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Domingo, 8 de julio de 2012 Cien años de cine argentino


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Comentario publicado en La Capital de Rosario
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Domingo, 8 de julio de 2012


Cien años de cine argentino
Fernando Martín Peña

Con rigor e informalidad

Cien años de cine argentino propone un apasionado recorrido a través de películas y realizadores, con anécdotas, sentido crítico y nuevas interpretaciones para la polémica.

Por Fernando Varea

Es para celebrar que cuando Biblos decidió publicar un libro sobre la historia del cine argentino (dentro de una colección que incluye otros sobre teatro, música y artes plásticas) haya convocado para ello a Fernando Martín Peña, que puede referirse con igual autoridad al cine mudo como al realizado en los últimos años, conoce historias de primera mano, ha demostrado por el cine (desde muy joven) una auténtica pasión sin histeria, y, además, suele opinar sin tener en cuenta lo que conviene o lo que algunos esperan que diga. Cien años de cine argentino exhibe las mismas cualidades que Peña ha demostrado sobradamente como coleccionista, programador, periodista e investigador: rigor en la búsqueda e informalidad en el estilo, gusto por compartir materiales atesorados, convicción y humildad.

Apenas iniciada la lectura se encuentra la primera perla: una aguda observación sobre características que vinculan al cine mudo con el cine argentino reciente (el fácil acceso a los medios de producción, la ausencia de censura, las dificultades de exhibición, e incluso la existencia de films que diluyen deliberadamente las fronteras entre realidad y ficción, entre otras cosas), aunque podría acotarse que un siglo atrás todo era novedad mientras que ahora las imágenes se multiplican, en distintos formatos y tamaños, buscando desesperadamente espectadores atentos. En este punto, Peña advierte que si casi todo el cine realizado hace un siglo se ha perdido por la fragilidad del nitrato de celulosa, hoy se corre el mismo peligro por la inestabilidad del formato digital.

Destinado más al público general que al especializado según el autor, el libro avanza ameno, apelando ocasionalmente a la ironía, desperdigando anécdotas y reseñando argumentos y filmografías con precisión, sin exceso de palabras. En el recorrido, desmitifica conceptos muy arraigados (sobre el esplendor de la época "industrial" o el cine durante el peronismo), revaloriza títulos (La borrachera del tango, El deseo, Mis cinco hijos, Sangre negra, Una mujer..., Juan, como si nada hubiera sucedido), descubre audacias adelantadas a la época y utiliza expresiones más que felices cuando define a Deshonra como "freak show carcelario", a la filmografía de Torre Nilsson de los 70 como "apresurada y errática", a Martín (Hache) como "un film que podría pasarse por radio" y al estreno de Los hijos de Fierro en 1984 como un recuerdo de "las indagaciones formales y narrativas que habían madurado antes de que la dictadura aplanara todos los discursos".

Peña expresa cariño y admiración por algunos directores (Leopoldo Torres Ríos, Agustín Ferreyra, Homero Manzi, Discépolo, Hugo del Carril, Román Viñoly Barreto), seguramente referentes de los valores que aprecia, no sólo en materia de cine. También estima a Octavio Getino o a Jorge Miguel Couselo, pero no se priva de contradecirlos cuando lo considera necesario, y si alaba a Alejandro Agresti y Mariano Llinás esto no le impide señalar la "dificultad para asumir la autocrítica" del primero y el "ego muy saludable" del director de Historias extraordinarias.

Los elogios se incrementan, razonablemente, cuando comienza a abordar el cine de la década del 60. Más arriesgada resulta su generosidad al aludir a películas como El hinchaBajo el signo de la Patria o Abierto de 18 a 24, al aventurar que los yerros de Luis Moglia Barth implicaban el propósito de "renovar el lenguaje cinematográfico" o al afirmar, categórico, que "ningún cineasta argentino ha explorado hasta ahora el potencial de la imagen pura con la intensidad y coherencia de Esteban Sapir". Si consideraciones como éstas ingresan en el terreno de lo discutible, lo es más aún la crítica a la sobreactuación de quienes relacionan ciertas películas de Emilio Vieyra con la dictadura, minimizando que en Comando azules había, por ejemplo, ficticios funcionarios pregonando una Argentina en paz en 1979.

Algunos errores menores (los adjetivos en la promoción de Petróleo son, en realidad, sustantivos; No toquen a la nena nunca fue expresamente prohibida; La isla se estrenó antes que Los miedos) no resaltan tanto como la carencia de imágenes en la publicación, determinación en la que no debe haber intervenido el autor. En los últimos tramos, Peña repara en los orígenes algo turbios del BAFICI, menciona la "abundancia casi obscena" de la producción reciente, y cuestiona a los nuevos críticos tanto como a los parámetros y categorías con los que el INCAA define la participación económica estatal.



La lectura completa de Cien años de cine argentino lleva a sorprenderse ante tanto que se ha hecho y se hace en nuestro país, en materia de cine. Y, al mismo tiempo —o por eso mismo—, a lamentarse por la indiferencia ante la preservación y la difusión de todo ese material, que la mayoría de los críticos, docentes, realizadores y estudiantes de cine ignoran olímpicamente. A pesar del meritorio trabajo de quijotes como Peña.


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