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Decadencia y Caída del Imperio Freudiano


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No tendría mucho sentido relatar aquí otros acontecimientos de la vida de Freud. Los que se refieren a puntos discutidos en posteriores capítulos serán descritos en los lugares apropiados. Hay muchas biografías a disposición del público pero por desgracia la mayoría, si no la totalidad, están escritas por hagiógrafos; adoradores del héroe que no pueden ver nada malo en su líder, y para los cuales cualquier forma de crítica es un sacrilegio. Incluso los hechos objetivos son a menudo mal interpretados y mal presentados, y poco crédito puede concederse a esos escritos.
Algo parecido ¡ay!, puede decirse acerca de los escritos del mismo Freud. No era lo que podría llamarse un testimonio veraz; ya hemos observado que le costaba mucho reconocer la prioridad en los demás, por muy obvia que tal prioridad resultara para el historiador. Estaba dispuesto a crear una mitología centrada en sí mismo y en sus logros; se contemplaba a sí mismo como el viejo héroe, batallando contra un entorno hostil, y emergiendo finalmente como vencedor a pesar de la persecución padecida. Ayudado por sus seguidores consiguió impresionar al mundo con su descripción totalmente falsa de sí mismo y de sus batallas, pero cualquiera que esté familiarizado con las circunstancias históricas observará la diferencia entre la versión de los hechos dada por Freud y los hechos en sí mismos. Al leer e interpretar los escritos de Freud y de sus seguidores, será útil seguir ciertas reglas. Mencionaremos tales reglas acto seguido, y también daremos ejemplos para ilustrar la necesidad de las mismas.
La primera regla, y es una muy importante para quien desee comprender lo que hay de verdad en el psicoanálisis y en Freud, es la siguiente: No creáis nada de lo que leáis sobre Freud o el psicoanálisis, especialmente cuando ha sido escrito por Freud o por otros psicoanalistas, sin cotejarlo con la evidencia pertinente. En otras palabras, lo que se asegura es a menudo incorrecto, e incluso puede ser lo contrario de lo que realmente ocurrió. Consideremos por un momento lo que Sulloway ha llamado «el mito del héroe en el movimiento psicoanalítico ». Observa que «pocas figuras científicas, si es que hay alguna, están tan veladas por la leyenda como Freud ». Tal como él afirma, el relato tradicional de las proezas de Freud ha adquirido sus proporciones mitológicas a expensas del contexto histórico. De hecho, considera tal divorcio entre lo que realmente sucedió como un requisito previo para los buenos mitos, que invariablemente tratan de negar a la historia. Virtualmente, todas las principales leyendas y los falsos conceptos de la erudición freudiana han surgido de la tendencia a crear el «mito del héroe».
Los lectores pueden preguntarse por qué deberían creer a Sulloway (o incluso a quien esto escribe) más que a Freud. En última instancia la respuesta debe ser, por supuesto, que el lector debe remitirse a los datos originales. Afortunadamente esto es mucho más fácil cuando historiadores del movimiento freudiano, como Sulloway, aportaron los documentos pertinentes. Si algo dicho en estas páginas parece improbable, el lector tiene la opción de remitirse a las fuentes originales sobre las que yo he basado mi demostración. Ahora nos estamos ocupando del mito del héroe, y la documentación requerida se da en su totalidad en el libro de Sulloway.
Hay dos facetas que caracterizan el mito del héroe en la historia psicoanalítica. La primera es el énfasis sobre el aislamiento intelectual de Freud durante sus años cruciales de descubrimientos, y la exageración de la hostil recepción que se dio a sus teorías por parte de un público no preparado para tales revelaciones. La segunda es el énfasis sobre la «absoluta originalidad» de Freud como hombre de ciencia, abonando en su cuenta descubrimientos hechos realmente por sus predecesores, contemporáneos y seguidores. Como dice Sulloway:
Tales mitos sobre Freud, el héroe psicoanalítico, están lejos de ser únicamente un subproducto casual de su altamente carismática personalidad o de acontecimientos de su vida. Tampoco son tales mitos azarosas distorsiones de hechos biográficos. Más bien, toda la historia de la vida de Freud tiende a ser un modelo arquetípico compartido por casi todos los mitos del héroe, y su biografía ha sido a menudo remodelada para hacerla encajar en tal modelo arquetípico cuando sugestivos detalles biográficos lo han permitido.
¿Cuáles son las características principales del tradicional mito del héroe?. Esto corrientemente implica un peligroso viaje que tiene tres motivos comunes: aislamiento, iniciación y retorno. La llamada inicial a la aventura es a menudo precipitada por una circunstancia «fortuita»; en el caso de Freud, el notable caso de Anna O. Puede producirse un rechazo temporal a la llamada -Freud no volvió a ocuparse de ese sujeto durante seis años; en tal caso, su posterior iniciación podría ser iniciada por una figura protectora- por ejemplo Charcot, que fue la causa de que Freud retornara al sujeto. Luego, el héroe afronta una sucesión de pruebas difíciles; puede ser desviado por mujeres que actúan como tentadoras, de manera que él cometa equivocaciones (tal equivocación pudo ser la teoría freudiana de la seducción; por ejemplo, la noción de que los niños que desarrollan neurosis habían sido siempre sexualmente seducidos, una teoría que le impidió por algún tiempo descubrir la sexualidad infantil y el complejo de Edipo). En esa etapa, un ayudante secreto acude en socorro del héroe (en el caso de Freud su amigo Fliess, que le ayudó en el curso de su valiente auto-análisis).
La etapa siguiente del viaje del héroe es la más peligrosa, cuando afronta oscuras resistencias internas, y revivifica poderes olvidados tiempo ha. Sulloway compara la historia del heroico auto-análisis de Freud con los episodios igualmente heroicos de Eneas descendiendo al Averno para enterarse de su destino, o del liderazgo de Moisés sobre los hebreos durante el éxodo de Egipto. Un bien conocido psicoanalista, Kurt Eissler, ilustra la manera en que se ha hecho este auto-análisis para que encaje con el modelo heroico:
El heroísmo -uno se inclina a describirlo así- que era necesario para llevar a cabo tal empresa no ha sido aún suficientemente apreciado. Pero quienquiera que haya experimentado un análisis personal sabrá cuán fuerte es el impulso de huir de la percepción clara hacia lo inconsciente y lo reprimido... El auto-análisis de Freud ocupará un día un lugar preeminente en la historia de las ideas, como el hecho de que ocurrió y continuará siendo, posiblemente para siempre, un problema que es confuso para el psicólogo.
Después del aislamiento y de la iniciación, tenemos el retorno; el héroe arquetípico, después de haber pasado su iniciación, emerge como una persona que posee el poder de dispensar grandes beneficios a sus contemporáneos. No obstante, el camino del héroe no es fácil; debe afrontar la oposición a su nueva visión por gentes que no pueden comprender su mensaje. Finalmente, tras una larga lucha, el héroe es aceptado como un guru y recibe su adecuada recompensa y fama.
Sulloway ha analizado con detalle la acogida que la contribución original de Freud recibió en los periódicos científicos y la crítica en general. Ernest Jones, biógrafo oficial de Freud, nos dice que los descubrimientos más creativos de aquél fueron «simplemente ignorados», que, dieciocho meses después de su publicación «La Interpretación de los Sueños » no había sido mencionada por ninguna revista científica, y que sólo cinco críticas de esta obra clásica aparecieron más tarde, tres de ellas completamente desfavorables. Concluye que «raramente un libro tan importante ha producido un eco tan escaso». Jones añade que mientras «La Interpretación de los Sueños» fue calificada de fantástica y ridícula, los «Tres ensayos sobre la Teoría de la Sexualidad», en los cuales Freud cuestiona la inocencia sexual de la infancia, fueron considerados sorprendentemente malvados. «Freud era un hombre con una mente maligna y obscena... ese ataque a la prístina inocencia de la infancia era intolerable».
El mismo Freud, en su «Autobiografía», trató de dar una impresión parecida. «Durante más de diez años posteriores a mi separación de Breuer no tuve seguidores. Estuve completamente aislado. En Viena las gentes se apartaban de mí; en el extranjero nadie me hacía caso. Mi «Interpretación de los Sueños», publicada en 1900, fue apenas mencionada en las revistas técnicas ». Y nos confiesa: « Yo era uno de esos hombres que turban el sueño del mundo No podía pretender gozar de objetividad y tolerancia».
Todo esto está en la línea del bello mito de la iniciación del héroe al comienzo de su viaje, pero una mirada a los verdaderos hechos históricos mostrará que la recepción inicial de las teorías de Freud fue muy diferente de esta apreciación original. La «Interpretación de los Sueños» fue inicialmente analizada en, por lo menos, once revistas periódicas y publicaciones sobre estos temas, incluyendo siete en el campo de la filosofía y teología, psicología, neuropsiquiatría, investigación psíquica y antropología criminal. Esas críticas fueron presentaciones individualizadas, no sólo noticias de rutina y, todas juntas representaban más de siete mil quinientas palabras. Aparecieron aproximadamente un año después de su publicación, lo que es probablemente más rápido de lo ordinario. Acerca del ensayo « Sobre los Sueños », se han hallado diecinueve críticas, todas ellas aparecidas en periódicos médicos y psiquiátricos, con un total de unas nueve mil quinientas palabras y a un intervalo-promedio de tiempo de ocho meses. Tal como Bry y Rifkin, que llevaron, a cabo la investigación sobre las que se basan estos hallazgos, hicieron notar:
«Resulta que los libros de Freud sobre los sueños fueron amplia y rápidamente comentados en revistas conocidas, que incluían a las más importantes en sus respectivos campos. Además, los editores de las biografías internacionales anuales en psicología y filosofía seleccionaron los libros de Freud sobre los sueños para su inclusión... más o menos a finales de 1901; el aporte de Freud fue propuesto a la atención de círculos generalmente informados sobre Medicina, Psiquiatría y Psicología a escala internacional... Algunas de las críticas son profundamente competentes, varias son escritas por autores de investigación capital sobre el tema, y todas son respetuosas. El criticismo negativo sólo aparece después de una recesión sumaria del contenido principal de los libros».
Así pues, los dos libros de Freud sobre los sueños fueron objeto, por lo menos, de treinta comentarios separados totalizando unas diecisiete mil palabras; nótese el contraste entre los hechos y lo que se ha dicho sobre este período por Freud, Jones y los biógrafos de Freud en general. Tampoco sería cierto decir que todos estos comentarios fueron enteramente hostiles a la nueva teoría de Freud sobre los sueños. El primero en aparecer describió su libro diciendo que «haría época», y el psiquiatra Paul Naecke, que gozaba de reputación internacional en la materia y había comentado muchos libros en el mundo médico de habla alemana dijo que «La Interpretación de los Sueños» era «lo más profundo que el sueño de la psicología ha producido hasta ahora... en su totalidad la obra está forjada cono un todo unificado y está pensada en profundidad con verdadero genio».
Es interesante la reseña escrita por el psicólogo William Stern, que Jones ha descrito, junto con varios otros, como «casi tan devastadora como lo habría sido el silencio total». He aquí lo que dijo realmente Stern:
Lo que me parece más válido de todo el empeño (del autor) en no confinarse en el tema de la explicación de los sueños, en la esfera de la imaginación, el papel de las asociaciones, la actividad de la fantasía y las relaciones somáticas, sino en aludir a los múltiples hilos, tan poco conocidos, que llevan al mundo más nuclear de los afectos y que tal vez harán comprensible la formación y selección del material de la imaginación. En otros aspectos, también, el libro contiene muchos detalles de valor altamente estimulante, finas observaciones y puntos de vista teóricos; pero por encima de todo (contiene) material extraordinariamente rico de sueños muy exactamente relatados, que deberán ser bienvenidos para quien desee trabajar en este campo.
¿Devastador?. ¿Y qué decir de los «Tres ensayos sobre la Teoría de la Sexualidad»?. También ella fue bien recibida por el mundo científico, y provocó por lo menos diez reseñas las cuales, no sin críticas, ciertamente, aprobaron la contribución de Freud. Consideremos lo que dije Paul Naecke:
El crítico no conoce ninguna otra obra que trate importantes problemas sexuales de una manera tan breve, ingeniosa y brillante. Para el lector, e incluso para el experto, se abren horizontes enteramente nuevos, y maestros y padres reciben nuevas doctrinas para comprender la sexualidad de los niños... admitámoslo, el autor ciertamente generaliza demasiado sus tesis... de la misma manera que cada uno ama especialmente a sus propios hijos, también ama el autor sus teorías. Si no podemos seguirle en este y en otros muchos casos, ello substrae muy poco del valor del conjunto... el lector sólo puede formar una idea correcta de la enorme riqueza del contenido. POCAS PUBLICACIONES VALEN TANTO SU DINERO COMO ÉSTA. (Enfatizado por Naecke).
Y otro bien conocido sexólogo concluyó que ninguna otra obra publicada en 1905 había igualado la profundidad de Freud en el problema de la sexualidad humana.
Sulloway hace observar que es de un significado histórico particularmente importante que «ningún comentarista criticó a Freud por su teoría sobre la vida sexual infantil, aun cuando algunos, a este respecto, disintieran de algunas afirmaciones específicas sobre las zonas erogenéticas bucales y anales». De hecho, como dijo Ellenberger: «Nada está más lejos de la realidad que la creencia corriente de que Freud fue el primero en proponer nuevas teorías sexuales en una época en que todo lo sexual era tabú. En Viena, donde Sacher-Masoch, Krafft-Ebing y Weiningen eran ampliamente leídos, las ideas de Freud acerca del sexo difícilmente podían ser consideradas chocantes por nadie».
Hay más evidencia que demuestra que lo que Freud y sus biógrafos dijeron acerca del desarrollo del psicoanálisis y el destino personal del héroe contradecía los hechos tal como ocurrieron, pero los lectores interesados en esto deben referirse a Sulloway, Ellenberger y otros autores mencionados en mi lista de referencias. Lo que se ha dicho debería ser suficiente para demostrar que las afirmaciones hechas por Freud y sus seguidores no pueden ser tomadas como hechos cabales. La intención obvia es el desarrollo de una mitología que presente a Freud como el héroe tradicional, y no se permite que ningún hecho obstaculice a este mito. Y esa mitología no se ha ocupado solamente de esos primeros tiempos, sino que se ha extendido en muchas otras direcciones. Esto nos lleva a la segunda regla que debe seguir el lector interesado en un relato veraz del psicoanálisis. No creer nada dicho por Freud y sus discípulos sobre el éxito del tratamiento psicoanalítico. Como ejemplo, tomemos el caso de Anna O. quien, según el mito, fue completamente curada de su histeria por Breuer, y cuya historia es presentada como un caso clásico de histeria.
Anna era una muchacha de veintiún años cuando Breuer fue requerido para que la atendiera. Había contraído una enfermedad mientras cuidaba a su padre enfermo, y en opinión de Breuer el trauma emocional conectado con su enfermedad y eventual fallecimiento fue la causa que precipitó sus síntomas. Breuer la trató con la nueva «terapia parlante», que sería adoptada más tarde por Freud. Él y Freud aseguraron que los síntomas que afligían a Anna habían sido «permanentemente eliminados» por el tratamiento catártico, pero las notas del caso se hallaron recientemente en el Sanatorio Bellevue, en la ciudad suiza de Kreuzlingen. Las notas en cuestión contenían la prueba definitiva de que los síntomas que Breuer aseguraba haber eliminado continuaban presentes mucho tiempo después de que Breuer hubiera cesado de ocuparse de ella. Los síntomas habían comenzado con una «tos histérica», pero pronto empezaron a producirse contracciones musculares, parálisis, desmayos, anestesias, peculiaridades de la visión y muy extrañas alteraciones del habla. Nada de esto fue curado por Breuer, sino que continuó mucho tiempo después de que él hubiera dejado de tratarla.
Además, Anna no padecía histeria en absoluto, sino que estaba aquejada de una seria enfermedad física, llamada «meningitis tuberculosa». Thornton relata enteramente la historia:
La enfermedad sufrida por el padre de Bertha (el verdadero nombre de Anna era Bertha Pappenheim) era un absceso sub-pleurítico, una complicación común de la tuberculosis pulmonar, entonces muy extendida en Viena. Ayudando en los cuidados al enfermo y pasando muchas horas a la cabecera de su cama, Bertha estaba expuesta a la infección. Además, ya en 1881 su padre había sufrido una operación, probablemente incisión del absceso e inserción de una sonda; esta intervención le fue practicada a domicilio por un cirujano vienés. El cambio de ropas y la evacuación de las secreciones purulentas ciertamente originaría la diseminación de los organismos infecciosos. La muerte del padre a pesar de todos los cuidados indicaría la existencia de una virulenta corriente del organismo invasor.
El detallado relato de Thornton debería ser consultado y tenido en cuenta, así como el hecho de que el tratamiento de Breuer fue totalmente ineficaz, sin relación alguna con la enfermedad propiamente dicha, y basado en un diagnóstico erróneo. Así, todas las pretensiones de Freud y sus discípulos sobre el caso parten de una concepción falsa, y además Thornton deja claro que Freud conocía, al menos, alguno de estos hechos. Lo mismo puede decirse de sus seguidores; de hecho fue Jung quien, antes que nadie, observó que el supuesto éxito del tratamiento no había sido un éxito en absoluto. Esta historia debería volvernos muy cautelosos antes de aceptar los pretendidos éxitos curativos de Freud y sus discípulos. Encontraremos más adelante otros ejemplos de esta tendencia a apuntarse éxitos donde realmente no existieron; el caso del Hombre Lobo es un ejemplo obvio que será tratado con algún detalle en un posterior capítulo. Otra vez nos topamos con el mito del héroe, superando obstáculos imposibles y alcanzando el éxito; desgraciadamente, muchos de los éxitos en los casos de Freud eran imaginarios. Los lectores interesados en los hechos deberían acudir a las cuidadosas reconstrucciones históricas de escritores como Sulloway, Thornton, Ellenberger y otros que desenterraron los detalles de estos casos; los hechos son completamente diferentes de las historias contadas por Freud.
Una tercera regla general que debiera ser seguida por quien estudiara la contribución de Freud es esta: No aceptar pretensiones de originalidad, sino examinar la obra de los predecesores de Freud. Ya hemos hecho observar, en relación con el descubrimiento por Galton del método de la libre asociación, que a Freud no le gustaba que sus «descubrimientos» ya hubieran sido descubiertos antes por otros. De manera parecida, utilizó sin referencias los importantes trabajos del psiquiatra francés Pierre Janet sobre la ansiedad; esta especie de anticipación, también, ha sido ampliamente documentada por Ellenberger. Pero tal vez el ejemplo más claro y obvio lo constituye la doctrina del inconsciente. Los apólogos de Freud lo presentan como si éste hubiera sido el primero en penetrar en los negros abismos del inconsciente, el héroe solitario enfrentándose a graves peligros en su búsqueda de la verdad. Desgraciadamente, nada está más lejos de los hechos. Como ha demostrado Whyte en su libro «El Inconsciente antes de Freud», éste tuvo centenares de predecesores que postularon la existencia de una mente inconsciente, y escribieron sobre ello con abundancia de detalles. De hecho, hubiera sido muy difícil encontrar algún psicólogo que no hubiera postulado alguna forma de inconsciente en su tratamiento de la mente. Todos ellos discrepaban en la naturaleza precisa de la mente inconsciente de la que hablaban, pero Freud, en su versión, se acercó mucho a la de E. von Hartmann, cuya «Filosofía del Inconsciente», publicada en 1868, trataba de la presentación de un relato de procesos mentales inconscientes. Como aclara Whythe:
Hacia 1870 el inconsciente no era un tópico reservado a los profesionales; ya estaba de moda que hablaran de ello los que querían exhibir su cultura. El escritor alemán von Spielhagen, en una novela escrita hacia 1890 describió el ambiente de un salón berlinés en los años 1870, cuando dos temas dominaban la conversación: Wagner y von Hartmann, la música y la Filosofía del inconsciente, Tristán y el instinto.
La «Filosofía del Inconsciente» es un voluminoso libro, de mil cien páginas en su traducción al inglés; da una excelente visión de los predecesores de von Hartmann, incluyendo una discusión sobre las ideas contenidas en los Vedas hindúes, y los escritores Leibniz, Hume, Kant, Fichte, Hamann, Herder, Schelling, Schubert, Richter, Hegel, Schopenhauer, Herbart, Fechner, Carus, Wundt y muchos otros. Como dice Whyte, «hacia 1870 Europa estaba madura para abandonar la visión cartesiana del conocimiento, pero no preparada para aceptar que la psicología tomara su relevo». Whyte afirma que Freud no había leído a von Hartmann, pero esto es improbable, y en cualquier caso se sabe que había en su biblioteca un libro que explicaba con todo detalle las ideas expresadas por von Hartmann.
Unas cuantas citas de psiquiatras ortodoxos de Inglaterra podrán dar una idea de hasta qué punto la importancia de lo inconsciente había sido aceptada mucho antes de que Freud apareciera en escena. He aquí una cita de Laycock, publicada en 1860: « No hay un hecho general tan bien corroborado por la experiencia de la Humanidad ni tan universalmente aceptado como guía en los asuntos de la vida, como la vida y la acción del inconsciente». Y Maudsley expresó la idea de la escuela inglesa de Psiquiatría en su «Fisiología y Patología de la mente», publicada en 1867, con las siguientes palabras: «La parte más importante de la acción mental, el proceso mental del que depende el pensamiento, es la actividad mental inconsciente ». Podrían encontrarse muchos más ejemplos en los escritos de W. B. Carpenter, J. C. Brodie y D. H. Tuke.
Una última cita bastará. Procede de Wilhelm Wundt, el padre de la psicología experimental, y notable introinspeccionista, alguien difícil de imaginar como interesado en el inconsciente. He aquí lo que dijo: «Nuestra mente está tan afortunadamente equipada que nos proporciona las bases más importantes para nuestros pensamientos sin poseer el menor conocimiento sobre su forma de elaboración. Sólo los resultados llegan a ser conscientes. Esta mente inconsciente es para nosotros como un ser desconocido que crea y produce para nosotros, y finalmente nos deja sus frutos maduros».
Es evidente que no puede discutirse el hecho de que muchos filósofos, psicólogos e incluso fisiólogos profesionales postularon una mente inconsciente mucho antes que Freud, y la noción de que él inventó «el inconsciente» es simplemente absurda. En relación con estas teorías del inconsciente, el famoso psicólogo alemán H. Ebbinghaus, que fue el único en introducir el estudio experimental de la memoria en este campo, se quejó: «Lo que es nuevo en estas teorías no es verdad, y lo que es verdad no es nuevo ». Este es el epitafio perfecto, no sólo de las teorías de Freud sobre el inconsciente, sino de toda su obra, y tendremos ocasión de volver sobre ello muchas veces. La actividad inconsciente ciertamente existe, pero el inconsciente freudiano popularizado como un drama de moralidad medieval por figuras mitológicas tales como el ego, el id y el super-ego, el censor, Eros y Zánatos, e imbuidos por una variedad de complejos, entre ellos los de Edipo y de Electra, es demasiado absurdo para marcar el status científico.
Ocupémonos ahora de nuestra cuarta sugerencia a los lectores de Freud. Es esta: Ser cautelosos en aceptar la supuesta evidencia sobre la pertinencia de las teorías freudianas; la evidencia demuestra, a menudo, exactamente lo contrario. Más adelante encontraremos más pruebas de apoyo de esta tesis, pero queremos adelantar un ejemplo para ilustrar lo que queremos decir. Este ejemplo está tomado de la teoría freudiana de los sueños, según la cual los sueños son siempre expresión de unos deseos; deseos relativos a represiones infantiles. Como mostraremos en el capítulo dedicado a la interpretación de los sueños, Freud da en su libro muchos ejemplos de la manera en que interpretaba los sueños, pero, sorprendentemente, ninguno de ellos tiene nada que ver con represiones infantiles. Esto es ampliamente reconocido por los mismos psicoanalistas. He aquí lo que dijo sobre el particular uno de los más ardientes seguidores de Freud, Richard M. Jones, en «La Nueva Psicología del Sueño»: «He llevado a cabo un análisis profundo de «La Interpretación de los Sueños» y puedo afirmar que no hay en ellos ni un solo ejemplo de cumplimiento del deseo que tenga nada que ver con el criterio de referencia de un deseo infantil reprimido. Cada ejemplo propone un deseo, pero cada deseo es, ya una reflexión totalmente consciente, ya un deseo reprimido de origen post-infantil». Volveremos a este punto más adelante.
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