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De reyes a gente común, la evolución de las estrellas de cine


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CINE



De reyes a

gente común,

la evolución de las estrellas de cine

MARY G.

SANTA EULALIA

Los fotógrafos, en general, en el nacimiento e infancia del cine, establecieron las funciones del invento. A bote pronto, sólo se les ocurrió hacer con sus cámaras tomas elementales de los quehaceres cotidianos, a excepción de algunos, más inventivos o visionarios (como el español Segundo de Chomón, o el francés Georges Méliès), que introdujeron fantasía por medio de trucajes con efectos insólitos. La mayoría se sintieron motivados, de inmediato, por la propagación de noticias corrientes y fueron avanzando en esa línea hasta desembocar en la transmisión de sucesos espeluznantes y acontecimientos excepcionales. De ello se derivó la determinación de encajar en primeros films y en primeros planos, a los miembros de la realeza de todos o casi todos los países del hemisferio occidental. Eran los individuos de más alto rango, de quienes la gente común tenía conocimiento y por cuyas actividades sentía curiosidad: sus ocios, sus visitas, sus matrimonios, sus coronaciones; sus vidas, en resumen. Oscar II de Suecia, dicen los historiadores de cine de su país, fue la primera estrella de sus películas. Puestos en esa tesitura, el Kaiser Guillermo II y el Canciller de Hierro, Von Bismarck, lo fueron de Alemania, cuando esta nación se estaba consolidando. Y así sucesivamente, también la reina Victoria de Gran Bretaña y sus allegados; los zares de Rusia y los reyes y príncipes de acá y de allá, en sus respectivos territorios, fueron acogidos por el cinematógrafo con todos los honores.
Al correr los años, aquellas personalidades, que eran elegidas por su alcurnia, fueron dejando espacio a otras, que aportaban más novedad porque procedían del encanto de las fábulas, no de la simple realidad; eran unas criaturas elaboradas a partir de ilusiones de artistas-escritores y artistas-fotógrafos, bajo la batuta de artistas-directores. Llegaban tiempos en que mujeres (actrices) y hombres (actores) estuvieron dispuestos a metamorfosearse, respectivamente, en heroínas y héroes ficticios, pero creíbles; hasta admirables.
Sucedió sin que se hubiera cerrado o excluido, veta alguna de la mina de información verídica, cuna del documental. Al contrario, en la época moderna, se está haciendo un calado, cada vez de mayor hondura, sobre el plano de lo real, de lo actual y, si no se deja en paz a los responsables de los Gobiernos, cuando sus intervenciones tienen repercusiones nacionales o mundiales (tanto aplaudidas como discutidas), tampoco se desecha registrar “in situ” sucesos aparentemente irrelevantes por concernir al ciudadano medio, sin los títulos, ni la atracción, ni el poder de un monarca o de un jefe de Estado. Alguna vez, tales hechos, perjudiciales para seres desfavorecidos, no sólo no carecen de entidad sino que dan pie a obras las cuales, pese a reproducir artificialmente sus problemas, resultan dramática, poética o humorísticamente valiosas. El caso de Saigo, un joven panadero japonés recien casado que, llamado a filas, tiene que dejar a su esposa embarazada para morir defendiendo Iwo Jima fue, en el film de Clint Eastwood, Cartas desde Iwojima , un referente de emoción para los espectadores sensibles del mundo entero.
Cada día nos brinda una ocasión para cerciorarnos de este don de fertilidad del cine, de su aptitud respecto a asimilar cuantas modificaciones alteran a la sociedad y la amplitud de sus puntos de vista, además de la facilidad con que traslada cuanto recibe, a mayor número de público y a más diferentes niveles.
En la temporada presente nos encontramos con ejemplos de todo eso, desde cuestiones personales relativas al trabajo, como en El jefe de todo esto; de asuntos sociales críticos, como en El violín o I love Miami; de política y servicios secretos practicados por funcionarios del Estado, como El buen pastor y La vida de los otros; de guerra y recursos a la Historia, como 300, junto a rodajes en los que han volcado sus autores fondos de ternura y nostalgia, de admiración y respeto hacia todas las artes: literarias, visuales y sonoras, como Tristam Shandy, El último show y La Flauta Mágica, o hacia quienes practican esas artes, como Edith Piaf, en La vida en rosa.

El jefe de todo esto
Del danés Lars Von Trier, se basa en una situación que raya en los límites del más descarado abuso y se desarrolla en clave de comedia, en un desnudo y frío complejo burocrático. Un hábil emprendedor ha puesto en marcha una empresa, ayudado financieramente por sus empleados, y quiere venderla. Pero, para manipular al personal, fingió la existencia de un jefe distante y caprichoso que dictaba las órdenes incómodas, naturalmente, en su beneficio. Cuando es inexcusable que comparezca el “jefe de todo esto”, contrata a un actor en paro, con la misión de asumir el falso cargo, despedir al personal y completar el negocio. Sobre un bien tramado diálogo, los contados actores que intervienen en el film, entre ellos Jens Albinus, Peter Gantzler y Mia Lyhne, ayudan a desvelar un comportamiento que deja indefensos a unos trabajadores, por la malicia de un depredador de sector laboral.

El violín
La contemporaneidad brota de focos pequeños e inesperados y de localidades poco frecuentemente productoras de novedades. Francisco Vargas, desde México, remite su primer largometraje, con guión propio, en el que describe, usando fotografía en blanco y negro, y actores mayoritariamente no-profesionales, una realidad que se ignora en el exterior y que él asocia a la inspiración de Luis Buñuel, plasmada en su film Los olvidados. Tomando prestado el argumento de una novela de Carlos Prieto, explica las series de conflictos que aflijen a modestos nativos de latinoamérica. Su relato parte de las andanzas de un anciano violinista, don Plutarco, a quien las fuerzas del dictador de turno han desalojado de su cabaña y alejado de su plantación de maíz, como a sus vecinos, quienes se refugian en la montaña y se tornan guerrilleros. El militar responsable de la tropa le confisca el instrumento con que se gana la vida y él acude diariamente a ofrecerle un concierto para que se lo devuelva. En esas idas y venidas, halla el modo de auxiliar a los combatientes que se defienden de los atropellos cometidos por las fuerzas armadas.
Pero es peligroso. Cuidadosamente seleccionados los agrestes paisajes, la desolada soledad de las aldeas, la música del pueblo, el habla: pronunciación y términos y frases típicas. En fin, ruralismo en toda su pureza e hiperrealismo cooperan a la comprensión del drama de la marginalidad y la miseria, en un rincón sin nombre de América Latina. Resultado: concesión del premio “Mejor Actor” para don Plutarco, Ángel Tavira, en la sección “Una Cierta Mirada” del Festival de Cannes-2006.

I love Miami
En su primer largometraje, Alejandro Gómez Padilla se toma la libertad de preguntarse qué pasaría si Fidel Castro se viera en el lugar de uno de los cientos de balseros cubanos que han desembarcado en Miami, legal o ilegalmente, y allí residen esperando el regreso a la isla patria. La idea vale para que su cámara revise las diferentes oportunidades de vida que se les ofrecen, incluido el propio Castro (a quien presta su físico Juan Luis Galiardo). Se le agregan unas notas de carácter informativo y complementario, por ejemplo, declaraciones expresas de la hija de Castro y de uno de sus primeros camaradas, de modo que, sin responder en el ciento por ciento a un trabajo testimonial, tampoco se trata totalmente de ciencia-ficción. En su condición de comedia, reparte raciones de juicios adversos y justificaciones, casi a partes iguales. La producción es hispano-mexicana.


El buen pastor
Enlazado en unas fechas muy significativas del siglo XX, el proyecto, la fundación y el desarrollo del centro de alto espionaje de Estados Unidos, la CIA, constituyen el nudo de la segunda película que rueda, como director, el actor Robert De Niro. El equipo de personajes comprometidos en la trama de búsqueda de contactos y actividades de contraespionaje, más la persecución de infiltrados, especialmente du-rante la guerra fría, el intento de invasión de Cuba (Bahía de Cochinos) y la II Guerra mundial, le han hecho merecedor de un premio del Festival Internacional de Berlin de 2007. Con el mismo De Niro, con un corto papel, colaboran: Matt Damon, en protagonista, impecable en el arquetipo que le han impuesto; Angelina Jolie, como su esposa, Clover-Margaret, una mujer desconcertada; aparte de una galería de hombres inflexibles como: Alec Baldwin, Tammy Blanchard, Billy Crudup, Keir Dullea, William Hurt, Timothy Hutton, John Turturro, Joe Pesci, entre otros. El guionista, Eric Roth, no ha escatimado escenas de crudeza descarnada, como seguramente habrán presenciado y admitido los miembros de la secreta sociedad que han aportado datos y consejos.

La vida de los otros
Coincide en carteleras con la estadounidense, esta cinta de producción alemana, dirigida por Florian Henckel Von Donnersmarck, que, pese a su mayor incidencia en política, versa, asimismo, sobre intriga y espionaje. El ejercido en la Alemania del Este o República Democrática Alemana, por la Stasi, organización oficial de la policía secreta del régimen comunista. El detalle de la labor que se ejecuta en el submundo que menciona esta obra, es fruto de evidentemente largo y competente trabajo de documentación. Expresa la angustia y el temor de los habitantes de la ciudad, rodeados por un círculo estrecho de delación y denuncia perpetuas, ante la menor desviación del pensamiento dictado por el Partido. El Jurado de los Premios del Cine Europeo la seleccionó en tres apartados: como mejor película, mejor guión y mejor actor (para Ulrich Mühe). También ha recibido premio del cine alemán y del cine bávaro.

300
Los ecos que proceden del pasado con cierta aureola de heroicidad son fuente inagotable para el cine. En especial, la antigüedad, que provee de muchos elementos básicos, desde argumento, hasta ambientación y vestuario; en esta ocasión, prodigiosos. 300 nos asoma a una batalla impresionante por la coyuntura, la época, el propio desfiladero que le dio nombre inmarchitable, y la bravura de un grupo de ese número de combatientes. Exclusivos, asociados voluntariamente al rey de Esparta, Leónidas (interpretado por el escocés Gerard Butler), preparan una colosal emboscada en el paso de las Termópilas, conscientes de que carecen de los medios imprescindibles. El tránsito de la célebre contienda hasta las pantallas de hoy día ha tenido varias fases: Frank Miller la tomó de la Historia para un relato gráfico y de allí la trasladó a película; Zack Snyder, con una espléndida puesta en escena, que ensalza la guerra —su arrebato entusiasta y su espanto— y a los que la sostienen inadecuadamente, contra un ejército muy superior. Lo inesperado o, quizá, lo inevitable es que ridiculiza a las tropas invasoras por lo cual Irán y otros países árabes se han manifestado vivamente en desacuerdo con la versión que en Estados Unidos se hace de sus antepasados, los gloriosos persas del rey Jerjes (interpretado por el actor brasileño, Rodrigo Santoro) en su momento triunfal, en el año 480 a.d.C., y a quien se exhibe con provocador boato, extravagancia ornamental y excesiva ambigüedad.

Tristam Shandy
Tristram Shandy, a Cock and Bull Story, parte de una novela “sui generis”, debida al irlandés Lawrence Stern, pastor de la Iglesia anglicana, que él tituló como Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy. Crónica, con tal acumulación de peripecias, que le proporcionó un caudal para completar nueve libros. Por ello, y empleando un humor caústico y desenfadado, inédito, causó gran entusiasmo entre sus contemporáneos. Se le sigue apreciando por la cantidad e importancia de sus descripciones sobre las costumbres inglesas del siglo XVIII, entre ingenuas, rurales y cultas. Su nombre se sitúa al nivel de los clásicos más reputados. Autor, asimismo, de un libro de sermones y de un nuevo concepto de viajar expuesto en su obra Viaje sentimental. La dificultad de ordenar en un guión estricto, la masa movediza y variopinta, voluble y multicolor de Tristram Shandy no ha sido obstáculo para acometer su versión cinematográfica. Michael Winterbottom se lanzó a la faena reforzando las tendencias disgregadoras del texto original, mediante un añadido de complejidad ambiental y cronológica. Esto es, mantiene el esquema de la historia en el siglo XVIII, a la vez que la traslada al tiempo presente por medio de una supuesta adaptación al cine. De modo que no sólo se disfruta de las ocurrencias y consideraciones hechas por el autor, sobre su época, en la vida diaria, dadas las posibilidades de entonces, sino que les inyecta, con la misma ironía y descaro las variantes de la modernidad, que le brinda el oficio de la interpretación, de la producción cinematográfica y de sus distintos ramos inseparables: guionista, productores, fotógrafos, diseñadores de vestuario, maquilladores, directores de arte, etc., etc. La literatura sigue alimentando al cine.

El último show
Robert Altman, el director inconfundible por personal e independiente, nacido en Kansas City, cerró su filmografía, poco antes de fallecer, en noviembre de 2006, con una comedia coral —de las que fue excelso creador— en recuerdo a los programas de radio de actuación cara al público, que precedieron a la TV. Exactamente se refiere al espectáculo titulado A Prairie Home Companion, animado desde 1978, por Garrison Keillor, en el escenario del Fitzgerald Theatre, en St. Paul, Minnesota, donde se rodó en vivo, con el propio Keillor como guionista e intérprete para mayor autenticidad. El reparto de Altman participa, canta, toca instrumentos musicales, cuenta chistes ante el micrófono y se manifiesta más confiadamente en los camerinos, con otros actores, actrices y ayudantes, del propio “show”, que ponen garantía de profesionalidad en la función, como se espera de ella. No falta una sombra de inquietud. La que arroja sobre los actores la presencia de un desconocido de quien se sospecha que va cerrar el local para convertirlo en aparcamiento. Los nombres: Kevin Cline, Lindsay Lohan, Meryl Streep, Lily Tomlin, Woody Harreson, John C. Reylly, Tommy Lee Jones, certifican con sus actuaciones la alta calificación y notable calidad del espectáculo y de su vehículo, la película de Altman, que lo contiene.

La flauta mágica
De la ópera original de W. Amadeo Mozart (1791), el actor y director irlandés, apasionado por William Shakespeare, Kenneth Branagh, ha hecho una impetuosa adaptación cinematográfica mo-derna, implicando al compositor en una postura antibelicista incontestable. Su planteamiento es claro: opone la armonía y el ritmo, la sonoridad vibrante del concierto de instrumentos y la misma flauta, a los cañonazos y las explosiones en el frente de batalla. Un variado surtido de decorados, uso de color, con esporádica inclusión de secuencias en blanco y negro y efectos especiales, le sirven de apoyo en su debate. Los intérpretes son cantantes de ópera que actúan bajo la dirección musical de James Conlon, importante aportación para los aficionados al género operístico.

Los decorados de Celia Bobak se alían felizmente al vestuario de Christopher Oram y al guión de Branagh y Stephen Fry. La historia, que procede de un cuento de hadas modificado por Mozart, se ha engrandecido con unas secuencias sugestivas, como la del coro formado por los sacos de arena que protegen la trinchera de la supuesta Iª Guerra Mundial. No se han minimizado las partes cómicas de las que se responsabiliza un Papageno jovial (Benjamin Jay Davis) y una Papagena (Silvia Moi) que no lo es menos.



La vida en rosa
En homenaje a la cantante Edith Piaf (el Gorrión) se ha estrenado una superproducción basada en su biografia. Si no exacta, casualmente muy parecida, en punto a dramática, a la de un niño inglés, Charles Chaplin, también hijo de modestos actores de circo y music-hall, criado como ella, entre abandono y hambre, que llegó a la fama a fuerza de voluntad y talento.
Edith Piaf, impuso su voz ronca y desgarrada, su aire desenvuelto y su pasión, en las canciones que empezó entonando en las calles, de las que el repertorio llegó a ser muy popular y tarareado por doquier. En la película, la actriz Marion Cotillard no canta; cede el puesto a las grabaciones de la desaparecida biografiada, limitándose a hacer “play back” mientras suenan: Rien de rien, La vie en rose, Milord, Non, je en regrette rien, etc. Dirigió Oliver Dahan, y algunas celebridades, como Gérard Depardieu y Emmanuelle Seigner, tomaron parte en la acción.






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