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Decadencia y Caída del Imperio Freudiano


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Una advertencia debe formularse a este respecto. Se ha dicho, a veces, que las teorías freudianas no requieren pruebas científicas de la clase ordinaria, porque encuentran su corroboración «en el sofá». Como Gruenbaum ha demostrado, este argumento es inaceptable, para los que lo propugnan permanece insoluble el problema de decidir entre muy diferentes teorías, todas las cuales pretenden ser corroboradas de ese modo. ¿Cómo, sin experimentos adecuadamente controlados, podríamos escoger entre las diversas teorías «dinámicas» que se nos ofrecen?. ¿Debemos, acaso, fiarnos de una especie de subasta holandesa, o de una elección tipo «bufete» de lo que a nosotros nos guste?. Esto constituiría el abandono completo de toda la ciencia, y la simple existencia de tantas teorías diferentes hace aún más importante hallar métodos de comprobación de la verdad de las mismas de acuerdo con criterios propiamente científicos.
¿Cuál es, esencialmente el contenido de la contribución de Freud?. Para decirlo en pocas palabras, se admite en general que el psicoanálisis presenta tres aspectos. En primer lugar, es una teoría general de la psicología. Pretende ocuparse de cuestiones de motivación, personalidad, desarrollo infantil, memoria y otros aspectos importantes de la conducta humana. Se sostiene a menudo (y no sin buenas razones para ello) que el psicoanálisis se ocupa de asuntos que son importantes e interesantes, pero de una manera no científica, mientras que la psicología académica trata de manera científica materias que la mayoría de la gente considera esotéricas y desprovistas de interés. Esto no es completamente cierto; la psicología académica también estudia la personalidad, las motivaciones, la memoria y otros temas similares, pero indudablemente lo hace de una manera menos «interesante» que Freud.
En segundo lugar, el psicoanálisis es un método de terapéutica y tratamiento. En verdad, así es como se originó, cuando Freud colaboró con un amigo, Josef Bretier, para curar a una paciente supuestamente histérica, Anna O. Como veremos después, Anna O no era, de hecho, un paciente psiquiátrico; sufría una grave enfermedad física, y la supuesta «cura» no fue tal cura en absoluto. No obstante, es como sistema de terapéutica y tratamiento como el psicoanálisis se ha dado tan ampliamente a conocer, y como este sistema depende muchísimo de la teoría general de la psicología abrazada por los seguidores de Freud, el éxito o el fracaso de este método de tratamiento es extremadamente importante, tanto desde un punto de vista teórico como práctico.
En tercer lugar, el psicoanálisis debe ser considerado como un método de encuesta e investigación. El mismo Freud, en un principio entusiasta sobre las posibilidades de sus métodos de tratamiento, se fue volviendo más y más escéptico, y finalmente consideró que él sería recordado más como el iniciador de un método de investigación de los procesos mentales que como un gran terapeuta, Este método de investigación es el de la libre asociación, en el que se empieza por una palabra, o un concepto, o una escena, que puede proceder de un sueño, o de un determinado lapsus de la lengua o la pluma, o de cualquier otra fuente. El paciente o sujeto empieza, así, con una cadena de asociaciones que, según Freud, conducen invariablemente a áreas de interés e incumbencia, y frecuentemente a un material inconsciente vital para la comprensión de la motivación del sujeto, y crucial para la inauguración de un método de terapia apropiado. En realidad, como veremos el método fue iniciado por Sir Francis Galton, que reconoció sus poderes mucho antes que Freud; ciertamente, el método tiene algo de positivo pero es tremendamente débil el punto de vista científico, por razones que serán expuestas después.
La psicología presentada por Freud ha sido a menudo comparada a un sistema hidráulico, conduciendo energía de una a otra parte de la psique, como la hidráulica distribuye el agua. Esta analogía más bien victoriana es seguida sin desmayo por Freud, aunque ciertamente no esté de acuerdo con lo que sabemos acerca del modo de operar de la mente humana. Freud creía que cuando una idea es susceptible de provocar la excitación del sistema nervioso más allá de lo tolerable, esa energía es redistribuida de manera que los elementos amenazantes no pueden entrar en la conciencia, y permanecen en lo inconsciente. Esta energía puede ser sexual o auto-preservativa (en la primera versión), o pueden adoptar, ya una forma amable, ya una forma agresiva o destructiva (en la segunda versión). El inconsciente en cuestión es una construcción mental altamente especulativa de Freud, no en el sentido de que esta teoría lo originó -al contrario, procesos inconscientes han sido reconocidos por filósofos y psicólogos desde hace más de dos mil años (mencionaremos muchos de tales precursores después)- sino a causa de la peculiar versión del inconsciente que propone Freud. Él le atribuye poderes y tendencias que posteriormente la investigación ha sido incapaz de detectar, y por supuesto su propia teoría ha cambiado mucho en el transcurso de los años, de una manera tan compleja que sería difícil llegar a un acuerdo sobre la naturaleza precisa del inconsciente de Freud.
Todo el sistema psíquico trata de preservar su equilibrio ante esta distribución de energía, y ante las amenazas generadas desde dentro y desde fuera, defendiéndose de diversas maneras. Tales defensas han llegado a ser ampliamente conocidas, y sus nombres son casi autoexplicativos. Son «sublimación», «proyección», «regresión», «racionalización», etc. Freud creía que esas defensas eran utilizadas no sólo por los neuróticos o psicóticos ante acontecimientos traumatizantes que el ego era incapaz de soportar, sino también por personas normales cuando se enfrentaban con dificultades emocionales. Para ello, una estructura interna se desarrolla mientras el niño crece, constituida por el id (la fuente biológica de energía), el ego (la parte del sistema que lo relaciona con la realidad) y el super-ego (la parte que comprende la consciencia y el autocontrol).
La psicología freudiana también propone ciertas etapas que el niño atraviesa en su desarrollo hacia la madurez; de ello hablaremos con detalle más adelante. Ellas son todas «sexuales» por naturaleza (el vocablo es puesto entre comillas porque Freud a menudo lo usa con un significado que es mucho más amplio de lo que es costumbre en el lenguaje ordinario) y se relacionan sucesivamente con la boca, el ano y los genitales. Si tal desarrollo no se efectúa de una manera adecuada, entonces el adulto exhibirá una conducta neurótica o psicótica; esto es particularmente probable que suceda cuando las defensas que se utilizaron en la temprana juventud para contener peligrosos elementos psíquicos se rompen.
Un rasgo particular del desarrollo del joven muchacho es que se enamora de su madre, y desea dormir con ella; el padre es contemplado como un enemigo; un enemigo poderoso que puede frustrar e incluso castrar al niño. Este es el famoso complejo de Edipo, sobre el cual tendremos mucho que decir más adelante. Según Freud, la futura salud mental del niño depende de la manera con que afronta esta situación.
La terapia freudiana se dedica a hacer salir a la superficie material reprimido e inconsciente para convertirlo en consciente. El terapeuta, usando el método de la libre asociación, desarrolla una relación especial con el paciente, conocida como transferencia, que, en esencia, implica un apego del paciente hacia el analista, que será empleado para efectuar la curación; en cierto modo se parece a los lazos entre el niño y el padre. Que esto conduzca realmente a una curación es, por supuesto, una cuestión crucial de la que deberemos ocuparnos más adelante; ahora existe prácticamente la unánime creencia entre los expertos de que el psicoanálisis no produce, de hecho, tales curaciones.
Tales son los elementos básicos del psicoanálisis, super-simplificados, pero que, no obstante, delinean el campo de acción que este libro trata de abarcar. La mayoría de lectores ya estarán familiarizados con muchos aspectos de la teoría, así como con diversos detalles relevantes que se irán dando en varios capítulos de este libro. No voy a referirme, excepto en casos muy ocasionales, a los numerosos discípulos que se rebelaron contra Freud y crearon sus propias teorías. Uno de los más prominentes, naturalmente, fue Jung, pero la lista de otras figuras, ligeramente menos conocidas, como Melanie Klein, Wilhelm Stekel, Alfred Adler y muchos otros, es demasiado-larga para ser citada aquí. Su existencia (¡se ha calculado que en Nueva York, en este momento, hay, aproximadamente, cien diferentes escuelas de psicoanálisis, todas enzarzadas en una guerra encarnizada!) subraya la principal debilidad del credo freudiano; ser enteramente subjetivo en su método de prueba, no poder aconsejar ninguna manera de decidir entre teorías alternativas. En todo caso, este libro se ocupa de la teoría freudiana, no de sus discípulos rebeldes, y se concentrará en la propia contribución de Freud.
Capítulo Primero

FREUD, EL HOMBRE


La duda no es un estado agradable, sino, ciertamente, absurdo.

Voltaire
Este libro trata del psicoanálisis, la teoría psicológica creada por Sigmund Freud hace casi un siglo. El creyó que ponía los cimientos para una ciencia de la psicología, y también pretendió haber creado un método para el tratamiento de pacientes mentalmente enfermos que era el único que podía proporcionarles una curación permanente. Este libro considera el status actual de las teorías de Freud, en general, y evalúa sus pretensiones referentes al rango científico de tales teorías, y el valor de sus métodos terapeúticos, en particular. Para ello, debemos empezar con un capítulo sobre Freud, el hombre: esa extraña, contradictoria y un tanto misteriosa personalidad tras la teoría y la práctica del psicoanálisis.


Por muchos motivos esto sorprenderá a los hombres de ciencia, considerándolo un extraño principio para un libro de esta clase. Al discutir la mecánica de los quanta no empezamos, normalmente, con una descripción de la personalidad de Planck; ni tampoco, por lo general, nos ocupamos de las vidas de Newton y Einstein al hablar de la teoría de la relatividad. Pero en el caso de Freud es imposible lograr una visión exacta de la obra de su vida sin ocuparnos del hombre en sí mismo. Después de todo, una gran parte de su teoría se deriva de sus propios análisis de su personalidad neurótica; su examen de la interpretación de los sueños se basa, a menudo, en análisis de sus propios sueños, y sus ideas sobre el tratamiento se derivan extensamente de sus intentos de psicoanalizarse a sí mismo y curar sus propias neurosis. El mismo Freud, según se ha dicho, es el único hombre que ha sido capaz de imprimir sus propias neurosis en el mundo, y remodelar a la Humanidad según su propia imagen. Esto es ciertamente una hazaña; que ello merezca ser considerado algo científico es otra cuestión, de la que nos ocuparemos en los capítulos sucesivos.
Ciertamente, para muchos científicos el psicoanálisis es más una obra de arte que una obra de ciencia. En el arte, la visión del artista es de una importancia total; es subjetivo y, al revés de la ciencia, no es acumulativo. Nuestra ciencia es netamente superior a la de Newton, pero nuestro teatro es enormemente inferior al de Shakespeare e incluso al de los antiguos griegos. Nuestra poesía puede difícilmente compararse con la de Milton, Wordsworth o Shelley, pero en cambio nuestras matemáticas son bastamente superiores a las de Gauss o de cualquiera de los viejos gigantes.
Así como el poeta y el dramaturgo plasmaban sus pensamientos buceando en sus propias vías, también Freud arrancó percepciones de sus propias experiencias, sus trastornos emocionales y sus reacciones neuróticas. El psicoanálisis como una forma de arte puede ser aceptable; el psicoanálisis como una ciencia ha evocado siempre las protestas de los científicos y los filósofos de la ciencia.
El mismo Freud, por supuesto, conocía bien este hecho, y proclamaba que él no era un científico, sino un conquistador (1). El conflicto estaba profundamente arraigado en su mente, y a menudo expresó opiniones contradictorias sobre el nivel científico del psicoanálisis y de su obra en general. De esas dudas nos ocuparemos más adelante; aquí nos limitaremos a observar que en muchos aspectos importantes, e incluso fundamentales, el psicoanálisis se desvía de los principios de la ciencia ortodoxa. «Tanto peor para la ciencia ortodoxa », han exclamado muchos. «¿ Qué hay de tan sagrado en la ciencia para rechazar los maravillosos descubrimientos del sabio y del profeta?». Tal actitud, en efecto, es adoptada a menudo por los mismos psicoanalistas, deseosos de interpretar el término «ciencia» para poder incluir en él al psicoanálisis. El mismo Freud no hubiera estado de acuerdo en ello. El quería que el psicoanálisis fuera aceptado como una ciencia en el sentido ortodoxo, y hubiera considerado tales esfuerzos como reinterpretaciones no autorizadas de sus puntos de vista. Tal manera de contemplar la obra de su vida es incompatible con sus propias ideas. Para él, el psicoanálisis era una ciencia, o no era nada. Volveremos a esta cuestión en el último capítulo; limitémonos a consignar aquí que en este libro investigaremos la pretensión del psicoanálisis de ser una ciencia, empleando el término en su sentido ortodoxo, es decir, como Naturwissenschaft, y no como Geisteswissenschaft.
Freud nació el 6 de mayo de 1856, en la pequeña ciudad de Freiberg, en Austria, a unas ciento cincuenta millas al nordeste de Viena, en territorio actualmente cedido a Checoslovaquia. Su madre era la tercera esposa de un comerciante en paños, y él era el primer hijo de su madre, pero su padre había tenido dos hijos mayores en su primer matrimonio. Su madre era veinte años más joven que su marido, y tuvo siete hijos más, ninguno de los cuales pudo compararse a Sigmund que fue siempre su «indiscutible mimado». Esta preferencia materna hizo creer a Freud que su posterior confianza en sí mismo ante la hostilidad de los demás se debió al hecho de ser el favorito de su madre. La familia era judía, aunque no ortodoxa.
Cuando Freud tenía cuatro años de edad, el negocio de su padre empezó a ir mal, y la familia finalmente se estableció en Viena, donde Freud asistió al colegio Sperl Gymnasium; allí fue un buen alumno siendo el primero de la clase durante siete años. Destacó particularmente en idiomas, aprendiendo latín y griego y siendo capaz de leer con facilidad en inglés y francés; más tarde estudiaría español e italiano. Sus mayores aficiones eran la literatura y la filosofía, pero finalmente decidió estudiar medicina, y a los diecisiete anos ingresó en la Universidad de Viena. Se graduó después de ocho años de estudios, habiéndose ocupado también, superficialmente, de química y zoología, y finalmente se estableció para ocuparse de investigación en el laboratorio fisiológico de Ernst Brbecke donde estudió durante seis años, publicando diversos folletos de naturaleza técnica. Obligado a trabajar para vivir, se licenció por fin y, en 1882, ingresó en el Hospital General de Viena donde, en calidad de ayudante médico, prosiguió sus investigaciones y publicó alguna cosa sobre la anatomía del cerebro. De hecho, su interés por la neurología continuó hasta la edad de cuarenta y un años, publicando monografías sobre la afasia y la apatía cerebral en los niños.
A la edad de veintinueve años fue nombrado Privatdozent (profesor) en Neuropatología; también se le concedió una beca viajera que le permitió estudiar durante cinco meses con Charcot en París. Charcot era famoso por sus estudios sobre la hipnosis, y fue debido a su relación con él como Freud se interesó más por las materias psicológicas que por las fisiológicas. A su regreso de París contrajo matrimonio y se inició en la práctica privada de la medicina, buscando obtener fama como científico mediante el estudio de la conducta neurótica de sus pacientes, y tratando de elaborar una teoría que tuviera en cuenta los desórdenes neuróticos, y que le permitiera así efectuar las curaciones que habían sido buscadas en vano por muchos de sus predecesores. Era extremadamente ambicioso; cuando aún era un estudiante escribió a su prometida acerca de sus «futuros biógrafos«. Una temprana tentativa de ganar la fama le llevó a investigar los usos potenciales de la cocaína; estaba particularmente interesado en su capacidad para reducir el dolor y proporcionar una alegría duradera. Descubrió que la droga le ayudaba a superar épocas periódicas de depresión y apatía que frecuentemente interferían su trabajo y parecían abrumarle. No se apercibió de las propiedades adictivas de la droga e, indiscriminadamente, aconsejó su uso a familiares y amigos y también, en un folleto que escribió sobre sus propiedades, a todo el mundo. La cocaína debía desempeñar un papel vital en su desarrollo, como veremos más adelante.
Siguiendo a Charcot, Freud utilizó la hipnosis en sus pacientes privados, pero no quedó satisfecho con ella. En cambio, se fue interesando en un nuevo método de tratamiento que había sido inventado por su amigo Josef Breuer, que había desarrollado la «terapéutica parlante», una nueva técnica para el tratamiento de la histeria, uno de los mayores desórdenes neuróticos de la época. En esa enfermedad, las parálisis y otros percances físicos aparecen sin ninguna base orgánica aparente; este desorden parece estar muy ligado a la cultura, pues ha desaparecido casi por completo en los tiempos modernos (cuando uno de mis estudiantes de filosofía quiso investigar la capacidad de los histéricos de formar reflejos condicionados, no pudo, durante, un período de años, encontrar más que un número muy limitado de pacientes que mostraran siquiera signos rudimentarios de ese desorden clásico). Breuer tenía una paciente llamada Bertha Pappenheim, una joven de buena familia y con talento, cuyo caso fue luego homologado bajo el pseudónimo de «Anna O. ». Freud la relajó bajo los efectos de la hipnosis y la animó a que hablara sobre cualquier cosa que se le ocurriera, la aparente fuente de todas las «terapias parlantes ». Después de mucho tiempo la muchacha tuvo una fuerte reacción emocional al relatar un doloroso incidente que ella había aparentemente reprimido en su subconsciente; a consecuencia de esta catarsis (2), sus síntomas desaparecieron. (Como después veremos, este relato, publicado conjuntamente por Freud y Breuer en «Estudios sobre la Histeria», estaba profundamente equivocado. La muchacha sufría una grave enfermedad física, y no, en absoluto, una neurosis, y no fue en modo alguno «curada» por el método de la catarsis que se le administró. Los hechos, como en muchos otros casos publicados por Freud, eran muy diferentes de lo que él dijo).
En cualquier caso, la mujer de Breuer se sintió celosa de la atracción que sobrevino entre Breuer y Bertha, de manera que Breuer interrumpió el tratamiento, llevando a su mujer a Venecia para una segunda luna de miel. Freud, no obstante, continuó trabajando con este método, sustituyendo la hipnosis con la técnica de la libre asociación, es decir, tomando como punto de partida acontecimientos de los sueños de sus pacientes, y estimulándoles a que dijeran lo primero que acudiera a sus mentes al pensar en cosas particulares de los sueños. Este método de la libre asociación había sido elaborado por Sir Francis Galton, el célebre polígrafo inglés y uno de los fundadores de la Escuela de Psicología de Londres. Galton, como Jung cuarenta años más tarde, redactó una lista de cien palabras e hizo que sus clientes, después de oír cada una de ellas, dijeran la primera palabra que les viniera a la mente, anotando el tiempo empleado en sus reacciones. Quedó muy impresionado por el significado de esas asociaciones. Tal como él dijo:
Exponen los fundamentos de los pensamientos de un hombre con curiosa precisión, y exhiben su anatomía mental con más viveza y verdad de lo que él se atrevería, probablemente, a decir en público... tal vez la impresión más fuerte que me causaron estos experimentos se refiere a la multiplicidad del trabajo hecho por la mente en un estado de semi inconsciencia y la razón válida que dan para creer en la existencia de estratos aún más profundos de operaciones mentales, profundamente sumergidas bajo el nivel de la conciencia, que deben ser responsables de tales fenómenos que no podrían, de otro modo, ser explicados.
He aquí otra cita de Galton, referente a sus experimentos con asociaciones de palabras:
...(los resultados) me dieron una visión interesante e inesperada del número de operaciones de la mente y de las oscuras profundidades en que se desarrollaron, de todo lo cual a penas me había dado cuenta antes. La impresión general que me han causado es la que muchos de nosotros habremos sentido cuando nuestra casa se halla en reparaciones, y por primera vez nos damos cuenta del complejo sistema de cloacas, y tubos de agua y gas, calderas, hilos de timbre y demás, y que de todo ello depende nuestra comodidad, pero que generalmente no podemos ver, y cuya existencia, mientras todo funciona bien, nunca nos ha preocupado.
C. T. Blacker, que fue Secretario General de la Sociedad Eugenésica y escribió un libro sobre Galton, comentó: «Creo que es un hecho notable que Galton, un hombre tímido, que tenía serias inhibiciones acerca de las materias sexuales, pudiera llegar a una conclusión de este tipo mediante la aplicación a sí mismo de un sistema de investigación que él mismo había inventado. Su realización atestigua su candor y su fuerza de voluntad. Pues él superó en sí mismo las resistencias cuya anulación es precisamente tarea del analista». En palabras del propio Galton, la tarea que él se impuso a sí mismo era «una labor sumamente repugnante y laboriosa, y sólo mediante un vigoroso autocontrol pude llegar a los resultados que yo mismo había programado». Los trabajos posteriores de Jung y Freud ciertamente amplificaron las conclusiones de Galton, pero, en realidad, no se distanciaron de ellas en ningún punto relevante.
Galton publicó sus observaciones en «Cerebro», y como Sigmund Freud se suscribió a esa revista, es casi seguro que debía estar familiarizado con los trabajos de Galton. No obstante, él nunca se refirió a la obra de Galton ni tampoco reconoció que éste tuviera prioridad en la sugerencia de la existencia de los procesos mentales inconscientes. Esto era típico de Freud, que era muy circunspecto en reconocer las contribuciones hechas por sus predecesores, por muy directamente que se relacionaran con su propio trabajo. Más adelante encontraremos muchos otros ejemplos a este respecto.
Acosado por muchos síntomas neuróticos, Freud llevó a cabo un prolongado auto-análisis; esto, junto con sus experiencias con los pacientes, le condujo a prestar atención a los acontecimientos de la infancia, y a poner un énfasis particular en la importancia de los primeros desarrollos sexuales en la formación de las neurosis y en el desarrollo de la personalidad. Freud analizó sus propios sueños y comprobó los detalles fundamentales con su madre; creyó haber encontrado residuos de emociones reprimidos de su primera infancia, tanto de sentimientos destructivos y hostiles hacia su padre como de intenso afecto hacia su madre. Así nació el complejo de Edipo.
En 1900 publicó su primera obra importante sobre el psicoanálisis, «La Interpretación de los Sueños». Continuó publicando, atrajo una banda de seguidores devotos que luego se convirtieron en la Sociedad Psicoanalítica de Viena, y alcanzó el rango de profesor. Presidió a sus seguidores de una manera muy dictatorial, excluyendo a todos los que no estaban de acuerdo en todo con él hasta el más mínimo detalle. El más famoso de los «exiliados» fue probablemente C. G. Jung. El mismo Freud era vagamente consciente de esta tendencia suya cuando, en 1911, escribió lo siguiente en una de sus cartas: «Siempre ha sido uno de mis principios el ser tolerante y no ejercer la autoridad, pero en la práctica esto no siempre resulta tan fácil. Es como los coches y los peatones. Cuando empecé a conducir en coche me irrité tanto por la falta de cuidado de los peatones como antes, cuando era peatón, me indignaba por la imprudencia de los conductores ». Desde entonces el psicoanálisis ha continuado siendo un culto, hostil a todos los forasteros, rehusando totalmente cualquier tipo de críticas, por bien fundadas que estuvieren e insistiendo en ritos iniciáticos que requerían varios años de análisis previo llevado a cabo por miembros del círculo.
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