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El autor, embajador del servicio diplomático peruano y hoy consultor de las Naciones Unidas, traza el panorama de la globalización -la transnacionalización- y lo que puede esperar el Perú como parte del Tercer Mundo


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Sueños globales y miserias nacionales

Oswaldo de Rivero



El autor, embajador del servicio diplomático peruano y hoy consultor de las Naciones Unidas, traza el panorama de la globalización -la transnacionalización- y lo que puede esperar el Perú como parte del Tercer Mundo. La revolución tecnológica corre pareja con el crecimiento demográfico, pero plantea nuevos problemas sociales.

Como resultado del fin de la guerra fría, los Estados- Naciones no compiten ya ideológica ni militarmente. Las preocupaciones estratégicas sobre la disuasión nuclear, el balance de fuerzas militares convencionales, las posibilidades de guerra subversiva, de no alineamiento, de paz o guerra mundial, consustanciales con la «alta política» del Estado, están siendo reemplazadas por funciones estatales de «baja política», como son privatizar y desregular las actividades económicas, financieras y comerciales. Hoy el poder de las naciones no nace de las armas nucleares, ni de la cantidad de divisiones y aviones o flotas, sino de su poder económico y tecnológico.

Para adquirir el nuevo poder internacional los países, tanto pobres como ricos, buscan inversiones extranjeras y tratan de ganar mercados. Para ello necesitan a las empresas trasnacionales. Hoy todos los países hacen cola para atraer inversiones y tecnología de estas empresas. Sony compra parte de Hollywood, con beneplácito de los americanos, mientras que Microsoft es bienvenido por japoneses y europeos. Todos quieren inversiones de Mercedes y ningún país puede sentirse moderno sin CNN. Si el belicoso siglo XX perteneció a los Estados-Naciones, el inestable siglo XXI parece que pertenecerá a estos nuevos actores globales no estatales.

Las arañas que tejen la madeja global del nuevo poder planetario son las empresas trasnacionales. De los 185 Estados que componen la comunidad internacional, solo el PNB de los veinte países más ricos del mundo supera las ventas brutas de las más grandes empresas trasnacionales. Estas empresas han creado un mercado global que funciona las veinticuatro horas del día y sus actividades han perforado las soberanías nacionales por todos lados. Hoy las transacciones económicas globales no las realizan los Estados-Naciones; las hacen, en su mayor parte, las empresas trasnacionales. Las estadísticas de inversiones y comercio internacionales siguen todavía un enfoque tradicional al atribuir todas estas transacciones a los países, cuando, en realidad, la mayoría de ellas ocurren entre las empresas trasnacionales o entre estas y sus subsidiarias.

Es muy común escuchar afirmaciones sobre que tal país tiene o no tiene una economía competitiva. En realidad, no existen economías nacionales «competitivas»; son las empresas ubicadas en los países las que son competitivas. Una economía nacional no podría ser globalmente «competitiva» sin empresas trasnacionales. Singapur, Hong Kong, Suiza, Alemania o Tailandia son economías «competitivas» porque tienen empresas trasnacionales o porque son sede de una multitud de actividades trasnacionales.

Para ganar mercados y mantener la competitividad internacional de lo que todavía se denomina economía nacional, los Estados-Naciones se están convirtiendo en una suerte de intermediarios y promotores de las empresas trasnacionales. Desde 1985 casi todos los Estados han cambiado sus políticas, desregularizando y privatizando sus economías y negociando internacionalmente, como fue el caso de la Ronda Uruguay del GATT, para remover los obstáculos que afectan a la inversión trasnacional. Por otro lado, los programas de ajuste estructural del Banco Mundial han servido para impulsar e imponer reformas en el mundo en desarrollo en favor de esta inversión. Hoy el futuro de las economías nacionales no se decide en las Casas de Gobierno, ni en los Parlamentos; tampoco en las decisiones del Grupo de los 7; sino en los directorios de las empresas y bancos trasnacionales, en las Bolsas de Nueva York, Londres, Frankfort, Tokio, París y, además, para los países pobres del Sur, en los directorios del Banco Mundial y del FMI.

Este proceso de integración trasnacional y de globalización de la economía es producto de una revolución tecnológica sin precedentes que está originando increíbles oportunidades de prosperidad, pero también miserias nacionales que se traducen en un mundo inestable que produce desempleo, exclusión social, inviabilidad económica, desintegración nacional, deterioro ecológico y violencia mundial. Miserias que, a la larga, serán la bˆte noire de la globalización.

Al coincidir el avance tecnológico y la automatización global con la explosión demográfica en el Sur del planeta, se convertirá en el próximo milenio en un factor adicional de desempleo. La revolución tecnológica no puede absorber los 47 millones de personas que ingresan anualmente al mercado del trabajo en el mundo.

Pero el problema no es solo que hay menos empleo en Europa, el Japón o el Perú, sino que, con esta enorme cantidad de gente ofreciéndose globalmente para trabajar, las empresas trasnacionales pueden obtener condiciones de trabajo y salarios muy por debajo de los habituales. No solo cientos de miles de obreros norteamericanos han perdido sus empleos por la migración de factorías en busca de mano de obra barata en la economía global, sino que miles de maquiladores en Filipinas, México o Indonesia trabajan sin sindicato, con cortos contratos o son despedidos cuando se encuentra mano de obra inclusive más barata o se automatiza.

La revolución tecnológica y la explosión demográfica coinciden así originando un proceso estructural de desempleo y no-sindicalización, un fenómeno de «desproletarización» inimaginable para Marx y los fundadores de la socialdemocracia.

La revolución tecnológica está también «desmaterializando» la producción. En efecto, la producción industrial está necesitando cada vez menos materias primas y energía por unidad producida. Los minerales y los productos agrícolas primarios están siendo reemplazados conforme avanzamos al nuevo milenio. La nueva «materia prima» es la información, la investigación y el desarrollo científico- tecnológico, y la creación de nuevos materiales artificiales o semiartificiales.

Las modernas industrias de aeronáutica, automóvil, espacial, electrónica, cibernética, microelectrónica, telecomunicaciones, utilizan cada vez menos metales. Asimismo, los sucedáneos están reemplazando a las fibras naturales, a los productos agrícolas. La informática y los nuevos materiales artificiales más ligeros economizan petróleo y gas. Una suerte de selección natural científico- tecnológica comienza a marginar a Estados-Naciones orgullosos de sus «recursos naturales», que han jugado su viabilidad económica nacional invirtiendo en las anacrónicas «ventajas comparativas» de sus productos naturales y primarios.

La inversión extranjera para inversiones productivas no es tan global ni tan abundante. Hoy existe una hambruna de capital productivo en los países en desarrollo. Los países desarrollados concentran casi el 80% de la inversión trasnacional productiva del mundo. La inversión moderna con nuevas tecnologías no necesariamente es atraída por los recursos naturales y la mano de obra barata del Sur. Solo una docena de países en desarrollo tienen significativa inversión productiva moderna, la mayoría asiáticos. En América Latina las trasnacionales solo han concentrado sus inversiones en nuevas factorías globales con tecnología avanzada en México y Brasil.

El único capital que es realmente global es el capital del mercado financiero. Este capital, sumamente nervioso y especulativo, solo hace cortas visitas migratorias a los mercados financieros llamados «emergentes» de los países pobres y puede salir en estampida, dejándolos insolventes en horas, con una sola operación de las computadoras de unos cuantos brokers extranjeros, como pasó en México. En todo caso, esta inversión financiera especulativa de corto plazo, si bien sirve para importar y manejar los problemas de cuenta corriente, no crea nuevas industrias tecnológicamente avanzadas con ventajas competitivas globales ni tampoco empleo importante.

Solo cuatro o cinco economías nacionales han salido del llamado mundo en desarrollo y pertenecen realmente al club de las economías globales con tecnología de punta, superando la producción primaria. Parece que muy pocas se les unirán en el próximo siglo. Hoy muy pocos países del Sur participan con empresas competitivas no primarias en la economía global moderna. Aparte de los NIC asiáticos (Hong Kong, Singapur, Corea del Sur, Taiwan), solo Malasia, China, India, Brasil, México e Indonesia están emergiendo con selectas industrias y servicios tecnológicamente insertados en las actividades productivas globales industriales de las empresas trasnacionales.

Se calcula que durante los próximos veinte años los países pobres necesitarán una inversión de 300 billones de dólares anuales para modernizar su producción, salir de la trampa de los productos primarios, vencer el crecimiento de su población e integrar a las mayorías nacionales como vendedores y compradores de la economía global. Esta inversión tendrá que venir mayormente del capital extranjero. Esto no es nada fácil. Hoy la inversión extranjera, incluyendo la compra de acciones en negocios locales, inversión en portafolio y préstamos bancarios y otras formas de inversión directa, llega solo a 100 billones de dólares, muy por debajo de los 300 que se necesitan1.

Sin inversión trasnacional productiva en las regiones donde vive la mayoría de la humanidad, el gran «supermercado global» no tendrá muchos clientes. Solo blue jeans, rock-music, series televisivas, films, fast food y cigarrillos estarán al alcance de la mayoría de los habitantes del globo. Inmuebles, automóviles y botes, inclusive que no son de lujo, Vhs, faxs, cable TV, computadoras multimedia, cd-rom, teléfonos digitales, información científico- cultural, idioma inglés, tarjetas de crédito internacional, turismo al extranjero, Disney World, Internet y otras preciosidades globales son todavía sueños que produce la publicidad televisiva global para la mayoría de la población, hasta en las más apartadas regiones del globo.

De los 5,6 mil millones de personas que pueblan el planeta, 4,5 mil millones carecen de liquidez o crédito para comprar en la economía global2. La mayoría de la población del planeta hace window shoping en la economía global (compra mirando vitrinas).

La desproletarización de la producción, la desmaterialización primaria de la industria, la falta de inversión donde existen ventajas comparativas en mano de obra y recursos naturales, y la posibilidad de crecimiento de la economía mundial sin creación de empleo, dejaría perplejos a David Ricardo, Marx, Schumpeter, Keynes y Prebisch. Estos nuevos fenómenos de la revolución tecnológica crean una prosperidad bastante selectiva y son como un latigazo de la realidad para los teólogos del neoliberalismo que consideran que la mano invisible del mercado global desparrama automáticamente prosperidad nacional por doquier.

No están naciendo nuevos «tigres» con empresas tecnológicamente avanzadas y con ventajas competitivas en América Latina, Africa y Asia. La pobreza ha aumentado en el mundo. Muy pocos países se han librado de la trampa de la inviabilidad nacional que constituyen los pocos ingresos de su exportación primaria combinados con el crecimiento alarmante de su población urbana. A comienzos del próximo milenio, más del 60% de la población de los llamados países «en desarrollo» vivirán en megápolis sin servicios, altamente contaminadas, con alto desempleo, delincuencia y precaria seguridad pública, soñando con los bienes de consumo y las imágenes de prosperidad que la televisión global les ofrece en medio de sus miserias nacionales.



1 Felix Rohatyn: New York Review of Books, 14 de julio de 1995.

2 Richard J. Barnet y John Cavanagh: A. Touchstone Book. New York: Simon & Schuster.


Desco / Revista Quehacer Nº 98 / Nov-Dic 1995


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