Página principal

Ecofeminismos y agroecologíA


Descargar 184.49 Kb.
Página1/4
Fecha de conversión18.07.2016
Tamaño184.49 Kb.
  1   2   3   4
ECOFEMINISMOS Y AGROECOLOGÍA

Por


Gloria Patricia Zuluaga1 y

Eduardo Sevilla Guzmán2




1. BREVE NOTA INTRODUCTORIA
El trabajo que presentamos aquí es parte del proceso de construcción de la Agroecología que iniciamos, hace ya casi 20 años, un puñado de personas que, desde nuestro trabajo en el mundo rural y la agricultura, percibimos una respuesta que emergía de ciertos sectores sociales vinculados a esta parte de la humanidad.3 La tarea que nos adjudicamos fue sistematizar y teorizar las múltiples formas de respuesta que surgían de los campesinos y grupos indígenas y de determinados sectores de agricultura familiar, en su resistencia a la modernización tecnológica de naturaleza industrial a que se venían sometiendo sus territorios. Una de las carencias de nuestro trabajo fue el tratamiento del género, al encontrarnos ineluctablemente imbuidos en el sistema de dominación patriarcal, que gobierna nuestra cultura. Aunque muchas, quizá en forma mayoritaria, de las construcciones surgidas de las referidas respuestas provenían de mujeres,4 no hemos sabido todavía, llenar este importante vacío en nuestra propuesta5.
Estos papeles son la reacción a la explosiva demanda de género que ha surgido en el Programa de Doctorado y Master en “Agroecología, Sociología y Desarrollo Rural Sostenible” de la Universidad de Córdoba y de la Universidad Internacional de Andalucía en sus distintas versiones; por ello lo dedicamos a los y las alumnas de los referidos programas.6
Aunque nuestras primeras caracterizaciones del enfoque agroecológico hacían referencia a la dimensión social del manejo de los recursos naturales, prestaban un mayor énfasis en los aspectos ecológicos y agronómicos; en la última década hemos conseguido integrar el conocimiento de las ciencias sociales a esta aportación inicial.7 Sin embargo, la Agroecología tiene una condición pluriepistemológica; ante la impotencia del conocimiento científico de incorporar soluciones a los problemas de manejo de los recursos naturales que deterioran tanto la naturaleza como la sociedad, y que por su propia naturaleza, no consigue aprehender. Es esto lo que introduce la Agroecología como aportación de los contenidos históricos generados por la sociedad civil, en su lucha por romper las formas de desigualdad generadas por la estructura de poder establecida mediante la apropiación histórica de los recursos naturales por unos grupos sociales sobre otros.
Pretendemos iniciar aquí una síntesis del enfoque de género en relación al ecológismo, para contribuir al entendimiento y a la discusión sobre dicha temática, de tal forma que se asegure una mayor valoración y participación de las mujeres en relación a las estrategias de uso, manejo y conservación de los recursos naturales y la producción agropecuaria y forestal. También intenta dejar de entender a las mujeres como víctimas pasivas de la degradación ambiental y a los hombres como los únicos destructores principales. Pues partimos que tanto las mujeres como los hombres son actores decisores con conocimientos e intereses distintos en la conservación y manejo de recursos naturales.
Para ello vamos a partir de una primera instancia en la que realizaremos una esquemática caracterización del feminismo, en su configuración histórica; continuaremos, en una segunda instancia, con una no menos esquemática conceptualización de los movimientos sociales; pretendemos con ello generar un contexto teórico en que aparece el género como una forma de conciencia agroecológica.
Este contexto teórico nos permitirá comprender el ecofeminismo como medioambientalismo8 generador de una forma de conciencia que configura, entre otras raíces científicas y sociales la Agroecología; ésta supone la percepción, desde la chacra, parcela o explotación, de las injusticias, discriminaciones y desigualdades establecidas históricamente por la forma industrial del uso de los recursos naturales (Gadgil and Guha, 1992: 39-59), desde la especificidad de la mujer. Y ello, en forma articulada con los diversos aspectos en los que el desarrollo del capitalismo ha ido sometiendo a los sectores campesinos e indígenas a una dinámica de degradación de su naturaleza humana privándoles de su dignidad de especie (desarticulándola de la trama ecológica de la vida); de identidad (aniquilando su biodiversidad sociocultural); de clase (mediante su explotación económica); de género (profundizando la ancestral subordinación de su condición femenina, en articulación, insistimos, con los anteriores factores); e intergeneracional (sometiendo a la explotación económica y social a sus extremos generacionales: niños y mayores, coexistente en la misma coyuntura histórica).

2. UNA ANOTACIÓN HISTÓRICA DEL FEMINISMO
Fue Charles Furier quien acuñó, a principio del siglo XIX en Francia, el término feminismo en su Teoría de los cuatro movimientos, como intento de mostrar a “la humanidad ciega, la ruta hacia la felicidad”,9 y al hacerlo, proclama la igualdad social de los sexos. Sin embargo, la incorporación de dicho termino al uso corriente de la cultura occidental no tuvo lugar hasta la fundación del diario defensor de la causa de las mujeres del “feminisme”: Le Fronde, por la periodista militante Marguerite Durand, en la última década del ochocientos; cuando en Inglaterra se sustituyó la expresión womanismo (mujerismo) por feminism.
Siguiendo a Victoria Sau, una conceptualización actual del feminismo definiría a este “como una toma de conciencia en el tiempo y el desarrollo de una teoría sobre las relaciones humanas a partir de los sexos entre sí, reconocidas estas como sistema o estructura”. En este sentido, el feminismo es una forma de acción social colectiva desarrollada por mujeres, como podría calificarse “la emprendida por las mujeres romanas cuando solo se les pudo hacer abdicar a latigazos”. Sin embargo la amplitud del concepto permitiría igualmente calificar como acciones feministas las que describe Kollantai10 en el contexto intelectual y político del Renacimiento que permitieron sobre todo a las mujeres burguesas el acceso libre a los estudios científicos y filosóficos. El Siglo de las Mujeres Sabias, entre las que destacan Olimpia Moratoro, Isotta Nogarola, Hipólita Sforza, Vittoria Colonia, las dos teólogas españolas Isabel de Collona y Juliana Morelli, de Barcelona, en la cultura Lady Jane Grey, María Sydney, Margarita de Navarra y Ana Dacier. Era típico en esa época que muchas de las mujeres fueran hijas de profesores, escritores, médicos, teólogos y científicos, cuyos padres las habían dotado para la lucha de la existencia y la mejor arma era el saber. También participaron en las guerras civiles y en los movimientos populares religiosos. Ejemplo de ello es su destacado papel durante la Reforma de la Iglesia que fue una lucha contra la autoridad del feudalismo. Entre ellas tenemos el caso de la francesa Cristina de Pisan en el siglo XV. En el siglo XVII Mary Astell, luchó a favor de los derechos de la mujer inglesa en donde exigía la igualdad de los sexos en la formación cultural y el acceso a todas las profesiones (Kollantai, 1976:99; Victoria Sau 1988: 412-415).
Sin embargo, la mayor parte de las mujeres occidentales, que estamos caracterizando esquemáticamente, en este periodo histórico se veían sometidas a una doble explotación: del sistema patriarcal por un lado, y del desarrollo del capitalismo, por otro, por su condición de obreras y campesinas. En efecto la conciencia de género, que estamos definiendo aquí, desde la agroecología, se encuentra ineluctablemente unida a la conciencia de clase en su construcción histórica desde el movimiento obrero; como señala Augus Bebel (1883; 1980:111) al generalizar sobre la evolución del trabajo en el desarrollo del capitalismo: “la mujer suplanta al hombre y a su vez será suplantada por el niño, semejante engranaje sustituye el ORDEN MORAL de la industria moderna”. No obstante, la conciencia de género como forma de acción social colectiva con naturaleza de movimiento social surgiría mucho mas tarde, en los años sesenta; como acumulación de luchas puntuales, aunque en cierto sentido acumulativas, y como resultado de aportaciones analíticas.
Así, Margaret Mead hizo uno de los primeros estudios etnográficos sobre la variación de los roles de género/sexo y temperamento en tres sociedades indígenas. En dicha investigación encontró que los roles de género varían con el entorno, la economía, las estrategias de adaptación y el nivel de complejidad social. Así, las mujeres poseían un status elevado en las sociedades matrilineales por diversas razones: la pertenencia al grupo de filiación, la sucesión en las posiciones políticas, la distribución de la tierra y la identidad social global; todo lo cual venía a través de los lazos femeninos. Las esferas pública y privada eran menos diferenciadas y la jerarquía menos marcada. En estas sociedades las mujeres eran la base de toda la estructura social, gran parte del poder y de la toma de decisiones estaba en manos de las mujeres de más edad. Mientras tanto, en los grupos patrilineales, se presentaba una supremacía masculina, los varones solían dominar la jerarquía del prestigio y tenían una acusada dicotomía doméstico-pública. Así sus investigaciones pusieron de manifiesto el peso de la cultura a la hora de determinar los roles entre hombres y mujeres (M. Mead, 1973). Este análisis científico supuso sin duda una singular aportación al feminismo, el cual no puede considerarse tan solo como una ideología en su acepción idealista; por el contrario es todo un movimiento colectivo de dimensión cultural y política desarrollado en los últimos doscientos años producto de los contenidos históricos generados por las luchas sociales que, aunque lideradas por mujeres, se veían acompañadas por hombres, para construir, un autentico sistema de relaciones de las mujeres con la naturaleza, con los hombres, y con la infancia, del cual depende además las relaciones hombre-hombre y las relaciones adulto-niño.
Empero, el feminismo posee una fuerte heterogeneidad ideológica esculpida históricamente: desde sus inicios como movimiento sufragista ha buscado “la igualdad del voto”, que ampliaría sus reivindicaciones buscando “la igualdad de oportunidades” con un reformismo también burgués,11 que en su vertiente católica se une al proteccionismo a las desamparadas y a una mayor consideración a la mujer que en las estructuras jerárquicas de la Iglesia. Sin embargo, el mayor impulso al feminismo proviene, sin duda del pensamiento socialista; desde el marxismo vinculado a la ortodoxia que se configuró en la Revolución rusa; o el feminismo independiente (denominado frecuentemente en la literatura como radical) que considera la lucha socialista necesaria aunque no suficiente. Es este, el feminismo radical, la corriente de pensamiento más extendida en las “sociedades avanzadas”. Tal corriente plantea que la dominación de los hombres sobre las mujeres está basada en lo biológico -sexo-,12 siendo ello la principal causa de opresión; expresan que “el machismo latente” en el pensamiento científico coloca la subordinación de las mujeres en la raíz de la opresión humana.
Para Sabaté, et al. (1995:39), el feminismo radical, identifica al patriarcado13 como causa de la subordinación, y por lo tanto de la construcción de una sociedad como un sistema sexual jerárquico en el que los hombres poseen un poder superior y disfrutan de una situación económica, cultural y política privilegiada al ser beneficiarios directos del trabajo doméstico de las mujeres. El elemento fundamental de su propuesta, para superar la perversidad de tal sistema, es la interrelación entre los géneros, sin considerar otras dimensiones sociales. Así mismo, tal planteamiento manifiesta que el sistema patriarcal se mantiene a través de la familia y el matrimonio monogámico, mediante la división sexual del trabajo y de la sociedad.
Resumiendo, aunque los movimientos feministas, en un inicio, se asociaron fundamentalmente a la lucha por la obtención del sufragio femenino, proceso éste que se alargó durante casi un siglo -el primer país en el que las mujeres obtuvieron el sufragio fue Finlandia en 1906, mientras que en Irak solo se obtuvo hasta 1980-; su espectro ideológico se abrió con fuerza, de forma tal que la primera década del siglo XX se caracterizó en todo el “mundo occidental” por una fuerte lucha de las formas de acción social colectiva impulsadas por los grupos de mujeres y sus reivindicaciones. No obstante, las décadas de los 40 y 50 del siglo veinte se caracterizaron por una decadencia del movimiento feminista debido a que, después de la Segunda Guerra Mundial, la sociedad se plegó en forma más conservadora, imperando la idea de mujer tradicional: esposa, madre y ama de casa. Ello hizo que se produjese un retroceso dentro del proceso de incorporación de las mujeres a la actividad pública y colectiva. Sin embargo, ello no impidió la aparición de organizaciones de mujeres de distinta índole, desde amas de casa, campesinas, universitarias y académicas, entre otras. Por el contrario, los años sesenta y setenta se caracterizaron por una fuerte movilización de grupos sociales oprimidos y marginados, donde jugó un papel central el movimiento feminista. Algunos de los cambios sociales más significativos que empezaron a producirse en esta época, en el mundo occidental, tiene como protagonistas a las mujeres, entre ellos se destacan:14


  • Cambios demográficos relacionados con la disminución de la tasa de fecundidad y el incremento de la esperanza de vida de las mujeres sobre todo en los países del norte.

  • Incremento de las mujeres en el mercado laboral, aunque a ritmo diferente según los países.

  • Avance en los niveles de educación, ingreso a escuelas de niveles medios y superiores.

  • Incipiente participación política y presencia de mujeres en puestos de responsabilidad.

No obstante, en la década de los setenta aparece un feminismo oficial, -aunque en realidad no utilice nunca esa expresión- que intenta instrumentalizar -a través de distintas formas de control, desde las esferas de la articulación transnacional de los Estados- las reivindicaciones del feminismo entrando, frecuentemente, en fricción con éste en los foros internacionales. En este contexto es obligado citar, a otra de las autoras históricas que no podemos dejar de nombrar, Ester Boserup, quien en 1970 escribió el clásico texto “La Mujer y El Desarrollo Económico”. Allí documentó el papel de las mujeres del África Subsahariana en la producción de alimentos, y de como las políticas del colonialismo y el desarrollo incrementaron su empobrecimiento al destruir los recursos base de la subsistencia. El trabajo de Boserup es necesario contextualizarlo en la coyuntura histórica e intelectual en el que surgió, sin embargo consideramos que la autora percibía como necesario incluir a las mujeres en las políticas de desarrollo, lo cual desde nuestro punto vista es muy problemático, dado que asume que el “desarrollo” es sinónimo de “desarrollo económico” o “progreso económico”. Para ella la solución pasaba por implementar políticas de desarrollo mejoradas que pusieran énfasis en la capacitación de las mujeres campesinas y tengan funcionarias de desarrollo rural, apoyen las cooperativas de mujeres, etc. Como vemos aquí se asume que las mujeres forman un grupo o categoría homogéneo y por tanto todas las mujeres necesitan del mismo desarrollo, lo cual desde nuestro punto vista es muy problemático, como veremos más adelante.15


La emergencia de movimientos feministas y sus movilizaciones provocó que la Organización de las Naciones Unidas -ONU- involucrara en sus agendas algunas de las reivindicaciones de las mujeres; así en 1975 se realizó la Primera Conferencia Internacional sobre la Mujer en México, teniendo como resultado la proclamación del Decenio de las Naciones Unidas para la Mujer (1976-1985). En este decenio se puso el énfasis en la incorporación de la mujer al desarrollo, es de resaltar que esta conferencia plantea una serie de medidas para promover el reconocimiento social del papel de las mujeres, las cuales deberían adoptarse en el plano nacional, regional e internacional, aunque ello no alcanzara todo el éxito que cabría esperar, pues a pesar de que este tipo de acuerdos sean necesarios no son suficientes, dado que las relaciones estructurales no funcionan por sí solas sino que son producto de determinadas formas de pensar y de la praxis humana, por lo que la lucha por la igualdad debe entonces ser dada tanto a nivel macro como micro.16 Sabaté et al. (1995:26), comentan que en dicha Cumbre se caracteriza la situación de la mujer en los siguientes términos: 17
a) Las dos terceras partes de las mujeres en los países del Sur con más de 25 años nunca habían asistido a la escuela.

b) Las mujeres que constituyen un tercio de la mano de obra asalariada cubren los dos tercios de las horas de trabajo, mientras que reciben sólo el 10% del salario y poseen menos de una centésima parte de la propiedad mundial.

c) En la industria manufacturera la mujer cobra por hora de trabajo las tres cuartas de lo que percibe un hombre.
El Decenio de las Mujeres de la ONU partía del supuesto de que la expansión y difusión del proceso de desarrollo mejoraría automáticamente la posición económica de las mujeres, pero cuando finalizó dicho decenio ya había empezado a quedar claro que el creciente subdesarrollo de las mujeres no se debía a una participación insuficiente e inadecuada en el desarrollo sino más bien a una participación asimétrica que las obligaba a soportar los costes, y a la vez las excluía de los beneficios del desarrollo (Shiva, 1997:34). Las organizaciones feministas de la época denunciaron que las mujeres eran percibidas como consumidoras potenciales y como proveedoras de servicios; además consideraban que las mujeres dentro de la estructura productiva mejorarían las condiciones de vida de las familias, lo que quiere decir que se visibilizaban como madres y no como sujetos de derechos.
En general los proyectos puestos en marcha, fueron pequeños y aislados entre sí, pero representaron con frecuencia una carga adicional para las mujeres y no compensaban sus esfuerzos. Muchos de ellos, giraron alrededor de las microempresas de alimentos, comedores escolares o de los programas de salud, extendiendo al espacio público la función doméstica de las mujeres; por ello lo que hicieron en la mayoría de los casos fue modernizar el discurso del desarrollo, afianzando los papeles tradicionales de las mujeres y los hombres.
En palabras de Arturo Escobar (1997:340-361), las mujeres empezaron a ser percibidas por el aparato del desarrollo, convirtiéndose en sujetos de preocupación, por lo cual fueron representadas e identificadas como problema o nuevas clientas, siendo la respuesta del establecimiento internacional El Desarrollo, pero con unos intereses definidos por otros […] dado que el aparato del desarrollo permite a otros ser vistos pero sin prestar atención a lo que dicen, dado que por circunstancias históricas, por los imaginarios y por las prácticas sociales persistentes, se ha creado un contexto en que es difícil visibilizar a las mujeres.
Con el discurso de la participación de la mujer se amplia el de actuación de las instituciones internacionales. Simmons (1992, citada por Escobar, 1998:327), plantea que el desarrollo modernizó el patriarcado con graves consecuencias para las mujeres de todo el mundo; asevera que el patriarcado modernizado esconde también el hecho de que el trabajo remunerado y/o mal pagado de las mujeres ha proporcionado gran parte de la base de la modernización. A pesar, de considerar importante que las preocupaciones sobre el impacto del desarrollo en las mujeres y en el medio ambiente, hayan sido retomadas por el corazón del sistema político internacional, algunas autoras ven esto con reservas. Al respecto Escobar (1998:340), nos dice que el aparato del desarrollo es una de las instituciones más patriarcales y más dominantes del mundo, visión que compartimos plenamente.
En la década de los noventa el discurso de Mujer y Desarrollo se reemplaza por el de Género y Desarrollo, como un principio organizador de los esfuerzos de la mujer dentro del desarrollo y transformando los enfoques productivistas por los del empoderamiento.18 Consideramos que si bien la participación de las mujeres en la producción es necesaria, ello no es suficiente para superar su subordinación. Como lo señala Escobar sólo convirtiéndose en un nuevo sujeto social, la mujer puede construir un nuevo modelo de desarrollo, no economisista (Arturo Escobar, 1997:356). En esta década además se acepta que las políticas públicas no son neutrales y que afectan desigualmente a las mujeres y a los hombres, por lo cual incide en las representaciones masculinas y femeninas que se construyen.
En conclusión, el feminismo contemporáneo puede globalmente definirse como una reflexión teórica y como un movimiento social que es hoy una realidad multifacética y puede ser definida como un proyecto pluralista y diverso en donde coexisten diferentes posiciones ideológicas con distintos objetivos; sin embargo, se pueden extraer un núcleo central de elementos, entre los que se destacan:


  • Ser un proyecto político comprometido con un cambio social, orientado a una redefinición de lo que constituye la política, lo público y lo privado.




  • Reconocer, que si bien la igualdad de hombres y mujeres ha sido legal y normativamente aceptada, ello no es suficiente para conseguir la equidad verdadera. La discriminación de las mujeres es inherente a las actitudes sociales y por ello mucho más difícil de cambiar que la ley.




  • Aunque, las instituciones públicas, de la mayor parte de las llamadas “sociedades avanzadas” han atendido algunas de las reivindicaciones de los movimientos de mujeres y las han incorporado a sus instituciones, muchas, o incluso la mayor parte de estas reivindicaciones, permanecen ajenas a las del llamado “Tercer Mundo”.




  • Un gran interés por destacar los aspectos positivos de la condición femenina y la revalorización de atributos como la solidaridad o la falta de agresividad y sus efectos beneficiosos en las relaciones sociales.



3. LAS MUJERES EN EL CONTEXTO DE LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES19
En otro lugar hemos analizado las raíces científicas y sociales de la Agroecología (Sevilla Guzmán, Ottmann y González de Molina, 2006), como área de síntesis disciplinar y de las aportaciones generadas por los contenidos históricos forjados en la lucha contra el avance modernizador. Se señaló ahí, en forma esquemática, el pluralismo de los sectores sociales convergentes en el ciclo de protestas iniciado en la década de los setenta. Si bien los movimientos sociales fraguaron en la Europa occidental, el componente aportado desde los movimientos norteamericanos “por los derechos civiles” y “contra la guerra del Vietnam” tuvieron un peso muy importante. El reflujo de las protestas sociales, en los años ochenta, permitió la generación de un espacio de reflexión y organización, generado por la confluencia de distintas unidades temáticas20 que adquieren un carácter de discurso globalizador, dando lugar a la aparición de los llamados Nuevos Movimientos Sociales y su dinámica de disidencia contra el Neoliberalismo y la Globalización.
Los nuevos movimientos sociales de mujeres, tanto desde el feminismo como desde la militancia ambientalista, poseen una dimensión transversal ya que pretenden introducir una nueva manera de relacionarse rompiendo la asimetría del género. En este sentido, puede afirmarse que estos movimientos son proclamados cada vez más como fuente de nuevas políticas y de una sociedad civil regenerada para el siglo XXI (Mellor, 2000:23). La literatura sobre la nueva disidencia emergente es abrumadora por lo que nos vamos a centrar aquí en aquellos autores que han tenido más impacto en las dinámicas sociales que se vincularán a través de formas sociales de acción colectiva.21 En un esfuerzo de síntesis los rasgos básicos de los Movimientos Sociales podrían caracterizarse de la siguiente forma:
  1   2   3   4


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje