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El candor es una emoción desprestigiada


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El candor es una emoción desprestigiada


Jerónimo Pimentel

Plan A: una respuesta

Un querido amigo que no llega aún a la treintena, aunque cuenta con tres poemarios publicados, me reclamaba en una reunión, medio en broma medio en serio, mi gusto por un autor a quien consideraba artífice de «valsecitos infames y rimas escolares» (él solo lee a Ashbery y Olson). Acto seguido, no sin cierto hinchamiento propio de un pavo real en celo, aseguraba ser mejor poeta que Rose, lo que naturalmente disparó las risas de quienes presenciábamos tanta presunción.

En realidad, cualquiera que guste de la poesía de Rose tendrá que batallar contra el aluvión de prejuicios que la institucionalidad educativa peruana, en todos sus niveles, se ha propuesto lanzar sobre él. Esto no se distancia mucho de la caricatura dibujada por mi amigo poeta: ya sea por la inocencia confesa del niño cara de asno a quien fastidian en el colegio, o posteriormente, por la descalificación ético-académica de sus peores poemas comunistas, se tiene a Rose, en su mejor momento, como al vate sentimental que cuajó un puñado de poemas antológicos: Marisel, Exacta dimensión o Las cartas robadas. Pero nada más.

La irrupción de la tradición anglosajona en la poesía peruana —de la cual mi amigo se considera nieto legítimo— ha instaurado ciertos tópicos que han enriquecido positivamente el espectro de registros local, en estos momentos tan heterogéneo que acaso sería la diversidad su único rasgo distintivo. Pero esta tradición también ha instaurado cierta indiferencia por otras vertientes que en el remedo se tienen por clasicistas, vanas o superadas. Creo que por eso muy pocos poetas contemporáneos responderían que han sido influenciados por Francisco Bendezú, Wáshington Delgado o Pablo Guevara. La táctica para impresionar es una triste fuga hacia delante. La continuidad estilística y la ruptura son opciones válidas dentro de un sistema en el que cada quien debería sacar lo que mejor le parezca. En la miope evaluación a distancia, los logros de la generación de Hinostroza y Hernández generan opacidad sobre sus predecesores en el ojo desprevenido del lector poco avisado. Tal vez esa sea una razón por la que, con las excepciones de Jorge Eduardo Eielson o Blanca Varela (y ahora, quizá Belli), se lee poco y mal a los poetas del 50 (lo que es tanto una impresión relativa como parcial, porque en realidad se lee mal y poco a todo el mundo). Otra explicación es que este verso castizo, sonoro y rítmico se encuentra muy devaluado respecto del caché que otorgan los juegos intertextuales o la poesía sobre el lenguaje, o los otros disfraces que la contemporaneidad ha pertrechado para el posicionamiento literario actual. Digo, es más fácil apreciar con cara de satisfacción las líneas chatas publicadas últimamente por Montalbetti (Caretas 1859), que intentar adentrarse al exotismo de «Las comarcas» o someterse a la diáfana calidez de «Simple canción». Repito, el candor es una emoción desprestigiada.


Plan B: tres acercamientos a las comarcas


Conocí a Juan Gonzalo Rose por los recortes que mi padre, el poeta Jorge Pimentel, guardaba como marcas de lectura en los libros del escritor tacneño. Y también por las anécdotas que me contaba. Y también por el poema que le dedicó.

B.1. El recorte es el número 3, procede de la revista Variedades, y está fechado en septiembre de 1976. Título: «Ni tu cuerpo era tuyo, ni mi cuerpo era mío». Desde ese punto de vista, mi recuerdo de Rose debería sugerir el color amarillento que cobra el papel oxidado. Pero la entrada es más bien enciclopédica: «Juan Gonzalo Rose, según Escobar, avanza desde la poesía social y revolucionaria hacia un creciente interés por la perfección de la forma y el reencuentro de un temple austero, para discurrir sobre los mismos tópicos, pero con aura de ironía y de humor muy personales» (pág. 30). El poema es «La Rueda»: «¿Y si fuera cierto que resucitamos/ volvemos/ andando con otros zapatos/ a las mismas calles/ tan acostumbradas/ lejos de las farolas/ al orín de los muertos».

B.2. La anécdota: «Cuando un poeta te pide un favor, tienes que hacérselo de inmediato». En 1983, mi abuela agonizaba de reumatismo en el mismo pabellón en el que Rose padecía cirrosis, en el Hospital Rebagliati. Mi padre visitaba a ambos mientras preparaba la edición de su tercer poemario, Palomino. En una de esas visitas, Rose le pidió que le comprara clandestinamente unos medicamentos. Él dijo que no podía, porque iba camino a la imprenta, pero que a su regreso lo haría con gusto. Rose lo cogió del hombro y le lanzó la frase que titula esta anécdota. Y mi padre me la contó a mí y yo entendí que, fuera del pavoroso juego de egos que azuza la hoguera de las vanidades literarias, no existe mayor solidaridad que la que hermana a dos poetas. Una solidaridad a veces negada por la institucionalización de la mezquindad, una solidaridad que incluso puede causar risas entre quienes prefieren enarbolar la supremacía intelectual del cinismo. Allá ellos.

B.3. El poema de mi padre es «Chilla por Juan Gonzalo Rose» y acaba de esta forma: «Que para qué estoy aquí y no los cuervos./ Que para qué, para soñarlo y no los cuervos./ Estoy aquí para besarlo, y nadie se mueva./ La noche tragó después el alma./ Pero ese ya es otro poema». Ahí es cuando Eloy Jáuregui cita a los cuervos de González Prada: «Con los ojos de acero, no se hieren los ojos, se taladran los pechos». Rose taladraba pechos. Poseía la humanidad de la imperfección. Pocas cosas más cercanas que una persona que se dobla, se cae, se levanta, escribe «¿Por qué suspiras, Kingston?» y vuelve a caer, se sirve un pisco, se aferra a su madre, al cristianismo y vuelve a escribir: «Estoy tan triste ahora/ que si alguien se acercase/ me amaría».



Gastón Agurto lo vio distinto y dice que no va a llorar. En su opera prima («Comer carne humana») traza esta imagen en el poema «Hostal Frank»: «En vez de pagar/ cincuenta dólares por el cuarto/ la comida y el trago/ he debido comprar/ la última antología de Rose,/ pero presiento —disculpa Juan Gonzalo—/ que ninguno de tus versos/ se compara a su sonrisa desnuda/ aunque sea borracha sobre una vieja cama de hostal». Rose sabrá perdonar.

Plan C: la vida en rose


Rose tuvo una larga incursión en el periodismo. Transitó muchas redacciones, siendo la última la de Caretas, donde publicaba sus «Apuntes a Lápiz». Pido ahí su file. Tiene una foto en la que se parece a Roberto Challe. Me pregunto: ¿poetas y futbolistas se emparentan en algo? Balo Sánchez León me responde: son las únicas carreras en las que uno trabaja y no cobra. Converso con Domingo Tamariz y César Lévano. El primero lo recuerda ajustándole las cuentas a un chilcano. Unas cuentas eternas. El segundo lo evoca constituido por una extraña mezcla de melancolía, coraje y humor. ¿Hay alguien más aquí que conozca a Juan Gonzalo? Al final estaba muy flaco, gritan. Pienso que si hubiese nacido mucho antes hubiera podido tomarme un trago con él. Hay gente con la que a uno le gustaría tomarse un trago. Es una añoranza manida. Pero igual me veo saliendo de un cierre con Tamariz, Lévano y Rose después de una jornada apocalíptica e inútil, yendo en pos de una chingana que por toda distinción luce una rocola febril, un fonógrafo, más bien, que toca canciones que no acaban nunca, canciones que hablan de amores amargos, amores no correspondidos, amores que, como dice Bolaño, se hacen más indignos con el tiempo. No hay peor cáncer que ese.

Ya al final


La puerta se abre y surge la voz: «Uno de estos días, cuando vengan a buscarme, no me encontrarán». Replico: «O sea que todavía estás aquí». Contesta: «¿No se molesta si le beso el hombro?».

desco – Revista Quehacer / Enero-Febrero 2005.



 Autor del poemario «Marineros y boxeadores». Periodista de planta de la Revista Caretas.



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