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Democracia, mercado


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UNA REVOLUCIÓN MORAL:


DEMOCRACIA, MERCADO
Y BIEN COMÚN

MIGUEL ÁNGEL RODRÍGUEZ ECHEVERRÍA



UNA REVOLUCIÓN MORAL:

DEMOCRACIA, MERCADO

Y BIEN COMÚN

UNA REVOLUCIÓN MORAL: DEMOCRACIA, MERCADO Y BIEN COMÚN


©Miguel Ángel Rodríguez Echeverría.

©Editorial Costa Rica.

Apartado Postal 10010-1000, San José de Costa Rica

Teléfonos 23-9303, 23-4875, 23-7513. Fax (506) 22-9303.

Dirección editorial y edición de Dr. Oscar Aguilar B.

Diseño de cubiertas de Rodolfo Moreno Zepeda.

Composición tipográfica de Servicios para Artes Gráficas.

Corrección de pruebas de Dr. Oscar Aguilar B.

Edición revisada, corregida y autorizada por su autor para su correspondiente impresión.

UNA REVOLUCIÓN MORAL: DEMOCRACIA, MERCADO Y BIEN COMÚN, ensayo escrito por Miguel Ángel Rodríguez Echeverría. Primera edición aprobada por la Junta Directiva de la Editorial Costa Rica en Sesión N9 1511. Hecho el Depósito de Ley. Impreso y hecho en Costa Rica por la Imprenta Nacional en el mes de febrero de 1993 con un tiraje de 2000 ejemplares. Derechos Reservados conforme a la Ley de Derechos de Autor y Derechos Conexos D.R. e Editorial Costa Rica.





ADVERTENCIA

De conformidad con la Ley de Derechos de Autor y Derechos Conexos, es prohibida la reproducción, transmisión, grabación, filmación total o parcial del contenido de esta publicación, mediante cualquier sistema de reproducción, incluyendo EL FOTOCOPIADO sin previo permiso escrito del autor o de la editorial. La violación a la presente Ley por parte de cualquier persona física o jurídica será sancionada penalmente.
ÍNDICE

Pág.


INTRODUCCIÓN:

Una Nueva Situación. Un Nuevo Mundo…………………………………9

CAPÍTULO I:

Centro América en el Nuevo Contexto Mundial………………………….17

CAPÍTULO II:

La Democracia ………………………………………………………………...21

CAPÍTULO III:

Teoría de la Liberación y del Ajuste Estructural……………………….51

CAPÍTULO IV:

Solidaridad Social……………………………………………………………91

CAPÍTULO V:

A Modo de Conclusión: Lo Ético y lo Científico en la

Política Económica……………………………………………………………107

BIBLIOGRAFÍA……………………………………………………………………113


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INTRODUCCIÓN:



UNA NUEVA SITUACIÓN. UN NUEVO MUNDO.

En los últimos diez años el ritmo de los cambios en el mundo ha sido vertiginoso y altamente positivo. En Asia, África y América Lati­na el respeto a los derechos humanos se ha extendido y los esfuerzos por lograr un crecimiento económico con equidad social empiezan a dar sus primeros y exitosos frutos. En Europa los mercados se integran y la democracia política se abre paso en sociedades, hasta hace poco, gobernadas por dictaduras.

Esta sucesión de hechos cambió geopolíticamente la faz del pla­neta y casualmente coincidió con los intentos de crear una Europa uni­da, en una comunidad económica y política, con objetivos y fines co­munes. Al mismo tiempo se da la consolidación de las economías re­cientemente industrializadas del Pacífico, lo que hace resaltar el dina­mismo de la libertad en la esfera económica.

Todo lo anterior nos plantea un mundo donde el concepto de "globalización" se convierte en instrumento irrenunciable de interpre­tación. El orbe se integra y los países toman conciencia de que, o si­guen el curso de la historia y se insertan en la sociedad mundial, o ésta los dejará atrás, condenados a privaciones y retrasos. Pero la inserción no acontece con igual velocidad para todos los países. Algunos grupos se integran más aceleradamente, formando bloques competitivos y di­námicos.

La capacidad económica y creativa de las naciones determina los nuevos centros de poder y es, en atención a esta realidad, que explica­mos la formación de poderosos bloques económicos en el planeta. El área pacífico asiática, la Comunidad Económica Europea, la zona de li­bre comercio del Norte de América, la nueva Europa del Este, Rusia y la Comunidad de Naciones Independientes, en los territorios de la otro­ra Unión Soviética, son claros ejemplos del futuro de la balanza de po­der mundial.

La liberación de Europa Central y Oriental y de lo que fuera la URSS, abre enormes posibilidades para la inversión solidaria de la

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Comunidad Económica Europea, de Estados Unidos y de Japón, las cuales podrán hacer crecer el capital humano de esos países, así como su infraestructura material y su desarrollo cultural.



En la Cuenca del Pacífico, la integración económica se inició ha­ce ya varios años. Las inversiones japonesas en el resto del sudeste asiático, las enormes reservas monetarias de Taiwán y Corea, el nivel de ahorro de esos países, su apertura al comercio y la inversión, hacen previsible un gran desarrollo productivo y comercial entre esas nacio­nes.

Por su parte, Canadá se integra con los Estados Unidos y con México, y las inversiones japonesas y europeas continúan explotando las estables reglas de juego, en los Estados Unidos.

El mundo de ayer, dividido en bloques ideológicos antagónicos, que competían por la hegemonía militar, ha desaparecido; pero surgen bloques económicos que los reemplazan. La posibilidad de tener reali­dades constructivas y pacíficas, donde la auténtica solidaridad entre las naciones sea la tónica de las relaciones internacionales, representa, hoy, una oportunidad singular en la historia de la humanidad. Pero no constituye aún un hecho: los racionalismos no críticos amenazan la paz y la convivencia pacífica.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Qué hechos relevantes han hecho posible este momento que ahora vivimos? Deseo referirme al acontecimiento más importante en la historia social y económica del si­glo XX, el cual posibilitó la consolidación de la situación apuntada, a saber, la desaparición del socialismo real y la desintegración del movi­miento comunista internacional.

Hace 29 años, en 1962, manifesté que "La economía de direc­ción central carece de un medio racional de cálculo que le permita asignar, en forma óptima, los recursos de que dispone, a fin de satisfa­cer al máximo las necesidades de la comunidad. Bien sea por los obje­tivos sociales determinados por una interrelación de las apreciaciones de los distintos entes económicos, o por una decisión arbitraria del pla­nificador central es imposible el cálculo económico en el sistema, y la probabilidad de alcanzar los mejores resultados es mínima"1

Ya en 1920 Ludwig von Mises, con claro conocimiento de la economía y acertada visión histórica, había señalado que el socialismo no podía funcionar, por carecer de posibilidad de cálculo económico. En aquella época era generalizado el pesimismo con el que se preveía el futuro de la libertad y de las economías de mercado. "Un núcleo


1. Rodríguez, Miguel Ángel. El Mito de la Racionalidad del Socialismo. San José, Costa Rica, Asociación Nacional de Fomento Económico, 1963, pág. 23.
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importante de seres humanos —escribí en mi libro "El mito de la racio­nalidad del socialismo"— cree encontrar en la dirección central del pro­ceso económico, la forma racional y consciente de lograr los objetivos de progreso y desarrollo para las distintas comunidades. Es lugar co­mún, en nuestros días, considerar que el sistema caótico y anárquico de la no planeada economía de mercado, debe verse sustituido por la di­rección racional y científica de un plan global, en el que se contemplen las distintas necesidades del país y se especifiquen los medios apropia­dos para satisfacerlas"2

La tribu primitiva podía concentrar todo su conocimiento en su organización jerárquica. Todos podían compartir el conocimiento dis­ponible, y las reglas que determinaban el orden de sus necesidades no eran diferenciables de las reglas que señalaban regularidad en la natu­raleza. La asignación de unas pocas tareas a sus miembros resultaba faena elemental para la organización de la tribu, de planificación cen­tralizada. Pero, en el siglo XX, estas funciones, difícilmente se pueden concebir como factibles en una familia, y son totalmente imposibles de ejecutar a escala de una nación. Pero, a primera vista, la inercia históri­ca hacía aparecer como evidente la mayor eficiencia de una sociedad, conscientemente coordinada desde un único centro de poder.

El desarrollo de la cultura y de los conocimientos multiplicó las alternativas disponibles para cada persona, y el establecer prioridades entre las necesidades adquiere mil formas diferentes. Cada persona po­see sólo, muy parcialmente, el conocimiento que se encuentra distri­buido y fragmentado entre todas las personas. Es más, ni siquiera todo el conocimiento es potencialmente transferible. Mucho conocimiento es inarticulable, porque corresponde a lo que resultó de ciertas accio­nes, sin que podamos explicar ese resultado.

Este tema del conocimiento inarticulable y sus consecuencias es tratado por Don Lavoie en el libro "The market as a procuradure for discovery and conveyance of inarticulated knowledge. Comparative Economic Studies" (Vol. XXVIII, No. 1, primavera 1986, pp. 1-19.). El ejemplo clásico es el de conducir una bicicleta: sabemos cómo ha­cerlo, pero no podemos explicar las relaciones de pesos, curva y velo­cidad necesarias para lograrlo. De la misma manera, en un mercado, nosotros sabemos cómo ir tratando de descubrir la función de costos con la que operamos, haciendo distintas combinaciones de los factores de producción, observando distintas tecnologías, viendo los precios que se dan en el mercado y tratando de establecer algunos aspectos de esa curva de costos; pero nunca conocemos la curva de costos, ni nun­ca sabemos, exactamente, cómo explicarles a los demás el modo de
2. Op. Cit. Pág. 13.

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obtener esa información, y el modo de hacer uso de ello. La curva de costos, con la que trabajamos los economistas, no existe para el empre­sario. Lo que hace el empresario es irla descubriendo todos los días, mediante tanteo y error. De manera, que no se puede transferir el cono­cimiento de los costos del empresario, porque no existe en forma arti­culada.



Además, el hombre vive y crea en medio de su ignorancia: igno­rancia sobre las reglas físicas y sociales que vislumbramos mediante la ciencia; ignorancia con respecto al futuro y al cambio; ignorancia de los hechos concretos, vitales para el resultado de nuestras acciones. La ignorancia impide la centralización del conocimiento. Pero además, la ignorancia crea incertidumbre. A cada acción, no corresponde un resul­tado único; sino que éste depende del estado de la naturaleza en que se dé; es decir, de las acciones naturales y de los otros hombres que acompañan nuestra propia acción. Y la incertidumbre hace que la cen­tralización de la acción y la centralización del descubrimiento sean ine­ficientes.

En consecuencia, si es imposible centralizar el conocimiento y es dañino centralizar la acción, ¿cómo será, entonces, posible escoger ante la multiplicidad de necesidades jerarquizables y la limitación de los medios versátiles para satisfacerlas? Pero debemos escoger, porque es patente, que los hombres nos desenvolvemos en la escasez. Los me­dios, aunque sean múltiples, son limitados; en cambio, las necesidades son ilimitadas. El tiempo de nuestra vida es limitado y los medios ma­teriales son finitos, como también lo son los recursos personales. La escasez nos obliga a escoger: ¿cómo usar el tiempo?, ¿cómo utilizar los recursos materiales?, ¿cómo emplear nuestras fuerzas y conocimien­tos?

La ignorancia y el vivir en el tiempo, son las causas principales de la escasez.

De lo anterior se evidencia la necesidad de escoger y la imposibilidad de centralizar el conocimiento para escoger. Por ello, si escoge­mos centralizadamente, lo estamos haciendo sin usar todo el conoci­miento disponible.

El marxismo-leninismo pretendió establecer en una sociedad del siglo XX la organización centralizada, propia de la tribu primitiva. El resultado fue la quiebra de su sistema económico.

Esta es la irracionalidad que llevó al fracaso del socialismo como sistema económico. Espontánea y evolutivamente, sin el diseño previo de ninguna persona ni comité, la sociedad ha venido resolviendo este problema de elegir mediante el establecimiento de mercados libres y competitivos. En el mercado, del intercambio libre basado en valora­ciones y conocimientos individuales surge el sistema de precios que es,


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a la vez, el conjunto de señales que permiten coordinar los planes indi­viduales.

La planificación central distorsiona e impide el funcionamiento del mercado; la valoración de los bienes finales, de los bienes interme­dios y factores de la producción, dependen del imperio del planifica­dor, y no del conocimiento de cada agente económico, de sus valora­ciones y de las limitaciones del medio. El planificador pretende, pero no puede centralizar todo el conocimiento disponible para tomar las decisiones referentes a qué producir, cuánto de cada cosa producir, y cómo producirla, y por consiguiente, su decisión no puede basarse en la información disponible. Pero, incluso, si pudiese centralizar la infor­mación, el planificador central tendría que escoger unas pocas alterna­tivas para cada acción, y la incertidumbre hace que se den mayores po­sibilidades de acertar y copiar los aciertos cuando se abren más centros de experimentación, más oportunidades de tanteo y error.

Así las cosas, el sistema económico de planificación central, típi­co del socialismo, es inferior al mercado, porque impide la libre valo­ración y la libre acción de cada una de las personas y establece una je­rarquización burocrática, que atenta contra la dignidad del ser humano.

Es inferior al mercado, porque no utiliza toda la información dis­ponible para llegar a decisiones. Es inferior al mercado, porque no pro­voca la creación de nuevos conocimientos mediante la utilización de los mecanismos de tanteo y error. Es inferior al mercado, porque no es­tablece mecanismos de incentivos, que lleven a las personas a dar vo­luntariamente más de aquello que mejor pueden hacer para los demás, y así alcanzar una mayor satisfacción de sus necesidades personales.

Vale la pena ahondar en estas dos últimas consideraciones. La superioridad de la participación competitiva en el mercado para la re­solución de los problemas económicos, se fundamenta en su potencia­lidad para liberar las energías creativas de cada ser humano y aumentar sus conocimientos. El mercado, por ser el sistema más acorde con el orden espontáneo, permite el cumplimiento más natural de la vocación de los seres humanos para la iniciativa creadora, y por ello, para el pro­greso, siempre dentro de las limitaciones del conocimiento, que no es un bien fijo, medido y limitado.

El poder creador de la acción humana se expresa fundamental­mente en la capacidad de descubrir y en el aumento del conocimiento a disposición de la sociedad. Por eso, cuanto más centros de experimen­tación existan, mayores posibilidades hay de acertar, de encontrar una mejor manera de hacer las cosas usuales, o de emprender nuevas fae­nas.

La experiencia histórica ha venido a mostrar mejor que cualquier libro, que la planificación central es irracional. Porque el sistema de

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toma de decisiones no funciona. No basta tener una alta inversión. Se requiere tener una inversión eficiente y un sistema económico que fun­cione. Pero en un sistema centralizado de asignación de recursos y de­terminación de precios, no existen condiciones de propiedad que per­mitan operar al mercado y a las empresas, y se está en las puertas de un posible estallido inflacionario.



Ahora bien, el socialismo fracasó no sólo como sistema econó­mico, sino también como sistema político y como propuesta moral. Como sistema político propuso un Estado Totalitario donde un único centro de poder condicionaba la evolución institucional e ideológica de la sociedad y excluía del proceso de toma de decisiones a los ciudada­nos organizados en entidades no oficiales. De este modo violentó las libertades políticas del ser humano y creó una dictadura sistemática y represiva.

En el ámbito de la moral ofreció una doctrina autoritaria que abandonaba el valor de la libertad y enfatizaba, hasta el extremo, las dimensiones materiales de la vida humana, conculcando los derechos espirituales de las personas y cerrándoles, premeditadamente, el cami­no de la fe en Dios.

El libro que ahora presento al lector ruso y costarricense sigue una secuencia temática que, desde la perspectiva de la libertad y la de­mocracia, aborda las cuatro áreas en las que fracasó el socialismo: la política, la económica, la solidaria y la moral.

De conformidad con lo anterior, los objetivos que me propongo son los siguientes:



  1. Señalar las características básicas de un sistema político de­mocrático.

  2. Plantear los lineamientos generales de las políticas de liberali­zación, tendientes a establecer un sistema económico basado en la pro­piedad privada y la competencia, que eliminen las distorsiones introdu­cidas por el exceso de intervencionismo estatal.

  3. Mostrar los vínculos que unen las instituciones de la economía de mercado con las instituciones de la democracia política.

  4. Formular los lineamientos generales que, en el marco de las economías de mercado y de la democracia política, deben regir las po­líticas sociales tendientes a la promoción del bienestar y la superación de la pobreza.

El libro concluye con algunas consideraciones acerca de la rela­ción entre ciencia y ética, en el seno de las políticas económicas.

La parte correspondiente a la concepción de la política social to­ma como base de reflexión la realidad social costarricense y centroa­mericana, fundamentando, simultáneamente, la universalidad de los principios generales de la acción solidaria.


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Es mi interés que la presente obra contribuya a los esfuerzos por consolidar la democracia y la economía de mercado en Rusia y divul­gue en esa gran nación la realidad contemporánea de una pequeña so­ciedad de Centro América, Costa Rica, que a pesar de sus grandes avances en la construcción de una democracia política estable y desa­rrollada, debe realizar grandes esfuerzos por una economía social de mercado eficiente y una solidaridad social más justa, que promueva la libertad y la dignidad de todas las personas.

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CAPÍTULO I



CENTRO AMÉRICA EN EL
NUEVO CONTEXTO MUNDIAL

En una sociedad que respeta los derechos humanos, la eficiencia económica generada por mercados abiertos, y la existencia de institu­ciones sociales y políticas que garanticen ampliar las oportunidades y la igualdad ante la ley, en el marco de un Estado Democrático de Dere­cho, son hechos que permiten augurar un crecimiento económico que difunda el bienestar social a todos los miembros de la comunidad.

Por el contrario, cuando el crecimiento es obtenido generando privilegios y protegiendo artificialmente a determinados grupos de la población, tal y como ha ocurrido en Centro América, entonces, se construyen sociedades fragmentadas, cuyas poblaciones encuentran muy disímiles posibilidades de acceso a la educación y a la cultura, y tienen bajos y restringidos niveles de participación en la conducción del Gobierno. Ventajas para algunos y frustración para las mayorías, violencia y muerte, es el fruto político de un tal modelo económico y social.

Resultado de ese modelo es la pobreza que sigue sofocando a la mayoría de la población centroamericana: pobreza en ingreso y posibi­lidad de lucro; pobreza en oportunidades y poder; pobreza en el disfru­te de la libertad y de los derechos políticos. En fin, pobreza que se asinta en los privilegios otorgados a unos pocos, cerrando alternativas a la gran mayoría.

En lo político, y a pesar del gran avance hacia la democracia lo­grado en el área, aún quedan restos de violencia, el disfrute de la liber­tad es restringido y el grado de participación en la toma de decisiones públicas es muy limitado. En el campo social, la educación básica no está al alcance de toda la población, la educación intermedia carece de la calidad mínima requerida y la superior sólo está al servicio de una élite. Los elementos mínimos para la salud (agua potable, tratamiento de desechos, vacunaciones, eliminación de portadores de enfermeda­des, atención médica básica) sólo cubren a un sector minoritario de los
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habitantes. Los sistemas de seguridad social no se han universalizado ni generalizado.

Los grupos marginados en los campos y en las ciudades, carecen de la mínima preparación para incorporarse a una fuerza de trabajo moderna. El hacinamiento del tugurio se convierte en escuela de delin­cuencia. La enorme cantidad de familias a cargo de madres solas difi­culta la incorporación de la mujer al trabajo fijo y la educación de sus hijos para el mundo actual. En algunos barrios marginados, los delin­cuentes son los únicos que ofrecen ejemplos de éxito.

En lo económico, el proteccionismo industrial y la sustitución de importaciones desviaron la inversión hacia los pequeños mercados in­ternos, adormecieron la fuerza de la competencia, nos aislaron de los mercados mundiales y limitaron la capacidad de innovación e iniciati­va de nuestros empresarios. Todo ello, en un tiempo en que provocaba recurrentes crisis fiscales y de balanza de pagos.

La producción agrícola para el autoconsumo mantiene en la po­breza y en el atraso técnico a miles de agricultores, y el peso de la pro­tección a otros sectores impide un mayor desarrollo de la agricultura tradicional de exportación. Sin un mayor desarrollo tecnológico y edu­cativo no podremos incorporarnos a los mercados mundiales, salvo so­bre la base de la miseria de los trabajadores.

Frente a la unión de los poderosos y ante la fragilidad centroame­ricana, la región encara retos que, de no superarse, nos sumirán en la miseria.

Debemos aumentar la producción para poder disponer de mayor cantidad de bienes y servicios para todos; debemos destinar recursos para la educación, para que la cultura se generalice, para que el conoci­miento aumente y el capital humano se agrande y se modernicen nues­tras economías; tenemos que mejorar la atención de la salud y univer­salizar la seguridad social; debemos resolver los problemas del tugurio, de la desnutrición y del abandono de menores, inválidos, ancianos y minusválidos; requerimos abrir las estructuras culturales a la creativi­dad, la competencia y la innovación; necesitamos abrir las posiciones y las decisiones políticas y colectivas a las iniciativas de todas las perso­nas.

Estos son los muros que nos separan del desarrollo. Sin embargo, para enfrentarlos, tenemos recursos escasos. Ignoramos cuáles son los mejores medios para alcanzarlo, el tiempo se nos escapa y las dificulta­des persisten. ¿Cómo distribuir nuestras posibilidades entre las de­mandas de la producción, de la distribución, de los bienes públicos y de la cultura? ¿Cómo enfrentar, con segmentos de la población no in­tegrados al siglo XX, las demandas del siglo XXI? ¿Cómo avanzar pa­ra garantizar la libertad y los derechos humanos a todos? ¿Cómo


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fortalecer una democracia amplia y participativa, al tiempo que se esta­blecen garantías y seguridades para la inversión y la producción? ¿Có­mo dominar la violencia, establecer mecanismos pacíficos y civiliza­dos para el cambio y dar, a la vez, seguridad a los ciudadanos y a las naciones?

Para economías pequeñas en población, área y desarrollo, el cre­cimiento de los mercados industrializados ofrece amplias posibilida­des. La incorporación al comercio mundial de áreas antes excluidas nos permite presagiar un crecimiento del comercio, que ofrece oportu­nidades para nuestras exportaciones y demanda nuestra incorporación a esas nuevas realidades. Sería un error imperdonable contentarnos con recuperar la unión del mercado centroamericano y separarnos del resto de las Américas.

Nuestra ubicación geográfica nos coloca en un punto de intersec­ción entre los grandes bloques de naciones desarrolladas y nos permiti­ría competir por la inversión y la tecnología de empresas pequeñas o personales, a las cuales podemos ofrecer condiciones adecuadas para su desarrollo.

El avance de la democracia nos permite construir sobre el diálo­go, y no destruir en el enfrentamiento ciego. No desperdiciemos el he­cho de que la apertura de los antiguos países socialistas y la moderni­zación de sus estructuras nos liberaron del influjo "revolucionario" de sus armas.

Sin embargo, considero que en América Latina nos estamos que­dando atrás. A veces, parece que avanzan más rápidamente las econo­mías que hace sólo dos años fueron comunistas en Europa Oriental, con el agravante de que los cambios que debemos realizar en nuestras sociedades, aunque muchas veces traumáticos y duros, no son tan ex­traordinariamente complicados como sí ocurre en aquellos países. Esto nos debe llevar a una reflexión importante sobre la relación entre las crisis sociales y el nacimiento, en esas sociedades, de una capacidad para cambiar. Sociedades. En efecto, la experiencia reciente de Europa Central y del Este, así como de las Repúblicas de la ex-Unión Soviéti­ca, muestra que las comunidades humanas, cuando se enfrentan a se­rias y profundas crisis sociales, económicas y políticas, son capaces de generar inmensas fuerzas transformadoras y liberalizadoras, que obtie­nen en poco tiempo, lo que a otras sociedades les lleva muchas déca­das.

En Centro América hemos vivido, y vivimos aún, una crisis eco­nómica importante; muchos son los desequilibrios que deben ser supe­rados. Ante esos problemas, los avances alcanzados en la construcción de democracias políticas dinámicas y consolidadas son razón suficien­te para mirar con optimismo la erradicación de nuestras actuales

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dificultades económicas. Sin embargo, necesitamos generar fuerzas creativas capaces de innovar y de abrir "espacios" nuevos al desarrollo de nuestros pueblos, porque si no podemos responder a las necesidades de los tiempos que corren, si no combinamos los objetivos valiosos que tenemos con mecanismos eficientes para alcanzarlos, nos converti­remos en simples observadores del progreso ajeno.



Las presentes dificultades económicas y sociales, así como las experiencias fracasadas de los esfuerzos pasados por alcanzar el desa­rrollo, deben ser acicates suficientes para generar entre nosotros la creatividad, la innovación, la valentía y la decisión, adecuadas a las nuevas coordenadas de la historia.

Se trata de que las economías centroamericanas recorran el sen­dero de la liberalización de sus estructuras económicas, de modo tal, que puedan enrumbarse hacia un estilo de crecimiento de la produc­ción y de distribución de la riqueza, sin las artificiales distorsiones que el exceso de intervención gubernamental en los asuntos económicos, produjo en el pasado.


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CAPÍTULO II



LA DEMOCRACIA

Democracia como soberanía

Tradicionalmente, desde los filósofos griegos, hablamos de de­mocracia en función de quién debe gobernar. Karl Popper agrupa las teorías que parten de la respuesta a esa pregunta bajo el nombre de "teorías de la soberanía": teorías que consideran el poder como ilimita­do y para las cuales, determinar quién es el soberano es lo importante. Dentro de esta concepción se acepta la democracia como soberanía del pueblo, soberanía de la mayoría.

"En las naciones donde reina el dogma de la soberanía del pue­blo, cada individuo participa igualmente en la soberanía y en el gobier­no del Estado.

Se considera, pues, a cada individuo tan inteligente, virtuoso y fuerte como cualquier otro de sus semejantes. ¿Por qué obedece enton­ces a la sociedad y cuáles son los límites naturales de esa obediencia? Obedece a la sociedad, no porque sea inferior a quienes la dirigen, o menos capaz que otro de gobernarse a sí mismo; obedece a la sociedad porque la unión con sus semejantes le parece útil y porque sabe que es­ta unión no puede existir sin un poder regulador.3

A la pregunta de: ¿a quién compete el poder del Estado?, respon­de la democracia que al pueblo. Esto significa que el poder político só­lo es legítimo cuando tiene por titular la voluntad del pueblo y, ade­más, implica que debe ser el pueblo quien ejerza el mando estatal, por sí mismo, o por representación. A eso se debe la regla de la mayoría como método de la democracia.

3. De Tocqueville, Alexis. La Democracia en América. Tomo 1, San José, Universi­dad Autónoma de Centro América, 1966. Pág. 62.

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La Paradoja de la soberanía

Karl Popper afirma que esta concepción de la democracia como soberanía involucra una contradicción. Si la mayoría es soberana, ¿puede ésta determinar que uno sólo mande? Si la mayoría quiere esta­blecer la dictadura, ¿qué debe prevalecer: la soberanía de la mayoría o la dictadura? Popper explica:

"Todas las teorías de la soberanía son paradójicas. Por ejemplo, podemos haber seleccionado el gobierno de los más sabios o de los mejores. Pero los más sabios en su sabiduría pueden encontrar que no ellos sino los mejores deben gobernar, y los mejores en su bondad pue­den decidir que la mayoría debe gobernar. Es importante notar que in­cluso la teoría de la soberanía que demanda el gobierno de la ley puede ser igualmente objetada. Esto, en efecto, se vio muy temprano como lo demuestra la afirmación de Heráclito: 'La ley también puede demandar que se obedezca la voluntad de un hombre' ".4

Democracia como cambio pacífico

Así explica Popper la llamada paradoja de la soberanía. Tratando de resolver esta paradoja el mismo Popper propone que la democracia se conciba como un sistema para evitar la dictadura, la tiranía, y divide los gobiernos en dos tipos: gobiernos de los cuales la sociedad se pue­da deshacer sin tener que recurrir a la sangre y a la violencia, y aque­llos que sólo se pueden deponer por una revolución exitosa. En los pri­meros existen procedimientos establecidos para que los ciudadanos se puedan deshacer de ellos. Un sistema que, a través de los siglos, hemos desarrollado con ese fin (que pareciera ser el que mejor funciona) es el de elecciones generales: el de saber que en determinados períodos aquellos encargados del gobierno van a dejar de ejercerlo.

En las áreas de competencia que se le haya asignado al gobierno van a ser los gobernantes los que tomen las decisiones durante su pe­ríodo de gobierno. Esto hace que sea conveniente, para evitar la violen­cia, establecer plazos y sistemas para su ejercicio del mando.

Los otros sistemas de gobierno, según Popper, son aquellos de los cuales sólo nos podemos deshacer por medio de la violencia, lo que implica un elevado costo humano. Por ello, para Popper, la definición de la democracia como un gobierno que permite un cambio no violento de gobernantes es, además de una definición operativa, una verdadera

4. Popper. Op. Cit., Pp. 123-124.
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justificación de esta forma de gobierno, que no es ilimitado pues debe organizarse para que, incluso gobernantes malos o incompetentes, no puedan hacer daño alguno.



La democracia como discusión inteligente

Sin descartar la tesis de soberanía, en cuanto regla de la mayoría, ni la teoría de Popper en cuanto a cambio pacífico, prefiero una tercera definición basada también en la forma de ser del gobierno. La demo­cracia es una forma de organización, es una respuesta a ¿cómo ordenar el poder político? y no, una respuesta a las finalidades de la sociedad.

Continuando con esta discusión, Hayek, en "Los fundamentos de la libertad", insinúa otra definición de democracia que me parece muy adecuada y rica en consecuencias. Señala: "La democracia por encima de todo es un proceso de formación de opinión"5. De lo anterior puede derivarse que la democracia es un sistema de discusión libre e inteli­gente, para llegar a soluciones, por la regla de la mayoría.

La democracia considerada como gobierno, mediante discusión libre e inteligente, descansa en asambleas deliberativas que sean repre­sentantes del pueblo. El axioma general de la conducta humana es el de que no es sabio actuar, a menos que la acción se puede basar en creen­cias razonables, escogidas críticamente entre posibles opciones. Para ello es necesario que opiniones diversas se puedan confrontar y que los nuevos puntos de vista de pocos, puedan llegar a ser la opinión de la mayoría. De aquí que la sociedad democrática deba nacer y desenvolverse como producto de la deliberación. El principio fundamental de la igualdad de todos los hombres ante la ley exige que todos ellos tengan la misma participación en la confección de las leyes. Esta es otra de las características de la democracia, que la hacen ser el medio de organiza­ción política más compatible con las metas de la sociedad.



Democracia participativa

Para que de una discusión salgan acuerdos y para que las partes concurrentes a ella lleguen a alguna conclusión, es indispensable que puedan participar, que puedan tener y puedan ejercer el derecho de contribuir con sus puntos de vista a la toma de decisiones. Así, la

5. Hayek, Friederich. Los Fundamentos de la Libertad. Valencia, España, Ed. por Fundación Ignacio Villalonga, 1961. Tomo 1. P. 211.
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participación emerge como otro elemento, también constitutivo de la democracia.

Si para que la democracia pueda funcionar se requiere que haya libertad, que haya participación, la democracia constituye un sistema de toma de decisiones, cuyo ejercicio conduce al establecimiento de una sociedad libre.

Libertad y estructuras participativas que aseguren la intervención de los ciudadanos en la solución de los asuntos de interés común, más allá de los procesos electorales, son esenciales para desarrollar una so­ciedad democrática fuerte y dinámica.

Es por ello que la libertad y la participación, como elementos cir­cunstanciales a la democracia, están presentes en la forma de organizar el poder para el funcionamiento de una sociedad democrática. Y esta organización requiere, para que mantenga tal característica, a la par de la aplicación de ese método, la adopción de una determinada estructura y unas específicas características. A la vez, la organización del poder también va a configurar un tipo de economía, ya que no todo tipo de economía es compatible con la sociedad democrática.

Lo anterior puede parecer un lugar común y puede pensarse que, realmente, llegar a la conclusión de en que la democracia implica una determinada organización del poder y una determinada forma de eco­nomía, compatibles con la libertad y con las posibilidades de participa­ción de los miembros de esa sociedad, no es haber avanzado mucho, porque lo que se ha logrado es sólo exprimir rasgos inherentes al con­cepto de democracia. Y estricta y racionalmente, así es.

En lo político, lo económico, lo social y lo cultural una sociedad participativa será aquella en la cual los individuos, las familias, las co­munidades de vecinos, de estudiantes, de trabajadores, de empresarios y otras, así como las comunidades consideradas de acuerdo con sus di­visiones territoriales, participan directa y libremente en la toma de de­cisiones, que los afecten.

En el marco de una verdadera sociedad participativa, quienes go­biernen no deben alterar los derechos y la libertad de los ciudadanos, ni imponer metas arbitrarias o diseñar con soberbia los métodos para alcanzarlas, porque ello impide la experimentación y el descubrimiento, como posibilidades de acción, por parte de cada persona, la suma de las cuales ha de contribuir a la eficiencia y al progreso de todos.

Por ello, todo sistema de participación debe comenzar por el res­peto al principio de subsidiariedad. Según éste, la solución de los pro­blemas debe quedar a cargo de la unidad más pequeña capaz de afrontarlos: primeramente el individuo, después, la familia, luego, la socie­dad voluntaria, en seguida el barrio, distrito y provincia y sólo en últi­mo grado la nación. La unidad próxima más grande debe dedicarse a


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resolver esos problemas sólo cuando la más pequeña no está en condi­ciones de hacerlo. Y es que los problemas pueden ser mucho mejor re­sueltos cuando las soluciones están en manos de quienes los afrontan de manera directa y son, por ello, quienes más los conocen. Modificar este esquema es menoscabar la libertad y responsabilidad personales.



Democracia como forma de gobierno

La democracia como forma de gobierno está constituida por ins­tituciones y no por contenidos. Los objetivos, la ideología, son los que señalan el qué del gobierno. La forma determina el cómo gobernar. Pe­ro sin el cómo, sin las instituciones que lo respaldan, sin la forma, no podríamos en modo alguno buscar los objetivos mediante un gobierno democrático. Es imposible pensar en democracia sin elecciones libres, representación de la minoría, universalidad del derecho al voto, garan­tías de libre participación electoral y de libre organización política, au­toridades electorales independientes y respeto a los resultados del su­fragio, libertad de expresión y división de poderes. Por ello constituye un grave error caer en la confusión de atacar los elementos formales de la democracia. La tarea es, más bien, la de ininterrumpidamente pro­mover el perfeccionamiento de estos elementos formales que constitu­yen la democracia como forma de gobierno. La forma de gobierno nos permite, por su medio, luchar por las grandes metas de libertad, justi­cia, paz, solidaridad y desarrollo. Afirma Popper:

"La teoría de la democracia no se basa en el principio del gobier­no de la mayoría; más bien los métodos igualitarios de control demo­crático tales como elecciones generales y gobierno representativo de­ben considerarse simplemente como instituciones de salvaguardia fren­te a la tiranía, bien probadas y efectivas para enfrentar la tiranía, pero siempre sujetas a ser mejoradas y que incluso contienen métodos para su propio perfeccionamiento".6

Cuando se pretende asignar un único contenido ideológico a la democracia, ésta pierde la posibilidad de ser pluralista, y se dificulta que las diversas ideologías busquen el apoyo de la mayoría para reali­zar sus proyectos políticos. Se hace entonces imposible a las minorías luchar, dentro de las instituciones democráticas, por convencer de sus puntos de vista y aglutinar una nueva mayoría. Se vuelve entonces im­posible el cambio pacífico y se impide la discusión libre e inteligente que permita llegar a decisiones, mediante la regla de la mayoría. Se frena el progreso que surge del debate. La consecuencia de los ataques


6. Popper. Op. Cit. Pág. 125. En The Economist. 23 de abril de 1988.

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a las formas de la democracia es, en última instancia, el totalitarismo de quien o de quienes imponen a una sociedad sus concepciones como las únicas válidas.



Medios y fines

La frase "el fin justifica los medios" envuelve una visión cons­tructivista total que pretende diseñar el fin último al cual se deben su­bordinar todos los pasos previos. Si no, ¿cómo se define qué es fin y qué es medio?

Para poder distinguir entre medios y fines de una manera absolu­tamente clara, tendríamos que tener un fin último acordado, al cual to­dos los demás fines intermedios se le sometiesen como medios, y en­tonces, cabría, al menos conceptualmente, la posibilidad de justificar los medios en función de un fin, porque se podría definir una pauta única de desarrollo.

A fines del siglo XX, esas concepciones filosóficas totalitarias han dejado de tener aceptación, por la generalización de una actitud científica y filosófica más consciente de las limitaciones del conoci­miento y existe acuerdo sobre la imposibilidad de conceptualizar ese fin último. Por eso todos, medios y fines, son fines, primarios o secun­darios y cada uno de ellos debe ser analizado de acuerdo con las con­cepciones valorativas de la sociedad. De aquí que no cabe en forma alguna, por el simple hecho de ser formal, de ser la manera de organizar el gobierno, hacer de la democracia un medio prescindible, según el objetivo que se tenga, sin consideración a su propio valor.

Por otra parte, cuando se concibe la democracia como ese fin úl­timo, surge el gran problema de fines y medios y sometemos a todos a la dictadura de quien impone el fin, e interpreta la forma como los me­dios le sirven. Pero, siguiendo a Sócrates, deberíamos todos reconocer nuestra propia ignorancia. Vivimos en un mundo de incertidumbre y de ignorancia en el cual nadie tiene la capacidad de saber cuáles son las causas y las consecuencias, sobre todo secundarias, de distintas acciones. Ante esa imposibilidad de predecir los resultados de distintas acciones en consecuencias secundarias, terciarias y otras, no nos es vá­lido imponerle una concepción personal a los demás. Por ello, repito, el ataque a la democracia formal se convierte en el fondo en un ataque a la idea misma de la democracia. Por eso, democracia no es la dicta­dura de la mayoría. Si tenemos un sistema de discusión inteligente y li­bre para tomar decisiones, que en último caso sometemos a la regla de la mayoría, ello nos permite, si disentimos de esa posición, mantener una posición distinta y tratar de convencer a los demás.
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Empíricamente, es evidente que los objetivos y los medios para alcanzarlos sufren enormes cambios a través de la historia. La ignoran­cia en que vivimos nos impide señalar hoy todas las aristas de los obje­tivos que en el futuro se impondrán por la voluntad de las mayorías. También, esa ignorancia hace que progresemos en su conquista, desa­rrollando nuevos conocimientos, los cuales generan nuevos mecanis­mos o medios para alcanzar los fines inmediatos.

Por otra parte, los objetivos para poder mantener a largo plazo a través de diversas generaciones, requerirían un total estancamiento del hombre en el descubrimiento de valores y en la construcción de cam­bios parciales a sus visiones de futuro. En todo caso, ¿cómo sujetar empíricamente a las futuras generaciones al fin último establecido por una mayoría presente?

Intrínsecamente el diseño de la solución total es imposible para nosotros. Si no conocemos la verdadera relación de medios a realiza­ciones en las interacciones del presente ¿cómo vamos a proyectarlas a la construcción del objetivo último que hoy soñemos?

Lo anterior, por supuesto, no quiere decir que sea imposible racionalmente diseñar cambios parciales a las instituciones. Pero, frente a estos objetivos jamás pensaríamos en sacrificar medios que han de­mostrado su utilidad con su uso. Al contrario, el reconocimiento de la imperfección de nuestras humanas realizaciones, nos mueve a buscar su perfeccionamiento, pero en forma parcial, sin pretender borrarlo to­do y partir de cero, posición que sólo nos llevaría a la violencia, al re­troceso y la frustración.

La imposibilidad de sujetar todos los medios o fines intermedios a un fin último de diseño total, tampoco significa que no existan valo­res permanentes, que vamos descubriendo en sus particularidades, me­diante el avance de la civilización.

Esos valores forman la opinión generalizada respecto a las venta­jas de ciertas instituciones, no para el caso concreto, sino para la gene­ralidad de sus aplicaciones. Pero tener como finalidad la paz, la justi­cia, la belleza o la verdad no nos permite someter en forma unívoca to­das las acciones como medios para esos fines, en una forma totalmente predeterminada. No nos es posible esa sujeción de todas las acciones a un fin, justificando los medios por el fin, ya que los conceptos de valor no justifican establecer un instrumento que nos permita crear un histo­ricismo fatal empírica o conceptualmente.

Para poder justificar un medio por el fin, primero tendríamos que poder asegurar que el fin alcanza el medio. Si lo alcanza y el medio es malo, entonces nos vemos en el caso de escoger entre dos males. Y al hacerlo, debemos tener presente que la consecuencia del mal medio puede ser más permanente que el buen fin, que pretende justificarlo.


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Democracia y libertad

La concepción de la democracia como sistema de discusión libre e inteligente para poder llegar a acuerdos por la regla de la mayoría, nos permite preguntarnos ¿qué condiciones debe tener la sociedad para que este sistema exista y se mantenga? De aquí surge de inmediato la relación de democracia con libertad y con participación. Así, aunque la democracia es formal, su existencia está sujeta a ciertos valores de la organización social.

No puede haber un sistema de discusión si no hay independencia de criterios. La independencia de criterios es fundamental para que sea posible la discusión. La imposición sería aceptable sólo si la ejerciese quien todo lo supiera: si Dios dedicara su tiempo a manejar los detalles de nuestra sociedad. No habría, entonces, necesidad de aunar las diver­sas mentes porque habría un solo conocimiento total y absoluto. De es­ta forma la ignorancia viene a ser un factor fundamental para la exis­tencia de criterios independientes. Pero además de esto, tal ignorancia es razón suficiente para que nadie pueda imponer legítimamente su cri­terio a los demás, porque el criterio final debe ser resultado de la discu­sión. De ahí, que la libertad sea indispensable y que este binomio de li­bertad e ignorancia, sea uno de los elementos consultivos necesarios para que se pueda dar y pueda funcionar un sistema democrático. Por ello, otra forma de acercarnos al concepto de democracia sería señalar que consiste en aplicar a la organización política el principio de racio­nalidad, entendido como una actitud de apertura para escuchar argu­mentos y para aprender con la experiencia.

El derecho de cada ciudadano a participar en el gobierno tiene origen en su propia dignidad, pues de ser los hombres simples objetos pasivos del poder estatal, su dignidad se lesionaría.

En la organización democrática de una sociedad libre, las deci­siones políticas han de ajustarse, tanto como sea posible, al voto de la mayoría. Mas la mayoría no puede hacer lo que le venga en gana. No puede determinar sus poderes y el modo de ejercitarlos, sino que su ámbito de acción se halla limitado por los principios y valores sociales, y por el cometido social que el Estado haya encomendado a la comuni­dad. En el gobierno democrático se deben establecer, en consecuencia, límites a la organización estatal con el fin de asegurar la existencia del Estado de Derecho. La actuación de un gobierno no se justifica por el hecho de que actúa de acuerdo con la mayoría. Un gobierno mayorita­rio no tiene derecho a hacer lo que más le plazca: no hay justificación alguna para que una mayoría conceda a sus miembros privilegios, esta­bleciendo reglas discriminatorias a su favor. La democracia es, por su propia naturaleza, un sistema de gobierno limitado. Por eso también

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está obligada, como los demás sistemas, a establecer medidas que pro­tejan la libertad individual. El hecho de que la mayoría, simplemente por serlo, se crea facultada para establecer discriminaciones contra la minoría, implica violar un principio de trascendencia aún mayor que el de la democracia, ya que sería ir contra su propia justificación.



La libertad del hombre, requerida para la sobrevivencia de la de­mocracia, es en sí misma más valiosa que la propia democracia, pues se desprende de la dignidad de la persona y no pretendemos, con lo di­cho, apreciarla simplemente como sustento para una forma democráti­ca de gobierno, sino, más bien, señalar la necesidad recíproca entre for­ma y objetivos de la organización política. A esta altura de la historia, fácilmente coincidimos en el hombre como un ser digno, como un au­tofín y no como instrumento al servicio de fines ajenos. Sea que parta­mos de una concepción teológica que ve en el hombre la imagen de Dios, o de principios de ética humanista, llegamos al principio de la dignidad. La dignidad de la persona nos conduce a defender que cada hombre goce de libertad como una esfera indeterminada de acción, co­mo un campo en el cual él pueda desenvolverse tomando sus propias decisiones. Ello implica la búsqueda de esquemas para la coordinación de acciones humanas libres, o sea, basadas en posibilidades indetermi­nadas de acción individual que se encuentren unas con otras en la so­ciedad y que, dentro de la ley, dentro de un conjunto de reglas de jue­go, se coordinen a través de un proceso espontáneo de evolución so­cial. Esto en el campo económico lo llamamos "mercado" y, en gene­ral, resulta en una organización compleja en la que las acciones libres se coordinan espontáneamente.

Democracia, economía de mercado y economía centralizada

Existe una íntima relación entre democracia y economía de mer­cado. Obviamente, la más importante de las características de una eco­nomía de mercado es que las decisiones económicas de los individuos puedan ser tomadas por ellos mismos. O sea, que las personas puedan actuar como seres libres, lo cual significa que debe procurarse una or­ganización basada en planes económicos individuales o, si se quiere, en multiplicidad de planes. Esta estructura de planificación es contraria a una visión centralizada de la sociedad, la cual se fundamenta en la idea de que alguien puede tener todo el conocimiento y, en consecuen­cia, él debe imponer su plan económico y su visión económica a la so­ciedad. En verdad, lo que propone es que un grupo de personas —las que tienen el poder dentro del gobierno— posee más conocimientos y mejores valores morales que el resto de la comunidad, lo que lo faculta


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para imponer a todos una forma de organización. Desde luego, esto im­posibilita la toma de decisiones mediante la discusión inteligente y la libre concurrencia de voluntades independientes para llegar a un acuer­do. ¿Acaso no es claro que esto nos lleva fuera de la democracia, bien a un sistema aristocrático, a un sistema feudal, o a un sistema totalita­rio de cualquier tipo?

Por el contrario, la existencia de multitud de planes individuales es lo que nos obliga a establecer un mecanismo de coordinación espon­táneo y descentralizado, distinto a la coordinación centralizada de la economía dirigida. El sistema de coordinación de planes económicos individuales es denominado mercado y se corresponde con los procedi­mientos típicos de la democracia política: procesos electorales, delibe­ración, participación.

La resolución centralizada de los casos concretos sólo sería efi­ciente si no existiese ignorancia y fuese posible el diseño detallado de la vida social. Se fundamenta este intento de resolución centralizada, en la visión que asume que todas las instituciones sociales resultan del designio humano previo. Es la visión de la ingeniería social, que pre­tende ser capaz de modificar la sociedad de acuerdo con la voluntad del gobernante, sin tomar en cuenta las mil y una maneras mediante las cuales las personas, por tanteo y error y sin siquiera proponérselo, van tejiendo nuevas instituciones, costumbres, necesidades y formas de sa­tisfacerlas.

Es nuestra radical ignorancia sobre las cosas la que nos obliga a escoger la espontánea creación de tantos centros de decisión como per­sonas, en lugar de optar por la solución centralizada.

En el campo de la conveniencia social, las reglas van estable­ciéndose por el uso, por la costumbre, por la imitación, por el descubri­miento de que son efectivas y más convenientes en cuanto a sus resul­tados, y forman la sociedad espontánea. Ellas permiten que los indivi­duos puedan actuar diferenciadamente, sin la obligación de apegarse a los fines comunes, que caracterizan la acción de los hombres en el gru­po tribal primitivo, como consecuencia de que todos sus miembros tie­nen los mismos conocimientos. Y es que cuando se multiplican y di­funden los conocimientos y aumenta el tamaño del grupo, ya no es po­sible que cada hombre tenga todos los conocimientos que todos, en conjunto, sí tienen. Precisamente, la sociedad espontánea es la forma de aprovechar el conocimiento disperso. La sociedad espontánea se conforma por reglas no creadas por diseño o planificación, y muchas veces ni siquiera conocidas en forma expresa por aquellos que las si­guen. En verdad, constantemente actuamos siguiendo reglas que auto­máticamente aplicamos frente a casos concretos, pero que posiblemen­te no podríamos expresar o definir en todas sus dimensiones. Es la


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existencia de esas reglas, en la gran sociedad, lo que nos permite actuar persiguiendo prioridades y fines individuales definidos, y no sólo obje­tivos metaindividuales.

El gran descubrimiento de David Hume y de los filósofos éticos escoceses fue que, mediante las reglas generales, que la sociedad gene­ra por un proceso evolutivo, las acciones que los individuos realizan para seguir sus fines, egoístas o altruistas, pero individuales y particu­lares, pueden enlazarse en un resultado de bien común, de mejor situa­ción para todos los individuos en un orden social.

El que las reglas sean el producto de la experiencia, no quiere de­cir que ellas sean inconmovibles e incambiables. Conforme las circuns­tancias van cambiando, varía la aplicación de las reglas a los casos con­cretos y se generan nuevas reglas. Estas toman en consideración las an­teriores, para poder preservar el orden social, como aquel que permite la multiplicidad de fines. Para ello, al variar una norma no se cambian todas, sino sólo la específica, y la nueva regla que se adopte debe con­ciliarse, armonizarse con el resto, con lo cual se legitima socialmente. Este armonizarse con el resto de las reglas es la condición necesaria pa­ra que el orden social pueda subsistir. Esto es, tanto así, que ni para los griegos, ni para los romanos, ni para los iusnaturalistas, por ejemplo, la ley se crea, sino que ella se descubre. Como hemos visto, de este pro­ceso histórico no guiado por la razón de ningún individuo sino por la evolución institucional, resulta un orden social. Característica funda­mental de este orden es la utilización que permite del conocimiento dis­perso e inarticulable de todos los individuos. De aquí es que se produce un bienestar material que no sería posible obtener por otra vía.

El conocimiento más importante para el bienestar material de la sociedad no es el científico, o el que existe en las bibliotecas, sino el que tienen los miles de individuos acerca de su vida diaria, en diferen­tes circunstancias y lugares. Es un conocimiento que, en gran parte, no se puede articular, es decir, no se puede comunicar a otra persona para que ésta lo utilice. Es el conocimiento de cómo se hace el lazo de los zapatos, de cómo redactar adecuadamente o, utilizando un ejemplo más acorde con el caso que nos ocupa, es el conocimiento acerca de la manera más barata de producir un bien en cierto tiempo y lugar, o de cómo organizar una empresa para lograr la mayor eficiencia.

Este conocimiento es, a su vez, resultado de la selección en el tiempo de los medios más exitosos para lograr diferentes fines, que se imita y se hereda de generación en generación y va cambiando conti­nuamente, según se descubren medios más exitosos. La selección, en este caso, la hace el mercado: la ganancia económica de una acción es señal de su éxito; la pérdida, consecuencia de su ineficiencia y causa de un posterior desuso.

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En un sistema de mercado, el precio de un bien o recurso produc­tivo que resulta de la puja de venta y compra de miles de individuos, que conocen sólo su situación concreta y buscan sólo su propio bienes­tar, es una señal que concentra la parte más importante de este conoci­miento y sirve, a su vez, para ser usado por otros individuos en sus de­cisiones económicas. De aquí que el sistema de precios o de mercado logre el avance del conocimiento práctico y el uso de éste, de una ma­nera que no puede lograr ningún otro sistema conocido por el hombre.



En el deporte tenemos un esquema exactamente igual de partici­pación competitiva. Hay unas reglas dadas, dentro de las cuales, cada uno trata de superarse y de superar a los demás, y en el proceso todos se enriquecen: las marcas de los corredores se van superando, las técni­cas del fútbol van evolucionando, las formas de llevar a cabo un juego de tenis van mejorando, las posibilidades del entrenamiento para nadar mejor van progresando.

Lo mismo se nos da en el campo de la producción de bienes den­tro de la organización social de libertad, cuando podemos producir, competitivamente, los bienes.

En resumen, la participación competitiva en la economía aporta, en primer lugar, respeto a la dignidad y a la libertad. No puede haber respeto a la dignidad del hombre cuando sus fines le son impuestos por otro.

La esencia de la participación competitiva es que los planes se producen individualmente, o sea, que cada uno hace su propio plan. Esto no quiere decir que no haya planificación cuando existe participa­ción competitiva, al contrario, lo que hay son múltiples centros de pla­nificación. La diferencia entre una organización totalitaria y centraliza­da de la producción y una organización de mercado, no es que en una hay planificación y en la otra no. Es que en una hay muchos planes in­dependientes, mientras, que en la otra, se pretende la existencia de un solo plan que coordine las acciones de todos. Esa ventaja fundamental de la posibilidad de respetar la dignidad y la libertad, a través de la competencia participativa, nos produce otra serie de ventajas de enor­me importancia. Recordando de nuevo a Sócrates, debemos pensar que siempre estamos tomando decisiones en un mundo de ignorancia, don­de no podemos tener plena seguridad de los resultados. Nosotros esco­gemos una acción, pero como estamos en un mundo cuyo entorno nos es desconocido, como somos ignorantes del conjunto de todas las re­glas y de todas las circunstancias, el resultado de nuestra acción con­creta nos es ignorado y depende de cuál sea el estado de la naturaleza (como diría un estadístico), que se va a producir. Es de la unión de ese estado de la naturaleza y de la acción tomada, que depende el resulta­do.


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Por eso, si hay mayor cantidad de gente tratando de acertar, hay mejores posibilidades de hacerlo. Cuando tenemos una planificación centralizada hay una acción que se decide y a ella le sigue un resultado incierto. Cuando hay millones de centros de decisión y de planifica­ción, se ejecutan diferentes acciones y hay más oportunidad de acertar en medio de la ignorancia, lo cual enriquece a todos porque permite la imitación. Lo que provoca el progreso y el éxito en la sociedad es este doble proceso de invención que acierta y de imitación de la conducta exitosa. De ahí, el significado e importancia del concepto "participa­ción competitiva" para comprender, cabalmente, la superioridad técni­ca y moral de la economía de mercado, sobre la economía dirigida tal como veremos a continuación.



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