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Discurso de recepción del premio nacional de medicina. Dr. Alejandro Goic Goic


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DISCURSO DE RECEPCIÓN DEL PREMIO NACIONAL DE MEDICINA.
Dr. Alejandro Goic Goic.

La gratitud, más que una obligación, es un vínculo moral que se establece libre y espontáneamente con la o las personas que nos han conferido gratuitamente un favor o una atención. Es en virtud de tal vínculo que mis palabras iniciales no podrían ser otras que las de agradecimiento al Jurado del Premio Nacional de Medicina, integrado por destacados médicos y presidido por el Decano Octavio Enríquez Lorca, así como a las instituciones académicas, científicas y gremiales por ellos representadas que me han otorgado esta alta e inapreciable distinción. Debo subrayar que en el ámbito de sus respectivas responsabilidades, la Asociación de Facultades de Medicina, el Colegio Médico, la Academia de Medicina y las Sociedades Científicas han sido los pilares en que se ha sostenido el progreso de la medicina, la educación médica y la salud pública en el país. Para mí el valor más gratificante de este Premio es, precisamente, el que sea otorgado por los pares, conocedores de las luces y sombras de la medicina, así como de las glorias y dolores de la práctica médica. Agradezco, también, al Dr. Humberto Reyes Budelovsky sus elogiosas palabras que creo están motivadas más bien por el afecto de una prolongada amistad y por haber vivido muchas experiencias comunes en nuestra vida profesional. Y, por último, expreso mi gratitud a los numerosos colegas y amigos que han hecho propicia la ocasión de habérseme otorgado este reconocimiento para manifestarme su adhesión y simpatía.


Sólo puedo decir a ustedes que no tengo otro mérito -si es que alguno- que haberme esforzado por ejercer la medicina en forma responsable y humanitaria y no haber restado mi participación en ninguna iniciativa que contribuyera al progreso de la medicina y la educación médica. Todo ello, con la necesaria dosis de entusiasmo y, talvez, de pasión, que he puesto en todas las actividades que he emprendido en mi vida profesional y académica.
Permítanme que en esta ocasión especial haga un recuerdo de mis padres -a quienes todo debo- y de mis venerables abuelos croatas que hace ya más de un siglo arribaron desde una lejana isla de la costa dálmata del Adriático a las frías tierras magallánicas en busca de un porvenir y una esperanza; y de la mujer inteligente, creativa y solidaria que me acompañó y apoyó por más de cuarenta años, y que, para consternación de todos aquellos que la conocieron y la amaron, fuera arrebatada de su hogar y de la vida por una enfermedad cruel e irremediable.
Evoco con cariño mi paso por la educación primaria y secundaria en el antiguo Colegio San Pedro Nolasco de la calle de los Huérfanos colindante con la histórica Basílica de la Merced que, con el tañir inmutable de su Carillón, convoca e inspira a la ciudad y sus habitantes. Este Colegio de la Orden Mercedaria nos entregó valores positivos y una formación integral a través de una metodología educativa más bien tradicional pero muy estimulante, que fomentaba una sana competencia estudiantil pero, también, el compañerismo y un fuerte sentimiento de pertenencia a la comunidad escolar.
Mi formación universitaria fue, en verdad, muy favorecida por las circunstancias y por el encuentro azaroso con profesores notables, a quienes hoy deseo rendir tributo.
En la Escuela de Medicina de la Universidad Católica me impresionaron la sólida personalidad académica y sapiencia de muchos de mis profesores. Recuerdo con particular respeto y afecto a los doctores Héctor Croxatto Rezzio, catedrático de fisiología y Luis Vargas Fernández de fisiopatología, ambos científicos eminentes galardonados con justicia décadas después con el Premio Nacional de Ciencias; al Dr. Fernando García-Huidobro, titular de Farmacología, cuyas demostraciones experimentales en las clases expositivas eran para nosotros una novedad y un aprendizaje perdurable; al Dr. Raúl Crozatto Rezzio, cuya prolijidad y entusiasmo en la enseñanza de una disciplina compleja como la bioquímica no dejaba de deleitarnos; al Dr. Ramón Ortúzar Escobar, sobresaliente profesor de clínica médica, de quien aprendí los elementos fundamentales del arte de la medicina y al Dr. Bernardino Piñera Carvallo, sacerdote ilustre -actual Obispo Emérito de La Serena- quien nos dictaba un motivador curso de historia de la medicina universal.
Mi incorporación en 1955 como Residente-becario en la Cátedra E de Medicina de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, fruto de un encuentro fortuito y un consejo oportuno del distinguido Dr. José Barzelatto Sánchez, fue un momento decisivo para mi formación profesional.
Esa Cátedra universitaria, asentada en el Servicio de Medicina del Hospital del Salvador y encabezada por el Profesor Hernán Alessandri Rodríguez, era en todo excepcional. Hernán Alesandri un clínico eminente, de inteligencia extraordinaria, honorable y sabio, conducía un servicio clínico maravillosamente bien organizado por la inspiración de un administrador nato y talentoso como el Dr. Héctor Ducci Claro y en donde asistencia a los enfermos y docencia a los estudiantes eran actividades inseparables e indistinguibles. Los ayudantes del Profesor Alessandri, todos profesionales de gran prestigio, tenían una dedicación ejemplar a la enseñanza. En la imposibilidad práctica de nombrarlos a todos con sus respectivas cualidades y méritos, simbolizaré la excelencia de ese grupo docente en la persona de los Drs. Raúl Etcheverry Baruchi, un virtuoso de la hematología y formador de innumerables estudiantes y especialistas; Eliseo Concha Parot, docente por vocación, metódico y severo; David Lamas Brunstein, un cardiólogo clínico con habilidades diagnósticas sorprendentes y Gastón Chamorro Zapata quien, a la par de su sencillez, era poseedor de una fina sensibilidad y amplios conocimientos clínicos. Además de distinguirme con su amistad, tuve el privilegio de escribir con él la obra "Semiología Médica", acogida como texto de estudio por generaciones de jóvenes estudiantes de medicina en nuestro país y en otras latitudes.
En la Cátedra de Alessandri existía una disciplina médica ejemplar, que no era otra cosa que el cumplimiento irrestricto de las responsabilidades asistenciales y docentes asignadas. Se respiraba en ella una atmósfera universitaria estimulante de la que nos impregnamos muchos de sus discípulos para esforzarnos por continuar la tarea inacabable de hacer progresar la medicina y la educación médica en el país. Fue allí donde se despertó mi vocación universitaria, iniciando una carrera académica en la Universidad de Chile que se prolonga hasta hoy, interrumpida sólo por los dos años en que me desempeñé en el Hospìtal Regional de Temuco, una experiencia profesional y humana inolvidable y enriquecedora. Mi estadía en los EE.UU. con el Profesor Stewart Wolf, un investigador clínico de notable imaginación, me permitió profundizar en los fundamentos científicos del rol de los factores psicológicos en la enfermedad y orientar el carácter de mi actividad clínica.
En esa época, me vinculé estrechamente con la Sociedad Médica de Santiago y la Revista Médica de Chile, dos instituciones respetables cuyo origen se remonta al siglo XIX y que no sólo están insertas en la historia de la medicina chilena sino que también en la historia social y cultural de nuestro país. Como toda labor constructiva y perdurable, su contribución a la educación médica contínua y la difusión científica durante más de cien años, ha sido tan silenciosa como memorable.
En mi vida universitaria lo más gratificante fue la enseñanza a los estudiantes de medicina, internos y médicos residentes y, particularmente, a grupos pequeños de alumnos en los "pasos de semiología" destinados al aprendizaje de la historia clínica y de los síntomas y signos, disciplina que constituye "no la gramática de la medicina sino la medicina misma". Su carácter tutorial permitía un conocimiento de la personalidad de cada alumno, así como el intercambio vivo de saberes médicos y de experiencias humanas. Similar satisfacción renace hoy con la enseñanza de la ética médica a jóvenes estudiantes en el mismo hospital, que hoy luce más desvencijado y desprovisto que ayer, sostenido por su tradición y por la abnegación de sus médicos y personal de la salud.
Dedicado por décadas a la atención sistemática de los enfermos y a la enseñanza, recorrí mil veces los extensos y más que centenarios pasillos del Hospital del Salvador, una reliquia histórica de la arquitectura hospitalaria del siglo XIX. Cómo olvidar esas enormes salas contiguas a la Maternidad -hoy desaparecidas- y el encanto del enorme ceibo que se yergue añoso en medio de un patio circundado por largos corredores techados sostenidos por pilares de roble americano y con sus baldosas envejecidas por los pasos del hombre y el tiempo. Así como la serenidad y paz que irradia la hermosa capilla en cruz enclavada en el corazón del recinto hospitalario y rodeada de espacios-testigos del dolor y sufrimiento humanos, patrimonios culturales de la Nación que ojalá sobrevivan a los embates de la modernidad.
Fueron los avatares universitarios los que me llevaron a asumir, primero, el decanato de la Facultad de Medicina de la Sede Oriente de la Universidad de Chile, a una edad talvez demasiado temprana para esa tarea, impulsado por la generosidad de mis colegas y amigos del hospital del Salvador. La laboriosa organización de esa nueva Facultad y sus expectativas de desarrollo autónomo se vieron desvanecidas por circunstancias imprevisibles.

Muchos años después, la elección como Decano de la Facultad reunificada fue una distinción tan grande como la responsabilidad y el sacrificio de ejercer tan delicada función. Junto con contribuir a reparar una dignidad institucional resquebrajada y en razón de una convicción universitaria muy profunda, puse el énfasis en el progreso académico de la Facultad, privilegiando el desarrollo de los programas conducentes a los grados académicos superiores, la innovación curricular en el pregrado, la incorporación formal de los estudios éticos, históricos y humanísticos en el curriculum de la carrera y la apertura de espacios institucionalizados para el cultivo académico de esos saberes.


Aquellos fueron tiempos difíciles, talvez los más dramáticos que me ha tocado vivir y durante los cuales traté de mantenerme fiel a principios emanados del ser propio de la medicina: el respeto por la vida, por las personas y su dignidad. Inolvidable fue la defensa por los Decanos y la comunidad universitaria de la autonomía e integridad de la institución, a la que el filósofo Jorge Millas llamara "la universidad vigilada" y cuyos pormenores registró con maestría el Profesor Fernando Valenzuela Erazo en su libro "La rebelión de los Decanos". Las emocionantes muestras de solidaridad y adhesión que recibimos en aquella época permanecen indelebles en mi memoria y en mi corazón.
Debo decir que desde temprano en el ejercicio de la medicina me interesé por meditar sobre su naturaleza y su sentido a partir de la observación atenta de la práctica médica. Durante "mi segunda navegación", esas reflexiones se plasmaron en algunos libros que, en lo esencial, intentaban analizar el contenido ético de la medicina, su naturaleza y sus fundamentos, ejemplarizándolo en el pensamiento y la obra de médicos humanistas notables de la historia universal de la medicina.
Con el transcurso de los años, la indagación sobre la finalidad última del saber médico, su singularidad en el conjunto de las profesiones llamadas ilustradas o liberales y la esencia del acto médico han arraigado en mí profundas convicciones que me permitiré compartir sumariamente con ustedes.
La primera es que, cualesquiera hayan sido los espectaculares avances científicos y técnicos de la medicina y su impacto en la profesión, la relación médico-paciente sigue siendo el pilar fundamental de la práctica médica. Es en el encuentro libre, íntimo y amistoso del médico con su enfermo donde se expresa de un modo concreto la bondad de la medicina como arte y como ciencia. La acción médica se realiza a causa de la relación médico-paciente y en la relación médico-paciente y sólo en ella. Así lo ha sido ayer, lo es hoy y, confiamos, lo será mañana en tanto la medicina sea una actividad humana. Similares conceptos son aplicables a la relación de los pacientes con las instituciones sanitarias: todo país debería aspirar a tener servicios médicos que sean no sólo técnicamente eficientes y económicamente viables, sino que hagan posible un modo social de relación interhumana en la que prevalezca la acogida, la amabilidad y el respeto por las personas.
Una segunda convicción es que, en último término, existen dos modelos o prototipos contrapuestos para entender la medicina y su ejercicio: un modelo que podemos llamar de "inspiración hipocrática" y otro de "inspiración tecnocrática".
El modelo de inspiración tecnocrática hace prevalecer en medicina y salud las consideraciones técnicas, administrativas y económicas por sobre los factores humanos. Según esta visión, los valores de la medicina son cambiantes en función de circunstancias históricas, sociales y políticas; es un saber éticamente neutro y la relación del médico con el paciente un contrato regido por la autonomía del enfermo. Así, para esta percepción, el médico no es más que un proveedor de salud y el paciente un consumidor, en tanto que la organización sanitaria de la población, en lo fundamental, es un problema técnico.
En cambio, para el modelo de inspiración hipocrática la medicina es un bien en sí misma, que no es modificable, en lo esencial, por factores externos a ella. Su propósito surge como respuesta a la experiencia humana de la enfermedad, la necesidad de ayuda o cuidado que ella genera y el deseo humano de evitar el sufrimiento y recuperar la salud perdida, un objetivo que es a la vez técnico y moral. "El bien de la medicina es lo que la medicina es y lo que ella persigue; aquello que hace que la medicina sea medicina, más bien que leyes o política" o cualquier otro oficio o profesión. Para la mirada de raigambre hipocrática la medicina es constitutivamente ética y está inspirada en el principio de beneficencia -esto es, la búsqueda del bien del enfermo por sobre cualquier otra consideración-, principio que no se vive desde la competencia con la autonomía sino desde la reciprocidad. Por su parte, la organización de la atención de salud de la población es, en lo fundamental, un problema moral y humano.
Creo firmemente que si en nuestra práctica profesional y nuestros sistemas de salud no prevalece una medicina de inspiración hipocrática y, por el contrario, se impone una visión tecnocrática extrema, querría decir que están justificadas las aprehensiones de muchos respecto a su futuro. Todo va a depender de la profundidad y solidez del convencimiento que tengan los médicos, tanto individual como colectivamente, del bien que significa la medicina, la trascendencia de los valores que defiende, la nobleza y honorabilidad de la profesión, así como del esfuerzo por trasmitir eficazmente tal certidumbre a las autoridades políticas y a la sociedad. Esto implica que los médicos debemos esforzarnos por rescatar la identidad y los valores esenciales de la medicina y de la práctica médica, la integridad de la relación médico-paciente y el sentido altruista de la profesión, privilegiando su dimensión humana, ética y social. En pocas palabras, redimir la medicina legada por nuestros antepasados hipocráticos y que, transmitida de generación en generación a través de los siglos, se fue incorporando indeleblemente a la cultura universal.
Finalmente, y en el ámbito de estas consideraciones, debo afirmar que la educación de los médicos no es una tarea fácil ni susceptible de ser improvisada sino que, por el contrario, es un proceso de formación complejo y difícil cuyo objetivo no es sólo la enseñanza y aprendizaje de conocimientos biomédicos y de habilidades y destrezas, sino que, además, la internalización de valores éticos de gran entidad individual y social. Esta tremenda responsabilidad educacional requiere necesariamente de Escuelas de Medicina socialmente acreditadas, de alumnos académicamente capaces y de docentes idóneos y ejemplares, dedicados de lleno a la tarea universitaria.

Sras y Sres:


Creo que si la medicina ha de ser fiel a su naturaleza y enfrentar con éxito los embates que sufre en un mundo dominado cada vez más por el cientificismo, el economicismo y la tecnocracia, pareciera necesario esforzarse por reafirmar su carácter originario, esto es, el de un arte y ciencia que en último término persigue un bien: sanar y cuidar a las personas enfermas. Ello implica inspirarse en sus valores fundacionales y tener un profundo convencimiento del carácter humanitario de la práctica profesional, liberándola de aquellas concepciones extremas que la perturban y desnaturalizan. Talvez no esté de más recordar que las expectativas individuales y sociales en la idoneidad profesional y en las cualidades éticas del médico son muy altas, por lo que todo profesional debiera aspirar a satisfacerlas, contribuyendo de este modo a resaltar la nobleza de la profesión, su propia dignidad y el carácter humanista de la medicina.

Los estudiosos de la cultura antigua han caracterizado al médico hipocrático como "la encarnación de una ética profesional ejemplar por la proyección del saber [médico] sobre un fin ético de carácter práctico" y a la medicina griega como "una fuerza cultural de primer orden". Me atrevo a sostener que para la medicina contemporánea reanimar la figura del médico hipocrático no debiera ser solamente una aspiración encomiable - menos aún una utopía- sino que el reencuentro fecundo con un ideal médico que, formulado hace dos mil quinientos años como un sencillo Juramento, revolucionara no sólo a la medicina sino que, también, a la historia de la humanidad. 




Santiago de Chile, 27 de abril del 2006.


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