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Editorial el Escéptico Los Filósofos Muertos por Simon Critchley


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EDITORIAL El Escéptico




Los Filósofos Muertos por Simon Critchley

Pirrón (360-262 a.C.)


Pirrón fue el fundador de la importantísima tradición del antiguo escepticismo. Como no dejó nada escrito, sus ideas han llegado a nosotros a través de su discípulo Timón, un bailarín profesional convertido en filósofo, que se llamaba a sí mismo “Cíclope” porque sólo tenía un ojo.

Pero el relato más claro e impresionante del escepticismo pirroniano puede encontrarse en Sexto Empírico, un médico del siglo II. Como ocurre con otros escépticos, sabemos muy poco sobre la vida de Pirrón. Se dice que vivió hasta los noventa años. Sí sabemos que viajó con Alejandro Magno, como filósofo de corte, hasta la India y supuestamente conoció a los ascetas desnudos, que los griegos denominaron “gimnosofistas”. Como señala Jonathan Barnes: “No es en absoluto imposible que el pirronismo tenga un padrino propio”.

Timón, el exbailarín tuerto, dice que “realmente, ningún otro mortal podía compararse con Pirrón”, y que era famoso por mantener siempre un estado de ánimo tranquilo. A bordo de un barco, durante una feroz tempestad que aterrorizaba al resto de pasajeros, Pirrón señaló a un cerdo que seguía comiendo tranquilamente y dijo que así era como debía comportarse una persona sabia. Tras ser mordido gravemente por un perro y asustarse momentáneamente, pidió disculpas diciendo que era “difícil despojarse de la condición de ser humano”. Esta tranquilidad de ánimo es el objetivo del antiguo escepticismo, porque así es como encontraremos el bienestar. En esto difiere drásticamente de las modernas connotaciones del escepticismo. Normalmente lo asociamos con una duda radical sobre la existencia del mundo material, de Dios o del alma. En la filosofía moderna, en Descartes y en Kant, por ejemplo, el escepticismo representa una amenaza peligrosa y desorientada que debe contrarrestarse con el descubrimiento de la certidumbre. Por el contrario, en la antigüedad el escepticismo es la respuesta; no una especie de experiencia académica de la duda, sino la experiencia de toda una manera de vivir. El escepticismo es eminentemente práctico. En griego skepticos significa “investigador”, y el escéptico no es alguien que afirma no saber, sino alguien que persiste en sus investigaciones. En toda historia hay dos versiones; esto es, podemos reunir pruebas que justifiquen la creencia x o su negación y. Echando mano de uno de los más vistosos ejemplos de la antigüedad, los persas creían que no había nada extraño en que un hombre tuviera relaciones sexuales con sus hijas, y Crisipo creía que a nadie tenía que importarle si uno hacía el amor con su madre, mientras que la opinión y el derecho tradicionales de Grecia se hubieran estremecido ante esas dos creencias.

En cambio, el escéptico es sencillamente escéptico sobre la posibilidad de la creencia en sí. Su consejo es examinar ambos lados de un asunto y practicar la suspensión de juicio, o lo que se denomina la epoché, en todas las cuestiones. En palabras de Filón: “No hay nada firme que podamos decir sobre nada”. El escéptico ni rechaza ni elige, simplemente suspende el juicio y practica el silencio o afasia. Así el escéptico se niega a afirmar o a negar que haya vida después de la muerte, si el alma es algo diferenciado del cuerpo o si existe un cielo o un infierno. Al no aseverar nada ni negar nada, uno vive en una tranquilidad que está abierta a todas las formas de investigación y es totalmente ajena a cualquier tipo de dogmatismo. En consonancia con ello, no se sabe cómo murió Pirrón, aunque negar que ocurriera sería llevar demasiado lejos su actitud escéptica.



El escepti-cismo es saluda-ble.

Es el mejor antídoto para el fanatis-mo. Impide que se asuman ideas que acaban por matar la libertad.

Certeza Absoluta

por Bryan Magee
LA CERTEZA ABSOLUTA NO EXISTE

El escepticismo ha desempeñado un papel fundamental en la historia de la filosofía. Ello se debe principalmente a que la certeza no es asequible mediante la argumentación, la demostración o la prueba, algo que por otro lado no ha sido aceptado de forma unánime hasta el siglo XX, de ahí que la búsqueda de la certeza haya desempeñado un papel fundamental en el desarrollo histórico de la filosofía. Lo que un argumento válido prueba es que las conclusiones a las que llegan procedan de sus propias premisas, pero ello no equivale en absoluto a afirmar que dichas conclusiones sean verdaderas. De hecho, todo argumento válido empieza con la condición “si”: si “p” es cierto, entonces “q” debe ser también cierto. Aunque la verdad es que con este tipo de planteamiento siempre queda la duda de si “p” es cierto, ya que la argumentación no lo prueba por si mismo desde el momento en que se acepta como cierto. Y, en definitiva, sumir que algo es cierto, cuando no se ha demostrado su condición de tal, no puede sino plantear un interrogante sobre la veracidad de las conclusiones a que conduce una argumentación de

“MEDIANTE EL ESCEPTICISMO SE LLEGA EN UN PRINCIPIO A LA SUSPENCIÓN DEL JUICIO, PARA PASAR A LA LIBERTAS, NACIDA DE LA ALTERACIÓN DE LO ESTABLECIDO”

SEXTO EMPÍRICO”


este tipo. Así pues, cada “prueba” se basa en una serie de premisas indemostrables, y esto ocurre tanto en lógica, matemáticas y ciencias como en los aspectos más cotidianos de nuestras vidas. De todos modos, esto no quiere decir que una serie de postulados no puedan ser más ciertos que otros; afirmarlo sería injusto. No obstante, la labor de distinguir entre unos y otros es uno de los problemas de más difícil resolución con que se ha encontrado la filosofía a lo largo de los siglos.

El más célebre escéptico de la era moderna es el escocés David Hume. Para él, la vida del hombre es una continua elección entre diversas posibilidades, algo que implica la necesidad de tomar una decisión con respecto al modo en que se nos aparece ese cúmulo de situaciones, tanto si nos gusta como si no. Y dado que la certeza no es asequible al ser humano, éste está obligado a elegir del mejor modo posible entre las diversas manifestaciones de la realidad a las que tiene que hacer frente, algo que imposibilita el hecho de considerar cada una de esas alternativas con igual grado de escepticismo. Así pues, este último debe reducirse al máximo, ya que nadie puede vivir de acuerdo con unos esquemas totalmente escépticos o, de poder hacerlo, no tendría mucho sentido vivir de ese modo. En cualquier caso, esta refutación del escepticismo, si es que lo es en realidad, no se basa en una argumentación de tipo lógico.

Se debe tender hacia un equilibrio entre la búsqueda de esa certeza que nunca se alcanzará por completo y la capacidad de sopesar en igualdad de condiciones unas alternativas.



EDITORIAL El Escéptico




El Escepticismo

por Pierre Hadot


Con el escepticismo,

la distinción entre filo-

sofía y discurso filosófi-

co llega a su punto culminante, ya que, como lo mostró claramente A. J. Voelke, el discurso filosófico escéptico conduce a su propia autosupresión, para no dejar lugar más que a un modo de vida, que además pretende no ser filosófico.

La filosofía escéptica, es decir, el modo de vida, la elección de vida de los escépticos, es la paz, de la tranquilidad del alma. Al igual que todos los filósofos de la época helenística, el escéptico enuncia, “por amor a los hombres”, u n diagnóstico sobre las causas de la desdicha de los hombres y propone un remedio a este sufrimiento, una terapéutica de curación.
Quien cree que una cosa es bella o fea por naturaleza no deja de estar inquieto. Si llega a faltarle lo que considera ser un bien, se imagina soportar los peores tormentos y se lanza en persecución de lo que cree ser un bien. Por fin lo posee, y ya lo tenemos inmerso en múltiples inquietudes que excita en él una razón sin medida, y por temor a un revés del destino hace todo para que no le sea arrebatado lo que considera un beneficio. Mientras que aquel que no se pronuncia ni acerca de lo que naturalmente es bueno ni sobre lo que naturalmente es malo, no huye de nada y no se desvive en varias persecuciones. Por ello conoce la quietud.

En resumen sucedió al escéptico lo que, se dice, aconteció a Apeles. Un día, pintando a un caballo y deseando representar en su cuadro el sudor del caballo, renunció a hacerlo, furioso, y lanzó contra su pintura la esponja con la cual limpiaba sus pinceles; lo que tuvo por efecto dejar una huella de color que imitaba el sudor del caballo. Los escépticos, también, esperaban alcanzar la quietud zanjando por medio del juicio la contradicción entre lo que nos parece y las concepciones del entendimiento, y, no lográndolo, suspendieron su juicio. Por fortuna, la quietud acompañó la suspensión del juicio, como la sombra al cuerpo.


Así como Apeles logra llevar a cabo la perfección del arte al renunciar al arte, el escéptico consigue realizar la obra de arte filosófica, es decir la paz del alma, renunciando a la filosofía, entendida como discurso filosófico.

En realidad se necesita un discurso filosófico para eliminar el discurso filosófico. Conocemos éste discurso filosófico escéptico gracias a Sexto Empírico, un médico que escribía a finales del siglo II d.C., quien asimismo nos da valiosas indicaciones sobre la historia del movimiento escéptico. Los escépticos consideraban a Pirrón el




El Escéptico utilizará para renovar su elección de vida, cortas fórmulas contun-dentes, por ejemplo: “suspen-do mi juicio”.


Enesidemo


modelo del modo de vida escéptico. Pero al parecer la argumentación técnica del discurso filosófico escéptico no fue formulada sino mucho después, tal vez sólo en el siglo I a.C.: Enesidemo, enumeraba 10 tipos de argumentos que justificaban la suspensión de todo juicio. Se fundamentaban en la diversidad y las contradicciones de las percepciones de los sentidos y de las creencias: diversidad de las costumbres y de las prácticas religiosas; diversidad de las reacciones ante fenómenos raros o por el contrario frecuentes; diversidad de las percepciones según los órganos de percepción de los animales y de los hombres, o según las circunstancias y las disposiciones interiores de los individuos, o también conforme a si se consideran las cosas en grande o en pequeña escala, de cerca o de lejos, desde tal o cual ángulo, mezcla y relación de todas las cosas con todas las cosas, de ahí la imposibilidad de percibirlas en estado puro; ilusiones de los sentidos. Otro escéptico, Agripa, posterior a Enesidemo, proponía otros cinco argumentos en contra de los lógicos dogmáticos; los filósofos se contradicen; para demostrar algo es necesario llegar hasta el infinito o bien crear un círculo vicioso, o postular sin fundamento principios no demostrables; por último; todo es relativo, todas las cosas se suponen mutuamente y es imposible conocerlas tanto en su conjunto como en el detalle.

Este discurso filosófico conduce a la epoché, es decir, a la suspensión de la adhesión a los discursos filosóficos dogmáticos, incluso al propio discurso escéptico, que como un purgante, se vacía con los humores cuya evacuación provocó. A. J. Voelke compara con razón esta actitud con la de Wittgenstein, rechazando, como una jerarquía ya inútil, al final del Tractatus, las posiciones del Tractatus, y oponiendo la filosofía como patología a la filosofía como cura.



Agripa
¿Qué queda entonces, después de ésta eliminación del discurso filosófico por el discurso filosófico? Un modo de vida que además será un modo de vida no filosófico. Es la vida misma, es decir, la vida de todos los días, la vida que llevan todos los hombres, es esta vida la que será la regla de vida del escéptico: utilizar simplemente, como los profanos, sus recursos naturales, sus sentidos y su inteligencia, acomodarse a las costumbres, a las leyes, a las instituciones de su país; seguir sus disposiciones y tendencias naturales: comer cuando se tiene hambre, beber cuando se tiene sed. ¿Retorno ingenuo a la simplicidad? Tal vez, pero de un filósofo que no es nada menos que ingenuo. Pues, persuadido de que es imposible saber si tal cosa o tal acontecimiento es mejor que tal otra cosa o tal otro acontecimiento, el escéptico se establecerá en la paz del alma, gracias a la suspensión de todo juicio de valor sobre las cosas, suspensión que disminuirá, si se ve llevado a padecerlos, sus dolores y sus sufrimientos, evitándole sumar al dolor o al revés del destino la torturante idea de que se trata de un mal. Se limitará en todo momento a describir lo que experimenta, lo que se le manifiesta, sin agregar nada con respecto a lo que son o a lo que valen las cosas; se contenta con describir la representación sensible que tiene y con enunciar el estado de su sensibilidad, sin agregarle su opinión. Al igual que los epicúreos o los estoicos, el escepticismo utilizará además, para renovar en todo momento su elección de vida, cortas fórmulas contundentes, por ejemplo “no más esto que aquello”, “tal vez”, “todo es indeterminado”, “todo escapa a la comprensión”, “a todo argumento se opone un argumento igual”, “suspendo mi juicio”. El modo de vida escéptico también exige de él ejercicios del pensamiento y de la voluntad. Podemos decir, pues, que es la elección de vida filosófica de un modo de vida no filosófico.



EDITORIAL El Escéptico


Escépticos

(Fragmentos)

por Alfonso Reyes
El pirronismo, la pri-

mera fase, resulta al-

terado en los científi-

cos posteriores, que

prestan al viejo filóso-

fo demasiadas argucias técnicas de que él nunca hizo mayor caso. El doxógrafo pergamense Antígono Caristeo le acumula anécdotas expresivas, donde acaso ha colaborado ya la leyenda, destino común de los filósofos que no escriben. Su discípulo Nausífanes el democritiano –que a su vez era maestro de Epicuro- asegura que se le veneraba tanto por su carácter como por su doctrina, y Cicerón insiste en su austeridad y hermosa altivez. Lo que explicará que sus compatriotas lo hayan hecho sumo sacerdote en Élida, y los atenienses, ciudadano. Las alusiones de Timón de Fliunte nos lo presentan más bien como un práctico de la felicidad. Éstos y otros documentos indirectos permiten resumir así su doctrina: -la felicidad supone: 1° la consideración de las cosas, y como éstas son indiscernibles, nuestras opiniones sobre ellas no son verdaderas ni falsas; 2° nuestra disposición para con las cosas, que debe ser la abstención del juicio o epoché, palabra puesta hoy a la moda en la fenomenología de Husserl; 3° los efectos de lo anterior sobre la conducta, los cuales no pueden ser otros que el silencio o afasia y la ataraxia: sombra de la felicidad que veníamos buscando, sombra hecha toda de condiciones negativas. Estos principios se encierran en el epitafio que compuso para sí mismo uno de sus secuaces: “Soy yo, Menecleo el pirrónico, para quien todo lo que se dice vale lo mismo y que ha enseñado a los mortales el camino de la ataraxia.”

Pirrón fue arrastrado a estas consecuencias por la confusión intelectual y por la confusión política de su tiempo. Y esto nos conduce a una consideración histórica, que de paso nos permitirá apreciar la única técnica que Pirrón entendía, la técnica psíquica que aprendió de los orientales. Cuentan que Pirrón fue a la India en el séquito de Alejandro. Allá, al enfrentarse con los brahmanes o gimnosofistas, sufrió un extraño desequilibrio. Aquellos filósofos desnudos –de que sólo Cálanos, contra la prohibición expresa de su jefe Mandanes, aceptó incorporarse en la civilización mediterránea y ser llevado a Macedonia- lo convencieron, por su sola presencia, de que la verdad puede ser considerada desde tan opuestos puntos de vista que, en rigor, no sabemos dónde se encuentra o si es un simple devaneo. La pregunta, entre desenfadada y fatídica, que formulará un día Poncio Pilatos, aparece entonces en su espíritu. Entre sus motivos de duda pesan mucho los contrastes de las costumbres y el distinto criterio de los pueblos sobre lo lícito y lo ilícito. Véase cómo el ensanche histórico y el progreso de la información etnográfica pueden provocar la crisis del espíritu. Según Estrabón, cuando Pirrón regresa a su mundo asume la actitud física y espiritual de un brahmán helénico. Si acepta participar en los consejos de los príncipes es porque lo hacían los brahmanes. Si se avergüenza de haber tenido una disputa con su hermana Filina es porque la mujer no cuenta y porque el sabio no debe salir de su impasibilidad.

El poeta Timón de Fliunte, junto a su maestro Pirrón, no es más que un bel-espirit. Antiguo danzarín que acabó en pirrónico, epigramatario ingenioso, conferenciante mundano muy disputado en los lugares de su existencia vagabunda, amigo de monarcas, lujo de cortes. También pasó por la cátedra de Estilpón Megarense; y aunque manifiesta admirar a Pirrón, dista mucho de su austeridad. Escribió epopeyas, tragedias, discursos en prosa, que se han perdido. La mordacidad que sus libelos o sillos lo hizo célebre y se le conoce por “el Silógrafo”. En sus diálogos hace burla de los filósofos, a excepción de los críticos del conocimiento sensible: los eleáticos, Protágoras y Demócrito. Resume así su doctrina del conocimiento: “Concedo que la miel parece ser dulce, pero ignoro si lo es.” Y con él acaba la primera fase del pirronismo, que desaparece tras de envenenar de probabilismo a los académicos.

Suponemos que Enesidemo data del último siglo antes de la Era Cristiana, y de Agripa sólo sabemos que le era algo posterior. Aquí hay un hueco en la historia del escepticismo, pues su última fase está representada por Sexto Empírico, y éste corresponde ya al fin del siglo II d.C. Con todo, preferimos explicarlo aquí para de una vez trazar el cuadro completo de la secta, que en él queda como rematada. Era Sexto Empírico discípulo del “neumático” Herodoto de Tarso y pertenecía, así, a una ilustre secta de la medicina metódica. Su obra es una vasta recopilación doxográfica, sumario del escepticismo y antología de los ataques contra las filosofías dogmáticas: Hipotiposis o Esquemas pirrónicos y once libros Contra los matemáticos, los primeros


La Felicidad supone la considera-ción de las cosas, y éstas son indiscerni-bles, nuestras opiniones sobre ellas no son verdaderas ni falsas; nuestra disposición para con las cosas, que debe ser la abstención del juicio…

sobre las artes liberales (matemática, gramática, retórica, geometría, aritmética, música), y los cinco últimos sobre los sistemas teóricos. Por todo ello, y entre preciosas noticias abultadas con argumentos pobres y mortecinos, se desliza la contribución personal de Sexto: empirismo a que debió su epíteto, bosquejo de la lógica inductiva que anuncia a Bacon y a John Stuart Mill. Atengámonos a las apariencias, parece decirnos. Si la miel no es de veras dulce, sólo nos importa que lo parezca. Aceptemos los signos, los “síntomas” y dejémonos guiar por ellos sin mayor averiguación. “Desposemos la realidad”, como dice el francés. Confiemos en el buen sentido, fundado en avisos naturales del instinto y la inteligencia. Él nos aconseja, por ejemplo, respetar las leyes y usos de la sociedad en que vivimos, sus instituciones y hasta su iglesia, sin necesidad de entrar en honduras ni arcanidades. Pero distingamos entre el “signo indicativo”, por el que se pretende vanamente adivinar lo que no vemos ni alcanzamos, y el “signo conmemorativo”, que simplemente nos recuerda una observación ya confirmada y reiterada, a menudo enlazada como antecedente de determinada consecuencia, sin que la erijamos en “causa”. Esta noción de la consecuencia es la superioridad del hombre sobre el animal; diríamos, es la “previsión”. Y aquí cabe recordar, con Nietzsche, que el hombre es el único animal capaz de “prometer”. En suma, la filosofía toma el trotecillo desenfrenado de un arte práctica.


Lástima que Sexto Empírico desvirtúe a Pirrón explicándolo en el complicado lenguaje de los estoicos, y a él y a Timón –al monolito como al canto rodado- atribuya oscuras disquisiciones sobre la hipótesis y la divisibilidad del tiempo. Saintsbury, en una de sus salidas temperamentales, llama a Sexto Empírico “uno de los escritores más estúpidos de la Antigüedad”. Sin duda exagera. Por lo pronto, Sexto nos deja ayunos sobre un punto en que nos hubiera agradado recibir algunas luces, y es la inexplicable indiferencia de Pirrón respecto al arte y a la poesía, como causas de felicidad siquiera transitoria. Concedamos que el viejo Pirrón, como se dice en vulgar, no quiera cogerse los dedos en la puerta. Tampoco se explica que, sólo por cautela, prescinda de los goces estéticos. El “qué sé yo” de Montaigne es perfectamente compatible con el buen gusto literario, donde vendría a ser el “no sé que” de Feijóo. Bien está suspender el juicio. Pero, entonces, podemos admitir aquella “suspensión voluntaria del descreimiento”, fórmula con que Coleridge ha definido, para siempre, la función de la poesía.

EDITORIAL El Escéptico



Los Escépticos por Ramón Xirau


También el escepticismo griego, nacido

en el siglo III tiene, como el estoicismo y el

epicureísmo, una influencia que, a través

de Roma, llega a nuestros días. Los

escépticos, filósofos de su tiempo, asumen

una postura moral más que intelectual. No es probable que nadie haya sido escéptico, con el solo fin de dudar. La duda suele estar al servicio de alguna forma de vida. Esta actitud puede ser la de quien no quiere verse llevado por los afanes de una vida que a veces se presenta contradictoria o ambigua; puede ser, como en el caso de algunos de los primeros cristianos, una renuncia al conocimiento lógico para enaltecer el conocimiento mediante la fe. Quien es escéptico real y profundamente, suele serlo para afirmarse en alguna forma de creencia que el conocimiento habitual de los sentidos o de la razón parece no poder otorgar. Por eso el escéptico no es, al modo de los sofistas, el que dice “nada sé”. Quien así hablara sabría –ya lo vio Sócrates- que por lo menos esto sabe y que, por lo tanto, en la afirmación implícita de conocimiento. El verdadero escéptico es aquél que, con el ánimo suspenso, se rehúsa a pronunciarse sobre cualquier tema porque implícitamente acepta que es mejor esta abstención que un pronunciamiento discutible.

Corren los años de la conquista de Alejandro. Pirrón de Elis, en la Magna Grecia, sigue a Alejandro por tierras de Asia donde, al decir de Diógenes Laercio, conoció “a los gimnosofistas de la India, y aun a los magos”. Algo de influencia oriental es notable en su vida, ya que no en su obra, puesto que Pirrón, como Sócrates, renunció a escribir. No esperemos de Pirrón el menor signo de teoría. Su fuerza, como lo demuestra la admiración de Timón, su discípulo, residía en su ejemplo moral. Pirrón es de la estirpe de esos hombres que predicaron más con el ejemplo y con el gesto que con las teorías o las palabras. De ahí que la primera de sus renuncias fuera la renuncia a hablar o, por lo menos, la renuncia a pensar que cuando hablamos decimos algo verdadero y exacto. En la raíz misma del escepticismo está la “afasia”, este enmudecer ante la contradicción de los hechos, las costumbres y las ideas. Y esta afasia conducía a Pirrón a “suspender el juicio”, a no afirmar nada, a decir acaso tan sólo: “No esto más que aquello”. Esta actitud que podría parecer meramente intelectual estaba lejos de ser un juego. El escepticismo fue, como el epicureísmo o el estoicismo una escuela –si es que aquí puede hablarse coherentemente de escuela- de moralidad y de felicidad. Y la felicidad la encontraba Pirrón en la ataraxia, esta inmobilidad, este alejamiento de todo disturbio y toda pasión que es un retiro hacia la propia conciencia y una renuncia a los quehaceres y a los quebrantos de la vida.

No es de extrañar que en una época desprovista de creencias religiosas profundas, en una época en la cual, al decir de Arnold Toynbee, se vivía un vacío espiritual, el escepticismo tuviera buena fortuna entre quienes pensaban hallar la felicidad en el silencio y en la ataraxia que está en la raíz misma del silencio.

Es así como la Nueva Academia, dirigida en el siglo III por Arcesilao, se convierte más y más en una escuela de escepticismo cuando piensa interpretar a la letra a Sócrates y suele concluir, como lo hacían los primeros diálogos de Platón, en una serie de problemas sin solución. Es así también como, llegado el siglo I antes de nuestra era, Enesidemo, de quien conocemos el pensamiento pero de quien ignoramos la vida, trata de hacer explícitas las razones que nos conducen a dudar. Son doce las razones que da Enesidemo para descreer tanto de los datos de los sentidos como de los datos de la razón.

Los doce argumentos han llegado a nosotros a través de Sexto Empírico, más divulgador que pensador original. El

primer argumento distingue entre diversas especies de animales. Cada especie animal percibirá los mismos objetos de distinta manera. El elefante o la hormiga no tendrán la misma percepción de un árbol. Y no podemos decir que la percepción de uno de ellos sea más exacta o más verdadera que la otra. Si prestamos atención a los hombres y vemos que cada hombre posee cinco sentidos, no es tampoco seguro que todos los hombres sientan y perciban de la misma manera. Lo más probable es que los distintos hombres perciban de manera distinta y que, de nuevo, sea aquí imposible la verdad. Consideremos ahora los cinco sentidos en una misma persona. Muchas veces existe una falta de sincronización entre ellos. Así, si vuelvo a mi biblioteca oscura y trato de encontrar mediante el tacto un libro que visualmente recuerdo sobre la mesa, es muy posible que me engañe y que tome en mi mano otro libro cercano. Esta falta de coordinación nos impide pensar también que los sentidos sean una garantía suficiente para encontrar verdad alguna. Lo mismo sucede si consideramos un solo sentido (frente a la extensión, del desierto puedo pensar que hay agua en lugar de arena) y también cada uno de los sentidos considerados por separado puede engañarme. Fuente de engaños es la distancia de un objeto; un árbol, visto de cerca, me cubre con su follaje y puede parecerme grande; a cierta distancia, el árbol se empequeñece hasta ser, a lo lejos, un mero punto en el horizonte. ¿Cuál es la verdadera dimensión del árbol? Los cuerpos que percibo se presentan mezclados; el árbol que veo está situado en la tierra y su visibilidad depende del lugar y de la luz. ¿Cómo discernir un objeto de los demás objetos que le rodean? También la cantidad de las cosas que percibo cambia mi percepción. Un grano de arena puede parecer duro; pero el conjunto de la arena que forma una playa parecerá suave a la vista y al tacto. ¿Cuál es la verdadera consistencia de la arena? Lo que percibo es, además, relativo a quien lo percibe. ¿Cómo decir cuál es su verdadero ser? ¿Cómo pensar que por el sólo hecho de percibirlo yo ahora tengo la verdad de lo percibido en mi percepción? Los objetos son más o menos raros. Así, el sol que sale todos los día me sorprendería si no saliera; en cambio un cometa me sorprende cuando aparece en el cielo. La verdad que atribuyo a un objeto o a otro dependerá de mis propios hábitos perceptivos. Hasta aquí los nueve argumentos que se refieren a los sentidos. A ellos añade Enesidemo uno más que se refiere a las costumbres y dos que se refieren a la razón. Distintos pueblos tienen distintas costumbres, que por hábito y por educación, tienden a pensar como verdaderos.

La razón, eterno regreso o círculo continuo, no nos puede dar mayores seguridades que los sentidos. De ahí que Enesidemo llegue a la conclusión de que para vivir libres de contradicciones el solo camino es la afasia y el solo fin esta inmovilidad contemplativa, esta atención a sí que es la atarxia.



Los escépticos, como los estoicos y los epicúreos, tomaron uno de los aspectos de las grandes teorías clásicas y se quedaron solamente con este aspecto que se convirtió en la sola actitud posible. En el caso de los escépticos esta actividad proviene, lejanamente, de la que Sócrates mantenía cuando ponía en duda los juicios de los sofistas y sus propios juicios. A diferencia de Sócrates, los escépticos no dudaron con la intención de buscar la verdad, sino con la simple y clara intención de liberarse de todas las dudas en una actitud contemplativa de naturaleza inefable.




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