Página principal

Doctor en Derecho y Ciencias Sociales Universidad Nacional de Córdoba


Descargar 109.73 Kb.
Página1/3
Fecha de conversión18.07.2016
Tamaño109.73 Kb.
  1   2   3
Camilo Tale

Doctor en Derecho y Ciencias Sociales


Universidad Nacional de Córdoba

Córdoba – Argentina

Universidad Católica de Cuyo

Sede San Luis – Argentina


RESUMEN:
Se expone la doctrina relativista respecto del conocimiento moral en sus diversas especies (subjetivista, historicista, biologista y cultural), tanto en el discurso de filósofos como en su recepción en las dsiciplinas humanísticas y en las ciencias sociales, y se la compara con la doctrina del escepticismo ético. Se examinan los argumentos que suelen aducirse en pro de la tesis relativista, con especial consideración del argumento de la diversidad etnográfica de normas y valoraciones y se desarrolla la refutación de cada uno. En los análisis respectivos se discierne entre relatividad cultural y relativismo, se hace una breve consideración acerca de la amplitud real de aquélla, se advierte la conexión entre empirismo y relativismo y se considera la vinculación del tema con la cuestión ética y política de la tolerancia. En lo que respecta al método se aplica tanto el análisis lógico como los aportes de la experiencia ético-jurídica. Finalmente se aborda la tesis contraria, o sea el objetivismo ético, se propone su justificación, se exponen los distintos grados de certeza según los niveles de generalidad de las reglas morales y se ofrece una explicación que concilie la capacidad de la razón humana de conocer los principios y reglas de la moralidad con el hecho histórico de la ignorancia de diversas normas éticas primordiales por ciertos grupos humanos. La conclusión general es que la tesis del relativismo ético carece de fundamento y que en materia moral y jurídica es posible alcanzar verdades de validez universal, aunque el grado de certidumbre no es el mismo en todos los niveles del orden ético normativo.

CONSIDERACIÓN CRÍTICA DEL RELATIVISMO MORAL Y

JUSTIFICACIÓN DEL OBJETIVISMO ÉTICO
Camilo Tale

I. INTRODUCCIÓN
Concepto de relativismo moral. Actualidad del asunto
El relativismo ético es la tesis que niega que existan verdades en materia moral que tengan validez universal o absoluta y afirma que sólo existen verdades válidas respecto de un individuo (relativismo subjetivista), una raza (relativismo biologista), una época (relativismo historicista), una sociedad o una cultura (relativismo cultural) o una estructura mental (“relativismo de la especie humana” (1)).

Esta doctrina, en sus especies de relativismo subjetivista y de relativismo cultural, tuvo expositores en la an­tigua Grecia; después, a lo largo de los siglos fue una concepción de pocos autores y escuelas minoritarias; pero desde el siglo XIX hasta nuestros días se ha expandido notablemente, hasta tal punto que constituye uno de los rasgos que caracterizan la cultura contemporánea dominante, sobre todo la que se difunde en los medios masivos de comunicación y la que se expresa en gran parte de la literatura sobre temas éticos.


Plan de la ponencia

En el presente trabajo nos proponemos:

a) exponer la respuesta relativista con respecto a la posibilidad del conocimiento moral en sus diversas especies y compararla con la doctrina del escepticismo ético;

b) analizar críticamente la tesis del relativismo y los argumentos que suelen aducir sus partidarios en pro de ella;

c) considerar la diversidad que ha existido en las reglas morales de los pueblos, advertir el grado en que ello ha sucedido y dar una explicación de este fenómeno;

ch) exponer los fundamentos del “objetivismo ético”, y considerar el grado de certidumbre que pueda alcanzarse en el conocimiento de los diversos niveles del orden moral.


Algunas manifestaciones de la doctrina relativista en la historia de la filosofía y de la cultura en general
En el siglo V a. C. Protágoras, el príncipe de los sofistas, en su en­señanza oral y en algunos de sus libros per­didos, afirmó: “Sobre cualquier tema se pueden mantener con igual valor dos tesis con­trarias entre sí” (2). “Justo e injusto es para cada comunidad (pólis) aquello que ella tiene por tal y que, por razón de ello, eleva a ley [...] “Porque las cosas que les parecen justas y bel­las a cada comunidad (pólis), lo son también para ella, mientras las crea tales” (3).

Según nos refiere Platón, Protágoras también decía que “el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son, y de las que no son, en cuanto no son” (4), y con es­to sig­nificaba que “lo que me parece a mí cual­quier cosa, tal es ella para mí, y tal como te parece a ti, tal es para ti”.



Protágoras asimilaba los juicios humanos referidos a lo bueno y a lo malo, a lo jus­to y a lo injusto, a los enunciados que los hombres hacen en materia de sabores y de sensaciones térmicas: Soplan­do el mismo vien­to, uno de nosotros siente frío y el otro no; uno ape­nas siente un poco, y el otro mu­cho. No es exacto decir que este viento es por sí mismo frío o que no es frío; lo correcto es decir que es frío para quien tiene esc­alofríos, y que para quien no tiembla, no es frío (5). Análogamente, al enfermo le parece y resulta amargo cier­to manjar, mientras que al sano no le sucede. Ahora bien, a nin­guno de ellos debe tenerse por más sabio que al otro (6).

Protágoras decía que, de la misma manera, cuando un hombre afirma “esto es justo”, tan sólo expresa una sensación de agrado, y cuando dice “tal cosa es injusta”, no hace sino manifestar una sen­sación de desagrado.

En el siglo XIX Georg Hegel sustentó un relativismo de tipo historicista (doctrina según la cual la verdad es relativa a cada época). Escribió: “En lo que respecta al individuo, cada uno es hijo de su tiempo; de la misma manera, la filosofía es su tiempo aprehendido en pensamientos. Es tan insensato creer que una filosofía puede ir más allá de su tiempo presente, como creer que un individuo pueda saltar fuera de su tiempo” (7). En la centuria pasada Oswald Spengler ha sido uno de los representantes de esta clase de relativismo; en su conocida obra Decadencia de Occidente, se lee: “No hay verdades eternas. Toda filosofía es expresión de su tiempo y sólo de él” (8). “Frente a problemas tan difíciles como el del tiempo o el del matrimonio, no basta consultar la experiencia personal, la razón, la opinión de los antecesores o de los contemporáneos. Por este camino se llegará, sin duda, a conocer lo que es verdadero para uno mismo o para la época en que uno vive. Pero esto no es todo [...] a distintos hombres, distintas verdades. Y para el pensador todas son válidas o no lo es ninguna" (9). “Se derrumba la pretensión del pensamiento, que se jacta de descubrir verdades universales y eternas. No hay verdades sino con relación a un determinado tipo de hombres. Mi filosofía es ella misma expresión y reflejo del alma occidental (a diferencia, por ej., de la antigua y de la india); y lo es sólo en su actual estadio de civilización” (10).

La tesis relativista ha sido muy común entre los sociólogos; así, expresaba Albert Bayet: “En cada país, la idea del bien es lo que considera bueno la conciencia común” (11). El destacado sociólogo y antropólogo Edward Westermarck sostuvo que no hay verdades morales universales, y que en con­secuencia no puede haber una ciencia ética normativa, de modo que lo moral ha de estudiarse sólo dentro de la Psicología o la Sociología (12). La misma concepción expresaron Bronislaw Malinowski y Melville Herskovits, uno de los más vehementes defensores de esta idea (13).

En el pensamiento económico contemporáneo, los dos representantes más afamados de la escuela liberal, Ludwig von Mises y Friedrich von Hayek han hecho profesión expresa de relativismo ético (14). Impugnaron la posibilidad de estimar los precios como justos o injus­tos, y también los salarios, y en general, la posibilidad de valorar como justo o como injusto el contenido de las relaciones económicas; asimismo rechazaron toda posibilidad de una política económica que orientara de algún modo la economía en función de las necesidades del hombre, porque juzgaron que no existe un con­cepto objetivo de "necesidad humana", sino que todo se reduce a los deseos, que son variables de individuo a in­dividuo (15).

El relativismo ético ha penetrado asimismo la doctrina pedagógica contemporánea, como puede verse en innúmeros documentos de la UNESCO. Así, en el conocido libro "Aprender a ser", de Edgard Faure y sus colaboradores, se dice que la educación debe conducir al hombre de modo que “ninguna creen­cia, convicción, ideología, visión del mundo, hábitos y costumbres, sea erigida por nadie en modelo o regla válida para todos los tiem­pos, todos los tipos de civilización y todas las formas de existen­cia” (16).

Entre los autores jurídicos, un conocido epígono de la concepción relativista ha sido Hans Kelsen: “No puede encontrarse por medios racionales una norma de conducta justa que tenga validez absoluta, es decir, una norma que excluya la posibilidad de considerar como justa la conducta opuesta”, enseñaba (17). El iusfilósofo Alf Ross expresó en su obra más conocida que los principios de justicia “no son otra cosa que una expresión dogmática y patética de la conciencia moral y jurídica de la época” (18).

El movimiento de la “nueva derecha” francesa, representado por Alain Benoist y Guillaume Faye profesan que la unidad del género humano es sólo biológica, y que por ende no hay normas ni ideales que deban ser comunes para todos los seres humanos. En un artículo de es­tos autores, publicado en la revista Éleménts, órgano del referido movimiento cultural, leemos: “El hombre univer­sal no existe. Existe sí una unidad zoológica que es la especie humana. pero nosotros pensamos que el hombre no se puede definir esen­cialmente por sus características biológicas [...] El hombre es un ser cultural. Y en el aspecto cul­tural no hay paradig­ma común a toda la humanidad” (19).

Nota característica y primordial de la filosofía del “posmodernismo” (expuesta, entre otros, por Jacques Derrida, Jean François Lyotard, Gianni Vattimo y Jean Baudrillard) es precisamente el relativismo ético .
Diversidad cultural y relativismo
No debe confundirse la diversidad en el tiempo y la variación en el espacio de ciertas normas de conducta propuestas como reglas morales, con el relativismo ético. Lo primero es un hecho social, constatable en la experiencia, en la observación comparada de las diversas colectividades. En cambio, el relativismo es una doctrina que declara que toda verdad en el ámbito ético tiene una validez relativa, limitada a los sujetos que adhieran a ella, y por lo mismo, que ninguna norma moral y ningún juicio en esta materia puede apoyarse en mejores razones que las normas y juicios contrarios.

Conforme al relativismo ético, dadas dos reglas morales opuestas entre sí, nunca se da el caso de que una de ellas sea correcta y la otra incorrecta, ni una más razonable que la otra. Así, por ej. la regla vigente tanto en algunos antiguos pueblos europeos como entre varias comunidades aborígenes de América al tiempo de llegar los españoles (v. gr. entre los incas, los mayas y los aztecas), según la cual debían hacerse sacrificios de seres humanos en honor de los dioses, es tan válida o verdadera como la norma que prohibe matar a cualquier ser humano inocente aunque sea con el fin de honrar a la divinidad.




II. CONSIDERACIÓN CRÍTICA DEL RELATIVISMO ÉTICO
El contrasentido del relativismo moral
El admitir “verdades relativas”, y por ende, conceder que puede haber dos proposiciones contradictorias que sean ambas ver­daderas, según sean las personas que las conciban o los ambientes ét­nicos o temporales en que se expresen, importa negar el principio de no contradicción, que es un prin­cipio lógico de evidencia plenísima e inmediata. Aristóteles, al men­cionar la tesis de Protágoras, la des­calificaba de plano por ser violatoria del referido axioma (20).

Como afirma J. Hessen, la validez universal de la verdad pertenece a la esencia misma de la verdad. Dado un juicio determinado, o bien tal proposición concuer­da con la realidad, y entonces es verdadera y por tanto es universalmente verdadera, o sea verdadera para todos, o bien no concuerda con la realidad, y en­tonces es universalmente falsa, es decir, falsa para todos (21). Explicaba el filósofo Edmund Hus­serl: “Una afirmación cuyo contenido choque contra los prin­cipios que se fundan en el sentido de la verdad como tal «se anula a sí mis­ma»” (22).

La tesis del escepticismo ético –“no podemos conocer verdades éticas”– no importa un imposible en los propios términos; en cam­bio, la tesis del relativismo ético –“podemos conocer verdades, pero son «ve­rdades relativas»”–, expresa una contradicción en los propios términos (contradictio in adjecto). La proposición del relativismo lleva la absurdidad en sí misma, aun antes de ser afirmada (la contradicción está ya en el nivel del concepto (el concepto de “verdad relativa”): hay contradicción dentro del concepto de “verdad” que pretende expresar). En cambio, el escép­tico no se contradice cuando expresa el con­cepto de la “i­mposibilidad de conocer la verdad”. La tesis del escepticismo ético, aunque es falsa, no es contradictoria. Por ello, los autores que se definen relativistas a menudo derivan en el escep­ticismo, para no desatinar tanto.

Por lo dicho, ocurre que si bien en apariencia la doctrina relativista con respecto a la posibilidad del conocimiento es menos radical que la doctrina escéptica, la tesis relativista considerada en sus estrictos términos es un contrasentido, y por lo tanto, para poder ser pensada debe entenderse como negación de la posibilidad de que el entendimiento humano alcance la verdad, o sea que la concepción relativista, para tener sentido, tiene que ser una manera indirecta de profesión del escepticismo (23). Cuando dice que sobre una cosa puede haber dos o más verdades distintas, para que ello sea comprensible debe entenderse que dice que no podemos conocer la verdad acerca de ella.
Argumentos que suelen aducirse en pro del escepticismo y del relativismo axiológico
Es corriente que las tesis escéptica y relativista sobre el conocimiento moral se afirmen de modo dogmático, sin fundarlas. Pero otras veces los autores han querido dar razones para justificarlas, y han aducido las siguientes:

1) El argumento de la diversidad etnográfica de normas y valores. Las observaciones e investigaciones de etnólogos, sociólogos e historiadores nos atestiguan que las valoraciones y las nor­mas admitidas como verdaderas varían según sean los los grupos humanos, las culturas y las épocas. Los datos que han provisto los descubrimientos de los antropólogos ponen de manifiesto quehay diferencias en el con­tenido de las reglas que han sido tenidas como exigencias morales en los diversos pueblos. A partir de esta constatación, el ar­gumento concluye que no hay verdades morales de valor universal.

Éste es quizás el argumento más esgrimido por los seguidores de las doctrinas que estamos examinando, y se lo encuentra ya en los primeros filósofos escép­ticos de la antigua Grecia. Aristóteles lo refiere: “El bien y lo justo, objeto que estudia la Ciencia Política, dan lugar a gran variedad y fluctuación en las opiniones, a partir de lo cual se ha llegado a sostener que lo justo y lo injusto sólo exis­ten por con­ven­ción y no tienen ningún fundamento natural” (24).

De este razonamiento se valieron Pirrón (s. IV a. C.) y Carnéades (s. II d. C.) (25), y tam­bién fue uno de los clásicos diez “tropos” de Enesidemo (s. I a. C.), que conocemos a través de la obra de Sexto el Empírico (s. II d. C.) (26). Asimismo, ha sido una ar­gumentación bas­tante socor­rida entre los relativis­tas contemporáneos (27).

2) El argumento de que los juicios de valor no son verificables. Sólo pueden ser objeto de conocimiento válido los hechos empíricamente constatables, verificables; dado que los juicios morales no se corresponden con fenómenos de esa índole, entonces tales juicios no pueden constituir un conocimiento válido objetivo.

Desde antiguo la explicación empirista acerca del origen del conocimiento ha derivado en relativismo respecto de la posibilidad del saber en materia moral. Así podemos verlo en el pen­samiento de Protágoras, que identificó todo conocimiento con la sen­sación (28), y de allí resulta la validez meramente subjetiva que atribuyó a las ver­dades.

3) El argumento de que el relativismo es la doctrina compatible con el pluralismo, la tolerancia, el respeto al prójimo y el régimen democrático. Se dice que el objetivismo moral, al afirmar que existe un único código moral verdadero, es incompatible con el pluralismo y la tolerancia, y por ende, con una sociedad democrática.
Refutación de los argumentos expuestos
Refutación del primer argumento.– De la multiplicidad de opiniones sobre un asunto, no es lícito colegir que todas esas opiniones sean falsas, ni es legítimo concluir que todas tengan el mismo valor desde el punto de vista de la verdad.

Para advertir el grueso sofisma que importa el mencionado argu­mento, aplíqueselo en cualquier ciencia. Así por ej., véase que en la Fisiología han existido y existen varias explicaciones sobre el fun­cionamiento de determinada glándula, o sobre las causas de una dolencia, pero del hecho de que haya una pluralidad de explicaciones no se puede concluir válidamente que todas esas explicaciones son falsas, ni que todas sean verdaderas. En el mis­mo sentido, explica Antonio Fernán­dez–Galiano: “Ser­virse de la variedad de ius­naturalis­mos como argumento para negar la existencia del derecho natural sería tan ab­surdo como negar la exis­ten­cia de la electricidad porque los físicos no se han puesto de acuerdo acerca de su auténtica naturaleza, y han ofrecido múltiples explicaciones de ella” (29).

Aunque con lo dicho en el párrafo anterior resulta rotundamente refutado el argumento considerado, tam­bién hay que objetar en el razonamiento en examen la universalidad que suele atribuirse a la premisa, en el sentido de que suele darse por ver­dadero que la variación es general en la totalidad de los pueblos y abarca todas las normas culturales. En la realidad ello no es así. Un mínimo conocimiento etnológico nos revela que hay una cantidad de precep­tos éticos que han sido los mismos en todas las colectividades. Una consulta atenta de los códigos morales de los diversos pueblos y cul­turas per­mite reconocer cierto contenido constante en todas el­las. El filósofo del derecho John Fin­nis, profesor en la Univer­sidad de Ox­ford, ha señalado que la afirmación de la relatividad total de las creen­cias morales es un prejuicio, y ha mencionado varios ejemplos pal­marios de imperativos éticos que han tenido vigencia en todos los pueblos: “Los estudiosos de la Ética y los investigadores de las cul­turas muy comúnmente dan por sen­tado que las culturas manifiestan preferencias, motivaciones y evaluaciones tan amplias y caóticas en su variedad que ningún valor ni prin­cipio práctico puede decirse que sea autoevidente a los seres humanos, a partir del supuesto de que ningún valor ni prin­cipio práctico ha sido reconocido en todos los tiempos y en todos los lugares. Pero los filósofos que últimamente han tenido la precaución de poner a prueba este supuesto, inves­tigando en la literatura antropológica (incluyendo las in­vestigaciones llevadas a cabo por antropólogos profesionales) han hallado, con sorprendente unanimidad, que el mencionado supuesto es falso. Estas investigaciones nos autorizan a hacer algunas afirmaciones realmente seguras: todas las sociedades han reconocido el valor de la vida humana; en todas ellas la conservación de sí mismo se acepta como razón para obrar (legítima defensa) y no se permite la muerte de otro ser humano sin justificación precisa y suficiente; en todas hay alguna prohibición del incesto; en todas las sociedades está prohibida la violación sexual; en todas las comunidades hay alguna concepción de lo mío y de lo tuyo, y se reconoce el título de propiedad” (30).

Así como a fines del siglo XIX y primera mitad del siglo XX los etnólogos afirmaban que había muchas y grandes diferencias en las normas morales entre las diversas culturas, los etnólogos de épocas posteriores han insistido en señalar las muchas semejanzas al respecto (31). Así por ej. dice el antropólogo y sociólogo estadounidense Clyde Kluckhohn: “Toda cultura tiene un concepto de asesinato, que distingue de la ejecución penal, el matar en guerra y otros «homicidios justificados». Las nociones de incesto y otras regulaciones sobre el comportamiento sexual y las prohibiciones de la mentira en determinadas circunstancias, las ideas de restitución y reciprocidad y las recíprocas obligaciones entre padres e hijos, y otros muchos conceptos, son todos ellos universales” (32).

La norma que prohíbe matar al prójimo ha regido en todas las culturas, al menos en general, aunque se haya admitido muchas veces el homicidio en diversos supuestos particulares, por ej. en algunos pueblos los sacrificios humanos con fin religioso, en otros la eliminación de neonatos minusválidos... (33). Gran parte de la legislación penal de cada uno de los pueblos exhibe un con­tenido común a la legislación penal de los otros: el homicidio, las lesiones a la integridad corporal, el secuestro de persona, la violación, el robo, la estafa, la calumnia, la injuria, el incendio intencional, la falsificación de documento público, y varios otros figuran en las legislaciones de todos los países como acciones punibles.

Además, hay que considerar que en cada aspecto de la con­ducta humana y de las relaciones sociales en que se ha dado realmente la diver­sidad en cuanto al contenido de las normas morales reconocidas en las distintas colectividades, generalmente hallamos que en la mayoría de ellas se ha admitido una regla determinada, y una minoría de pueblos han ad­mitido una norma divergente; así por ej. en el caso de la norma moral que manda asistir a los padres ancianos, ella ha sido reconocida en todas las sociedades, con excepción de los esquimales, que admit­ían el aban­dono de el­los; el matrimonio celebrado entre niños es una cos­tumbre que hal­lamos instituida casi solamente entre los hin­dúes; el casamiento del padre con la hija ha sido prohibido en la casi totalidad de los pueblos, y per­mitido como lícito solamente en dos o tres, la castración con fin eufónico fue aprobada en algunos pueblos orientales en cierta época y en ciertas naciones europeas en los siglos XV a XVIII, y así ha sucedido con todos los demás casos de normas morales divergentes. A partir de la observación precedente, y de la consiguiente es­tadística que puede confeccionarse con respecto a las normas morales diferentes entre los pueblos, parece que normalmente las sociedades llegaron en general a coincidir de modo casi unánime en unos veinte principios fun­damen­tales del orden moral, y es razonable suponer que cuando la concien­cia de los hombres en algún lugar se separó en algún punto de tal código común, fue por algún error o perversión inicial, que después las generaciones posteriores vivieron como práctica normal y correcta.

Pen­samos que es importante dejar en claro cuál ha sido y es la real dimensión que ha tenido la relatividad de las normas éticas en las diversas sociedades y culturas. Tal cosa no suele tenerse en cuen­ta cuando se hace referencia a la relatividad cultural de los sistemas morales. Pero ello es muy importante, en cuanto pone de manifiesto gran constancia en la conciencia ética de los pueblos; nos muestra que la coin­cidencia ha sido mucho mayor que la divergencia con respecto a casi todas las normas más generales de la moralidad. Por ello Héctor H. Hernández denomina “relativismo libresco y no real” aquella idea prejuiciosa que suele afirmar la relatividad de las normas como si fuese un hecho que sucede en todos los aspec­tos de la moralidad (34). De todos modos, reiteramos, de la mera divergencia que haya entre las reglas éticas, cualquier sea su extensión, no puede concluirse válidamente que ninguna sea verdadera.
Refutación del segundo argumento.– En el segundo razonamiento en pro del escepticismo ético y del relativismo ético que se expuso, hay una manifiesta petición de principio, pues en él se pone como premisa la misma conclusión que se pretende obtener: que el único conocimiento posible cierto y válido es el que se refiere a la realidad sensible. Se pretende sacar como conclusión demostrada que es imposible tener juicios universalmente válidos sobre realidades no empíricas, mediante un raciocinio que parte de la premisa de que sólo es posible el conocimiento de aquello que es empíricamente verificable.

Además, hay que señalar que la afirmación “sólo podemos tener conocimiento acerca de los fenómenos verificables en la experiencia sensible” excede la experiencia sensible. Los seguidores de esta doctrina cuando afirman su tesis fundamental pretenden que ella es la tesis universalmente correcta con respecto a la cuestión de la posibilidad del conocimiento ético, y sin embargo se trata de una afirmación que no es empíricamente verificable, la cual por tanto no puede ser jus­tificada dentro del sistema empirista. Por lo dicho, la premisa del empirismo no sirve para fundar el relativismo ético, ni el escepticismo axiológico; por el contrario, los pone en tela de juicio. La aseveración que relativiza toda proposición ética por causa de su in­verificabilidad se vuelve contra el mismo que la usa.

A veces se ha tratado de salvar esta objeción admitiendo la aplicación del escepticismo o el relativismo a la misma tesis escéptica o a la tesis relativista. Así hace por ej. Ulrich Klug, en su “relativismo crítico”, según lo denomina: “No es contradictorio sostener que el enunciado epistémico según el cual todos los enunciados epistémicos tienen sólo el valor de hipótesis, tiene, a su vez, también el valor de una hipótesis”, explica (35). Pero de esta manera, aunque se salva la objeción, ya desaparece la doctrina, porque viene a ser una postura que no hace ninguna afirmación o tesis, sino que enuncia una mera “hipótesis”.
Refutación del tercer argumento.No existe relación necesaria entre objetivismo ético e intolerancia, ni entre relativismo ético y tolerancia. Quien sustenta el objetivismo moral tanto puede ser muy tolerante como intolerante respecto de quienes piensen diferentemente de él. Y quien profese el relativismo puede ser tolerante o intolerante; ejemplo de lo segundo es cuando el relativista menosprecia, persigue y perjudica a quienes profesen determinada doctrina.

Además, la norma que manda obrar con tolerancia respecto de las personas que tienen ideas adversas a la propia es también una norma ética, y por ende, conforme a la tesis relativista no debería tenerse como regla de valor ético universal y necesario. Al respecto, señala Antonio Millán Puelles: “Desde un punto de vista estrictamente lógico, y abstracción hecha de la diversidad de los matices psicológicos posibles, ha de negarse que el relativismo pueda constituir el fundamento teórico de la tolerancia, porque no puede dejar de ver en ella –si de veras es consecuente– un valor meramente relativo, tan relativo como la intolerancia, y por lo mismo, no más defendible que ésta. O la tolerancia es en sí misma un valor y, por ende, un valor absoluto, del que resulta una peculiar exigencia absoluta en forma de obligación moral, o es un valor meramente relativo, y entonces no hay ningún fundamento objetivo (el relativismo lo excluye) para preferirla a la intolerancia. El único fundamento lógico posible de la tolerancia se encuentra en la necesidad de permitir un mal para impedir otro mayor que él. Esta necesidad es una exigencia absoluta, no relativa […] Lo tolerable es siempre un mal (lo bueno no es tolerado, sino positivamente querido, amado), y un mal es tolerable únicamente en calidad de mal menor, siendo esta calidad un valor objetivo, es decir, absoluto, en sí” (36).

Claro está que no pretendemos que quede demostrada la doctrina contraria al relativismo ético, o sea el objetivismo ético, por el hecho de haber refutado los argumentos expuestos, pues ello sería una falacia de la especie “ad ignorantiam”. La justificación del objetivismo ético la exponemos en la sección siguiente de la presente disertación.

  1   2   3


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje