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Domingo de ramos


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Domingo de la Pasión del Señor o de Ramos, ciclo A

DOMINGO DE RAMOS

por el papa Joan Pau II


"¡Hosanna!", "¡crucifícale!". Con estas dos palabras, gritadas probablemente por la misma multitud a pocos días de distancia, se podría resumir el significado de los dos acontecimientos que recordamos en esta liturgia dominical.

Con la aclamación:  "Bendito el que viene", en un arrebato de entusiasmo, la gente de Jerusalén, agitando ramos de palma, acoge a Jesús que entra en la ciudad montado en un borrico. Con la palabra:  "¡Crucifícale!", gritada dos veces con creciente vehemencia, la multitud reclama del gobernador romano la condena del acusado que, en silencio, está de pie en el pretorio.

[...] La palma del triunfo y la cruz de la Pasión:  no es un contrasentido; es, más bien, el centro del misterio que queremos proclamar. Jesús se entregó voluntariamente a la Pasión, no fue oprimido por fuerzas mayores que él. Afrontó libremente la muerte en la cruz, y en la muerte triunfó.

Escrutando la voluntad del Padre, comprendió que había llegado la "hora", y la aceptó con la obediencia libre del Hijo y con infinito amor a los hombres:  "Sabiendo que había llegado su hora de pasar  de este mundo al Padre, habiendo  amado  a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1).

Hoy contemplamos a Jesús que se acerca al término de su vida y se presenta como el Mesías esperado por el pueblo, que fue enviado por Dios y vino en su nombre a traer la paz y la salvación, aunque de un modo diverso de como lo esperaban sus contemporáneos. [...]

La lectura de la página evangélica ha puesto ante nuestros ojos las escenas terribles de la pasión de Jesús:  su sufrimiento físico y moral, el beso de Judas, el abandono de los discípulos, el proceso en presencia de Pilato, los insultos y escarnios, la condena, la vía dolorosa y la crucifixión. Por último, el sufrimiento más misterioso:  "¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?". Un fuerte grito, y luego la muerte.

¿Por qué todo esto? El inicio de la plegaria eucarística nos dará la respuesta:  "El cual (Cristo), siendo inocente, se entregó a la muerte por los pecadores, y aceptó la injusticia de ser contado entre los criminales. De esta forma, al morir, destruyó nuestra culpa, y al resucitar, fuimos justificados" (Prefacio).

Así pues, en esta celebración expresamos nuestra gratitud y nuestro amor a Aquel que se sacrificó por nosotros, al Siervo de Dios que, como había dicho el profeta, no se rebeló ni se echó atrás, ofreció la espalda a los que lo golpeaban, y no ocultó su rostro a insultos y salivazos (cf. Is 50, 4-7).

Pero la Iglesia, al leer el relato de la Pasión, no se limita a considerar únicamente los sufrimientos de Jesús; se acerca con emoción y confianza a este misterio, sabiendo que su Señor ha resucitado. La luz de la Pascua hace descubrir la gran enseñanza que encierra la Pasión:  la vida se afirma con la entrega sincera de sí hasta afrontar la muerte por los demás, por Dios.

Jesús no entendió su existencia terrena como búsqueda del poder, como afán de éxito y de hacer carrera, o como voluntad de dominio sobre los demás. Al contrario, renunció a los privilegios de su igualdad con Dios, asumió la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres, y obedeció al proyecto del Padre hasta la muerte en la cruz. Y así dejó a sus discípulos y a la Iglesia una enseñanza muy valiosa:  "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto" (Jn 12, 24). [...]



¡Gloria y alabanza a ti, oh Cristo, Verbo de Dios, salvador del mundo

Homilía en la XVI Jornada Mundial de la Juventud (8 abril 2001)

Monestir de Sant Pere de les Puel·les


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