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El capital intelectual cómo identificar y calcular el valor de los recursos intangibles de su empresa Leif Edvinsson


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EL CAPITAL INTELECTUAL
Cómo identificar y calcular el valor

de los recursos intangibles de su empresa

Leif Edvinsson

Michael S. Malone (1999)



A principios de 1997 un consorcio norteamericano, que apenas hacía 15 años que se había creado, se colocó a la cabeza del mercado mundial de valores de bolsa. ¿Adivinan ustedes cuál era? Les doy una pista: a comienzos de ese año los inversores mundiales habían pujado hasta elevar su valor a 220.000 millones de dólares, o sea, mucho más que los campeones de siempre, como General Electric (170.000 millones de dólares) y Nippon Telegraph and Telephone (94.000 millones de dólares).
Era wintel.
¿Wintel? Está bien, es un truco. Wintel no es un verdadero consorcio, aunque en la práctica opera como si lo fuera. Es más bien un amalgama derivada del sistema operativo Windows de Microsoft y de Intel. Dejando a un lado el juego de palabras, Microsoft vale 100.000 millones de dólares (de los cuales Bill Gates es propietario de un 24 por ciento) e Intel 120.000 millones de dólares.
Pensemos por un momento en estas cifras. Son colosales y el cerebro no las capta con facilidad.
El capital intelectual, desde luego, siempre ha sido un factor decisivo en el surgimiento de civilizaciones, organizaciones e individuos. Por lo menos durante 60.000 años nuestros antepasados, los hombres de Cro-magnon, vivieron al mismo tiempo que los de Neanderthal. Después, hace unos 30.000 años, estos últimos desaparecieron.
¿Por qué sobrevivió una especie y la otra pereció? Ambas se servían de herramientas y de lenguaje, pero los de Cro-Magnon tenían un calendario lunar y correlacionaron el transcurso de los días con los hábitos migratorios del bisonte, el alce y el ciervo rojo. Esta percepción quedó debidamente documentada en pinturas rupestres y en series de 28 muescas en astas de venado. Deseoso de comer carne, el hombre de Cro-Magnon aprendió que le bastaba ponerse al acecho ciertos días, jabalina en mano, en el paso de un río, mientras que el de Neanderthal parece haber dispersado imprudentemente sus hombres y sus recursos en busca de encuentros ocasionales. Asignó mal sus recursos y pereció.
La diferencia estaba en el capital intelectual. Siempre ha sido así. Entonces, ¿por qué debe uno ahora leer el libro de Leif Edvinsson y Michael Malone que lleva este título?
Por tres razones:


  • La primera es la historia de Wintel y otras similares. Hoy la creación de riqueza es un hecho mental. Las acciones de Microsoft se cotizan a diez veces su valor en libros, lo cual significa que el 90 por ciento de su valor es intangible. Consiste en programación electrónica, marca de fábrica y fuerza de marketing -cosas que provienen del cerebro de alguien-. Nadie sabe esto mejor que el mismo Gates, quien reveló en enero de 1997 a la revista Time el secreto del toque de Midas de Microsoft: "Nosotros ganamos porque contratamos a la gente más inteligente. Mejoramos los productos a base de retroinformación hasta que son los mejores. Todos los años nos retiramos unos días para ponernos a pensar adónde va el mundo". En otras palabras: Gates trabaja sin cesar para aumentar el capital intelectual de Microsoft.




  • Segunda razón: la revolución informática -poderosa combinación de ordenadores y redes mundiales -está ejerciendo la misma fuerza sobre todas las empresas y todos los sectores del mundo: una disminución radical de costes y tiempo para obtener información sobre sus proveedores y sus mercados. Dada esa ecología, tal vez no tiene sentido organizar su empresa en forma verticalmente integrada, pues en todo el mundo las empresas y los sectores se están "desverticalizando", a medida que las viejas ventajas de fuerza y escala ceden a talento, conectividad y rapidez. Hoy la estrategia se encamina a determinar qué tramo horizontal en la cadena de abastecimiento es el que más le conviene a uno.

Pero con una condición: que los tramos más apetecibles se reservan para los que mejor identifican, cultivan y ponen en juego su capital intelectual. Microsoft vive una vida más envidiable que los fabricantes de ordenadores personales Texas, y a éstos les va mejor que a las fábricas cercanas de microprocesadores, quienes viven mejor que los que montan circuitos en Malasia y así sucesivamente bajando por los tramos de menor valor.




  • Tercera: porque El Capital Intelectual es una espléndida lectura, al mismo tiempo que le informa a uno- ¿De cuántos libros de negocios se puede decir lo mismo.

No es que yo esté de acuerdo con todo lo que dicen Edvinsson y Malone. Soy muy escéptico, por ejemplo, en cuanto a los detalles de su balance de situación intelectual. A mí, algunas de esas medidas me suenan a cosa convencional. Pero eso es parte del debate que está por venir, promovido por el contenido de este libro. Edvinsson y Malone son los primeros que toman posiciones sobre medición del capital intelectual, y haciéndolo así han creado un libro bien documentado, bienintencionado y escrito de forma perspicaz.


El capital intelectual se va a convertir en uno de los temas de mayor actualidad en los negocios, y se están preparando muchos libros y artículos sobre la materia; pero les va a costar mucho trabajo superar a éste. (Karlgaard, 1999),

1. Las raíces ocultas del valor
¿Ha leído usted últimamente algún prospecto útil? ¿O un informe anual que realmente dé información?
¿Cómo es que estos informes tradicionales ya no ofrecen una pista sobre qué nueva empresa va a conquistar el mundo o cuál empresa veterana y bien establecida está a punto de caer en un competitivo agujero negro?
Y aun en los casos en que tales informes sí ofrecen una visión de la realidad, ¿cómo es que eso hay que leerlo entre líneas en medio de un texto a duras penas legible y no se destaca en tipo grueso en el balance de situación? ¿Y por qué las agencias de bolsa publican recomendaciones de comprar y vender acciones que parecen no tener nada que ver con el comportamiento financiero de las empresas que dichas acciones representan?
Lo más curioso de todo es que la bolsa de valores alcanzó nuevos récords durante la década de los 90, cuando la economía, aun en los períodos de alza del ciclo, se mostró constantemente débil.
La respuesta es que el modelo tradicional de contabilidad que tan bien describía las operaciones de las empresas durante medio milenio ya no puede seguir el ritmo de la revolución que se está operando en los negocios. Igual que el organigrama, el prospecto impreso, los manuales para empleados y los documentos financieros de la empresa se están mostrando cada vez más estáticos e incapaces de estar a tono con la moderna organización, con su estructura fluida, asociaciones estratégicas, empleados capacitados, programas de trabajo en grupo, marketing en redes multimedia y depósitos vitales de recursos intelectuales humanos.
La verdad desnuda es esta: en la actualidad no tenemos ni idea de qué empresas, grandes o pequeñas, jóvenes o antiguas, tienen una capacidad organizativa sostenible.
Rich Karlgaard, director de Forbes ASAP, identificó este desastre y lo que se necesitaría para corregirlo, en un editorial de 1993:
Como índice, el valor en libros está totalmente muerto. Es un instrumento de la era industrial. Vivimos en la era de la informática, desde luego, aun cuando es notable que muy pocas personas hayan podido ponerse a tono con esta realidad. La prueba es el hecho de que no se comprende la importancia decreciente del valor en libros y de los activos materiales que forman el numerador de la proporción. La inteligencia humana y los recursos intelectuales son hoy los más valiosos activos de cualquier empresa.
El economista que invente una nueva manera de medir el valor central tendrá que contabilizar los nuevos valores intangibles que van hoy en ascenso... Por ahora la sociedad carece totalmente del sistema de medición necesario para medir estas nuevas fuentes de riqueza.'
Siempre ha habido vacíos ocasionales y temporales entre la percepción del mercado y la realidad contable, pero ahora ese vacío se está convirtiendo en un abismo. Y eso a su vez sugiere que estamos no frente a una aberración temporal sino ante un fallo sistémico entrando en los negocios. Igual que el organigrama, el prospecto im preso, los manuales para empleados y los documentos financieros de la empresa se están mostrando cada vez más estáticos e incapaces de estar a tono con la moderna organización, con su estructura fluida, asociaciones estratégicas, empleados capacitados, programas de trabajo en grupo, marketing en redes multimedia y depósitos vitales de recursos intelectuales humanos.
Las páginas de negocios de los periódicos están llenas de ejemplos. Southwest Airlines está mucho más valorada que otras aerolíneas veteranas de dimensiones varias veces mayores. Intel sufre un escándalo grandísimo por fallos en su notable microprocesador Pentium, pero el precio de sus acciones casi no pierde su ritmo. Netscape, empresa de 17 millones de dólares y 50 empleados, ofrece acciones al público en una primera emisión que lleva el valor de la empresa a 3.000 millones de dólares al final de la primera jornada. Microsoft, empresa de 8.000 millones de dólares, anuncia su sistema operativo Windows 95 y ve subir sus acciones a más de 100 dólares cada una, convirtiéndose en una empresa más valiosa que Chrysler o Bocing.
Resulta obvio que el valor real de estas empresas no se puede determinar solamente por las medidas contables tradicionales. El valor de Intel o de Microsoft no está en ladrillos y mortero, ni siquiera en sus existencias, sino en otros activos que son intangibles: su capital intelectual.
En su influyente libro The Twilíght of Sovereignly, Walter Wriston escribe: "En efecto, la nueva fuente de riqueza no es material; es la información, el conocimiento aplicado al trabajo para crear valor".'
HACIA UNA DEFINICIÓN
¿Qué es el capital intelectual? Hasta hoy la definición había sido esquiva; pero en años recientes, llevados por la necesidad, individuos y grupos de diversas disciplinas han empezado a hacer frente al reto de encontrar una explicación estandarizado.
Steven M. H. Wallman, presidente de la Comisión de Valores y Bolsa, incluye en su definición de capital intelectual no solamente el potencial del cerebro humano sino también los nombres de productos y las marcas de fábrica y hasta gastos registrados en los libros como históricos, que se han transformado con el correr del tiempo en algo de más valor (por ejemplo, un bosque comprado hace un siglo, que hoy es una valiosísima propiedad inmobiliaria). Para decirlo en sus propias palabras, todo estos son "activos que en la actualidad están valorados en cero en el balance general" .
Otros investigadores incluyen en sus definiciones factores tales como liderazgo en tecnología, formación de los empleados y hasta rapidez de respuesta a las solicitudes de servicio de los clientes.
William Davidow, inversor de capitales para especulación y comentarista de negocios (The Virtual Corporation), dice: "Tenemos necesidad de pasar a un nuevo nivel contable, en el cual se pueda medir el impulso de una empresa en términos de posición de mercado, lealtad de la clientela, calidad, etc. Por no valorar estas perspectivas dinámicas estamos presentando una valoración tan falsa de una empresa como si estuviéramos cometiendo errores de suma".
Para H. Thomas Johnson, profesor de administración de empresas en la Universidad de Portland (Oregón) "el capital intelectual se esconde dentro de ese concepto contable tradicional y misterioso llamado goodwill. La diferencia, dice, es que tradicionalmente el goodwill recalcaba activos poco usuales pero reales, tales como las marcas de fábrica. En comparación, afirma, el capital intelectual busca activos todavía menos tangibles, tales como la capacidad de una empresa para aprender y adaptarse". La revista Industry Week escribía a principios de 1996:
Los directivos se esfuerzan aquí y ahora por adaptarse al desplazamiento del centro de gravedad económico, de administrar y medir los activos materiales y financieros, a cultivar y multiplicar el conocimiento como los actos más significativos de creación de valor.
Y esto se aplica tanto a Microsoft como a una fábrica de tejidos en los desiertos del Canadá que teje boinas en una máquina comprada por el bisabuelo del propietario en 1919. Pregunte a un ejecutivo de cualquier firma qué porcentaje del valor total atribuiría a los activos intangibles -cualquier cosa, desde destrezas individuales y conocimientos técnicos, sistemas de información, diseños y marcas de fábrica, hasta relaciones con los proveedores y concesionarios- y recibirá la misma respuesta: más del 80 por ciento.
Ahora pida que observe la relación entre el fondo de comercio y los activos realmente incluidos en el balance general, y te producirá un ataque nervioso"'.
La revista cita a Lars Kolind, presidente de Oticon Holding A.S., firma danesa fabricante de audífonos, que ha crecido en valor de mercado 150 millones de coronas en 1991 a 2.400 millones hoy, y sin embargo sólo 400 millones de esa suma aparecen en el balance general. Dice Kolind: "Toda nuestra contabilidad, todos los reglamentos del gobierno y de la bolsa de valores, todos los recursos, todo está enfocado en el capital social, lo que es absolutamente absurdo porque los 2.000 millones de coronas danesas de capital intelectual son cinco veces más".
Algunos observadores llegan a sugerir que en el capital intelectual está comprendido lo que generalmente denominamos activos fijos, y que bien mirado resultan no ser tan fijos como creíamos. Por ejemplo, Gary Hamel, sostiene que un activo no es más que una percepción de una oportunidad sobre la cual se han puesto de acuerdo una mayoría de personas".'
Cualquiera que sea la definición que se adopte, es evidente que el valor del capital intelectual en los negocios mundiales es inmenso. Charles Handy calcula que puede llegar a tres o cuatro veces el valor de los activos materiales de una empresa. De acuerdo con el índice Mundial Morgan Stanley, el promedio del valor de las empresas en las bolsas de valores mundiales es el doble de su valor en libros. En Estados Unidos el valor de mercado de una corporación es normalmente de dos a nueve veces su valor en libros.
El profesor Keith Bradley, de la Open Business School del Re Unido, dice:
En el curso de los últimos veinte años ha habido una significativa ampliación de la brecha entre los valores que las empresas declaran en sus balances de situación y la estimación que los inversores hacen de dichos valores. [En Estados Unidos, en el período de 1973 a 1993 el promedio de la relación valor de mercado/valor en libros para las empresas cuyas acciones cotizan en bolsa aumentó de 0,82 a 1,692.1 La brecha en 1992 indica que aproximadamente el 40 por ciento del valor de mercado de las empresas norteamericanas no aparecía en su balance general. Para las que aplican un uso intensivo de conocimientos, el porcentaje de activos que no aparecen en los balances es más del 100%.
Estas distorsiones se reflejan igualmente en las adquisiciones recientes en Estados Unidos. Un examen de los precios pagados por dichas adquisiciones en el período de trece años que va de 1981 a 1993 muestra que, de unas 391 transacciones con un valor promedio de 1.900 millones de dólares, entre precio de la adquisición y valor en libros es 4,4. Esto indica que, por término medio, los valores reales de las corporaciones adquiridas fueron unas cuatro veces y media superiores a los valores declarados en los balances de situación. En adquisiciones de empresas con uso intensivo de conocimientos, la relación entre precio y valor en libros fue superior a diez...
¿- Tenemos las herramientas para gestionar estos activos ocultos? Lo cierto es que no; no las tenemos."
Las microsofts y las netscapes del mundo apoyan los cálculos extraordinarios de Handy y Bradley, los cuales muestran que aun sin una medida común del capital intelectual, el reconocimiento de éste por parte de observadores bien informados establecerá para una firma un valor que deja en pañales el de su balance general.
En palabras de Judy Lewent, directora financiera de Merck & Co., "en una empresa basada en conocimientos, el sistema contable no capta en realidad nada". A lo cual sólo podemos agregar: en el amanecer del siglo XXI, ¿qué empresas no están basadas en conocimientos?
Ciertamente, las empresas mismas conocen la dura realidad. En una encuesta llevada a cabo por el Institute of Management Accounting se encontró que el 64 por ciento de los directores de administración en Estados Unidos dijeron que sus empresas estaban experimentando activamente con nuevas maneras de medir el rendimiento. Cuando cerca de las dos terceras partes de las empresas en la economía más grande del mundo han aceptado la necesidad de cambio, ya no tenemos una interesante tendencia nueva sino una revolución.
El sector contable también lo sabe. En 1991 el American Institute of Certified Public Accounting (AICPA) organizó una comisión especial de informes financieros para estudiar la creciente preocupación por el hecho de que los sistemas contables tradicionales ya no son pertinentes para la economía. A los tres años la comisión presentó su informe. Encontró muchas áreas importantes que merecen mejorarse; mejoras que en palabras de Sarah Mavrinac y Terry Boyle, de Ernst & Young, de Boston, podrían realizarse 1) con el suministro de información relativa a planes corporativos, oportunidades, riesgos e incertidumbres; 2) mejor ajuste de los mecanismos externos de información con los sistemas internos de control administrativo e información, y 3) nueva discusión de los factores de rendimiento no financiero que crean valor a más largo plazo. Estas recomendaciones descansan en el supuesto de que los datos de rendimiento no financiero son de valor pertinente y pueden usarse eficazmente por los inversores como indicadores principales de futuro rendimiento financiero.
Mavrinac y Boyle realizaron en seguida su propio estudio y llegaron a la misma conclusión: "Los analistas sí tratan los datos de rendimiento no financiero como indicadores principales del futuro rendimiento financiero", al igual que, en menor grado, las recomendaciones de compra de acciones y las predicciones de ganancias a corto plazo.
JUGAR EN EL CENTRO
Algunas personas se han enriquecido muchísimo aprovechando esta diferencia entre valor percibido y valor contable. "Esencialmente hemos creado un mercado en el cual los especuladores se pueden aprovechar de la volatilidad resultante", dice Davidow.
Algunos actores principales del sector reconocen con toda franqueza esta ventaja. Robert G. Herwick, presidente de Herwick Capital Management, es particularmente franco a propósito de esta desigualdad: mi habilidad para hacer predicciones bien informadas es mi ventaja competitiva".
Las grandes sociedades de bolsa, con sus equipos de analistas, pueden rastrear a los mejores talentos que se van moviendo a través del sector, o desarrollar bases de datos sobre las patentes de una empresa y otras propiedades intelectuales. Con su acceso a la empresa, pueden a veces identificar una nueva empresa que promete, o descubrir un fallo profundo pero escondido en una actualmente boyante.
Pero esta falta de prácticas comunes para revelar y visualizar el capital intelectual perjudica a los interesados y a los inversores. Ellos también pueden dejar de percibir un cambio sutil de ritmo o la pérdida de un empleado clave portador de conocimientos, que indica el próximo eclipse de una empresa estrella. Y más a menudo, simplemente no descubren hasta el último minuto la nueva empresa privada que está a punto de cambiar el mundo.
Como consecuencia de esto, muchas empresas meritorias están suboptimizadas y subcapitalizadas, y así no pueden realizar sus objetivos. Mientras tanto, otras empresas que tienen dificultades se sostienen artificialmente hasta que al fin se declaran en quiebra, arrastrando consigo a accionistas e inversores.
Y ése es precisamente el problema entre los economistas profesionales, los inversores y las empresas a las que vigilan. Para decenas de millares de pequeños inversores privados, equipados únicamente con un prospecto o un informe anual y las páginas del periódico matutino, el actual sistema es evidentemente injusto. ¿Cómo puede un pequeño inversor obtener la información sutil y dinámica que necesitaría? Ciertamente los accionistas no la pueden obtener de los datos del informe anual.
Y casi olvidados en este desastre están los costes sociales, más grandes y ocultos, de esta dislocación: desempleo, baja productividad y competitividad nacional mermada. Una economía que no puede medir adecuadamente su valor no puede distribuir bien sus recursos ni recompensar equitativamente a sus trabajadores.
Una organización que ha investigado este desastre potencial es el Competitiveness Policy Council. Su subcomisión de asignaciones de capital estudió el hecho de que la contabilidad tradicional no valora los activos "blandos" o indirectos e informó que: reglas anacrónicas deprimen el nivel global de la inversión, lo mismo que la inversión a largo plazo en activos intangibles delos negocios, tales como investigación y desarrollo y formación de los trabajadores en particular limitan las cantidades de capital disponibles por trabajador en una forma que retarda el crecimiento de su productividad y los ingresos de la empresa. Ese crecimiento es la clave de un aumento sostenido de salarios y de normas.
En una época en que no sólo empresas sino categorías enteras de productos pueden desaparecer de la noche a la mañana, y en que los competidores pueden cambiar a diario sus relaciones y su participación relativa en el mercado, las cuentas de pérdidas y ganancias y los balances de situación ofrecen poco más que instantáneas de dónde estuvo la empresa. Peor aún, la mayoría de esas instantáneas están sesgadas o mal orientadas. Al fin y al cabo, ¿a quién le importa cuánta tierra posea la empresa si su tecnología no va a ser aceptada por el mercado? ¿Y qué valor tienen las existencias, además de servir para relleno de tierras, si el mercado ha adoptado una norma diferente?
De igual manera, el balance general no da ningún indicio sobre la memoria de la empresa, sus tradiciones y su filosofía. No nos dice cuánto valen estas cosas, ni da la alarma cuando se pierden por mala administración o despidos de trabajadores. El resultado es una especie de Alzheimer de las empresas, en virtud de la cual una empresa, preocupada por el balance general, pierde su memoria institucional y así se pierde a sí misma, sin darse siquiera cuenta de la pérdida.
La confusión reina no sólo a nivel corporativo y de capital social. Más bien las señales confusas que allí se encuentran sugieren que toda la economía puede estar distorsionada y operando muy por debajo de su capacidad. El debate electoral de 1992 en Estados Unidos giró en gran parte en torno al estado de la economía. Después de una crisis del mercado de valores y años de libros y artículos pesimistas sobre cómo Japón les había arrebatado su ventaja com petitiva y Europa occidental se había apoderado del liderazgo económico, la mayor parte de la ciudadanía estaba convencida de que el "Siglo Americano" había terminado y de que la única esperanza para el futuro consistía en liquidar pérdidas y defender las fronteras económicas. Mientras tanto, Japón y Europa se sentían muy complacidos de sí mismos, Japón por su progreso industrial y Europa por su modelo social.
Los últimos cuatro años nos han enseñado que casi todo lo que creíamos saber estaba equivocado. Bajo la superficie de depresión económica en que las gigantescas empresas viejas sufrían pérdidas y despidos, se estaba desarrollando una revolución en los negocios, que nunca apareció en las estadísticas. Se creaban nuevos tipos de empresas, más ágiles, más adaptables y de estructura más fluida, que producían bienes y servicios "inteligentes" con individualización masiva, participación de los clientes en el diseño y fabricación del producto, y vinculación de proveedores, distribuidores y socios estratégicos en cadenas con un destino común. Son estas empresas con uso intensivo de conocimientos que se encuentran en todos los sectores, desde semiconductores hasta siderúrgicas, las que han encabezado la revolución, dejando atrás a las demás empresas... y a otros países."
Estas empresas ágiles, "virtuales" o "imaginarias”, como a veces se las llama, basan su filosofía en una idea totalmente diferente de qué constituye un activo. En un mundo en que investigación y desarrollo, fabricación y ventas pueden ser llevadas a cabo por un socio en alianza estratégica, o aun por un cliente, los renglones del balance tradicional como planta, equipo y terreno ya no ofrecen mucha idea sobre la competitividad actual de una empresa ni sobre su potencial de ganancias futuras. Por ejemplo, ¿cómo se calcula el valor de conocimientos que se imparten? Hasta el inventario pierde esencialmente su significado cuando la idea misma de un modelo de

producto empieza a desaparecer ante la realidad de un producto individualizado para cada cliente bajo pedido.


Salvo cuando el gobierno exige que se informe a la manera antigua, lo que realmente les interesa a estas empresas (y a los inversores inteligentes) es el capital intelectual que mantiene a una empresa atractiva y sostenible en su creación de valor.
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