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Decadencia y Caída del Imperio Freudiano


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Tomemos un ejemplo de un bien conocido psicoanalista americano, para ilustrar las dificultades que entraña la correcta interpretación de los sueños según la teoría freudiana. He aquí el sueño: Una joven soñó que un hombre estaba intentando montar un caballo marrón muy vivaracho. Hizo tres tentativas sin éxito; a la cuarta logró sentarse en la silla de montar y empezó a cabalgar. En el simbolismo general de Freud, montar a caballo representa a menudo el coito. Pero el analista basó su interpretación en la asociación del sujeto. El caballo simbolizaba al soñador, cuya lengua materna era la inglesa; y en su infancia le habían dado un apodo, la palabra francesa cheval, y su padre le había dicho que significaba «caballo». El analista observó que su cliente era morena, menuda y vivaracha, como el caballo del sueño. El hombre que intentaba montar el caballo era uno de los más íntimos amigos de la soñadora. Ella admitió que al flirtear con él había llegado tan lejos, que en tres ocasiones él había intentado aprovecharse de la situación, pero que siempre sus sentimientos morales se habían impuesto en el último instante, y se había salvado. Las inhibiciones no son tan fuertes en los sueños como en la vida; en su sueño ocurrió una cuarta tentativa que terminó con la realización del deseo. En este caso, la interpretación de las asociaciones respalda la interpretación simbólica del sueño.
Un psicoanalista francés, Roland Dalbiez, que escribió un libro muy bien conceptuado, «El Método Psicoanalítico y la Doctrina de Freud», afirma que:
En toda la literatura del psicoanálisis que he podido examinar, no conozco un caso más altamente ilustrativo... Si se rechaza la teoría psicoanalítica, se hace necesario afirmar que no hay causalidad de ninguna clase entre la vida en sueño y la vida despierta, sino tan sólo coincidencias fortuitas. Entre el apodo de cheval dado a la soñadora en su juventud y las tres tentativas sin éxito llevadas a cabo por su amigo para seducirla, por una parte, y las tres tentativas falladas hechas por ese hombre para montar al caballo en el sueño, por la otra, no hay ningún lazo de dependencia: esto es precisamente lo que los que rehúsan aceptar la interpretación psicoanalítica están obligados a mantener.
Muchos lectores de interpretaciones de sueños como este se han llegado a convencer de que están de acuerdo con las teorías freudianas, pero ciertamente esto no es así. En la teoría freudiana los deseos en cuestión son inconscientes, pero difícilmente puede pretenderse que una mujer que está a punto de ser seducida tres veces es inconsciente acerca de sus deseos de consumar el coito con el hombre en cuestión. Además, el deseo implicado no es un deseo infantil, sino uno real y bien presente. En otras palabras, la interpretación del sueño no debe nada a la teoría freudiana de la interpretación de los sueños, sino que más bien la contradice. El deseo implicado en el sueño es perfectamente consciente y presente, y esto va totalmente en contra de la hipótesis de Freud. Así nos encontramos ante la rara pero a menudo repetida situación de que los hechos que se nos proponen como prueba de la exactitud de las teorías freudianas sirven, de hecho, para invalidarlas.
Tampoco es cierto decir que los críticos del psicoanálisis se verían forzados a negar todo lazo de dependencia entre el sueño y la realidad. El simbolismo, tal como demostraremos en el capítulo sobre los sueños, ha sido empleado durante miles de años, y a menudo usado en la interpretación de los sueños. La interpretación del sueño basada en el sentido común y su simbolismo parece ser mucho más correcta que la freudiana, que presupone inexistentes deseos infantiles inconscientes. Más adelante nos ocuparemos de este problema con mayor detalle; aquí el ejemplo ha sido citado meramente para ilustrar una estratagema frecuentemente utilizada por Freud y sus seguidores para intoxicar al lector y hacerle creer que un caso particular corrobora los puntos de vista de Freud, cuando en realidad los desmiente. La interpretación de un sueño es aceptada porque tiene sentido basándose en el sentido común y así se impide al lector que piense profundamente sobre la verdadera relevancia del sueño con respecto a la teoría freudiana, que es mucho más compleja y retorcida que lo que una interpretación rectilínea podría sugerir.
Ahora llegamos al último consejo propuesto a los lectores que deseen evaluar la teoría psicoanalítica y la personalidad de su creador. Helo aquí: Al estudiar la historia de una vida, no olvidarse de lo que es obvio. Ilustraremos la importancia de este consejo con referencia a la historia de la vida de Freud, y trataremos de explicar la gran paradoja que nos presenta. Esta paradoja es el súbito e inesperado cambio que ocurrió en Freud a principios de la década de los años 1890. A finales de los años ochenta, Freud era un lector de la Universidad, un asesor honorario del Instituto para las Enfermedades Infantiles, y director de su Departamento de Neurología. Había ya publicado bastante sobre temas referentes a neurología y era un notable neuroanatomista cuya capacidad técnica había sido reconocida. Estaba felizmente casado y tenía una familia -que constantemente aumentaba- que mantener, y se dedicaba lucrativamente a la práctica privada de la Medicina, especializado en enfermedades del sistema nervioso. Era un miembro noconformista de la burguesía, un conservador y un ortodoxo. Todo esto cambió bruscamente a principios de los años noventa.
Este cambio se aprecia muy claramente en su filosofía general; donde previamente había sido extremadamente convencional y victoriano en sus actitudes ante el problema sexual, ahora abogaba por el total abandono de toda moral sexual convencional. Su estilo de escribir cambió, tal como se aprecia en sus publicaciones. Hasta el cambio, sus contribuciones científicas habían sido lúcidas, concisas y conformes con el estado del conocimiento tal como existía en aquella época, pero entonces su estilo se volvió extraordinariamente especulativo y teórico, forzado e ingenioso.
Ernest Jones, el biógrafo oficial de Freud, también nos dice que durante este período (aproximadamente entre 1892 y 1900) Freud experimentó un marcado cambio de personalidad y sufrió de una «muy considerable psiconeurosis, caracterizada por cambios de humor desde una profunda euforia hasta una tremenda depresión y estados crepusculares de consciencia». Durante el mismo período desarrolló inexplicados síntomas de irregularidad cardíaca y aceleración de los movimientos del corazón. Padeció un extraño mal llamado «neurosis de reflejo nasal», y concibió un violento odio hacia su viejo amigo y colega Breuer, mientras al mismo tiempo experimentaba una intensa admiración y devoción hacia otro amigo, Wilhelm Fliess. Y el cambio mayor que ocurrió fue que, cuanto más el impulso sexual se convertía en la piedra angular de su teoría general, menos lo practicaba, de manera que al final del siglo había terminado virtualmente de mantener relaciones sexuales con su mujer.
Otros síntomas de cambio de personalidad, que aparecieron hacia esa época fueron la convicción mesiánica de una misión, la aceptación del mito del héroe (ya mencionado), y la general tendencia dictatorial a gobernar a sus seguidores y expulsarles si expresaban la menor o más ligera duda acerca de la verdad absoluta de sus teorías. Esto, también, difiere totalmente de la conducta del primitivo Freud, que no mostraba ninguno de esos raros e inaceptables rasgos de carácter.
Thornton, basándose en la correspondencia de Freud con Fliess, ha formulado una hipótesis muy clara que explicaría todos esos súbitos cambios en términos de una adicción que Freud desarrolló por la cocaína. Freud había trabajado con la cocaína, la había usado para combatir sus frecuentes jaquecas, y había recomendado entusiásticamente su uso a todos los que quisieran controlar sus estados mentales. Fliess había elaborado una teoría más bien absurda acerca de la cocaína que, según él, era capaz de aliviar drásticamente los dolores de cabeza y otros males mediante la aplicación nasal. Lo que sucede en realidad es que la aplicación de la droga a las membranas mucosas, tales como las del interior de la nariz, resulta una absorción extremadamente rápida, de manera que la droga se incorpora muy pronto a la corriente sanguínea y llega al cerebro con rapidez y prácticamente sin alteración. No cabe duda sobre el hecho de que Freud fue inducido por Fliess a usar cocaína con objeto de curar sus cefaleas y mejorar su «neurosis de reflejo nasal». He aquí lo que dice Ernest Jones sobre ello: Luego, como si hubiera alguna relación en su trato con un rinólogo, Freud sufrió mucho de una infección nasal durante esos años. De hecho, ambos la padecieron (es decir, Freud y Fliess) y un interés poco común fue tomado por ambas partes acerca del estado de las respectivas narices, órganos que, después de todo, habían llamado en primer lugar la atención de Fliess en los procesos sexuales. Fliess operó dos veces a Freud, probablemente por cauterización de los huesos espirales; la segunda vez fue en el verano de 1895. La cocaína, en la que Fliess tenía una gran fe, fue constantemente recetada.
Desafortunadamente, como es natural, este uso de la cocaína fijó un círculo vicioso causando una verdadera patología nasal y empeorando lo que se suponía debía curar, como indica Thornton, «tal patología es concomitante con el uso crónico regular de la cocaína. Necrosis de las membranas, aparición de costras, ulceración y frecuentes hemorragias con las infecciones resultantes, son las invariables secuelas de su uso... La infección de los tejidos ulcerados produce serias infecciones sinoidales, que Freud padeció en la segunda parte de la década». Esta, pues, era la razón del «interés poco común» por las respectivas narices que tanto divertía a Jones en su relato sobre Freud y Fliess. «Ambos hombres habían empezado a sufrir los efectos de la cocaína en el cerebro. De aquí procede la calidad progresivamente extraña de las teorías de los dos conforme transcurría el tiempo».
Hay evidencia directa de esta teoría en los escritos del mismo Freud. Así en « La Interpretación de los Sueños » menciona su preocupación por su propio estado de salud cuando escribe sobre sus pacientes. He aquí lo que escribe: «Hacía un uso frecuente de la cocaína en esa época para aliviar ciertas dolorosas molestias nasales, y había oído unos días antes que una de mis pacientes que había seguido mi ejemplo había contraído una extendida necrosis de la membrana mucosa nasal». Thornton comenta: «El uso de la cocaína por Freud no tenía por objeto únicamente el alivio de un ataque ocasional de migraña. Quedó cogido en la trampa de un círculo vicioso de tomar cocaína para reducir dolores nasales que habían sido realmente causados por la misma droga, los cuales aumentaban con mayor intensidad aun cuando sus efectos desaparecían. El resultado fue el uso casi continuo de la cocaína».
¿Puede esto considerarse como un caso probado?. La evidencia es sumamente circunstancial, pero cualquier lector del detallado y cuidadoso análisis de Thornton encontrará esa evidencia realmente fuerte. Nuevas pruebas adicionales y concluyentes pueden hallarse en la correspondencia de Freud con Fliess, pero la familia de Freud negó a Thornton y a otros investigadores académicos la posibilidad de examinar ese material. Lo que está fuera de toda duda es que los extraños cambios que experimentó Freud corresponden muy precisamente a la clase de cambios, tanto físicos como psicológicos, que se han observado muchas veces en pacientes que sufren adicción de cocaína. Es posible, pues, que estemos equivocados (como Freud y Breuer lo estaban en el caso de Anna O.) al atribuir síntomas de conducta a causas psicológicas y a neurosis; en ambos casos ha debido haber una causa física. Los médicos ortodoxos a menudo omiten las enfermedades psicológicas y las atribuyen a causas físicas, los psicoanalistas incurren en errores similares en la dirección opuesta. Sólo una investigación detallada libre de nociones preconcebidas puede decirnos en cada caso concreto las verdaderas causas del mal.
Hemos dicho ya lo suficiente sobre Freud el hombre, y sobre los peligros de tomar demasiado en serio cualquier cosa que él y sus discípulos hayan dicho. El lector puede ahora sentirse preocupado y desorientado en determinadas cuestiones. ¿Cómo es posible que Freud pudiera ilustrar sus teorías sobre los sueños y el inconsciente en « La Interpretación de los Sueños », usando exclusivamente como ejemplos sueños que se apartaban completamente de su teoría?. ¿Cómo puede ser que muchos de los críticos que él consideraba abiertamente hostiles dejaran de ver lo obvio?. ¿Cómo es que psicoanalistas que ahora han observado ese defecto todavía proclaman que « La Interpretación de los Sueños » es una obra genial?. Hay muchas de estas preguntas que surgen del material aquí analizado; la principal respuesta deberá ser, seguramente, que la teoría de Freud no es científica en el sentido ordinario de la expresión, y que ha sido añadida como un elemento de propaganda, completamente aparte de los hechos del caso, más que en términos de prueba de una teoría científica.
Este esfuerzo propagandístico ha adoptado una forma extraordinaria. Las críticas, por fundadas que fueran, nunca fueron contestadas en términos científicos; los autores de las mismas fueron acusados de ser hostiles al psicoanálisis; hostilidad producida por deseos infantiles y sentimientos neuróticos reprimidos. Tal clase de argumentum ad hominem es contrario a la Ciencia y no puede ser tomado en serio. Sean cuales fueren los motivos de un crítico, el hombre de ciencia debe contestar a las partes racionales de la crítica. Esto no lo han hecho nunca los psicoanalistas; tampoco han considerado hipótesis alternativas a la freudiana, tal como documentaremos en sucesivos capítulos. Tales no son características de la Ciencia, sino de la Religión y la Política. El héroe mitológico de Freud se aparta completamente del papel del hombre de ciencia serio y adopta el del profeta religioso o del líder político. Sólo, pues, en tales términos podemos comprender los hechos analizados en este capítulo. Una comprensión de Freud, el hombre, es necesaria antes de que podamos comprender el psicoanálisis como movimiento. En todo arte, hay una estrecha relación entre el artista y la obra que produjo. No así en la Ciencia. El cálculo diferencial hubiera sido inventado incluso sin Newton, y de hecho Leibniz lo inventó al mismo tiempo, y de manera totalmente independiente. La Ciencia es objetiva y ampliamente independiente de la personalidad; el Arte y el psicoanálisis son subjetivos, e íntimamente relacionados con la personalidad del artista. Como veremos detalladamente más adelante, el movimiento psicoanalítico no es científico en el sentido ordinario de la palabra, y todas las rarezas mencionadas en este capítulo surgen de este simple hecho.
Hans J. Eysenck: Decadencia y Caída del Imperio Freudiano

Hans J.Eysenck: Decadencia y Caída del Imperio Freudiano


CAPITULO SEGUNDO

EL PSICOANÁLISIS COMO MÉTODO DE TRATAMIENTO


El único patrón por el que puede regirse la verdad son sus resultados prácticos.

Mao-Tse-Tung


Para el lego, el psicoanálisis es conocido sobre todo como un método de tratamiento de desórdenes mentales, neuróticos y posiblemente psicóticos. Ciertamente Freud elaboró la teoría y métodos del psicoanálisis, en un principio, para tratar pacientes, y reclamó amplios títulos para tales métodos. El primero de ellos era que el psicoanálisis curaría los desórdenes de los enfermos mentales; el segundo que sólo el psicoanálisis era capaz de ello. Su teoría de la neurosis y la psicosis esencialmente afirma que las quejas con las que el paciente se presenta ante el psiquiatra o el psicólogo son meramente síntomas de otra enfermedad, profunda y subyacente; a menos de qué esa enfermedad sea curada, no hay esperanza para el paciente. Si tratamos de eliminar los síntomas, bien se presentarán de nuevo, bien tendremos una sustitución de síntomas, por ejemplo, la emergencia de otro síntoma, tan molesto como el original, o más aún. De ahí el desdén de Freud por lo que él llamó «curas sintomáticas», un desdén compartido por sus modernos sucesores.
Freud creía que la «enfermedad«, que subyacía bajo los síntomas mostrados por el paciente era debida a la represión de pensamientos y sentimientos que estaban en conflicto con la moralidad y actitud consciente del mismo; los síntomas eran la erupción de esos pensamientos y deseos reprimidos e inconscientes. La única manera de curar al paciente era darle «percepción interior», mediante la interpretación de sus sueños y de sus lapsus linguae, de sus fallos de memoria y sus actos inadecuados todo lo cual, habiendo sido causado por elementos reprimidos, podía ser utilizado para llegar a su origen. Una vez conseguida esa «percepción», y por ello Freud entendía no sólo acuerdo cognitivo con el terapeuta sino también aceptación del nexo causal, los síntomas se desvanecerían y el paciente estaría curado. Sin tal percepción, algún otro tratamiento podría tener éxito suprimiendo los síntomas por algún tiempo, pero la enfermedad permanecería.
Este modelo, tomado desde el punto de vista médico sobre la enfermedad, era muy atractivo para los doctores. Están acostumbrados a oír -y a decir- que uno no debe tratar directamente la fiebre, porque no es más que un síntoma. Lo que debe hacerse es atacar la enfermedad que causa la fiebre, porque ésta desaparecerá una vez la enfermedad haya sido eliminada. Por supuesto, incluso en medicina general la distinción entre enfermedad y síntoma no es siempre clara: ¿una pierna rota es un síntoma, o una enfermedad?. Freud y sus seguidores nunca dudaron sobre la aplicabilidad del modelo médico a los desarreglos mentales, pero, como vamos a ver, su visión no es obviamente cierta, y se han propuesto puntos de vista alternativos.
En años posteriores Freud se fue volviendo claramente pesimista sobre la posibilidad de usar el psicoanálisis como método de tratamiento; poco antes de su muerte declaró que él sería recordado como pionero de un nuevo método para investigar la actividad mental, más que como un terapeuta, y, como veremos, muy graves dudas han ido surgiendo sobre la eficacia del psicoanálisis como método de tratamiento. No obstante, la mayor parte de sus seguidores, debiendo ganarse la vida como psicoterapeutas, han rehusado seguirle en sus conclusiones pesimistas y todavía abogan por la eficacia del psicoanálisis como método curativo. Pocos psicoanalistas aconsejarían hoy su utilización para el tratamiento de psicosis tales como la esquizofrenia y la psicosis maníaco-depresiva. Aquí hay un acuerdo casi universal en que el psicoanálisis tiene poco que ofrecer; donde más se insiste en la utilidad del psicoanálisis es en relación con los desórdenes neuróticos, tales como los estados de ansiedad, desórdenes fóbicos, neurosis obsesionales y compulsivas, histeria y demás. Está claro que los pacientes no pasarían muchos años bajo tratamiento, pagando honorarios exorbitantes, a menos de estar convencidos de que el psicoanálisis puede mejorar su estado o, de hecho, curar sus males. Los psicoanalistas han animado siempre esas esperanzas y continúan pretendiendo tener éxito en el tratamiento de los desórdenes neuróticos, una pretensión que nunca ha sido demostrada como auténtica.
Esta es una acusación severa, y será objeto de este capítulo y del próximo discutir los hechos con detalle y justificar nuestra conclusión. Antes de ello, empero, consideremos brevemente por qué la cuestión es tan importante. Lo es por dos razones. En primer lugar, si fuera realmente verdad el que el psicoanálisis como método de tratamiento no puede hacer lo que se supone hace, entonces ciertamente el interés del público decaería considerablemente. Los gobiernos dejarían de conceder recursos al tratamiento psicoanalítico y a la formación de psicoanalistas. La consideración pública del psicoanalista como un «curandero» de éxito se evaporaría, y sus puntos de vista sobre muchos otros temas serían, tal vez, recibidos con menos entusiasmo una vez quedara claro que no podía tener éxito ni siquiera en su primera obligación: curar a sus pacientes. Otra consecuencia importante consistiría en que buscaríamos otros métodos de tratamiento y ya no nos veríamos obligados a relegar las sedicentes «curas sintomáticas» al olvido, simplemente porque Freud defendió una teoría que sugería que tales métodos no podían dar resultado. Estas consecuencias prácticas son importantes, y considerando el gran número de pacientes que padecen desórdenes neuróticos (aproximadamente una persona de cada seis presenta serios síntomas neuróticos y necesita tratamiento) no puede negligirse el grado de infelicidad y miseria que sería eliminada mediante un tratamiento que tuviera éxito. Mantener falsas esperanzas y hacer gastar grandes sumas de dinero en un tratamiento inútil, y perder el tiempo a los pacientes, a veces cuatro o más años de visita diaria al psicoanalista, es algo que no puede ser tomado a la ligera.
Desde el punto de vista científico, hay otras consecuencias teóricas del fracaso del tratamiento pisicoanalítico que son todavía más importantes. Según la teoría, el tratamiento debería tener éxito; si el tratamiento no resulta, ello sugiere muy fuertemente que la teoría misma no es correcta. Este argumento ha sido a menudo rechazado por los psicoanalistas, que creen que el tratamiento es, hasta cierto punto, independiente de la teoría, y que la teoría puede ser correcta, incluso a pesar de que la terapia no resulte. Lógicamente, eso es posible; puede haber razones, desconocidas para Freud, que hagan fracasar su tratamiento, aun cuando la teoría sea, de hecho, correcta. No obstante, tal contingencia no parece demasiado probable, sobre todo porque tales obstáculos no han sido específicamente sugeridos por los psicoanalistas, ni tampoco parecen haber llevado a cabo investigaciones para descubrir tales obstáculos. Ciertamente, en un principio, Freud consideró el supuesto éxito de su terapia como el más poderoso argumento en favor de su teoría. El fracaso de la terapia debiera, por consiguiente, haberle alertado sobre posibles errores en teoría, pero no fue así.
En todo caso, aún más impresionante que el fracaso de la terapia freudiana es el éxito de los métodos alternativos, que son analizados en el capítulo siguiente. Tales métodos se basan en lo que Freud descalificó como «tratamiento sintomático» y, según su teoría debían fracasar o, si tenían éxito a la corta, a la larga se encontrarían con una recaída en el síntoma o con alguna especie de sustitución de síntoma. El hecho de que tales espantosas consecuencias no se produzcan es, como mostraremos, un golpe verdaderamente mortal para toda la teoría freudiana. Freud fue muy claro en su predicción de que basándose en su teoría tales consecuencias se producirían: las consecuencias, de hecho, no se producen, y es, por consiguiente, difícil no argumentar que la teoría era incorrecta. Este es uno de los pocos casos en los que Freud hizo una predicción muy clara sobre la base de su teoría, y ciertamente tenía razón al hacerlo: está claro que la teoría exige las consecuencias que él vaticinó, y el fracaso de tales consecuencias, o el hecho de que no ocurrieran, debe dañar seriamente a la teoría. Es, a veces, posible, salvar a una teoría de las consecuencias de una predicción errónea, bien haciendo ligeros retoques en la misma, bien aludiendo a ciertos factores que fueron causa de que la predicción fallara; nada de esto ha sido intentado por los freudianos, y es difícil ver cómo hubiera podido efectuarse tal salvamento.
Yo afirmo, pues, que el estudio de los efectos de la psicoterapia psicoanalítica es de una importancia capital en una evaluación de la obra de Freud. No es absolutamente concluyente; la terapia puede no funcionar, aunque la teoría sea correcta. En lo que concierne a las formulaciones teóricas, es precisa mucha cautela para no llegar a conclusiones prematuras y posiblemente injustificadas. Desde el punto de vista práctico, no obstante, no puede haber dudas sobre que si la terapia no funciona, entonces no es correcto que la gente continúe siendo persuadida de que debe someterse a tratamiento, gastarse su dinero en ello y además perder una considerable cantidad de tiempo.
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