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De los setenta a los ochenta: la curva descendente en la valoración crítica de Cortázar por José Luis de Diego (unlp)


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De los setenta a los ochenta: la curva descendente en la valoración crítica de Cortázar

por José Luis de Diego (UNLP)
Me voy a referir, en estas notas, a un itinerario de la recepción de Cortázar que procura detenerse en los momentos en que su figura pública de escritor e intelectual entró en una zona contenciosa y su valoración comenzó a recorrer una curva descendente; de modo que excluyo los trabajos críticos sobre su obra ceñidos a lo específicamente literario.
1- Se podría afirmar que el primer momento de quiebre de la actitud celebratoria que habían consolidado y difundido los semanarios de proyección modernizadora fue una artículo de David Viñas. En ese trabajo, publicado en 1969 en Cuadernos Hispanoamericanos, Viñas parece ir a contramano de los diagnósticos dominantes por aquellos años, aunque el desarrollo posterior de las tendencias estéticas terminara por darle la razón.1 El autor, al reseñar obras de jóvenes escritores -Piglia, Sánchez, Ford, Frete, García y Puig- advierte que Cortázar es el común denominador de la más reciente generación literaria argentina. El gesto admonitorio aparece con claridad: el principal referente de la novela realista en Argentina -así se lo consideraba entonces a Viñas- advierte sobre los peligros de la creciente influencia de Cortázar en los nuevos narradores, a sólo un año de la publicación de 62 modelo para armar. ¿Qué pasaba con la vigorosa prosa de los jóvenes de los sesenta que al final de la década parecía fascinada por los laberintos de la experimentación formal?; ¿se trataba de un fenómeno pasajero o de un proceso de mutaciones estéticas destinado a perdurar?. ¿Qué es lo que heredan estos jóvenes del autor de Rayuela?. La serie que expone Viñas parece remitir más al autor de Bestiario que al de la famosa novela del ‘63: “inquietud ante el exterior”, “intento de conjuro”, “arrinconamiento creciente”, “abdicación de todo proyecto modificador”, “desinterés”, “enclaustramiento y encierro total” (p. 738). Si hay que buscar las razones de esta tendencia hacia el “desinterés” y el “enclaustramiento” mediante una crítica que “aspire a ser global”, es necesario poner en correlación el texto con el contexto: así, el camino que marca Cortázar es fruto de la despolitización y arrastra a la impotencia (el camino que marcó la generación mía, en cambio -parece decir Viñas-, es fruto de la politización y el compromiso, y no es momento de arriar esas banderas). Por lo demás, resulta evidente su apego al modelo “balzaciano”: es preferible la impronta de un narrador omnipotente, a estas muestras de “abdicación de todo proyecto modificador”.
2- Los argumentos que sostiene Oscar Collazos en la polémica que lo enfrenta con Cortázar en 1970 deben leerse, en mi opinión, como continuidad de la actitud crítica que había abierto Viñas.2 Collazos se detendrá en el abandono del compromiso en tanto intelectuales en escritores como Cortázar, Vargas Llosa y Fuentes a partir de la publicación de novelas como 62 modelo para armar y Cambio de piel, en las que el énfasis vanguardista los colocaba de espaldas a los problemas acuciantes que vivía el proceso revolucionario en América Latina. No basta entonces con escribir novelas, cuentos o poemas: es necesario, además, participar en los debates de la vida social denunciando las situaciones de injusticia y colaborando en la construcción del socialismo.

Llamativamente, en su respuesta Cortázar condena la separación de escritor e intelectual, para resaltar que el escritor en tanto intelectual se compromete en su tarea específica, es decir en su trabajo de escritor. El reclamo de Collazos se transformará en un tópico recurrente por entonces, al que Viñas denominó dos años después la “esquizofrenia geográfica”.3 Esta “doble lealtad” de los mayores escritores del boom que escriben y opinan sobre los conflictos que vive Latinoamérica desde sus cómodos sillones europeos vuelve a aparecer, en 1973, en un artículo de Mario Benedetti en Crisis.4 Vargas Llosa, Cortázar, Fuentes, García Márquez deberán defenderse una y otra vez de esta acusación; la calidad indiscutible de sus novelas y de sus cuentos los coloca “a la izquierda” de las actitudes personales de sus autores. Para Cortázar, un escritor debe comprometerse y en tanto se comprometa, será un intelectual; sin embargo, y aquí lo diferencial, su principal compromiso es con su propio oficio. Desde este punto de vista, cuando proclama “mi ametralladora es la literatura”, está acercando la ametralladora como metáfora al orden de lo literario y no la literatura al orden de la lucha revolucionaria. Esta batalla será constante en Cortázar; era su respuesta -repetida una y otra vez- al reproche insistente de haberse ido del país, de querer ser revolucionario desde la rive gauche.


3- En 1973 se publica Libro de Manuel y la controversia que abre vuelve a colocar al autor en el centro del debate, ya que en la novela, como es sabido, procura conciliar el compromiso ideológico y la experimentación formal, mediante la presentación en el cuerpo de la novela de recortes periodísticos que le permitían una denuncia directa de flagrantes injusticias en Latinoamérica y en el mundo. Como dice significativamente en el inicio de la novela “...hoy y aquí las aguas se han juntado”.5 Sin embargo, desde las páginas de Crisis se sostendrá que la novela resultaba la prueba “empírica” de que la concepción sartreana de la obra comprometida había caducado y que el imperativo de acción en la sociedad ya no iba dirigida a la obra sino al escritor. En el Nº 1 de Crisis se presentan cuatro comentarios sobre Libro de Manuel; dos de ellos son del dirigente sindical Raimundo Ongaro y del sacerdote Carlos Mujica. El primero elogia la actitud solidaria del escritor pero “para esas luchas nos importa el que arriesga la vida” (p. 17). El segundo, en la misma dirección, afirma: ”prefiero más a los que donan la vida por una causa, que a los que ceden sus derechos de autor” (p. 17). Es evidente que en la actitud de solicitar opinión a dos personas dedicadas a la actividad política y muy alejadas de un perfil intelectual, Crisis está provocando respuestas que, al ensalzar al hombre de acción, colocan a Cortázar en el lugar de la inoperancia, o quizá peor, en el lugar de la impostura intelectual. La reacción de Cortázar, extrañamente airada, se puede leer en los dos reportajes que le dedica Crisis (Nº 2, pp. 10-15 y Nº 11, pp. 40-49). Y es extrañamente airada porque Cortázar se caracterizó por el tono cordial que utilizaba en los debates públicos, adornados casi siempre con elogios al interlocutor (por citar sólo los más resonantes, Oscar Collazos, David Viñas, Liliana Heker). Pero aquí habían tocado donde más le dolía: ya no se trataba sólo de que había elegido vivir lejos del escenario de la lucha, sino que su novela era una suerte de producto fallido de su conciencia culposa.
4- Diferente actitud es la que toman los críticos de Los Libros, ya que en el caso de Cortázar se evidencia la heterogeneidad de las miradas críticas en la revista, que pueden diferenciarse en dos momentos: en un primer momento, la reseña que escribe Schmucler sobre 62 modelo para armar (Nº 2, p. 11) -en la que toma una respetuosa distancia frente a la audacia experimental que Cortázar exhibe en la novela-, y la orgullosa presentación de un adelanto de Último round en el Nº 3 (“La muñeca rota”, pp. 4-6); en un segundo momento, en los ‘73 y ‘74, la politización de la revista ponía a Cortázar en el banquillo de los acusados: tales los casos de Jorge Rivera y su trabajo sobre Libro de Manuel (Nº 30, pp. 34-35) y la reseña de Josefina Delgado sobre Octaedro (Nº 37, p. 26), que termina con una ironía hacia el título tantas veces citado del reportaje a Cortázar, publicado en Crisis Nº 2: “... si su práctica social es la literatura (...) cabría esperar que hiciera de ella, el arma que eligió, un eficaz instrumento de combate”.
5- Mucho se ha escrito sobre la polémica que enfrenta a Cortázar con Liliana Heker a comienzos de los ochenta.6 Más allá de su obvia inclusión en el transitado cuerpo de los debates que enfrentaron a escritores que se quedaron en el país durante la dictadura y aquéllos que sufrieron el exilio, la polémica deja entrever un reordenamiento progresivo del campo literario. En la discusión acerca de cuáles son los escritores verdaderamente relevantes que están en el exilio y cuáles los que se quedaron en el país, se advierte de qué manera los escritores más jóvenes van reconociendo o no a los “consagrados”; de qué manera el exilio fue generando ciertos liderazgos y quiénes se constituyeron en verdaderos voceros grupales. Cuando Juan Martini retruca la frase atribuida a Manuel Mujica Láinez –“el único escritor importante en el exilio es Cortázar”-, respondiendo que de un modo igualmente caprichoso se podría invertir la afirmación y decir que Borges es el único escritor importante de los que se quedaron en el país; produce un cruce que es mucho más que una anécdota. En efecto, si diez años antes hubiera sido esperable que Mujica Láinez reivindicara a Borges y Martini a Cortázar -que, por otra parte, en el ‘81 prologó su novela La vida entera-, ahora las cosas habían cambiado sustancialmente. Del mismo modo lo advertía Liliana Heker cuando, mediante un golpe bajo argumentativo, le decía a Cortázar que si no recibía más manuscritos de jóvenes es porque se había transformado en un “clásico”. Parece evidente que por aquellos años la figura de Cortázar se desplaza, desde el gran modelo estético de los jóvenes escritores de los sesenta y los primeros setenta, hacia un modelo ético, al erigirse en la figura más destacada de la resistencia a la dictadura en el exilio.
6- La muerte de Cortázar, en febrero del ’84, pone en escena un énfasis consagratorio desde las páginas de los suplementos literarios más difundidos del país. Clarín publica notas, entrevistas, poemas inéditos y artículos-homenaje de Roa Bastos (8/3/84), de Borges (5/4/84) y de García Márquez (24/5/84); La Nación, de Carlos Fuentes (15/4/84). Sin embargo, como venimos diciendo, el modelo estético dominante en los setenta, que tenía a Cortázar como su figura más visible, ya había iniciado su curva descendente. Los autores que irán ocupando ese puesto dominante en los ochenta, Ricardo Piglia, Juan José Saer y Manuel Puig correrán a Cortázar del centro de discusión canónico de un modo ostensible. En el primer caso, el de Piglia, la oposición Borges-Arlt a la que Respiración artificial -y algunos textos de Crítica y ficción- sirve de escenario tuvo una influencia decisiva en el establecimiento de verdaderos lugares comunes de la crítica literaria y de la enseñanza universitaria. Esta operación pone de manifiesto, por contraste, el pálido lugar que ocupa Cortázar a quien, o bien se lo omite, o bien se lo menciona en pocas líneas que lo descalifican.7 Saer se suma a Piglia en el modo de relativizar el legado cortazariano; en 1994, afirma: “Sin embargo, su influencia no es visible en Piglia, en Aira, en Fogwill, o en los más jóvenes como Chefjec o Alan Pauls. Es como si Cortázar hubiera cerrado un camino, no sé. Podría decirse que hay algunos escritores que lo han imitado, pero no han producido cosas interesantes...”.8 En este itinerario se puede incluir la labor de los críticos de Punto de Vista, seguramente la publicación especializada más influyente en nuestro país: el reiterado e insistente interés en Borges y en Saer pone de manifiesto, por oposición, las aisladas y esporádicas menciones a la obra de Cortázar9, que contrastan con el lugar central que ocupaba su figura en las revistas de los primeros setenta, Crisis, Los Libros y Nuevos Aires, entre otras.10 En 1983, Beatriz Sarlo afirmó que durante los setenta se pasa “del sistema de la década del sesenta, presidido por Cortázar y una lectura de Borges (lectura contenidista, si se me permite la expresión) (...) al sistema dominado por Borges, y un Borges procesado en la teoría literaria que tiene como centro al intertexto”.11 Sin embargo, en 1987, tres años después de la muerte de Cortázar, Juan Martini y Rubén Ríos organizaron desde la revista Humor una encuesta a escritores acerca de las diez novelas “más importantes” de la literatura argentina: para sorpresa de muchos, Rayuela fue la más votada y ocupó el primer lugar.12 La pregunta sigue pendiente: ¿fue de las más votadas por su vigencia o porque es un “clásico”, con las connotaciones negativas con que usó el término Liliana Heker? En el mismo año, 1987, se realiza un Coloquio de Eichstätt, Alemania; allí, Jaime Alazraki leyó una ponencia en la que afirmaba que el modelo cortazariano de rigor formal y búsqueda humana “lo convierte entre los escritores argentinos que escriben hoy, en la figura gravitante y axial que Borges había sido para la generación de Cortázar”.13 Previsiblemente, y según lo que afirma Andrea Pagni en “Zonas de discusión” -el texto que cierra las actas del Coloquio-, la hipótesis de Alazraki fue refutada por la mayoría de los presentes (Pagni menciona nada menos que a Martini, Piglia y Saer).
7- Pero el efecto de la curva descendente se hará más evidente cuando, hacia fines de los ochenta, el recambio generacional termine por darle la palabra a los nuevos escritores. En una encuesta publicada por Primer Plano en 1993 contestan 23 escritores jóvenes argentinos.14 Una de las preguntas era la siguiente: “¿Reconoce alguna tradición literaria? ¿Cuál es el libro de autor nacional que más influyó en su escritura? ¿Cuál no querría escribir nunca?”. De los 23, sólo uno, Edgardo González Amer, menciona a Cortázar entre los autores que lo influyeron, pero se ocupa de aclarar que se refiere sólo a “algunos cuentos”. Lo que sí llama la atención es que dos de ellos lo incluyen entre los libros que no querrían escribir nunca. Carlos E. Feiling dice: “Los libros que no quisiera escribir nunca pertenecen al populismo de derecha (Adán Buenosayres), al de izquierda (Rayuela)...”. Y Rodrigo Fresán contesta que “jamás querría ser autor de Rayuela, aunque alguna vez me gustaría poder terminar de leerlo”.
Finalmente, quiero decir que no me mueve, en la reseña de este itinerario crítico ninguna voluntad de desagravio. Sé, además, que los argumentos que puedo esgrimir en favor de una reconsideración más plena de la obra de Cortázar estarán tan cargados valorativamente como los argumentos que puedan esgrimirse en contra. Creo que con justicia Luis Chitarroni ha afirmado que “quienes más lo ignoran son los que más lo han sobrevalorado. Quienes lo copiaban afanosamente, pudorosamente arrepentidos, se empeñan en despreciarlo”.15 Sea como fuere, tengo la percepción de que el movimiento de propulsión desarrollado por la crítica, por lectores fanatizados y aun por fervorosos militantes, en algún momento tocó un límite, un choque, que produjo, por saturación, una nueva propulsión pero hacia atrás; dos últimos y recientes testimonios han sido el malicioso artículo publicado por Gonzalo Garcés en La Nación el 8 de agosto, y la entrevista a César Aira que publicó Ñ el 9 de octubre, titulada “El mejor Cortázar es un mal Borges”. ¿Se detendrá algún día este movimiento vertiginoso y podremos ver, en el vaivén lógico de un canon normalizado, si hemos sido justos con Cortázar?


1

Notas
 Viñas, David (1969) “Después de Cortázar: historia y privatización”, en: Cuadernos Hipanoamericanos, Nº 234. Madrid, junio, pp. 734-739.


2 La polémica se publicó originalmente en el semanario Marcha a comienzos de los setenta y fue reproducida en Nuevos Aires Nº 1 (junio-agosto de 1970) y Nº 2 (septiembre-noviembre de 1970). Además, fue recogida en un libro: Collazos, Oscar, Cortázar, Julio y Vargas Llosa, Mario (1970) Literatura en la revolución y revolución en la literatura. México, Siglo XXI.


3 Viñas, David (1972) Entrevista de Mario Szichman, en: Hispamérica, Año I, Nº 1. Maryland, pp. 65-67. La respuesta de Cortázar se transcribe en el Nº 2, del mismo año, pp. 55-58.

4


 Benedetti, Mario (1973) “El escritor latinoamericano y la revolución posible”, en: Crisis, Nº 3. Buenos Aires, julio, pp. 29-30.


5 Cortázar, Julio (1973) Libro de Manuel. Buenos Aires, Sudamericana, p. 7.


6 La polémica se origina en una conferencia de Cortázar que fue publicada en la revista colombiana Eco (Nº 205, noviembre de 1978) con el título “América Latina: exilio y literatura”. Contra lo dicho por Cortázar, Heker reacciona en un artículo, “Exilio y literatura”, publicado en El Ornitorrinco (Nº 7, enero-febrero de 1980). En carta del 26 de noviembre del mismo año, y con el título “Carta a una escritora argentina”, Cortázar contesta al artículo de Heker. Finalmente, la escritora publica un segundo artículo en respuesta a la carta de Cortázar: ambos textos están reproducidos en El Ornitorrinco Nº 10, de octubre-noviembre de 1981. Se encuentra reproducida, además, en Cuadernos Hispanoamericanos, Nº 517-519. Madrid, julio-septiembre de 1993, pp. 590- 603.


7 Cf. Piglia, Ricardo (1986) “Sobre Cortázar”, en: Crítica y ficción. Santa Fe, Universidad Nacional del Litoral, pp. 91-98. Además, puede consultarse “El socialismo de los consumidores”, un artículo de Piglia publicado en oportunidad de la aparición de Libro de Manuel (La Opinión Cultural, 8 de diciembre de 1974).

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8 En: La Maga, Nº 5. “Homenaje a Cortázar”. Buenos Aires, noviembre de 1994, p. 16.

9


 Entre los pocos trabajos, puede citarse: Gramuglio, María Teresa (1995) “Novelas y política”, en: Punto de Vista, Nº 52. Buenos Aires, agosto, pp. 29-35.


10 Cf., a manera de ejemplo, Crisis Nº 2, 11 y 36; Los Libros Nº 2, 3, 30 y 37; Nuevos Aires Nº 1, 2, 3 y 8.


11 Sarlo, Beatriz (1983) “Literatura y política”, en: Punto de Vista, Nº 19, diciembre, p. 8.


12 La encuesta se publicó, sucesivamente, desde la Humor Nº 196, de mayo de 1987, hasta la Nº 203, de agosto del mismo año; en la página 97 de esta última aparece la “Tabla final”.


13 Alazraki, Jaime (1989) “Cortázar y la narrativa argentina actual”, en: Kohut, Karl y Pagni, Andrea (eds.) Literatura argentina hoy. De la dictadura a la democracia. Frankfurt am Main, Vervuert Verlag, pp. 217-230.


14 La encuesta fue publicada en dos partes, en los suplementos del 7 y el 14 de febrero de 1993. La “Producción” pertenece a Marcos Mayer, Miguel Russo y Gabriela Esquivada.


15 Chitarroni, Luis (2000) “Continuidad de las partes, relatos de los límites”, en: Drucaroff, Elsa (dir.) La narración gana la partida. Tomo 11 de: Jitrik, Noé (dir.) Historia crítica de la literatura argentina. Buenos Aires, Emecé; pp.161-182.


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