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Del mal metafísico al bien público


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Del mal metafísico al bien público

Mario Bunge

La Nación

En su novela El mal metafísico , de 1916, Manuel Gálvez describió la bohemia porteña de principios del siglo pasado. Esos bohemios, algunos de ellos estudiantes crónicos o periodistas a tiempo parcial, eran aspirantes a escritores, pintores o reformadores sociales. Vivían muy pobremente, en pensiones o cuartuchos miserables. Quien me recomendó la novela, un distinguido profesor de robótica, nada bohemio, me contó que medio siglo después vivió en un ambiente semejante en la ciudad de México.


Esos bohemios veinteañeros leían y discutían acaloradamente a Rubén Darío o Paul Verlaine, Kropotkin o Nietzsche, y otros innovadores o iconoclastas. Todos ellos creían tener ideas avanzadas, aunque no pasaban del descontento con el orden social que conocían. Y ninguno de ellos advirtió que Nietzsche era uno de los peores enemigos del progreso social que todos ellos anhelaban, pero ninguno conseguía definir.
Viel, uno de los personajes de la novela, les echa en cara a sus compañeros: "Ustedes, los artistas, los literatos, no tienen razón de ser en este país. Créanme, muchachos; son enfermos, inadaptados, enfermos del mal metafísico, la enfermedad de crear, de soñar, de contemplar".
Viel opinaba que "este país necesita hombres de acción, trabajadores, economistas?". El poeta Riga, en cambio, opinaba que los soñadores son indispensables, porque "poblaban el ambiente, fecundaban otras almas, creaban en la atmósfera social y moral del país un pequeño rincón de idealidad".
Yo apruebo a Riga, porque hay cosas inútiles, tales como la poesía, la cosmología, la arqueología, la matemática y la filosofía, que son la marca de la alta civilización. Y también porque no hay gran empresa sin gran visión.
Los viajes de descubrimiento, en particular los de Colón y Magallanes, fueron alentados por la ambición de "descubrir" mundo. La conquista y la colonización fueron alentadas principalmente por la codicia. En particular, a los Reyes Católicos el Nuevo Mundo sólo les interesó como fuente de dinero para derrochar en sus agresiones a los Países Bajos. Sólo hubo unos pocos misioneros, tales como el franciscano Fray Toribio de Benavente, a quien los indios mexicanos llamaban Motolinia ("el pobrecito", en náhuatl), que tuvieron la ilusión de convertir a los aborígenes y protegerlos de la brutalidad de conquistadores y encomenderos.
Los colonos que fueron a "poblar" las colonias americanas (como si hubieran estado despobladas) lo hicieron sólo por afán de lucro. Y fueron poquísimos: examinando los Archivos de Indias, Fernand Braudel y sus colaboradores encontraron que en el curso del siglo que siguió al "descubrimiento" del Nuevo Mundo viajaban de España a América solamente unas 1000 personas por año. O sea, menos de un vigésimo de los europeos que emigraron a Hispanoamérica entre 1860 y 1940.
Todos concordamos en que los grandes líderes de la emancipación americana tuvieron una visión original de sus respectivas patrias: las soñaron soberanas y, por lo tanto, capaces de desarrollarse en provecho de sus propios pueblos. Algunos de los patriotas no se proponían más que desmantelar el monopolio europeo sobre el comercio exterior. En cambio, unos pocos, en particular Thomas Jefferson y Simón Bolívar, tuvieron visiones grandiosas: el primero, de una gran nación moderna en un pie de igualdad con los países europeos, y el segundo, la visión de una Hispanoamérica unida.
Los visionarios norteamericanos realizaron su visión, aunque dos décadas después ella quedó obsoleta cuando Francia abolió la esclavitud y la servidumbre, mientras que los plantadores norteamericanos del Sur siguieron explotando a esclavos durante un siglo más.
Pasada la primera década de construcción de lo que se llamó una nueva y gloriosa nación (título de la película que los pibes del barrio mirábamos todos los 25 de mayo), los patriotas iberoamericanos se dedicaron a fusilarse entre sí, a medrar con la injusticia social y a hipotecar su país al extranjero. En cambio, los norteamericanos construyeron una nación moderna con una rapidez pasmosa, y se dividieron en dos recién cuando sus vecinos del Sur empezaban a sofocar las guerras civiles.
No opinaré sobre los grandes visionarios argentinos porque no quiero inmiscuirme en las querellas rosista/sarmientista ni gorila/peronista, que me parecen caducas y, por lo tanto, infructuosas. Me referiré, en cambio, a otro gran país latinoamericano: México, segunda patria de muchos argentinos.
México tuvo más suerte que la Argentina en un respecto y menos en otro. Produjo cuatro grandes líderes -Benito Juárez, Francisco Madero, Emiliano Zapata y Lázaro Cárdenas- que bregaron exitosamente por tres grandes causas: soberanía nacional, reforma agraria y educación moderna y universal. Dos de esos prohombres, Madero y Zapata, fueron asesinados por sicarios al servicio del gran triunvirato que detentaba el poder económico: los terratenientes, la Iglesia Católica (la principal terrateniente del país) y las empresas extranjeras, principalmente americanas, británicas, alemanas y francesas, que habían explotado las riquezas del país durante la larga noche de Porfirio Díaz.
Los gobiernos mexicanos fueron exitosos en la medida en que permanecieron fieles, al menos de palabra, a esa grandiosa visión del indio Juárez. Pero la realización parcial de esta visión costó más de un millón de muertos, sobre todo en la guerra de los llamados cristeros contra los gobiernos reformistas, en la que muchísimos indios tomaron las armas en favor de sus explotadores.
Terminado el sexenio del Tata Lázaro, como los indios solían llamar al General Cárdenas, empezó la ristra de gobiernos del famoso PRI. Aunque éstos no eran reaccionarios, beneficiaban principalmente a los nuevos ricos y a los políticos que esperaban ordeñar al Estado. Desde entonces se acabaron los partidos con grandes proyectos nacionales. Sin embargo, algo quedó, además de la retórica "revolucionaria institucional": la ayuda estatal a los indigentes y el apoyo a la educación y la cultura.
Obviamente, los ideales no bastan para reformar una organización moderna: también hacen falta conocimientos especiales que sólo pueden obtener las ciencias y técnicas sociales, tales como la sociología, la economía y el derecho. Sólo fuertes dosis de tales conocimientos pueden reemplazar el "mal metafísico", del que hablaba Manuel Gálvez, por la gestión responsable y eficaz del bien común.
Recordemos dos casos que, aunque muy diferentes, se parecen en que ponen en evidencia la necesidad de construir una visión inteligente del porvenir en lugar de dejarse arrastrar por la corriente o de escuchar los llamados de individuos aquejados de mal metafísico.
El primer caso es el de los autores de las dos revoluciones rusas de 1917. La primera fracasó porque los socialistas de Kerensky no ofrecieron lo que quería la gente: paz y pan. La segunda revolución, encabezada por Lenin, no fue guiada sino por dos objetivos: la paz y el desmantelamiento del orden semifeudal. Los bolcheviques no tenían una visión de la nueva sociedad porque creían que ella vendría espontáneamente. Siguiendo a Marx y Engels, creían que planear el futuro era sueño utópico.
Los dirigentes soviéticos tardaron un decenio en elaborar y poner en práctica los Planes Quinquenales que transformaron a una sociedad atrasada en una potencia moderna. Pero su visión estrechamente economista les impidió ver que la gente necesita mucho más que fábricas, centrales eléctricas y escuelas modernas. Todos sabemos lo que costó la estrechez de la visión comunista.
Mi segundo ejemplo es el del socialismo argentino de antes. Hace exactamente un siglo el neurocirujano Juan B. Justo publicó un libro notable, en el que exponía una visión moderna basada sobre las investigaciones sociológicas del propio autor: Teoría y práctica de la historia . El Maestro Justo, como solían llamarlo sus compañeros, no padecía del "mal metafísico": no soñó utopías, sino que estudió la realidad que tenía a su alcance y propuso maneras prácticas de mejorarla, tales como cooperación, educación laica y, sobre todo, sufragio universal. El Partido Socialista argentino se autodenominaba "el partido del sufragio universal", no "el partido de la justicia social."
La visión de Justo no se llevó a la práctica. Unos culparán al escaso desarrollo industrial; otros, a la Sociedad Rural; otros más, a la Unión Industrial Argentina, y casi todos al imperialismo inglés. Yo creo que la culpa fue de todos esos factores, así como del propio Partido Socialista, que se conformó con sacar muchos votos en la Capital Federal y con controlar a un puñado de sindicatos de la aristocracia trabajadora urbana. Guardó en su ropero la bandera de la justicia social.
En cambio, el general Perón tuvo una visión mucho más amplia y audaz, robó la bandera de la justicia social, fue más astuto, no tuvo escrúpulos, y gozó del apoyo de las Fuerzas Armadas y de... Pero ya metí la pata donde me había propuesto no meterla. Termino, pues, antes de que los gorilas y chimpancés despedacen a este mono Tití.
¿Usted se siente cómodo en la mediocridad y teme a quienes prometen o amenazan cambios? Apoye a los partidos sin otro programa que ganar las elecciones, o que padecen del "mal metafísico", o sea, el macaneo y la verborragia.
¿Usted anhela el progreso de la patria? Apoye a los partidos con una visión clara y fundada, que incluya menos pobreza y mayor riqueza cultural. Aunque para poder identificar a tales partidos, usted mismo tendrá que esbozar una visión promisoria. Pero, puesto que no lo logrará por sí solo, tendrá que juntarse con otros en un centro de estudios de la realidad a algún nivel: vecinal, provincial, o nacional. Primero conocer, luego programar y, finalmente, actuar.
Tomado de: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=3078
Mario Bunge

Jordi Soler Alomà

Rebelión

"En este artículo voy a criticar, con gran pesar, a un amigo intelectual al que admiro con toda mi alma y a quien considero el mejor filósofo de la ciencia de todos los tiempos: Mario Bunge, porque soy más amigo de la verdad que de él. (Aristóteles dijo en griego, aunque se cite en latín, Amicus Plato, sed magis amica veritas, que significa “soy amigo de Platón, pero soy más amigo de la verdad” a mi no me queda más remedio que ser más amigo de la verdad que de Bunge).


Coincido con Mario Bunge en todo su arduo peregrinaje iconoclasta, durante el cual, con gran autoridad y magisterio, desenmascara impostores y proyecta poderosos haces de luz a través de las tinieblas de la pseudofilosofía y la pseudociencia.
Llega un momento, empero, en que ya no puedo seguir al lado del maestro; en este punto del camino hay un cartel con el rótulo “MARX”, y una bifurcación con dos indicadores, uno para el lado izquierdo donde pone “Lectores de Marx” y otro para el lado derecho con el rótulo “Opinantes sobre Marx”. Yo tomo el sendero de la izquierda, mientras que Bunge toma el mejor pavimentado camino de la derecha.
Realicé mi tesis doctoral sobre el concepto más problemático del denso y profundo pensamiento de Karl Marx: el concepto de alienación. Me vi obligado, por lo tanto, a estudiar la voluminosa producción intelectual de Marx, y a analizar la extensísima bibliografía existente sobre el genial pensador. Por consiguiente, creo que tengo permiso para hablar de Marx y de marxismo con conocimiento de causa.
Es sabido que Marx, en vista de las especies que algunos de sus seguidores (entre los cuales se hallaban sus dos yernos) propalaban como marxismo, espetó la célebre frase “¡yo no soy marxista!” Pues bien, a través de mi fatigoso análisis pude comprobar que, efectivamente, el pensamiento de Marx y el marxismo son dos cosas distintas, que raramente coinciden y que en algunas ocasiones incluso llegan a ser opuestas. A algunos escritores marxistas se les ve a la legua que no han leído ni siquiera el primer tomo de Das Kapital, la obra más importante de Marx, y en otros es vergonzosamente evidente que no han leído directamente a Marx, sino obras de autores que han escrito sobre él. En la época en que ser marxista confería un cierto prestigio había mucho “intelectual marxista”. Algunos de ellos ahora son neocons o socialdemócratas (todos nadan en la misma charca).
El amigo Bunge, que es tan sutil a la hora de expulsar del templo de la ciencia a los mercaderes de la pseudociencia (Jun, Freud & Co), y tan fino a la hora de distinguir lo que es verdadero pensamiento filosófico de lo que no es más que charlatanería de feria (Feyerabend, Heidegger & Co) no es capaz de distinguir entre el pensamiento de Marx y el marxismo, a los que mete en el mismo saco. No sólo eso: atribuye a Marx doctrinas parafilosóficas que no son suyas (como el materialismo dialéctico, un invento del marxismo leninismo mal cocinado a partir de ciertos esbozos de Engels, y que es una asignatura pendiente de la filosofía, que no ha sabido dar cuenta cabal del mismo).
Cuando Mario Bunge se refiere a Marx, lo hace desde su pedestal de filósofo científico que está por encima de todo, tratando a Marx como “perro muerto”, tal como hicieron en su tiempo con Hegel, cosa que provocó las protestas de Marx (quien no obstante fue su crítico más profundo).
La actitud que tiene Bunge hacia Marx proviene del hecho de que, al contrario que su admirado colega Piaget, es alérgico a la dialéctica, y por ello no se puede enfrentar sin prejuicios a la obra de Marx, porque toda ella transpira dialéctica. Parece ser que para Bunge, todo lo que no se pueda poner en forma matemática, no es científico, y si no es científico, no tiene interés alguno. Bunge no puede admitir que la dialéctica es la lógica (el logos) del movimiento de lo viviente y de lo pensante: para él sólo existe la lógica matemática, y no soporta que la dialéctica soslaye el sagrado dogma del principio de no contradicción. La física (especialidad de Bunge) no puede explicar procesos como el movimiento del pensamiento (por ejemplo cuando abstrae de lo concreto para volver a concretarlo sobre una base conceptual); como máximo, y con la ayuda de la química y de la neurología, puede averiguar los intercambios intersinápticos que envuelve este hecho y en qué partes del cerebro predomina la actividad neuronal. Este proceso, según Marx y Piaget, es dialéctico.
Pero, si bien le podemos perdonar a Bunge el pecado de no comulgar con la dialéctica (la cual, a pesar suyo, usa sistemáticamente a lo largo de toda su obra) no le podemos pasar por alto la superficialidad y la soberbia con la que trata al pensador más importante de todos los tiempos, a quien a veces cae en la bajeza de atacar en lo personal (indirectamente lo hizo en un artículo publicado recientemente en Rebelión, cuando lo acusa de publicar artículos de Engels bajo su firma; si no sabe por qué motivo sucedió eso, lo mejor es callarse, y si lo sabe, es una impostura indigna de un sabio; en ambos casos es una falacia, y las falacias se usan a falta de argumentos sólidos).
En el artículo “Del mal metafísico al bien público” ( http://www.rebelion.org/noticia.php?id=100105) escribe Bunge
“Recordemos dos casos que, aunque muy diferentes, se parecen en que ponen en evidencia la necesidad de construir una visión inteligente del porvenir en lugar de dejarse arrastrar por la corriente o de escuchar los llamados de individuos aquejados de mal metafísico… El primer caso es el de los autores de las dos revoluciones rusas de 1917. La primera fracasó porque los socialistas de Kerensky no ofrecieron lo que quería la gente: paz y pan. La segunda revolución, encabezada por Lenin, no fue guiada sino por dos objetivos: la paz y el desmantelamiento del orden semifeudal. Los bolcheviques no tenían una visión de la nueva sociedad porque creían que ella vendría espontáneamente. Siguiendo a Marx [y Engels], creían que planear el futuro era sueño utópico.”
¿Así que “siguiendo a Marx”? ¿Dónde dijo Marx que no había que planificar la sociedad del futuro? ¿No dijo Marx que sin una buena teoría no puede haber una buena práctica? ¿Si la práctica es la revolución la teoría no involucra el nuevo modelo de sociedad, es decir, el sentido de la revolución? Precisamente durante el establecimiento de la Comuna de París lo que más preocupaba a Marx era que no había un diseño claro del nuevo modelo y que todo debía irse improvisando (así y todo, fue el momento histórico más democrático que ha vivido Francia). Bunge sólo tiene razón en que los bolcheviques no habían diseñado el nuevo modelo, pero es falso que fueran tan ingenuos como para creer que la nueva sociedad vendría espontáneamente (“siguiendo a Marx i Engels”). ¡Che, Mario, no seás tan boludo, viejo!
En su obra “La relación entre filosofía y sociología” escribe, en la página 25 (EDAF), que Marx, por culpa de su adhesión a su héroe Hegel (sic), no aportó ninguna nueva técnica a la filosofía. En primer lugar, si Hegel tuvo un crítico radical, objetivo y contundente después de Feuerbach este fue Marx. No fue la “adhesión a su héroe” lo que le impidió a Marx penetrar en la esencia de la mercancía; su eficaz y original enfoque dialéctico al efectuar el análisis constituye una nueva metodología y, por tanto, un aporte histórico no sólo a la filosofía sino también a la ciencia. Además: si bien la técnica de abstraer del contexto, que Marx también aplicó al análisis de la mercancía, ya vigía desde la época de los griegos (y es un proceso fundamental en todas las ciencias que matematizan), Marx innovó también al aportar la técnica para investigar en lo a priori, que otros filósofos sólo habían nombrado e imaginado como algo muy elemental, para poner de manifiesto todo lo dado por supuesto, desvelar las reglas del juego que ya encontramos de antemano como preestablecidas y que nunca nos cuestionamos porque el hecho de no cuestionárselas forma parte del juego. Esto le permite desentrañar la esencia más escondida: la del dinero (que es el valor, una relación social “cosificada”), contribuyendo por lo tanto a poner en evidencia en qué consiste lo que Aristóteles veía como la causa de todos los males de la sociedad. Marx descubrió que lo a priori es mucho más complejo de lo que se había imaginado por ejemplo Kant, y demostró que nuestra práctica diaria está llena de juicios sintéticos a priori dialécticos, de los cuales no somos conscientes.
Más adelante [p. 31] Bunge acusa a Marx de concebir el individuo como un elemento pasivo en una red que lo controla. En primer lugar, va de suyo que si Marx hubiera creído eso no se hubiera molestado en escribir sobre la revolución, la cual supone un papel activo y consciente del individuo (la revolución es un proceso objetivo y subjetivo). Por otro lado, tampoco habría afirmado que la teoría se convierte en una fuerza material cuando es asimilada por la gente (“cuando prende en las masas”). Si bien es cierto que Marx concebía la sociedad como alienada, tanto objetiva como subjetivamente, precisamente la única manera que concebía de salir de esta situación histórica era a través de la autoliberación de las consciencias mediante la crítica de la ideología, que es al mismo tiempo una “autocrítica”, porque la ideología la llevamos dentro. (Por cierto, a pesar de la importancia del concepto de alienación en el pensamiento de Marx, Bunge no lo menciona ni una sola vez).
Una páginas después [p. 39] dice Bunge que la teoría de Marx ha fracasado (y se queda tan ancho). En este punto comete la frivolidad de la que acusa a otros: descalificar sin pruebas. Cuando se hacen afirmaciones de este calibre, amigo, hay que argumentarlas sólidamente; no se puede soltar la frase y quedarse tan tranquilo. Si fracasó como teoría, hay que aportar datos sobre quién, dónde y cuándo demostró que la teoría de Marx no era consistente; si fue en la práctica (que es por donde me imagino que van los tiros) se trata de una falacia, porque, lamentablemente, Marx no llegó a diseñar un modelo de sociedad (aún tenía que terminar los tomos II i III de Das Kapital, y un cuarto tomo que tenía en mente).
En la pág. 45 atribuye a Marx una frase sacada de contexto “la violencia es la comadrona de la historia”, y acusa a Marx de partidario de la violencia. Cuando Marx menciona la violencia lo hace en el contexto de la lucha de clases. Tal como dice en el Manifiesto, “la historia, hasta nuestros días, ha sido la historia de las luchas de clases”. Es sabido que quien ejerce la violencia es precisamente la clase que tiene el poder y que oprime a las clases subyugadas, y que no duda en enviar las fuerzas represivas, incluso el ejército si hace falta, para reprimir las protestas contra el orden establecido; por lo tanto, si no hay otro medio, las clases oprimidas deberán derrocar el poder opresor con medios materiales. ¿Alguien es tan ingenuo de creer que, por ejemplo, la red mafiosa del capital especulativo va a renunciar a su poder a favor de una sociedad más justa si intentamos conmover a esos vampiros inhumanos a través de buenas palabras? ¿No se ha podido comprobar la calaña de estos personajes carentes de moral y de escrúpulos cuando se los ha subvencionado con dinero público y ya están conspirando, aprovechándose de la crisis, para especular contra los propios países que los han salvado del desastre? Antes que perder su poder el capital es capaz de volver a iniciar otra guerra mundial, soltando los perros del fascismo, el cual están dejando crecer y organizarse en Europa y USA, o lo que haga falta. Precisamente describiendo este tipo de situación histórica Marx escribe, en Das Kapital, que “La violencia es la comadrona de toda sociedad vieja que lleva en sus entrañas otra nueva”; ¿por qué? Pues porque la vieja sociedad, con todo su entramado de chanchullos, cargos, prebendas y privilegios, no está dispuesta a una transformación que implique la desaparición de esa estructura, resistiéndose con uñas y dientes… y esto no es más que una constatación histórica, no un eslogan a favor de la violencia, que es lo que Bunge atribuye a Marx.
En fin, amigo Bunge, te recomiendo que, pertrechado con toda tu sabiduría pero también con un poco de humildad, te leas, si más no, el primer tomo de El Capital.

* El autor es doctor en Filosofía.


Respuesta al Dr Soler Alemà

Marx y los marxistas

Mario Bunge

Rebelión

En su artículo “Mario Bunge”, publicado en un número reciente de la revista Rebelión (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=104702), el Doctor Jordi Soler Alemà sostiene que concuerda con mi filosofía de la ciencia, pero critica algunas de mis afirmaciones sobre Marx. Comentaré brevemente algunas de sus críticas.


La más seria de las acusaciones de mi crítico es que cometo la “falacia” de afirmar que algunos de los artículos que publicó el New York Daily Tribune con la firma de Karl Marx fueron escritos por su colaborador, amigo y benefactor Friedrich Engels. Confieso que yo no obtuve esta información consultando los tomos 38 y 39 de la versión inglesa de las obras completas de Marx y Engels. La saqué de la biografía de Engels, tan bien documentada como objetiva, debida a Tristram Hunt, Marx’s General (New York: Henry Holt, 2009), pp. 196-197.
Otra acusación del Doctor Soler es que confundo a Marx con los marxistas y que, como muchos de éstos, sólo uso fuentes secundarias. Admito que no he leído los 50 tomos de la obras completas de Marx y Engels. Pero sí he leído las más conocidas de ellas, y traduje al castellano el grueso tomo de la correspondencia escogida de ambos pensadores, así como la segunda mitad de la Dialéctica de la naturaleza, de Engels. También impartí el primer el curso sobre filosofía marxista en la universidad canadiense McGill. En este curso me limité a algunas obras de Marx, Engels y Lenin. No lo repetí porque encontré que muchos estudiantes estaban más familiarizados que yo con la hagiografía marxista. Por ejemplo, algunos habían leído a Louis Althusser, a quien yo no trago. En resumen, aunque no soy hagiógrafo de Marx, tampoco lo desconozco tanto como presume el Doctor Soler.
El Doctor Soler me reprocha el no haberme ocupado de la alienación, tema de su tesis doctoral. Es verdad, y el motivo es que, si bien se ocuparon de este tema el joven Marx, así como Rousseau y Hegel, en mi opinión dejó de ser un problema filosófico, para convertirse en un problema científico, en cuanto nació la psicolgía social. En 1974, cuando coincidí en un congreso mundial de sociología con el director del Instituto de Sociología de la ex-URSS, le pregunté qué problemas estaban investigando. (Este instituto, organizado recién en 1957, formaba parte del Instituto de Filosofía, y sus miembros habían estudiado flosofía, no sociología.) Me contó que el problema que más les interesaba en ese momento era el de la alienación que sentían los jóvenes cuando pasaban del colegio secundario al Mercado de trabajo. Esa transición era trumática, porque la realidad que enfrentaban en el trabajo estaba muy lejos de los nobles ideales que les habían enseñado sus profesores. El investigador de marras agregó que este hecho falseaba la hipótesis de Marx, de que la alienación es característica de la sociedad de clases, de modo que no debiera existir en la URSS, por ser una sociedad socialista. Mi interpretación era que la hipótesis falsa era la de que la sociedad soviética fuese socialista.
Pero dejemos las recriminaciones y vayamos a algo más interesante: mis principales discrepancias con Marx, el gran economista y activista social. Ellas son las siete siguientes, que he expuesto en detalle o esquemáticamente en varios de mis libros.
1. Dialéctica. He sostenido que las llamadas leyes de la dialéctica, tales como fueran formuladas por Engels y Lenin, son falsas en la medida en que son inteligibles. La primera “ley”, de la lucha y unidad de los opuestos, es falseada por la existencia de cosas simples, tales como los electrones y los fotones. Y no todas las cosas complicadas, tales como los seres vivos y las empresas, están divididas en mitades que “luchan” entre sí. Por ejemplo, que yo sepa, el Doctor Soler no es esquizofrénico. La segunda “ley”, de la “negación” de la “negación”, es incomprensible mientras no se aclare qué se entiende por “negación” ni por “sublación” (Aufhebung) en el plano óntico. Dudo que mis nietos sepan que son dobles negaciones de su abuelo. Finalmente, la tercera “ley” dialéctica, la de la “transformación de cantidad en cualidad”, no tiene sentido en esta formulación, ya que toda cantidad física es cantidad de algo (agua, hierro, o lo que fuere) que posee ciertas cualidades (propiedades). Lo que sí tiene sentido y es verdadera es la afirmación de que hay puntos críticos o cambios de fase, o incluso de especie, tales como la evaporación y la transmutación de elementos. En todo caso, una ontología seria no puede resumirse en tres enunciados, menos aun si están formulados en un lenguaje impreciso. Pero no hay por qué angustiarse por esto ya que, según me aseguró un filósofo soviético, Marx emplea la palabra ‘dialéctica’ solamente seis veces en su obra maestra.
2 Admiración por Hegel. Tanto Marx como Engels y Lenin sintieron siempre una admiración desmesurada por Hegel, a quien yo considero como el más hermético y pernicioso de los filósofos de la Contra-Ilustración. Engels examinó la ciencia de su tiempo para corroborar su conjetura de que Hegel había sido su profeta. Y Lenin declaró que “la dialéctica es el álgebra de la revolución” y desperdició todo un año de su exilio en Zürich estudiando y anotando la “gran” Lógica de Hegel, en lugar de estudiar y criticar la sociología que estaba naciendo al mismo tiempo. El culto de Hegel fue parte de la ideología comunista hasta hace poco. Irónicamente, mientras Alemania estuvo dividida en dos, hubo una Hegel Gesellschaft, con su anuario correspondiente, en cada una de ellas. Es verdad que Marx y Engels criticaron el idealismo de Hegel, pero se les escapó su culto del absurdo y su rechazo de toda la ciencia moderna. Engels incluso repitió la afirmación de Hegel, de que las leyes de Newton se deducen de las de Kepler. Ni él ni Hegel sabían que lo particular no puede implicar a lo general. Este desprecio de los marxistas por la lógica formal tuvo dos consecuencias nefastas. Una fue el ataque a los primeros matemáticos rusos que se atrevieron a hacer lógica moderna. La otra consecuencia fue la tesis, que comparte el Doctor Soler, de que la “lógica dialéctica” es la teoría del cambio, mientras que la lógica matemática es estática. Esta tesis es triplemente absurda. Primero, porque confunde lógica con ontología, lo que es explicable en un idealista objetivo como Hegel, pero inadmisible en un materialista. Segundo, porque el estudio científico del cambio no es apriorista sino que tiene un componente empírico. Tercero, porque la lógica dialéctica no existe fuera de un libro del difunto filósofo mexicano Eli de Gortari.
3 Dualismo economía/cultura. En su Anti-Dühring Engels dividió la sociedad en dos partes: la infraestructura material, o economía, y la superestructura ideal (todo lo demás). Yo sostengo que esta es una transposición del dualismo cuerpo/mente, de la psicología precientífica a la ciencia social. Un materialista consecuente distinguirá distintos subsistemas en toda sociedad (p. ej., economía, política y cultura), pero concebirá cada uno de esos subsistemas como un sistema material, por estar constituído por entes materiales: personas y artefactos.
4 Economismo. Entiendo por ‘economismo’ la tesis de que la economía es el primer motor de la sociedad. Marx y Engels defendieron esta tesis, y hoy día es compartida por Gary Becker y otros influyentes miembros de la Escuela de Chicago. Yo creo que vale a veces, pero otras no. Por ejemplo, la secularización, la alfabetizaciónn masiva y la democracia política (o “formal”) fueron tan revolucionarias como los cambios de modo de producción y de régimen de propiedad. Y nadie niega la potencia de las grandes innovaciones generadas por ciertos inventos, pero los marxistas aun debaten la cuestión de si la tecnología pertenece a la infraestructua o a la superestructura.
5 Pragmatismo. En la más famosa de sus tesis sobre Feuerbach, y que figura en su loa sepulcral, Marx afirmó que ya era hora de que los filósofos pasasen, de “interpretar” el mundo, a cambiarlo. Yo interpreto este enunciado ambiguo como un llamado a la praxis social sin ciencia social y, en particular, sin sociología. Imagino que los exégetas de Marx proponen interpretaciones diferentes. Pero el hecho es que, en el curso del último siglo, las ciencias sociales se desarrollaron casi exclusivamente fuera del marco marxista. Las excepciones fueron la antropología y la arqueología rusas y los historiadores marxistas británicos de la segunda mitad del siglo pasado. En particular, el derrumbe de la URSS tomó por sorpresa a los estudiosos marxistas dentro y fuera de esa nación. porque se habían especializado en criticar al capitalismo, no en investigar las graves fallas del llamado “socialismo realmente existente”.
O sea, la adhesión dogmática a unas ideas que fueron originales en siglo XIX les impidió ver lo que pasaba delante de sus narices.
6. Planeación. Yo sostengo que ni Marx ni Engels ni Lenin esbozaron planes para despés de la revolución proletaria. Creían que ésta sería una consecuecia automática de la “rebelión del modo de producción contra la forma de intercambio”, como escribió crípticamente Engels hacia el final de su Socialismo utópico y científico (1880). La planeación le pareció cosa de los socialiatas utópicos. Y Lenin llegó a decir que sería tan simple como un juego de niños. El resultado es que los bolcheviques no empezaron a reconstruir la sociedad sino una década después, cuando se inició el Primer Plan Quinquenal, que tuvo un éxito sensacional. Creo que esta tardanza se explica por tres motivos: la necesidad de pelear contra las 14 fuerzas invasoras extranjeras, sí como contra los enemigos internos, tanto reales como imaginarios; la creencia en el determinismo histórico de Hegel y Marx; y el hecho de que el único revolucionario comunista con experiencia empresarial fue Engels, muerto dos décadas antes de la Revolución de Octubre. Todos los revolucionarios de Octubfre fueron, o bien intelectuales, o bien revolcionarios profesionales.
7. Dictadura del proletariado. En 1848 Marx, con ayuda de Engels, inventó el comunismo moderno al concebir el Manifiesto Comunista. Pero lo abortó en 1875 cuando criticó el programa de Gotha, del partido socialista alemán. El primer documento (que no tuvo la menor influencia en su tiempo) proclamó la necesidad e inevitabilidad de la “emancipación universal”, en tanto que el segundo criticó las libertades “burguesas” y propuso que, al subir al poder, los socialistas debían implantar la “dictadura del proletariado”. Tanto Marx como sus sucesores aseguraron que esta dictadura se “marchitaría” con el tiempo, pero no explicaron el mecanismo de semejante marchitamiento: su afirmación fue uno de los tantos dogmas de Marx y sus sucesores. Lo peor del caso es que la dictadura es lo opuesto de la socialización, y que la socialización de las fuerzas productivas es imposible bajo una dictadura. Socializar es compartir, y no hay comunidad allí donde una pequeña minoría, tal como un partido político, impone sus intereses y sus ideas a la mayoría de la gente.
Marx remplazó su noble idea inicial, de emancipar a todo el mundo y construir una sociedad de socios, por la idea siniestra de la dictadura del proletariado. Ya sabemos que ésta acabó en desastre y, para peor, desacreditó al socialismo.
Termino. Los socialistas tienen dos caminos posibles. Uno es repetir los crímenes del socialismo estatista y los renuncios de la socialdemocracia o socialismo municipal. El otro camino es repensar y rehacer el socialismo como una ampliación de la democracia política, que incluya a todos los subsistemas de la sociedad: la economía, la política y la cultura. Esta es una de las tesis de mi Filosofía política (Barcelona y Buenos Aires: Gedisa, 2009).
Aclaraciones al doctor Mario Bunge

Jordi Soler Alomà

Rebelión

He leído atentamente la réplica publicada en Rebelión (23/07/2010) a mi artículo “Mario Bunge” por parte del homónimo Doctor. Lamentablemente, debo observar que su lectura de mi crítica no ha sido tan atenta, por lo que su réplica incurre en errores debidos a malentendidos.


El Dr. Bunge empieza diciendo que “la más seria de las acusaciones de mi crítico es que cometo la “falacia” de afirmar que algunos de los artículos que publicó el New York Daily Tribune con la firma de Karl Marx fueron escritos por su colaborador, amigo y benefactor Friedrich Engels”. Pues bien, en ningún momento niego yo que eso sea cierto, la falacia que le adjudico al Dr. Bunge es tratar de deteriorar la imagen de Marx con esa aducción, al no especificar que fue el propio Engels quien le pidió a Marx realizar esas contribuciones, en un momento en que Marx tenía trabajos mucho más urgentes e importantes que llevar a cabo.
Comparto con el Dr. Bunge su visión de Althusser, y de la hagiografía marxista, pero estoy convencido, porque es lo que infiero de la naturaleza de sus comentarios sobre Marx (típicos de quienes no han profundizado en su pensamiento), de que no ha leído cabalmente el primer tomo de Das Kapital (especialmente el primer capítulo, en lo cual, a su pesar, coincidiría nada menos que con ¡Althusser!).
Mantengo, por otro lado, mi tesis de que el Dr. Bunge confunde a Marx con los marxistas; pues sus imputaciones a Marx de errores de otros (Engels, Lenin, etc.) no hace más que corroborarlo.
El concepto de alineación en Marx no tiene nada que ver con los alienistas: es, simplemente, la escisión de nuestra especie y la asunción de este hecho como lo natural, pasando a formar parte del contenido a priori de la ideología. Por otro lado, no sé qué tiene que ver la URSS con Marx (otro tópico en el que incurre el Dr. Bunge sistemáticamente).
El Dr. Bunge prosigue su réplica de modo indirecto, exponiendo sus 7 desacuerdos con Marx. El primero no es con Marx, sino con sus “seguidores”, por lo tanto, ya son 6. El segundo es, simplemente, falso: Marx no era ningún devoto de Hegel; la prueba es que fue quien más aplaudió a Feuerbach cuando se atrevió a cuestionar al “gran maestro”, además de que Marx ejerció una dura crítica y la llevó a cabo la negación de la dialéctica hegeliana. Quedan 5.
El tercero es sobre Engels (quedan 4).
Sobre el cuarto, cabe aducir la famosa cita de que una idea se transforma en una fuerza material cuando prende en las masas (quedan 3).
Add 5: efectivamente, Marx dijo que lo más urgente era transformar la realidad, pero también dijo que sin una buena teoría no puede haber una buena práctica (quedan 2).
Add 6: Marx bastante trabajo tuvo con gestionar la Internacional y diseccionar el capitalismo en su Das Kapital como para tener que diseñar la sociedad del futuro. Por lo que hace a las afirmaciones de Engels, no son imputables a Marx (queda 1).
Add 7: el típico tópico de confundir el concepto de dictadura del proletariado con las dictaduras unipersonales u oligárquicas (como la financiera que rige ahora el mundo entero) con lo que vigió, por ejemplo, durante el período de la Comuna de París: Francia nunca ha conocido mayor grado de democracia. “Dictadura del proletariado” simplemente significa que el proletariado (que no se trata de una camarilla o de un partido) debe tomar medidas para que la reacción no vuelva a tomar el poder, tal como trágicamente sucedió con la Comuna, puesto que la dictadura del proletariado fue demasiado blanda, y no actuó a tiempo para evitar el ataque de los versalleses ayudados por Bismark; mutatis mutandis, es lo que sucedió, también, en Chile o en España: las fuerzas progresistas no fueron lo suficientemente ágiles para actuar a tiempo contra la reacción (sin olvidar, por supuesto, que ni los fascistas chilenos ni los españoles estaban solos).
Quedan 0.
En consecuencia, el Dr. Bunge no discrepa de Karl Marx, sino quizás de su fantasma (que aún “recorre Europa”).


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