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Decadencia y Caída del Imperio Freudiano


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Hans J. Eysenck
Decadencia y Caída del Imperio Freudiano

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INDICE
Prólogo

Capítulo I. Freud, el hombre

Capítulo II El psicoanálisis como método de tratamiento

Capítulo III. El tratamiento psicoanalítico y sus alternativas

Capítulo IV- Freud y el desarrollo del niño

Capítulo V. La interpretación de los sueños y la psicopatología de la vida cotidiana

Capítulo VI- El estudio experimental de los conceptos freudianos

Capítulo VII. Psicocharla y pseudohistoria

Capítulo VIII- Descanse en paz: una evaluación

Notas


Agradecimientos

Bibliografía


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H.J. Eysenck nació en Alemania el 4 de marzo de 1916. Emigró a Inglaterra en 1934 dónde continuó su educación y recibió su licenciatura en psicología de la Universidad de Londres en 1940.
Durante la Segunda Guerra Mundial, asistió como psicólogo en la emergencia de un hospital, donde investigó sobre la exactitud de los diagnósticos psiquiátricos. Los resultados de estas investigaciones le conducirían a librar un antagonismo durante toda su vida hacia la corriente principal de la psicología clínica.
Después de guerra, fue profesor de la Universidad de Londres, compaginándolo con su inclusión como director del departamento de psicología del Instituto de Psiquiatría, asociado al Bethlehem Royal Hospital.
Es uno de los psicólogos más prolíficos en la actualidad y representa fielmente a la tradición diferencialista inglesa. Defiende con vehemencia la aplicación de la metodología hipotético-deductiva al estudio de las diferencias individuales, así como el papel relevante de éstas en la Teoría Psicológica. Mediante la aplicación conjunta de las técnicas correlacionales y experimentales, ha intentado integrar diferentes modelos explicativos del comportamiento para la comprensión de las diferencias individuales. Sus principales áreas de trabajo son la personalidad y el temperamento (desde la tradición constitucionalista de las tipologías griegas), la psicología clínica (sintetizando psicología de los rasgos con psicología del aprendizaje y terapia de conducta), la psicopatología, la inteligencia, las actitudes, la conducta sexual, la criminología, la genética de la conducta y los estudios sobre el hábito de fumar.
Su planteamiento, marcadamente psicobiológico, aproxima la psicología a las ciencias naturales. Es reacio a incorporar en sus modelos la psicología cognitiva actual y mantiene unas posiciones, en el plano de la comprensión de las capacidades cognitivas, muy cercanas a las de su maestro, Spearman. Otra característica que se destaca en H.J. Eysenck es su capacidad para estimular trabajos innovadores en otros investigadores, y combinar la tradición de la psicología occidental europea y americana con la oriental proveniente de países como Rusia y Polonia.
En su extensísima labor científica y académica se ha ocupado de desarrollar teorías sobre la personalidad, la inteligencia, la psicología clínica, la criminología y muchos otros campos de la psicología. Lector infatigable, escritor prolífico, investigador original, maestro de numerosos especialistas y constante polemista, defendió siempre una visión científica de la psicología y de su práctica profesional.
Eysenck ha escrito 75 libros y aproximadamente 700 artículos, algo que le ha establecido como uno de escritores más prolíficos en psicología. Entre sus muchas obras se destacan: "Las bases biológicas de la personalidad"; "Sexo y personalidad"; "Inteligencia: la lucha de la mente". "Dimensión de la personalidad", "Descripción y medida de la personalidad", "La psicología de la política", "Usos y abusos de la pornografía", "La dinámica de la ansiedad y la histeria", "Conozca su propio coeficiente de inteligencia", y "Hechos y ficciones de la Psicología". Como psicólogo se enfrenta a la mitología de Freud y sus discípulos en "Decadencia y caída del Imperio Freudiano" que aquí presentamos. Son muy interesantes también sus incursiones en el campo de la Etnología, habiendo causado un gran impacto, sus obras "La Desigualdad del Hombre" y "Raza, Inteligencia y Educación".
Se retiró en 1983 y continuó escribiendo hasta su muerte el 4 de septiembre de 1997.
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Prólogo
Este es un libro sobre Sigmund Freud y el psicoanálisis. Hay muchos libros de esos, y el lector puede justamente exigir saber por qué a él o a ella se le pide que pague su buen dinero para comprar uno nuevo, y gaste un tiempo precioso leyéndolo. La respuesta es muy simple. La mayoría de los libros sobre este tema han sido escritos por psicoanalistas, o, por lo menos, por seguidores del movimiento freudiano; son, por lo tanto, acríticos, hacen caso omiso de teorías alternativas, y han sido escritos más como armas para una guerra de propaganda que como evaluaciones objetivas del psicoanálisis. Hay, por supuesto, excepciones a esta regla, y algunas de las más notables de ellas se mencionan en la bibliografía al final de este libro. Nuevos libros importan­tes corno los de Sulloway, Ellenberger, Thorntorn, Rillaer, Roazen, Frornkin, Timpanaro, Gruenbaum, Kline y otros, son densos y altamente técnicos; son de un gran valor para el profesional estudioso, pero no pueden ser recomendados a los lectores no profesionales que traten de saber qué ha descubierto la investigación moderna sobre la verdad o la falsedad de las doctrinas freudianas. Pero en beneficio de los lectores que deseen comprobar por sí mismos, me he referido en el texto a los principales autores históricos que se han ocupado cuidadosamente de la evidencia y han hecho cumplido detalle de lo que efectivamente sucedió, con referencia especial a acontecimientos fácticos, así como a publicaciones y a otras pruebas disponibles.
Este libro, pues, se basa inevitablemente en los conocimientos de las personas antes mencionadas, y en los muchos otros cuyos trabajos han sido consultados. No obstante, constituye algo especial al reunir material que cubre una amplia gama de asuntos dentro del campo general del psicoanálisis: la interpretación de los sueños, la psicopatología de la vida diaria, los efectos de la psicoterapia psicoanalítica, la psico-historia y la antropología freudianas, el estudio experimental de los conceptos freudianos, y muchos más. He tratado de hacerlo de una manera no técnica, para hacer el libro accesible a los lectores que tengan sólo un conocimiento somero del psicoanálisis freudiano y no posean unos fundamentos profesionales de psicología o antropología.
Hubiera sido más fácil escribir un libro cinco veces mayor y lleno de argot técnico, pero he comprobado que era una experiencia saludable tratar de reducir esta riqueza de material a los confines de un libro corto y no técnico. El esfuerzo requerido para llevarlo a cabo ha liberado a mi mente de muchos prejuicios, y estoy agradecido a los muchos expertos cuyas obras he consultado, por haberme ayudado a aclarar enigmas y paradojas que me habían creado numerosas dificultades antaño.
He dado muchas conferencias sobre los diversos temas contemplados en este libro, y todos han sido invariablemente presentadas como «polémicas». Paralelamente, no dudo de que los críticos llamarán a este libro «polémico», pero es un tipo de evaluación con el que no puedo estar de acuerdo. He tratado de trabajar con hechos constatados, y añadir tan pocos comentarios e interpretaciones como me ha sido posible. Las conclusiones pueden ser «polémicas» por no concordar con aserciones previas que fueron hechas sin el beneficio de la investigación más reciente, pero ello no las convierte en litigiosas. Simplemente significa que nuestro conocimiento ha progresado, que nuestra comprensión ha avanzado, y que recientemente han sido descubiertos hechos que arrojan una luz nueva sobre Freud y el psicoanálisis.
Una buena parte de esta nueva evidencia es altamente crítica a propósito de afirmaciones hechas por Freud y sus seguidores, y, tal como sugiere el título de este libro, el resultado inevitable ha sido una decadencia de la influencia de la teoría freudiana, y de la estima en que se tenía al psicoanálisis. Que tal decadencia se ha producido puede ser difícilmente puesto en duda por quienquiera que esté familiarizado con el presente clima de opinión entre los psiquiatras (doctores cualificados y especializados en el estudio médico de los desordenes mentales) y los psicólogos (graduados en el estudio científico de la conducta humana), así como entre los filósofos, antropólogos e historiadores, en los Estados Unidos y en el Reino Unido. Esta desilusión no ha avanzado tanto, hasta el momento, en Sudamérica, Francia y unos pocos países más, que continúan firmemente apegados a conceptos y teorías pasados de moda. No obstante, incluso ahí están empezado a aparecer las dudas, y gradualmente irán siguiendo a Norteamérica e Inglaterra.
Al ocuparme de la obra de Freud, lo he hecho exclusivamente desde el punto de vista científico. A muchos, esto les podrá parecer demasiado estricto. Tal vez afirmen que la contribución de Freud ha sido más a la hermenéutica -la interpretación y significado de los sucesos mentales- que el estudio científico de la conducta humana. Otros insistirán en la importancia social y literaria de la obra de Freud, o le considerarán un profeta e innovador, un hombre que cambió nuestras costumbres sexuales y sociales y que, como Moisés, nos condujo a un nuevo mundo.
Puede decirse que Freud encaje, tal vez, en todos estos diferentes papeles, pero yo no estoy cualificado para ocuparme de ello. Para juzgar la importancia de los profetas, los innovadores, o las figuras literarias, se requiere un profundo conocimiento de la Historia, la Sociología o la Literatura y la Crítica Literaria. Yo no puedo pretender poseerlo, y por consiguiente no voy a tratar de tales aspectos de las aportaciones de Freud.
Tengo, no obstante, algo que decir sobre la objeción de que Freud debería ser considerado no como un científico de la especie ordinaria sino más bien como el originador y figura principal del movimiento hermenéutico. Tal argumento hubiera sido rechazado de plano por el mismo Freud, quien dijo lo siguiente:
Desde el punto de vista de la ciencia debemos necesariamente hacer uso de nuestros poderes críticos en ese sentido, y no tener reparos en rechazar y negar. Es inadmisible declarar que la ciencia es un campo de la actividad intelectual humana, y que la religión y la filosofía son otros campos por lo menos tan valiosos, y que la ciencia no tiene que interferir en las otras dos, y que todas tienen igual derecho a reclamar ser consideradas como verdaderas, y que cada uno es libre de escoger de dónde extraerá sus convicciones y en qué situará sus creencias. Tal actitud es considerada particularmente respetable, tolerante, liberal y exenta de estrechos prejuicios. Desafortunadamente, esto no es defendible: conlleva todas las cualidades perniciosas de una WeItanschauung anticientífica, y en la práctica viene a ser la misma cosa. El hecho desnudo es que la verdad no puede ser tolerante y no puede admitir compromisos o limitaciones; que la investigación científica considera como propio todo el campo de la actividad humana, y debe adoptar una actitud crítica y sin compromisos hacia cualquier otro poder que trata de usurpar una parte de sus dominios.
No puedo por menos que estar de acuerdo con estos sentimientos. Muestran, igual que otros muchos párrafos escritos por Freud, que él se proponía ser un científico en el sentido tradicional; sus seguidores que ahora desean de la importancia de la ciencia y reivindican para él un lugar situado entre la filosofía y la religión, le hacen un flaco favor. Freud, como Marx, a menudo se lamentó de la falta de comprensión mostrada por sus seguidores y, otra vez como Marx, que aseguraba que él «no era marxista», afirmó que él «no era freudiano». Freud habría considerado estas tentativas de negarle la consideración de científico y derivarle hacia el cul-de-sac hermenéutico, como una traición. Yo he preferido juzgar a Freud por sus propios criterios confesados, y ocuparme de su trabajo como una contribución a la ciencia.
Al hacerlo así, quiero dejar un punto bien claro. Al ocuparme en juzgar a Freud como un científico, y al psicoanálisis como una contribución a la ciencia, ni siento ningún deseo de denigrar al arte, la religión ni ninguna otra de las formas de la experiencia humana. Siempre he considerado el arte como algo de la máxima importancia, y no puedo imaginar una vida sin poesía, música, teatro o pintura. Paralelamente, reconozco que para muchos la religión es de suma importancia, y mucho más relevante para sus vidas que la ciencia o el arte. Pero reconocer esto no es decir que la ciencia es lo mismo que el arte y la religión; las tres tienen sus funciones en la vida, y nada se gana fingiendo que no hay diferencias entre ellas.
La verdad que el poeta escribe no es la verdad que el científico reconoce, y la identificación poética de la verdad con la belleza está, en esencia, desprovista de significado. Puede haber muchas conexiones entre esta verdad poética y la hermenéutica, pero para el científico la verdad es la aserción de generalizaciones demostrables de validez universal, sujetas a pruebas y experimentos. Esto queda muy lejos de la verdad poética, o la verdad de la música, la pintura y el teatro. De la primera es de la que se ocupaba Freud, y es por tales criterios por los que él debe ser juzgado.
Permítaseme ilustrar la diferencia entre la verdad poética y la verdad científica. Cuando Keats escribe sobre el Ruiseñor, Tennyson sobre el Aguila, Poe sobre el Cuervo, no están intentando duplicar el trabajo del zoólogo. En cada caso el poeta se ocupa de «la emoción recordada en tranquilidad»; es decir, de una reacción personal, emocional, ante ciertas experiencias. Introspectivamente, sin duda, esas experiencias son reflejadas verdaderamente, pero esta es una verdad individual, no universal; una verdad poética, no científica.
Esta distinción es aplicable a una creencia, compartida por muchos, de que los escritores saben más acerca de la naturaleza humana que los psicólogos, y que Shakespeare, Goethe o Proust eran mejores psicólogos de Wundt, Watson o Skinner. De nuevo tropezamos aquí con la división entre verdad individual y verdad universal. Cuando Elizabeth Barrett Browning nos dice que «la tristeza sin esperanza es desapasionada», ¿es ello conciliable con la experiencia del psiquiatra sobre pacientes depresivos?. Cuando Shakespeare dice que la bebida «provoca y desmotiva» la lascivia -provoca el deseo pero impide su realización-, ¿es esto, de hecho, cierto?. El psicólogo haría preguntas embarazosas, por ejemplo: ¿esto es así en función de la cantidad de alcohol consumida, o del tipo de alcohol, o su concentración, o acaso es debido a la mezcla de las bebidas?», etcétera. O llevaría a cabo experimentos para demostrar que una bebida placebo (no alcohólica), consumida en condiciones en que el sujeto cree que ha bebido alcohol, tiene prácticamente el mismo efecto que el alcohol en sí mismo, alternativamente, podría demostrar que los efectos del alcohol dependen mucho de las circunstancias sociales: ¿fue consumido en una tertulia, o por un bebedor solitario?. Podría demostrar que los extrovertidos y los introvertidos reaccionan de ma­nera completamente diferente ante la bebida. Las palabras de Shakespeare contienen una verdad, pero sólo una verdad parcial.
¿En qué sentido podemos decir que Otelo es el protagonista universal de la persona celosa, Falstaff del timador, o Romeo del amante?. Todos ellos son individuos que contienen su verdad individual, pero es una verdad que no generaliza. Una vez leído esté libro, preguntaros a vosotros mismos a quién iríais a pedir consejo si tuvierais que tratar con un niño difícil, o con un enurético, o con un lavador de manos obsesivo-compulsivo... ¿a Shakesperare, Goethe, Proust, o al conductista que prácticamente garantizaría la curación en unos pocos meses?. Hacer la pregunta equivale a responderla. Esta clase de problemas prácticos no son asuntos del poeta, de la misma manera que la descripción poética de las emociones o el bosquejo de un carácter individual notable no son asuntos del psicólogo. Los creyentes en la hermenéutica tratan, en vano, de colmar esta brecha, pero la brecha existe.
Para el científico, dos visiones de la verdad son particularmente importantes. La primera de ellas es el criticismo informado y constructivo. Nada es más valioso para el científico practicante que ver sus teorías y puntos de vista debatidos y criticados por sus pares. Si las críticas son infundadas, sabe que sus teorías sobrevivirán. Si están bien fundamentadas, entonces sabe que deberá cambiar sus teorías, o incluso abandonarlas. La crítica es la sangre vital de la ciencia, pero el psicoanalista, y en particular el mismo Freud, se han opuesto siempre a cualquier forma de crítica. La reacción más corriente ha consistido en acusar al crítico de « resistencias » psicodinámicas, procedentes de complejos de Edipo no resueltos y de otras causas similares; pero esto no es una buena réplica. Sean cuales fueren los motivos del crítico, los puntos que él suscita deben ser juzgados en términos de su relevancia fáctica y de su consistencia lógica. El uso del argumentum ad hominem como réplica a la crítica es el último recurso de los que no pueden responder con hechos a las críticas, y no es tomado en serio en los debates científicos.
Recíprocamente, la misma arma ha sido usada para criticar al mismo Freud. Así, algunos críticos han sugerido que el psicoanálisis es una especie de teoría esencialmente judía y que al elaborarlo Freud lo extrajo de su origen y educación judíos. No puedo juzgar si este argumento es verdadero o no, pero es esencialmente irrelevante. Las teorías de Freud deben ser comprobadas mediante la observación y el experimento, y su verdad o falsedad determinada objetivamente; su trasfondo judío no influencia esta comprobación en absoluto. Históricamente y biográficamente el trasfondo de Freud puede tener su interés, pero desde el punto de vista de la verdad, no lo tiene. El caso puede ser diferente en lo que se refiere a la enfermedad neurótica del mismo Freud, y su trasfondo en sus relaciones con su padre y su madre. Es cierto que él basó su teoría del conflicto de Edipo en sus propias experiencias infantiles, y esto es importante y relevante para enjuiciar su teoría. Como voy a demostrar, la contribución de Freud está ligada a su personalidad de una manera especial, y esta relación requiere ser discutida, aun cuando en última instancia la verdad de sus teorías no dependa de sus orígenes.
El mismo argumento se aplica a recientes publicaciones que sugieren que Freud alteró conscientemente sus teorías, no porque fueran falsas, sino porque podían provocar hostilidad. Este es el meollo del libro de J. M. Masson, titulado «Freud: El ataque a la Verdad». Masson tuvo acceso a los archivos de Freud y basándose en la correspondencia de éste con Fliess arguyó que Freud, conscientemente, suprimió lo que le constaba era cierto sobre las agresiones sexuales a los niños, falseando deliberadamente sus propios documentos clínicos y los testimonios de sus pacientes, inventando, en cambio, las nociones de las "fantasías sexuales” traumáticas y los impulsos edípicos. Según Masson, Freud inició así su «inclinación al abandono del mundo real que... se encuentra en la raíz de la actual esterilidad del psicoanálisis y de la psiquiatría en todo el mundo».
Masson puede tener razón, pero ciertamente el argumento no es lo bastante fuerte para demostrar este punto, y en cualquier caso los motivos de Freud no tienen realmente nada que ver con la verdad o falsedad de sus teorías. La teoría original de la « seducción » no es más verdadera que la última teoría de la «fantasía». Ambas deben ser juzgadas en términos de hechos conocidos, estudios empíricos y experimentos, no en términos hipotéticos por parte de Freud.
La segunda gran arma en el argumentarium del hombre de ciencia es la presentación de hipótesis alternativas. Es en verdad muy raro que la ciencia se enfrente a una situación en la que haya una explicación obvia a un fenómeno dado; generalmente hay varias explicaciones posibles, y el experimentador debe designar pruebas empíricas para decidir entre ellas. Los experimentos cruciales pueden ser raros en la historia de la ciencia, pero la permanente tentativa de decidir entre teorías alternativas es un elemento esencial en el progreso científico. Aquí, también, los psicoanalistas y particularmente el mismo Freud, han sido siempre hostiles y negativos en su actitud. En vez de agradecer las hipótesis alternativas, tales como las asociadas con Pavlov y las doctrinas de los reflejos condicionados, simplemente han rehusado reconocer la existencia de tales hipótesis, sin discutirlas nunca seriamente ni presentar pruebas que permitieran decidir qué teoría pudiera explicar mejor los hechos. A pesar de la limitada extensión de este libro he tratado de indicar, cuando lo he considerado relevante, la existencia de teorías alternativas a la freudiana, aduciendo pruebas que puedan sugerir qué teoría sería más adecuada en relación a los hechos establecidos. No obstante, la continua hostilidad de los freudianos a toda clase de crítica, por bien documentada que estuviere, y a la formación y existencia de teorías alternativas, por bien fundadas que fueren, no habla demasiado bien del espíritu científico de Freud y sus seguidores. Para cualquier juicio sobre el psicoanálisis como disciplina científica, estos puntos deben constituir una fuerte prueba contra su aceptación.
Hay un argumento contra el status científico del psicoanálisis, aducido a menudo por filósofos de la ciencia como Karl Popper, que creo se equivoca y no debería ser tomado en serio. Popper proponía distinguir entre ciencia y pseudo-ciencia en términos de su criterio de «falseabilidad»; en otras palabras, la ciencia es definida en términos de su capacidad para formular hipótesis compro­bables que pueden ser falsificadas por los experimentos o la observación. Popper cita como ejemplos de pseudociencias el psicoanálisis, el marxismo y la astrología, y argumenta que ninguna de ellas ha podido presentar hipótesis comprobables. Hay, ciertamente, muchas dificultades en presentar buenas pruebas de las teorías en cuestión, pero no son mayores que las que se podrían usar para encontrar experimentos que demostraran la exactitud de la teoría de la relatividad de Einstein. Nadie que esté familiarizado con el psi­coanálisis, el marxismo o la astrología puede poner en duda de que los tres hacen aserciones y predicciones que pueden ser experimentalmente comprobadas, y yo demostraré, en posteriores capítulos que, por lo que se refiere al psicoanálisis, por lo menos, la objeción de Popper no sirve. También demostraré que cuando las teorías freudianas son sometidas a tests experimentales o de observación, los resultados no las corroboran; no pasan el examen. Claramente, pues, esas teorías son falseables, y si tal fuera, en verdad, el crite­rio adecuado para discernir entre una ciencia y una pseudociencia, entonces el psicoanálisis, indudablemente, debiera ser considerado una ciencia. Modernos filósofos de la ciencia, como Adolf Gruenbaum, han aludido a la irrelevancia del criterio de Popper con respecto al psicoanálisis, y han sugerido que las insuficiencias lógicas de la teoría de Freud y su incapacidad para generar el respaldo de los hechos, son razones mucho más convincentes para considerar el psicoanálisis como una pseudo-ciencia más que como una ciencia.
Las críticas hechas a Freud se extienden, por supuesto, y en términos aún más severos, a sus muchos discípulos, como Jung y Adler, que se separaron de él y se «instalaron» por su cuenta. La mayoría de ellos, de hecho, abandonó la pretensión freudiana del rigor científico y el determinismo y se acogió, como Jung, a un franco misticismo. En este libro, empero, me he concentrado principalmente en Freud y sus enseñanzas.
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