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El bosque del inglés


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El bosque del inglés Por Florizel de Bohemia


El bosque del inglés

  1. Missisipi, 1933

En Greentree, Missisipi, en el mes de julio, el calor no era una sensación sino una sustancia. Era como un fluido estancado en el que ni los insectos podían volar sin quedar atrapados. Como si cada átomo de cada molécula de aquel ámbar etéreo se convirtiera en un sol diminuto que abrasara la piel de nuestros protagonistas: esos dos hombres, padre e hijo, que desafiaban la quietud impuesta del mediodía, avanzando por aquel camino estatal hacia la prisión de Hollow Meadows en un destartalado coche.

Hacía rato que habían desechado las chaquetas y las pajaritas. Sudaban copiosamente y no encontraban alivio ni bajando las ventanillas ni manteniéndolas cerradas. El hijo, al volante, lanzaba rápidas miradas a su padre, que consultaba su cuaderno.

­ —Tranquilo, Alan —dijo este, sin levantar la vista de sus notas—. Estoy bien.

—Bebe un poco más, papá.

El hombre dejó al lado su cuaderno, sacó un pañuelo, lo humedeció y se lo pasó por la frente. Luego dio un largo trago a la botella de agua. Tenía el rostro quemado por el sol, pero salvo esto, tenía buen aspecto. En su rostro se dibujaban las arrugas que nacen a quienes sonríen con facilidad. Sus ojos azules se veían diminutos tras sus gruesas gafas. Sudaba hasta por las bolsas de sus ojos.

— Es como el lago de fuego, ¿eh? —dijo al fin—. Si el pastor Howard nos hubiera traído antes a este lugar tal vez hubiéramos sido más piadosos.

Alan soltó una gran carcajada.

En ese momento vislumbraron la prisión. Su alto muro y las torres de vigilancia estaban pintados del gris reglamentario. Un cartel recordaba inútilmente su destino, como si por aquel camino se pudiera llegar a otro sitio. Pero no se podía.

El señor Lomax se volvió hacia el asiento trasero y tomó un pesado maletín. Lo abrió y buscó en su interior uno de sus discos de aluminio.

­ —Puse suficientes en el equipaje, papá —dijo Alan cuando comprendió lo que buscaba su padre.

—Bien, así me gusta. —Sus ojos brillaban al observar aquellos objetos como si fueran un tesoro.

Mientras avanzaban por los pasillos en compañía de los guardias, Alan observaba cada pequeño detalle de las lámparas, los cables eléctricos sobre las paredes, la desgastada pintura de los barrotes, las mesas y sillas de los funcionarios… Todo era sobrio y funcional hasta el límite del desasosiego, como si no quisieran dejar sitio a la esperanza. «Y sin embargo, pagaron a alguien para que lo diseñara así —pensó—. ¿Cómo concebir algo para que carezca de toda alegría?»

Una escalera los separó del recorrido hacia la zona de reclusos, y al fin entraron en el despacho del director. Era un hombre delgado y de ojos saltones. Sobre su mesa había una Biblia y un teléfono negro. Un par de fotografías enmarcadas, en las que se veían a una mujer y unos niños igual de grises que él, eran el único testimonio de su humanidad. Durante unos minutos leyó las credenciales de los Lomax.

—Todo está en regla —dijo finalmente—. Cuando me avisaron de su llegada no podía imaginar de algo de nuestra prisión pudiera interesarle.

­ —Oh, señor Albert, en realidad no es el primer centro de este tipo que visitamos.

­ — ¿En serio? — dijo este con una mirada entre el hastío y la inquietud.

­ —Así es. Nuestra labor es muy importante para nuestro país, y eso está por encima de cualquier otra consideración. Mire por ejemplo el caso de Irlanda.

­ —¿Cómo dice? —gruñó el director. Alan bajó la mirada y sonrió. Ya había oído ese discurso decenas de veces.

—Sí, Irlanda —prosiguió John Lomax—. ¿Sabe cuál es el porcentaje de analfabetismo en la verde Irlanda? El ochenta por ciento. Pero, ¿sabe cuántos saben tocar un instrumento musical? Más del noventa por ciento. Y esos individuos ni siquiera saben lo que es el papel pautado. ¿Se imagina cuántas melodías, cuántas canciones se han perdido para siempre por la tuberculosis, la guerra, la hambruna o un desgraciado accidente? Cientos, miles, decenas de miles. En cambio, Escocia es diferente. ¿Ha oído hablar de los compiladores? Eran hombres que, como mi hijo y yo, se daban cuenta de la terrible tragedia que era aquella pérdida. Gracias a ellos muchas canciones fueron transcritas tras sus viajes e investigaciones. Hablo de hombres como Robert Burns, el reverendo Duncan o el general John Reid. Actualmente el patrimonio musical de Escocia se ha conservado desde el siglo XVIII, al contrario que en Irlanda.

»El Archivo de Música Folk Americana de la Biblioteca del Congreso tiene como fin registrar y catalogar la música tradicional de nuestro país. Y la Música, señor Albert, es como una hierba persistente: crece en cualquier sitio.

El señor Albert casi pareció divertido.

­ —Pero el señor Skinny Moses tal vez no sea el hombre al que buscan. De hecho, es de los tipos más peligrosos de este centro. ¿Y cuánto piensan estar aquí transcribiendo sus canciones? ¡Mañana será ejecutado!

­ —Oh, no se preocupe —intervino Alan—. En este punto la tecnología viene a ayudarnos. Vamos a registrarlo.


  • ­¿Cómo dice?

­ —Él tocará lo que quiera y nosotros lo registraremos con nuestro aparato— prosiguió el señor Lomax—. Así esa música sobrevivirá al señor Moses. Algo de él vivirá para siempre.

El señor Albert se secó el sudor de la frente.

­ —Que Dios nos proteja si eso ocurre. Ese hombre es el diablo.

Skinny Moses hacía honor a su nombre. Nadie sabría jamás su apellido. Nunca tuvo documentación, ni constó en ningún registro. Los otros negros le respetaban, o más bien le temían, según esas extrañas creencias paganas que tanto desconocen los blancos que gobernaban su destino. Había matado o no, pues en aquellos días era difícil conocer cuánto de verdad había en tales asuntos, a dos hombres. Los había degollado con un cuchillo de piedra. En su ficha se decía que tenía veinticinco años, pero hubiera sido difícil deducir tal edad a partir de su aspecto. Su piel era negra, con brillos grises. Tenía el rostro picado de viruela y uno de sus ojos estaba enfermo y medio cerrado. De los dientes que le quedaban, la mayoría eran de color marrón y extrañamente puntiagudos. Alan pensó en un cocodrilo. Un cocodrilo que en aquellos momentos se ponía en pie y les sonreía tímidamente desde el interior de la celda.

­ —Adelante —dijo con un fuerte acento caribeño. El lector permitirá ahora que no transcriba sus palabras textuales, lo que dificultaría su comprensión a los que no conozcan el dialecto, sino solo el sentido de las mismas—. Ya me han encontrado. Espero que no les moleste mi perro guardián— señaló entonces al vigilante en uniforme azul que observaba la escena junto a la puerta.

John Lomax sonrió a ambos.

­ —Buenos días, señor Moses. En nombre del Archivo de Música Folk Americana de la Biblioteca del Congreso…

­ —Sí, sí, ya me sé todo eso. Me leyeron su carta. Para mí es un placer ayudarles.

­ —Le agradecemos mucho que nos haya recibido…—«teniendo en cuenta las circunstancias», pensó sin atreverse a terminar la frase.

­ —Oh, no se preocupe por mis «circunstancias», joven Lomax —Alan enarcó las cejas y se ruborizó—. No todo es lo que parece. Además, mañana al anochecer estaré muerto. En esta situación, las cosas importantes dejan de serlo, y lo que parece irrelevante se convierte en capital. Me gustará que algo mío viva para siempre.

Padre e hijo se miraron sorprendidos.

­ —Bien —prosiguió—, ¿cómo quieren que lo hagamos? ¿Qué quiere oír exactamente?

Alan se sentó y, poniendo el maletín que portaba sobre sus rodillas, abrió los cierres y se dispuso a preparar el material de grabación.

­ —Lo que Alan está haciendo es preparar nuestra máquina para registrar su voz y su música.

­ —¿De verdad? — exclamó—. ¿Así de fácil? No intente tomarme el pelo. Yo lloré en el vientre de mi madre.

­ —Le hablo en serio, señor Moses. ¿Estás listo, Alan? Excelente. Bien, escuche, usted cantará directamente al micrófono. Este dirigirá su voz hacia el plato de grabación. Podremos registrar en esos discos hasta tres minutos seguidos, por lo que tendrá que ajustar sus canciones a esta duración. Pruebe con un par de estrofas con estribillo al final de cada uno. Con eso bastará. Pero antes usted se presentará: díganos su nombre, su edad, dónde y cómo comenzó a tocar y cosas así. ¿Preparado?

Moses asintió.

­ —Pues empecemos.

Aquel primer disco ya no existe pero en su día, los Lomax lo guardaron junto al resto y fue archivado en la Biblioteca del Congreso. Los que pudieron escucharlo oyeron aquella voz fina y a la vez ronca, hablando con timidez, como si se dirigiera a un médico o a un sacerdote. Lo oyeron hablar de su infancia en Martinica; de su madre, de que ya no recordaba cuándo había aprendido a tocar. De cómo las palaras le saltaban a los labios al tiempo que las melodías. De cómo se ganaba la vida de bar en bar, tocando música de negros, con letras sobre la vida y muerte de otros negros.

Cuando terminó aquella primera cara, Alan le dio la vuelta.

­ —Ahora, vamos con la música —dijo.

­ —No tengo mi guitarra.

­ —Sí, ya había pensado en eso —dijo el señor Lomax—. Me temo que no tiene solución. Tendrá que cantar sin acompañamiento Lo siento, pero el alcaide no quiso ni oír hablar del asunto.

Moses asintió y se dispuso a empezar. Entonó una de aquellas canciones que con el tiempo se denominarían blues. Una canción triste que hablaba de gente miserable, acompañada únicamente por el tamborileo de sus manos sobre sus mulsos, el golpeteo de sus zapatos en el suelo y el chasquear de sus dedos. Su voz sonaba profunda y lejana como una tormenta en el horizonte. El señor Lomax sintió un escalofrío. No habían exagerado los que le habían hablado de aquel hombre. Aquella era probablemente la mejor interpretación que jamás había oído.

Cuando terminó se hizo un silencio que ni siquiera el guardia se atrevió a interrumpir. Aquella canción también le había afectado. Sólo el chasquido del final del disco puso fin a esos instantes. Todos pestañearon como si despertaran de un sueño. Skinny Moses los miraba sonriente.

­ —Acabo de pensar una cosa, señor Lomax. Antes le dije que las cosas importantes dejan de serlo cuando vas a morir al día siguiente. Muchos hermanos, en su última cena, piden darse un atracón con filete y langosta. Si yo también lo hiciera me daría dolor de tripa y me pasaría lo que me quedara de vida sentado en el retrete, y no es así cómo quisiera morir. Así que voy a pedir otra cosa como último deseo. Voy a hacerles un regalo… Jefe —dijo entonces dirigiéndose al guardia—, por favor, dígale al alcaide que voy a usar mi última gracia esta misma noche. Dígale que deseo que me traigan mi guitarra.

Los Lomax se miraron entre ellos, sin saber qué decir.

—­¿Estás seguro, Moses? —preguntó este. El preso asintió.

El hombre descolgó un teléfono en el pasillo y estuvo hablando unos segundos. Alan y John lo vieron gesticular, encogerse de hombros. Repetía «Sí, señor. Sí, señor».

Skinny Moses se dispuso a esperar pacientemente.

­ —Permítame decirle que nunca había visto tal acto de generosidad. Me siento turbado. No sé si estaré a su altura—dijo John.

­ —Es un placer para mí. Ahora, mientras me la traen, ¿quieren oír otra canción?

Hasta que un par de funcionarios regresaron con la vieja guitarra, los Lomax tuvieron tiempo de hacer seis grabaciones más. Creyeron que eran las seis mejores piezas que podrían guardar en su archivo. Pero entonces llegó el guardia con la guitarra. Moses recogió el instrumento que dejaron en la puerta de su celda y sus dedos acariciaron la madera del mástil y la caja.

En los años siguientes, Alan Lomax intentaría en vano recordar que pasó a continuación. Muchas veces hablaría con su padre de aquella escena, pero el recuerdo era muy confuso para ambos. Y sin embargo, muy intenso. Era como el sueño del que alguien se acaba de despertar sin llegar a recordar más que instantes, imágenes sueltas y sensaciones que pasaban y ardían como estrellas fugaces. Moses les dijo algo que sonó a despedida y que después tocó. No una canción. No al menos en términos humanos. A pesar de su educado oído, nunca consiguió recordar ni un solo fragmento de la melodía. Ni siquiera estaba seguro de que hubiera melodía. Y después, el tiempo se detuvo. Recordaba muchos guardias yendo y viniendo, gritando y revolcándose por el suelo con los ojos en blanco. Y al alcaide, que de repente estaba allí, enarbolando su Biblia y arrojando espuma por la boca, vociferando entre juramentos que aquel negro era el diablo.




  1. Escocia, 1746

Desde Inverness salía un estrecho camino por la ribera izquierda del río Ness, que a través de las boscosas laderas ascendía suavemente hasta el lago del mismo nombre. Se decía que era el primer lugar de Escocia al que llegaba la primavera y entonces aquellos parajes adquirían una belleza casi irreal. Fortalecidos, rejuvenecidos, los bosques de robles parecían despertar y desperezarse, estirando sus ramas y haciendo circular desde sus nuevas hojas sus preciosos fluidos. Y no había rosa, ni violeta, ni blanco ni amarillo como el de las flores que flanqueaban aquel camino o crecían en los claros que dejaban al morir algunos de aquellos árboles milenarios, vencidos por el tiempo, tumbados por los fuertes y fríos vientos del norte o rotos por un rayo en las terribles noches de invierno. Hermosos insectos volaban perezosamente sobre ellos y el canto de los pájaros se mezclaba con el suave crujido de las ramas mecidas por la brisa.

Del agua de los manantiales que brotaban en las cercanías también se decían cosas prodigiosas. Tomarlas fortalecía el cabello y las uñas, tersaba la piel, curaba dolencias, purificaba el alma y hasta hacía crecer a los adultos, si uno estaba dispuesto a creerse todo lo que se oía, aunque sin duda esta creencia se debía a la gran talla de los hombres de la región. Tal era la naturaleza de aquel lugar que los hombres doctos contaban que los antiguos escoceses hicieron del lugar un bastión de resistencia contra los invasores romanos que, a pesar de sus intentos, nunca consiguieron controlar la región.

Apenas a una milla de la última casa de Inverness, siguiendo por aquel camino había una posada. En las claras noches de luna llena, como aquella, su tejado reflejaba su plateada luz, lo que contrastaba con el cálido anaranjado que salía por sus pequeñas ventanas. En aquellos días en los que el ejército real se mantenía en una tensa espera aguardando la próxima orden del viejo Cumberland, aquel lugar era poco menos que un sueño. Al menos, para uno de los dos jóvenes oficiales que, sin uniforme y contraviniendo instrucciones, se habían escapado aquella noche.

­ —Maldito seas, Reid —susurró uno de ellos a su compañero—. Esto puede estar lleno de jacobitas. No volverás a convencerme para otra como esta —dijo, y se llevó su jarra a los labios. Dio entonces un largo trago—. Aunque la cerveza es excelente. Como para cambiar de bando.

­ —La persona que aguardo no tardará mucho, Perkins. Calla y sigue bebiendo. Tu acento nos va a delatar.

Se abrió entonces la puerta. La fresca brisa se abrió paso entre las mesas como un niño que correteara. Una figura pequeña y armoniosa, con el rostro cubierto por una capucha, entró en la taberna. Reid levantó la cabeza y el recién llegado lo vio y se dirigió a su mesa. No era mayor que un muchacho de doce años, calculó Perkins, así que se quedó sin habla cuando el desconocido se quitó la capucha y dejó a la vista una hermosa melena del color del trigo en verano que enmarcaba el rostro de una niña al final de su infancia.

­ —Teniente Reid —dijo la niña extendiendo la mano.

­ —Señorita Atkins, espero que haya llegado sin problemas. No habría aceptado de saber que era usted tan joven. Le presento a mi amigo y camarada, el teniente Perkins.

Ella asintió y sonrió, aunque no pudo ocultar cierta preocupación que asomó a su mirada.

­ —Mi abuelo está peor, teniente, pero le recibirá esta noche.

­ —Excelente. Partamos entonces.

Tomaron sus caballos. La joven viajó en la grupa de Reid, pues había venido andando, cosa que aumentó más el asombro de los dos oficiales y su admiración por su valor. Cuando se hubieron alejado, Perkins, que se había quedado atrás, se adelantó hasta su amigo.

­ —Nadie nos sigue, John. Hemos tenido suerte. Espero que el premio esté a la altura.

­ —Para mí lo vale —musitó John sin dejar de escudriñar en la oscuridad—. Y para su abuelo también lo valdrá.

­—¡Bah! Eres un fatuo, John Reid.

­—¡Ya llegamos! —dijo la señorita Atkins de repente—. Es por ese camino que entra en el bosque. Ahora debemos seguirlo.

La luz de la luna desapareció bajo las copas de los árboles y se hizo la oscuridad, pero el brillo rojizo de otra ventana apareció entre los troncos y se dirigieron hacia ella. Era una agradable noche de abril y el aire tibio arrastraba el olor de las hojas nuevas y las flores nocturnas. John respiró calmadamente y abrió la puerta.

La cabaña, una humilde construcción, tenía una única habitación con el hogar en una pared. Cuando entraron, una vieja figura envuelta en una manta y rodeada de anillos de humo se volvió para saludarles. Dio una larga calada a su pipa antes de levantarse. Dejó luego escapar el humo a través de su sonrisa.

­ —Bienvenido a nuestra casa, teniente Reid. Espero que hayan hecho un viaje tranquilo

­ —Su nieta lo hizo a pie. ¿Por qué tendríamos que preocuparnos? Además, el ejército nos tiene acostumbrados a las fatigas. Señor Atkins, este es el teniente Perkins. Me acompaña en este tipo de aventuras.

Perkins extendió la mano.

­ —Y aun no sé por qué lo hago —añadió con sorna.

­ —¿Desean tomar té? Rose, cariño, prepara la infusión para estos caballeros y toma tú un poco. Yo no la tomo, ¿saben? — dijo a los oficiales—. Soy demasiado mayor para estas nuevas modas, pero a ella le encanta.

­ —Le ruego que no se moleste, señor Atkins. Tomamos algo en la taberna. No quisiera importunarle más de lo necesario.

Entonces el señor Atkins pudo ver a la luz del fuego los ojos de Reid. Pareció mantener la mirada un instante más de lo que las buenas modales dictarían, pero enseguida sonrió y lo invitó a sentarse junto al hogar.

­ —He traído mi instrumento— dijo Reid.

Sacó de su bolsa un paquete alargado envuelto en una funda de cuero. Lo tendió al anciano y este lo abrió con mucho cuidado, como quien manipulara algo precioso o a un recién nacido. Sacó al fin una hermosa flauta de madera de boj. La sopesó y observó su alineación con un ojo cerrado.

­ —Excelente manufactura. Trátela con cuidado y no viaje mucho con ella. El boj se acabará curvando con los cambios de atmósfera —entonces se la devolvió—. ¿Va a transcribir las melodías o piensa tocar entonces conmigo?

­ —Prefiero tocar con usted. Mi compañero se encargará del papel pautado. Yo tengo buena memoria y buen oído, me atrevería a decir. Si las toco un par de veces podré recordarlas.

­ —Permítame que le pregunte por qué está tan interesado en mi música, teniente —dijo el señor Atkins mientras alargaba el brazo para tomar su propia flauta.

Entre todos los objetos brillantes y hermosos del mundo, aquella humilde flauta hecha de un viejo y noble ciruelo, podría pasar desapercibida. Sólo un ojo experto habría apreciado, a la luz anaranjada y suave del fuego y el temblor de las sombras que este proyectaba, su perfecta belleza, sus proporciones, el tacto de aquella madera después de contener la vibración del aire tantos años o el desgaste en los punto de sujeción y alrededor de los orificios, en los que los dedos de su propietario encajaban como el opérculo de una caracola. Reid tuvo que hacer un esfuerzo para apartar la vista del instrumento y contestar.

­ —Pretendo editar una colección de melodías populares para que con el tiempo no caigan en el olvido.

­ —Pero eso no ocurrirá. Yo se las enseñaré a Rose. Y si ella tiene hijos, se las enseñará también. Así ha sido siempre.

­ —Es posible, pero, Dios no lo quiera, podría ocurrir una desgracia. Sus conocimientos podrían perderse. ¿No querría saber que algo de usted le ha sobrevivido?

Atkins no constestó. Para entonces Perkins ya había sacado sus pliegos de papel pautado y había dispuesto sus útiles de escritura con la diligencia de un cirujano.

­ —Cuando quieran comenzamos —dijo este—. ¿Cómo se llama la primera canción que va a tocar, señor Atkins?

El anciano alzó las cejas de la sorpresa, se volvió hacia Reid y se llevó la flauta a los labios.

—­«Cómo se llama», dice —murmuró de forma casi inaudible justo antes de iniciar la música.

Durante dos horas, el señor Atkins tocó y tocó. Reid le seguía y le pedía que repitiera algunos compases. Pero en verdad tenía buen oído y se hacía rápidamente con las melodías. Mientras, Perkins anotaba lo que le daba tiempo. Era un hombre diestro y acostumbrado a aquel trabajo. Para diferenciarlas, en el margen superior anotó «Melodía popular», seguido con un número. Algunas le resultaron especialmente notables, y entonces borraba lo anterior e improvisaba un bello nombre traído a su mente por la música.

Tocaron y tocaron hasta perder la conciencia de sí mismos. Sus dedos cubrían y descubrían orificios veloces como pasos de ratón. Y al fin, cansado y sudoroso, el señor Atkins sufrió un repentino ataque de tos que le impidió respirar hasta quedar amoratado. Reid y Rose corrieron a ayudarle. La muchacha le quitó la manta y, tomando agua caliente del caldero, preparó unos vahos para el anciano.

­ —Déjelo descansar ahora, teniente Reid, se lo ruego.

John miró a Perkins y este sacó las dos guineas que habían acordado como pago. Seguidamente comenzaron a recoger.

­ —Muchas gracias por su tiempo, señor Atkins. Ha sido fantástico tocar con usted —dijo a modo de despedida.

Pero este, aun recuperándose, les hizo un gesto para que no se marcharan todavía.

­ —Ya estoy mejor, Rose —dijo—. Espere, Reid, tenemos que hablar.

­ —Por supuesto. Si quiere más- dinero, puedo dárselo- dijo azorado- aunque ahora no llevo más encima.

­ —No se trata de eso. Siéntese junto a mí. ¡Rose! Te he dicho estoy mejor. Te ruego que nos dejes ahora. Tengo que hablar con este caballero.

El militar volvió a sentarse, intrigado, mientras la joven salía malhumorada.

—Bien, escuche. Tengo otro trato que proponerle. Usted sabe mejor que yo que hay dos casacas rojas por cada hombre del Bello Príncipe. Están agotados y hambrientos. Cumberland va a destrozarlo y eso será el fin de los jacobitas. Y usted sabe mejor que yo que el Duque es un sanguinario. Me preocupa qué será de Rose cuando esto acabe. Lo que me dijo antes me ha hecho pensar en ello. Habrá persecuciones y purgas. Yo estoy viejo para proteger a mi nieta de unos soldados borrachos de victoria o de unos highlanders derrotados dispuestos a todo para salvar la vida. Pertenezco a esa parte de la población que siempre pierde en las guerras, me temo. Por eso quiero negociar con usted. Tómela a su servicio, teniente Reid. Llévela con usted y protéjala, se lo ruego. Yo sólo soy un viejo que tocaba en posadas y fiestas, pero ella es muy especial. Ella tiene algo que puede interesarle. Algo que solo unos pocos, entre los que usted ­ puede contarse, podrían aprender. Solo los que tuvieran cierto don.­­­­..

—Pero —dijo azorado—, ¿de qué está usted hablando? ¡Yo soy un caballero!

—No se equivoque, teniente. No lo propongo nada deshonesto. Escúcheme: usted tiene algo, una cualidad que comparte con Rose. Lo vi en sus ojos cuando entró. Usted… Usted nació en el momento exacto del ocaso. Esa luz brilla en ellos, como brilla en los de Rose.

—Mi buen señor Atkins —lo interrumpió, aliviado—, ¡esos son cuentos de hadas! ­­

—No crea todo lo que lee, teniente —susurró el anciano—. Le hablo de algo tan real como usted o yo, como esta casa o como el fuego que nos alumbra en este momento. Y dentro de poco va a verlo por usted mismo. Aun guardamos una canción. Una que ella aprendió en el bosque. Yo le enseñé a tocar, pero esa canción, ah, no señor, yo no podría enseñarle algo así. Ni siquiera podría tocarla, ni mucho menos enseñarla a alguien. Pero ella sí podría hacerlo. Y usted, a diferencia de mí, también podría aprenderla.

El teniente Reid miró a Perkins. Su compañero se encogió de hombros e hizo una mueca para sugerirle que tal vez el anciano estaba loco.

—No sé qué decir —replicó finalmente.

—No tiene que decir nada. Sólo escuche.

Se levantó y abrió un pequeño cofre. De él sacó una flauta de madera blanca.

—Síganme al exterior, se lo ruego. No podemos hacer esto dentro de la casa.

Salieron, y el señor Atkins llamó a Rose, que estaba detrás de la casa sentada al fresco de la noche. El anciano se adelantó a sus dos acompañantes para hablar con ella a solas. Hizo un gesto a ambos para que se mantuvieran alejados. Los oyeron discutir en voz baja. La señorita Atkins, les pareció entender, no quería dejar solo a su abuelo. Pero había algo más que no quería hacer. Aunque al final, el anciano pareció convencerla y, cabizbaja y enfadada, regresó junto a los ingleses con su flauta en la mano. El anciano quedó detrás cauteloso, como si aguardara algo.

­ ­­­ —Mi abuelo me ha contado la propuesta que le ha hecho. ¿Está usted totalmente de acuerdo?

—Yo ignoraba lo que se proponía, se lo aseguro, señorita Atkins. Pero si necesitan ayuda puedo prestársela.

—¿Me protegería? ¿Me da su palabra de oficial, señor?

—La tiene —aseveró Reid—. Los protegeré a los dos.


  • Él no irá con ustedes. De hecho, ya se ha ido.

Comprobaron con asombro cómo el Atkins había desaparecido en la oscuridad.

—No vendrá —prosiguió la muchacha—. Él les ha engañado. Es jacobita desde el levantamiento del 15. Se ha ido a buscar al ejército del príncipe Carlos y a marchar junto a ellos en su última batalla. Está dispuesto a morir.

—Entonces, ¿todo era una trampa?— dijo Perkins.

—No lo es— respondió Rose—. Ustedes no corren peligro. Al menos no del que piensan. Ahora entenderán por qué tienen que protegerme. Ahora tocaré para ustedes. Es peligroso, pero lo haré. Teniente Reid, cuide de su amigo. Para él será diferente.

John Reid dudaba. Se volvió hacia Perkins, que tampoco entendía nada. Pero en ese momento, Rose se sentó en el suelo, tomó la flauta y se la llevó a los labios.
Perkins despertó en la oscuridad. Le dolía la cabeza y se sentía extraño. Todo su cuerpo le hormigueaba.

—John —consiguió susurrar con mucho esfuerzo—. John, ¿dónde estás?

—Estoy contigo, amigo —oyó decir tras él.

Sintió como tomaba su mano. Había algo extraño en su voz.

—¿Qué ha pasado? ¿Por qué me he desmayado?

—¿No lo has visto? —dijo Reid como en un sueño—. ¿No has visto lo que ha pasado? Ha sido increíble. Es como si…

—John… Estoy ciego...

—Tranquilo. Ella dijo que podría pasarte. Te recuperarás. Volverás a ver, pero todo será diferente. Eso dijo.

—Debemos irnos—oyó decir a Rose. Su voz también sonaba muy débil.

—¿Qué ha pasado, John? En el nombre de Dios, ¿qué ha pasado? —gritó aterrorizado.



  1. Martinica, 1762

Los vientos de la guerra nunca dejaban de soplar para hombres como ellos. El mayor John Reid se secó el sudor bajo el refulgente sol del Caribe y miró a sus soldados. No pudo evitar pensar qué extraños se veían con sus casacas rojas y sus kilts entre aquellos árboles tropicales. Tal vez Alejandro había pensado lo mismo al formar a sus tropas en las selvas de La India. Luego recordó que aquellos se rebelaron y le hicieron regresar, y sonrió. Reid sabía que el 42 de Highlanders, la Negra Vigilante, no haría jamás algo así.

Los había visto combatir cuando él era solo un teniente, no muy lejos de su posición en Culloden, cuando el sueño de los Estuardo quedó por siempre ahogado en su propia sangre. Había visto perdida ya la esperanza de los clanes leales a Carlos, y cómo se lanzaron desesperados en su última carga contra las tropas inglesas, y cómo el 42 los barría, descarga tras descarga y a punta de bayoneta sin perder un solo hombre.

No, ellos nunca harían como los macedonios, ni siquiera allí, en el camino a Fort Royal, que los franceses habían fortificado con diligencia en aquel trecho, dominado por las laderas del Morne Tortenson, desde donde sus baterías causarían una masacre entre los infelices que intentaran pasar por allí. Y no había otro camino.

—Será una carnicería si seguimos. —oyó decir al sargento Rory Mcgull, un hombre pequeño pero fuerte como un toro, cuyo acento ofendía a Dios nuestro Señor.

Una mirada de sus hombres le hizo entender que el Mayor estaba a su espalda. Mcgull se dio la vuelta y le saludó reglamentariamente.

—Lo siento, mayor Reid —murmuró.

—No tiene por qué, Rory. Su valoración es correcta —dijo alejándose unos pasos, avanzando por el camino y observando las posiciones enemigas—. No es por casualidad que el 42 en esta maldita isla.

Los hombres sonrieron.

—Sin duda no lo es, señor- dijo Mcgull.

—Bien, despliegue a los exploradores y volvamos con los demás.

El general Moncton, comandante de la expedición, no había permitido que sus hombres establecieran un campamento propiamente dicho en Case Navire. No quería que se familiarizaran con la idea de permanecer allí mucho tiempo. Aquel era el tercer desembarco en quince días en sus infructuosos intentos de llegar a Fort Royal. El tiempo corría en su contra. Por eso el mayor Reid se había instalado en una choza de pescadores que sus habitantes habían abandonado cuando llegó la flota.

Cuando el mayor se acercó a su cabaña, un soldado se hizo cargo de su caballo. Antes de desmontar vio a su ayudante, que lo aguardaba con el rostro desencajado, y a una mujer mulata que se sentaba en el suelo, envuelta en un gran remolino de telas y faldas superpuestas. También parecía aguardarle allí, bajo un árbol. Canturreaba despreocupadamente y hacía dibujos en el suelo, pero cuando el Mayor se acercó, levantó el rostro y le dedicó una gran sonrisa. Muchos caballeros habrían pensado que solo cierto tipo de damas se permitirían sonreír de esa manera a un hombre, pero Reid percibió otra cosa. Eran las formas de alguien de otro mundo donde las reglas de conductas entre hombres y mujeres no exigían recato, pudor ni continencia. Donde podía tomarse aquello que se deseaba sin sufrir remordimientos ni convertirse en alguien reprobable. Donde Bien y Mal se difuminaban y las únicas leyes a respetar eran los misterios que la Naturaleza escribía en el reverso de las hojas, en el murmullo del agua o en la forma de las nubes. Otro mundo, en resumen, que pudo vislumbrar durante un instante en los carnosos labios de aquella mujer. Y cuando fue consciente de ello, sintió vértigo.

—¿Qué es esto, señor Herbert? —dijo quejándose a su ayudante.

— Mis disculpas, Mayor. Esa mujer vino preguntando por usted y, bueno, no hablo francés. No he podido echarla.

—Pues hágalo ahora, por Dios. No es el momento de distracciones.

—Señor, es lo que intento decirle. No he podido echarla.

Sólo entonces se dio cuenta de lo que pasaba realmente: Herbert estaba muerto de miedo.

Miró a la mujer y ella le devolvió la mirada, burlona, como si conociera sus pensamientos. Se inquietó.

—¿Qué desea usted? —dijo sin acercarse a la mujer.

Espero a que me llames, Jean-le-Rouge —dijo ella en francés.

Pero yo no la he llamado —respondió él. Conocía bien el idioma, aunque el acento caribeño resultaba aun extraño.

Por eso todavía espero —y sonrió de nuevo, mostrando sus grandes dientes blancos.

¿Cuál es su nombre?— inquirió tras dudar unos instantes.

Madeleine Traoré. Y tú eres Jean-le-Rouge —respondió dejándose de nuevo hacia el árbol. Sacó entonces una pipa que tenía preparada y la encendió despreocupadamente, dando por terminada la entrevista.

Estaba perplejo, pero puesto que ella parecía haber decidido no hacer nada más, se recompuso y se alejó hacia su cabaña. Miró una vez más hacia atrás. La señorita Traoré miraba al cielo, Herbert se había escabullido y marchaba tras él. Llegó entonces un mensajero del general Moncton buscándolo. Iban a celebrar un consejo, de modo que durante un buen rato, se olvidó de aquel extraño encuentro.
—Los franceses han tomado posiciones aquí, aquí y allí —dijo Robert Moncton sobre el mapa desplegado en su mesa de campaña—. Son buenas posiciones y con pocos hombres pueden bloquearnos el paso mientras desde el Morne Tortensen nos disparan a discreción.

Sobre el papel no era más que un remolino de curvas de nivel. Sobre el terreno representaba una pesadilla táctica que podía costarles cientos de vidas.

—Tenemos que eliminar esas baterías, caballeros —prosiguió—, y la única manera es el asalto frontal. Es inevitable.

Se hizo un silencio más que elocuente entre los oficiales.

—Pero antes los suavizaremos. He dado orden de desembarcar la mitad de la artillería de nuestra flota, además de los cañones de 40 libras. Les haremos bajar la cabeza antes de que lancemos el ataque.

Reid parecía escuchar, pero su mirada estaba perdida en el mapa, siguiendo sus finas líneas, cotas y anotaciones. Y vio entonces un hecho entre los dibujos: un fragmento que los ingenieros y cartógrafos de la Armada Real no habían sabido rellenar.

—¿Y qué hay ahí, en su extremo derecho? —preguntó entonces, interrumpiendo al general.

—No tenemos datos. La información de estos mapas se tomó hace veinte años y está incompleta. Apenas se exploró el interior de la isla —Moncton se fijó entonces en Reid. Lo conocía lo suficiente como para adivinar que tenía una idea-. ¿En qué piensa, John?

—Vengo de ahí arriba con mis hombres. La espesura me impidió ver demasiado lejos, pero en algún momento pude ver a través de un claro ese lado del Morne. Me pareció más despejado, pero con más pendiente.

—¿Y?


—¿Y si ascendiera por ese lado con mis hombres y desbordara su posición? Podría aparecer desde su retaguardia, en la posición más alta. Desde ella podría atacar las siguientes ladera abajo. Tiene que haber, después de todo, un camino por el que subieran todos esos cañones. Y todavía no lo hemos encontrado.

—Pero nosotros también estaremos bombardeando esa zona, Reid —dijo otro de los oficiales—. Y no sabemos dónde está ese camino.

—Mira la altura del Tortensen —respondió señalando al exterior—. Sólo vamos a llegar con las piezas de 40, y lamentablemente no tenemos tantas.

—Las de 36 libras podrían llegar.

—Serían más efectivas concentrando el fuego en la parte baja —dijo otro oficial.

Moncton escuchó hasta que juzgó que había oído suficiente.

—De acuerdo, Reid. El 42 subirán por ahí y buscarán ese camino. Tiene un día para prepararse. Mañana toda nuestra artillería estará en posición. Busque un guía para adentrarse en el bosque. Yo he estado antes en lugares como este. No es como pasear por el parque, si entiende lo que quiero decir. Podría andar dando vueltas todo el día.

John enmudeció. Tuvo la misma sensación que si reviviera un sueño.

—Qué extraño es todo esto… Sí señor, creo que tengo un guía.

Se encaminó a su cabaña. La señorita Traoré seguía sentada en el mismo lugar. Sin embargo, en cuanto que lo vio se puso en pie y se sacudió la arena de su falda.

—¿Usted conoce esta parte de la isla, madmoiselle? —dijo, y ella sonrió.

—La vieja Madelaine puede ayudar a Jean-le-Rouge.

«¿Vieja?», pensó Reid. En ese momento observó que tal vez sí lo era. Al menos, no tan joven como había pensado al principio. Y de repente, su rostro pareció cambiar al de la joven que percibió la primera vez.

—Bien, lo veremos. Y si me ayuda, la recompensaré.

Aquella misma noche se pusieron en movimiento los montañeses del 42, Reid y su misteriosa guía. Debían salir del camino y avanzar por la ladera en la oscuridad, pero aun así la perspectiva les pareció más alentadora que lanzarse de frente contra las posiciones francesas.

Cuando la luz de las estrella desapareció completamente ocultada por la negra espesura, el mayor dio permiso para encender una única lámpara en vanguardia. No estaba dispuesto a que estimaran su número si alguien los veía. Los demás hombres se mantuvieron unidos asidos a diferentes cuerdas.

¿Por qué nos ayuda, madmoiselle Traoré?— susurró John en la oscuridad durante un breve descanso.

En la oscuridad pudo ver cómo ella clavaba su mirada en él. Luego escupió en el suelo.

Putains les français!

Entiendo lo que siente por ellos, pero con los ingleses no le irá mejor.

Pero me irá bien contigo, Jean-le-Rouge, que lloraste en el vientre de tu madre —dijo llevando una mano al rostro del inglés, que retrocedió sorprendido—. Bien lo sé.

Debían avanzar una gran distancia para una marcha nocturna, pero no hacía aun un mes desde el solsticio de invierno y las noches eran un poco más largas, y cuando comenzó a clarear, la cima del Morne Tortenson apareció ante ellos, recortada entre los escasos huecos que dejaban las copas de los árboles.

— Qué mala suerte… Han talado los árboles. —exclamó Reid, desesperado y agotado.

Y así era. Habían llegado al pie de la pendiente, pero estaban en el nuevo borde del bosque. Los franceses habían talado la parte del mismo que ascendía por la ladera. No tenían apenas lugar para ocultarse o proteger su avance. Allá arriba se distinguían hogueras y linternas. Pues no habían descuidado sus enemigos su posición en ningún punto.

¿Por qué dudas, Jean-le-Rouge?

Las cosas no son como esperaba.

Pero tú puedes cambiarlo. Tú tienes un gran poder que puede derrotar a los franceses.

Sintió que un escalofrío recorría su espalda. En la penumbra, los ojos de Madelaine brillaban como estrellas.

De modo que es eso lo que quieres. Ahora lo veo claro. ¿Cómo lo has sabido?

Los espíritus me avisaron de que venías. La tierra se estremece bajo tus pies y yo quiero saber lo que tú sabes.



—No puedo enseñártelo.

Aun así puedo aprenderlo.

¿Y si me niego?

Tus hombres morirán aquí. Los franceses no tendrán piedad de vosotros. Tu nombre se cubrirá de vergüenza.

El Mayor se volvió hacia sus hombres que según llegaban se desplegaban donde terminaban los árboles. Meditó unos instantes.

—Sargento Mcgull —susurró, y este apareció al instante—. Avise a sus hombres. Tengo que hablarles a todos. Haremos un juramento.

¿Señor?

—Uno muy importante. E instruya a sus hombres para que derritan sus velas y preparen tapones para sus oídos. Si no, no quedará nadie en pie para atacar a los franceses.


No tardaron mucho en comenzar con el fuego de artillería desde ambos lados. Volaba el acero ardiente y tras él, pedazos de hombres, árboles y bestias. Durante una hora pareció que se habían abierto los infiernos y todos sus demonios rugían enloquecidos.

De súbito los tambores llamaron al asalto y con un gran grito, los casacas rojas se lanzaron ladera arriba. No pocos cayeron en los primeros instantes, mientras sus propios cañones intentaban reducir a los franceses. Y conforme ascendían, los artilleros enemigos comenzaron a cargar clavos y otros fragmentos de metal en lugar de las pesadas balas, y todo se convirtió en una carnicería. Pero cuando la primera brigada inglesa se iba a lanzar contra la más baja de las posiciones, que tanto daño les estaban haciendo, la tierra se sacudió y los franceses cayeron al suelo como cueros de vino acuchillados bajo el inconfundible silbido de la metralla. Tras un instante de desconcierto, alguien gritó:

—¡El 42! ¡El 42 ha llegado y los están atacando desde arriba!

Y con un gran aullido se lanzaron de nuevo a la carga.


Fue en verdad un ataque fulgurante y hubo muchos muertos, sobre todo entre los defensores. Toda la mañana persiguieron los ingleses a las fuerzas francesas que, tras la irrupción del 42, intentaron retirarse abriéndose paso entre ambos enemigos. Cuando se acabó la pólvora, la persecución siguió a espada y bayoneta, y los gritos de los que morían dispersos por la selva, con el rostro desencajado por el miedo y pidiendo cuartel en vano, no fueron escuchados. Pero se dijo más tarde que algunos de aquellos hombres juraban, entre estertores de agonía, que el bosque entero se había lanzado contra ellos con un rugido que helaba el alma. Que se movía o que brotaba de repente del suelo, y que la tierra se abría a sus pies y las rocas explotaban con un crujido que se sentía en los huesos. Y que bajo aquella terrorífica maraña de ramas y lianas, protegidos en el interior de la espesura enfurecida, había casacas rojas.


  1. 1944, estudio de grabación de la CBA.

Alan Lomax entró y sacudió su sombrero. La lluvia le había empapado el uniforme.

—Hola, Bob. —dijo al técnico de sonido.

Miró la hora. Siempre llegaba puntual. Le gustaba su trabajo. Muchos años después, el trabajo de Alan sería reconocido a nivel mundial. Incluso muchos dirían que había creado una nueva rama de la Musicología: el Folklorismo. La verdad es que Alan Lomax, por encima de todo, amaba la Música. Y ese amor iba mucho más allá de las partituras y colecciones de autores clásicos que tan conocidas y apreciadas eran en los países que se consideraban «civilizados». Influido tal vez por el trabajo de su padre, a quien había acompañado siendo un muchacho en sus viajes por las profundidades de Estados Unidos, Alan percibía que el mismo talento que se reconocía en un Beethoven o en un Mozart se hallaban por doquier en el mundo. Que obras maestras eran interpretadas a diario en todas las culturas y pueblos de La Tierra sin dejar rastro. Sentía que la Música no era sólo aquello que se tocaba en una sala de conciertos tras muchas horas de ensayos frente a los privilegiados oyentes que pagaban el precio de las entradas. Al contrario, era una sustancia viva y palpitante que brotaba como el agua de los manantiales y que acompañaba a los seres humanos en su vida diaria, ya fuera en una ruidosa ciudad moderna o en lo profundo de la selva; interpretada en un costoso violín o rasgada sobre una tripa de cerdo unida a una calabaza seca por alguien vestido únicamente con un taparrabos. Y si la diferencia en el reconocimiento de ambas se debía a su registro y catalogación, Alan Lomax se había propuesto sacar a la luz aquel mundo desconocido para tantos, dedicando su vida a buscar, grabar y emitir aquella música para que fuera conocida por todos. Aquello había supuesto muchos viajes y cierto reconocimiento. Reconocimiento que en aquel violento año de 1944 le había reportado trabajar en la emisora del Ejército para subir la moral de los soldados que luchaban en la guerra. Pues aun faltaban algunos años para que el macartismo y la caza de brujas se cebaran en él e incluyera su nombre en las listas negras junto a otros muchos intelectuales, obligándolo a exiliarse a Europa.

El hombre de la cabina miró la hora.

—Vamos bien. Tienes tiempo para prepararte.

Alan abrió su cartera y entregó unos cuantos folios a Bob.

—El guión de hoy.

El joven leyó por encima algunas frases, hasta que algo captó su atención y dejó de pasar hojas tan a la ligera.

—¿Qué demonios es esto? ¿Sabes lo que va a decir el general cuando escuche tu programa?

Alan se encogió de hombros. Sonreía de modo especial.

—A todo el mundo le gusta oír historias. Hasta a los soldados en suelo enemigo. No, especialmente a ellos. Les recordaremos que hay algo más allá del horror en el que viven.

Se sentía a gusto en el estudio. Colgó la chaqueta, se sentó y se puso los pesados auriculares. Entonces miró a Bob a través del ventanal, que hacía la cuenta agrás con los dedos. Cuando llegó a cero, se encendió el rótulo de «En el aire» y un leve escalofrío de satisfacción recorrió su espalda. La cortinilla de presentación de su programa terminó y comenzó a hablar.

—Buenas noches a todas las personas de bien que nos escuchan. Ojalá que mis palabras os lleguen en un momento de paz. Aquí, en casa, sabemos lo bien que lo estáis haciendo y nos sentimos orgullosos de vosotros, muchachos. Y ahora que hemos desembarcado en Europa, solo puedo deciros que gracias a vuestro esfuerzo y sacrificio, el fin de la guerra se halla muy próximo. Esta música es para vosotros”. —En ese momento, según había previsto, sonó una extraña marcha lenta.

»Supongo que sólo algunos de nuestros aliados escoceses habrá reconocido esta melodía. Para el resto será desconocida. Se llama «The garb of Old Gaul» y fue compuesta por un general británico llamado John Reid. Fue especialmente creada para el 42º Regimiento de Highlanders. El 42º Regimiento, conocido en su época como “La Negra Vigilante”, hoy en día es el Real Regimiento de Highlanders. Mirad a vuestro alrededor. Tal vez el hombre a vuestro lado sea uno de ellos.

«Esta historia que tengo para vosotros comienza con un milagro. Uno que vi con mis propios ojos en la prisión estatal de Hollow Meadows, cuando acompañaba a mi padre haciendo grabaciones para la Biblioteca del Congreso. Un milagro que tenía forma de canción, pero no una normal. No estaba hecha para oídos humanos. Ahora lo sé. Y sin embargo, era una canción que un preso tocó para nosotros con su vieja guitarra, que pidió como último deseo ya que iba a ser ejecutado al día siguiente. Un milagro que fue presenciado por al menos siete personas, pero sobre el que los periódicos sólo emitieron una escueta nota, sin nada extraordinario, porque ninguno pudo explicar lo que había pasado.

»Muchas veces he pensado en aquella canción. ¿Cómo podría alguien componer algo así? ¿De dónde venía? ¿En qué consistía su poder? Todas estas preguntas seguían dando vueltas en mi cabeza, así que algunos años después intenté encontrar su origen. Recorrí el sur del país buscando su rastro. Hablé con todos los que pudieron darme señas de aquel extraño hombre y su guitarra. Finalmente salté al Caribe, concretamente a la isla de Martinica, donde había nacido. Durante semanas la recorrí en vano, hablando con músicos locales, con sacerdotes y hasta con brujos. Brujos auténticos, respetados y temidos como tales. Y ocurrió que encontré un rastro. Visité un lugar, una colina que los lugareños llamaban «el bosque del inglés» y del que se contaban extrañas historias. Era un lugar temido y pocos se aventuraban a pasear por allí. Se decía que un general inglés, portador de un terrible poder, había hecho nacer aquel bosque en una sola noche para atacar a los franceses. Investigando aquel hecho encontré una conexión, pues en aquella batalla, que tuvo lugar la Guerra de los Siete Años, luchó un tal mayor John Reid, que estuvo al mando del 42º Regimiento de Highlanders y que se había destacado en el asalto de las posiciones francesas de aquella colina, el Morne Tornensen. Aquella colina en la que crecía «el bosque del inglés». Un bosque encantado.

»¿Qué extraño poder había usado John Reid, si aquello era cierto? En vez de respuestas, sólo encontré más preguntas, así que seguí investigando al mayor Reid. Y encontré algo: en Escocia hay una ciudad llamada Inverness. De ella salía un estrecho camino por la ribera izquierda del río Ness, que a través de las boscosas laderas ascendía suavemente hasta el lago del mismo nombre. Se dice que es el primer lugar del país al que llega la primavera, y entonces aquellos parajes adquieren una belleza casi irreal. Fortalecidos, rejuvenecidos, los bosques de robles parecen despertar y desperezarse, estirando sus ramas y haciendo fluir desde sus nuevas hojas sus preciosos fluidos. Y no hay rosa, ni violeta, ni blanco ni amarillo como el de las flores que flanquean aquel camino y cubren los claros que dejan al morir algunos de aquellos árboles milenarios, vencidos por el tiempo, tumbados por los fuertes y fríos vientos del norte, o rotos por un rayo en las terribles noches de invierno. Hermosos insectos vuelan perezosamente sobre ellos y el canto de los pájaros se mezcla con el suave arrullo de las ramas mecidas por la brisa. Tal es su naturaleza que los hombres doctos cuentan que los antiguos escoceses hicieron del lugar un bastión de resistencia contra los invasores romanos que, a pesar de sus intentos, nunca consiguieron controlar la región. En Inverness según la tradición, estaba el castillo de Macbeth, cuyo destino se selló misteriosamente cuando el propio bosque de Birnam se lanzó contra las murallas de Dunsidane...

»No lejos de allí tuvo lugar la última batalla de las guerras jacobitas: la batalla de Culloden. Y en ella participó un joven teniente llamado John Reid. Mucho ganó la casa de Hannover en aquella batalla. Y grande fue el botín de los casacas rojas, puesto que los rebeldes se habían jugado el todo por el todo. Pero Reid, además, regresó con algo más: una extraña joven, poseedora de un gran secreto en forma de canción.

»Hoy he recibido desde Escocia un valioso paquete. Procede de la Universidad de Edimburgo, donde un general llamado John Reid estableció una cátedra de Música a finales del siglo XVIII. Al igual que mi padre, él no solo tocaba y componía música. También investigaba sus raíces y compilaba música popular. Y fue investigando como se encontró con esta extraña joven, llamada Rose Atkins. Lo que voy a leeros a continuación es lo que he transcrito a partir de las fotos del diario personal de Reid que fue donado tras su muerte, junto al resto de su archivo personal, a la Universidad.

«15 de octubre de 1746.

He dejado de tener miedo y he pedido a Rose que vuelva a interpretarla. Apenas encuentro palabras para describirla. Es compleja en la alternancia de notas y ritmos. No respeta ninguna escala y sin embargo, es radiante al oído. Es terrible y hermosa, perfecta del mismo modo que lo son las piedras pulidas por el agua, la espiral de las caracolas marinas o el silbido del viento entre las rocas: la perfección de aquello que no ha sido tocado ni hecho por el hombre.

18 de octubre de 1746.

Rose se ha sorprendido cuando intenté transcribirla, pero fue imposible. Debo reconocer que sólo tras un gran esfuerzo conseguí recordar algunas notas, incluso aunque acabara de oírlas, pero el pentagrama es inútil. Tampoco tengo suficiente con los símbolos normales. Todo nuestro sistema de transcripción es sencillamente demasiado rígido y limitado para plasmar sus sutilezas.

Me dijo que muy pocos pueden escucharla sin desmayarse y mucho menos recordarla. Sólo alguien nacido en el momento exacto del crepúsculo podría hacerlo, una creencia perteneciente a la fuerte componente feérica de las tradiciones de Inverness.

20 de octubre.

Al fin me ha contado dónde la aprendió. En el amanecer del Beltain, Rose salió a buscar agua, y sin saber cómo, se perdió. Me narró cómo sintió que algo la llamaba hacia el corazón del bosque. Algo que quería cuidarla y abrigarla del frío. Llegó a un extraño claro que no había visto nunca, y se sintió, según sus propias palabras, «mejor de lo que había estado jamás» Y de repente oyó aquella canción, que parecía brotar de cada árbol. De súbito, las flores a su alrededor se abrían y las hojas rebrotaban en las ramas. A sus pies veía desaparecer la escarcha y reverdecer el suelo del bosque. Los helechos se desenrollaban y crecían. Y mientras, la melodía se extendía tocada por cientos de pequeños músicos ocultos en las largas sombras de la espesura. Músicos que ella pudo ver entonces. «Hadas», las llamó. Elfos y hadas del bosque que tocaban aquella canción para despertar a la primavera. Que era en Inverness, en aquella región que los antiguos escoceses protegieron con tanta fiereza frente a los invasores romanos, donde se celebraba el cónclave féerico que daba final al invierno, donde se abrían las primeras flores y desde donde se extendía el verdor por la tierra, transportado por la poderosa música de aquellos seres invisibles.»


»Aquí termino el relato del general Reid. Para vosotros, soldados que lucháis por el fin de los tiranos del mundo, tal vez sea esta la historia más extraña. Pero precisamente vosotros que habéis descendido al infierno para proteger precisamente todo lo bueno, ¿no podrías pensar que puede haber algo de verdad en todo ello? ¿Qué no acabáis de oír lo que muchos llamarían con desprecio “solo un cuento de hadas”? Recordad, valientes soldados, a pesar del horror que os rodea, que en este mundo sigue habiendo cosas hermosas, aun invisibles. Que todos vosotros habéis sido testigos alguna vez de un milagro, aunque sea uno pequeño como la risa de un niño, una canción junto a un río, o una mano que nos acaricia el cabello. Y que protegerlas y luchar por ellas nos convierte en mejores personas. Nos convierte en héroes. Recordadlo.
«Recordad… Recordad». Las palabras aun resonaban en el aire cuando, de repente, recordó.

Recordó el asfixiante calor que hacía en el bloque de los condenados a muerte de la prisión de Greentree. Recordó cómo Skinny Moses tomó su guitarra y con el primer acorde que rasgó, un terrible escalofrío recorrió su espalda y sintió como si una mano invisible apretara su cabeza hasta ahogarlo en dolor. Pero lo soportó. Vio entonces a su padre y a los guardias, con los ojos en blanco, pero el miedo le impidió reaccionar. Sólo podía seguir oyendo a aquel extraño hombre tocando como nunca había visto hacerlo a nadie. Y como de repente, el suelo se agrietó y las paredes crujieron, y por aquellos diminutos espacios se abrió paso la vegetación. Primero fueron solo unos zarcillos, pero no tardaron en elevarse verdes tallos que instantes después se habían vuelto leñosos, y cientos de insectos del bosque aparecieron sobre ellos. Y vio crecer ante sus ojos sauces, acacias y jacarandas, que detrás de los barrotes formaron una mágica espesura en la que el músico desapareció. Luego hubo otro gran crujido y toda aquella parte del edificio se derrumbó por el peso de los árboles. Y nadie en el mundo volvió a ver jamás a Skinny Moses.




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