas como vastas empresas de largo alcance. En particular, la aparición de la red Internet crea el ambiente para un intercambio mundial de trabajo. Las agencias actuarán como intermediarias "porque la cantidad de información que necesita digerir un arrendador en potencia (empleador) es inmensa":
"Por ejemplo, supongamos que en Japón se necesita un programador informática. Si una empresa o un grupo de individuos llamaran a todos los programadores, la búsqueda del individuo idóneo sería cosa de toda una vida. Algunos estarían disponibles, otros no. Unos convendrían perfectamente para la tarea, otros todo lo contrario. Los costes de la investigación serían inmensos antes de encontrar a la persona deseada.
Aparece el especialista o agente. Su tarea es "procesar" la información y generar una lista de los candidatos más apropiados para llenar la vacante (... ). En esta contratación de empleados con los conocimientos requeridos es en lo que la agencia está especializada.. Y es en la búsqueda y selección del mejor trato o combinación en lo que el agente presta un eficiente servicio para aceitar la economía de conocimientos".
Bradley y Albert creen que este intercambio funciona también en sentido inverso. Al igual que en el mundo del espectáculo y en los deportes, los individuos responderán a la demanda buscando agentes que los representen y los promuevan ante esos mercados mundiales de intercambio de empleados. Con el tiempo las personas que tienen destrezas o talentos comunes formarían organizaciones y redes, con requi sitos precisos de admisión -una especie de versión orientada al trabajo, de entidades como los colegios o las asociaciones profesionales-, para fomentar sus intereses, reunir experiencia de empleo y fijar normas para la contratación.
En la interacción de estos dos grupos de representantes del empleador y el agente de los empleados, que se produce con la velocidad del rayo en Internet, Bradley y Albert ven una manera eficiente de asignar los recursos intelectuales de la comunidad.'
Su modelo es convincente, al igual que su elección de medios: el hecho de que las agencias de reclutamiento y colocación de ejecutivos y profesionales sean actualmente las instituciones de servicios en todo el mundo más populares, sugiere que dicho sector está llenando efectivamente una necesidad fundamental de la economía. Y no hay razón para no creer que tan lucrativo negocio, con grandes empresas de empleo que enlacen millones de conjuntos de destrezas, no aparezca en forma de páginas web y currículum, según la fórmula particular de cada empresa para producir la mejor adaptación a los clientes- y mpleadores.
Sin embargo, se puede aceptar el modelo sin aceptar que represente la verdadera imagen de la nueva bolsa de valores de capital intelectual. Tenemos dos razones para dudarlo:
1 . Los empleados no son todo el capital intelectual. Recordemos el Navegador. El cerebro y el talento de los seres humanos, el capital humano, están en el centro del modelo de capital intelectual pero no son todo el modelo. Pueden inventar nuevos productos pero no son los productos. Pueden leer los resultados en los sistemas de información de la empresa, pero no son los ordenadores. Ni son la red de intercambio electrónico de información ni la infraestructura organizacional. De manera que limitar el mercado de capital intelectual únicamente a las destrezas de los trabajadores es pasar por alto una parte importante del valor de la empresa. Cualquier sistema de mercado de valores tiene que tomar en cuenta estos otros factores.
2. Un mercado verdadero incluye especulación. Bradley y Albert re conocen este hecho al describir el surgimiento de las lonjas de mercancías y las bolsas de valores, pero luego lo limitan cuando describen el Mercado de Conocimientos. Por eso es preciso preguntar si lo que describen es real -mente un mercado, o si no es más bien un nuevo tipo de sector de servicios. No es poco, es cierto, pero no es el nuevo mercado de valores de capital intelectual que se esperaba. Lo que tenemos en el modelo Bradley Albert es ciertamente un mercado, pero un mercado de trabajo; no de valores, que es la verdadera meta que se busca.
El resultado final del modelo Bradley Albert parece ser un grupo relativamente pequeño de agencias de empleo y consultaría de empresa que maneja una numerosa población de profesionales, negocia sueldos y honorarios y mueve talentos alrededor del mundo. Sin duda éste es un nivel de abstracción más elevado que el de trabajadores que solicitan empleo individualmente; y el empleador sin duda está comprando un "futuro", que es la perspectiva del trabajo de ese profesional. Pero esto no deja campo para que el inversor externo elija entre las muchas transacciones y especule sobre su cambio de valor.
UNA VERDADERA BOLSA DE CAPITAL INTELECTUAL
Pero aun cuando este no sea el modelo de bolsa de capital intelectual, Bradley y Albert sí han planteado la posibilidad de tal mercado y han señalado algunas características interesantes del capital intelectual mismo. Entre estas características, algunas sugeridas por su modelo y otras en respuesta a él, se incluyen las siguientes:
1 . El capital intelectual es deuda; es decir, es una inversión en el futuro, cuyo rendimiento final se determinará más adelante.
2. Cualquier bolsa de capital intelectual tendrá que ser un mercado de futuros, donde se especule sobre la naturaleza de ese rendimiento de la inversión.
3. Este mercado no es sólo para los intermediarios sino que tiene que estar abierto a terceras personas que especulen sobre el valor de los rendimientos que se esperan.
4. La naturaleza estructural del mercado, por ejemplo la velocidad de las transacciones, tiene que reflejar la naturaleza del ca ital intelectual mismo.
¿Qué nos dice todo esto sobre la verdadera naturaleza de una bolsa del capital intelectual? Una vez más, veamos el Navegador. El mensaje de su formato es que el capital intelectual es un sistema de medición que sigue a lo largo del tiempo el flujo de inversión de una empresa en activos intangibles a medida que se consolidan y se convierten, con más o menos éxito, de deuda en activos que aparecen en el balance de situacón.
Así pues, cualquier mercado de capital intelectual debería existir para sostener la especulación sobre el valor potencial que tendrán esas inversiones cuando se conviertan en activos, y sobre la probabilidad de que alcancen ese pleno valor.
¿Dónde hemos visto antes esa combinación de variables? En la ecuación de iC, en la cual C es ese máximo valor potencial mientras que i es la probabilidad de que la empresa lo alcance.
Ahora tenemos ya algunos instrumentos interesantes con que trabajar. Primero, tenemos una ecuación en dos variables, en virtud de la cual una organización anuncia su valor potencial y sus probabilidades de alcanzarlo. También contamos con un conjunto de medidas sobre la empresa, algunas de las cuales están incorporadas en esta ecuación pero muchas otras no lo están. El especulador astuto podría, pues, obtener un contrato de futuros sobre el capital intelectual de esta organización apostando, con base en su propia valoración de los índices y otros factores (tales como la separación de un ejecutivo clave), a que ese valor cambiará antes de que el capital intelectual se convierta en capital financiero.
Esto sugiere un nuevo tipo de mercado de futuros para acciones de capital, usando las medidas de capital intelectual para evaluar el cambiante valor de mercado y subrayar la licitación de contratos. Esto estaría de acuerdo con nuestro concepto de capital intelectual: así como el informe de éste no reemplaza la contabilidad financiera, sino que es un preludio a ella destinado a captar y controlar algunos de sus componentes más subjetivos y dinámicos, así también la bolsa de capital intelectual no reemplazaría las actuales bolsas de valores sino que serviría como su componente avanzado, para manejar sus elementos más volátiles e injustos (para el inversor) restaurándoles cierta medida de orden e igualdad. ¿Cuál sería el vehículo de tal especulación y comercio en la bolsa de capital intelectual? Podría ser un nuevo tipo de instrumento de valor que reemplazara, o por lo menos fortaleciera, el mercado tradicional de sueldos y remuneraciones. Lo anterior sugiere alguna forma de contrato de futuros sobre acciones comunes cuando la organización es una empresa lucrativa, y algún tipo de contrato de futuros no convertible cuando no lo es.
Primero veamos las organizaciones sin ánimo de lucro. Obviamente éstas plantean ciertos problemas. Una posibilidad es que en algunos casos tales contratos sí podrían ser convertibles en algo como servicios o donaciones deducibles de impuestos. En otros casos no tenemos respuesta inmediata, aparte de decir que pocos son los especuladores que retienen los contratos sobre bienes primarios a su vencimiento, y si este tipo de especulación sin garantía sobre entidades sin ánimo de lucro resulta demasiado arriesgada, la bolsa puede sobrevivir sin ese tipo de organizaciones.
Ahora consideremos las empresas que sí son lucrativas. ¿Dónde hemos visto antes este tipo de instrumentos de especulación basados en acciones comunes? Claro, nuestras viejas amigas las opciones de acciones para los empleados. El FASB tenía buenas razones para preocuparse por ellas.
Una regla que descubrimos estudiando el capital intelectual es que si uno sigue a las empresas y los analistas progresistas, casi siempre le indicarán dónde buscar un desarrollo incipiente de dicho capital. Así, la diferencia entre capitalización de mercado y valor en libros nos mostró dónde estaba. Luego las últimas páginas del in forme anual escudriñadas por sagaces inversores nos dieron la forma de este nuevo tipo de capital. Ahora, veamos un lugar como Silicon Valley, donde la participación de los empleados en el capital social llega casi al cien por cien, donde los profesionales inteligentes-están ansiosos por sacrificar buenos sueldos a cambio de opciones de compra de acciones, y donde las entidades prestamistas están dispuestas a aceptar tales opciones como garantía para la compra de vehículos, casas y hasta aviones. Allí se puede ver ya en formación el tipo de bolsa de valores que estamos buscando.
Desde luego, queda un pequeño problema: un mercado de futuros en acciones comunes no se podría distinguir de especulación sobre opciones de compra de acciones, cosa que no ven con buenos ojos ni la Comisión de Valores y Bolsa en Estados Unidos ni sus similares en otros países. Predecir cambios de reglamentación es un juego para los que disfruten con las decepciones; sin embargo, sí parece que a las entidades reguladores les sería difícil mantener su posición actual frente a un fuerte y difundido interés por realizar tales negociaciones.
Un mercado de futuros en acciones comunes a base de capital intelectual es una idea desconcertante. Pero hay una complicación adicional, que también le debemos a Skandia. A mediados de 1996 esta empresa inició la creación tentativa de opciones sobre acciones de capital intelectual, para usarlas como incentivo para los empleados. El empleado que las recibiera las podía negociar por un valor basado en el rendimiento del capital intelectual de Skandia. De pronto, en lugar de una derivación de las acciones existentes de capital, tenemos aquí un instrumento especulativo totalmente nuevo, vinculado específicamente con el rendimiento del capital intelectual. Las dos variables usadas en la evaluación de éste serían también la base del valor de esas opciones.
Huelga decir que esto abre todo un mundo de posibilidades. Si un número suficiente de empresas ofrecieran a sus empleados e inversores un número significativo de estas opciones de capital intelectual, sería posible un mercado que sólo tratara estas acciones, ya fuera al lado de los futuros sobre acciones comunes o reemplazándolos. En efecto, ésta podría ser la solución a los obstáculos actuales de reglamentación.
Al igual que otros mercados, el de capital intelectual fomentaría la creación de casas de corretaje, analistas y quizá hasta fondos de inversión. Seguramente sería también virtual, basado en Internet, con compra y venta de acciones o contratos e intercambio de informa ción, rumores y teorías circulando entre millones de emplazamientos y con participación de decenas o aun centenares de millones de inversores privados.
Mirándolo bien, una bolsa de valores de este tipo, como muchas otras innovaciones en esta edad virtual, reuniría muchas de las mejores características de sus predecesoras históricas. Como las bolsas de valores de Nueva York, Londres y Tokio, negociaría los valores creativos y organizacionales; sus mecanismos serían contratos de futuros, como en la Bolsa de Chicago, y como la NASDAQ, sería un mercado de libre flotación proveniente de las diarias transacciones en línea de sus multitudes de usuarios. Pero en su personalidad, su intimidad y su orientación a las acciones y las decisiones humanas, se remontaría también a Change Alley y sus especuladores, que se congregaban en el café Lloyd's para cambiar rumores y esperar al próximo manejo que llegara corriendo del puerto con las últimas noticias.
PREPARACIÓN PARA EL FUTURO
Empezamos este libro con un fracaso y lo terminamos con una oportunidad. El fracaso fue el del sistema contable actual, que no podía captar el valor real de la empresa moderna - y la consiguiente inequidad para los pequeños inversores en la competencia con inversores profesionales-. Nuestra meta era identificar los valores intangibles que no figuran en el balance de situación, medirlos e idear la manera de presentarlos de forma coherente.
El resultado fue un modelo para visualizar y declarar el capital intelectual, centrado en torno a un instrumento de navegación que actúa como organizador para los distintos tipos de inversión empresarial cargada de valor y ofrece una perspectiva mejor equilibrada y más global que los modelos tradicionales.
Esto a su vez nos llevó a establecer un conjunto de medidas que captaban mejor la esencia de cada uno de estos tipos. Descubrimos dos hechos importantes. El primero fue que las medidas vienen en tres formas, dos de las cuales se pueden reducir a un par de variables que actúan como una medida sencilla de rendimiento del capital intelectual, susceptible de comparación con las mismas medidas para otras empresas. El segundo fue que esta medición, separada de las tradicionales cuentas de pérdidas y ganancias, se aplica también a organizaciones distintas de las lucrativas, inclusive gobiernos e ins tituciones sin ánimo de lucro, haciendo posibles por primera vez tales comparaciones.
La existencia de este nuevo sistema de medida del valor, al igual que la medida común del capital intelectual, abre la posibilidad de un mercado de especulación sobre capital intelectual y crea así un sistema enteramente nuevo de remuneraciones. El instrumento de este mercado podrían ser los contratos de futuros sobre acciones de capital, o bien, según la última innovación, las nuevas opciones sobre acciones de capital intelectual.
Y con esto cerramos casi el círculo. Lo que empezó como una búsqueda de valor real y equidad para los inversores termina con una importante nueva oportunidad para ellos. ¿Se inicia así otra vez el círculo, al hacerse desiguales las ventajas en este nuevo mercado? Tal vez eso ocurra con el tiempo, a medida que entremos en la siguiente revolución tecnológica; pero por ahora la medición del capital intelectual vuelve a poner de acuerdo la contabilidad y la inversión con los cambios radicales que se están verificando en la empresa. Y en su amplitud capta igualmente la desaparición de las diferencias entre empresas y otras instituciones, que se está produciendo en todas partes en nuestra sociedad.
Y al fin y al cabo, ¿no es esta congruencia, esta reflexión sobre la manera como vivimos hoy, el valor subyacente de toda contabilidad financiera?
En lugar de reemplazar el sistema actual de indicadores financieros, que es producto de muchas generaciones, la medición del capital intelectual lo complementa y lo aumenta. La contabilidad ortodoxa ha vuelto para encontrar su camino. Otra vez es pertinente para nuestro futuro. Y así, el trabajo de gran parte del milenio que termina se prepara para el próximo.

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