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Dios y el sentido de la vida Objetivo


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Dios y el sentido de la vida
Objetivo: Responder a la pregunta de si Dios equivale al sentido de la vida, o a su fundamento último. Preguntarnos si para dar sentido a la vida necesariamente tenemos necesidad de remitirnos a Dios.
Bibliografía
Alfaro, Juan (1988). De la cuestión del hombre a la cuestión de Dios (1988). Sígueme, Salamanca, pp. 13-28;; Coreth, Emmerich (2006). Dios en la historia del pensamiento filosófico, Sígueme, Salamanca, pp. 330-340; Sayes, José Antonio (2002) Cristianismo y filosofía, EDICEP, Valencia, 183-190; Weissmahr, Bela (1984). Teología natural, Herder, Barcelona, pp. 58-67; Luis Villoro “El concepto de Dios y la pregunta por el sentido” en Francisco Piñón et. al. (1991). Universidad Metropolitana/Plaza y Valdés, 233-241; La cuestión y la búsqueda de sentido; Gómez Caffarena (1971). La audacia de creer, Sal terrae, Santander, pp. 33-40; Alfaro (1988). De la cuestión del hombre a la cuestión de Dios, Sígueme, Salamanca, pp. 13-28.

Planteamiento


Para mucha gente la cuestión del sentido de la vida tiene que ver con la felicidad, con el quehacer profesional o bien con la relación de esta vida con la vida en “el más allá”. Se trata de la búsqueda de lo que nos motiva a vivir, a luchar, a soportar obstáculos y sufrimientos. En relación con Dios se plantea la cuestión de la manera en que Dios podría ser el fundamento absoluto, el motor y el polo de nuestra búsqueda. Nuestra actuación apunta hacia algún fin o meta ¿Esa meta es Dios? ¿Es razonable sostener esa afirmación? ¿En qué se sustenta?
La cuestión del sentido es en cierto modo previa a todas las demás cuestiones particulares, porque se nos plantea no sólo como un interrogante intelectual, sino como un llamado a la acción y como un acto de toda nuestra persona (Alfaro p. 21). Es así como descubrimos nuestra inquietud radical, como seres puestos en búsqueda. ¿Somos quienes cuestionamos o somos los seres cuestionados? ¿A qué remite este cuestionamiento? A esta pregunta sólo podemos responder en la escucha fiel de la propia experiencia vivida en profundidad.
La cuestión es imperativa, no la podemos soslayar o esquivar. La respuesta sólo puede ser comprometida. Cualquiera que sea la opción que tomemos, nos sentimos en la necesidad de explicitar los motivos.
Si la pregunta se presenta en estos términos ¿podría ser una pregunta sin respuesta? La pregunta pone en marcha un proceso de reflexión en el que necesitamos, al hilo de la vida, ir validando y convalidando los resultados, las razones para vivir comprometidamente por aquello que va dando signos de plenitud, de valor, y que va exigiendo de nuestra parte que la totalidad de nuestro ser sea la respuesta a la pregunta que nos planteamos.
Alfaro (1988, pp. 13-28) intenta justificar la cuestión de Dios como una cuestión implantada en la cuestión del hombre, como condición para responder a la cuestión que es el hombre para sí mismo. Dios, se mostraría, al hilo de un proceso fenomenológico, reflexivo y trascendental, como condición última de posibilidad de lo que el hombre vive en relación con su mundo, con los otros, con la propia muerte y con la historia. La cuestión de Dios no es opcional. Es una cuestión ineludible. El hombre, afirma Alfaro, descubre que hay algo que lo condiciona incondicionalmente. La idea de Dios se impone por la necesidad de comprender la experiencia total del ser humano. La cuestión de Dios no necesita plantearse como algo extrínseco al ser humano, sino que forma parte de su pre-comprensión vivencial. El esfuerzo de reflexión filosófica consiste en pasar de este “a priori” (noético) a un “a posteriori” (reflexivo). La cuestión de Dios tiene como peculiaridad el ser un llamado a la totalidad del hombre, una interpelación al mismo tiempo al re-conocimiento y a la opción libre. El hombre empeñado o implicado en la pregunta por Dios. La respuesta no puede ser demostrativa sino mostrativa, ya que se trata del misterio por excelencia.
El punto de partida es la propia experiencia existencial, que nos da una pre-comprensión de lo que somos: ser en el mundo, ser con los otros, seres avocados a la muerte, seres en la historia. En estas dimensiones de la vida pensamos, decidimos y obramos. Al preguntar por las condiciones de posibilidad de esta búsqueda descubrimos un dinamismo inagotable del preguntar, del conocer, del comprender y del decidir.
¿Se trata de las condiciones de toda experiencia? ¿Podemos identificar a Dios como ese fundamento del por qué y para qué últimos de la vida? ¿Necesita el hombre “modelos de sentido”? ¿No descubre el hombre el sentido en las “simplezas”?
Las respuestas están ligadas, en cualquier caso a las vivencias de sentido. Podemos preguntar:


  1. ¿Cuál es el supuesto último de la vivencia de sentido o de sinsentido?

  2. ¿Es el sentido algo que encontramos o algo que damos a la vida?

  3. ¿Por qué puede buscar el hombre un sentido definitivo de cuanto hace y vive?

  4. ¿En qué sentido puede decirse que el hombre posee un conocimiento previo del sentido definitivo o incondicional de su vida?

  5. ¿Por qué es posible identificar a Dios con el sentido último de la vida humana?

Los atisbos de ese Dios como sentido se viven:




  • a través de la acción incesante, que no se da por satisfecha con ninguno de los logros alcanzados.

  • A través de la necesidad de comunicación y vinculación con alguien superior, como misterio personal de amor gratuito.

  • A través de la exigencia de no optar por la muerte como lo último y definitivo de la existencia humana.

  • De la orientación al bien, a un amor cada vez más universal y desinteresado, que postula una fuente en el ser humano de ese amor como misterio agraciante de amor originario.

  • Las vivencias de alegría y de esperanza, que se mantienen por encima de las desilusiones, desengaños y fracasos que amenazan su sentido.

Buscar el sentido equivale a buscar la inteligibilidad y el valor de las cosas. El mundo sólo es inteligible desde el hombre llamado a la esperanza, proyectado al porvenir.


Las cosas tienen sentido (dimensión ontológica), y somos capaces de descubrirla (dimensión antropológica) cuando volvemos a nuestro interior, en el recogimiento a profundidad en el que descubrimos nuestro ser libre, como tarea de ser más nosotros mismos, y desde ahí volvemos una mirada sobre el mundo, sobre las cosas, los demás, la historia… Todo demanda un sentido, que presentimos está ahí, o bien, que nos vemos movidos a dar, a completar a través de nuestra comprensión, de las decisiones por las que configuramos nuestro modo de ser y el rumbo que le vamos dando a nuestras vidas.
En su actuación el hombre vive de la expectativa y vivencia de sentidos posibles. Si experimenta su vida como un sinsentido, es porque de alguna manera echa de menos el sentido. Quien no se da por satisfecho con el logro de experiencias de sentido concretas, es por referencia a un sentido más abarcador. El sentido involucra a toda la persona: su intelección, su sentir, su acción. Tiene que ver con la búsqueda de plenitud, de valoración y de significado. Cuando hay algo que polariza sus búsquedas, algo que se convierte en fuente de expansión de sus posibilidades, de realización de su ser en todas sus dimensiones, el hombre ha encontrado en sentido de su vida. Si en la vivencia de ese sentido se capta algo incondicionado, algo definitivo, abierto a lo incomprensible del misterio de la vida, algo que pide su total dedicación, el hombre ha encontrado a Dios como sentido último de su vida.
Para trabajar
¿Cómo saber que no se trata de una ilusión?

¿Podría ser el sentido último alguien o algo distinto de Dios?

¿Es posible vivir sin arraigo en algo definitivo, en el “vacío existencial”?

¿Qué rasgos de Dios se siguen para que merezca ser “el sentido de la vida”?

¿Plantean las propuestas de una vida bajo el signo de Sísifo una alternativa razonable (Camus)?

¿Es el absurdo una alternativa intelectualmente honesta y que se pueda sustentar existencialmente (Sartre)?





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