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Discurso leído por el señor Presidente de la Academia Chilena de la Historia, don Fernando Silva Vargas, en la presentación pública del Boletín N°116, Vol. I y II el día jueves 29 de noviembre de 2007


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Discurso leído por el señor Presidente de la Academia Chilena de la Historia,

don Fernando Silva Vargas, en la presentación pública del Boletín N°116, Vol. I y II

el día jueves 29 de noviembre de 2007

A fines del movido año 1920 llegó a Chile una misión española presidida por el infante don Fernando de Baviera y Borbón, enviada a los actos conmemorativos del cuarto centenario del descubrimiento del estrecho de Magallanes. Formaba parte de ella don Ángel Altolaguirre, especialista en Cristóbal Colón y miembro de número de la Real Academia de la Historia, quien traía una misión específica: dejar constituida la Academia Chilena de la Historia. Debían ser designados miembros de número de la nueva entidad los señores José Toribio Medina, el arzobispo de Santiago monseñor Crescente Errázuriz, el rector de la Universidad de Chile Domingo Amunátegui Solar, Julio Montebruno, Carlos Vicuña Mackenna, Juan de Dios Vergara Silva, Martín Rücker, Ramón Laval, Gonzalo Bulnes, Luis Barros Borgoño, Gaspar Toro, Jorge Boonen Rivera, Enrique Matta Vial, Luis Risopatrón, Alcibíades Roldán, Tomás Thayer Ojeda y Tomás Guevara.


Esa iniciativa no fructificó y habrían de transcurrir 13 años antes de que ella se convirtiera en realidad, y entonces sin el patrocinio hispano. Con todo, ella ofrece un aspecto de interés: el reconocimiento, en el exterior, de la existencia en Chile de un grupo respetable de investigadores en el campo de la historia. Varios de los miembros de esa lista fallecieron antes de que se fundara nuestra corporación, como el señor Medina, muerto en 1930, o monseñor Errázuriz, al año siguiente. Pero otros ingresaron a ella.
En el decenio siguiente continuaba existiendo en nuestro país una masa crítica de cultores de la historia, y no fue difícil organizar una entidad que los reuniera. En la primera Junta General Ordinaria que la recién creada Academia Chilena de la Historia celebró el 11 de mayo de 1933 se tomaron dos acuerdos relativos al boletín que ella debería publicar. El primero fue la designación de su director, que recayó en don Félix Nieto del Río. El segundo trató del material que contendría: estatutos de la corporación, nómina de los académicos y reseña de la sesión solemne que se realizaría con motivo de cumplirse el centenario de la Constitución de 1833. Además, se agregarían los trabajos históricos presentados por los miembros de la institución. Los primeros estatutos de la Academia, que se contienen en el acta de la sesión del 15 de septiembre de 1933, se referían en su capítulo IV a las publicaciones, dejándose expresa constancia en su artículo 29 de que le correspondía editar, entre otras obras, un boletín.
Muy en serio tomó ese mandato la corporación, y ese mismo año salieron de las prensas los gruesos volúmenes, de 314 y 281 páginas, de los dos primeros números de la revista. Colaboraron allí, entre otros, Agustín Edwards, primer presidente de la entidad, Jaime Eyzaguirre, José María Cifuentes, Guillermo de la Cuadra Gormaz, Eduardo Solar Correa, Luis Álvarez Urquieta, Fernando Márquez de la Plata Echenique, Alberto Cruchaga Ossa, Ricardo Montaner, Alfonso Bulnes, Juan Luis Espejo, Ernesto Greve y Carlos Peña Otaegui. Continuó el Boletín con dos entregas anuales, salvo en 1936, aunque asignándole un número a cada una de ellas, hasta 1940. Entre ese año y 1944 aparecieron cuatro entregas anuales, también cada una con un número correlativo. La nueva modalidad, producto de una sugerencia del presidente don Miguel Cruchaga, obedeció al propósito de transformar el Boletín “en una revista trimestral de material más liviano y que sin perder su originalidad y valor de investigación, provoque más interés en el público”, lo cual algo nos sugiere acerca de la moderada atracción que en nuestro país han despertado los estudios históricos. Entre 1945 y 1969 se volvió a la edición de dos números anuales. Los números 83 y 84, correspondientes a ambos semestres de 1970, se publicaron en un solo volumen, y ya a partir de 1971 apareció un solo volumen del Boletín por año. Los números 108 y 109, correspondientes a los años 1998 y 1999, y el número 110, correspondiente a los años 2000 y 2001, constituyeron cada uno un solo volumen. Estos cambios pueden explicarse, en gran parte, por las permanentes dificultades para financiar la edición. Incluso ya en 1950 se había propuesto convertir al Boletín en un órgano interno y ahorrar de esa manera el dinero invertido en él.
Hasta octubre de 1935 el Boletín fue dirigido por el señor Nieto del Río, quien dejó entonces el cargo y fue reemplazado hasta 1937 por don Guillermo Feliú Cruz. Se ha afirmado que en 1940 se hizo cargo del Boletín el secretario de la corporación, don Jaime Eyzaguirre, quien lo dirigió hasta su muerte, en 1968. Sin embargo, es probable que en 1937 sucediera al señor Feliú, de lo que no ha quedado constancia por ser entonces esa designación de resorte de la Junta Directiva. En 1969 se hizo cargo de nuestra revista don Eugenio Pereira, quien la dirigió hasta 1979, y en 1980 don Luis Lira Montt fue nombrado su director. La gestión del señor Lira se prolongó hasta el año 2000, en que fue designado director de la publicación don Horacio Aránguiz. Conviene advertir que desde que se hizo cargo el señor Pereira de la dirección del Boletín, se apoyó en un grupo de consultores, que se denominó Comisión de Redacción, la cual ha dado paso a la Comisión Editora y al Consejo Editorial que hoy existen.
La preocupación de nuestra Academia por su Boletín, órgano en que cual se publican preferentemente los estudios de sus miembros de número y correspondientes, ha llevado a implantar sucesivas innovaciones para adecuarlo a las rigurosas exigencias a que deben someterse las publicaciones cinetíficas. La más visible es que el No. 116, que ahora se presenta, está dividido en dos partes, cada una correspondiente a un semestre del año 2007.
Este número ofrece, en total, 14 estudios y 27 reseñas. Hemos procurado dar el mayor énfasis posible a éstas últimas, porque la abundancia de muy desiguales publicaciones en nuestra disciplina hace recomendable sugerir alguna orientación al eventual lector. En esta oportunidad me atrevo poco más que a enumerar los artículos de cada volumen, dando una ligera idea de lo medular de ellos. El primer volumen del No. 116 contiene los siguientes artículos: “A un siglo del terremoto de Valparaíso 1906-2006”, de Regina Claro Tocornal, que describe el sismo de 16 de agosto de 1906, las medidas adoptadas por las autoridades ante la emergencia y la principal consecuencia a largo plazo del fenómeno: el menor crecimiento comparativo del puerto y el veloz desarrollo de Viña del Mar. “Epistemometría de las lecturas militares chilenas 1947-1997. El estado de las ciencias militares desde la posguerra”, por Cristián Garay Vera, es un estudio que intenta, utilizando como fuente al Memorial del Ejército de Chile, determinar de qué manera influyó la Guerra Fría entre 1947 y 1989 y el Nuevo Orden Mundial a partir de ese último año, en la producción disciplinaria militar de nuestro país. El autor llega a varias conclusiones preliminares, algunas de las cuales no dejan de sorprender. Es el caso de aquella que indica que, a pesar de la hegemonía de los Estados Unidos, para los militares chilenos el Ejército alemán continúa siendo el “ejército modelo”, o de la que sostiene que la doctrina militar chilena tiene un sesgo europeizante, con marcada influencia francesa. “Arte y evangelización en Chile. Siglos XVI-XVIII”, por Gabriel Guarda O. S. B., examina, con la erudición a que su autor nos tiene acostumbrados, el empleo de la música, el canto, la danza y el drama con fines catequéticos, así como los infructuosos intentos de los gobernantes ilustrados del siglo XVIII por eliminar ciertas prácticas que arraigaron con fuerza en los sectores populares, como los bailes dentro y fuera de las iglesias. “La afluencia de estudiantes transandinos a la Real Universidad de San Felipe y colegios universitarios de Santiago de Chile 1747-1816”, por Luis Lira Montt, es un interesantísimo análisis de la presencia de dichos estudiantes en Chile y de los motivos que la explicarían, que está acompañado de un listado de los 410 que el autor ha logrado catalogar. Dicho listado, además de ser un útil herramienta de trabajo para el investigador, pone de manifiesto la existencia de numerosos grupos familiares de la otra banda que se desplazaron hacia Chile para realizar sus estudios. “Educación católica y escuela laica (1860-1901). La clase de religión”, por María Angélica Muñoz Gomá, aborda el debate, inserto dentro de las llamadas “luchas teológicas”, sobre educación católica o escuela laica con clase de religión optativa. “La genealogía episcopal del primer cardenal de Chile, don José María Caro Rodríguez”, por Carlos Salinas Araneda, reconstruye la cadena formada por los obispos que recibieron sucesivamente sus consagraciones, desde Scipione Rebiba, hacia 1541, hasta el prelado chileno, en quien se agotó la línea, pues no realizó ninguna consagración episcopal. “Los gobernadores como agentes estructuradores de la sociedad chilena en los siglos XVII y XVIII”, estudio de quien les habla, surgió incidentalmente de otro mayor en ejecución, para determinar cuán generalizada estaba la práctica de un gobernador de comienzos del siglo XVIII de construir redes en Chile y en Perú con los parientes que le rodeaban. El resultado es que ocho gobernadores establecieron redes familiares, algunas de inusitada extensión, lo cual contribuyó a modificar la estructura de las elites chilena y peruana.
En el segundo volumen nos encontramos con “La letra y la comida. Una aproximación a los manuales de cocina como un medio de renovación culinaria en Chile”, por Carolina Sciolla y Ricardo Couyoumdjian, que examina el efecto de los aludidos manuales en los cambios culinarios en nuestro país. Los autores han elaborado un completo repertorio de los manuales peninsulares, de los recetarios impresos que circularon en Chile a partir de la Independencia y de los libros de cocina publicados en Chile entre 1851 y 1914, que llegan a 56, y agregan interesantes consideraciones sobre medidas, tiempos y didáctica culinaria. “Doña Carmen Urrejola de Del Río (1848-1932). Una vida dedicada a la filantropía”, por Daniel Campos Menchaca, es un trabajo hecho por el autor con la colaboración de los señores Sergio Carrasco Delgado y Eduardo Andrade Rivas. Había permanecido inédito y, después de seis años de la muerte del señor Campos, los señores Carrasco y Andrade decidieron trascribirlo, actualizarlo, adicionarlo y publicarlo. Se trata de una investigación sobre la familia y el hogar de la señora Urrejola Unzueta, de su matrimonio con don Pedro del Río Zañartu y de sus actividades filantrópicas, que quedan muy de relieve en su testamento. “La batalla de Loncomilla de 1851: escenarios y testimonios”, por Jaime González Colville, es una cuidadosa reconstrucción del sangriento hecho de armas que puso término a la revolución que encabezó el general José María de la Cruz. El autor pone de relieve los errores estratégicos de éste, la actuación del general Bulnes, su primo y adversario, el fracaso de un intento de negociación, el sitio de las Casas de Reyes, la derrota y la firma del tratado en la hacienda de Santo Toribio de Purapel. “Baile de fantasía ofrecido por don Víctor Echaurren Valero”, por Solène Bergot, examina el baile de disfraces ofrecido por el destacado coleccionista don Víctor Echaurren en 1885, característica forma de sociabilidad de la aristocracia santiaguina de la primera mitad del siglo XIX y de los primeros decenios del siguiente. En “Palabra poética, discurso político. La candidatura presidencial de Pablo Neruda, 1969-1970”, su autor, Francisco Gallegos Celis, recuerda ese poco conocido capítulo de la vida del poeta, quien ya había tenido una breve actividad parlamentaria al ingresar al Senado en 1945, todavía como Neftalí Reyes, por Tarapacá y Antofagasta. “Historias de fisuras y conflictos etarios en la elite de Santiago colonial 1750-1800”, por Rafael Gaune Corradi, es un sugerente examen sobre conflictos producidos en la elite santiaguina en la segunda mitad del siglo XVIII, como el protagonizado por la sucesión en el rectorado de la Universidad de San Felipe, que el autor inscribe dentro de las querellas generacionales. Concluye este segundo volumen del Boletín con “Apogeo y decadencia del Presidente de la República. El caso de José Manuel Balmaceda, 1886-1891”, por Alejandro San Francisco, estudio que analiza el proceso de deterioro de la imagen de ese mandatario, que, aclamado al iniciar su período, concluyó como jefe de una facción liberal minoritaria, sin más apoyos que los prestados por su círculo íntimo y los militares.
Estimo que el número que hoy ponemos a disposición del público interesado constituye una contribución más de la Academia al mejor conocimiento del pasado y es una cabal demostración de que, al completar 116 entregas del Boletín, seguimos cumpliendo con los objetivos que hace 74 años impulsaron la creación de nuestra entidad.
Quiero concluir agradeciendo muy sinceramente la colaboración prestada por la comisión editora, cuyos miembros exhibieron la mejor disposición para el diseño de este número. Una mención especial cabe hacer al director del Boletín, académico don Horacio Aránguiz, cuya hábil gestión demuestra ser indispensable. Nuestras colaboradoras, licenciada Antonia Rebolledo y señora Eugenia Galaz, han puesto, como siempre, su celo y su eficacia al servicio de los propósitos de la corporación. A todos ellos, muchas gracias.



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