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De un naufragio en africa


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DE UN NAUFRAGIO EN AFRICA

Nuamjar se encuentra a unos 150 Kilómetros al norte de Nuakchot, sobre la pista que, siguiendo la costa, llega hasta Dakar. Durante la bajamar de las mareas vivas es posible cubrir esa distancia en un par de horas, conduciendo sobre el lecho marino que queda al descubierto, casi volando, a veces, entre la llanura del mar y la del desierto. Es una experiencia inolvidable que hace que valga la pena perder un día o dos en Nuamjar a la espera de la luna nueva.


En ello estaba, hace un par de años, cuando decidí entretener la espera dando un paseo por el inevitable bazar-mercadillo del pueblo. Me sorprendió encontrar en una de aquellas tiendas, oscuras como la conciencia de quienes las regentan, unos cuantos objetos que, sin lugar a dudas, procedían de un barco: varios portillos de bronce, unos prismáticos, la alidada de un compás de demoras, la esfera de un tacómetro. El vendedor me contó que todo aquello procedía de un naufragio que aún podía verse pocos kilómetros antes de llegar a Tiwilit; un barco que había embarrancado en la playa hacía unos quince o veinte años, tal vez más. Me dio a entender que por la kasbah de Nuamjar había pasado la casi totalidad de cuanto contenía el barco, pero que ya tan sólo le quedaba lo que estaba a la vista. En el gesto de su mano, abarcando los objetos, quedó incluido un libro, encuadernado en piel, que atrajo enseguida mi atención, probablemente porque era lo único que, por tamaño, podía llevar conmigo en el viaje que aún tenía por delante: un “Narciso y Goldmundo”, de Hesse, en español. Aparte del polvo del desierto que lo impregnaba, parecía estar en buen estado, así que no tardé en fijar precio con el mauritano y me dispuse a tomar un buen té en uno de los cafés de la playa y a calmar la curiosidad que me había producido ver, al examinar el libro, que entre sus páginas había algunas hojas de papel muy fino, del que se usaba hace tiempo para el Correo Aéreo, y un sobre bordeado de trazos azules y rojos, sin sello. Sin duda, se trataba de unas cartas que nunca fueron enviadas.
Venciendo la sensación de estar cometiendo un sacrilegio, extraje cuidadosamente los papeles y comencé a leer. La fecha era de 1.978.

Queridos padres,


Me ha llegado, por fin, vuestra carta del mes de febrero pasado. Ha recorrido un largo camino, la pobre, pues no ha habido manera de que vuestra carta y el Tabora coincidiesen en el mismo puerto hasta ayer. Me alegro de que estéis bien, aunque ya me imaginaba que unos chavalines como vosotros no podíais estar de otra manera.
Yo, aquí: “sin novedad en la guardia”.
Estamos fondeados en la desembocadura del río Congo, esperando que, mañana, se acabe una reparación que hay que hacerle a la máquina con unas piezas de recambio que llegaron en avión desde Kinshasa después de esperarlas tres meses por toda África. En cuanto acaben de montarlas, viraremos ancla y nos largaremos, por fin, hacia Abidjan y, luego, hacia el Cabo Palmas, Dakar, Canarias y… ¡a casa!
Ahora son las seis de la tarde y el Sol ya casi se ha puesto, por fin. La Luna ha salido hace un momento, gorda, roja, casi llena, y supongo que vamos a pasar una de esas noches africanas de calma chicha y luz espectral. Aquí la Luna sube muy alto en el cielo. Algunas noches parece como si fuera un foco colgado del techo, y los mástiles y las grúas quedan bañados de blanco pero no hacen ninguna sombra sobre cubierta. Es una visión muy rara, como un cuadro de Dalí.
Como la virazón y la corriente vienen de tierra, tenemos por la proa la embocadura del río y el territorio del Zaire; por babor está el enclave de Cabinda y un trocito de la república Popular del Congo; Angola me queda por estribor. O sea, que en cosa de tres o cuatro millas a la redonda tengo cuatro países. Por estribor, en Angola, se oye de vez en cuando como si tronara. El Viejo dice que no son truenos, pero que no tenemos que preocuparnos porque quienes les venden las armas a los dos bandos no tienen ningún interés en que haya ataques ni incidentes en el estuario, ya que por aquí sale tal cantidad de materias primas que, sin ellas, habría un crack en las bolsas de todo el mundo. Lo digo por si sale algo en el Telediario o en la prensa, para que no os preocupéis, que ya se sabe cómo exageran los periodistas.
El Viejo no es muy viejo en realidad, tiene unos cuarenta y cinco años, o así, pero ya sabéis que al Capitán siempre se le llama viejo en los barcos. Aunque parece mayor. Desde que pasamos Dakar por el través, a la bajada hacia aquí, todos los días, sin faltar uno, se ha bebido una botella de Johnny Walker él solo. Además, el Segundo le pone una inyección de vitamina B todas las mañanas. Él sabrá para qué. La cuestión es que entre el whisky que se bebe, las vitaminas que le inyectan, el calor que hace aquí sin aire acondicionado, y que no parece que lave la ropa a menudo, el pobre hombre huele de una manera rarísima. Dice que lleva más de quince años viniendo a África y la verdad es que sabe mucho sobre todos estos puertos y países. Suerte tenemos de su experiencia, porque las relaciones con esta gente, tan atrasada en todo, son siempre complicadas.

El otro día, el Viejo nos montó un buen “show”: los tres pilotos nos habíamos sentado en la cubierta de botes, donde hemos puesto una mesa y cuatro sillas para tomar el fresco, y nos estábamos tomando unas copitas de cava cuando apareció él y se sentó con nosotros. En la bodega nº 3, justo debajo de donde estábamos, había una colla de negros cargando caucho en balas y cantando, como hacen siempre, una canción monótona que les ayuda a trabajar. Son canciones muy pesadas, casi sin musicalidad y con una letra muy corta que repiten continuamente. Uno hace de solista y todos los demás corean el estribillo. El solista decía “leeeka malémbe!” y el coro respondía “maaale malémbe”; esto lo repetían quince o veinte veces y, de pronto, todos a una gritaban “leka fiot!”, se reían sonoramente unos segundos, y vuelta a empezar con el leka malembe. Así llevábamos una media hora, bebiendo cava e intentando oírnos a través de la monserga de los negros, cuando, de pronto, el Viejo se fue a buscar un radiocasete gigantesco que tiene en el camarote y, asomándose a la brazola de la bodega, puso a todo volumen la Octava Sinfonía de Beethoven (aquella del TA TA TA CHÁANN, es la Octava, ¿no?). Los negros se quedaron pasmados, mirando todos hacia arriba de modo que podíamos ver el blanco de sus ojos, parpadeando como un campo de boyas en el Mar del Norte. De pronto, el Viejo les gritó : “Ecoutez! Ecoutez ça! Deux mille années vous manquent pour arriver a ça! »


Ahora nos reímos, pero algunos negros se cabrearon bastante y llegamos a pensar que iban a montarnos un cristo. Afortunadamente, el Primero se puso a hacer ver que todo era broma y les tiró un paquete de tabaco a la bodega para que se calmasen. 
Verdaderamente, los negros nos tienen tanto odio como nosotros les tenemos desprecio. Las relaciones son siempre tensas y procuran fastidiarnos en cuanto pueden. Los franceses de la naviera Delmas o los alemanes de la Deutsche Africa Linie están más protegidos por sus gobiernos y parece que inspiran más respeto, pero nosotros somos menos que nadie y tenemos que funcionar a base de sobornos, sonrisas de conejo y estómago para aguantar alguna humillación. Cualquier sujeto vestido con algún tipo de uniforme te puede buscar un disgusto serio, así que tenemos que hacernos los simpáticos. Ya dicen, si ves un blanco sonriendo por un mercadillo, o es griego, o es español.
Y poco más. Lo que me comentáis de las llamadas por teléfono desde el barco, pues sí, tenéis razón. Es muy frustrante que no se pueda reconocer la voz de tu hijo y que parezca que hablas con una máquina. También es deprimente para mí, que no puedo reconocer la voz de mis padres, pero es lo que hay. Para poder llamar tenemos que conectar por radio con una estación que está en Pozuelo del Rey, y ellos, desde allí, os llaman por teléfono a vosotros. Con tanto intermediario, lo que se oye es como si te hablase Micky Mouse desde una sartén. Y, además, la conversación la oye toda la flota mercante española, que está haciendo cola para llamar a casa. Bueno, siempre tendremos el correo.

Me ha parecido muy tierno lo que me contáis de la tormenta que tuvisteis de madrugada. Mamá tiene razón; sus rezos de maitines le pueden servir a cualquier otro que esté navegando por la zona y puede que yo me proteja con las oraciones de una madre africana. Aunque no parece que nadie rece ya por aquí. El desastre es tan monumental, hay tanta corrupción, miseria, hambre y desesperación, que hasta Dios necesitaría alguna ayuda para sacar a África del infierno.


Un beso, y hasta muy pronto.
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La firma era un garabato ilegible, pero la dirección de los destinatarios figuraba aún en el sobre: una calle del Ensanche de Barcelona. Pensé que sería agradable, a mi regreso, entregarla personalmente y, de paso, enterarme de las circunstancias del naufragio y de su resultado. Fuera del sobre había otra carta, un poco más larga y bastante más intensa.

Hola, pelirroja!
Antes que nada, tranquilizarte: esta carta no significa que no me quedase claro todo lo que, con tanto esfuerzo, me dijiste hace unos meses, la última vez que nos vimos. Lo que ocurre es que estoy pasando una campaña muy dura y tú eres la amiga más amiga que tengo. Es decir, eres la única amistad localizable que me queda. Y tal vez ni eso, soy consciente. Siento la necesidad de contarte mis cosas como si hablara contigo y, por eso, me pongo a escribir. Ni siquiera sé, en este momento, si voy a enviarte la carta o si la guardaré por aquí, dentro de un libro. En cualquier caso, todo menos romperla. Tal como tú me enseñaste, esta carta ya es de tu propiedad.

Para no alimentar nostalgias improductivas, no he traído ninguna foto tuya en el equipaje y ahora, después de tantos meses de viaje, tantos ríos navegables, tantas maniobras de madrugada y de algunas cosas horribles que he visto, tu cara se me ha desdibujado en el recuerdo junto con las caras de todos los que sois, o habéis sido, mi mundo. Ayer, el práctico me trajo una carta de mis padres. Fechada en febrero, imagínate (bueno, qué te voy a contar a ti, ¿verdad?). Mi padre me decía, bastante indignado, que la tasa de inflación española era inadmisible, que los taxistas estaban en huelga desde hacía diez días y que tenía la impresión de que se acercaban tiempos muy malos para España. Una crisis en toda regla.

Crisis. ¿Inflación? ¡Taxistas!

Hace cosa de un mes estuvimos fondeados frente a Port Harcourt, en Nigeria. Pudimos ver, desde cubierta, cómo fusilaban a ocho desgraciados en la margen del río. Allí los dejaron, tras rematarlos a machetazos. Nadie fue a retirar los cuerpos en los dos días que seguimos allí. En Matadi, Zaire, por consejo de nuestro agente hemos mantenido en estricto secreto la existencia de quinina a bordo, porque nos hubiesen asaltado para robarla. Cada día mueren allí cinco o seis personas por las fiebres, y se salvarían con nuestras pastillas de Resochín, pero si empezamos a distribuirlas, en cuestión de horas tendríamos por aquí algún grupo mafioso, armado hasta los dientes, que nos las quitaría para venderlas a precio de oro. No hay gobierno. No hay policía. No hay transportes. No hay comida. Los niños se mueren porque se les infecta el cordón umbilical. O de malaria, cuando el remedio vale menos de cien pesetas. O de diarreas, cuando bastaría con hervir el agua que beben. O de lehismaniosis, filariasis, disentería, dengue, sarampión o cualquier otra mierda que, en conjunto, podría erradicarse para siempre con mil pelas por cabeza.

Y, mientras, el río fluye incesante hacia el Oeste. Y sobre sus aguas, como una arteria abierta por la que el continente se desangra, nos llevamos el café, el cobre, el algodón, el cacao, el caucho y hasta el alma de este inmenso cadáver que es África. Y ¿sabes qué les traemos en nuestras bodegas? Pues lo mismo, pero transformado: cables eléctricos, camisetas T-shirt, neumáticos, zapatillas de goma y, te costará creerlo, cacahuetes pelados y salados. Crisis. ¿Inflación? ¡Taxistas en huelga!

Uno de los marineros tuvo un accidente, y nos temimos que se hubiese roto alguna vértebra, porque no podía mover las piernas y tenía zonas insensibles. Después de un jaleo considerable, el Capitán consiguió, no sé dónde, una ambulancia capaz de llegar a Kinshasa, que está a unos 400 kilómetros. También consiguió que Iberia aceptase desviar un avión, que iba de Ciudad del Cabo a Madrid, para recoger a nuestro marinero. A mi me tocó acompañarlo hasta el aeropuerto. Llegué a subir al avión, con la excusa de asegurarme de que quedaba bien instalado en su camilla. Sucio, barbudo, sudado y muerto de cansancio tras los 400 kilómetros de “carretera”. Y ¿Sabes lo que vi? Aquello fue como entrar en una cápsula extraterrestre; como tener una alucinación opiácea; como un sueño de lujo delirante. El aire acondicionado olía a perfumes deliciosos; las azafatas me parecieron monstruos lúbricos; la naranjada que me ofrecieron fue como un elixir mágico; el comandante, que salió a saludarme, se me antojó un ser espiritual, un arcángel. Salir de aquel avión es una de las cosas más difíciles que he hecho jamás.

Y luego, mientras lo miraba evolucionar por la pista, ya herméticamente cerrado e inalcanzable para mí, me di cuenta de que todo, todos, os habíais disuelto en mi recuerdo hasta el punto de ser como algo que, una noche, hace mucho tiempo, hubiera soñado. Si esto es la realidad, vosotros sois un sueño.

A veces siento como un ataque de superstición y creo firmemente que jamás podré volver… a… casa. ¿Casa? Pero, ¡si yo no tengo casa! Yo tengo una maleta verde y una cuenta en un banco con nombre de ciudad pequeña. Y recuerdos desdibujados.

Tu pelo, una nube roja.

Una noche de estas, una cualquiera, de guardia entre dos puertos miserables del Golfo de Guinea, sintonicé una emisora de Cape Town que suele poner buena música. La señal iba y venía, según las veleidades de los hertzios y sus rebotes estratosféricos; había una interferencia muy difusa de la que apenas se oía un tenue chunda-chunda y algún pitido de clarinete agónico, pero, repentinamente, la interferencia tomó cuerpo y fuerza para sobreponerse a la emisora sudafricana y, con estupefacción total, oí cómo una voz risueña me informaba de que “la temperatura exterior en nuestros estudios del Paseo de la Habana es de doce grados…”, hundiéndose de nuevo, con la misma rapidez, entre las notas del Old Yellow Piano Man que venían desde El Cabo.

El Paseo de la Habana. Tu ciudad. Tus ojos verdes. Doce grados. Había mucho tráfico y cruzar el Paseo requirió cierta atención. Nos agarrábamos el uno al otro tan fuerte. La mar estaba a más de cuatrocientos kilómetros en cualquier dirección, pero tú y yo la oíamos rugir.

¿Crisis? ¿Inflación? ¡Oh, los taxis!


Solo me falta escuchar, entre nebulosas, la voz de una pitonisa que me diga “camina hacia la luz! Camina hacia la luz!” mientras, a vosotros, os pide que me dejéis marchar. ¿Te suena? Es como de peli de fantasmas, de gente que no sabe que ha muerto. Posiblemente ahí está la fuente de mis angustias. Os echo de menos, os quiero, pero ya no volveré, porque resido en otro mundo. Las ondas que traían al Old Yellow Piano Man llegaban, vacilantes, desde el Cabo de Buena Esperanza, y al mismo tiempo que lloro por tu sonrisa perdida, el corazón se me electriza recordando la elegancia de los albatros que vuelan sobre la marejada austral, las brumas de Table Mountain y el horizonte del Sur. ¡El mundo es tan grande y tenemos tan poco tiempo!
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No seguía.
Supongo que el escenario en el que nos ocurren las cosas tiene una influencia determinante en el modo en que las percibimos y las recordamos. La serenidad del desierto, la belleza del color turquesa de las aguas que, al nordeste, marcaban el inicio del Golfo de Nuadibú; el sabor dulce del té; el Sol poniente sobre el Atlántico. Aquella soledad tan inmensa. Algo de eso, o todo a la vez, hizo que me propusiera encontrar a aquella mujer y entregarle la carta que, según afirmaba el autor, ya era suya desde el momento de iniciarla.
Dos días después y en el lugar que me había indicado el moro del bazar, la marea baja me permitió acercarme a pocos metros de los restos del naufragio del que había sido recogido el libro. Se trataba de un viejo mercante del tipo “tres islas”, construido quizás durante los años cuarenta. Estaba totalmente cubierto de óxido y, por más que me esforcé, no pude identificar ni una sola letra en el lugar en el que debió, alguna vez, estar pintado su nombre. Todo aquello que no estuviese soldado al casco había desaparecido: puertas, ventanas, portillos, antenas, nada se había salvado de la rapiña de los raqueros. La marea, al retirarse, lo había dejado en seco sobre la arena, a varios cientos de metros del agua, como suspendido de la nada. Debí conformarme con comprobar que la cubierta de botes tenía, en efecto, una barandilla desde la que se podía ver el fondo de la tercera bodega. Tal vez el lugar desde el que “el Viejo” había hecho tronar las notas de Beethoven sobre los estibadores negros, veintitantos años atrás, y que, con una respetuosa sonrisa, supuse que debían pertenecer a la Quinta y no a la Octava Sinfonía.
Inicié la búsqueda a los pocos días de haber regresado a casa. Los padres del autor de las cartas habían muerto hacía poco, del hijo marino nadie guardaba más que un vago recuerdo: un señor ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, pero muy educado y amable, que visitaba a sus padres de vez en cuando y pasaba allí unos días. Al menos, pude averiguar su nombre: Jaime. El portero, además, me contó que, según todos los indicios, Jaime vivía en el extranjero. Tal vez en Sudamérica.

Tras un momento de desconcierto se me ocurrió que, más que probablemente, Jaime habría estudiado Náutica en Barcelona, y que no podía ser muy difícil encontrar a alguno de sus compañeros de promoción, así que me dirigí a la Facultad de Náutica lleno aún de esperanza.


En efecto, la bibliotecaria de la Facultad, que trabajaba allí desde 1974, recordaba perfectamente a Jaime y, deleitada por la historia del libro, me dio la dirección de uno de sus mejores amigos de la época. Me dijo también que algo extraño y muy triste había ocurrido en la historia de Jaime, pero que era mejor que me lo contase su amigo, un tal Vicente Bataller, porque ella no recordaba más que algunos vagos detalles. No, no sabía nada de la posible amiga madrileña y pelirroja. Nada de nada, afirmó mientras, con las manos, parecía formar una barrera imaginaria que nos separaba sin más discusíon.
Bataller era un hombre muy serio, muy ocupado y muy poco amable que, al oír la historia del libro hallado en Mauritania, pareció dulcificar un poco su mala sombra y me citó en su despacho.

Dirigía una consignataria de buques situada en la Vía Layetana; una oficina en la que languidecían unas doce o catorce personas frente a las pantallas de sus terminales, en un silencio social que enmascaraba el continuo rumor de timbrazos telefónicos y de conversaciones profesionales.



El despacho de Vicente, un hombre común de unos cincuenta y cinco años, no tenía ni un solo detalle decorativo que recordase el pasado marítimo de su ocupante. Me dijo que era algo absolutamente deliberado, pues estaba harto de la sensiblería y la gazmoñería que rodeaban un oficio que nada tenía, en realidad, de poético. Los cuadritos de barcos y los ceniceros en forma de ancla le parecían tan obscenos como una colección de miniaturas de ametralladoras que se exhibiera en el despacho de un militar. Los barcos eran para comerciar y, las armas, para matar. Enlazando magistralmente la conversación, pasó a relacionar a Jaime con ese tipo de aberración poética. Jaime era un soñador peligroso; uno de esos soñadores capaces de envolverte y de embrujarte con sus ensoñaciones, pero tremendamente voluble y del todo incapaz para comprometerse con los sueños creados. Para una personalidad como la suya, la historia que le tocó vivir fue casi letal.
El Tabora embarrancó en las playas de Tiwilit una noche oscura y de mal tiempo durante el mes de noviembre de 1.978. Por desgracia para el Capitán y el oficial de guardia, no lo bastante oscura como para eludir las medidas disciplinarias que les impuso la naviera y posteriormente el juez, sobre todo considerando que, durante la evacuación y de la manera más absurda, uno de los maquinistas había sufrido una caída mortal. El oficial de guardia era Jaime. Abrumado por la culpa y la vergüenza, no volvió a navegar. Su pista se perdió poco después, aunque había quien afirmaba haberlo visto en algún puerto de Sudamérica. “Debe estar por ahí, interpretando con su vida el papel de Lord Jim. Conrad siempre le fascinó”.
Con toda la cautela que pude, pasé a contar que el libro contenía una carta dirigida y nunca enviada a una antigua novia, al parecer madrileña y pelirroja. ¿Tenía idea el señor Bataller de dónde o cómo encontrarla? Por primera vez en la entrevista, sonrío mientras murmuraba un apenas audible “¡no me diga!”
-“Sin duda, se trata de Susana. Mi esposa. Fue novia de Jaime antes de casarse conmigo. Y si espera usted unos quince minutos, podrá entregarle personalmente la carta.”
Leyendo la carta de Jaime, me había imaginado a Susana como una mujer esbelta, poseedora de esa piel blanquísima, moteada de diminutas pecas, que suelen tener las pelirrojas como complemento de una mirada verde como el trigo verde. La alusión a su cabellera como “una nube roja” en las ensoñaciones africanas del joven piloto hizo, tal vez, que me preparase para el inminente advenimiento de una diosa gaélica al espacio, tan confortable como impersonal, del despacho de Bataller. Los quince minutos de espera, que se convirtieron en realidad en casi media hora, dieron para que éste me contara cómo Susana, que había cortado sus relaciones con Jaime a finales de 1.977, había intentado verlo, sin éxito, tras saber del accidente y de la posterior inhabilitación que él mismo se impuso. Fue como si se lo tragase la misma arena en la que había encallado el Tabora. Un par de años después Vicente y Susana, unidos inicialmente por la nostalgia de su amistad con Jaime, se casaron.
No era una diosa gaélica. Era una señora de edad cercana a los cincuenta; el pelo, más bien corto, teñido de rubio oscuro, y la mirada, eso sí, verde como, a veces, lo es el mar. Me sorprendió el gesto elegante de Bataller de dejarnos solos en su despacho para, supuestamente, atender algún asunto comercial. Susana escuchó mi relato con atención, al principio, y con devoción al final. Alargó su mano derecha para recoger el escrito que le ofrecía mientras, con la izquierda, parecía reprimir un gemido. Leyó largamente su carta. Acarició las cubiertas de piel del libro y hojeó delicadamente sus páginas.
-“Me ha devuelto usted parte de mi juventud y de mis recuerdos. Yo le regalé a Jaime este libro. Él pensaba que Hesse había escrito una parábola perfecta de nuestro amor, en la que él sería como Goldmundo, aventurero y espectador, y yo sería Narciso, el sabio estable y concentrado. Sorprendente. Yo siempre lo vi al revés: él era un muchacho preocupado por la ciencia y el espíritu mientras que yo tan sólo sentía sed de vivir. Y vivir, para una mujer en aquellos años, no era tanto el viajar o correr aventuras, como alcanzar la independencia y forjarse un mundo habitable.”
Ya junto a la puerta, despidiéndome, me miró unos instantes, dudando si decirme lo que vino a continuación:
“Hace unos días que he tomado la decisión de abandonar a Vicente. No sabía cómo explicarle, cómo explicarme, el motivo. Y Jaime, tantos años después, me ha dado la clave. Aquí lo pone: “¡El mundo es tan grande y tenemos tan poco tiempo!”

-FIN-


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