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Desde cuando viven los pueblos autóctonos americanos en Panamá?


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Desde cuando viven los pueblos autóctonos americanos en Panamá?
El continente americano fue el último en ser colonizado por los seres humanos hace no más de 20,000 años y no menos de 15,000 años atrás (las fechas que empleamos están calibradas). Todas las líneas de evidencia apuntan hacia el Noreste asiático como el foco ancestral y el punto de partida de los primeros colonizadores cuyos descendientes llegaron al Sur de Suramérica hace 14,500 años. Cada vez luce más robusta la hipótesis de una sola migración orillando el Estrecho de Bering. De haberse dado varios eventos migratorios, éstos habrían representado una población genéticamente homogénea procedente de una misma zona. Los genetistas están cada vez más conformes con la hipótesis de que la totalidad de las gentes indígenas que aún permanecen en Centro- y Suramérica descienden de las pocas personas que participaron en la inmigración inicial, la cual habría tomado una ruta costera hacia el Sur por el Pacífico. El desplazamiento fue rápido. Una excavación ejemplar en Monte Verde, en el Sur de Chile, realizada por Tom Dillehay, descubrió un asentamiento de viviendas hechas de madera y pieles donde, hace unos 14,500 años, los habitantes cazaban mastodontes (Cuvieronius) y una especie de camello extinto (Paleolama), recogían papas silvestres en los bosques y hacían uso de las algas marinas traídas desde la costa lejana como alimento o medicina. Habían pasado suficiente tiempo en esta región, como para desarrollar un modo de vida bien adaptado a los paisajes y recursos regionales.
Si algunos grupos humanos se habían establecido en el Sur de Chile hace 14,500 años ¿dónde está la evidencia de su paso por Panamá? A decir verdad ¡es en extremo tenue!, consistiendo en dos fragmentos de lo que pudieran ser puntas de proyectil de piedra de la variedad “Jobo”, la predilecta en Monte Verde y sitios venezolanos, como Taima-Taima, un “sitio de matanza” de mamíferos grandes. Ambos fragmentos panameños se hallaron en superficie por lo que su coetaneidad con los dos sitios suramericanos se basa únicamente en lo técnico y lo estilístico. Otras clases de evidencia, sin embargo, reafirman la pobre “visibilidad” de los seres humanos en Panamá para estas fechas al menos en las áreas ya exploradas con cierta intensidad. Por ejemplo, en los sedimentos de la Laguna de La Yeguada, en Veraguas (650 msnm), Dolores Piperno y colegas no detectaron evidencia de una presencia humana entre 18,000 y 13,200 años atrás. Para la última fecha se inició la tala y quema de los bosques de esta cuenca, ocasionada, probablemente, por los grupos “Clovis” que conoceremos abajo. Aunque la Cueva de los Vampiros (Coclé) estuvo disponible como lugar de campamento o vivienda hace 18,000 años, no fue visitado por grupos humanos sino hasta 13,500 años atrás.
Los arqueólogos ofrecen dos explicaciones por la extrema escasez de sitios coetáneos con Monte Verde y Taima-Taima. De ser costera la primera migración humana por el Pacífico istmeño, los campamentos, a lo mejor escasos, se habrían inundado cuando el nivel del mar ascendió durante el deshielo global. Es posible que, en esta época, el clima y el paisaje del las tierras bajas del Pacífico de Panamá, así como los hábitats costeros, no hubiesen sido óptimos para los cazadores y recolectores de esta época debido a que, según modelos de historia forestal, llovía un 30% menos que en la actualidad. Tampoco habrían existido hace 14,500 años estuarios y manglares tan extensos como los actuales. Uno de los supuestos fragmentos de punta “Jobo” se halló en Lago Alajuela en la cuenca del río Chagres (Caribe). A manera de especulación, la angostura y la poca elevación del istmo central, así como la existencia allí de áreas con escasa vegetación arbórea, pudieron haber estimulado la dispersión de algunos de los primeros inmigrantes hacia del Caribe de donde habrían proseguido hasta encontrar hábitats especialmente atractivos para ellos en el Norte de Venezuela.
Entre 13,500 y 13,000 años atrás, la evidencia de grupos humanos en el istmo se vuelve de repente más contundente y ubicua. Se encuentran en varias zonas, los utensilios de piedra utilizados por los cazadores llamados “paleoindios”. Estas herramientas diferían en muchos aspectos de las que utilizaban las gentes de Taima-Taima y Monte Verde. El artefacto más “icónico” es una punta de proyectil de piedra llamada “acanalada”, ya que una o dos lascas en forma de canal se desprendían de la base con el fin de facilitar el amarre de la punta con cuerdas o tendones a una lanza consistente en un mango de madera y un intermediario a menudo confeccionado, al menos en Norteamérica, de trozos de defensa de proboscídeos. Las estólicas, o “atatls”, hechos de madera o hueso, le conferían un mayor impulso y una mejor penetración a la lanza. Muchos especialistas proponen que esta tradición tecnológica cuya primera manifestación se conoce como “Clovis”, se desarrolló primero en Estados Unidos unos 13,200 años atrás, de donde se trasladó rápidamente hacia el Sur alcanzando el norte de Venezuela. Sin duda, el conjunto “Clovis” de herramientas de amplia distribución – puntas acanaladas, estólicas, raspadores de madera y pieles, cuchillos y perforadores -- mejoró considerablemente la eficacia de la cacería de animales grandes.
Los yacimientos enterrados que corresponden a las gentes “Clovis”, los cuales son aptos para el fechamiento radiocarbónico, han eludido a los arqueólogos en Costa Rica y Panamá. Aún así, son tan llamativas las similitudes que guardan las herramientas de algunos sitios “Clovis” del Sur de Estados Unidos con las de sitios ubicados en el Pacífico panameño y en Costa Rica (Turrialba, Caribe central), que se presume, por lógica, que todos estos yacimientos a grosso modo coevos reflejan el rápido traslado Norte-Sur de la tradición. De los dos talleres panameños donde se confeccionaban herramientas de piedra “Clovis”, el más informativo es La Mula-Oeste, localizado en la albina de Sarigua, Herrera. Según análisis tecnológicos realizados por Tony Ranere, la confección de las puntas acanaladas fue la actividad de mayor importancia. Los talladores aprovecharon las vetas de ágata lechosa que afloran en este lugar. No sólo las puntas de proyectil, sino, también un raspador con espuelas, así como perforadores, buriles y navajas, exhiben los sellos de la tradición “Clovis”. En La Mula-Oeste no se pudo localizar las herramientas “Clovis” en un estrato intacto. Es curioso, no obstante, que hace más de 50 años, un investigador de la Universidad de Florida, Don Crusoe, recogió carbón vegetal en un fogón en la albina de Sarigua, el que dio una fecha de aproximadamente 13,200 años. Las coordenadas geográficas de esta localidad nunca se dieron a conocer por lo que se desconoce su cercanía al taller “Clovis”. Sin embargo, esta fecha compagina perfectamente con la hipótesis propuesta por Tony Ranere y Georges Pearson de que, tanto La Mula-Oeste, como Sitio Nieto, representan los albores de la tradición “Clovis.”
El único sitio panameño donde se han encontrado puntas acanaladas y otros artefactos paleoindios en depósitos enterrados, es la Cueva de los Vampiros, Coclé. Estos materiales yacían sobre un suelo rico en materia orgánica que fue interpretado por Georges Pearson como la primera evidencia de la ocupación humana en este abrigo rocoso hace 13,500 años. Están estratificados por debajo de otra fecha de 14C de 11,200 años – un rango temporal muy amplio que no permite contextualizar con precisión las clases de artefactos halladas. Se encontraron dos fragmentos de puntas de lanza acanaladas. Una pertenece a la variedad “Cola de Pez,” de amplia distribución desde Centroamérica hasta Patagonia. La otra podría ser una punta tardía “Clovis” que se rompió. Aparecieron otras clases de herramienta típicas de la era paleoindia, como un raspador con espuela lateral, raspadores terminales sobre navajas y raspadores “uña de pulgar”. Pearson propuso que este abrigo rocoso entonces a 60 km de la costa del Pacífico era utilizado por los paleoindios como campamento ocasional donde se remendaban las herramientas de piedra y madera y se preparaban las pieles de animales. El conjunto de artefactos infiere estas actividades. Sin embargo, no se encontraron huesos en estos estratos. Este dato es deprimente ya que aún falta por confirmar si los grandes animales ya extintos, que eran aprovechados por los paleoindios en otras regiones – como mastodontes, perezosos gigantes y tortugas gigantes – eran cazados también por los paleoindios istmeños. Estas especies se han reportado en yacimientos paleontológicos azuerenses fechados entre 44,000 y 48,000 años radiocarbono – mucho antes de la llegada del ser humano al istmo.
A manera de resumen, aunque sea verosímil que los primeros inmigrantes humanos hubiesen llegado a Panamá unos 15,000 años atrás, ellos eran tan pocos que casi no dejaron huellas, o frecuentaron mayormente zonas costeras ahora ahogadas por el mar pos-glacial. La “visibilidad” de los sitios arqueológicos mejora grandemente 13,500-13,000 años atrás cuando los cazadores-recolectores “paleoindios” de la tradición “Clovis” ya estaban establecidos en el istmo, tanto en el Pacífico central, como en la vertiente central del Caribe. Se supone que llegaron a Panamá desde el Norte. A partir de este momento, la presencia humana en algunas zonas del istmo fue continua. La Cueva de los Vampiros, así como otros abrigos en Veraguas, Coclé y Chiriquí, siguieron usándose como viviendas por varios miles de años luego de la desaparición de la tecnología paleoindia 11,000 años atrás cuando ya se estaban introduciendo las condiciones climáticas modernas. Después de la primera inmigración humana a la cuenca de La Yeguada hace 13,200 años, el despeje de los bosques y la proliferación de la vegetación secundaria continuaron y acrecentaron. Los indígenas istmeños cambiaron su modo de vivir a medida que el clima pos-glacial se afianzaba. Poco a poco el cultivo de tubérculos, así como el aprovechamiento de los productos arbóreos, como los corozos de palma, se convirtieron en actividades de subsistencia primarias. Entre 8000 y 6000 años, la llegada al istmo de cultígenos foráneos, como el maíz, la yuca y los zapallos, actuó conjuntamente con el aprovechamiento cada vez más eficiente de los recursos costeros y una población humana en crecimiento para impulsar la agricultura de tala y quema y la dispersión de las comunidades indígenas a lo largo del istmo. Las numerosas agrupaciones indígenas que los españoles encontraron y diezmaron hace un poco más de 500 años eran, en su gran mayoría, los descendientes de los primeros grupos humanos que llegaron al istmo entre 15,000 y 12,500 años.
Nueva evidencia sobre la historia genética de las poblaciones indígenas de América aparece con regularidad en la literatura científica especializada. Los genetistas italianos, Ugo Perego y Alessando Achilli, llevaron a cabo, conjuntamente con el Laboratorio Conmemorativo Gorgas, un muestreo de 1500 panameños con el fin de identificar el aporte genético de los grupos indígenas, africanos, asiáticos y europeos. Contrariamente a lo que piensan muchos panameños, la herencia genética de la población actual de Panamá es, abrumadoramente, indígena, al menos por el lado femenino. Conforme análisis del ADN mitocondrial, el cual se hereda por vía materna, aproximadamente el 80% de la población panameña actual desciende de una mujer indígena. El 50% de los panameños pertenece al “haplogrupo mitocondrial A-2”, cuya antigüedad se estima en más de 10,000 años. La evidencia genética constata además que es probable que los grupos actuales del Panamá indígena descienden de poblaciones anteriores que han residido en Panamá y áreas aledañas desde hace más de 12,500 años y, tal vez, hace 15,000 o 17,000 años. Estos resultados son cónsonos a grosso modo con los datos arqueológicos y paleoecológicos resumidos atrás. Los estudios histórico-lingüísticos los respaldan en muchos aspectos.



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