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DOCUMENTO FINAL

Convocatoria a Becas 2003

CLACSO-ASDI

Investigación:
De las democracias en crisis a las nuevas democracias emergentes:
potencialidades y bloqueos de los movimientos sociales en la arena política

Título sugerido:

Movimientos sociales y sistemas políticos en América Latina: la construcción de nuevas democracias”

Christian Adel Mirza

Índice


Prólogo

Parte I
Los asuntos en debate

Capítulo I Razones, motivaciones e impulsos: ¿por qué los movimientos sociales en América Latina y la democracia? Intenciones epistemológicas y compromisos morales

Capítulo II Acerca de la metodología empleada. Una perspectiva comparada compleja pero necesaria; las hipótesis y las variables de estudio

Capítulo III Las democracias, los sistemas políticos y los movimientos sociales en el subcontinente. Convivencia, coexistencia y confrontación en los márgenes de la era moderna

Capítulo IV El estado del arte

Parte II
Los movimientos sociales y los sistemas políticos en América Latina

Capítulo I Los marcos teóricos de interpretación y análisis

Capítulo II Los casos examinados. Movimientos sociales y sistemas de partidos en Argentina, Brasil, Chile, Ecuador, Paraguay, Venezuela y Uruguay

Capítulo III Sistemas políticos y movimientos sociales, dos realidades interpenetradas



Parte III
Una mirada en el horizonte próximo. Tentativas prospectivas, escenarios probables

Capítulo I Evolución de la región en su conjunto; el subcontinente y sus desafíos democráticos y sociales

Capítulo II Factores inhibidores y estimuladores del desarrollo de los movimientos sociales. Bloqueos y potencialidades

Capítulo III Los movimientos sociales: oportunidades de expansión, contribuciones para una nueva democracia desde abajo. Los perfiles de un nuevo paradigma democrático.

Capítulo IV Conclusiones finales. Cinco tesis respecto a los movimientos sociales, la democracia y los sistemas políticos

Bibliografía consultada

Anexos

Prólogo


Acciones y no elecciones”

Esta democracia es una desgracia, a construir la nueva democracia”

Que se vayan todos”

Estas son apenas algunas de las consignas que tiñeron el discurso de los movimientos sociales en América Latina en las postrimerías de la centuria pasada y en los albores del siglo XXI. Se resumen en una idea central: las democracias restauradas han defraudado las expectativas de las grandes mayorías ciudadanas, que tras sufrir el oprobio de las dictaduras en casi toda la región, aspiraban con legítimo derecho a que se les reintegrara la dignidad perdida, se mejoraran sensiblemente sus condiciones de vida, ya sumidas desde hacía décadas en la pobreza y la desigualdad social. La clase política, si es que la hay como tal, no respondió de la manera que se esperaba y resultó el blanco de las diatribas y acusaciones, muchas de ellas fundadas en denuncias de prácticas clientelares, interpelaciones a políticos envueltos en numerosos casos de corrupción, ineficacia e inoperancia, entre tantas de las razones que los ciudadanos esgrimieron para ahondar su descreimiento y desconfianza en los partidos políticos y, por extensión, también en la democracia como sistema. La rebelión y la protesta, la revuelta y la movilización de multitudes se caracterizaron por la radicalidad de los reclamos, cargados de hastío y decepción; así se manifestaron en sucesivos levantamientos los indígenas, en piquetes y marchas los desocupados, en ocupaciones de tierra y movilizaciones los sin tierra, en paros, cortes de ruta y manifestaciones callejeras los trabajadores y campesinos.

Para muchos de los representantes electos (presidentes, diputados, senadores, intendentes, gobernadores), los representados dejaron de ser votos obtenidos de las canteras cautivas, de los patronazgos o del clientelismo más burdo, o genuinamente a través de procedimientos electorales transparentes y no tutelados; para ser, al menos por algunos “fugaces instantes”, una ciudadanía alzada en rebeldía, con voz propia y sin traductores, un pueblo reconvertido en sujeto social, un sujeto colectivo que demandaba no solo ser escuchado, sino, y sobre todo, cambios profundos. Esta voz por cierto polifónica expresaba sin dudas un hartazgo de ciertas formas de hacer política, tal vez de la “vieja política”, para reivindicar una manera completamente nueva de vincularse con el poder institucional (el Estado) y con los demás actores sociales de la contienda (porque obviamente hay intereses contrapuestos y contradictorios). El discurso —ahora sí jacobino— de la homogeneidad, de la uniformidad, del pensamiento único como sustento ideológico del fin de las ideologías (menos la suya) “impuso” ideológicamente a las sociedades latinoamericanas la imperiosa necesidad de la sustitución de un modelo por otro (al viejo esquema keynesiano de sustitución de importaciones o la versión vernácula del desarrollismo le cupo una mercantilización casi absoluta en su lugar); así también al Estado de Bienestar le llegó su turno y, en su lugar, la eficiencia del patrón empresarial capitalista para mitigar y recomponer el estatuto de los más pobres, como portadores de derechos sociales.

Finalmente el neoliberalismo se instaló en nuestras mentes, en nuestros esquemas interpretativos de los fenómenos socioeconómicos y culturales, lo internalizamos con tal profundidad que aparentemente estamos convencidos de que, después de todo, su advenimiento fue necesario, por más que se reconozcan sus efectos perversos (“inevitables”). Pero grande sería nuestro equívoco si pensáramos que los lastres de las economías estancadas, en crisis o en bancarrota, de las democracias interpeladas, de la exclusión social agigantada, fueron exclusivamente producto de externalidades o de vectores ajenos a la voluntad de la sociedad política, en fin impuestos de manera vertical y autoritaria por agentes foráneos. Precisamente por la convicción de que se trata de un asunto mucho más complejo y menos unilineal o mecánico, es que intentamos, como lo vienen haciendo muchos más desde hace tiempo, contribuir con algunas ideas que den cuenta de aquella complejidad, en un contexto convulsionado y más propenso a los cambios de envergadura que en épocas de mayor estabilidad. La revisión de las matrices históricas en la configuración del conflicto social, la evaluación de la vigencia del régimen político, el estudio de las relaciones entre sistema político y acción social colectiva, la vinculación entre clivajes sociales y económicos en la constitución de alianzas, antagonistas y actores, la incidencia y los condicionamientos (con frecuencia determinaciones ineludibles) de la hegemonía imperial, serán preocupaciones de nuestro presente análisis. Desde una mirada combinada, informada por la ciencia política y la sociología, por el examen de vectores económicos y culturales, intentaremos formular algunas contribuciones para una mejor comprensión de la acción de los movimientos sociales y la reconstrucción de la ciudadanía, de la política y de la democracia en la América Latina contemporánea.

¿Es acaso posible repensar la democracia? ¿Cuál es el papel que les cabe desempeñar a los movimientos sociales en la consolidación y simultáneamente la transformación de los sistemas democráticos? ¿Cuáles son las limitaciones, restricciones y constreñimientos de los movimientos sociales para su desarrollo autónomo? Estamos absolutamente convencidos de que es necesario y posible renovar profundamente los regímenes políticos en nuestro subcontinente, de que además a fortiori la ciudadanía ha demostrado poseer las capacidades y también las herramientas para hacerlo. Desde una plaza pública o desde una campamento de campesinos, desde una fábrica ocupada y recuperada o desde las experiencias microsociales de solidaridad y cooperación, desde un piquete o desde un estrado callejero, la política es así reapropiada por sus soberanos; ni el presidente, ni los magistrados ni los representantes pueden sustituir el papel central y esencial que les cabe a los ciudadanos, sin excepción alguna. Los rasgos de una democracia procedimental precisamente cuando son sobredimensionados conllevan de suyo la degradación de la esencia democrática y no se trata de refutar los mecanismos que hacen posible la resolución de los conflictos conforme a reglas acordadas de antemano, pero cuando estas se erigen como “texto sagrado” y se reducen a rituales rutinarios, entonces se pierden las referencias sustantivas a una democracia que es ante todo participación en los asuntos públicos del colectivo humano. Es esta esencia democrática la que debe recuperarse; por ello también es posible soñar con nuevas utopías, tal como lo hicieron ideólogos, pensadores, ciudadanos de los siglos XVIII y XIX que se plasmaron en las democracias liberales decimonónicas y se consolidaron en el siglo pasado. ¿Por qué no soñar con nuevas utopías, con nuevos paradigmas democráticos? Tal parece que ya se han corporizado tenue y parcialmente en los ensayos que las sociedades civiles y sobre todo los movimientos sociales han desarrollado en las últimas dos décadas, anunciando nuevas modalidades de entendimiento, de expansión de la ciudadanía, de ejercicio democrático “desde abajo”; son estas aportaciones las que de alguna manera también pretendemos rescatar en este trabajo.

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