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Decadencia y Caída del Imperio Freudiano


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¿Qué tenía que decir el mismo Hombre Lobo sobre ello?.
Obholzer comienza la serie de conversaciones con el Hombre Lobo, citándole: «Usted sabe, me siento tan mal, he tenido tan terribles depresiones últimamente... Usted pensará probablemente que el psicoanálisis no me hizo ningún bien». Esto no suena como un gran éxito para la terapeútica adoptada, y leyendo el libro con detalle se ve muy claramente que en efecto el tratamiento de Freud no hizo nada por la salud mental del enfermo o sus síntomas; ambas continuaron con sus altibajos durante esos sesenta años, después de haber sido dado por «curado» por Freud, como si no le hubiera tratado en absoluto. Este caso ilustra perfectamente la necesidad de hacer un seguimiento a largo plazo: no se puede pretender el éxito a menos que quede demostrado que los síntomas, no sólo han desaparecido, sino que continúan ausentes después de un largo período de tiempo. Es bien sabido que Freud acusó a los terapeutas que usaban otros métodos de tratamiento de provocar recaídas, y declaró que su método era el único que, al eliminar los complejos subyacentes, no estaba sujeto a tales recaídas. Pero el caso del que él se sentía particularmente orgulloso y citaba repetidamente como ejemplo del valor terapeútico del psicoanálisis, fue gratificado con repetidas reapariciones de los síntomas originales, con muy serias recaídas y, en general, con una continuación del mal del que Freud declaró a su paciente como «curado».
En el caso de «Anna O. » otro gran éxito fue reivindicado por Freud y sus seguidores, pero como ha hecho observar H. F. Ellenberger en su libro « El Descubrimiento del Incons­ciente», esto es una visión completamente errónea del asun­to. Jung, que conocía bien los hechos, ha sido citado como manifestando que ese famoso caso, «del que tanto se ha hablado como ejemplo de brillante éxito terapeútico, no fue, en realidad, nada de eso... No hubo curación en absoluto en el sentido en que se presentó originariamente. «Ciertamen­te, como ya se ha dicho antes, Anna O. no sufría de ninguna neurosis, sino de meningitis tuberculosa; la interpretación de esa enfermedad muy real en términos psicológicos, y la pretensión de haberla curado es un absurdo que ilustra la irresponsabilidad que puede llegar a cubrirse con el nombre de psicoterapia. Thornton, en su libro «Freud y la Cocaína», dedica muchas páginas a este caso y deja perfectamente cla­ro que Freud dio una versión completamente falsa de este asunto, y que ocultó el hecho de que la chica no había sido curada por el método «catártico»... un hecho que él conocía bien. Este simple hecho hace pensar; los historiales de casos, aun cuando insuficientes para demostrar una teoría, pueden ilustrar la aplicación de un método de tratamiento.
Pero cuando el autor, de manera completamente consciente engaña al lector sobre hechos vitales del caso, tales como el resultado final, ¿cómo pueden tomarse en serio tales historiales de casos?... y, sobre todo, ¿cómo puede créersele otra vez?.
El grado excesivo de especulación que Freud introdujo en la tarea de interpretar los sueños, palabras y actos de los pacientes queda claramente revelado en su estudio de un magistrado alemán, Daniel Paul Schreber. Esto tiene su interés, no sólo a causa de la fama que alcanzó al sugerir la homosexualidad como rasgo causal en la paranoia, sino también porque muestra cuán fácilmente Freud negligió sus propios preceptos. Para la comprensión de los síntomas y enfermedades de los pacientes, precisaba el análisis detallado y la interpretación de los sueños y otros hechos, en la línea de la libre asociación; no obstante, en este caso, ni siquiera llegó a ver al enfermo y se basó exclusivamente en las memorias escritas por el mismo. Schreber, un hombre de gran inteligencia y capacidad, pasó diez años en instituciones frenopáticas a consecuencia de una grave enfermedad mental. Después de curarse publicó una larga narración de sus desvaríos, pero omitió datos sobre su familia, su infancia, y la historia de su vida antes de su internamiento... todo lo que uno hubiera considerado como esencial desde el punto de vista de una interpretación psicoanalítica. El mismo relato de la enfermedad no mencionaba su desarrollo cronológico sino que se limitaba a mencionar la forma final que adoptó. Más decepcionante aún es el hecho de que los editores censuraron la parte de los escritos de Schreber que hubiera sido la más importante desde el punto de vista psicoanalítico.
No obstante, muchas ideas ilusorias permanecen en estos escritos. Así Schreber explica cómo conversaba con el sol, los árboles y los pájaros; cómo le hablaba Dios en alemán antiguo; cómo casi todos los órganos de su cuerpo habían sido cambiados; cómo iba a llegar el fin del mundo, y cómo Dios le había escogido a él para salvar a la Humanidad. Freud se concentró en dos ilusiones particulares que le parecieron fundamentales: la creencia de Schreber de que él se hallaba en el proceso de ser cambiado de hombre a mujer, y su queja de haber sufrido ataques homosexuales de parte del neurólogo Flechsig, que le había tratado en primer lugar.
Apoyándose en una base tan precaria, Freud asumió que una homosexualidad reprimida era la causa de la enfermedad paranoica de Schreber y esto lo aplicó a todas las enfermedades paranoicas, declarando que eran debidas a una homosexualidad reprimida. Según Freud, el papel del objeto del amor homosexual que era la causa, fue interpretado primero por el padre de Schreber, luego por Flechsig, y finalmente por Dios, o el sol. Freud sostuvo que los orígenes de esta condición, se remontaban a un conflicto de Edipo en la infancia, en la cual Schreber, por miedo a la castración, había sufrido una fijación de sumisión sexual a su padre. Este deseo inconsciente fue ocultado por el adulto Schreber mediante una serie de mecanismos psicoanalíticos de defensa. Esto trajo como consecuencia la conversión en lo opuesto: odio; y luego en la proyección y desplazamiento del odio, lo que le llevó a la creencia de que los demás le odiaban. Así tenemos una cadena de complejos de los que los psicoanalistas llaman proyecciones. El paciente niega la frase «Le amo» y la sustituye por «No le amo», «Le odio», «Porque él me odia y me persigue».
Hay críticos que han hecho observar que la desviación sexual de Schreber, era transexualidad más que homosexualidad y que su enfermedad mental era esquizofrenia, no paranoia. Lo que me interesa en este caso, no es tanto un diagnóstico alternativo o una explicación de la conducta y la enfermedad de Schreber, sino más bien hacer notar cómo Freud construía grandiosos esquemas y teorías sobre bases fácticas tan pequeñas y poco fiables... ¿cómo podían tomarse como hechos las vagas memorias de un esquizofrénico, enmendadas por un editor que suprimió muchos hechos importantes, y no remitirse a las etapas de la enfermedad que había precedido a la crisis?. Y aún más, ¿cómo podría comprobarse una teoría de clase tan compleja?: Los hombres de ciencia tienen derecho a especular y a formular nuevas teorías, pero en el caso de Freud la relación de los hechos con la especulación es irracionalmente pequeña, y el caso de Schreber ilustra mejor que nada él abismo entre los hechos y la teoría.
Cuando se examinan de cerca los otros casos tratados por Freud no se presentan mejor, pero no me ocuparé de detalles que son descritos en otros libros por competentes historiadores médicos y psiquiátricos, tales como Thornton. No obstante, en el capítulo 4 examinaremos con más detalle otro caso, el del pequeño Hans, que se supone haber establecido la práctica psicoanalítica de la terapia infantil. Por el momento, nos limitaremos a concluir que incluso si en casos individuales pudiera establecerse el valor de un tratamiento determinado, los pocos casos extensamente presentados por Freud deben ser considerados no como relevantes éxitos, sino más bien como fracasos terapéuticos y probablemente diagnósticos. ¡Si esto es lo mejor que se puede aducir en pro del tratamiento psicoanalítico, nos preguntamos qué diría un observador experimental y crítico.
Hay una posibilidad, empero, que aún no hemos mencionado, pero que es muy pertinente para una evaluación de la psicoterapia freudiana. Si la teoría fuera verdadera entonces parecería deducirse que la percepción parcial o completa obtenida por el paciente sería inmediatamente seguida por la desaparición de los síntomas, y ciertamente los psicoanalistas a menudo aseguran que esto es así. El mismo Freud pronto se dio cuenta de que no existía tal correspondencia. Había, ciertamente, una pequeña correlación entre la memoria (y frecuentemente el empeoramiento) de la condición del enfermo y las sedicentes «percepciones» provocadas por la terapia psicoanalítica. Freud no pareció preocuparse demasiado por esto y trató de argüir que tal vez esta falta de relación no era demasiado importante. No obstante, desde el punto de vista de la evaluación del proceso terapéutico, suprime la última posibilidad por la cual el tratamiento del paciente individual podría demostrar la eficacia de una teoría determinada mediante un tipo particular de tratamiento. Una congruencia espectacular entre la percepción y la recuperación debe servir como sólida indicación de lo correcto de una teoría; su ausencia casi completa debe arrojar serias dudas sobre la misma.
Antes de ocuparnos, en el próximo capítulo de las pruebas clínicas que se han llevado a cabo sobre la psicoterapia en general, y el psicoanálisis en particular, será útil comentar un argumento que es aducido a menudo por los psicoanalistas para justificar sus procedimientos. Ellos dicen que el método posiblemente no elimine los síntomas, pero permite al paciente vivir más felizmente con sus síntomas. Además, aseguran que el análisis «le convierte en una persona mejor», aunque en qué sentido es, de hecho, «mejor», se deja sin definir, y por consiguiente es imposible evaluarlo. Estas pretensiones pueden referirse, o no, a cierta clase de mejoría real del enfermo, pero tampoco hay de ello ninguna prueba seria; de hecho, no existe evidencia de que los psicoanalistas hayan tratado de aducir pruebas experimentales o circunstanciales que apoyen sus afirmaciones. Como en el caso de los síntomas, todo lo que hay es una barrera de pretensiones no demostradas sobre las maravillas que el psicoanalista puede realizar, pero ni una sola prueba de que realmente hace lo que pretende hacer.
Podría aducirse que si no hubiera alternativas para el psicoanálisis y la psicoterapia, el bien que hace tendría más peso que el dinero y el tiempo empleado en él; incluso aunque el enfermo no resulte curado pueden, con todo, derivarse algún consuelo y otros beneficios del tratamiento. No obstante, hay métodos alternativos de tratamiento, mucho más cortos y demostradamente más exitosos, que pueden ser usados para suprimir los síntomas y mejorar las condiciones del paciente; de ellos hablaremos en los próximos capítulos. En estas circunstancias, pues, los alegatos alternativos por parte de los psicoanalistas no son aceptables; no consiguen salvar al psicoanálisis de la acusación de que es inefectivo.
Un problema generalmente omitido por los psicoanalistas, pero que cada vez es más importante, es que el psicoanálisis puede tener efectos negativos muy pronunciados; es decir, que provocan en el enfermo un empeoramiento, más que una mejoría. Hans Strupp y sus colegas, en un libro titulado «Psicoterapia para bien o para mal: el problema de los efectos negativos » discute el problema en profundidad y revelan que hay considerable evidencia de que el psicoanálisis puede producir efectos negativos y que la mayoría de analistas y psicoterapeutas son muy conscientes de este hecho. Se sugiere que tal vez la aparente falta de efectividad del psicoanálisis es debida al hecho de que produce fuertes efectos positivos, pero también negativos, que se compensan entre sí. Si esto fuera cierto, no sería, en verdad, un buen anuncio propagandístico para el psicoanálisis como método de tratamiento; muy pocos pacientes estarían de acuerdo en tomar una píldora que pudiera hacerles sentirse mucho mejor ¡o mucho peor!. (Debe tenerse en cuenta que Strupp ha sido siempre un decidido abogado de la psicoterapia y no puede ser considerado, en modo alguno, como un crítico hostil; para los que creen que todo criticismo es sólo un asunto de resistencia psicológica a la verdad revelada, este puede ser un importante punto de información).
¿Cómo es posible que un tratamiento ideado para suprimir temores y ansiedades y aliviar la depresión y los complejos que se suponen subyacer tales síntomas, pueda, por el contrario, hacer que los enfermos se sientan más ansiosos y deprimidos?. La respuesta es compleja, pero probablemente se relaciona con la personalidad del terapeuta y sus modales. En el siguiente capítulo hablaremos de una teoría alternativa a la freudiana, que demuestra que se puedan curar pacientes neuróticos mediante ciertos métodos que tienden a la reducción directa de la ansiedad, la tensión y las preocupaciones. Se ha demostrado empíricamente que un terapeuta simpático, amistoso y optimista, dispuesto a ayudar y aconsejar al enfermo, probablemente conseguirá reducir sus ansiedades y preparar, así, el camino para un tratamiento coronado por el éxito. Tales pruebas demostrarán también que personalidades diferentes y opuestas -crueles, obsesivas, pesimistas, faltas de interés o de calor- cuyo interés se basa en la interpretación freudiana de los sueños y la conducta, más que aconsejar y ayudar tienen muchas probabilidades de aumentar las ansiedades del paciente hasta límites catastróficos. De modo que1a formación que reciben los psicoanalistas, y la clase de papel que se les enseña a adoptar se oponen al éxito terapéutico y probablemente tendrán efectos negativos en sus pacientes.
Los hechos sobre los efectos negativos del psicoanáli­sis están bien documentados, pero para los lectores no técni­cos verdaderos casos de historiales serán más impresionan­tes y más fáciles de leer. Dos libros se han escrito desde el punto de vista del paciente, describiendo la conducta de los psicoanalistas y sus efectos sobre los pacientes. El primero de estos relatos, titulado simplemente «Crisis», lo escribió un notable psicólogo experimental, Stuart Sutherland, quien narra la historia de su crisis nerviosa y sus desastro­sas aventuras con varios psicoanalistas. Sutherland es no sólo un experimentado y muy leído psicólogo, sino que tam­bién escribe extremadamente bien; su detallada exposición de lo que le sucedió en esos encuentros dará al lector que no
ha sido psicoanalizado una idea de los terribles efectos de la típica actitud psicoanalítica hacia los enfermos que pueden ser llevados a extremos de ansiedad y depresión por sus preocupaciones neuróticas, que no son en absoluto aliviadas por la actitud fría e interpretativa del terapeuta. El relato es horripilante, pero saludable; ilustra con brillantes detalles los rígidos hechos científicos apuntados en los precedentes párrafos.
Otro interesante relato dedicado enteramente a encuentros con cinco psiquiatras es «Si las Esperanzas fueran Engaños», por Catherine York, un pseudónimo que esconde la identidad de una bien conocida actriz. El libro contiene la descripción verdadera de los esfuerzos de una mujer para curarse de su enfermedad mental con la ayuda de la psiquiatría. Muestra la agonía y la confusión experimentada por quien entra en el mundo del psicoanálisis con una ignorancia casi total de sus implicaciones. El título del libro, por cierto, está tomado de un poema de Arthur Hugh Clough; la cita completa es: «Si las esperanzas fueran engaños, los temores serían embusteros ». El lector queda sorprendido por la semejanza de las experiencias de la señora York y de Stuart Sutherland en sus encuentros con los psicoanalistas. Entre los factores comunes se encuentran la aparente falta de simpatía por parte del analista, su frialdad, y su ausencia de simples sentimientos humanos. No importa en este contexto si tales actitudes son asumidas siguiendo reglas freudianas, o si son naturales; el efecto del psicoanálisis y de la psicoterapia, no debiéramos nunca olvidar que el supuesto «tratamiento» puede, de hecho, aumentar seriamente los sufrimientos del enfermo. Esto es una fría advertencia para quien ya esté debilitado por las ansiedades y sentimientos depresivos que le inciten a ir al analista; las esperanzas con que los pacientes entran en el estudio del analista son muy parecidos a los engaños, pero sus temores no serán ciertamente embusteros. Que sea ético permitir a practicantes de la Medicina infligir tales sufrimientos a enfermos desesperados es una cuestión cuya respuesta dejaré al lector.
Los lectores que consideran la psicoterapia freudiana como un benigno, bienintencionado y bondadoso tío que ayuda a sus pacientes en sus dificultades, calma sus temores y es generalmente comprensivo, deberían considerar un caso particular relatado por el mismo Freud, concretamente el de «Dora». La enferma, cuyo nombre real era Ida Bauer, era una brillante y atractiva mujer que acudió a Freud a la edad de dieciocho años, por sufrir desmayos, con convulsiones y delirios, catarros, pérdidas ocasionales de la voz, dificultades de respiración, y una pierna a rastras. Los síntomas sugieren un síndrome orgánico, y, en efecto, Dora había crecido junto a un padre tuberculoso que había contraído la sífilis antes de engendrarla, y tanto el padre como la hija manifestaban virtualmente idénticas molestias asmáticas. Freud se mostró de acuerdo con Dora cuando ella le pidió que tomara en consideración la base sifilítica de sus problemas. El le explicó que cada neurosis encuentra una «anuencia somática» en alguna condición subyacente, y afirmó que, según su experiencia clínica la sífilis de un padre es, por lo regular, «un factor muy relevante en la etiología de la contribución neuropática de los hijos». A pesar de tal presumible origen orgánico de sus molestias, consideró a Dora como otra mujer sin voluntad, que exhibía «una conducta intolerable» y un taedium vitae que probablemente no era del todo genuino. Sin un adecuado examen, Freud diagnosticó que Dora era una neurótica tan pronto como le describió sus síntomas, y el aspecto orgánico de la tos de Dora, según él, era sólo su «estrato más bajo», actuando como «el grano de arena alrededor del cual una ostra forma su perla». En consecuencia, no se preocupó de los síntomas orgánicos o de las indicaciones de la enferma, sino que procedió en la suposición de que la única esperanza de curación radicaba en deshacer las evasiones de la paciente. Según parece, Freud ni siquiera se molestó en someter a Dora a un rutinario examen físico, sino que la sometió a una extraordinaria campaña de hostigamiento mental.
Como observó Janet Malcolm en su libro sobre «El Psicoanálisis, la Profesión Imposible», «Freud trató a Dora como un adversario mortal. La acorraló a gritos, le puso trampas, la empujó hasta los rincones del estudio, la bombardeó con sus interpretaciones, no le dio cuartel, fue tan intratable, a su manera, como cualquier miembro del siniestro círculo familiar de la enferma, fue demasiado lejos y finalmente la echó». (Dora huyó de los análisis a los tres meses). Como ejemplo, consideraremos la reacción de Freud cuando Dora le dijo que recientemente había sufrido un ataque de apendicitis. Él lo negó bruscamente y perentoriamente decidió que la apendicitis había sido, en realidad, una preñez histérica que expresaba sus inconscientes fantasías sexuales. Consideró que sus síntomas asmáticos estaban relacionados con la idéntica condición de su padre, pero sólo en el sentido de que ella debió haberle oído jadear en un acto de copulación. Sus toses, según Freud, no eran más que una tímida canción de amor femenina. Como dice Frederick Crews en un ensayo sobre «El Sistema de Conocimiento de Freud»: «En la sensual mente de Freud, las vaporosas especulaciones eróticas eran de mayor interés diagnóstico que los signos manifiestos de enfermedad mayor». Y continúa diciendo:
En este novelesco caso, Freud, que adopta el papel del infalible detective Dupin, de Poe, es tremendamente severo con Dora. Una de las quejas de la enferma, evidentemente justificada, era que su galanteador padre estaba animando tácitamente al padre de su amante para que se insinuase a ella... una situación en la que la parte menos culpable era ciertamente la sorprendida y asustada muchacha. Pero Freud se empeñó en demostrar que los problemas de Dora eran causados principalmente por su propia mente. Cuando se enteró, por ejemplo, de que años atrás ella se había asqueado al ser sexualmente agredida por ese «hombre, todavía joven y poseedor», él concluyó: «En esa escena... la conducta de esa muchacha de catorce años ya fue entera y totalmente histérica. Yo consideraría una persona incuestionablemente histérica aquella que ante una situación de excitación sexual experimenta sentimientos que fueran preponderantemente o exclusivamente desagradables; y pensaría lo mismo tanto si esa persona fuera capaz o no (sic) de presentar síntomas somáticos».
Freud estaba convencido de que las mujeres con problemas neuróticos eran casi ciertamente masturbadoras, y que no se podía conseguir progreso alguno hasta que se había conseguido una confesión en tal sentido. Aceptando como axiomática la ley de Fliess de que la enuresis periódica es causada por la masturbación, obligó a Dora a admitir que en su infancia se había hecho sus necesidades en la cama hasta pasados los diez años, y sugirió que su catarro, también, «aludía primariamente a la masturbación», y asimismo sus molestias estomacales.
Otro ejemplo de la necesidad obsesiva de Freud de encontrar una explicación sexual para cualquier motivación de la conducta ocurrió cuando él observó que su manía de arrastrar la pierna debía indicar la preocupación de que su preñez imaginaria (imaginada sólo por Freud bajo la enérgica protesta de Dora) era un «paso en falso». Muchos otros absurdos pueden encontrarse en el relato del caso hecho por Freud, donde claramente atribuye a Dora interpretaciones que concuerdan mejor con los complejos del propio Freud. Esos son sólo unos pocos ejemplos de la manera en que Freud trató a Dora. El lector puede imaginar cómo una tal conducta por parte del analista afectaría a una chica emocionalmente inestable de dieciocho años, creciendo en un extraño círculo familiar, sin ayuda por parte de su padre, y perseguida por un hombre libidinoso y agresivo que era amigo de su padre. En vez de encontrar la esperada ayuda y simpatía, halló un adversario hostil y testarudo cuya única finalidad parecía ser humillarla y atribuirle motivos y conductas que le eran totalmente ajenos. Si esto es un prototipo de la fórmula freudiana, entonces no puede sorprender que a menudo sólo sirva para empeorar al enfermo, más que para mejorarle.
En conclusión, observamos que la existencia de teorías y métodos alternativos de tratamiento es muy importante para una evaluación del psicoanálisis, tanto en cuanto a la teoría como al método de tratamiento. En la Ciencia, una mala teoría es mejor incluso que una ausencia de teoría. Se puede mejorar una mala teoría, pero si no se tiene ninguna teoría en absoluto, uno está perdido en una ciénaga de hechos inconexos. Algo parecido ocurre con el tratamiento; cualquier clase de tratamiento es probablemente mejor que ningún tratamiento en absoluto, porque por lo menos crea una esperanza en el enfermo, le hace ver que se está haciendo algo por él, y le hace creer en la posibilidad de una curación. Cuando tenemos teorías y tratamientos alternativos, no obstante, disponemos de un método mucho más poderoso para la evaluación de ambos. Una teoría puede ser cotejada con otra, y pueden llevarse a cabo experimentos para ver cuál es corroborada por los resultados. De manera parecida, la existencia de tratamientos alternativos posibilita comparar unos con otros, y ver hasta qué punto uno es superior. Es por esta razón por lo que en los próximos capítulos estudiaremos teorías alternativas a la freudiana, y examinaremos brevemente el tipo de tratamiento que sugieren. En una evaluación del psicoanálisis, tales comparaciones son vitales. Aumentan nuestro conocimiento y nos permiten formarnos un juicio más seguro sobre el valor del psicoanálisis del que sería posible en ausencia de tales alternativas.
Hans J.Eysenck: Decadencia y Caída del Imperio Freudiano

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