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Decada segunda


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DECADA SEGUNDA

Notas previas


1. Síntesis del contenido de esta Década
También estos diez años están divididos en dos etapas bien definidas:
La primera comprende:
- la toma de sotana, el sexenio transcurrido en el Seminario de San Felipe, en Chieri (1835-1841), la Ordenación Sacerdotal, y el semestre en que ejerció el ministerio presbiteral en la parroquia de Castelnuovo.
La segunda se refiere:
- ante todo, al tiempo pasado en el “Convitto de Turín”, o Residencia Eclesiástica, desde el 3 de noviembre de 1841 al segundo domingo de octubre de 1844.

- el nacimiento de su pastoral oratoriana, de tipo “migratorio” y sus sucesivas etapas:

* del Convitto Ecclesiástico,

* del Refugio de la Marquesa Julieta Falletti Colbert de Barolo,

* del Cementerio de S. Pedro in Vincoli, la capilla de S. Martín de los Molinos Dora, la casa del sacerdote José Moretta, la propiedad de los hermanos Filippi, hasta su definitiva instalación en la Casa de Francisco Pinardi, en Valdocco, en la Pascua de 1846.
En la primera parte de esta Década de sus Memorias, don Bosco nos describe su cuidadosa preparación para el Sacerdocio, el ambiente y la vida interna del Seminario, su relación personal con los superiores y los compañeros, sus grandes amistades y algunas figuras de presbíteros, como Juan Borel y José Cafasso, que tuvieron mayor incidencia en su formación sacerdotal. Pero calla dos circunstancias que Juan Bautista Lemoyne hace notar en las Memorias Biográficas: la primera, la amistad con el joven clérico José Burzio (1822-1842), entrado al Seminario en 1840, y con quien Juan compartió la inquietud por las misiones extranjeras; la segunda, la razón definitiva por la que desistió de hacerse franciscano.

De José Burzio, don Bosco escribió un bosquejo biográfico que serviría de base a la vida escrita por el padre Félix Giordano en 1846. El 19 de septiembre de 1841, Burzio entró al noviciado con los Oblatos de María, en Pinerolo, y falleció allí el 20 de mayo del año siguiente. La relación con este amigo, no sólo ayudará a Juan a superar el vacío espiritual y afectivo que le acababa de dejar la muerte de Comollo, ocurrida el 2 de abril de 1839, sino que le facilitará entrar en contacto con los Oblatos de María, a quienes Gregorio XVI, desde 1837, había permitido comenzar una acción misionera fuera de Europa y enseguida les había confiado la Prefectura Apostólica de Birmania, en la India.109

La inquietud misionera seguiría cuestionando al neopresbítero Juan Bosco en los primeros años de su permanencia en el Convitto Ecclesiástico y será uno de los elementos que deberá discernir con la ayuda de su confesor y director espiritual antes de hacer su opción definitiva, hacia 1844-1845, por los jóvenes más pobres y abandonados y por el estilo “oratoriano” de su pastoral educativa.
En la segunda parte relata don Bosco su permanencia de tres años en la Residencia Eclesiástica (o “Convitto”), de Turín, destacando la importancia formativa que tuvo para su sacerdocio; pero acentuando, en seguida, el significado que tuvo para la orientación de su misión específica, el “encuentro pastoral” con los muchachos pobres y abandonados de la ciudad, y la experiencia “oratoriana” que hace con ellos.
2. El seminario de Chieri, y la diócesis de Turín al comienzo de la Restauración política (1814 - 1841)
Don Bosco, escribiendo sus Memorias, aunque no está haciendo historia de su época y de la Iglesia Particular en donde va realizando su formación clerical y en cuyo presbiterio se va a insertar, se refiere a personas y a acontecimientos que tocan directamente su vida, y afectan su formación y sus opciones. Es, pues, indispensable conocer algo a lo menos, de ese marco histórico y cultural al que se refiere.

Nosotros ya hemos leído expresiones suyas sobre la desconfianza que siente respecto a algunos elementos pertenecientes al clero secular de su diócesis, y vamos a constatar, más adelante, en la época de la revolución política liberal, la angustia y rechazo que despiertan las conductas de los llamados “curas patriotas”, cuya influencia nefasta un día va a afectar sus mismos Oratorios. Dígase otro tanto de la ambigüedad vocacional de muchos compañeros del Seminario y la manera dura como los clasifica su íntimo amigo Comollo; y la insatisfacción que le deja el trato formalista y lejano de sus superiores. ¿Por qué esto en un “nuevo” Seminario, como ese de Chieri, recientemente fundado (1829)? ¿A qué problemas y exigencias busca éste, responder? ¿Qué proyecto de presbítero quiere plasmar y por qué? ¿Con cuáles criterios formativos del Seminario va él a confrontar sus propias inquietudes, su percepción del sacerdocio, las aspiraciones que lo han ido guiando en su discernimiento vocacional y que lo seguirán acompañando durante ese sexenio? ¿Cuáles son las condiciones reales de la diócesis de Turín en la que él se va a encardinar? ¿Cuál la mentalidad de su obispo?


Una síntesis orientativa sobre algunos de estos aspectos.
Ciertamente Juan Bosco irá descubriendo la realidad que vive la Iglesia y el clero durante esos años y los aspectos represivos y muchas veces arbitrarios del régimen absolutista implantado en el Piamonte y Europa a la caída napoleónica. Pero irá palpando, más allá, las causas históricas que los fueron generando, y tuvieron como origen la Revolución Francesa y el régimen napoleónico que dominó la vida política y religiosa hasta 1815; y experimentará, en forma cada vez más consciente, las huellas que todo este mundo de acontecimientos complejos y muchas veces ambiguos o contradictorios, había ido dejando en las condiciones sociales, religiosas y morales del pueblo cada vez más empobrecido e ignorante, al que pertenecían los muchachos que vagaban en abandono y bajo la explotación preindustrial, y que empezaron a formar el núcleo predilecto de su pastoral sacerdotal.
En efecto, la primera ocupación francesa (1796) y la anexión del Piamonte a Francia, el 11 de septiembre de 1802, trajeron como inmediatas consecuencias la supresión de las órdenes religiosas, el control oficial sobre la Iglesia, la progresiva laicización del estado, la reducción numérica de las diócesis, que de 17 pasaron a 8 en 1803, y la limitación de admisiones al sacerdocio y a la vida consagrada.
Luego, a partir de la década de los años 40, en medio de la euforia democrática, parlamentaria y laicista y, por tanto, del rechazo a los regímenes monárquicos y absolutistas, y de la ingerencia de la Iglesia en la administración del poder público, se introdujeron formas de pensar y costumbres mundanas que debilitaron pronto las virtudes del clero, su disciplina religiosa y organizativa, su respeto a la jerarquía, la ejemplaridad de su conducta moral y su celo apostólico, y se impuso el desorden y la anarquía en la sociedad eclesial, con escándalo, desorientación y grave daño del pueblo. Sin embargo nunca se extinguió el celo sacerdotal en el corazón de muchos humildes pastores, en sectores suburbanos y rurales, y siempre hubo verdaderas figuras eclesiásticas ejemplares, algunas de las cuales serán protagonistas de iniciativas también para la renovación del clero y de las órdenes e instituciones religiosas, como Luis Anglesio (1803-1881), de quien dirá el mismo arzobispo Lorenzo Gastaldi, que había revivido la figura y el ardor apostólico de Sebastián Valfré (1629-1710), el servidor de “los últimos”; o Guillermo Audisio (1802-1882), nombrado por Carlos Alberto presidente de la Academia Eclesiástica de Superga, y formador en ella de un clero más acorde a las exigencias de su tiempo, estudioso y divulgador de ideas teológicas y morales, y hombre sensible a los problemas de una sociedad en transformaciones profundas. 110 Destacando los arzobispos.
* Monseñor Jacinto de la Torre (1747-1814), de los Condes de Lucerna; arzobispo de Sássari (1790) y Acqui (1799), trasladado en 1805 a Turín, comenzó la reforma de su Iglesia diocesana con grande preocupación pastoral. Se debe a él la readquisición de propiedades eclesiásticas, como la del Seminario Metropolitano de Turín, su reapertura y reorganización entre 1807 y 1814. Su labor es esencialmente de “sanación moral, espiritual y disciplinar” del clero. Pero la orientación clara y definitiva de la renovación de los estudios y de la educación espiritual, ascética y pastoral del clero, será fruto de las intervenciones de su sucesor, Mons. Colombano Chiaverotti, quien completa y consolida la obra comenzada por aquel.
* Monseñor Colombano Chiaverotti, benedictino camaldulense (1776), nacido en Turín el 5 de enero de 1754; ordenado sacerdote en 1789 y graduado en Derecho en la Universidad de su ciudad natal, ejerció el cargo de maestro de novicios y de Visitador General de su Orden.

Fue obispo de Ivrea del 1817 al 1818; y de Turín de 1818 a 1831. Comenzó un nuevo ordenamiento del Seminario arquidiocesano en 1819 y lo aplicó, desde 1829, al Seminario de Chieri. La “Constitución del Seminario” contenía no sólo una reforma de la disciplina religiosa y moral del clero, sino que buscaba fomentar una profunda espiritualidad apostólica. El ideal presbiteral propuesto a los formandos era el de Cristo Pastor. Por tanto, un sacerdote entregado por completo al bien de sus fieles, hasta dar la vida por ellos. El lema “Da mihi animas, caetera tolle”, propuesto por él ya en Ivrea a sus clérigos, encerraba este proyecto de vida, que él exponía en sus intervenciones personales y en sus documentos con convincente elocuencia. Don Bosco lo hará también la oración programática y la frase clave de su espiritualidad sacerdotal. 111 Precisamente para proporcionar a los seminaristas un ambiente sereno, alejado de los movimientos políticos y doctrinales que agitan a la sociedad y a la iglesia turinesa en esos años, Monseñor Chiaverotti, en 1829, fundó en Chieri el Seminario de San Felipe, en donde Juan Bosco llevaría acabo su formación doctrinal y ascética para el sacerdocio.


* Monseñor Luis Fransoni empezó en 1832 su arzobispado en la Capital Piamontesa. Era de familia genovesa, hijo del Marqués Domingo Fransoni y de la marquesa Battina Carrega. Víctima, con su familia, de la tormenta napoleónica, alimentó siempre un instintivo rechazo de las ideas revolucionarias que lo llevó a ser intransigente, sobre todo en medio de los gravísimos conflictos personales que tuvo desde 1848, con los regímenes liberales del Piamonte. Fransoni no hizo otra cosa que continuar las líneas dejadas por Mons. Chiaverotti, ratificándolas con su carácter severo y exigente. Pero, para don Bosco, será sobre todo en los difíciles comienzos de su ministerio sacerdotal el pastor que comprenda y secunde sus inquietudes e iniciativas pastorales por los hijos del pueblo. Con don Bosco manifestaba el arzobispo uno de los aspectos característicos de su personalidad: la peculiar sensibilidad ante las situaciones de los pobres, faceta que contrastaba con otras de corte aristocrático, o excesivamente duras y exigentes en el ejercicio de su autoridad episcopal. 112
3. El “Convitto”, o Residencia Eclesiástica de Turín durante la permanencia de don Bosco (1841-1844).
Las opciones fundamentales de don Bosco en los años del Convitto: la misión entre los jóvenes y su espiritualidad educativa y pastoral
3.1. Espíritu y organización del Convitto Ecclesiastico
“Para un joven sacerdote turinés no era cosa indiferente en el siglo pasado entrar al Convitto de S.Francisco de Asís. Se trataba de una opción de vida, la de aspirar a ser un tipo de presbítero fraguado básicamente en las espiritualidades de Ignacio de Loyola y de San Alfonso María de Ligorio”.
La influencia del Convitto fue decisiva para la formación de un nuevo modelo de sacerdote-pastor austero en la vida personal, comprometido en un trabajo apostólico orientado según el Evangelio con un humanismo optimista y confiado, basado en la misericoria de Jesucristo, el Redentor, y que proponia la santidad a todos y a cada uno de los fieles, según su propio estado y condición de vida. 113
En el Convitto esta orientación doctrinal ayudó a superar las diatribas teológicas entre un extremado rigorismo moral, heredero del Jansenismo, - que llevaba a obrar bajo la amenaza y el miedo-, y una moral que, yéndose al otro extremo, podía caer, por el contrario, en un benignismo superficial, poco exigente y aún permisivo, que podía conducir a una vida fácil, regalada y mediocre, ajena a las exigencias radicales del Evangelio. La clave concreta y práctica de la espiritualidad del Convitto estaba en la presencia, el magisterio y la dirección espiritual de José Cafasso, de Luis Guala y de Félix Golzio, de los que don Bosco hace los mejores elogios, como ejemplos vivos de los ideales y de las líneas operativas de la formación que proponían a sus discípulos.114
La Residencia eclesiástica era una institución que integraba residencia, clases y experiencias pastorales, en una óptica formativa, para jóvenes sacerdotes recientemente ordenados. Este era su objetivo fundamental.
El Convitto superaba la casuística moral, para hacer una propuesta integral de vida presbiteral, en la que se tenían en cuenta, juntamente con la acción soberana de la gracia, la verdad y la caridad, el ejercicio de la racionalidad y de la libertad humana, y la consideración de las circunstancias “personales”. Todo, a la luz del misterio de Cristo, Redentor y Salvador. El sacramento de la reconciliación adquiría así un marcado sentido “pastoral”, concreto y práctico, caracterizado por la misericordia y el estímulo, el equilibrio y la prudencia. Así venía a ser una propuesta contraria a la pastoral “rigorista”, más teórica y exigente y muchas veces inhumana. 115 El reglamento elaborado por Luis Guala constaba de pocas normas, redactadas con un criterio tal que los sacerdotes pudieran seguirlas practicando después en su vida pastoral ordinaria. 116
El Inspirador del Convitto Ecclesiástico fue el Sacerdote Pio Brunone Lanteri (1759-1830), quien lo concibió como un instrumento para la “renovación” espiritual y pastoral del clero, en una línea más inspirada en la sabiduría del Evangelio, que también era el espíritu de diversas asociaciones de sacerdotes y seglares que habían dado origen a un verdadero Movimiento Católico en el Piamonte y en Italia. 117
Pero, de hecho, el Convitto fue abierto por el P.Luis Guala en 1817, en los locales del convento adjunto a la Iglesia de S. Francisco de Asís, en la que ya funcionaban desde 1808 las Conferencias de Moral al frente de las cuales había estado el mismo celoso sacerdote.118

Sobre aspectos organizativos del Convitto:


* Respecto a los horarios: levantada a las 5,30 (5 am.en verano); a las 6 am. Oraciones, y celebración “individual” de las Santas Misas hasta las 10 am. A las 11, una conferencia de “moral” a cargo de José Cafasso.

Por la tarde, a las 3, otra conferencia a la que también participan sacerdotes no residentes, o a veces, en lugar de conferencia, lectura espiritual. Esta charla la dirigía el mismo Cafasso o Luis Guala y versaba sobre diversos aspectos formativos, teológico - pastorales o de espiritualidad sacerdotal.


* El tiempo restante se empleaba en el “ejercicio práctico del ministerio”, con preparación y revisión oportunas, y también, en algunos casos, con el acompañamiento de sus mismos formadores o sacerdotes de mayor experiencia que ya habían frecuentado el Convitto.

Don Bosco relata la satisfacción enorme y el grande provecho que experimentaba cuando acompañaba al teólogo Juan Borel en diversos servicios pastorales.

* La metodología de la Residencia Sacerdotal unía a los tiempos de oración y de estudio las conferencias doctrinales, la práctica pastoral y la dirección espiritual de los sacerdotes. No era, pues, una etapa más de estudios al estilo del Seminario, sino que hacía siempre referencia a la práctica del ministerio presbiteral para orientar, integrar y profundizar la vida, la acción y la espiritualidad sacerdotales. 119
Don Bosco, ordenado sacerdote el 5 de junio en la capilla del palacio arzobispal de Turín por Mons. Luis Fransoni, después de hacer el oficio de vicepárroco en Castelnuovo del 10 de junio al 2 de noviembre, entró al Convitto Ecclesiastico de Turín. Sus compañeros sacerdotes eran cerca de 40 provenientes de varias diócesis del Piamonte. La pensión era de 30 liras mensuales. Por los registros de contabilidad se sabe que a don Bosco se le hicieron rebajas al final de cada uno de los 3 años de permanencia. Ignoramos cómo haya hecho para pagar el resto de sus pensiones. Se posee el libro en el que apuntaba las intenciones de Misas celebradas.
Juan Bosco permanece en la Residencia Eclesiástica hasta octubre de 1844. El juicio global que él hace de esta institución eclesiástica es bien concreto y experiencial: “Allí se aprendía a ser sacerdote”. 120

3.2. Las opciones fundamentales de don Bosco en los años del Convitto: la misión entre los jóvenes pobres y abandonados; la espiritualidad pastoral y educativa del Convitto.


El Discernimiento y la opción vocacional.
Los 3 primeros años de su experiencia presbiteral en Turín (1841-1844) son definitivos. El ambiente de oración, de reflexión y de estudio, la fuerte experiencia pastoral con los muchachos más pobres y abandonados y la asesoría espiritual de José Cafasso, facilitan a don Bosco confrontar con la realidad pastoral de Turín sus aspiraciones y discernir sus definitivas opciones vocacionales.
- Hay un primer paso del que don Bosco no deja constancia en sus Memorias del Oratorio. Es la clarificación que hace con la ayuda del P.José Cafasso acerca de su persistente inquietud por las misiones extranjeras. El parecer del P. Cafasso es muy concreto y preciso: Juan no debe seguir pensando en esa posibilidad. Las condiciones de salud que le impiden un simple viaje en coche por las molestias que le causa, deben ser suficientes para desistir. Estos datos los conocemos por el biógrafo Juan Bautista Lemoyne. 121
- El discernimiento vocacional que hace don Bosco en contacto con las urgencias pastorales de los muchachos callejeros y los jóvenes delincuentes en las cárceles turinesas, lo lleva a la certeza de que Dios lo llama para ellos.

De la lectura de las Memorias del Oratorio, este proceso de clarificación vocacional y estas prioridades de su misión resultan evidentes. Se constata de inmediato una sintonía carismática con ellos, un don del Espíritu que lo lleva a encontrar las respuestas adecuadas, un estilo de relación educativa y pastoral completamente apropiado a sus condiciones y a sus aspiraciones más profundas. Don Bosco está hecho para ellos.

Sin embargo hay una garantía más en el campo del “discernimiento espiritual” de corte ignaciano. Don Bosco lo pone todo en manos de Cafasso, en actitud obediencial de fe. Quiere estar seguro de la “voluntad de Dios” y halla en la asesoría de su confesor esa respuesta. 122
Rasgos típicos de la espiritualidad educativo-pastoral de don Bosco.
Pero los años del Convitto significan mucho más. Son punto clave para entender las características específicas del estilo educativo-pastoral de su presbiterado. En esta progresiva identificación influyen figuras cercanas de sacerdotes y figuras de trasfondo.

- De las primeras, don Bosco delinea en sus Memorias algunos rasgos esenciales de Luis Guala (1775- 1848), Félix Golzio (1801-1873), Juan Borel (1801- 1873) y sobre todo de José Cafasso (1811 - 1860).


- De las de trasfondo, nombra a San Alfonso María de Ligorio (1696 -1787), discípulo espiritual de San Francisco de Sales (1567-1622). Este, con Santa Teresa de Jesús, fue una de las fuentes principales que inspiraron la vida y el pensamiento de Alfonso María de Ligorio. La sintonía de su espiritualidad es tan sorprendente que bien pudo Alfonso de Ligorio ser llamado “el Francisco de Sales de Italia”. Y, casi como para poner una clave de lectura, don Bosco se refiere explícitamente a Jesucristo, de cuyo testimonio de caridad hacía Luis Guala, el Director del Convitto, el argumento fundamental para proponer al clero turinés un nuevo tipo de sacerdote pastor del que necesitaba la Iglesia Piamontesa con urgencia, por encima de las polémicas teológicas y de la casuística moral de rigoristas y benignistas.123
En los discursos fúnebres, escritos a la muerte de José Cafasso, don Bosco manifiesta que ha visto en él, además de la mansedumbre, la caridad y la paciencia de S. Francisco de Sales, y de la dulzura, la condescendencia y la bondad de S. Alfonso María de Ligorio, la caridad que tuvo Vicente de Paúl para con los necesitados. Y Juan Bautista Lemoyne llega a afirmar que “El espíritu de don Bosco es el de S. Francisco de Sales transfundido en S. Vicente de Paúl”.
De manera que San Vicente sería una versión popular de S. Francisco de Sales, y don Bosco, una versión popular y juvenil de Vicente de Paúl y Francisco de Sales. 124
La relación de don Bosco con ellos y con Felipe Neri (1515 - 1595), del cual habla don Bosco en 1868 en Alba, ha de entenderse más bien como una empatía espiritual y una serie de convergencias en las actitudes de la vida y de la acción. Esta cercanía espiritual tiene como cuadro histórico la “escuela italiana de la Restauración Católica”, o sea, esa corriente espiritual que tiene sus orígenes en el “medioevo franciscano”, y a través de Santos como Vicente de Paúl, o de Teresa de Jesús e Ignacio de Loyola, Francisco de Sales y Alfonso María de Ligorio, llega a don Bosco.
Como S. Francisco de Sales, don Bosco ha confiado en el hombre, ha amado pacientemente y centrado en el corazón su relación educativa y de pastor. San Francisco de Sales fue llamado el “Señor Jesucristo de su siglo”; San Vicente se fue haciendo como la encarnación “del espíritu de Jesucristo” entre los pobres; y don Bosco, esta misma personalización para los jóvenes.
El conocimiento de San Felipe Neri (1515-1595), como el de S. Francisco de Sales, ciertamente comenzó en los años del Seminario. Sobre S. Felipe don Bosco escribe varias veces. En las dos ediciones de la Historia Eclesiástica siempre da relieve a la preferencia del Santo por los pobres y los niños, y en la última acentúa más algunos aspectos pedagógicos.
En la homilía de Alba (mayo de 1868) hace una descripción de la vida y de la misión de Felipe Neri en la que parece describirse a sí mismo. Era lo que iba comentando la gente, en voz baja, mientras lo escuchaba.
Felipe va en busca de los mendigos, se mueve entre pobres y enfermos, quiere hacer todo lo que le sea posible para mitigar las condiciones de la gente que más necesita. Pero su vida son los jóvenes, a quienes se siente particularmente llamado. Se hace todo para ellos, aprende sus juegos, dramatiza sus catequesis, los trae pendientes de sus cuentos, usa la música y el canto, las meriendas campestres, o sea, lo que a ellos les agrada. No importa el cansancio, las contrariedades, los costos, los sacrificios, sólo importa ganarse para Dios a esas criaturas que acaricia y consuela con un amor de padre. En todas partes se le ve rodeado de jóvenes. ¡Ellos han llegado a ser “su mayor y continua preocupación, y su delicia”! Tiene como un imán que los atrae, y que es su secreto. Posee “la bondad y la mansedumbre del Señor y Salvador Jesucristo”.
Escribiendo de él, don Bosco acentúa aforismos pastorales que revelan líneas maestras de su propia espiritualidad apostólica:

- La verdadera fe se vive en la caridad pastoral; el celo apostólico nos santifica.

- Nada puede agradar a Dios tanto como el celo por la salvación de los demás. Ese fue el fuego que vino a traer el Señor a la tierra. El celo por el cual Pablo deseaba ser despreciado con Cristo por sus hermanos.

- ¡Porque de las cosas divinas, la mayor es cooperar con el Señor en la salvación del prójimo!

- Algunos dicen, que San Felipe Neri pudo hacer tanto bien porque era santo. Yo digo que lo pudo hacer, y que se santificó, porque vivió el espíritu de caridad apostólica propio de su vocación sacerdotal. 125
De todas estas experiencias y sintonías espirituales, resulta una suma orgánica de valores que, desde la óptica de su pastoral educativa con los muchachos “pobres y abandonados”, reinterpreta vitalmente don Bosco, como la confianza en Dios, el sentido del deber vivido con sensibilidad religiosa, el valor pedagógico y educativo de la práctica sacramental, la fidelidad a la Iglesia y al magisterio pontificio, el sentido realista de la muerte y de los novísimos, la mansedumbre y la bondad, la compasión y la caridad para con los pobres, la capacidad de esperanza, de alegría, de creatividad y de optimismo juveniles. Todo visto a través de la contemplación de Jesucristo, el Buen Pastor que da la vida por las ovejas del rebaño.

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