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Decadencia y Caída del Imperio Freudiano


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Incluso antes de convertirme en un profesor distraído, yo ya era un estudiante distraído, y a menudo me sucedía equivocarme de llaves. Tomé nota de las ocasiones, anotando cuidadosamente la llave que debiera haber usado y la que fue, de hecho, usada, en tales ocasiones. Naturalmente, fue fácil hallar el grado de proximidad entre ambas llaves contando simplemente el número de llaves que intervenían; es decir,. dos llaves estaban una al lado de otra, no había otra llave; una, dos, tres o más llaves indicarían cuán apartadas se encontraban las llaves en cuestión. Por lo que se refiere a la semejanza, acudí a la opinión de colegas que no sabían nada sobre el propósito del experimento.
Continué este experimento durante muchos años, y literalmente miles de veces ocurrieron errores de este tipo. Había una clara relación entre el número de errores cometidos, por una parte, y la semejanza de las llaves; cuanto más parecidas las llaves, mayor el número de errores. Paralelamente, había una relación lineal entre la distancia entre las llaves en el estuche y el número de errores; cuanto más cercanas las llaves, mayor el número de errores. Considerando juntas ambas causas era posible contar prácticamente todos los errores que se habían cometido. Dos llaves Yale situadas una al lado de otra totalizaban, con mucho, el mayor número de errores, mientras que una llave Yale a un lado del estuche y una gran llave anticuada en el lado opuesto nunca eran tomadas una por otra.
No estoy presentando esto como un experimento que tiende a desautorizar la teoría de Freud; es obvio que serían precisos más sujetos, más controles y un tratamiento estadístico más sofisticado. Además, yo no me encontraba en la feliz situación de que disfrutaban sus pacientes, que parecen haber tenido varias amantes viviendo en diversos barrios de Viena, de manera que las llaves de sus apartamentos podían ser confundidas con las de la casa del propio paciente, expresando su deseo de estar con una de sus amantes en vez de con su esposa. Lo que estoy tratando de indicar es, simplemente, que esta es una obvia explicación alternativa para ciertos tipos de parapraxis, y que cualquier tentativa de tratar científicamente el asunto debiera tomar en cuenta tales alternativas. Freud nunca lo hizo así, a pesar de que los principios involucrados eran bien conocidos en su tiempo.
Argumentos muy parecidos han sido aducidos en rela­ción con los errores lingüísticos, pero con mucho más apoyo experimental. Así, en un libro editado por V. Fromkin, titulado «Errores en la Composición Lingüística: Fallos de Lengua, Oído, Pluma y Mano », se muestra que la mayor parte de los errores lingüísticos pueden clasificarse en dos grandes categorías. La primera comprende errores en los cuales la palabra sustitutiva es similar en la forma fonológica a la palabra que se iba a decir, tal como sucede en los siguientes ejemplos: «señal» en vez de «simple», «confesión» en vez de «convención», «suburbios» en vez de «metro» (11). La segunda clase consiste en errores en los que la palabra sustitutiva está relacionada en significado (semántica o asociativamente) a la palabra que reemplaza, tal como ocurre en los siguientes lapsus: «No te quemes los dedos de las manos», en lugar de «dedos de los pies »; « conozco a su suegro » en vez de «a su cuñado»; «un pequeño restaurate japonés» en lugar de « ... restaurante chino» (12). Todos los errores de sustitución lexica de Freud pueden ser clasificados como parecidos a la palabra que se debía decir, ya por su forma, ya por su significado. Se dan detalles sobre ello en el libro de Fromkin, pero nos llevaría demasiado lejos ocuparnos de ellas aquí. Estas dos clases de errores son semejantes a las dos clases de errores que tuve en cuenta al analizar mis propias equivocaciones al escoger la llave errónea; tienen un sentido perfectamente aceptable en términos psicológicos ordinarios, sin necesidad de recurrir a elaboradas interpretaciones psicoanalíticas en términos de represión.
Cuando se trata de una cuestión de acceso a la memoria, la noción de «hábito» es ciertamente tan prominente como la de « motivación », y ha sido mucho más experimentada.
Al seleccionar la llave adecuada, cometí más errores con las llaves nuevas que con las que poseía desde hacía tiempo; en el último caso, la constatada repetición había resultado en un hábito de encontrar el lugar justo, mientras que la posición de las llaves nuevas todavía no había sido tan firmemente establecida por el mecanismo del hábito. Igualmente se ha demostrado que las palabras que una persona usa muy frecuentemente son causa de menos equivocaciones que las relativamente nuevas o raramente usadas. El hábito, igual que los demás factores mencionados, debiera ser tenido muy en cuenta antes de poder aceptar una interpretación de los errores únicamente en términos de motivación.
Es, en verdad, completamente erróneo, pensar en Freud como el primer hombre que se interesó en estos errores de la lengua y la pluma, o que escribió extensamente sobre ellos. El primer análisis psicolingüístico de alguna importancia sobre tales errores, junto con una colección de más de veinte mil errores ilustrados, fue publicado en Viena por Meringer y Mayer, bajo el título «Versprechen und Verlessen»; precedió al libro de Freud en unos seis años. Y aún otros habían precedido a Meringer y Mayer, algunos de ellos habiendo aparecido hasta nueve años antes, lo que demuestra que existía un vivo interés por el tema en esa época.
En el debate entre Meringer y Freud, ambos adoptaron unas posiciones extremistas. Freud decía que todos los errores de dicción, exceptuando tal vez algunos de los casos más sencillos de anticipación y perseverancia, podían ser incluidos en su teoría de lo inconsciente y explicados por los mecanismos represivos. Meringer adoptó una posición igualmente extrema, prescindiendo totalmente de tales causas. Las pruebas fácticas ciertamente no corroboran la teoría de Freud, pero en vista de la dificultad de negar completamente los errores motivacionales, la posición de Meringer tampoco puede ser sostenida enteramente.
En un capítulo debido a Ellis y Motley en el libro de Fromkin, cincuenta y un errores de sustitución léxica de un total de noventa y cuatro lapsus mencionados en la obra de Freud «Psicopatología de la vida cotidiana» son objeto de análisis. Llegan a la conclusión de que «los errores de sustitución léxica que Freud citó en apoyo de esta teoría de la intención conflictiva no se apartan, desde un punto de vista formal o estructural, de los errores analizados por los psicolingüistas». No es, pues, necesario, inferir mecanismos no lingüísticos para tenerlos en cuenta.
Se han hecho interesantes tentativas para comparar la influencia de los factores motivacionales con los lingüísticos. Uno de tales experimentos se ocupaba de los «spoonerismos», es decir, los legendarios lapsus lingüísticos cometidos por el Reverendo Dr. William Archibald Spooner (1844-1930), que fue Director del New College, de Oxford, desde 1903 hasta 1924. Los «spoonerismos» son las transposiciones accidentales de letras iniciales de dos o más palabras, de manera que tanto las palabras originales como las transpuestas tengan un significado en inglés; un ejemplo sería «Habéis siseado (o silbado) las lecturas misteriosas», en vez de «Os habéis perdido las lecturas misteriosas» (13).
Spooner era bien conocido por cometer tales errores al hablar (y también, según parece, al escribir) pero la mayoría de los más famosos «spoonerismos» son, probablemente, invenciones de otros.
Michael T. Motley usó factores lingüísticos y motivaciones al inducir a los estudiantes a cometer «spoonerismos» involuntariamente en una situación experimental. En uno de tales experimentos mostró a sus sujetos dos palabras, pidiéndoles que las pronunciaran. Los estudiantes fueron divididos en tres grupos, que recibían cada uno una diferente clase de tratamiento Se ideó un plan para crear un juego situacional cognitivo hacia una sacudida eléctrica.
A los sujetos se les colocaban falsos electrodos ostentosamente conectados a un marcador eléctrico, y se les dijo que el marcador podía emitir, al azar, descargas eléctricas, moderadamente dolorosas, y que en el transcurso de su tarea podían recibir, o no, tal descarga (no se administraron descargas, ¡por supuesto!). Este tratamiento fue llevado a cabo por un experimentador. El segundo tratamiento consistía en crear un juego situacional cognitivo hacia el sexo. A este propósito la tarea fue encomendada a una experimentadora que era atractiva, bien parecida, muy provocativamente vestida y de maneras seductoras (¡los estudiantes de psicología se divierten mucho!). El juego del tratamiento del sexo fue administrado en ausencia del aparato eléctrico. Finalmente, un tratamiento de juego neutro de control fue administrado por un experimentador, sin el aparato eléctrico. Estos juegos tenían por objeto producir factores motivacionales relacionados con las descargas eléctricas o con el sexo, o no producir juegos motivacionales en absoluto.
A los sujetos se les proponían palabras que no tendrían sentido, pero que eran susceptibles, mediante el «spoonerismo» de convertirse en palabras significativas, relacionadas con el juego de la electricidad o con el del sexo. Ejemplos del primero podrían ser shad bock, que podía ser «spoonerizado» en bad shock (14), o vany molts que podía ser «spoonerizado» en many volts (15). Para el juego del sexo las palabras sin sentido podían ser goxi furl que podrían ser «spoonerizadas» en foxy girls, o lood gegs que pasarían a convertirse en good legs (16).
Cada juego de palabras era precedido por tres palabras interferidas con el propósito de crear tendencias fonológicas hacia el esperado error por «spoonerismos». Por ejemplo la expresión bine foddy, que se suponía debía ser «spoonerizada» en fine body, era precedida por las palabras interferidas fire bobby, five boggies, etc. (17), sugiriendo que la primera palabra debiera empezar con una f, y la segunda con una b. Los resultados fueron que el «spoonerismo» ocurría más frecuentemente en los conjuntos cuyos errores se emparejaban con el juego de tratamiento cognitivo que en los conjuntos cuyos errores no se relacionaban con el tratamiento. En otras palabras, el juego del sexo contenía más errores en sexo que en electricidad, el juego de electricidad más errores de electricidad que de sexo, mientras que el juego neutro daba igual número de errores de ambos tipos. Metley consideró que esto era una prueba de la teoría de Freud, pero por supuesto esto no es así. Es dudoso si los juegos son motivacionales; pueden simplemente apelar a diferentes hábitos y conexiones asociativas. Pero, lo que es peor de todo, la teoría de Freud implica que los factores motivacionales son deseos infantiles reprimidos; ni siquiera Motley pretendería que las emociones producidas al oir que uno va a recibir descargas eléctricas al azar, o por la visión de una chica guapa provocativamente vestida son inconsistentes. El experimento es interesante, pero no tiene nada que ver con las teorías freudianas. Algo muy parecido debe decirse acerca de todos los demás experimentos similares que han sido mencionados en la literatura psicológica. Son interesates por sí mismos, pero no prueban la teoría de Freud, ni en un sentido ni en otro.
Ocupémosnos ahora de un típico ejemplo freudiano de lapsus lingüísticos. Ha sido a menudo calificado, no sólo por el mismo Freud, sino también por sus discípulos y críticos, como superiormente impresionante y ejemplo revelador del «lapsus freudiano». Ha sido también analizado, con todo detalle por Sebastiano Timpanaro, bien conocido experto lingüista italiano, en su muy importante libro «El lapsus freudiano». Los lectores que se interesen por el tema debieran consultar el relato completo de Timpanaro, que está brillantemente escrito y lleno de percepción; aquí nos limitaremos a dar una pequeña idea de la manera en que él expone su argumento.
Empecemos con la historia freudiana por sí misma. Freud inicia una conversación en un tren con un joven judío austríaco que se lamenta de la posición de inferioridad en que se mantiene a los judíos en Austria-Hungría. En su apasionada exposición de los hechos el joven desea citar unas líneas de Virgilio, dichas por Dido que ha sido abandonado por Eneas y está a punto de cometer suicidio: Exoriare afiquis nostris ex ossibus Ultor. Esto es difícil de traducir literalmente, pero significa algo así como «Que alguien surja de mis huesos como un vengador» o «Surge de mis huesos, ¡oh Vengador! quien quiera que seas». No obstante, el joven judío, cita el párrafo incorrectamente, como Exoriare es nostris ossibus Ultor, es decir, omite aliquis e invierte las palabras nostris ex.
Apremiado por el joven, que le conoce de nombre y ha oído hablar de su método psicoanalítico. Freud trata de «explicar» este error en términos psicoanalíticos. Usando el método de la libre asociación de Galton, Freud dice: «Debo pedirle que me diga cándida y honradamente, lo primero que acuda a su mente si dirige su atención a la palabra olvidada sin ninguna finalidad definida». Entonces Freud cita la secuencia de asociaciones del joven judío a la palabra aliquis, que empieza como sigue: Requiem – Liquidación - Fluido. Luego viene San Simón de Trento, un niño martirizado en el siglo XV, cuyo asesinato fue atribuido a los judíos, y cuyas reliquias en Trento habían sido visitadas por el joven judío no mucho tiempo atrás. Esto es seguido por una sucesión de santos, incluyendo San Genaro, cuya sangre coagulada, guardada en un frasco en la Catedral de Nápoles, se licua milagrosamente varias veces al año; la excitación que se apodera de las supersticiosas gentes napolitanas si ese proceso de licuefacción se retrasa, se expresa en pintorescas invectivas amenazas contra el santo. Finalmente, llegamos a la ansiedad y preocupación del joven judío, originadas, según Freud, por el lapsus original, concretamente el hecho de que él mismo se halla obsesionado con pensamientos acerca de una «ausencia de fluido líquido», porque teme haber dejado encinta a una mujer italiana, cuando estuvo con ella en Nápoles; esperaba recibir confirmación de sus peores temores de un día a otro. Además, uno de los otros santos en la secuencias de asociaciones siguiendo a San Simón es San Agustín, y Agustín y Genaro están ambos asociados en el calendario (agosto por Agustín y Genaro por enero), es decir, sus nombres deben sugerir un temor a un hombre aterrado ante la perspectiva de ser padre (no es importante para Freud que los dos meses estén tan distantes, y ni siquiera separados por los fatales nueve meses, en este caso). Freud relaciona el asesinato del niño santo, Simón de Trento, con la tentación de infanticidio. Y concluye con considerable satisfacción: «Debo dejar a su propio juicio el decidir si puede explicar todas esas relaciones con la suposición de que se trata del azar. Puedo, no obstante, decirle que cada caso que usted se decida a analizar le llevará a cuestiones de azar que son igual de sorprendentes ».
Lo que Freud sugiere es esto. El joven judío está preocupado porque teme haber dejado encinta a su amiga italiana, y esa preocupación reprimida emerge en la forma del lapso verbal cuando cita a Virgilio. La cadena de asociaciones que empieza con las palabras involucradas en el lapsus conduce a ideas que se refieren a niños, fluídos meses del calendario, infanticidio y otras nociones que, según Freud, están claramente asociadas con el hecho de que la amiga del joven judío ha dejado de tener sus períodos. Uno se pregunta por qué alguien consideraría esas preocupaciones como «reprimidas» con cualquier sentido; no son ciertamente inconscientes, sino que, al contrario, están en primer plano de la consciencia del joven judío, pero la hipótesis de que las libres asociaciones a partir del lapsus conducen a pensamientos preocupantes o complejos en su mente pueden ser difícilmente rechazada. Pero, ¿demuestra todo esto, o ayuda siquiera a demostrar, la teoría general de Freud?.
Antes de ocuparnos críticamente del análisis de Freud, consideremos cómo Timpanaro, el experto lingüista, explicaría el lapsus. «¿Cuál es la explicación de este doble error?», se pregunta. La explicación se basa en el bien conocido hecho de la canalización, es decir, el hecho de que palabras y expresiones que son más arcaicas, retóricas, y estilísticamente poco usadas, y por consiguiente no corrientes en la tradición lingüístico-cultural del orador, son reemplazadas por palabras más simples y corrientes. La persona que transcribe o recita tiende a sustituir palabras o frases de la herencia literaria por formas de expresión de uso más común. En el párrafo de Virgilio citado por el joven compañero de viaje de Freud, la construcción es dramáticamente anómala. La anomalía consiste en la coexistencia de la segunda persona singular (exoriare) con el pronombre indefinido (aliquis): Dido tutea al futuro Vengador, como si le viera en pie ante ella, mientras al mismo tiempo expresa con aliquis su identidad indeterminada. Así la expresión de Dido es, al mismo tiempo, un augurio, tan vago como tales augurios tienden a ser («que venga, más pronto o más tarde, alguien para vengarme») y una profecía implícita de la venida de Aníbal, el Vengador que Virgilio tenía ciertamente en la mente cuando escribió este párrafo.
Ahora bien, en alemán, el idioma hablado por el joven amigo de Freud, así como en inglés, tal construcción es virtualmente intraducible en el sentido literal. Timpanaro hace observar la dificultad: «Algo debe ser sacrificado: o bien uno desea aludir el misteriosamente indeterminado augurio, lo que conlleva convertir Exoriare en la tercera persona del singular en vez de en la segunda persona (« ...que surja algún vengador»); o bien prefiere conservar la inmediatez y el poder directamente evocativo de la segunda persona del singular, lo que conlleva modificar en algo, o incluso suprimir del todo, el aliqua («Aparece, ¡oh Vengador!, quienquiera que seas ... »). Los traductores de Virgilio al alemán, según dice Timpanaro, han tenido que escoger una u otra alternativa, y es plausible que el joven austríaco, para el cual las palabras de Dido no eran, sin duda, más que una lejana memoria del colegio, se inclinara inconscientemente a banalizar el texto, es decir, a asimilarlo con sus conocimientos lingüísticos. La eliminación inconsciente de aliquis corresponde a esta tendencia; el resto de la frase puede ser fácilmente traducido al alemán sin ninguna necesidad de forzar o alterar el orden de las palabras. La tendencia es acentuada por el hecho de que la lectura original de Virgilio es corriente, no sólo desde el punto de vista del alemán, sino también dentro del contexto del latín; esto llevaría fácilmente a un joven que ha sido moderadamente bien instruido a «restaurar» la clase de orden gramatical que aprendió en la escuela. Timpanaro abunda en muchos más detalles de los que es posible traer a colación aquí, pero no da un buen ejemplo de banalización como explicación de este «lapsus freudiano». Pero, ¿qué diremos de la cadena de asociaciones?.
Aquí Timpanaro hace una sugerencia muy buena. Llama la atención sobre una suposición hecha por Freud sobre la cual no hay ninguna prueba. Freud asume que es la preocupación por el hecho de que la amante no haya tenido el período lo que causa el lapsus, y que la cadena de asociaciones lo demuestra. Pero es igualmente posible que cualquier cadena de asociaciones, empezando por cualquier palabra arbitrariamente escogida, conduzca a lo que predomina en la mente del «paciente», porque sus pensamientos siempre tenderían hacia ese tema dominante. Timpanaro cita un número de ejemplos para mostrar cuán fácilmente podrían construirse cadenas de asociaciones para la preocupación y ansiedad del joven judío, a partir de cualquier palabra de la cita de Virgilio; hace observar que tales cadenas de asociaciones no serían más grotescas y torturadas que las que Freud usó como prueba. También dice que Freud, de hecho, no permitió al sujeto asociar libremente; sutilmente guió la cadena de asociaciones mediante comentarios que le llevaron al camino que finalmente tomó el joven. Así, las sedicentes « libres asociaciones » están, en parte, determinadas por los comentarios sugestivos de Freud, en parte por el conocimiento que de Freud y sus teorías tenía el joven judío, y sobre todo por su interés en asuntos sexuales. Todo esto debe haber determinado, hasta cierto punto, la dirección de sus asociaciones, empezando por el punto que se quisiera.
Pero volvamos a la cuestión crucial. Si podíamos haber empezado por cualquier palabra y mediante una cadena de asociaciones llegábamos a la misma conclusión, entonces está claro que la teoría freudiana es completamente errónea. Esto precisaría un experimento de control muy obvio, pero Freud y sus seguidores nunca quisieron someter el asunto a una prueba. Cuando yo era psicólogo en el Hospital de Emergencia Mill Hill durante la guerra, probé el experimento con un número de pacientes que ingresaron en el hospital con dolencias neuróticas o levemente psicóticas. Les hacía contarme sus sueños, y luego les hacía asociar libremente con los diversos elementos del sueño. Descubrí, tal como Galton y Freud, que ciertamente, siguiendo ese método, pronto llegaba a determinadas preocupaciones profundas y ansiedades que molestaban a los pacientes, aunque por lo general aquéllas eran conscientes y no indicativas de deseos infantiles reprimidos.
En cualquier caso probé entonces el experimento de control. Habiendo analizado, siguiendo el esquema freudiano, los sueños de Mr. Jones y Mr. Smith, le pedí entonces a Mr. Jones que asociara libremente con los elementos del sueño contado por Mr. Smith, y viceversa. El resultado fue nítido; las cadenas de asociación terminaron precisamente en los mismos «complejos« tanto si se aplicaban a los sueños de la otra persona como a los de uno mismo. En otras palabras, la cadena de asociaciones es determinada por el «complejo», no por el punto inicial. Esto invalida completamente la teoría freudiana, y uno se pregunta por qué los psicoanalistas no han probado estos simples métodos experimentales de verificar con hipótesis alternativas.
No estoy afirmando aquí que esta hipótesis alternativa sea necesariamente cierta. Estoy diciendo simplemente que, junto con la banalización proporciona una hipótesis alternativa muy sólida e importante a la teoría freudiana, y que en la ciencia es absolutamente vital que las hipótesis alternativas sean sometidas a una prueba experimental. Los psicoanalistas no tienen ningún derecho a afirmar que sus puntos de vista sean correctos mientras no se haya llevado a cabo ni un solo test empírico, con suficiente detalle y a una escala lo bastante amplia, como para obtener resultados convincentes, en un sentido u en otro. La evidencia existente no es ciertamente suficiente para «demostrar» la teoría de Freud; es más, en muchos casos parece contradecirla. No sólo hay hipótesis alternativas con un buen respaldo experimental, sino que además puede verse que en la mayoría de los casos citados por Freud el «complejo» no es en absoluto inconsciente o reprimido. El joven judío de la historia mencionada se daba perfecta cuenta de lo que él temía, y de hecho estaba pensando constantemente en ello. Así, los factores motivacionales han podido estar en activo (si deseamos rechazar la banalización como la simple explicación del lapsus), pero tal no es la teoría de Freud. Los lectores atentos del libro de Freud se darán cuenta de que esto es cierto en casi todos los casos. Por consiguiente, tal como sucede en el caso del libro de Freud sobre la interpretación de los sueños, los ejemplos aducidos por él en apoyo de su tesis lo que hacen, de hecho, es debilitarla.
Sólo podemos concluir que la amplia aceptación de las teorías freudianas sobre el sueño y los lapsos de lengua y pluma no se basa en una lectura racional y crítica de sus obras; no aduce pruebas reales sobre lo correcto de sus teorías, sino que se limita a citar impresionantes e interesantes -aunque irrelevantes- interpretaciones que, si aceptamos sus propias explicaciones, contradicen sus teorías específicas. Las teorías son comprobables, y es de esperar que adecuados tests en gran escala serán llevados a cabo de la manera debida, comparando las teorías freudianas con las alternativas. Por lo tanto, mientras esto no se haga, es imposible aceptar las teorías freudianas como demostradas, ni siquiera plausibles; las teorías alternativas tienen mucho más respaldo, y están más en línea con el sentido común. Hablar de «lapsus freudianos» y «símbolos freudianos» es un absurdo; tanto el simbolismo como la interpretación de los lapsus eran corrientes mucho antes de que Freud formulara sus teorías, y tal era el método de asociación que usó para respaldar su caso. Sean lo que sean los suenos y los lapsos de lengua y de pluma, ciertamente no son el camino real hacia el inconsciente; a lo más pueden ser, a veces, motivados por pensamientos súbitos cargados o no con fuertes emociones. Sobre esto hay alguna evidencia; sobre los deseos «inconscientes» y «reprimidos» en la ecuación freudiana no hay evidencia en absoluto, ni siquiera en los ejemplos del mismo Freud.
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