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El amor y la muerte en el amor en los tiempos del cólera


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EL AMOR Y LA MUERTE EN EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA.

Juan CANO CONESA

Mercedes GUZMÁN PÉREZ



0. Consideraciones generales sobre el amor y la muerte.
El capitán miró a Fermina Daza y vio en sus pestañas los primeros destellos de una escarcha invernal. Luego miró a Florentino Ariza, su dominio invencible, su amor impávido, y lo asustó la sospecha de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites (páginas 494-495).
No hace falta insistir en el contenido argumental de la novela para llegar a la conclusión de que ésta llega a ser todo un tratado sobre el paso del tiempo y sobre el amor, presentado éste con todas las variantes posibles: amor luminoso, ilusionado, atormentado, oscuro, decepcionante, romántico, insatisfecho, apasionado, resignado, exacerbado, sexual, hiperestésico… El relato es un perfecto tratado del tiempo, destructor de vidas, pero desguarnecido y trémulo ante la fuerza de un amor tan terco como el que Florentino Ariza profesa a Fermina Daza. Se trata de un amor intenso y concluyente que nos recuerda al que cantara Quevedo en su espléndido soneto “Amor más allá de la muerte”: un amor que sobrepasa los límites del tiempo y que podría quedarse temblando incluso después de la muerte. También es –a qué negarlo- una peripecia de amor domesticado, como el que se profesan los esposos Juvenal Urbino y la citada Fermina Daza: amor convencional (amor en zapatillas), que habita en la mansión de la costumbre. Queremos decir que el amor de Florentino Ariza era un amor lleno de lirismo y pasión, el de los esposos citados es un amor práctico, y más o menos resignado. Matizaremos todo esto más adelante.
El narrador sabe que el amor auténtico está asociado a la idea de la muerte, y que ésta es intransigente y severa. Pero también que cualquier recuerdo, que cualquier turbulencia emocional se filtra por entre las rendijas del tiempo y puede llegar a instalarse en alma del enamorado, sobrepasando los efectos devastadores de la muerte. El amor, el gran protagonista de la novela, habita en el corazón de un personaje que luce ropajes de pajarraco (Florentino Ariza) y que se presenta ante su eterna amada (Fermina Daza) el día del entierro de su marido, Juvenal Urbino. “Abrumada por la pesadumbre, le rogó a Dios que le mandara la muerte esta noche durante el sueño, y con esa ilusión se acostó, descalza pero vestida, y se durmió al instante. Durmió sin saberlo, pero sabiendo que continuaba viva en el sueño, que le sobraba la mitad de la cama, y que yacía de costado en la orilla izquierda, como siempre, pero que le hacía falta el contrapeso del otro cuerpo en la otra orilla. Pensando dormida pensó que nunca más podría dormir así, y empezó a sollozar dormida, y durmió sollozando sin cambiar de posición en su orilla, hasta mucho después de que acabaron de cantar los gallos y la despertó el sol indeseable de la mañana sin él. Sólo entonces se dio cuenta de que había dormido mucho sin morir, sollozando en el sueño, y que mientras dormía sollozando pensaba más en Florentino Ariza que en el esposo muerto” (página 80-81).
El temor de que la muerte pudiera dejar inconclusas las expectativas amorosas de Florentino (éste ve tropezar a Fermina a la salida del cine), sobrecoge al enamorado y provoca “el relámpago pánico de que la puta muerte iba a ganarle sin remedio su encarnizada guerra de amor”. No ocurre así; gana la partida el amor que siente este telegrafista desmejorado y viejo, que, cincuenta años atrás, quedara embelesado ante la figura de aquella muchacha a la que veneró desde entonces y para siempre: “Al pasar frente al cuarto de coser vio por la ventana a una mujer mayor y a una niña, sentadas en dos sillas muy juntas, y ambas siguiendo la lectura en el mismo libro que la mujer mantenía abierto en el regazo. Le pareció una visión rara: la hija enseñando a leer a la madre. La apreciación era incorrecta sólo en parte, porque la mujer era la tía y no la madre de la niña, aunque la había criado como si lo fuera. La lección no se interrumpió, pero la niña levantó la vista para ver quién pasaba por la ventana, y esa mirada casual fue el origen de un cataclismo de amor que medio siglo después aún no había terminado”. Esa visión fue la antesala de un amor rotundo y paradigmático que atravesará de principio a fin novela excepcional.
Así, pues, volviendo al recuerdo del poeta (Florentino Ariza) que llegó a identificar con maestría los sentimientos que despiertan el amor y la muerte, llegamos a la conclusión de que tanto uno como otra se convierten en los dos grandes temas en El amor en los tiempos del cólera. No hay amor sin muerte. Incluso podemos afirmar que la muerte puede llegar a mitificar el amor que los personajes se profesan, aunque ese amor no fuera en vida todo lo mitificable ni lo intenso que pudiera esperarse. Así, leemos a propósito de la muerte del Dr. Juvenal Urbino: “El corazón le saltó en astillas cuando vio a su hombre tendido bocarriba en el lodo, ya muerto en vida, pero resistiéndose todavía un último minuto al coletazo final de la muerte para que ella tuviera tiempo de llegar. Alcanzó a reconocerla en el tumulto a través de las lágrimas del dolor irrepetible de morirse sin ella, y la miró por última vez para siempre jamás con los ojos más luminosos, más tristes y más agradecidos que ella no le vio nunca en medio siglo de vida en común, y alcanzó a decirle con el último aliento: “Sólo Dios sabe cuánto te quise” (página 69).
El amor en los tiempos del cólera puede describirse como una novela de amor, pero también de muerte. Atendiendo a esta segunda consideración, vemos que es muy significativo el hecho de que el relato se abra con un suicidio (el de Jeremiah de Saint-Amour) y se cierre, a 18 páginas del final, con la noticia de otro suicidio: el de América Vicuña, la última de las amantes de Florentino Ariza:


  1. “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados […] El refugiado antillano Jeremiah de Saint-Amour, inválido de guerra, fotógrafo de niños y su adversario de ajedrez más compasivo, se había puesto a salvo de los tormentos de la memoria con un sahumerio de cianuro de oro” (página 11).

  2. “Empezaba a dormirse, cuando el contador del buque lo despertó a las cinco en el puerto de Zambrano para entregarle un telegrama urgente. Estaba firmado por Leona Cassiani, con fecha del día anterior, y todo su horror cabía en una línea: América Vicuña muerta ayer motivos inexplicables” (página 477). Era ésta una muchacha tan joven, que “… no tenía edad para pensar en la muerte” (página 392).

Desde el primer párrafo, asistimos a la presentación de una doble visión temática (paralela a la del amor y la muerte) que nos descubrirá desde bien pronto la serie de pares opuestos que fluyen a lo largo de la narración. Es muy reveladora en este sentido la hermosa declaración del narrador: “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”. Vemos cómo se combinan las dos parejas de vocablos (‘almendras amargas’ y ‘amores contrariados’) en una asociación de afinidades significativas y de contrastes que incrementan la intención dramática. Así, haciendo una interpretación muy audaz, podríamos afirmar que ‘almendras’ y ‘amores’ presentan una relación de sinonimia contextual (también ‘amargas’ y ‘contrariados’), mientras que los vocablos que componen cada sintagma establecen una relación de antonimia: ‘almendras’ (valoración positiva) tendría una relación de antonimia contextual con ‘amargas’ (valoración negativa) y ‘amores’ (valoración positiva) la mantendría con ‘contrariados’ (valoración negativa).

Lo que se cuenta en la obra es, sobre todo, la historia de un amor al que sólo la muerte puede poner fin. Morir de amor fue el deseo que transmitió el padre casual de Florentino, a través de un texto escrito en el que expresaba lo siguiente: “Lo único que me duele de morir es que no sea de amor”, página 243). Ya hemos señalado cómo nada más comenzar la novela, la muerte hace su aparición. Pero la muerte de Jeremiah de Saint-Amour no es una muerte inesperada, sino que está programada de antemano (suicidio), desde que el propio personaje comienza a vislumbrar los estragos de la vejez: “Muchos años atrás, en una playa solitaria de Haití donde ambos yacían desnudos después del amor, Jeremiah de Saint-Amour había suspirado de pronto: “Nunca seré viejo”. Ella lo interpretó como un propósito heroico de luchar sin cuartel contra los estragos del tiempo, pero él fue más explícito: tenía la determinación irrevocable de quitarse la vida a los sesenta años” (página 29). En el anterior fragmento, observamos cómo se unen en dramática conjunción el amor, el tiempo y la muerte. Pues bien: en el mismo primer capítulo, y a muy pocas páginas de distancia, se nos presenta otra muerte (la de Juvenal Urbino), en esta ocasión, absurda e inesperada: dos muertes, pues, abren una hermosa historia de amor. He aquí el hermoso fragmento en que vuelven a conjuntarse la muerte y el amor en un todo indisoluble e ineludible: “El corazón le saltó en astillas cuando vio a su hombre tendido bocarriba en el lodo, ya muerto en vida, pero resistiéndose todavía un último minuto al coletazo final de la muerte para que ella tuviera tiempo de llegar. Alcanzó a reconocerla en el tumulto a través de las lágrimas del dolor irrepetible de morirse sin ella, y la miró por última vez para siempre jamás con los ojos más luminosos, más tristes y más agradecidos que ella no le vio nunca en medio siglo de vida en común, y alcanzó a decirle con el último aliento:

-Sólo Dios sabe cuánto te quise” (página 69).


Y tras la muerte, de nuevo el amor. Con la muerte de Juvenal Urbino, se cumple el deseo de Florentino Ariza, que, retomando el hilo de su historia de amor antiguo, ve la oportunidad de conseguir sus aspiraciones aplazadas. Esa muerte supone el reinicio de las estrategias amorosas de algo que quedó pendiente y, por lo tanto, de algo que viene a ser el final de una prolongada espera: “Fermina, he esperado esta ocasión durante más de medio siglo para repetirle una vez más el juramento de mi fidelidad eterna y mi amor para siempre” (página 79). Parece que se pasó la vida esperando, pues Florentino esperó sentado en el parque mientras leía poemas, esperó las respuestas de Fermina a su solicitud de matrimonio, esperó los mensajes furtivos que ésta le mandaba durante al “viaje del olvido”, esperó y deseó la muerte del marido. En definitiva, se pasó la vida demostrando que el amor es más consistente que la idea de la muerte. Al final, muy al final de su vida (durante la vejez), consiguió su propósito.


  1. El amor.




    1. Amor platónico.

El amor que se profesan de jóvenes dos de los principales personajes de la novela, Florentino Ariza y Fermina Daza, viene a ser, en principio, un amor fervoroso y lleno de misterios. Pero la atracción que existe entre ellos quedará truncada de un plumazo tras el “viaje del olvido”. No obstante, y antes de que esto ocurra, hay que admitir que Fermina siente una curiosidad irreprimible ante el enigma que ofrece la figura de Florentino, un individuo extraño, algo silencioso y sombrío. Esta curiosidad es la antesala del amor. Así, pues, Fermina llega a enamorarse de Florentino Ariza. Pero claro, la reflexión sobre la realidad pone las cosas en su sitio y se resuelven las dudas; de hecho, la realidad aconseja a Fermina que ponga fin a esas relaciones, pues el extravagante poeta del amor es un desconocido, una persona casi sin identidad: “Fue entonces cuando Fermina Daza tuvo la revelación de los motivos inconscientes que le impidieron amarlo. Dijo: “Es como si no fuera una persona sino una sombra”. Así era: la sombra de alguien a quien nadie conoció nunca”.


A Florentino Ariza no sucumbe ante la decisión de Fermina. Al contrario, queda perturbado por los efectos de un torbellino apasionado y siempre vivirá ungido por los estigmas del recuerdo, de la constancia y de la fidelidad. Su convicción es tan rotunda, que perseguirá su idea de conseguir a la amada hasta el último soplo de esperanza. Su amor sobrevivirá a los vaivenes de los años y a los grandes contratiempos del azar y de la indiferencia de su amada, que decide aliarse con el olvido y casarse con el doctor Juvenal Urbino. Tras el viaje que lleva a cabo Fermina, la ilusión mitificadora y engañosa que ésta mantenía durante la ausencia, se desvanece y, en un instante, decide no mantener la relación: “No, por favor –le dijo-. Olvídelo”. El rechazo, en cambio (ya lo hemos dicho), no provoca una retirada resignada del amante poeta, sino que, por el contrario, toma la determinación de que, tarde o temprano, Fermina será suya.
El amor de los dos personajes termina, pues, como suele terminar todo aquello que se ha fraguado en el ámbito de las quimeras y de los espejismos: cediendo el paso a la realidad. Pero antes de que llegue la realidad a imponer su dictado, Florentino es un romántico empedernido que pretende ofrecer a la amada los efectos de su locura: “No hay mayor gloria que morir por amor” –le dice a Lorenzo Daza, padre de Fermina-. Además, ha intentado sacar a flote el galeón San José, hundido en 1708. De nuevo la realidad y la “cordura” impone sus principios y provoca el desenlace: “Habría persistido en la empresa, de no haber sido porque varios miembros de la Academia de la Historia lo convencieron de que la leyenda del galeón náufrago era inventada por algún virrey bandolero, que de ese modo se había alzado con los caudales de la Corona. En todo caso, Fermina Daza sabía que el galeón estaba a una profundidad de doscientos metros, donde ningún ser humano podía alcanzarlo, y no a los veinte metros que decía Florentino Ariza. Pero estaba tan acostumbrada a sus excesos poéticos, que celebró la aventura del galeón como uno de los mejor logrados. Sin embargo, cuando siguió recibiendo otras cartas con pormenores todavía más fantásticos, y escritos con tanta seriedad como sus promesas de amor, tuvo que confesarle a Hildebranda su temor de que el novio alucinado hubiera perdido el juicio”.
Todo se llena de amor. El mundo entero es el resonador de un alma enamorada. Cuando Fermina se va a su “viaje medicinal” (el viaje del olvido), el dolor que se instala en el corazón de Florentino es tan grande, que hasta el violín con que da su serenata, los perros y el paisaje se contagian de pena y silencio. El amor contrariado lo inunda todo de tristeza. He aquí el bellísimo fragmento: “… tocó a solas bajo el balcón de Fermina Daza el valse de amor que había compuesto para ella, que sólo ellos dos conocían, y que fue durante tres años el emblema de su complicidad contrariada. Lo tocó murmurando la letra, con el violín bañado en lágrimas, y con una inspiración tan intensa que a los primeros compases empezaron a ladrar los perros de la calle, y luego los de la ciudad, pero después se fueron callando poco a poco por el hechizo de la música, y el valse terminó con un silencio sobrenatural. El balcón no se abrió, ni nadie se asomó a la calle, ni siquiera el sereno que casi siempre acudía con su candil tratando de medrar con las migajas de las serenatas. El acto fue un conjuro de alivio para Florentino Ariza, pues cuando guardó el violín en el estuche y se alejó por las calles muertas sin mirar hacia atrás, no sentía ya que se iba la mañana siguiente, sino que se había ido desde hacía muchos años con la disposición irrevocable de no volver jamás” (página 201).
Seleccionamos algunas de las reacciones que provoca el desmedido amor de Florentino Ariza:


  • Idealización de la amada y baja autoestima del personaje despechado: “Sin embargo, lo que más lo impresionó fue que ella y su marido formaban una pareja admirable, y ambos manejaban el mundo con tanta fluidez que parecían flotar por encima de los escollos de la realidad. Florentino Ariza no sintió celos ni rabia, sino un gran desprecio de sí mismo. Se sintió pobre, feo, inferior, y no sólo indigno de ella sino de cualquier otra mujer sobre la tierra” (página 222).

  • Nunca deja de pensar en la amada. Su poder de convicción es tan grande, que sigue convencido de que la conseguirá. Tanto es así, que pide reformar su casa para cuando tenga que compartirla con ella.

  • Quijotismo. Los desvaríos de Florentino y la enajenación que exhibe a través de las cartas que manda a Fermina convierten a aquel en una especie de Quijote del amor: “…cuando siguió recibiendo otras cartas con pormenores todavía más fantásticos, y escritos con tanta seriedad como sus promesas de amor, tuvo que confesarle a Hildebranda su temor de que el novio alucinado hubiera perdido el juicio” (141). Y como un Quijote desilusionado, se retira a un refugio de amor, una especie de Sierra Morena caribeña: “Lo único que le quedó de aquel descalabro a Florentino Ariza, fue el refugio de amor del faro” (página 141). He aquí a este personaje embrujado por el amor, haciendo lo que hacía don Quijote por Dulcinea: “Se había ido a errar por las escolleras, y estuvo recitando versos de amor contra el viento, llorando de júbilo, hasta que acabó de amanecer” (página 148).

  • El Florentino poeta también es músico. Y a través de la música, expresa sus mensajes amorosos y confidenciales: “Se puso a la media noche su traje de domingo, y tocó a solas bajo el balcón de Fermina Daza el valse de amor que había compuesto para ella, que sólo ellos dos conocían, y que fue durante tres años el emblema de su complicidad contrariada” (página 201).




    1. El amor como sentimiento y como meta.

Es proverbial el sentido de la lealtad que demuestra Florentino Ariza hacia la figura de la amada y hacia sus propios sentimientos. No teniendo muchas posibilidades de manifestar su emoción, deja que ésta transcurra por la ruta de la poesía y de las cartas. Y hasta tal punto llega la necesidad de declarar el amor que siente por Fermina Daza, que se dedica a escribir cartas gratuitas de amor a los enamorados: “Escribía folio tras folio de amores desaforados, mediante la fórmula infalible de escribir pensando siempre en Fermina Daza, y nada más que en ella” (página 246). Según el narrador, eso ponerse al servicio de los amantes implumes lo hacía porque “le sobraba tanto amor por dentro, que no sabía qué hacer con él” (página 145). A pesar de esa obsesión por la amada, sabemos que siente algo bastante profundo por una mujer, Leona Cassiani, con la que, curiosamente, no llega a hacer el amor: “… Leona Cassiani, que fue la verdadera mujer de su vida, aunque ni él ni ella lo supieron nunca, ni nunca hicieron el amor” (página 261).


El sentimiento de Florentino llega hasta la extravagancia y hasta lo cómico, como ocurre en las siguientes ocurrencias adoptadas por el enamorado:


  • [Florentino Ariza se empeñó en comprar el espejo del mesón de Don Sancho, porque en él vio reflejada la imagen de Fermina Daza]: “Cuando por fin cedió, Florentino Ariza colgó el espejo en la sala de su casa, no por los primores del marco, sino por el espacio interior, que había sido ocupado durante dos horas por la imagen amada” (página 328).

  • “Fermina Daza bajó a las cocinas, entre las ovaciones de la tripulación, y preparó para todos un plato inventado que Florentino Ariza bautizó para él: berenjenas al amor” (página 489).

Hagamos ahora un recorrido por una serie de citas que, de una u otra manera, llegan a manifestar una intensa forma personal de entender y sentir el amor.




  • Recompensa final ante los desvelos de tantos años de espera: “Era razonable pensar que la mujer más amada sobre la tierra, a la que había esperado desde un siglo hasta el otro sin un suspiro de desencanto, apenas tendría tiempo de tomarlo del brazo a través de una calle de túmulos lunares y canteros de amapolas desordenadas por el viento, para ayudarlo a llegar sano y salvo a la otra acera de la muerte” (371). En otro momento, leemos el hermoso pasaje en el que Florentino recibe una carta escrita por Fermina, ya viuda: “El lunes, sin embargo, al llegar a su casa de la Calle de las Ventanas, tropezó con una carta que flotaba en el agua empozada dentro del zaguán, y reconoció de inmediato en el sobre mojado la caligrafía imperiosa que tantos cambios de la vida no habían logrado cambiar, y hasta creyó percibir el perfume nocturno de las gardenias marchitas, porque ya el corazón se lo había dicho todo desde el primer espanto: era la carta que había esperado, sin un instante de sosiego, durante más de medio siglo” (página 397).

  • Persistencia en su decisión amorosa: “Hubiera preferido renunciar, echarlo todo por la borda, morirse, antes que fallarle a Fermina Daza” (página 383).

  • Por fin consigue el amor. Tras medio siglo de tormentos y añoranzas, Florentino Ariza consigue satisfacer sus sueños. Los amantes son ya viejos y van a bordo del buque Nueva fidelidad:

    • “La música cesó después de la media noche, el bullicio de los pasajeros se dispersó y se deshizo en susurros dormidos, y los dos corazones se quedaron solos en el mirador en sombras, viviendo al compás de los resuellos del buque” (página 467).

    • “Era una carta tranquila, que no trataba más que expresar el estado de ánimo que lo embargaba desde la noche anterior: tan lírica como las otras, tan retórica como todas, pero estaba sustentada por la realidad. Fermina Daza la leyó con una cierta vergüenza consigo misma por los galopes descarados de su corazón” (página 469).

    • “Hicieron un amor tranquilo y sano, de abuelos percudidos, que iba a fijarse en su memoria como el mejor recuerdo de aquel viaje lunático. No se sentían ya como novios recientes, al contrario de lo que el capitán y Zenaida suponían, y menos como amantes tardíos. Era como si se hubieran saltado el arduo calvario de la vida conyugal, y hubieran ido sin más vueltas al grano del amor. Transcurrían en silencio como dos viejos esposos escaldados por la vida, más allá de las trampas de la pasión, más allá de las burlas brutales de las ilusiones y los espejismos de los desengaños: más allá del amor. Pues habían vivido juntos lo bastante para darse cuenta de que el amor era el amor en cualquier tiempo y en cualquier parte, pero tanto más denso cuanto más cerca de la muerte” (página 491).




    1. El amor sin amor o amor de paso.

Florentino Ariza llega a instruirse en lo que el propio narrador denomina “amor sin amor”. Cuando ponen a su disposición un cuarto en un prostíbulo, en donde escucha a los clientes alborotando “las noches con los alaridos de sus aquelarres de amor” o percibiendo las conversaciones “de los hombres que venían a desahogarse de la jornada con un amor de prisa”, comienzan los episodios de los distintos amores furtivos.


En definitiva, al llegar a la conclusión de que nada puede hacer contra la firme e inesperada decisión de Fermina (“No, por favor -le dijo-. Olvídelo”), comienza una serie de aventuras amorosas que servirán de bálsamo contra los estragos del desaire. La fórmula consistirá en suplantar el amor lírico por un amor de cama. Así entran en la vida del poeta unas mujeres a las que ama sin amor o, al menos, sin ese amor lleno de sentimientos y emociones que surgen del corazón. Es tan evidente este remedio intencionado, que el mismo personaje se pregunta por las dos maneras de amar: “En la plenitud de sus relaciones, Florentino Ariza se había preguntado cuál de los dos estados sería el amor, el de la cama turbulenta o el de las tardes apacibles de los domingos, y Sara Noriega lo tranquilizó con el argumento sencillo de que todo lo que hicieran desnudos era amor. Dijo: “Amor del alma de la cintura para arriba y amor del cuerpo de la cintura para abajo” (página 285). Los remedios atenuantes del dolor causado por los desdenes de Fermina y, más aún, la boda de ésta con el doctor Juvenal Urbino, derivarán en una sucesión de aventuras secretas. De esa manera, Florentino sustituirá el amor de un sueño imposible por un amor buscado en unas cuantas aventuras paliativas. Al margen de que más adelante daremos noticia de su presencia en la obra, los nombres de las amantes son los siguientes:


  • Rosalba (amante desconocida y de nombre incierto, incluso para el narrador), Viuda de Nazaret (220), Ausencia Santander (252), una “pajarita desamparada cuyo nombre no conoció y con la que apenas alcanzó a vivir media noche frenética…” (259), Leona Cassiani, con la que no hizo el amor, pese a ser “la mujer de su vida” (261), Sara Noriega (279), Olimpia Zuleta (307), Brígida Zuleta (373).

  • También son amantes algunas viudas: la citada viuda de Nazaret, Prudencia Pitre, Prudencia -viuda de Arellano- y Josefa -viuda de Zúñiga-.

  • Otras amantes: Ángeles Alfaro, Andrea Varón y América Vicuña.

Nuestro personaje busca el alivio a los desdenes de Fermina en otras mujeres a las que convierte en amantes ocasionales y objetos de una pasión efímera. Así, las anteriores queridas cumplen la función de aliviar las penalidades de un amor no correspondido mediante el ejercicio de un amor sin amor. Asistimos a una serie de episodios en los que el amor aparece como amor sexual, amor callejero, amor-trampa, amor desaforado, amor de ocasión o amor de alivio para un necesitado de amor.




  • “El amor ilusorio de Fermina Daza podía ser sustituido por una pasión terrenal” (página 208).

  • “La viuda de Nazaret no faltó nunca a las citas ocasionales de Florentino Ariza, ni aun en sus tiempos más atareados, y siempre fue sin pretensiones de amar ni ser amada, aunque siempre con la esperanza de encontrar algo que fuera como el amor, pero sin los problemas del amor” (página 219).

  • “Ellas lo identificaban de inmediato como un solitario necesitado de amor, un menesteroso de la calle con una humildad de perro apaleado que las rendía sin condiciones, sin pedir nada, sin esperar nada de él, aparte de la tranquilidad de conciencia de haberle hecho el favor” (página 221).

  • “Después de la experiencia errática con la viuda de Nazaret, que le abrió el camino de los amores callejeros, siguió cazando las pajaritas huérfanas de la noche durante varios años, todavía con la ilusión de encontrar un alivio para el dolor de Fermina Daza” (página 250).

  • “El recuerdo del amor ensimismado de Ausencia Santander se le revelaba como lo que era: una trampa de la felicidad que él aborrecía y anhelaba al mismo tiempo, pero de la cual era imposible escapar” (página 256).

  • “Ellos se buscaron a tientas como primerizos apurados y se encontraron de cualquier modo, revolcándose sobre los álbumes descuadernados, vestidos, ensopados de sudor, y más pendientes de esquivar los zarpazos furiosos del gato que del desastre de amor que estaban cometiendo” (página 281).

A veces, también habita la ternura en el corazón del amante ocasional. El narrador cuenta cómo Florentino Ariza, sostenido en la soledad por tantos amores instantáneos y frenéticos, quedó tocado por los efectos de un amor que iba más allá de la cama. Este sentimiento se lo inspira Olimpia Zuleta: “Estaba desconocido: el amante que nunca dio la cara, el más ávido de amor pero también el más mezquino, el que no daba nada y todo lo quería, el que no permitió que nadie le dejara en el corazón una huella de su paso, el cazador agazapado se echó por la calle de en medio en un arrebato de cartas firmadas, de regalos galantes, de rondas imprudentes a la casa de la palomera, aun en dos ocasiones en que el marido no andaba de viaje ni estaba en el mercado. Fue la única vez, desde sus primeros tiempos, en que se sintió atravesado por una lanza de amor” (página 310). Ocurre esto no tanto por el amor que pudiera sentir, cuanto por la necesidad que tenía de ser amado: “[Se está hablando de Prudencia Pitre] Aunque nunca lo insinuó siquiera, ella le habría vendido el alma al diablo por casarse con él en segundas nupcias. Sabía que no era fácil someterse a su mezquindad, a sus necedades de viejo prematuro, a su orden maniático, a su ansiedad de pedirlo todo sin dar nada de nada, pero a cambio de eso no había un hombre que se dejara acompañar mejor que él, porque no podía haber otro en el mundo tan necesitado de amor. Pero tampoco había otro tan resbaladizo, de modo que el amor no pasó de donde siempre llegaba con él: hasta donde no interfiriera su determinación de conservarse libre para Fermina Daza” (página 409).


Digamos finalmente que el doctor Juvenal Urbino también llega a mantener relaciones fuera del matrimonio, concretamente con Bárbara Lynch, “una mulata alta, elegante, de huesos grandes, con la piel del mismo color y la misma naturaleza tierna de la melaza, vestida aquella mañana con un traje rojo de lunares blancos y un sombrero del mismo género con unas alas muy amplias que le daban sombra hasta los párpados. Parecía de un sexo más definido que el del resto de los humanos” (página 345). Esta infidelidad dañó las relaciones de los esposos, que, a partir de entonces suscitó celos, sospechas, desconfianza y sentimiento de culpa.

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