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Editorial sudamericana buenos aires impreso en la argentina


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LORD BADMINGTON

Manual Nacional

de Cortesía Sexual

EDITORIAL SUDAMERICANA

BUENOS AIRES

IMPRESO EN LA ARGENTINA

Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723.

1995, Editorial Sudamericana S.A.

Humberto 1" 53l. Buenos Aires
ISBN 950-07-1097-B

INDICE


BREVE AUTOBIOGRAFIA DEL AUTOR……………………………………………….

Pag. 3

INTRODUCCION (a este libro)………………………………………………………………….

Pag. 6

1. ¿QUIEN, YO?.....................................................................................................................


Pag. 9


2. ETIQUETA DE LA TOQUETA…………………………………………...…………….

Pag. 12



3. ELOGIOS Y ALABANZAS PREVIOS………………………………………………….

Pag. 16


4. ELOGIOS Y ALABANZAS PARA DESPUÉS………………………………………….

Pag. 20


5. ¿SUBIS A TOMAR UN CAFECITO?...............................................................................

Pag. 24


6. DON DE LENGUAS…………………………………………………………………….

Pag. 27


7. FALTAS GRAVES DE CORTESIA ANTES, DURANTE Y DESPUES………….……

Pag. 31


8. UN CABALLERO EN DIFICULTADES:

COMO CONDUCIRSE CUANDO PEPE NO QUIERE…………………...………..…….


Pag. 34



9. MANIFESTACIONES DE PASION POR ESCRITO…..………………………….……

Pag. 37


10. PRACTICA Y TEORIA DEL FORRO ………………………………………..….……

Pag. 40


11. COMO CONTARSELO A LOS AMIGOS

(Y ESCUCHAR SUS CONFIDENCIAS)…………………….……………………………


Pag. 44



12. PROTOCOLO DEL TELO ……………………………………………………….…….

Pag. 47


13. COMO ORGANIZAR UNA ORGIA ELEGANTE……………………………….……

Pag. 51


14. DESVESTIR Y DESVESTIRSE CON GRACIA Y REFINAMIENTO………….……

Pag. 54


15. MODELOS NACIONALES DE MODALES SEXUALES…………………….………

Pag. 59


16. LA PROBLEMÁTICA CORTESIA DE LA MAÑANA SIGUIENTE……………...…

Pag. 61


17. COMO DECIR CLARA Y CORTESMENTE QUE NO……………………………….

Pag. 64


18. GAFFES SEXUALES: COMO DISIMULARLAS………………………….…………

Pag. 67


19. CONSULTORIO PROTOCOLAR………………………………………….………….

Pag. 70


20. INTRODUCCION (AL ARTE DEL VERBO EROTICO)…………………….……….

Pag. 77



Breve autobiografía del autor

Si su Majestad, la reina Isabel de Inglaterra, hu­biese tenido más visión de futuro, yo no estaría habi­tando estas magníficas tierras y el príncipe Carlos ja­más habría manifestado a través de un teléfono intervenido sus deseos de convertirse en el tampón de su amante. Una de las primeras reglas de Cortesía Sexual indica que los comentarios eróticos de mal gus­to sólo deben realizarse desde teléfonos públicos.

A veces pienso en todos los peligros que podría haberle evitado a la Corona Británica, con sólo darles unas cuantas lecciones de protocolo erótico a esos des­orientados príncipes. Lamentablemente la Reina no aceptó en su momento mi generoso ofrecimiento. Creyó que sus hijos sabrían cómo comportarse de una forma natural, y los resultados están a la vista. En lugar de la completa indiferencia sexual que la Reina esperaba de ellos, los vástagos de la Corona han demostrado un gran interés en la materia junto con una deprimente ignorancia de las más elementales reglas de cortesía.

Mi vocación por la enseñanza de tan sutil materia se despertó en mí siendo aún muy joven. Nací en Bad­mington Hall, el pequeño castillo del linaje de los Bad­mington en el condado de Essex, Inglaterra. Mis pa­dres me impusieron una educación muy severa en la que cada uno de mis actos estaba determinado por el protocolo.

Lejos de sentir, como otros niños de la aristocracia actual, que ese tipo de educación me resultaba represi­va, a edad muy temprana comprendí la esencia y el espíritu de las reglas aparentemente arbitrarias que estaba aprendiendo. La cortesía sirve a dos fines: por una parte, se trata de obtener el aplomo y la tranqui­la seguridad con que se desempeña quien la conoce a fondo. Pero también y sobre todo, está pensada para brindar placer y alegría a las personas con quienes se trata.

Encantado por haber comprendido al fin lo que se esperaba de mí, casi niño aún empecé a sentir, como ya lo dije, que se despertaba mi vocación docente. Se despertaba y a veces me despertaba a mí. Después de volverla a dormir, di entonces en reflexionar por las noches entre las sábanas húmedas: ¿por qué privar a quienes no habían tenido la fortuna de nacer en una casa aristocrática de los beneficios de una buena edu­cación?

Así, estaba una tarde enseñándole a la hija de nuestro guardaparques, de mi misma edad, la manera más elegante de pelar una banana cuando no se dispo­ne de cuchillo y tenedor. Estábamos profundamente entretenidos en nuestra lección, cuando fuimos sor­prendidos por mi institutriz alemana, que se quedó ex­tasiada al comprobar lo exquisito de mis modales y me solicitó inmediatamente la posibilidad de tomar, a su vez, algunas lecciones privadas.

Pronto nuestra gobernanta sueca y la doncella francesa de mi madre quisieron aprender también. A continuación se inscribieron en mi improvisado curso dos de las cocineras italianas, tres mucamas de come­dor de origen bretón, la señora del guardaparques, dos Damas de Honor de la Reina (amigas de mi madre) y un grupo de turistas norteamericanas que visitaba el castillo.

Dudaba ya de mis posibilidades de satisfacer las ansias de todas estas personas por obtener una correc­ta educación, cuando, atusándose el profuso bigote que brotaba de su verruga, me exigió un turno de clases la anciana ama de llaves de la mansión.

Esta experiencia fue muy importante para mí, porque me abrió nuevos horizontes. Después de algu­nos intentos fracasados, comprendí que me sería impo­sible impartir clases prácticas e individuales a todas y cada una de las personas que lo solicitaran. Y me deci­dí a formar grupos teóricos con las señoras de cierta edad y algunos caballeros que, informados acerca de mi notable material didáctico (ecológico, en tanto pro­visto por la naturaleza, y tan importante como mi vo­cación docente), estaban comenzando a hacerme propo­siciones.

Contaba en mi familia con una persona extrema­damente experta en cuestiones de conducta social. Mi tía, la bella Jane Paddle-Badmington, era famosa en todo el reino por su extremada cortesía en cualquier circunstancia. Era perfectamente capaz de atender a un caballero por debajo de la mesa mientras atendía, por arriba, la encantadora conversación de su mujer, sin por eso dejar de atender al resto de los invitados.

Se contaba de ella que, habiendo vuelto sorpresi­vamente a las cinco de la tarde de un breve viaje a Londres, encontró a su marido entretenido en su pro­pio lecho con el mayordomo de la mansión, el encarga­do de la perrera y su fox terrier favorito. Lejos de alte­rarse, con semblante sonriente y modales impecables, la exquisita dama procedió a servirles el five o'clock tea y luego los atravesó a los tres con el atizador de la chimenea.

Si se decidió a conservar el fox terrier, me confesó un día en privado, fue sólo en razón de su excelente entrenamiento.

Como cualquier docente lo sabe, se aprende tam­bién de los alumnos. Yo era todavía un tímido adoles­cente cuando enseñaba y aprendía de hombres y muje­res de toda Europa que asistían a mis cursos. Estas lecciones pronto se convirtieron en el principal sostén de la Casa Badmington.

En efecto, mi pobre padre, jugador empedernido, había perdido toda la fortuna de nuestro linaje apos­tando a ver quién llegaba más lejos, con un represen­tante de la casa Tudor al que prefiero no mencionar. Investigaciones posteriores me demostraron que el maldito Tudor había hecho trampa con un pequeño ad­minículo a motor que ocultaba en un bolsillo interno.

A pesar del enorme éxito de mis lecciones, los impuestos a la propiedad nos acosaban y nos vimos obligados a vender el castillo de los Badmington. Ése fue un golpe terrible para mí, no sólo en el aspecto sentimental. En efecto, junto a la sala de esgrima ha­bía un amplio salón que yo había hecho equipar ade­cuadamente con unas ocho camas de buen tamaño, donde impartía mis clases teórico-prácticas de corte­sía.

Fue en esa época cuando le propuse a la Reina de Inglaterra encargarme como preceptor de los buenos modales sexuales de sus hijos. Y se produjo el ofensivo rechazo que me obligó a emigrar. Decidí instalarme en este lejano país, donde contaba con algunas amistades.

Las reglas de cortesía no son naturales ni biológi­cas, sino sociales. Por lo tanto, en el primer año de mi estancia en Argentina me di a estudiar las caracterís­ticas propias de la cultura erótica nacional para ade­cuar mis lecciones básicas a las necesidades particula­res de esta sociedad.

Así, creo estar hoy en condiciones de ofrecer un completo manual de instrucciones acerca de cómo debe comportarse un varón o una mujer argentinos para ser considerados personas refinadas y extremadamente apreciadas en la cama propia y ajena. A1 punto de que mis alumnos apenas pueden cumplir con las múltiples invitaciones que reciben en función de su extremada gentileza.

Como todos los pioneros, he tenido y tengo enemi­gos. Unos me acusan de haber dado lecciones en priva­do a Sarah Ferguson, la esposa del príncipe Andrés. Otros aseguran que Madonna habría tomado clases conmigo.

Y muchos insisten ridículamente en que Lorena y John Bobbit fueron mis alumnos. Es importante acla­rar que siempre insisto en recordar a mis alumnas que cortar el órgano sexual de sus maridos es una muestra de pésimos modales. De todos modos, si están definida­mente decididas a hacerlo, al menos sabrán empuñarlo correctamente sin levantar el meñique.

INTRODUCCION
(a este libro)
Mis profundos estudios y observaciones en esta materia, me han demostrado que no hay ninguna con­ducta humana en la que hombres y mujeres se sientan tan inseguros de estar haciendo lo correcto como en la actividad sexual.

.Aprendemos a comer de acuerdo a las reglas de nuestra cultura, mirando cómo lo hace la gente que nos rodea. El ejemplo de nuestros mayores nos enseña la forma correcta y educada de manejar cuchillo y te­nedor. Nuestros modales en la mesa pueden refinarse con la lectura de obras adecuadas, con el roce munda­no o incluso asistiendo a cursos al efecto.

Aun en materias desagradables, como la cuestión de las excreciones y secreciones corporales (caca, pis, mocos, saliva, estornudos, etc.), se nos guía desde muy niños para que incorporemos los hábitos que nuestro entorno considera correctos.

Todos sabemos que en nuestra cultura dejar esca­par gases pestilentes en un banquete no resulta refina­do ni agradable para el resto de los comensales. Todos sabemos también resolver la situación frunciendo deli­cadamente la nariz y mirando por el rabillo del ojo, como si disimuláramos nuestro desagrado, a la señora gordita que tenemos al lado.

De la misma manera, todos hemos aprendido que sacarse mocos de la nariz y pegarlos debajo de la mesa es una costumbre difundida pero poco apreciada, que es preferible realizar en estricta privacidad, o, si se realiza en un lugar público, con gran disimulo. Exacta­mente la misma regla debe aplicarse a los chicles mas­ticados, Que sucede de todas maneras es una verdad incontrastable. Si usted tiene dudas, fíjese debajo de la mesa.

La privacidad y el disimulo son las únicas reglas sociales que nuestros mayores nos inculcan con respec­to a nuestra conducta sexual. Y no es suficiente.

Porque hay muchas otras dudas cuyas respuestas no solemos encontrar en los libros dedicados a la edu­cación social. Por ejemplo:


  • ¿Quién nos enseña la forma más educada de em­puñar en público otras herramientas no menos útiles que un tenedor, algunas de las cuales nos ha provisto la naturaleza?

  • ¿En qué curso explican a un caballero con qué dedo resulta más refinado satisfacer los deseos de la señora del Embajador?

  • ¿Qué libro de texto le explica a una dama cómo rechazar cortésmente el sexo anal con el jefe de su marido?

Los temas son infinitos y están en relación con las situaciones específicas en que se encuentre cada perso­na. Es posible establecer algunas reglas generales que lo ayudarán a comportarse adecuadamente en el cam­po de batalla. Pero, naturalmente, usted tendrá sus propios problemas personales.

Por ejemplo, vean ustedes esta situación tan espe­cífica que me plantea un caballero preocupado por comportarse cortésmente. En la mesa no es correcto mantener el meñique levantado para sostener la copa. Al contrario, todos los dedos deben sostenerla simultá­neamente. Pero en la cama, un caballero corto de vista ¿puede mantener educadamente un dedo (de preferen­cia el anular) fuera de juego por si lo necesita seco y limpio para acomodarse los lentes de contacto? (Ésta y otras preguntas puntuales y específicas aparecen res­pondidas en este libro en la sección "Consultorio proto­colar - Qué, cómo, dónde y cuándo, por qué, para qué y socorro").

Puedo asegurar sin temor a equivocarme que en materia sexual, como en todas las demás, prácticamen­te nada está prohibido por las reglas de la buena edu­cación. Simplemente, hay un momento y un lugar ade­cuados para cada manifestación y sólo se trata de conocerlos y respetarlos.

En ese sentido es necesario dejar de lado ciertos prejuicios. Cuando proviene de una señora, la pinto­resca expresión "Apóyame la garlopa, negro", por ejem­plo, puede resultar muy adecuada para hacer sentir cómodo al Agregado Cultural de Francia. Y en cambio resultará quizás inconveniente para seducir al muca­mo de comedor, que podría sentirlo como una alusión a su diferencia de posición social.

Precisamente aquellas personas más encumbra­das son las que deben cuidar con máxima considera­ción los sentimientos de quienes están en inferior posi­ción. Si usted se encuentra circunstancialmente arriba, señora, no le recomiendo aprovechar la comodi­dad de la postura erguida para realizar otras tareas. Tejer una bufanda, o depilarse las cejas mientras su compañero se afana debajo suyo son conductas que evi­dencian una gran falta de cortesía.

Las necesidades de la vida moderna han produci­do grandes cambios en los modales. Con la libertad sexual y el problema del SIDA, nuevas dudas se agre­gan a las de siempre. ¿Quién de los dos debe sacar primero el preservativo en una primera cita? ¿Es co­rrecto que una dama lleve siempre un forro en la car­tera? ¿Es correcto que lleve diecisiete preservativos de diferentes marcas, formas y tamaños, y proceda a pro­barlos todos hasta encontrar el que mejor se adecua a las características de su compañero?

Espero que la atenta lectura de este libro ayude a sus lectores a resolver todas estas cuestiones y muchas otras. Pero si a pesar de todo usted siente que ninguna de mis instrucciones generales han sido útiles para re­solver su problema personal, puede usted escribirme y con seguridad encontraremos la solución más elegante.

Un caballero me interroga, por ejemplo, sobre la siguiente duda: habiendo penetrado a su compañera de juegos, siguió profundizando hasta llegar a encontrar­se en su interior, y allí se cruzó con un proverbial bombero que había perdido su moto y el camino de salida. El hombre era, evidentemente, su rival. ¿Cómo correspondía saludarlo en tan extraña circunstancia? En ese caso aun las más estrictas reglas de protocolo aceptan que un simple movimiento de cabeza indican­do el lugar por donde se ha entrado es más que sufi­ciente. De paso, recuerde a Teseo, el único caballero que logró penetrar en el Laberinto sin perderse, y pí­dale a su Ariadna que le dé un hilito para atar a la entrada.

En cuanto a la peculiaridad nacional, es importan­te tomarla en cuenta. Un antecedente de este libro es cierto Manual de etiqueta sexual, escrito en Estados Unidos, cuyo autor es Tom Carey. Ese libro que no ha tenido bastante difusión en nuestro medio, precisa­mente por las grandes diferencias culturales entre la­tinos y anglosajones. Que yo mismo he comprobado y aun sufrido en este país, considerando que mis años de formación acontecieron en Inglaterra.

E1 concepto básico que los norteamericanos ten­drían en relación con el sexo, a juzgar por el éxito local de ese manual, es el de un acto levemente repugnante, del que las personas educadas se arrepienten inmedia­tamente después. Se recomienda constantemente la in­gestión de alcohol antes y durante, para ayudar a los participantes a dejar de lado cierto "natural" rechazo a una actividad que puede causar fascinación y náuseas al mismo tiempo. A1 parecer, para un típico marido estadounidense, una fantástica noche de amor conyu­gal empieza con un partido de bowling, dos bolsas grandes de papas fritas y dieciocho cervezas.

En cambio he observado que entre los latinos el alcohol no está necesariamente asociado al buen sexo, al contrario, en muchas ocasiones lo reemplaza. De he­cho, así como hay Alcohólicos Anónimos, se están difundiendo en los últimos tiempos grupos de autoayuda para amantes compulsivos. Eso no significa que los participantes no tomen sus buenas copas. En muchos casos sí lo hacen, pero solamente para agregar un ele­mento festivo, y no porque les resulte imprescindible embotar sus sentidos para no enterarse del acto des­agradable y resbaloso que están a punto de cometer.

Los argentinos/as, tal vez por la proverbial mezcla de razas, no sólo están bien dotados por la biología para realizar estas funciones, sino que han desarrolla­do una interesante cultura de la Trampa, propia de la región y con pocos antecedentes en el mundo (en algu­nos países tropicales sí los hay), que en las grandes ciudades se manifiesta, por ejemplo, en la proliferación de prácticos y útiles Albergues Transitorios. Aunque en un país donde hay una constante y nunca superada crisis de vivienda, los Telos no sólo sirven a los tram­posos sino a deseosos de toda especie, incluyendo solte­ros que viven con sus padres, con sus hijos, con sus tíos o con su oso panda.

Lo importante es que, en lugar de verse obligado/a a manejar hasta un motel en las afueras de la ciudad, usted cuenta aquí con un agradable hotel por horas a la vuelta de su oficina, de la oficina de su amante o de su novia, en la cuadra de su casa, al lado de la escuela de los chicos, en la esquina del lavadero automático, enfrente del templo de cualquier religión que practi­que. Y en fin, en tantos y tan cómodos lugares que usted encontrará siempre un sitio adecuado donde practicar las sencillas reglas de cortesía que pretendo impartir a través de este Manual.



¿QUIEN, YO?
O cómo interpretar correctamente el lenguaje gestual
Para que nunca más se equivoque: un listado de los gestos nacionales que reemplazan la propuesta verbal.

¿Qué cuernos habrá querido decir? Este complejo problema de interpretación tiene dos etapas: el levante y la concreción del hecho. En las dos suelen presentar­se dificultades de distinto tipo para aquellos que no son expertos en descifrar ciertos códigos eróticos no verbales. Es decir, para todo el mundo.

En la etapa del levante, se trata de interpretar correctamente el lenguaje gestual necesario para lle­gar a la cama.

Pero, si hemos logrado superar esa primera etapa, hay que saber que tampoco es fácil entenderse en la cama misma, donde es frecuente que las partes (sobre to­do las partes femeninas) no verbalicen claramente sus deseos o fantasías. En este caso suele suceder que los silenciosos/as se expresen con gestos con la pretensión de que su pareja los entienda perfectamente sin hablar.

Si ése es su caso, no se queje si su compañero/a de juegos se pone a ejecutar la danza de los siete velos con las toallas del telo cuando todo lo que usted quería era algo tan simple como que le hicieran cosquillas en la ingle izquierda con el vértice de un diskette de com­putadora, o que le dibujaran un pavo real de la India con lápiz labial y sombra de párpados en una de las nalgas. Hay deseos complejos que es preferible expre­sar con la palabra.

Claro que para llegar a esta agradable situación, hay que pasar por el difícil momento del cortejo previo, en el que resulta cada vez más difícil darse cuenta de lo que le pasa al otro a través del lenguaje gestual.

En efecto, los gestos claramente codificados de otras épocas, en las que una mirada de Ella era una invitación al cabezazo de Él y un cabezazo en la pista de baile era señal clara de que Él invitaba a bailar, esa época de los gestos definidos y claros ha terminado. Hoy el lenguaje gestual de la discoteca sigue siendo bastante claro para quienes lo practican todos los fines de semana y están al tanto de sus modificaciones, pero en cambio... ¿cómo saber cuándo Ella está lista para Algo más?, ¿cómo estar segura de que Él está proponiendo Eso?

Se supone que hemos atravesado la revolución sexual, se supone que nunca hubo una Restauración de la represión, se supone que todo el mundo practica alegremente el sexo, unos con otros. Y entonces, ¿por qué a nosotros no nos toca más seguido?

El tema de cómo saber se ha vuelto especialmente confuso en el caso de los caballeros, que, si escuchamos las quejas más actuales de las damas, son capaces de alentar las fantasías de Ellas sin estar dispuestos a cumplirlas como nunca antes en la historia de la humanidad.

Algunas señoras comentan indignadas que ya ni siquiera el hecho de que un señor haya extraído del corpiño el seno de una dama y proceda a frotar el pezón humedecido con saliva puede ser considerado como una clara invitación a acostarse juntos. Él podría estar ensayando simplemente ciertas habilidades técnicas que en realidad piensa utilizar con el señor que vino a hacer el service del lavarropas. Y aun con el lavarropas mismo. (Bueno, hay lavarropas que... quiero decir... los de tambor horizontal y todo eso, ¿no?)

Cuando el lenguaje gestual del caballero resulta poco claro, es hora, señoras, de entenderse directamente con su pequeño amigo. Él es mucho más franco, sabrán claramente si quiere o no quiere y nunca las engañará.

De todos modos y para ambos sexos, el sencillo ejercicio que propongo a continuación puede ayudarlos a practicar el desciframiento de ese código misterioso: los gestos del amor.

Entérese de una vez por todas qué quiso decir cuando...


  • Han estado bailando. Verano. Jardín. Solos. Se miran. Ella se pasa la lengua por los labios. Eso significa que...

a) Se olvidó la manteca de cacao.

b) Tiene un afta en la punta de la lengua.

c) Quiere que usted le traiga más champán.

e) Le duele la cabeza.


  • Él la siguió con el auto siete cuadras diciéndole piropos. Cuando usted se da vuelta, le guiña un ojo. Eso significa que...

a) Le entró una basurita o tiene un orzuelo.

b) Sufre un tic nervioso.

c) Está tratando de seducir a un parquímetro.

d) Tiene el as de bastos.


  • Él o ella están en la otra punta del salón pero miran fijamente en dirección a usted haciendo el gesto de tirar un beso. Eso significa que...

a) Quiere una pajita para su bebida.

b) Tiene el dos de oros.

c) Está buscando un cigarrillo rubio.

d) Practica gimnasia facial para reducir la papada.
De acuerdo a los datos que me proveen mis informantes pampeanos, parece ser que todos los argentinos estaban convencidos en su infancia de que cuando un varón tomaba la mano de una mujer y le acariciaba la palma con el dedo mayor en un suave movimiento de rascado ésa era una definitiva invitación a la cama. Al crecer se enteraron de que no era tan sencillo. Quiero decir, llegar a tener la palma de ella en posición de ser rascada.

Nadie duda de la comprensión y claridad de ciertos gestos tan antiguos como hacer un círculo con el índice y el pulgar de una mano y atravesarlo con el índice de la otra, o meter y sacar un dedo debajo de la mano apoyada sobre la mesa, o bien el gesto nacional de "tu mamá lava la ropa". Sin embargo ninguno de esos ademanes se consideran de buen gusto en una persona adulta y quien desee dar muestras de urbanidad debería evitarlos.

En la edad adulta, lamentablemente, es necesario considerar matices y sutilezas. Pensar que hubo un momento de nuestras vidas en que todo era tan claro que no teníamos más que chillar bien fuerte para que nos metieran el pezón en la boca. Pruebe a chillar ahora con esa intensidad delante de su amada y probablemente todo lo que consiga sea un pase gratis para una clínica psiquiátrica.

De todos modos y para que no vuelva a darse usted, dama o caballero, ese maldito porrazo siempre en el mismo lugar, producto de tirarse a la pileta sin agua, aquí le propongo un breve ejercicio que lo ayudará a practicar la traducción del lenguaje sin palabras. Se trata de adivinar de acuerdo a sus gestos si Ella o Él quieren o no quieren. Póngase hielo en el chichón de la frente, marque la respuesta correcta y déle nomás para adelante:


Ejemplo 1: Cómo interpretar el lenguaje gestual de una dama


  • Están en un café. Ella está en otra mesa. Usted la mira fijamente. Ella le sonríe. Eso significa:

a) Ella quiere filmar una película pornográfica con usted y un par de amiguitas.

b) Ella es su prima Eleonora, la que se hace una cirugía plástica dos veces por año.

c) Ella se acaba de hacer carísimos y dolorosos implantes bucales y está dispuesta a lucir su sonrisa con o sin excusa.

d) Ella quiere tomar un café con usted y comenzar una relación.

e) Ella es una vendedora de enciclopedias y lo que quiere comenzar es una relación comercial.

Ejemplo 2: Cómo interpretar el lenguaje gestual de un caballero


  • Están en un café. É1 está en otra mesa. La mira fijamente. Usted le sonríe. Él se levanta y va hacia su mesa:

a) Él siente que se le ha despertado un irrefrenable impulso amoroso por usted que sólo podrá saciar después de 24 orgasmos (de usted).

b) Él es ese señor que le prestó plata hace tanto que usted ya no se acordaba ni de la cara.

c) Él quiere tomar un café con usted, comer un sándwich tostado con usted y tomarse un par de whiskies con usted o con cualquier otra persona y no tiene con qué pagarlos.

d) Él siente que se le ha despertado un irrefrenable impulso amoroso por la señorita que está en la mesa detrás de la suya.

e) Él también es un vendedor de enciclopedias.


Este caso parece triste e insoluble, pero no es así. Lo ideal sería que pudieran reunirse el caballero del ejemplo No. 1 con la dama del ejemplo No. 2 y dejar que los dos vendedores de enciclopedias se las arreglen entre ellos.

El problema es que generalmente los dos que sí quieren tienen muy mala opinión uno del otro, sobre todo si son muy jóvenes. El tiempo enseña a resignarse.


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