Página principal

Editorial anagrama barcelona III. Comunicación y significacióN


Descargar 59.24 Kb.
Fecha de conversión21.09.2016
Tamaño59.24 Kb.
José Antonio Marina

La selva del lenguaje

Introducción a un diccionario de los sentimientos

EDITORIAL ANAGRAMA


BARCELONA

III. COMUNICACIÓN Y SIGNIFICACIÓN
1
Nacemos con ansias de aprender a hablar. Esta propensión es tan fuerte que puede alterar incluso el funcionalismo del ce­rebro. El lenguaje está ligado al hemisferio cerebral izquierdo, pero si durante el primer año de vida se tiene que extirpar todo ese hemisferio por razones terapéuticas, el niño conseguirá aún hablar bastante bien. A esa edad el cerebro es lo suficientemen­te plástico y el lenguaje lo suficientemente importante como para que la capacidad lingüística se transfiera de un hemisferio a otro.1

El lenguaje es un fenómeno social. Ha sido inventado, perfi­lado, transmitido durante miles de años por la especie humana, que, al mismo tiempo, ha ido transformando gracias a él sus propias estructuras mentales. El hombre es el animal que tiene logos. Habla. Esa habla nace en una situación social y, en una fantástica espiral ascendente, va haciendo posible nuevos mo­dos de sociabilidad. Como escribe Halliday: «El lenguaje es controlado por la estructura social y la estructura social es mantenida y transmitida a través del lenguaje.»2

Hace años, Nicholas Humphrey, un divertido y competente psicólogo, mostraba su sorpresa al ver tan pensativos a los go­rilas que estudiaba. ¿En qué emplearían tanto tiempo de apa­rente meditación? Llegó a la conclusión de que eran las com­plejidades sociales las que los traían a maltraer. Recientemente Dunbar ha propuesto que el tamaño relativo del cerebro au­menta con el tamaño de los grupos de que forman parte sus po­seedores. Cuando el grupo aumenta, los miembros tienen que comprender y recordar un número creciente de relaciones. El lenguaje proporcionó un modo para organizar eficazmente un grupo más amplio. En vez de mantener las relaciones en un ni­vel conductual, podían explorar, trabajar y controlarlo simbóli­camente.3

Lo cierto es que la comunicación es un fenómeno de inte­racción que funda la sociedad. Sin ella no habría más que agru­paciones de mónadas sin ventanas, cerradas sobre sí mismas como las arenas de las playas. Cada miembro transmite y reci­be información de los demás. Y gracias a esos mensajes conti­nuos e incesantes se constituyen las redes de la colaboración o la discordia. Por el hecho de existir como seres que podemos ser vistos, oídos, olidos o tocados, estamos emitiendo continua­mente información. Norbert Wiener, el padre de la cibernética, decía que la realidad es un conjunto infinito de mensajes lanza­dos «a quien pueda interesar». Esto es cierto: somos irremediablemente origen de información. Pero prefiero reservar el tér­mino comunicación para designar una emisión intencionada o innatamente guiada de informaciones.4

Nacemos con algunos sistemas expresivos dispuestos para actuar. El más importante es la expresión afectiva. El niño llo­ra, sonríe, se agita inquieto si le impedimos moverse, pone cara de asco, hace pucheros, se sorprende, se asusta. Cada una de esas expresiones tiene una finalidad comunicativa. Gracias a ellas puede darse una sintonía entre él y su cuidador. Cuando no se da ese fit, ese acorde, como sucede en los niños difíciles o en las madres difíciles, se producen múltiples situaciones conflictivas y perjudiciales. Después de los trabajos de Paul Ekman sabemos que hay un repertorio de expresiones universalmente comprensibles: furia, miedo, risa, sorpresa, asco.

Pero el gran sistema de comunicación humana es el lengua­je. Gracias a él podemos argumentar y planificar. Nos permite transmitir información muy variada, de distintos grados de abstracción. Pero esa información tiene que ir codificada. Es decir, mientras que en la expresión emocional hay una sintonía establecida genéticamente, en el lenguaje el emparejamiento entre la expresión (significante) y el significado debe ser esta­blecido, aceptado y conocido. La actividad semiótica de la inteligencia humana se encarga de esa peculiar tarea de crear códi­gos, sistemas estables de correspondencias entre significantes y significados. Es decir, la comunicación lingüística se basa en una previa actividad de creación de signos.

Parece que la capacidad y la necesidad de expresarse me­diante signos es innata y poderosísima en nuestra especie. Schaller ha descrito el caso de un hombre absolutamente sor­do, Ildefonso, que llegó a los 27 años sin adquirir ningún len­guaje convencional. Había crecido en una comunidad de traba­jadores inmigrantes sin ser escolarizado y sin ningún contacto con signos de lenguaje natural. Era equilibrado, despierto y emocionalmente normal, era también capaz de usar y com­prender gestos simples e imitaciones. Realizaba las tareas dia­rias, y se ganaba la vida como trabajador.

A Carruthers le parece dudoso que Ildefonso no tuviera nin­gún lenguaje. Algunos datos sugieren que podría haber desa­rrollado por sí mismo un sistema de gestos que poseyera las mismas propiedades de un lenguaje simple. Esto parece confir­mado por la observación de Schaller de que entraba en anima­das conversaciones con otros sordos adultos usando un variado repertorio de gestos. Susan Golding-Meadow y sus colegas han estudiado a niños sordos nacidos de padres que oían, pero que habían decidido que sus hijos no recibieran ninguna enseñanza por signos. Encontraron sin excepción que los niños desarrolla­ban espontáneamente un lenguaje gestual, tomando inicial-mente los gestos de sus padres, pero sistematizándolos después y regularizándolos como un lenguaje genuino, con todas las propiedades de la morfología y la sintaxis que uno puede espe­rar de un niño de tres años. Lo cito como ejemplo de la arrolla­dora pasión por comunicarse que siente el ser humano.5


2
El fenómeno de la comunicación, de la transferencia de in­formación, ha sido oscurecido por una mala metáfora. Habla­mos del «contenido de una carta o de una frase». Esto nos hace pensar que al hablar entregamos al oyente un paquetito con lo que queremos decirle, igual que un corredor entrega el testigo al corredor siguiente. Esto es falso y peligroso. Lo que voy a de­fender es que el habla es ante todo un sistema de inducciones y seducciones. Al hablar no entregamos un objeto material, he­cho, perfilado, a un sujeto que tiene que comprenderlo, es decir, cogerlo todo de una vez, o asimilarlo. La metáfora de la asimi­lación de conocimientos o de informaciones es, una vez más, estática y falsa. «No has digerido su argumento», decimos. Es como si la información fuera un alimento que hay que tragar y asimilar. Falso. También es contundente la metáfora de «los canales de comunicación», que sugieren la idea de un trasvase de información de un recipiente a otro. No suceden así las co­sas. Lo que hago al hablar o al escribir es presionar para que el oyente realice unas operaciones a mitad de camino entre la in­ferencia y la adivinación y produzca un significado parecido al que yo deseo suscitar.

Un signo proferido es, ante todo, un instrumento para in­fluir psicológicamente en la conducta, tanto si se trata de la conducta del otro como de la propia. El lenguaje nació en el mundo de la vida, que es atareado y práctico. Comenzó siendo usado para fines sociales -la colaboración, la advertencia, la amenaza, la enseñanza-, y sólo más tarde se convirtió en un instrumento para influir en uno mismo. La intención del ha­blante -señala Schlesinger- es primariamente imperativa: pre­tende dirigir la conciencia o la atención del oyente.6

El lenguaje -en la historia y en la biografía- experimenta un proceso continuo de alejamiento de la práctica. El bebé entien­de las frases de manera distinta si está sentado o si está echado. Poco a poco va utilizándolo de forma menos circunstancial. La palabra se va haciendo cada vez más autónoma. Se aleja del es­tímulo inmediato, superpone al mundo perceptivo un mundo hablado, crea ficciones, miente, se distancia cada vez más del mundo de la experiencia inmediata. Reclama un estatuto de au­tonomía. Incluso puede decirse que en el lenguaje poético se convierte en protagonista. Ya no aspira a desaparecer para per­mitir que el significado brille más, sino que llama la atención del oyente sobre él mismo. A diferencia del procesamiento automático del lenguaje práctico, en el lenguaje poético la compren­sión no está automatizada y la forma lingüística ocupa un pri­mer plano. El caso de Mallarmé es prototípico por su exagera­ción. Buscaba un lenguaje específicamente poético, donde, como dice Blanchot, «las palabras no deben servir para desig­nar algo ni para expresar nada, sino que tienen su fin en sí mis­mas». Lo que dota a la palabra «rosa», esa arbitraria ensambla­dura de dos vocales y dos consonantes, de su única legitimidad y fuerza vital es, afirma Mallarmé, «l'absence de toute rose», la ausencia de toda rosa.

Sé que los críticos literarios me mirarán displicentes cuando me oigan decir que estas cosas o son un disparate o son una va­guedad. No hay lenguaje autorreferente, cerrado, autónomo más que en el pensamiento de los que piensan al por mayor. 0 en los que se empeñan en usar un lenguaje también autorrefe­rente. Aunque nos esforcemos por prescindir del significado de una palabra, siempre se queda allí, entre las vocales y consonan­tes que sin él se convierten en insignificante ristra de grafismos que no llegan ni siquiera a ser significantes. Por cierto, engarlitado en el garlito de la palabra sin referente, Mallarmé acabó di­ciendo que todo existía para convertirse en Libro. Conmigo que no cuente. Mallarmé podría ser el patrón de todos los disparates que la lingüística autónoma, desligada de la semántica, de los hablantes, de la comprensión, de la realidad, ha producido en este siglo.

Los animales guían su conducta por señales que reciben del medio y de su propio organismo. Las respuestas instinti­vas son disparadas por desencadenantes innatos. Como estu­dió Tinbergen, el cortejo de los gasterósteos comienza al per­cibir una mancha roja en la tripa de la hembra. El hombre no vive de señales sino de signos. Es animal de lejanías incluso en esto. La función de señalización, que es fundamental para los animales, es transformada por la significación, es decir, por la actividad de convertir algo en signo. La vida social crea la necesidad de subordinar la conducta de los individuos a las demandas sociales, y esto se hace por sistemas cada vez más simbólicos. El gruñido, el erizamiento del pelaje, los sonoros golpeteos que utilizan nuestros primos los orangutanes, seña les de poderío y amenaza, son sustituidos por sistemas de sig­nos, que amplían al mismo tiempo el ámbito de influencia y el ámbito de autonomía. La amenaza o el castigo dejan de ser los únicos reguladores del grupo. Aparecen la anticipación de fines, la persuasión, el engaño, la argumentación, la seducción o el derecho, todos ellos frutos inmediatos o demorados del lenguaje. «La adaptación activa de los seres humanos a su en­torno», escribe Wertsch, «su cambio de naturaleza, no puede basarse en la señalización, en el reflejo pasivo de conexio­nes naturales de varias clases de agentes; requiere el estable­cimiento activo de aquellas conexiones que son imposibles con un tipo de conducta puramente natural. Los humanos in­troducen estímulos artificiales.»7 Los signos son estímulos creados artificialmente, cuya finalidad es influir en la conduc­ta, formar nuevas conexiones condicionadas en el cerebro hu­mano.

En el principio no era el verbo, era la acción. Un énfasis -glorioso pero confundido- en los aspectos cognitivos de la in­teligencia ha hecho olvidar que su principal función no es co­nocer, sino dirigir la conducta. Para comprender la grandeza, la profundidad, la eficacia real del lenguaje hay que sacarlo del diccionario e integrarlo en la tumultuosa corriente de la acción. Comparto por ello las opiniones de Hópp sobre la evolución del lenguaje. El desarrollo del habla habría comenzado con la «ex­presión monoverbal» como instrumento acústico del hombre «con ayuda del cual se movilizan las contribuciones individua­les como acciones resonantes o integradas en la división del trabajo».8 Es fantástico que algo inventado para conseguir ma­tar un mamut se haya convertido en un sutil instrumento para decir: Oh rosa, pura contradicción, ser sueño de nadie bajo tan­tos párpados, y cosas así.


3
G. Révész propuso en Origine et Préhistoire du langage (1946) una teoría de los orígenes de la lengua. La función gra matical más antigua habría sido el imperativo. Después ven­drían el indicativo y la interrogación. Ordenar, informar y reca­bar información son funciones de gran eficacia práctica. Son universales lingüísticos. No se ha encontrado hasta ahora nin­guna lengua en la que no se puedan dar órdenes, declarar suce­sos o hacer preguntas. «Las lenguas, por supuesto, difieren en la manera de expresar esas tres modalidades. El coreano, por ejemplo, presenta tres sufijos verbales que indican respectiva­mente los tres modos. Por ejemplo, el sufijo -na es declarativo, el sufijo -ni indica interrogación, y el sufijo -ara, imperativo.»9

¿Qué tiene esto que ver con la comunicación y sus avatares?

Al describir estoy transmitiendo información. Expreso cómo son las cosas, cómo sucedieron o cómo me pareció que suce­dían. Es un discurso narrativo. Lo que pretendo comunicar es un,estado de cosas. Podríamos decir que la danza de las abejas al volver de sus vuelos exploratorios señala, describe, dónde es­tán las mejores flores. Acaso el primer signo comunicativo -mez­cla de orden y de información- fue una indicación con el dedo. A este respecto les contaré un hecho curioso. En la actualidad hay un grupo -de lingüistas ligeramente megalómanos que tra­bajan con la idea de que todos los idiomas proceden de una len­gua común, una especie de primer lenguaje adánico. En un mo­mento de exaltación, Shevoroshkin, Ruhlen y otros más se han dedicado a reconstruir las palabras ancestrales de los seis superlinajes lingüísticos que creen que existen, con el propósito de descubrir un antepasado común a todos ellos, la hipotética lengua de la Eva africana. Ruhlen ha propuesto 31 raíces distin­tas para ese lenguaje auroral. Una de ellas es tik («uno»), de la que proceden el protoindoeuropeo deik («señalar»), más tarde el latino digit («dedo»), el nilosahariano dik («uno»), el esquimal tik («dedo índice»), la palabra del lenguaje kede tong («brazo» o «mano»). Muchos expertos han criticado esta optimista inves­tigación. Sólo la menciono como curiosidad y para llamar la atención sobre la importancia del indicar.10 El niño aprende muy pronto a seguir una indicación, cosa que los animales son incapaces de hacer.

Pero la mera indicación es demasiado pobre. La historia del lenguaje podría contarse como el paso de la indicación a la des cripción. John Macnamara, en su artículo «¿Cómo hablamos de lo que vemos?», ha estudiado el sorprendente paso de la vi­sión a la palabra. La literatura nos brinda ejemplos magníficos. En Du cóté de chez Swann, Proust nos cuenta el despertar de la vocación literaria de su protagonista. Un muchacho a quien deslumbraba la belleza de las cosas, y quería conservarla clara en la memoria.

De pronto un tejado, un reflejo de sol en una piedra, el olor del camino, hacíanme pararme por el placer particular que me causaban, y además porque me parecía que ocultaban por de­trás de lo visible una cosa que me invitaba a coger, pero que, a pesar de mis esfuerzos, no lograba descubrir.

Durante un paseo en coche de caballos le llena de exaltación la aparición y desaparición, siguiendo las vueltas y revueltas del camino, de los campanarios de unas iglesias.

Sin decirme que lo que se ocultaba tras los campanarios de Martinville debía de ser algo análogo a una bonita frase, puesto que se me había aparecido bajo la forma de palabras que me gustaban, pedí papel y lápiz al doctor y escribí, a pesar de los vaivenes del coche, para alivio de mi conciencia y obediencia a mi entusiasmo,.. Me sentí tan feliz, tan libre del peso de aque­llos campanarios y de lo que ocultaban que, como si yo fuera también una gallina y acabara de poner un huevo, me puse a cantar a grito pelado."

Marcel quiere contarse, revelarse a sí mismo, lo que ve y siente. Sólo después podrá comunicar a los demás sus hallazgos.


4
La orden es un suceso comunicativo diferente. Transmite un contenido y una presión. El hablante tiene que poseer algún tipo de poder, propio o recibido, para enunciar un mandato. Mandar es poder mandar, esto es, tener poder o fuerza para hacerlo. «La superioridad, el señorío, se decía en latín in manu esse y manus dare -de donde viene nuestro vocablo mandar», escribe Ortega (VII, 219). Estar en las manos de alguien es la condición etimoló­gica para poder mandar. Lo que pretende el sujeto mediante una expresión verbal es provocar una acción concreta en el oyente. Para ello enuncia una orden y deja en ella, como un componente del mensaje, indicios de su estatus. Hay, pues, un doble significa­do: el mandato y su imposición. Presten atención a esta duali­dad. Una cosa es el contenido de la orden y otra el acto de man­dar. Ya verán que esta distinción tiene mucha importancia. No sólo decimos cosas, sino que hacemos cosas al decirlas. Por ejemplo, mandar, prometer, engatusar, timar, enamorar.

Es comprensible que la orden fuera una función lingüística primitiva. Nuestros antepasados tenían que colaborar para so­brevivir en una naturaleza peligrosa y dura. Me parece intere­sante que los chimpancés entrenados para aprender y usar un lenguaje lo utilicen sobre todo para reclamar acciones. Según Greenfield y Savage-Rumbaugh, que estudiaron a Kanzi, un chimpancé adiestrado, sólo el 3 % de sus expresiones son decla­rativas. El otro 97 % son peticiones. Los niños autistas, que tie­nen graves problemas de comunicación, también expresan so­bre todo demandas.

La tercera función de la que quería hablar es la petición. El niño llora públicamente para pedir algo. Llorar a solas es una conducta expresiva innata que se ha alterado culturalmente, perdiendo su carácter comunicativo. Sólo voy a fijarme en un tipo de petición -la pregunta-, que es una demanda de infor­mación. Se trata de un fenómeno paradójico. Al preguntar cir­cunscribimos con precisión un vacío. Sentimos una carencia, una falta cuyo contenido desconocemos. No disponemos de los datos que precisamos. Entonces, buscamos la información, nos dirigimos a alguien para que satisfaga nuestras necesidades. El niño pequeño que necesita conocer muchas cosas bombardea a sus padres con continuas preguntas.

Es significativo que mientras enseña a hablar al bebé, el adulto utilice sobre todo preguntas y órdenes. Mientras que en una conversación familiar normal son preguntas entre el 1 % y el 25 % del total de emisiones lingüísticas, en las que se diri­gen al niño la proporción llega al 50 %.12 Es como si estuviéra­mos reproduciendo en el niño lo que debió de ser el alba del lenguaje.


5
Éstas son las tres funciones lingüísticas, es decir, comunica­tivas, posiblemente más antiguas. Pero no he pretendido hacer arqueología. Me he detenido en ellas por un motivo especial que paso a explicarles. Hasta aquí he hablado de comunicación como textura de la relación social. Necesitamos transmitir y recibir información, ordenar la convivencia, buscar lo que ne­cesitamos acudiendo a otros. Pero el caso es que no sólo ha­blamos a los demás, sino que continuamente nos estamos hablando a nosotros mismos. «El hombre es un diálogo inte­rior», escribió Pascal. En nuestro interior nos transmitimos in­formación y también nos damos órdenes y hacemos preguntas. Da la impresión de que el lenguaje no es sólo un medio para comunicarnos con los demás sino para comunicarnos con no­sotros mismos, Y esto, a mí al menos, me resulta enormemente chocante.

¿Por qué? Sobre todo porque un diálogo exige la actuación de dos personas. ¿Estamos tan radicalmente divididos? Tome­mos el caso de la pregunta por su especial rareza. ¿Por qué nos hacemos preguntas a nosotros mismos? ¿No es un comporta­miento expletivo e inútil? Yo soy quien pregunta y yo soy quien responde, ¿A qué viene este juego de duplicidades? Daniel Den-net, un divertido e inteligente filósofo, se ha hecho la misma pregunta y la ha respondido conjeturando que a lo largo de la evolución el hombre se acostumbró a pedir ayuda a su prójimo, «hasta que una vez la criatura percibió que se había producido un "inesperado" cortocircuito en esa relación social. "Pidió" ayuda en una circunstancia inadecuada, cuando no había oyentes que pudieran escuchar y responder a su requerimiento ¡salvo él mismo! Cuándo el hombre oyó su propia petición, la estimulación provocó la clase de respuesta "útil" que habría provocado la súplica de otro, y para su delicia la criatura com­probó que había inducido la respuesta a su propia pregunta. Ha­bía descubierto la utilidad de la autoestimulación cognitiva».13

En este caso la pregunta de un sujeto está dirigida a su pro­pia memoria. Notable ocurrencia. El lenguaje nos permite diri­gir la búsqueda expresando los limites de nuestros intereses cognitivos. Lo que parecía ser una función estrictamente social se ha integrado en el utillaje psicológico más personal. Hace navegable nuestra propia memoria. La palabra, signo inventa­do para influir en otro, se vuelve como un bumerán y acaba in­fluyendo al propio hablante. Bonita jugada.

Con la orden pasa otro tanto. En El misterio de la voluntad perdida he hablado con detenimiento de la participación del lenguaje en la construcción de la autonomía personal. El niño aprende su libertad obedeciendo la voz de la madre. Lo que lla­mamos voluntad, ese conjunto de destrezas al servicio del suje­to y de su liberación, adviene al niño desde fuera. Al principio, el bebé atiende a las órdenes de la madre, que suelen ser llama­das de atención. La madre enhebra su palabra en la inestable atención del niño con una habilidad de costurera experta. El niño se suelta y ella lo enlaza de nuevo. La atención infantil es todavía precaria y resulta perturbada por cualquier otro estí­mulo. Por ejemplo, si al escuchar la voz el niño está realizando una acción, la inercia de lo que hace es demasiado fuerte y le impide cumplir la indicación verbal. Poco a poco aprende a ser un ejecutor más hábil de las instrucciones maternas.

Parece demostrada la relación entre el aprendizaje verbal y la ejecución de actos voluntarios. Los psicólogos soviéticos es­tudiaron las dificultades que encuentra el niño para obedecer una orden hablada. Los niños de siete meses son capaces de buscar con la mirada un objeto de acuerdo con una instrucción verbal, y antes del año ponen anillos en una pirámide siguien­do las instrucciones del adulto. A mediados del segundo año son capaces de cumplir instrucciones que requieren una acción aplazada, por ejemplo: «Cuando dé una palmada me traes la copa.» Pero al comenzar cada nueva actividad el niño tiene di­ficultades que el adulto debe ayudar a superar. Por ejemplo, al darle una orden aplazada, hay que advertirle: «Y ahora siéntate quietecito», o algo así. De lo contrario, cumplirá la orden inme­diatamente. El poder estimulante del lenguaje es más fuerte que el poder inhibidor.

Estos estudios ponen de manifiesto la influencia de la pala­bra en la estructura de nuestra acción voluntaria, pero también la dificultad de ese aprendizaje. Obedecer una orden condicio­nal («si se enciende la luz, mueve la bola») exige unas operacio­nes mentales muy complejas. Los niños menores de cuatro años, al oír la instrucción, actúan inmediatamente. Cuando oyen «luz» miran a la luz, y cuando oyen «mueve la bola», la mueven sin esperar más. Son incapaces de sintetizar la orden. Yakoleva concluye que hay que inducir en el niño una «excita­ción inhibitoria» para que sea capaz de responder correcta­mente a la instrucción condicional.14

El niño aprende así a unificar su conducta, a dirigir y con­trolar sus comportamientos de acuerdo con las órdenes trans­mitidas por el lenguaje. Se convierte en un yo ejecutor. Le falta dar el último salto, que le convertirá en autor de su propio pa­pel, y en ese tránsito también le ayudará el lenguaje. El niño aprende a hablar y a darse órdenes a sí mismo. Me gustaría de­cir que «interioriza la voz de la madre», y lo haría si no temiera que se buscase en esta frase un significado psicoanalítico.

¿Se dan cuenta de que el lenguaje se está adueñando de los resortes más íntimos de nuestra personalidad? Me parece fasci­nante comprobar que una creación humana ha cambiado la propia creatividad del hombre. La especie humana se ha cons­truido a sí misma mediante el lenguaje.


6
La tercera función del lenguaje, la informativa, también cumple funciones importantes en estratos profundos de nues­tra subjetividad. Acompaña y subraya nuestras percepciones como el comentarista de fútbol acompaña las imágenes televi­sivas con ciertos datos y relaciones. Además explica la experiencia utilizando el saber lingüísticamente almacenado. Desde la actitud que tomamos damos un sesgo semántico a lo que sentimos, sesgo que puede ser poético, remordido, violento, displicente, irónico, desesperado.

Nos explicamos a nosotros mismos lo que nos pasa. Al ha­cerlo linealizamos la experiencia. Percibimos y sentimos en bloque, pero nos hablamos en líneas. Con ello hacemos pasar por la conciencia los significados implícitos, como quien des­madeja una madeja o saca las cosas de un arcón. De paso in­troducimos la experiencia en la red lingüística con sus enlaces, resonancias, ampliaciones, desviaciones y saberes.

Hay que reconocer a Freud y a sus seguidores su interés por el lenguaje. Consideraron que la verbalización era el camino por el que lo inconsciente podía arribar a la conciencia. El psi­coanálisis comenzó siendo una curación por la palabra.

Las palabras -escribió Freud- son la herramienta esencial para el tratamiento mental. Sin duda, a los legos les será difícil entender cómo es que pueden eliminarse las alteraciones pato­lógicas y de la mente por medio de «meras» palabras. Sentirán que se les está pidiendo que crean en la magia. Y no estarán tan errados, puesto que las palabras que usamos en nuestra ha­bla cotidiana no son otra cosa que una magia deslavada. Pero tendremos que hacer un rodeo para explicar cómo la ciencia se propone devolver a las palabras por lo menos una parte de su antiguo poder mágico.15

La cura depende de que el paciente acomode sus palabras en el «lugar correcto», de que las ponga en sonidos, en vez de permitir que queden atrapadas en el cuerpo. Freud utiliza una frase muy expresiva: wenn man ihn dann nötigt, dieses Affekte Worte zu leihen, la curación llega «si se le obliga a prestar pala­bras a su afecto». Lo que enferma al paciente es el silencio. El lenguaje es lo que proporciona el paso de lo inconsciente a lo consciente. En El yo y el ello (1923), Freud escribe: «La diferen­cia real que existe entre las ideas (pensamientos) inconscientes y preconscientes consiste en esto: en que las primeras se reali­zan en un material que sigue siendo desconocido; mientras que las segundas (preconscientes) se conectan, además, con las pre­sentaciones en palabras.» Por eso la regla fundamental del psi­coanálisis es «dígalo en voz alta», una frase que Freud y Jung utilizaron en su correspondencia. Esta regla era mucho más que una mera convención, de modo que ni el paciente ni el analista podrían soñar siquiera con prescindir de ella, como tampoco podrían pensar en bajarle al otro la luna.

¿Es verdad lo que dice Freud? ¿Es verdad que el lenguaje trae a la conciencia las noticias de nuestra inteligencia computacional, que es la lava que nos da a conocer las energías subterrá­neas? Los neurólogos han descubierto un fenómeno extrañísi­mo. Al separar quirúrgicamente los dos hemisferios cerebrales, cortando el cuerpo calloso que los une, los pacientes sólo tienen conciencia de los comportamientos regulados por el hemisferio izquierdo, que es el lingüístico. Mientras preparaba este capítu­lo he recordado con frecuencia la frase de Foster, que me parece muy seria a pesar de su aire de boutade: «¿Cómo voy a saber lo que pienso sobre una cosa antes de haberlo dicho?» El habla interior, las ocurrencias verbales nos hablan de nosotros mis­mos, sacan a la luz las oscuras demandas, nos revelan nuestras creencias, preocupaciones, preferencias. Esta manifestación de lo oculto, que sin embargo es lo más propio aunque esté escon­dido, constituye parte importante de la creación poética. Así ha­bla Rilke en su Réquiem para un poeta:

Sólo vemos tus versos, que, venciendo la inclinación de tu sentir, aún clavan las palabras que tú elegiste. A veces no pudiste elegirlas: un arranque se impuso como un todo, y lo decías como un encargo.

La palabra nos permite explicarnos la experiencia externa y la experiencia interna. Experimentamos en bloque y hablamos en líneas. El diccionario guarda bellas palabras para describir este tránsito: discurso, discurrir, ex-plicar, ex-presar, ex-poner, consecuencia, inferencia. Un léxico fluvial y minero. Ex-peri-mentar significa lo que se ve en un viaje. Pues bien, el vehículo de ese viaje es la palabra. Frente a mí tengo un paisaje arbola­do. Cipreses, alcornoques, encinas. Más allá, la llanura castella­na, enrojecida por el sol naciente. Y detrás la línea azulada de la sierra que enlaza con la techumbre azul del cielo. El paisaje es un acontecimiento visual, sin duda alguna, y puedo analizar­lo visualmente. Toda la información está ofrecida a mi mirada. ¿Es verdad lo que acabo de decir? Uno de los dogmas más equívocos de nuestra época sostiene que una imagen vale más que mil palabras. Se pone como ejemplo la fotografía de una niña vietnamita desnuda huyendo por una carretera después de un bombardeo. Nos aseguran que ninguna descripción literaria producirá una experiencia tan viva de los horrores de la guerra. Esto es una simpleza. En la fotografía no se ve la guerra. Se ve tan sólo la imagen de una niña. La guerra no se ve nunca, como nunca se ve una ciudad, un jardín, una exposición de cuadros. Éstos son conceptos que nos permiten interpretar las imágenes que vemos -y que son siempre concretas: unos muer­tos, una calle, unas plantas, unas pinturas- integrándolas en los modelos mentales que poseemos. La palabra nos permite analizar la imagen aprovechando todos los recursos de nuestra memoria lingüística.

Algo semejante ocurre respecto a nuestra experiencia inte­rior. Sin la ayuda del habla interna, nuestra subjetividad per­manecería inarticulada, empastada y borrosa. Estaríamos za­randeados por emociones innominadas que no entenderíamos. «No sé lo que significa que yo esté tan triste», gime Heine en un poema, y le comprendo. Necesitamos analizar nuestros pro­pios sentimientos aprovechando los recursos que el lenguaje nos proporciona. Gracias a él podemos fijar la atención en nuestra propia vida consciente. Es el órgano de la reflexión. El léxico no es un repertorio de lindezas expresivas. Es ante todo una herramienta para analizar lo que experimentamos.

La articulación lingüística de nuestras emociones produce importantes consecuencias que demuestran hasta qué punto el lenguaje está presente en la urdimbre de nuestra intimidad. Según Pennebaker, cuando los individuos hablan o escriben sobre sucesos emocionales ocurren importantes cambios bio­lógicos. Durante las pruebas en laboratorio, hablar acerca de traumas va acompañado de una sorprendente reducción en la presión sanguínea, tensión muscular y conductancia de la piel durante o inmediatamente después de la confesión.16

Eugenia Georges ha estudiado el significado dado a la con­fesión en las culturas que la consideran buena y en aquellas que la prohíben expresamente. Antropológicamente, la confe­sión es una terapia basada en el uso de la palabra y los símbo­los. Puede ser laica o religiosa.17 En Occidente la confesión ha sido tan importante que Foucault llegó a la llamar a los occi­dentales «animales confesantes».18

Hallowell estudió el papel de la confesión entre los ojibwa, un pueblo del Canadá. El curandero exigía al enfermo la confe­sión de las transgresiones a las normas culturales que había co­metido. Para los ndembu de África occidental la confesión es también una técnica importante para la salud. En este caso el curandero exige la confesión no sólo del enfermo sino de sus familiares, vecinos y otros miembros de la comunidad. Creen que la enfermedad es un símbolo de que algo malo sucede en el cuerpo social.

En contraste con estas culturas hay otras que prohíben la exteriorización de las emociones. Unni Wikan, en su estudio Managing Turbulent Hearts: A Balinese Formula for Living (The University of Chicago Press, Chicago, 1990), cuenta que los ba-lineses son socializados desde la infancia para no exteriorizar sus emociones negativas, como la tristeza o la furia. Se enseña a los niños que esas emociones pueden ser conquistadas con la estrategia de no prestarles atención o de olvidarlas, y también riéndose y haciendo bromas, incluso en las más sombrías cir­cunstancias. Son técnicas que se consideran esenciales para managing the heart. Esto no es sólo bueno para la sociedad sino para la propia salud.

Kleinman ha escrito que mientras ejercía de psiquiatra en Taiwan fracasó al intentar que sus pacientes chinos hablaran acerca de sus emociones negativas. Se enseña a los niños desde la infancia a no atender a sus estados emocionales. Y acaban no pensando en términos introspectivos y perdiendo el lengua­je para expresar las emociones. Creen que la expresión de senti­mientos puede alterar la armonía del cuerpo y conducir a la enfermedad. Kleinman transcribe una consulta de un psiquiatra chino que advierte a una mujer que sufre una depresión y an­siedad: «Tiene que contener su ira. Ya conoce el adagio: "Sé sordo y mudo." Trague las semillas del melón amargo. No ha­ble.» Los psiquiatras americanos encuentran esas prescripcio­nes superficiales, comenta Kleinman, porque están profunda­mente influidos por «los valores culturales occidentales sobre la naturaleza del self y sus patologías, que enfatizan un self pro­fundo, oculto y privado».19

Con este repaso bibliográfico sólo he querido llamar la aten­ción sobre la importancia que tiene la verbalización de lo que sucede más allá de la información en estado consciente.
7
Volvemos a la pregunta del principio. ¿Por qué nos habla­mos? Piaget observó que hasta el séptimo u octavo año de vida el niño habla predominantemente para sí mismo. El lenguaje apenas tiene función comunicativa, es esencialmente monólo­go, es egocéntrico. Un niño que esté jugando, por ejemplo ha­ciendo construcciones con tacos de madera, desarrollará su ac­tividad en silencio mientras no encuentre dificultades, pero si llegan, empezará a hablar. Hablará para sí. Vigotsky interpretó este fenómeno de distinta manera que Piaget. No es que el niño esté poco socializado, sino que está poco individualizado. La gran idea de Vigotsky fue comprender que todas las funciones psíquicas superiores surgen de una colaboración social. «El lenguaje interior», escribió, «surge de la diferenciación de la función originariamente social del lenguaje. El camino del de­sarrollo infantil no es la socialización que se va introduciendo poco a poco desde fuera, sino la progresiva individualización que se produce sobre la base de su esencia social.» La palabra, signo para la comunicación entre los seres humanos, se con­vierte en signo para la comunicación con uno mismo.

El individuo se encuentra con que conoce muy poco de lo que sucede dentro de él. Su memoria es un gigantesco mecanismo que guarda secretos temerosos o amables. Una compleja interacción de biología, memoria, expectativas produce altera­ciones emocionales. El sujeto sólo conoce el resumen de esa in­formación que pasa a estado consciente. Percepciones e imáge­nes, deseos y sentimientos, y palabras que puntúan, enfatizan, manejan todos estos contenidos, son los formatos principales de la información en estado consciente. Gracias a ellos cono­cemos lo que está sucediendo dentro de nosotros. Los investi­gadores de nuestra vida emocional insisten en que los senti­mientos nos avisan del estado en que se encuentran distintos sistemas fisiológicos. Phillip Johnson-Laird y Keith Oatley han propuesto una teoría de las emociones como sistema de comu­nicación íntima. Suponen que la inteligencia humana es modu­lar, es decir, está formada por módulos que gozan de cierta au­tonomía -perceptivos, memorias, destrezas motoras-, y que las emociones ponen en comunicación esos sistemas. Todo lo que aparece en la conciencia está puesto al servicio de todos los sis­temas. Por eso nos permite un ajustamiento de la acción más adecuado y fino. El lenguaje cumple una función parecida. Nos hablamos para comunicarnos con nosotros mismos.

Bajtin se preguntó si la dialogicidad del lenguaje continua­ba manifestándose en el lenguaje interior, que tiene lugar den­tro de los límites del organismo, de una sola persona, de los férreos límites de la intimidad.

Contestar afirmativamente a esta pregunta -como hicieron Vigotsky, Bajtin y como hago yo- supone admitir que la mente «individual» es en realidad social, en su génesis y su funciona­miento. El lenguaje interior se origina por introyección del ha­bla comunicativa, y de ella retiene sus propiedades. Los signos, en su carácter externo, son instrumentos objetivos de la rela­ción con otros. Al volverse interiores se convierten en instru­mentos internos y subjetivos de la relación con uno mismo. Ya no estoy dialogando con otro, sino conmigo. Y lo hago por me­dio de una herramienta social, que imprime toda su socialidad a mi actividad mental. «La conciencia», escriben Silvestri y Blanck, «aparece, entonces, como una forma de contacto social con uno mismo.»20



El habla se convierte en desvelamiento. Nos estamos mo viendo en el filo de la navaja, en la cresta del tejado, donde la pelota puede caer a cualquiera de las dos aguas. ¿Personal o so­cial? Mijail Bajtin apuesta por lo social: «Yo me conozco y llego a ser yo mismo sólo al manifestarme para el otro, a través del otro y con la ayuda del otro. Los actos más importantes que constituyen la autoconciencia se determinan por relación a la otra conciencia... Y todo lo interno no se basta por sí mismo, está vuelto hacia el exterior, está dialogizado, cada vivencia in­terna llega a ubicarse sobre la frontera, se encuentra con el otro, y en este intenso encuentro está toda su esencia... El mis­mo ser del hombre, tanto interior como exterior, representa una comunicación más profunda. Ser significa comunicarse.» Bajtin tiene razón, pero olvida que la sociedad ha ido presio­nando evolutivamente para permitir mayor autonomía perso­nal. Lo que llamamos voluntad, que son destrezas que nos per­miten liberarnos de coacciones, es también una creación social, inducida mediante el lenguaje.21

El lenguaje, que parecía ser un sistema colosal, eficacísimo, de comunicación social, se nos ha convertido en configurador de la subjetividad humana. Es la presencia de la cultura en las estructuras psicológicas. La individualidad crea la sociedad que a su vez crea la individualidad, en un proceso de causalida­des recíprocas difícil de describir. La mejor ilustración es un inquietante dibujo de Escher, en el que una mano dibuja otra mano por la que al mismo tiempo es dibujada. Tenemos que averiguar de qué manera la inteligencia humana es capaz de realizar tan sorprendentes funciones. La lingüística adquiere su sentido más profundo al encuadrarla dentro de una teoría de la inteligencia. Navegamos hacia una teoría personalista del len­guaje, que lo devuelve al mundo de la vida real, donde hay per­sonas que hablan, escuchan, entienden, malentienden, cantan, insultan, prometen, hacen declaraciones de amor, mienten.


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje