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Dirigencias políticas y legitimidad en el Este Asiático 1 Introducción


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Castro García María Celeste

Dirigencias políticas y legitimidad en el Este Asiático

Dirigencias políticas y legitimidad en el Este Asiático

1) Introducción


El objetivo del presente trabajo es realizar un estudio, quizás aún aproximativo, acerca de los fundamentos del poder y las dirigencias políticas en el Este Asiático. La elección de dicho tema, radica en que las sociedades del Este Asiático se caracterizan, a mi entender, por haber sido configuradas, mantenidas, dirigidas (valga la redundancia) por fuertes dirigencias políticas, centrales y con mayores o menores cuotas de autoritarismo, cuyas ideas y prerrogativas permearon sensiblemente el imaginario y la mentalidad de estas sociedades. Es decir, la hipótesis fundamental del presente trabajo es que dichas sociedades se han formado, han crecido rápidamente y se han mantenido, a partir de un fuerte autoritarismo central conformado por dirigencias con características peculiares y con un fuerte peso de las tradiciones y la cultura, que las distinguen de las dirigencias occidentales tipo, incluso de las que se han mantenido a partir de autoritarismos y totalitarismos. Embarcarnos en este estudio implica, desde mi perspectiva, contribuir a la creación de lazos sólidos y sustentables con los mencionados países, partiendo de la idea de que ellos son actualmente de gran importancia en el mantenimiento y progreso de las relaciones internacionales contemporáneas, y de que es imprescindible un conocimiento sólido de sus culturas y estructuras de poder debido a las enormes diferencias que encontramos con las de los países occidentales.
2) CHINA

2.a) La civilización China: cambio y continuidad


... uno se da cuenta del número importantísimo de cambios,

transformaciones y trastornos del mundo chino. Y sin embargo,

Hegel tenía razón. Tenía razón de sentirse sorprendido por el


carácter permanente de la estructura de la sociedad china.”

Etienne Balazas, “La Burocracia celeste. Historia de la China Imperial”, 1968.
Este es uno de los rasgos fundamentales de China: su milenaria civilización, ha permanecido fuertemente arraigada en la sociedad, a la vez que ha sufrido cambios con el correr del tiempo y la aparición de diversas exigencias de adaptación a las problemáticas contemporáneas. El mantenimiento de la tradición, es visto como una de las máximas virtudes tanto por parte de la dirigencia como del pueblo, y no como un elemento de conservadurismo con connotaciones negativas. El peso de la tradición cumple un rol fundamental a la hora de querer estudiar las estructuras de poder y social chinas. Un ejemplo de ello lo encontramos en el tipo y fundamento del poder y su legitimidad vista desde la sociedad. La sociedad china ha sido desde el Imperio, una sociedad esencialmente burocrática. Es decir, la pirámide social está determinada por su cúspide: el mandarinado, los funcionarios letrados, la particular dirigencia política china, caracterizada por una fuerte centralización, y un autoritarismo que ha sido mayor o menor con el correr del tiempo, pero que siempre se mantuvo. El origen del mandarinado ha sido la nobleza que accedía al título de mandarín mediante el sistema de exámenes oficiales, que se basaban en el estudio de los clásicos y los principios confucianos. Y esta herencia, pesa con fuerza aún en nuestros días, y es una de la causas de la permanencia de dicha civilización y del mantenimiento del orden de tan vasto territorio, así como del rápido y exitoso desarrollo económico realizado a partir de dicho poder central. Ha sido el Estado en China el que a conducido a la sociedad, tanto al cambio como a la pervivencia de elementos milenarios, el que ha llevado a cabo el desarrollo económico y el que ha determinado el camino a seguir en las esferas política, económica, cultural y social, con firmeza y convicción. Sin dicho Estado, monolítico, centralizado, jerarquizado y autoritario, es difícil pensar en la duración y vitalidad de la civilización china, tal como lo afirma el autor anteriormente citado.

Hoy día (y desde 1949), este poder central se encuentra en manos del Partido Comunista Chino, que reúne las características descritas, y reafirma la idea de una sociedad determinada fuertemente por la cúspide de la pirámide social.



2.b) El Confucianismo: base del orden social y fundamento del poder

El fundamento de la existencia de dicha dirigencia y su poder ha radicado en los principios confucianos. Es importante destacar que la cultura china ha introducido religiones, ideologías y tradiciones de otros lugares, como el budismo, el taoísmo, etc., pero todas ellas han sido asimiladas a la cultura propiamente China. Es decir, se les ha puesto el sello de dicha cultura y tradición. Pero el confucianismo ha sido de enorme peso en la configuración de las costumbres, prácticas y cultura chinas, y ha permanecido a pesar de haber sufrido modificaciones. La sociedad china ha sido moldeada según sus preceptos. Ellos han conformado desde la época imperial las reglas de conducta social fundamentales, y sus puntos esenciales hacen hincapié sobre el respeto por las jerarquías legítimas, el culto a los antepasados, el estudio de los clásicos y las buenas conductas morales. Una constante mirada hacia el pasado, como fundamento y vitalidad de lo presente, ha sido uno de sus legados fundamentales. Es así, como la legitimidad política, del poder, en esta sociedad radica fuertemente en la continuidad. Los dirigentes políticos han llevado a cabo numerosas y significativas reformas, pero la fundamentación de las mismas, y sobre todo, la fundamentación del lugar que ocupan dichos dirigentes en la estructura de poder, radica en la permanencia, en la continuidad respecto al pasado chino, en la permanencia de una idea fundamental: la pervivencia de la civilización china, con sus rasgos y acuerdos básicos y fundantes. Resulta curioso, en este sentido, que por ejemplo al llevar a cabo las reformas de apertura y liberalización de Deng Xiapoping y las que les siguieron, siempre se mantuvo, a pesar de la enorme distancia que separaban a estas ideas de las de Mao, que el pensamiento de Mao seguía siendo uno de los elementos constitutivos y legitimantes del Estado. Y es así como se han realizado todas las reformas de apertura y cambio (y como han sido aceptadas por la sociedad), a partir de garantizar una continuidad respecto del pasado.

Además, las virtudes predicadas por el confucianismo como docilidad, sumisión (ante las jerarquías legítimas), obediencia, subordinación ante los superiores en rango y los mayores, han conformado una sociedad ordenada, jerarquizada, dócil, lo cual ha sido de vital importancia para el mantenimiento del poder de las dirigencias políticas tanto anterior como actualmente.

Estos principios confucianos, modeladores de un orden social fuertemente jerarquizado y rígido, han garantizado a la dirigencia política un campesinado altamente disciplinado.



2.c) El lugar de cada uno

Por otro lado, para el confucianismo uno de los pilares del orden social lo constituye el hecho de que cada uno ejerza la función que el lugar que ocupa en la estructura social le exige. Es decir, la legitimidad del gobernante estará dada por el real ejercicio de su función como gobernante, y así con todos los demás actores de la trama social. Cada nombre en las relaciones sociales encierra ciertas responsabilidades y deberes, el individuo se define a partir del lugar que ocupa en esas relaciones sociales, y esto como ya lo veremos, es de vital importancia tanto en China como en Japón.

Los roles, las responsabilidades, las funciones están fuertemente delimitadas es estas sociedades, y ello lleva a que la ciudadanía, por ejemplo, no suela inmiscuirse en cuestiones que competen a la dirigencia, y viceversa, pues cada uno tiene su lugar y función determinadas y diferenciadas. A su vez, a los ojos de los occidentales, estos aspectos suelen verse como fuertemente conservadores, pues implican cierta reticencia a los cambios, a innovaciones, la necesidad de la permanencia y continuidad. Pero a mi entender, darle a ello una connotación positiva o negativa carece de sentido, pues implicaría una evaluación “occidental(ista)” de cuestiones que no se enmarcan en las categorías, criterios y horizontes de sentido de las distintas culturas occidentales. Por lo tanto, se hace imprescindible cierta distancia de lo que llamaría “lo próximo” para poder ver y entender aquello que nos parece tan “lejano”. De hecho, conservadores o no estos rasgos de la sociedad y la dirigencia política chinas, han sido parte esencial de los procesos de cambio que han llevado a China al importantísimo lugar que ocupa hoy día en la arena internacional.

Por último, esta cuestión del lugar que cada uno ocupa en el orden social, es trasladado al espacio internacional, pues China también tiene su lugar correspondiente en este ámbito y debe honrarlo y respetarlo.


2.d) La dirigencia política china actual: pervivencia de la identidad política y cultural y cambio económico

Pragmatismo y desarrollo económico han caracterizado los principales lemas oficiales y las ideas subyacentes a ellos, a partir de la década de los setenta, más precisamente con las reformas iniciadas por Deng Xiaoping y continuadas por las sucesivas dirigencias políticas. Ello, se encontraba a años luz de distancia de los lemas propios del maoísmo, que hacían especial hincapié en la ideología y el aislacionismo (así como en el igualitarismo y el voluntarismo) de china, como pilares del mantenimiento de la Revolución y de la civilización china y el honor del país. De manera que la relación entre ideología y economía se invirtió drásticamente entre estas dos dirigencias. Sin embargo, siguen sosteniéndose como los pilares fundamentales de la República, el pensamiento de Mao, el socialismo chino, las tradiciones en general de la cultura china, etc. Más aún, los recambios generacionales en la dirigencia política, es decir del partido-gobierno, han mantenido la idea de una continuidad en líneas generales, con las primeras generaciones que fundaron la República, a pesar de sus notorias diferencias ideológicas y de objetivos específicos.

China se ha embarcado desde los años setenta en un proceso de cambio y apertura económica de enormes dimensiones, manteniendo sin embargo las bases de su estructura política y social, sus tradiciones. La explicación de tan peculiar combinación (de cambio y permanencia) está dada por lo expuesto en las líneas precedentes. Es decir a pesar de las reformas económicas, a legitimidad política está dada por la continuidad de la tradición político-cultural china y la hegemonía del partido comunista. Sin un sistema y un régimen político-social con dichas características, es absolutamente dudoso que el país hubiera obtenido los resultados que obtuvo, en términos de crecimiento, con una población tan extensa y mayoritariamente campesina. Mas aún, El PCC impulsó la reforma de modernización con el objetivo de conservar su poder, para conservar una legitimidad que hasta ese entonces estaba basada en su lucha revolucionaria y nacionalista.

La dirigencia política, continúa encarnando un Estado fuertemente centralizado, jerarquizado, autoritario y monolítico, que determina fuertemente a la sociedad, y donde la base del poder sigue fundamentándose en la continuidad y los preceptos confucianos. La estructura del Estado, está subordinada a la conducción del Partido. La verticalidad al interior del partido ha sido fundamental. La autoridad máxima continúa estando en el líder del partido. Todas las decisiones se toman al interior de éste y a puertas cerradas y mediante un proceso de toma de decisiones fuertemente vertical. Por otro lado, las reformas emprendidas y sus resultados, han requerido la formación de una elite tecnocrática cada vez mas importante, cuyo papel se limita, a la conformación de las líneas generales y específicas del cambio tecnológico y el crecimiento económico que requieren conocimientos específicos. Es mas, la cuarta generación de líderes, se caracteriza por ser mas heterogénea y con un claro predominio de tecnócratas, reflejo ello, de las exigencias de los tiempo modernos y de la necesidad de incorporar profesionales en la era de la globalización y de la inserción de China en un sistema internacional que exige competencias específicas.

Otra característica importante de la dirigencia política, la encontramos en los recambios generacionales que se basan en fuertes vínculos de lealtad personal y patronazgo entre viejos y nuevos líderes o dirigentes, permitiendo una importante previsibilidad en las conformaciones de las nuevas relaciones de poder, a la vez que refuerzan la cuestión del cambio y la continuidad. Es decir, viejos líderes al producirse dicho recambio, continúan ejerciendo funciones en órganos importantes o bien reciben lealtad de nuevos líderes, siendo distintivo de estas transiciones una fuerte negociación política y de lugares clave en el poder. El cambio de la tercera a la cuarta generación de líderes, no ha sido la excepción.

La nueva generación dirigencial, la cuarta, tiene una serie de desafíos propios de las problemáticas de la globalización y de las tensiones de las reformas iniciadas en los setenta y aún en pie, pero su legitimidad, y la del partido, seguirá dándose por su capacidad de mantenerse como continuadora de la clase dirigente que fue capaz de mantener el orden y gobernar a tan vasto territorio (con una población de 1.300 millones de personas), respetando y honrando las tradiciones de la civilización china y a la vez, erigiendo al país en una gran potencia a partir de su crecimiento económico.
3) COREA

3.1) Identidad cultural: rasgos generales

Podemos afirmar que la cultura coreana es en muchos aspectos tributaria de la China. Desde el 400 a.c fueron introduciéndose costumbres chinas. En primer lugar la introducción de la escritura en Corea, fue una adaptación de la China. Desde tiempos remotos se han leído y admirado los clásicos confucianos y se introdujeron muchas de sus prácticas tanto políticas, como sociales y culturales. El arte chino ha sido fruto de gran admiración por los coreanos. El budismo, el confucianismo, como otras corrientes filosóficas o religiosas han sido introducidas por la vía China. Y así podríamos numerar cientos de elementos que nos hablan de una proximidad notoria de ambas culturas. La sociedad coreana había sido también fuertemente aristocrática y había introducido el sistema de exámenes para el acceso a cargos oficiales, muy similar al sistema chino.

En general Corea se caracteriza por una gran riqueza cultural, permeable a todo tipo de ideologías, creencias o corrientes, alcanzando un verdadero sincretismo ideológico, una real armonía de convivencia entre corrientes incluso contradictorias. De hecho hoy día, a pesar de que la mayoría de la población es cristiana, las otras religiones conviven igualmente.

Por otra parte la identidad coreana se caracteriza por un fuerte sentido de colectividad, al igual que en China: el individuo es en función del lugar que ocupa, es una identidad relacional.

Corea sufrió la ocupación japonesa desde 1910 hasta 1945, período en el cual las fuerzas de ocupación se propusieron la tarea de borrar, de erradicar del imaginario y la mentalidad del pueblo coreano su Identidad cultural. No obstante, la resistencia en Corea ha sido constante (aunque con mayor o menor fuerza dependiendo de las circunstancias externas e internas) no sólo por parte del pueblo llano: se ha mostrado particularmente activa a través de la prensa, las escuelas y las religiones, y por movimientos de coreanos radicados en el exterior. La convicción de la necesidad de mantener la identidad coreana no pudo nunca ser quebrada ni por los mas feroces autoritarismos de las fuerzas japonesas.

Luego de la división de la península, en Corea del Sur, de la cual hablaremos, se hizo presente un nuevo autoritarismo pero en manos de militares coreanos 1.

Era el momento de reconstruir la identidad que a pesar de no haber muerto, cierto era que las nuevas circunstancias de la división y los golpes sufridos por la ocupación, exigieron una relectura de la historia e identidad coreanas.
3.2) Luego de la división: relectura de la identidad y repercusiones en las estructuras de poder y sus fundamentos

Además con la división, se hicieron presentes las fuerzas, ideas y creencias occidentales de manos de los norteamericanos cuyo peso en el proceso de reconstrucción, desarrollo y resistencia ante Corea del Norte y el Comunismo, fueron esenciales. Es así que el sistema educativo y, a través de éste, la conciencia y la mentalidad del pueblo, se nutrieron de los valores y conceptos fundamentales de las categorías de sentido y pensamiento típicamente norteamericanos, mas que occidentales: su idea de democracia, libertad, derechos, etc. Sin embargo, dicha educación se impartía en medio de un marco político de autoritarismo y represión, lo cual operó en la mentalidad coreana como una fuerte contradicción que surtió sus efectos. De hecho estos conceptos fueron de fundamental importancia en la conformación de una mentalidad reformista y pro democrática que conformó los movimientos que presionaron hacia la apertura democrática del país. Es preciso remarcar, que las dirigencias políticas de estos regímenes autoritarios gobernaron en medio de constantes tensiones gracias a las persistentes presiones populares pro democráticas. La resistencia de la población en general, y sobre todo del ambiente estudiantil, embebidos de estos conceptos democráticos importados de occidente, contribuyeron a construir una permanente crítica al orden establecido, lo cual llegado determinado momento, no pudo dejar de ser oído por las dirigencias políticas coreanas y determinó en gran medida el curso de los acontecimientos desde los años ochenta.

Otra contradicción fundamental que operó en la relectura de la identidad coreana, fue la existente entre el fuerte nacionalismo presente en todos los discursos y la creciente dependencia externa y la progresiva introducción de costumbres, hábitos, valores y prácticas fundamentalmente norteamericanas. Ambos aspectos conformaron y, convivieron entre sí en, la relectura de la identidad coreana luego de la división de la península. Y su aceptación se debió en gran parte, a la actitud tomada por los gobernantes que cultivaron, ellos mismos, esta contradicción en la conciencia popular como algo propiamente coreano.

El proceso de apertura democrática fue gradual. Corea no había gozado nunca de un sistema democrático y su concreción requería de la ejecución de un proceso que arraigara sus conceptos e ideas fundamentales en la conciencia del pueblo y sus líderes.

El proceso de apertura democrática fue gradual. Corea no había gozado nunca de un




  1. En este sentido, considero que el corte autoritario de la nueva dirigencia política, no podría haber sido otro, ya que la ausencia de una tradición democrática significó una necesaria ausencia de elites o dirigencias políticas que pudieron gobernar bajo supuestos y reglas de ese tipo. El juego democrático implica el inicio de fuertes negociaciones políticas, compromisos, establecimiento de reglas y educación en términos de conceptos y valores, que sirvan de soporte y contenido al andamiaje de la Democracia propiamente dicha. Por lo tanto, se requirió necesariamente de tiempo para conducir a Corea en este camino, y de la educación de un pueblo claramente desacostumbrado a este tipo de procesos.

sistema democrático y su concreción requería de la ejecución de un proceso que arraigara sus conceptos e ideas fundamentales en la conciencia del pueblo y sus líderes.

Los esfuerzos y presiones de los norteamericanos en este sentido fueron notorios, en los momentos en que su país consideraba imprescindible escuchar los reclamos por la democracia ejercidos por fuerzas políticas y sociales.
3.3) El desarrollo económico como elemento legitimante del poder: crecimiento y dependencia

De modo que, debido a que la dirigencia política coreana luego de la división se encontró bajo una fuerte dependencia de Estados Unidos y requería de su apoyo y del de otras naciones libres para mantenerse en el poder y llevar a cabo sus planes de desarrollo económico (base de su legitimidad), en cuanto estas presionaban para emprender la apertura, la dirigencia política coreana actuaba en consecuencia descomprimiendo en ciertos aspectos el fuerte régimen autoritario - represivo.

Es así que los regímenes autoritarios encabezados por militares en principio encontraron como fundamento y legitimidad de su poder el rápido e importante crecimiento económico conocido como el “milagro coreano”, así como la legitimidad que les daba el sello de lo occidental, o norteamericano en cada reforma o política que se implementaba. La autoridad política jugaba de alguna manera con la autoridad que le daba llevar este sello occidental, en una especie de autoridad dual. Algo familiar para el Japón también.

La división de la península y la retirada de los japoneses había provocado graves trastornos debido no sólo a que con dicha retirada se produjo asimismo la de los técnicos y profesionales japoneses, sino que además el desarrollo de la industria durante la ocupación se había basado en la industria bélica, concentrándose la industria pesada en el norte y la liviana en el sur. Esto, y la pobreza que reinó en toda la península, explican la importancia que tuvo para la población el rápido crecimiento económico logrado por una dirigencia política autoritaria, represiva y fuertemente centralizada.

En este sentido, la estructura de poder, estuvo dada por la alianza del gobierno con los chaebol, los conglomerados industriales que protagonizaron el crecimiento económico y que fueron especialmente favorecidos por las políticas del gobierno y los planes quinquenales, a la vez que los condicionaron (esta alianza produjo una trama de corrupción entre el poder político y el económico, que en la transición democrática resultaría sumamente difícil desmantelar).

La oposición democrática se encontró en algunos momentos desarticulada y en otros bien organizada, momentos éstos en los cuales ganaba terreno al régimen obteniendo ciertos avances en la apertura democrática. Pero generalmente, los momentos de debilidad de oposición al régimen, estuvieron determinados por cierto conformismo ante los logros económicos obtenidos, los cuales temían perderse, sobre todo por parte de la clase media producto de este crecimiento. Una vez mas, esto explica el fuerte peso del fundamento económico en la legitimación del poder central autoritario y represivo: los dirigentes políticos se escudaban en la necesidad de coartar libertades en pos del tan esperado desarrollo económico.

Es decir, estos gobiernos (en alianza con los chaebol) que conformaron la dirigencia política hasta los años noventa, en que se conforman por primera vez gobiernos democráticos con presidentes civiles, fueron auténticos regímenes dictatoriales, con un sistema presidencialista idéntico al norteamericano, caracterizados por un fuerte anticomunismo, el manejo arbitrario de la Constitución, la instalación de fachadas democráticas cuando la presión de las potencias libres lo exigían y cuyo poder encontraba su fundamento en el crecimiento económico. Además la dependencia extranjera se hacía patente tanto en ayudas económicas como en el ritmo y la dirección de la aplicación de las distintas políticas gubernamentales.

Solo en los años ochenta, ante la creciente presión interna y la organización de la oposición, así como la presión externa, comienza a llevarse a cabo la transición democrática con elecciones y real competencia entre partidos, y será en los noventa que serán elegidos los primeros gobiernos con dirigencias civiles. Por otro lado la distancia con los regímenes autoritarios consiste de manera importante en romper con la estructura de poder mantenida por los mismos, basada en una alianza con los chaebol y encabezada por la antigua camarilla militar que implicó una gran corrupción en el sistema político y que el pueblo coreano repudia. La democracia implica la transparencia en el sistema político y económico y en el proceso de toma de decisiones, así como la ruptura con las viejas elites militares y con los conglomerados industriales.

A partir de los noventa, y viendo las crisis económicas que ha debido afrontar Corea, sin que ello implique la vuelta al autoritarismo, ni un reclamo en ese sentido, podemos hablar de una dirigencia política realmente decidida a plantar fuertemente las raíces de la democracia no sólo en las instituciones y los procedimientos, sino también en las costumbres y los valores en general. Y ello, va “un paso mas adelante” que China, en el sentido de que Corea a logrado no solo la apertura económica y el rápido y fuerte crecimiento económico, sino que hizo real la transición política hacia la democracia, con el consecuente recambio de líderes y partidos propios de una democracia, al menos en el sentido occidental del término, así como el respeto por las libertades. En China queda pendiente, no hablemos de la democracia, porque no necesariamente, y esta es mi opinión, es necesario que su sistema político sea el de una democracia occidental, pero sí de una apertura en término de libertades mas amplias. Pues en China, la transformación económica no ha sido acompañada por la política.
3.3) Desafíos de la dirigencia política actual

La nación coreana se construyó en función del anticomunismo. Toda referencia a Corea del Norte o relación con su población han sido consideradas a lo largo de su historia como prácticamente heréticas. Ello fue fuertemente sostenido durante la Guerra Fría y fue ese anticomunismo uno de los pilares de la legitimidad de los regímenes autoritarios. Hoy en día considero que uno de los desafíos de la actual dirigencia política consiste en iniciar cierto descongelamiento de las relaciones con Corea del Norte, basado en campañas gubernamentales y en el logro gradual de acuerdos y consensos logrados a partir de las dirigencias políticas de ambos lados de la península. Otro punto fundamental consiste en la tarea que aún no acabó, del reforzamiento de la Democracia en su aspecto valorativo, no procedimental, a pesar de que la defensa de la Democracia ya es un valor que se considera supremo en la sociedad en general. El asentamiento de la democracia con bases sólidas, es una tarea que los dirigentes políticos no deberán perder de vista, ya que a pesar de que el desarrollo económico continua siendo fundamental para su legitimidad, ahora se le suma, a diferencia del pasado, el sostenimiento de la Democracia como sistema procedimental y de valores, con bases sólidas.

Por último y relacionado con lo expuesto anteriormente, la entrada al juego democrático y de negociación y competencia política, ha provocado importantes tensiones y desafíos al interior de las dirigencias políticas que, no acostumbradas a estas prácticas, debieron sortear grandes dificultades propias de una nueva manera de hacer política y gobernar. Respetar las reglas de este juego, hacerlas claras y fortalecerlas será uno de sus mas importantes desafíos.
4) JAPÓN

4.1) Cultura y tradiciones en el Japón: jerarquías, red de obligaciones mutuas y honor

Una vez mas, y como en los países analizados anteriormente, para hablar de las estructuras de poder, las dirigencias políticas y su legitimidad, se hace imprescindible referirnos a la cultura propia del Japón y al enorme peso de sus tradiciones. Pues en estos países este peso de la tradición y la cultura resulta una característica primaria que refleja, explica y atraviesa la trama del conjunto de las relaciones sociales que conforman el todo social y sus repercusiones en las estructuras políticas. Las dirigencias políticas surgen y, son parte, de este todo social.

El total de las relaciones sociales en Japón están basadas en una trama de obligaciones mutuas que determinan, condicionan y moldean, los comportamientos y pensamientos de toda la pirámide social: desde la cúspide hasta su base. Otra característica fundamental de la sociedad japonesa, radica en la enorme importancia dada a las jerarquías. Y en este sentido, nos acercamos a aquello que exponíamos al referirnos a China, respecto al lugar de cada uno. En Japón, como en China, es de suma importancia el reconocimiento del lugar que cada uno ocupa en la trama social, considerándose como una virtud fundamental el reconocimiento y respeto de las funciones, prerrogativas y obligaciones que ese lugar le otorga y exige al individuo. Nuevamente, el individuo es en función del lugar que ocupa en dicha trama social, su identidad es relacional, grupal. Pero en Japón, mas aún que en China, la dependencia del juicio que los otros tengan acerca de nuestras acciones determina de manera drástica las actitudes individuales. El “qué dirán” representa un parámetro de evaluación de las acciones propias y ajenas, que está a la orden del día para el conjunto de los individuos. Por eso se la suele calificar como una cultura de la vergüenza, en tanto que el juicio es externo, proviene de lo que digan los otros acerca de las acciones propias y ello acarrea enormes angustias e importantes rectificaciones de las acciones. Por otro lado el sistema de obligaciones y el respeto por las jerarquías y el lugar de cada uno, no sólo constituye el núcleo de la confianza en un orden interno específicamente pautado y conocido, sino que se traslada a las relaciones de Japón con los otros países. Japón también tiene un lugar específico en la arena de las relaciones internacionales, y debe honrar y respetar ese lugar y las funciones y obligaciones que éste le confiere. El honor en Japón es de vital importancia y radica en el respeto por estas funciones dadas por el lugar de cada uno, y el cumplimiento de las obligaciones mutuas en el conjunto de las relaciones entre los semejantes y de los individuos con el Estado. Esto permite el mantenimiento de un orden en un medio perfectamente pautado y conocido, otorga confianza al actuar cotidiano de los hombres

De manera que los conceptos de piedad filial, respeto por las jerarquías legítimas, el culto a los antepasados (aunque limitado a un número mucho menor de ancestros) y las buenas conductas morales, propios del confucianismo, son elementos esenciales de las reglas de conducta y principios morales básicos de la sociedad japonesa.

El budismo es de vital importancia y se la ha impreso un sello típicamente japonés, en tanto que algunos de sus preceptos o costumbres y prácticas han sido modificadas en función de los principios morales, filosóficos, políticos y culturales típicamente japoneses.

Los japoneses diferencian distintos círculos de obligaciones (on, giri hacia el propio nombre, chu, etc.) , y cada uno tiene sus códigos y reglas propias. Las prerrogativas de cualquiera de estos círculos no pueden suprimirse en pos del cumplimiento de las obligaciones propias de otro círculo. Todas las obligaciones deben ser cumplidas, son igualmente importantes. Son obligaciones respecto del pasado y del presente. Por otra parte, todo este cúmulo de obligaciones y su cumplimiento no son vistas como un sacrificio personal que requiera compasión respecto del enorme peso que representan. Pues este peso es real, pero son acciones que se llevan a cabo con gusto, son parte de los principios básicos de conducta y pensamiento que incluyen a todos los individuos, nadie está excento de ellas, son parte del sentido común japonés.


4.2) Fragmentos de la historia política del Japón y su vinculación con elementos típicamente culturales.

Durante el siglo VIII, y en adelante, Japón recibió una cada vez mayor influencia cultural y tecnológica china. El budismo y el confucianismo fueron utilizados para el establecimiento y mantenimiento de la autoridad política. El poder central imperial se vio constantemente debilitado por el poder de nobles y guerreros. En 1192 se establece el shogunado de Kamakura, un gobierno militar que no desplazó a la corte, pero el poder del emperador se vio sucesivamente debilitado, estando el gobierno efectivo en manos del Shogun.



Esta estructura dual de poder significaba que el emperador era sagrado, su poder, en términos de administración de los asuntos civiles se fue debilitando progresivamente pero nunca se lo desplazó. El Emperador también tenía su “lugar correspondiente” en el sistema de jerarquías. A diferencia de lo ocurrido en China con las dinastías, y sus cambios, la familia imperial ha sido siempre la misma. Y esto ha sido constantemente remarcado como un signo del poder verdaderamente sagrado del emperador, y como un signo de fortaleza y divinidad, una especie de Estado eterno e inmutable, del Japón. El Shogun, es decir, “el generalísimo”, era quien tenía en sus manos el poder efectivo, civil, quien gobernaba verdaderamente, por delegación del emperador.

Entre fines del siglo XV y mitad del XVI Japón se batió en una serie de guerras intestinas. A mediados del siglo XVI comenzó un movimiento hacia la reunificación. El período que va de 1568 a 1600 es conocido como un período de grandeza y apertura al mundo exterior. En 1600 y hasta 1868 se establece el shogunado de Tokugawa, conocido como el período Edo (actual Tokio, donde establece su centro político). Este período, opresivo y autoritario en muchos aspectos, le dio al Japón casi dos siglos de paz y relativo aislamiento. En el sigo XIX las potencias extranjeras presionaron, en Japón como en China, para la apertura del comercio, cuyo resultado fue la concesión de los llamados “tratados desiguales”. Esta serie de tratados significaron una gran humillación para el país entero, y su efecto fuer un cambio de rumbo fundamental en todos los aspectos del país. El gobierno dual (emperador- shogun) y el sistema de castas fueron abolidos con la Restauración Meiji (cuyo gobierno lo constituía la alianza entre samurai y comerciantes- financieros), en 1868, a partir de lo cual podemos hablar del período moderno de Japón. El objetivo primordial era lograr la imitación del patrón occidental de modernización. Fue una modernización desde arriba, atravesada por un autoritarismo notorio, y este aspecto es de importancia para remarcar el rol y peso de las dirigencias políticas en cada una de las etapas que describen la historia del Japón, pues fueron ellas las que encaminaron, con un claro proyecto inicial (que tanto en este período como en otros, se basaba en una línea general que contemplaba y respetaba los aspectos primordiales de la tradición y cultura japonesa, a pesar del constante cambio de objetivos en el país), a la sociedad en su conjunto en el proyecto de modernización, y las que marcaron cada paso que debería seguirse en este sentido. Se establecieron instituciones políticas, económicas y sociales modernas y se inició el progreso industrial. El Ejército también fue reconvertido, según el modelo occidental, y los resultados se vieron durante las guerras mantenidas con China y Rusia y la anexión de Corea. La adopción de una constitución abrió las puertas hacia un gobierno parlamentario y Japón fue convirtiéndose en una gran potencia imperialista. Este período de la Historia del Japón marca un hito no sólo en las formas, sino en los contenidos, los valores, la mentalidad de los japoneses embebidos de valores y principios occidentales, lográndose como en las otras naciones un mix entre un fuerte sentido Nacionalista y otro tendiente hacia la occidentalización. Nuevamente, las dirigencias políticas de aquel momento, marcaron y siguieron fielmente un objetivo: convertir al país en una gran potencia mundial y regional, no sin olvidar la necesidad del progreso económico- industrial. Y esto, a mi entender, se relaciona íntimamente con lo que mencionábamos acerca de la valoración que le da el sentido común japonés a las cuestiones del prestigio y el honor. Pues para los japoneses, detrás de la idea imperialista estaba la de extender este prestigio que sentían acerca de su cultura y potencial, como país y como Nación. Es decir, hay un elemento definitivamente cultural en todo este proyecto imperialista y modernizador, y no meramente económico. Y fueron las dirigencias políticas las que guiaron este proceso y desarrollaron un sistema educativo acorde a las circunstancias con el claro objetivo de inculcar la “civilización” en la sociedad, valores occidentales adaptados a su propia cultura y tradición por los mismos gobernantes, para hacer de este proyecto un acabado proyecto de reforma (política) moral y social, que acompañase los progresos económicos y de expansión “imperialista”. En este sentido, el shintoísmo (con un fuerte sentido nacionalista) y el budismo, fueron una ruta de moralización del pueblo esencial.

Esta actitud tomada a partir de la aceptación de la necesidad de cambiar de rumbo, se encuentra nuevamente en el período de posguerra (al término de la segunda Guerra) en que tanto a nivel de la sociedad como dirigencial, se renueva este sentimiento de decepción y angustia a partir de lo cual se vuelve a resurgir con un proyecto político que encierra nuevas reformas sociales, morales, económicas, tecnológicas y políticas. Desde ese momento el conjunto de la pirámide social concuerda en que el período de las guerras ha llegado a su culminación (lo cual queda expuesto en el artículo 9 de la Constitución), que comienza un período de paz, democracia y reconstrucción que acarrea el sacrificio del conjunto de la sociedad. Luego de un período de inmovilismo, a partir de los cincuenta y hasta los setenta se desarrolla dicho período de posguerra con resultados altamente significativos y progresivos en todos los ámbitos. En este sentido, y a los efectos de nuestro trabajo, creo necesario remarcar que, nuevamente, encontramos un rápido y espectacular progreso y crecimiento que se desarrolla a partir de un proyecto político delineado y ejecutado por sus dirigencias que abarca a todos los ámbitos, acompañado por una fuerte convicción de la sociedad en este sentido. Es decir, los resultados son producto de un clara decisión a nivel de las dirigencias, que en cada proyecto y reforma que encaran, se encargan de extender sensiblemente sus convicciones y las exigencias de cada momento a la sociedad (que las acepta acabadamente), a través de programas educativos, campañas gubernamentales, etc. Además, quiero remarcar que la aceptación social de los caminos tomados por las dirigencias, parte del supuesto que mencionábamos antes, acerca de la necesidad de conservar el prestigio y el honor, no sólo a nivel individual, sino sobre todo a nivel grupal, de la Nación. La facilidad con que los japoneses han mostrado su adaptación a los cambios, a las nuevas épocas y sus exigencias, se explica a partir de esta necesidad de mantener el prestigio, pues cuando es necesario cambiar de rumbo para comenzar una nueva etapa de grandeza nacional las nuevas medidas, cualquiera sea el sacrificio mediante, son recibidas con honor y orgullo. Pero este tipo de empresas, sin dirigencias políticas fuertes y con convicciones que acompañan sus principios, sin el peso de las pautas culturales y tradicionales que conlleva cada una de sus acciones, serían imposibles de pensar. Si me he extendido en describir los aspectos que a mi entender, son los mas importantes de la cultura japonesa, es porque no podemos entender sus distintos procesos políticos e históricos sin pensar en los elementos particularmente culturales que van de la mano de cada nueva etapa del país, de las decisiones tomadas por sus dirigencias y de sus repercusiones y aceptación por parte de la sociedad. En este sentido, las cuestiones del honor y el prestigio, se constituyen además en claros elementos de legitimidad de los sectores gobernantes, sumado a ello, la importancia dada al respeto por las jerarquías.
5) Conclusión

Es clara la predominancia de dirigencias políticas autoritarias en la historia de los países estudiados. También lo es el peso real de la cultura en cada una de estas sociedades y en la legitimidad de las dirigencias y la importancia que se le da a la hora de diseñar planes y políticas de Estado y su insistencia en el mantenimiento de pautas culturales tradicionales que refieren a un orden social definido y que debe ser garantizado por las dirigencias políticas. Considero que la introducción de valores occidentales en dichas culturas mediante los procesos de modernización, ha sido una clave de su progreso en el orden internacional, así como la aceptación de las nuevas pautas de la era de la Globalización, con todas sus problemáticas. Pero hay algo que creo fundamental a la hora de entender el rápido crecimiento experimentado por estos países y la aceptación social de las pautas que dictaminaba dicho proceso, esto es, la existencia de fuertes dirigencias políticas con un marcado peso en la elección y dirección de los objetivos fundamentales de la Nación (y con un apoyo social notorio), lo cual no habría sido posible si dichas dirigencias hubieran ignorado el peso de las tradiciones, la cultura y el pasado de sus respectivas naciones, respetándolas y honrándolas. Estas dirigencias insertaron a sus países en el camino de la modernización, sin dejar de mirar hacia atrás para respetar y tomar sus pautas culturales como parámetros de evaluación a partir de lo cuales tomar las medidas necesarias. En general, las culturas orientales se contradicen en muchos aspectos con las occidentales, y sin embargo podemos decir que hoy en día, en un medio altamente globalizado ambos aspectos conviven de manera bastante armónica en los países del Este asiático, garantizándoles tanto “su lugar” en la arena política internacional como permitiéndoles resguardar sus especificidades y culturas en un mundo que hace altamente vulnerable cualquier frontera. Y creo que esto, ha sido y es, un logro de las dirigencias políticas, que se plantearon objetivos claros y diseñaron proyectos de país serios (algo que tan extraño nos resulta, sobre todo a los argentinos) basados en el sostenimiento de una legitimidad que proviene en gran medida de un elemento cultural: el reconocimiento por parte de la sociedad de un sector dirigente que mantiene los principios fundamentales de la nación dirigiéndola a la vez a un camino de progreso que les permite mejores niveles de vida y tasas de crecimiento constantes.

No obstante las coincidencias de los tres países en el sentido mencionado, es preciso no dejar de lado las diferencias que mantienen sus regímenes y sistemas políticos. En el caso de China una de las cuestiones fundamentales al respecto radica en la ausencia de amplias libertades políticas y civiles que tantas inquietudes provocan en los debates occidentales contemporáneos. Pero pienso que es imprescindible dejar de preguntarnos si finalmente convergerá en una “Democracia” (al estilo occidental) o si “la ciudadanía emergerá” con exigencias y presiones encaminadas a una apertura democrática. Pues esas mismas categorías se distancian y diferencian de las que operan en el sentido común y la mentalidad de su población. Nuevamente, deseo señalar como fundamental la necesidad de distanciarnos de categorías y universos de sentido típicamente occidentales para analizar culturas tan disímiles a las de Occidente.

Por último creo que la seriedad con que son manejados los PROYECTOS DE ESTADO, DE PAÍS, en estos casos, deberían aleccionarnos en el sentido de poder tomar de ellos la importancia que le dan a los principios nacionales en dichos proyectos. En un medio donde los Principios son constantemente socavados, y los Estados parecen manejarse en base a criterios puramente económicos (y de intereses de elites claramente identificables), el logro de seguridades, de proyectos a largo plazo, en fin, el proyecto de un Estado con base en determinada Nación y sus respectivos valores, se vuelven cada vez mas inverosímiles y distantes.


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