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Decadencia y Caída del Imperio Freudiano


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A primera vista un obsesivo lavado de manos y otros rituales de limpieza pueden parecer una forma de desorden particularmente poco seria, pero en realidad tienen un efecto destructivo en la capacidad de una persona para enfrentarse a la vida, conservar un empleo o mantener una familia. Un hombre que sufra este desarreglo es incapaz de salir a trabajar, porque pasa demasiado tiempo en sus rituales de limpieza, y tiene las mayores dificultades en llevar cualquier tipo de vida familiar, por la misma razón. A consecuencia de sus rituales y su forzoso aislamiento de la sociedad, el enfermo a menudo padece ansiedad, se deprime e incluso desarrolla tendencias suicidas. El desarreglo es, pues, verdaderamente serio, y además se ha demostrado hasta la fecha como completamente resistente al tratamiento, tanto psicoterapeútico como físico.
Esta es otra razón por la cual este desorden ha sido escogido como un ejemplo de la aplicación de la terapia conductista y de sus principios. Esta razón se relaciona con una objeción hecha a menudo a la terapia conductista, concretamente de que se basa en principios condicionantes derivados principalmente de la experimentación con animales, y que las neurosis humanas son demasiado complejas para seguir un modelo tan simple. Una razón para escoger la neurosis obsesiva-compulsiva como ejemplo, es que existe un buen modelo animal del cual se ha tomado el tratamiento; esto demostrará que la objeción no es realista. No podemos decidir a priori qué nivel de complejidad debe alcanzar un tratamiento para tener éxito; sólo el estudio empírico nos lo puede decir. Si el tratamiento es clara e inequívocamente coronado por el éxito, entonces no cabe duda de que las objeciones teóricas deben perder su fuerza.
El paradigma experimental del cual se deriva el tratamiento es el siguiente. Un perro es colocado en una habitación (o una caja grande) dividida en dos por en medio por una valla; cada mitad del cuarto tiene un suelo hecho de barras de metal que pueden ser electrificadas para dar un shock a las patas del perro. Además, el cuarto contiene una lámpara que da luz y se apaga alternativamente; este es el estímulo condicionado; el shock eléctrico es el estímulo incondicionado. El experimento procede cuando el estímulo condicionado se ilumina; diez segundos más tarde al perro se le da un shock eléctrico, y él rápidamente salta la valla hacia el lado seguro del cuarto. La luz se apaga y después de un rato se enciende de nuevo; diez segundos más tarde, la parte previamente segura del cuarto es electrificada, y el perro salta otra vez la valla, hasta la otra parte del cuarto. Pronto aprende a saltar en el momento en que se produce el shock, y poco después salta cuando viene el estímulo condicionado, y antes de que se de el shock eléctrico. El perro está, ahora, condicionado, y el experimentador quita la conexión eléctrica de manera que el perro ya no vuelve a sufrir más shocks. No obstante, continuará saltando con el estímulo condicionado una docena de veces, cien veces, incluso mil veces; en otras palabras, ha adquirido un hábito obsesivo-compulsivo que es persistente y que no desaparecerá por sí solo. La semejanza con el lavado de manos obsesivo-compulsivo del paciente es obvia. El paciente se lava las manos con objeto de calmar la ansiedad relativa a la contaminación; el perro salta para calmar la ansiedad relativa a la posibilidad de recibir un electroshock. En realidad la contaminación no afectará al paciente, y el perro no recibirá un electroshock; de ahí que ambos hábitos sean irreales e inadaptados. No obstante, son muy fuertes y difíciles de erradicar. Ya hemos visto esto con los pacientes humanos; para los perros, también, es difícil de desarraigar este hábito neurótico que se les ha creado. Por ejemplo, un experimento que se ha probado consiste en volver a conectar la electricidad, y electrificar, no la parte del cuarto en la cual se halla el perro, sino la parte a la cual salta para buscar su seguridad. Esto, no obstante, no resulta; simplemente aumenta el nivel de ansiedad del perro y le hace saltar más pronto y con más energía.
¿Cómo podemos, pues, curar al perro?. La respuesta es: mediante lo que los terapeutas conductistas llaman «inundación con prevención de réplica». He aquí lo que se hace. La valla de en medio del cuarto es levantada tan alto que el perro no pueda saltar por encima de ella. Entonces se aplica el estímulo condicionado, y produce un considerable grado de ansiedad en el perro. Ladra, corre alrededor de su parte del cuarto, trata de escalar las paredes, orina y defeca, dando señales de extremado temor. Esta es la parte de « inundación » del experimento; el perro está inundado por la emoción provocada por la aparición del estímulo condicionado. En circunstancias normales saltaría por encima de la valla, o huiría, o evitaría, de cualquier otra manera, el estímulo condicionado, pero esto es, ahora, imposible, debi­do al método de prevención de réplica, es decir, elevando tanto la valla que el perro no puede saltarla.
Esta primera demostración de extremado pánico pronto da paso a una conducta menos temerosa; gradualmente el perro se va calmando y después de una media hora, aproximadamente, parece relajarse; en otras palabras, se ha desensibilizado ante la situación, y se ha producido una cierta extinción. Si se repite el experimento un cierto número de veces, el perro estará curado. Podrá bajarse otra vez la valla, y aunque se ponga de nuevo en marcha el estímulo condicionado, ya no se molestará en saltar.
¿Cómo podemos adaptar este método al enfermo humano de lavado de manos obsesivo-compulsivo?. La respuesta es muy simple. El terapeuta le explica exactamente al paciente lo que va a hacer, y las razones para utilizar este particular método de tratamiento. El enfermo, entonces, da su consentimiento para someterse a tal tratamiento: se le da el derecho a escoger otra forma de tratamiento de su preferencia. Entonces es introducido en el cuarto de tratamiento, que no contiene más que una mesa y dos sillas, una para el terapeuta, y otra para el enfermo. Sobre la mesa hay una urna llena de polvo, arena y basura. El terapeuta sumerge sus manos en esa basura y saca parte de ella fuera de la urna, y luego le dice al paciente que haga exactamente lo mismo. El enfermo obedece, pero inmediatamente su ansiedad se excita, y quiere irse y lavarse las manos. El terapeuta le dice que no haga esto, y que se quede sentado, con sus manos llenas de basura. Esto produce la misma clase de «inundación» con emoción, tal como le sucede al perro en el cuarto experimental, pero, igualmente, el miedo va desapareciendo gradualmente, y después de una hora o dos el enfermo se sienta en su silla, con expresión todavía infeliz, pero, sin embargo, con su miedo y su ansiedad notablemente reducidos. Cuando no parece mostrar, ya, ninguna emoción en absoluto, el experimento se da por terminado, y entonces se le permite irse y que se lave las manos. Este procedimiento se repite un número de veces durante un período de dos o tres meses, a una cadencia de dos repeticiones por semana, y, según la teoría, el enfermo debiera estar curado al final. ¿Es esto verdad?.
S. Rachman y R. Hodgson, en su libro «Obsesiones y Compulsiones», dan una relación detallada de sus experimentos con este método de tratamiento, y la respuesta es que entre el 85 y el 90 por ciento de los pacientes mejoran mucho, o se curan por completo. Además, el seguimiento demuestra que no muestran síntoma alguno de recaída y que no hay evidencia alguna de sustitución de síntomas. Por otra parte, su vida laboral y familiar continúan mejorando una vez terminado el tratamiento, y el nivel general de ansiedad y depresión se reduce. Según los relatos de los enfermos y de sus familias, el tratamiento es eminentemente exitoso. Esto no es lo que Freud hubiera predicho, y en cuanto contradice sus pretenciosas suposiciones sobre las consecuencias del «tratamiento puramente sintomático», el experimento debe ser considerado como una prueba concluyente contra las teorías psicoanalíticas.
Obviamente, un simple examen no basta para establecer la superioridad de la terapia conductista. Los lectores encontrarán una amplia reseña de toda la literatura sobre el tema en un libro de A. E. Kazdin y G. T. Wilson « Evaluación de la Terapia Conductista: Fuentes, Evidencia y Estrategia de Investigación». Ahora la evidencia es netamente convincente en el sentido de que los métodos de la terapia conductista no sólo tienen más éxito que cualquier otro tipo de psicoterapia, sino que también funcionan con mucha más rapidez; nunca se trata de años, sino de meses, e incluso semanas, para que aparezca el éxito. La inexistencia de recaídas y de sustituciones de síntomas en la terapia conductista, a pesar de las drásticas predicciones hechas por Freud y los psicoanalistas, es uno de los argumentos más probatorios contra la teoría psicoanalítica. ¡Cuán extraño que los que son incapaces de curar ni siquiera los síntomas, acusen a los terapeutas conductistas de sólo curar síntomas!.
La teoría del condicionamiento y la extinción de las neurosis nos permite explicar muchos hechos que, de otro modo, serían muy misteriosos. Es, aparentemente, cierto que la mayoría de tipos de psicoterapia (de los cuales hay, ahora, centenares) son razonablemente exitosos, es decir, que los pacientes mejoran. Esto sucede a parte de la particular teoría abogada por el fundador del tipo de terapia en cuestión y ocurre igualmente en casos de remisión espontánea. Tal vez lo que necesita explicación más que nada es la ocurrencia de la remisión espontánea; una vez podemos explicar eso, podremos explicar el éxito de los diferentes medios de terapia bajo esquemas similares. ¿Puede hacerse esto con el esquema de la teoría de la extinción?.
Consideremos lo que sucede realmente en los casos de la remisión espontánea. El paciente lleva sus problemas a un sacerdote, a un maestro, un doctor, o amigos o parientes; en cualquier caso, lo que hace es una imitación relativamente pálida del proceso de desensibilización ya descrito. La persona con la que habla será, por lo general, compasiva, amistosa y deseosa de ayudar; esto hace descender el nivel general de ansiedad, El paciente se encontrará, así, en un estado de relajación, y tenderá a discutir sus problemas empezando por los que le provocan menos ansiedad, y luego, poco a poco, siguiendo con los más serios. Naturalmente, el proceso no puede tener tanto éxito como la terapia conductista, porque no se lleva a cabo sistemáticamente, pero cuanto más se parezca a la desensibilización, más útil será. Según este esquema, al parecer, puede explicarse el relativo éxito de la «remisión espontánea», que en tal caso puede verse que no es «espontánea» en absoluto, sino que más bien se debe a un proceso muy parecido al de la terapia conductista.
Exactamente la misma clase de cosa sucede cuando el paciente visita a un psicoterapeuta, de cualquier escuela; también aquí tenernos un oyente compasivo y amistoso, deseoso de ayudar y congeniar, y también al paciente contando su historia, quejándose de sus dificultades y, en general, exponiendo sus ansiedades. Aquí, también, el proceso debiera tener menos éxito que la desensibilización por no haber sido adecuadamente programado, pero por lo menos debiera te­ner tanto éxito como los procedimientos de remisión espon­tánea. Si recordamos que Smith, Glass y Miller mostraron que la duración del entrenamiento del terapeuta no marca
ninguna diferencia, podemos muy bien extrapolar este hallazgo para incluir entre los terapeutas a los sacerdotes, maestros, doctores, amigos y parientes del enfermo, que no tuvieron una formación sistemática, pero cuya mera presen­cia y deseos de escuchar debieran provocar el proceso de de sensibilización. La formación o entrenamiento que los psico­terapeutas de las diversas tendencias tuvieron estará acorde con la teoría particular que ellos siguen, y esto, como he­mos visto, no tiene nada que ver con el éxito del tratamiento.
Así, podríamos decir que la teoría de la extinción explica to­dos los fenómenos acontecidos, lo que no es el caso con nin­guna otra teoría alternativa.
Una pregunta que se plantea a menudo es cómo es posible que tantos enfermos y tantos terapeutas estén convencidos del valor del psicoanálisis como técnica curativa, cuando objetivamente hay tan pocas pruebas en su favor. La respuesta probablemente reside en el bien conocido experimento, llevado a cabo en primer lugar por B. F. Skinner, sobre los orígenes de la superstición. Puso a un grupo de pichones en una jaula grande, y luego los dejo allí toda la noche. A intervalos irregulares un mecanismo automático arrojaba dentro algunos granos de maíz. Por la mañana Skinner observó que algunos pichones se conducían de una manera muy anormal. Uno se paseaba por la jaula con la cabeza hacia arriba, otro daba vueltas en círculo con una ala en el suelo, y un tercero estaba levantando constantemente su cola. ¿Qué había sucedido?. La respuesta, en términos de condicionamiento, es esta: los pichones se movían de diversas manera cuando el grano les era súbitamente echado dentro de la jaula; inmediatamente se lo tragaban. Según la teoría del condicionamiento, el grano actuaba como un refuerzo de lo que el pichón estaba haciendo en aquel momento. En este caso, un pichón tenía la cabeza levantada, en aquel preciso instante, otro tenía una ala apoyada en el suelo, y un tercero estaba levantando la cola. Los pichones probablemente repitieron estos modos de conducirse una y otra vez, y la siguiente vez que los granos de maíz les fueron arrojados en la jaula, tales hábitos particulares fueron nuevamente reforzados. Cuando, al repetir los movimientos, los pichones se dieron cuenta de que se les volvía a echar maíz, se quedaron convencidos de que esto sucedía a causa de sus movimientos. Así, una superstición particular se desarrolló en esos pichones, y Skinner argumenta que la creencia de enfermos y terapeutas sobre la eficacia de la psicoterapia descansa en una base similar. Como los enfermos mejoran en cualquier caso, como queda demostrado por la prevalencia de la remisión espontánea, atribuyen esta mejora al tratamiento, y lo mismo hace el terapeuta, aun cuando realmente no haya ninguna relación entre los dos. Cuando tal estado de satisfacción es alcanzado, el paciente es dado de alta como «curado»; el hecho de que a menudo empeore más adelante ya no concierne al terapeuta, y no hace variar sus convicciones. Tales creencias supersticiosas son muy difíciles de desarraigar; su persistencia sin fundamento y su impenetrabilidad al razonamiento o a la experiencia indican su origen irracional. Una de las paradojas de la psicología es que el psicoanálisis, que pretendió introducir ideas científicas y racionales en el irracional y emocional campo del desorden mental, esté sujeto a esta superstición condicionada. Que ellos hayan sido capaces de convencer a la gente normal de la verdad de sus teorías y la eficacia de sus métodos de tratamiento es uno de los milagros de la época.
Hans J.Eysenck: Decadencia y Caída del Imperio Freudiano

Hans J. Eysenck: Decadencia y Caída del Imperio Freudiano


CAPITULO CUARTO

FREUD Y EL DESARROLLO DEL NIÑO


Razonan teóricamente, sin demostración experimental,

y el resultado son errores.



Michael Faraday
Habiéndonos ocupado de la efectividad de la terapia freudiana, debemos ahora volver a sus teorías relativas al origen de los síntomas neuróticos. Según Freud, «sólo los impulsos de deseos sexuales desde la infancia pueden proporcionar la fuerza motivadora de la formación de síntomas psiconeuróticos». Según ello, es preciso ocuparse en este capítulo de la teoría de Freud sobre el desarrollo del niño; esto nos dará también una oportunidad de ocuparnos del grado hasta el cual las teorías freudianas pueden poseer un carácter genuinamente empírico, y también de examinar la opinión de Karl Popper, que asegura que el psicoanálisis es una pseudo-ciencia porque no hace predicciones falsificables. También tendremos oportunidad de ocuparnos del caso del «pequeño Hans», que es generalmente considerado como el primer psicoanálisis de niños, Y es homologado como uno de los grandes éxitos de Freud. Trataremos de comprobar hasta qué punto esto es verdad, y si las teorías alternativas no podrían explicar mejor los hechos de los síntomas neuróticos del pequeño Hans.
Es interesante empezar teniendo en cuenta el dicho de Popper referente a la falta de falsificabilidad de las doctrinas freudianas. A primera vista parecería que Popper debe estar equivocado. Hay deducciones que pueden, ciertamente, extraerse de la teoría de Freud, y las tales pueden ser empíricamente falsificadas. Uno de esos ejemplos es su predicción de que el tratamiento «orientado al síntoma» debiera ser siempre seguido por un retorno del síntoma o por una sustitución de síntoma. Tal como hemos visto, esto no es así, y por lo tanto constituye una refutación de un aspecto fundamental de la teoría freudiana. Pero ocuparse solamente de la falsificabilidad es comprender mal a Popper. Popper también caracteriza como pseudo-científicas «algunas teorías genuinamente comprobables que cuando se demuestra que son falsas todavía son sostenidas por sus admiradores ». Lo que es característico de la obra freudiana es algo a la vez más original, más peligroso y más difícil de refutar que una simple infalsificabilidad. Frank Cioffi, en su ensayo sobre « Freud y la Idea de la Pseudo-Ciencia », ha subrayado muy bien este punto. Menciona que hay un montón de peculiaridades de la teoría y la práctica psicoanalítica que son aparentemente gratuitas y sin relación entre sí; que sugiere que las tales pueden ser comprendidas como manifestaciones de un impulso simple, concretamente la necesidad de evitar la refutación. Nombra un cierto número de tales peculiaridades referentes a la aparente diversidad de las maneras por las cuales lo correcto de las pretensiones psicoanalíticas es reivindicado -observaciones sobre la conducta de los niños, investigaciones sobre los rasgos distintivos de la historia sexual, o infantil de los neuróticos, en espera del resultado de las medidas profilácticas basadas en las conclusiones etiológicas de Freud- y hace notar que todas ellas convergen en una sola que, en última instancia, demuestra ser ilusoria, concretamente la interpretación. Este proceso de interpretación ha sido formulado por el mismo Freud de diversas maneras, tales como «traslación de procesos inconscientes a procesos conscientes», «llenar el vacío de la percepción consciente», «construir una serie de eventos conscientes complementarios a los eventos mentales inconscientes», e «inferir las fantasías inconscientes de los síntomas y entonces (permitir) al enfermo ser consciente de ellos».
Como observa Cioffi, «es característico de una pseudo-ciencia que las hipótesis que la componen permanecen en relación asimétrica con las esperanzas que generan, permitiendo que sirvan de guías y luego ser reivindicadas cuando hay éxito pero no desacreditadas cuando hay fracaso». En otras palabras, una pseudo-ciencia quiere tener su pastel y comérselo también; cuando las observaciones y experimentos son favorables, son aceptados como pruebas, pero, cuando son desfavorables y parecen desmentir la hipótesis en cuestión, entonces son rechazadas como irrelevantes. Cioffi utiliza la teoría de Freud sobre el desarrollo de la infancia para ilustrar el fuerte deseo de Freud de evitar la refutación. El terreno ha sido bien escogido, y, como veremos, hay mucho en apoyo de la opinión de Cioffi.
Es interesante observar que, según Popper, otro famoso pseudocientífico, Karl Marx, se basó también, extensamente, en la interpretación, más que en la comprobación directa a través de hechos observables. En su caso la hipótesis era que el proletariado estaba en la vanguardia del proceso histórico, pero sus deseos y planes debían ser «correctamente» interpretados para ser aceptables desde el punto de vista marxista, y ¿quién estaba mejor preparado para hacer esas interpretaciones que la vanguardia marxista, constituida en el Partido Comunista?. El hecho de que dichas interpretaciones guardaran muy poca relación con los deseos y las opiniones expresadas por el proletariado no parece haber preocupado en absoluto a Marx o a sus sucesores, del mismo modo que Freud tampoco se preocupó nunca por el hecho de que sus interpretaciones fueran a menudo consideradas inaceptables por sus pacientes e improbables por sus críticos. No hay un criterio último ante el cual puedan confrontarse los valores reales de la interpretación si uno se fía más de esta que de hechos observables.
La teoría de Freud sobre el desarrollo de la infancia, es bien conocida, pero sus detalles deben ser expuestos someramente. El niño tiene un deseo innato de tener relación sexual con su madre, pero se siente amenazado en la ejecución de estos deseos por el padre, que parece tener derechos de prioridad sobre la madre. El niño desarrolla ansiedades de castración al darse cuenta de que su hermana no posee un pene, el maravilloso juguete que tanto significa para él, y su miedo agravado le hace rendirse y «reprimir» todos esos deseos inconvenientes, que viven, como el famoso Complejo de Edipo, en el subconsciente, promocionando toda suerte de terribles síntomas neuróticos en la vida posterior. Este Complejo de Edipo asume el papel central en las especulaciones freudianas, y luego veremos si hay, o no, alguna evidencia empírica y observativa que lo corrobora. Hay otros matices en el relato freudiano pero probablemente ya se ha dicho lo suficiente para dar al lector una idea de la clase de teoría que Freud desarrollaba.
Estos relatos son bien sobrecogedores y ciertamente asustaron a los primeros lectores de Freud. Son importantes a causa de su valor explicativo por lo que concierne a los orígenes de las neurosis y la evidencia que proporcionan sobre la validez de los métodos psicoanalíticos. Freud obviamente creyó que estas reconstrucciones eran características de la infancia en general, y podrían ser confirmadas por la observación contemporánea de los niños, Como él mismo dijo: «Puedo aludir con satisfacción al hecho de que la observación directa ha confirmado plenamente las conclusiones extraídas por el psicoanálisis, aportando así una buena evidencia para la credibilidad de este método de investigación». Mantuvo en muchas ocasiones que sus tesis referentes a la vida sexual del niño podían ser demostradas por la observación sistemática de la conducta de los niños.
Así, en el caso de la historia del pequeño Hans, del cual volveremos a ocuparnos, se refiere a la observación de los niños como «una prueba más directa y menos complicada de estas teorías fundamentales ». También se refiere a la posibilidad de «observar al niño de cerca, en primer lugar, en pleno frescor de la vida, los impulsos sexuales y las tendencias innatas que excavamos tan laboriosamente en el adulto entre sus propios escombros». En otro lugar sostiene que «se puede observar fácilmente» que las niñas pequeñitas consideran su clítoris como un pene inferior, y sobre la fase edípica escribe: «En ese período de la vida esos impulsos aún continúan inhibidos como deseos sexuales correctos. Esto puede confirmarse tan fácilmente que sólo con los mayores esfuerzos es posible soslayarlo».
La más concisa confesión de que la observación profunda de los niños corrientes puede corroborar las teorías psicoanalíticas se encuentra en esta declaración de Freud:
Al principio mis formulaciones referentes ala sexualidad infantil se basaban casi exclusivamente en los resultados de los análisis en los adultos... Fue, pues, un gran triunfo cuando fue posible, unos años más tarde, confirmar casi todas mis inferencias mediante la observación directa y el análisis de los niños, un triunfo que perdió una parte de su magnitud cuando fuimos dándonos cuenta gradualmente de que la naturaleza del descubrimiento era tal que más bien deberíamos sentirnos avergonzados de haber tardado tanto en darnos cuenta. Cuanto más llevábamos a cabo estas investigaciones sobre los niños, más evidentes aparecían los hechos y lo más sorprendente eran los esfuerzos que se habían hecho para no darse cuenta.
En otras palabras, la observación profunda basta para verificar las teorías freudianas, y uno debe preocuparse en mirar a otro lugar para no darse cuenta de estos hechos.
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