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Disparen sobre el Espectador


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Disparen sobre el Espectador


A la mañana me desperté con un dolor en la espalda porque la cama tenía un colchón finito. Y además los nervios. Como si la locura fuera contagiosa, yo también había soñado con algo frío. Pero mis sueños, como de costumbre, eran completamente tontos. Había heladeras que perseguían a la gente por la calle. Se movían con las puertas abiertas como mandíbulas. Por suerte cuando uno sueña está solo, sino a veces daría vergüenza.

Marta había hecho desayunar a su hijo con un cóctel de valiums. Le dije que no se le fuera la mano, pero ella estaba tan nerviosa que hacía lo único que podía hacer. Yo tomé una taza de café en la mesa del comedor diario y después llamé a Mariana, pero no la encontré. Me atendió la her­mana, que me odiaba. Era un odio inexplicable, ya que nunca me había visto. Le dejé un mensaje, pero estaba seguro que no llegaría a sus oídos.

Antes de que me fuera volvió el psiquiatra. Traté de convencerlo de que la computadora tenía mucho que ver, pero no me hizo caso.

 Puede ser un detonante, pero el problema pasa por otro lado  me dijo sin detenerse siquiera para hablar, mientras subía las escaleras. Cuando bajó había tomado la decisión de internarlo, por­que no había ninguna señal de mejoría.

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Al menos en eso el médico tenía razón. Jorge no parecía muy dispuesto a volver a lo que llamamos realidad; seguía disfrutando de sus vacaciones por el Ártico. Estaba tan preocupado por la temperatura que parecía una estación meteorológica que captara ondas de lugares lejanos y helados, informes que llegaban de planetas ubicados a años luz del sol o de cualquier otra estrella.



Afuera, según Jorge  según la Nueva Oficina Meteorológica Jorge Thompson  la lluvia había terminado para convertirse en una nieve persis­tente. Los lagos de Palermo se habían congelado. Los botes estaban atrapados en el hielo. Los pája­ros caían muertos desde los árboles, sin tener tiempo para migrar.

Las calles estaban bloqueadas. Los toldos de algunos bares se habían derrumbado por el peso de la nieve. Los mendigos que no habían encontra­do refugio durante la noche habían aparecido muertos a la mañana, cubiertos con páginas de diarios. En todas las plazas aparecían muñecos de nieve; en todos había algún rasgo, alguna señal, que recordaba que no eran sino representaciones de los Hombres del frío.

 La primera vez que nevó en Buenos Aires fue en 1918   decía Jorge, sin dirigirse a nadie en especial, hablando como un autómata . Esta es la segunda y la última.

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Volvió a temblar y se hundió aún más bajo las mantas.
El mensaje había llegado a Mariana, y al medio-día pasó por mi casa.

Estaba realmente hermosa. Todavía usaba el pelo largo y lo tenía atado con una cinta azul. Llevaba un impermeable gris que me gustaba. Lo usaba siempre, y la verdad que estaba bastante sucio pero de algún modo la representaba, igual que unos lentes con marco de carey. Sé que mien­tras cuento esto parece como si todo el tiempo yo hubiera estado obsesionado por aclarar la razón de los ataques de locura. Bueno, en realidad eso me preocupaba, pero no estaba tan pendiente de nada como de Mariana. Creo que si fui hasta el fin fue por estar junto a ella en algo, aunque fuera peligroso y estuviera fuera de todo control.

Comimos unas empanadas y después salimos para ver a su tío. Era hermano de la madre de Mariana y hasta ella lo llamaba por el apellido: Damiani. Yo no tenía ganas de ir a verlo, pero ella me insistía; pensaba que si le contábamos lo que había pasado hasta el momento nos darían un espacio importante, y podríamos escribir una nota completa. Si uno la escuchaba hablar pensaba que estaba a punto de ganar el Pulitzer.

Tomamos el subte hasta el centro. Mientras caminábamos hasta la avenida Be1grano Mariana me hablaba todo el tiempo. Yo no le prestaba mucha atención porque imaginaba permanente­mente diálogos en los que yo le confesaba que me [49] había enamorado de ella. Me imaginaba también las respuestas de ella: a veces me revelaba que sentía lo mismo y lo había ocultado; otras se escandalizaba, reprochándome haber abusado de su sin­cera amistad, otras amenazaba con llamar a su novio.

El hall del edificio estaba vacío y subimos en un ascensor gigantesco hasta el último piso. Allí no había ninguna revista, ninguna editorial, sola­mente un laberinto formado por canastos de mu­danza. Caminamos por las calles estrechas hasta dar con un escritorio. Sentado frente a una máqui­na había un hombre de unos cuarenta y cinco años, escribiendo.

 Hola tío  le dijo Mariana. No había nadie más a su alrededor.

 Todo terminó   dijo él, y era un saludo. Lo miramos: una figura triste entre los canastos enor­mes donde se amontonaban las carpetas, los pape­les y las fotografías. Tenía el aspecto de alguien a quien han dejado olvidado.

 ¿La revista cerró?

 La revista, la editorial, todo.

 ¿No hay nadie más?

 No, ya se fueron. Yo me quedé a revisar unos papeles y a redactar una nota de despedida. Es una costumbre: siempre que me voy de una redacción escribo una página de pensamientos. Ya tengo varias. Quizás al final de mi carrera las reúna en un libro.

Mientras hablaba con nosotros se puso a vaciar el escritorio. Los cajones estaban llenos de hojas pautadas. Se detenía a mirar cada una antes de [50] tirarla al suelo.

 Es una lástima que hayan hecho la nota. Es tiempo perdido.

 No la hicimos   dijo Mariana, y le explicó. Damiani no se mostró ni siquiera sorprendido. Nada lo arrancaba de su desazón. Tampoco se mostró escéptico. Después de todo, él era un espe­cialista en entrevistar a videntes, ovnivólogos, ma­nosantas, parapsicólogos capaces de caer en trance en medio de una nota. Lo excepcional era su rutina.

 Una vez hice una nota sobre una computadora que había sido poseída por el demonio. El dueño de la máquina decía que apenas la encendía se ponía a escribir blasfemias en latín. A veces la máquina parecía funcionar bastante bien, enton­ces él empezaba a trabajar, pero al rato el aparato lo insultaba en varios idiomas.  Yo la miré a Mariana. Quería saber si el tío hablaba en serio o no . Bueno, para hacer esa nota consulté a al­guien que sabía del tema.  Abrió la agenda y anotó algo en un papel . A lo mejor los puede ayudar. Es una psicóloga.

Damiani abrió otro cajón. Sacó una pirámide diminuta de plástico, una calavera, algunas cartas de tarot y recortes de diarios y revistas. Me mostró una foto en la que se veían restos de algo. Todo estaba ennegrecido.

 Mirá: restos incinerados de una nave extrate­rrestre. La única constancia material incontrover­tible que hay sobre el tema. Pero la NASA lo ocultó.    Siguió revolviendo el cajón. Abrió un sobre don­de había una foto de un chico hablando con Damia  [51] ni que sostenía un grabador en la mano . Un chico pobre, analfabeto, de Santa Cruz, movía piedras con la mente. Cuando se ponía violento hacía saltar todo lo que había alrededor. Casi no hablaba. Un comisario fue a buscarlo y una piedra lo mató.  Después siguió llenando el escritorio de fotos de ovnis, de miembros de una secta vestidos de negro, rituales vudú, una calesita de animales embalsamados, crucifijos, talismanes, una esta­tuilla umbanda pintada de colores. Cada cosa ve­nía con un recuerdo, una entrevista, un crimen. Lo dejamos solo con su pequeño museo, atiborrado y variado como una tienda china.
Llamé a la casa de Heblin y no respondió nadie. Después llamé a Rosario, a la casa de Fabián Rudni. Quería saber si el diskette del I Ching había llegado a todos los del club.

Me atendió la madre. Sí, el diskette había llega­do por un correo privado, igual que en los otros casos.

Supe algunas cosas más.

Rudni había estado mucho tiempo frente al or­denador tratando de resolver el juego. Decía que le faltaba poco. Pero antes de completarlo vio en la pantalla una imagen del programa Disparen al participante.

Era un programa de entretenimientos. Un con­ductor de levita gritaba todo el tiempo. A sus espaldas había una montaña de desechos: helade­ras sin puertas lavarropas herrumbados, pedazos de máquinas, basura metálica que amenazaba con [52] derrumbarse sobre el estudio.

El animador anunciaba los entretenimientos., Carrera de embolsados a lo largo de una cornisa. Responder preguntas sobre historia nacional. Cál­culos veloces. Cuando el participante ganaba el animador pedía un aplauso y el triunfador subía a la montaña de desperdicios para llevarse algo que le gustara.

Si perdía, el público   cuyas caras no se veían ­fusilaba al participante. De inmediato se llevaban el cadáver.

A medida que trataba de resolver el juego, Rudni veía con más asiduidad el programa en la pantalla de su computadora.

Rudni tenía 17 años. Era el más joven del Club. Su padre era uno de los ejecutivos que estaba a la cabeza de JCN, una empresa de informática nor­teamericana radicada en Córdoba. El hijo se crió entre máquinas.

Cuando hablé con la madre, Rudni estaba inter­nado. Tenía cortes en la mano y el brazo, y todavía deliraba. El padre había prohibido que hubiera en su habitación ningún televisor.

Dos noches atrás, mientras su familia miraba un noticiero, Rudni protestó porque daban en la tele­visión Disparen al participante. El padre le pre­guntó si bromeaba. El hijo cambió de canal: en todos veía lo mismo. Entonces apagó el televisor.

 En cualquier momento van a venir a buscar­me para que vaya al canal   decía él . Y si me equivoco con la pregunta, me matan.

Aunque el televisor estaba apagado, Fabián vio en la pantalla las escenas del programa.

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Fabián Rudni levantó el sifón de la mesa y lo tiró contra la pantalla. El padre lo sentó de una bofe­tada, mientras la caja del aparato se llenaba de chispas y cables quemados.

Rudni empujó a su padre para apartarlo del camino y salió corriendo de la casa.

El padre trató de seguirlo pero no lo alcanzó.

Rudni corrió y corrió hasta las afueras de la ciudad. Tenía que esconderse rápido, porque sino lo encontrarían y lo llevarían al estudio de la televisión. Le faltaba el aire. Estaba al lado de una vidriera iluminada. Miró el interior: era una casa de artículos para el hogar, y quince televisores despedían imágenes del programa. La cámara se detenía en la cara del animador, que gesticulaba y gritaba.

Rudni levantó una piedra del suelo, rompió el vidrio, entró al local. Después empezó a aplastar cada uno de los televisores hasta que llegó la policía y lo durmieron a golpes.

Tomé nota de todo lo que me contaba la madre de Rudni, quien me dijo, además, que el padre había enviado a alguien a la ciudad para investi­gar de dónde había salido ese diskette.

El padre de Rudrii lo había hecho analizar por uno de sus empleados, pero el trabajo se suspen­dió, porque el hombre había empezado a desvariar.
Mariana pasó algunas horas en una biblioteca especializada en literatura oriental. Ahí se puso a buscar algunos datos sobre el I Ching: era aquello que Jorge había tratado de explicarnos la vez que [56] fuimos a investigarlo.

Lo que averiguó (y que de alguna manera explica por qué el inventor del juego había elegido el I Ching) fue lo siguiente:

Las computadoras funcionan en base al sistema binario, en lugar del sistema decimal, que usamos comúnmente. El sistema binario forma todos los números con sólo dos dígitos: el 1 y el 0. Ubicándolos en diferente orden dan origen a todos los demás.

Un filósofo, Leibniz, en el siglo XVII, desarrolló el sistema. A finales del siglo le escribió largas

cartas a un misionero jesuita, Joachim Bouvet, que estaba en China. Imagino el tiempo que tar­darían en llegar esas cartas, llevadas en la bodega de algún barco, de una punta a la otra del mundo.

Bouvet conocía el I Ching. Le escribió a Leibniz que, de alguna manera, su sistema había sido anticipado por el escritor del oráculo, ya que tam­bién las figuras de los hexagramas se formaban con líneas abiertas y cerradas. Dos tipos únicos de grafía para escribir todo.

Más de mil años antes de Cristo, el señor feudal Si peh, gobernador de la provincia de Tchou, encerrado en una prisión, al dibujar los sesenta y cuatro hexagramas del I Ching, había trazado el plano de la primera computadora.
La madre de Jorge llamó a mi casa. Me dijo que le había telefoneado un hombre al que había en­viado el padre de Rudni desde Córdoba.

No quería estar sola cuando el hombre llegara.

Jorge estaba internado en una clínica. Seguía [57] sosteniendo que los hombres del frío invadían la

ciudad, pero ya no temblaba. En cambio, dibujaba planos de la ciudad, en los que explicaba la estrategia del enemigo. La ciudad, cubierta de nieve, acabaría por ser abandonada por sus habitantes y entonces ellos ejercerían ilimitadamente su poder sobre las calles cubiertas de cuerpos congelados.


Lo primero que hice al llegar a la casa fue ver si había mensajes en la computadora. Había dejado la máquina preparada con ayuda de Marta para que imprimiera todos los mensajes. Había una larga tira de papel. Leí los últimos.
MEMORIAS DE UN HACKER (XXIII): YA NO SE TRATA DE ENTRAR EN MÁQUINAS, SINO EN LAS MEMORIAS DE LOS OTROS. ¿PERO CóMO ENTRAR EN LA MEMORIA? SE NECESITA UN CADÁVER RECIENTE. ALGUIEN SIN VOLUNTAD PERO TODAVÍA LLENO DE RECUERDOS.
MEMORIAS DE UN HACKER (XXIV): ESTOY PREPARADO PARA ENTRAR EN LA MEMORIA DE LOS MUERTOS.
MEMORIAS DE UN HACKER (XXV): RECUERDO PASEOS POR UN CEMENTERIO. LAS BÓVEDAS. YO ME DECÍA: BANCOS DE MEMORIA. DATOS Y DATOS GUARDADOS ENTRE PAREDES DE MÁRMOL. LAS COMPUTADORAS SON EL [58]NUEVO VAMPIRISMO.
Salteé algunos párrafos. Leí el último:
MEMORIAS DE UN HACKER (XXX): SOY JONATHAN HACKER, SOY DRÁCULA, SOY EL VAMPIRO DE LAS MENTES MUERTAS SOY EL MENSAJERO DEL HADA CIBERNÉTICA SOY EL QUE PASEA POR LAS REDES TENDIDAS SOY EL QUE VA A ENTRAR EN TU CABEZA SOY EL DUEÑO DE TODOS TUS RECUERDOS.
Sonó el timbre.
Marta había estado todo el día en el hospital. Estaba agotada. Cuando llegó el hombre enviado por Rudni tomaba un té en el sillón.

Dijo llamarse Díaz. Era corpulento y vestía un traje que le quedaba chico. Cuando me acerqué me tendió la mano y dijo:

 Detective privado.

 ¿Detective privado?

 Bueno, en realidad soy encargado de seguri­dad en JCN --hombre se avergonzó un poco pero enseguida se afirmó   . Dígame todo lo que sabe. Vine a investigar.

 ¿Llamaron a la policía?

 No  dijo el hombre sentándose en uno de los sillones de paria   . El señor Rudni prefiere que todo quede sin publicidad. Piensa que es algo contra él o contra la empresa.

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 Rudni no fue el único que recibió el diskette.

 Eso ya lo sabe. Pero piensa que se trata de un chantaje que recién empieza.

 ¿Chantaje?

 Como cuando aparece un virus que enloquece a una máquina. Hay gente que se dedica a eso para cobrar después por deshacer el problema. No pue­do decirle más, no entiendo de estas cosas.

Le conté lo que sabía. Díaz tomaba notas en una libreta, pero escribía con lentitud exasperante, y continuamente entendía mal y había que repetir todo. Trataba de usar los gestos de los detectives privados de las películas, como hablar con el ciga­rrillo en el costado de la boca, o chasquear cons­tantemente la lengua. Le pregunté si antes le había tocado averiguar algo.

 Un robo en la empresa.

 ¿Un asalto?

 Alguien se llevaba los ceniceros de recuerdo.

 ¿Y encontró al culpable?

 Sí, la mujer de uno de los gerentes. Los usaba para poner debajo de las macetas. No trascendió nada pero igual me aumentaron el sueldo.



Apagó el cigarrillo, miró su libreta, donde esta­ban los nombres de todos los integrantes del Club de los Corazones Solitarios y se fue de la casa, para seguir con su investigación.


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