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De los miedos ante la escasez a la crisis de la globalización juan velarde fuertes


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De los miedos ante la escasez a la crisis de la globalización

JUAN VELARDE FUERTES*


Los economistas, estos “respetables profesores de la ciencia de la desesperación”, como llamó Carlyle a Ricardo y Malthus, ofrecen continuos asideros a quienes sostienen que la escasez llama con insistencia a la puerta de la opulencia y que es vano el intento de recrear en la tierra “el bíblico jardín” machadiano. Por supuesto que a veces surge ante la faz siempre lívida del economista otro problema: el de los males de la abundancia.
La primera línea, la de la preocupación ante la escasez, nace en Malthus con su Ensayo sobre la Población, aparecido en 1798. La segunda, la del agobio ante la abundancia, en Keynes, con la famosa conferencia en Madrid, en 1930, Las posibilidades económicas de nuestros nietos. También, un poco por todas partes surge otra cuestión. La abundancia de unos, los menos, puede cohabitar con la pobreza de los más. Marx fue quien dio los primeros pasos por aquí, y uno de sus discípulos, Lenin, lo explotó a fondo en El imperialismo, estadio supremo del capitalismo, aparecido en 1916. Ninguna de estas tres aportaciones de Malthus, Keynes y Lenin es larga. Sin embargo, han conmovido a la humanidad más de todo lo que puede parecer, incluso despertando pánicos.

Comencemos por el pánico Malthus. Con motivo del centenario de este gran economista, se celebró el 2 de marzo de 1935 un lucido acto académico en su honor, precisamente en el King’s College de la Universidad de Cambridge, institución académica a la que Malthus había pertenecido. Presidía el acto el gran economista, titular y sucesor de la cátedra de Marshall, Arthur Cecil Pigou. El biógrafo de Malthus, James Bonar, destacó una cosa: cómo desde que se publicó en 1798 el Ensayo sobre la población, de alguna manera opuesto al optimismo de Condorcet en su Esquisse d’un tableau historique des progrès de l’esprit humain, aparecido en 1795, “se frunció el ceño a la utopía”. No habría en adelante sitio para sueños, ni tampoco para las utopías que de ellos derivan, a causa de los duros planteamientos que exige la vida económica. Por eso, un desenfadado estudiante británico pudo escribir para el viejo economista al que se homenajeaba, estas dos estrofas:


“Este Malthus era de nuestra Ciencia lúgubre el primer profesor.

¡Ay!, él era el primer profesor”.


La progresión aritmética de la producción de alimentos no se cumplió. Los descubrimientos por una serie de químicos y agrónomos germanos, con Liebig y su “ley del mínimo” a la cabeza, produjeron una formidable revolución agraria. La población tampoco se movió exponencialmente. No es éste el momento de hablar de la curva logística y de las discusiones que en torno a ella se han alzado, enlazándose bastante recientemente con las teorías del caos, pero lo que es claro es que la función temporal que explica el comportamiento de la población es bastante más complicada que la famosa progresión geométrica malthusiana. Así, desde hace dos siglos hasta ahora mismo, con Amartya Sen a la cabeza, ha sido posible contemplar cada vez con más benevolencia los que parecían ser los puntos de vista maltrechos de Condorcet. De este modo se despejó la primera nube que se formó sobre la nueva y optimista sociedad capitalista que promovía la Revolución Industrial.
Pronto volvió a producirse otra creciente preocupación. En 1835, al año siguiente al de la muerte de Malthus, como si la Providencia quisiese que el relevo de los pesimistas no cesase, nació William Stanley Jevons, uno de los tres genios que, con Walras y Menger, introdujo el marginalismo en la ciencia económica e hizo que ésta diese un salto de gigante. Su familia vivía obsesa por los problemas derivados de la Revolución Industrial. Su padre, un almacenista de hierro, fue amigo de Stephenson, el descubridor de la locomotora y, con ella, de los ferrocarriles. También había sido el constructor, o por lo menos el impulsor, del primer barco de hierro que navegó por el mar. Igualmente había apoyado la construcción del Túnel del Támesis, y siempre se le conoció interesadísimo por los asuntos relacionados con las innovaciones tecnológicas. Había publicado, asimismo, el padre de Stanley Jevons, un polémico folleto sobre temas económicos, titulado La prosperidad de los terratenientes no depende de las leyes del trigo. Su abuelo materno, William Roscoe, fue un conocido y ardiente reformador social, preocupado sobre todo por el tema de la abolición de la esclavitud. La preocupación académica de W. Stanley Jevons no tuvo, en buena parte por ese ambiente, poco que ver con las ciencias morales típicas en los clásicos, sino con las matemáticas, la biología, la química y la metalurgia. Armado con esta excelente base, que lo llevaría a ser el primer economista que tras Sir William Petty pasase a ser miembro de la Royal Society, publicó el libro inicial de su obra como economista, bajo el explosivo título de La cuestión del carbón: una investigación acerca del progreso de la Nación y del probable agotamiento de nuestras minas de carbón. Se puso a la venta en abril de 1865. Keynes, en el artículo sobre Jevons que publicó en el Journal of the Royal Statistical Society, lo califica como escrito con brillantez y de modo atractivo, pero que se equivocó en sus profecías, basadas en argumentos poco firmes y que, leído ahora, parece superforzado y exagerado.
La base del libro de Jevons se encontraba en que la prosperidad y el liderazgo de Gran Bretaña requerían un crecimiento continuo de su industria pesada a escala tal que exigiría un consumo de carbón que se expansionaría en progresión geométrica. Jevons llamó a esto Ley natural del crecimiento social, y señaló que era una extensión de la Ley de la Población de Malthus. Basó su tesis, según sus palabras, “en que los seres vivientes de la misma naturaleza y en las mismas circunstancias se multiplican con la misma razón en progresión geométrica”. Al estudiar la economía británica creyó que se podían defender con soltura sus asertos, pues donde Malthus había puesto “trigo” —corn—, bastaba variar dos letras y poner “carbón”, o sea coal. Gran Bretaña, como decía Jevons en expresión que popularizó Julio Verne, dependía de sus Indias Negras para prosperar económicamente a costa del rendimiento de la hulla de la isla.
No fue el del carbón el exclusivo agotamiento de materias primas que preocupó a Jevons. Como sucedió con otro buen economista, Edwin Cannan, también le preocuparon las consecuencias de un desabastecimiento de papel, a causa de la falta de madera. Por ello Jevons incluso almacenó papel en su casa en cantidad tan alta que más de cincuenta años después de su muerte, sus nietos no habían sido capaces de gastarlo. Cannan, en cambio, llevado de un fuerte espíritu ahorrativo provocado por su miedo a agotar los bosques con todas sus consecuencias, escribía en sitios inauditos, como las vueltas de los sobres viejos.
Jevons murió en 1882. The coal question se olvidó muy pronto, excepto por los eruditos, porque en 1876, había aparecido el Motor Silencioso de Otto, con lo que el motor de explosión interna estaba a punto de ser el de un automóvil. Su expansión sería casi ilimitada empleando la energía de los hidrocarburos. Por otro lado, a partir de la comunicación de Tesla en 1888 sobre la corriente alterna al American Institute of Electrical Engineers y, sobre todo, cuando en 1893 se decidió emplear corriente alterna para aprovechar la energía eléctrica producida por las cataratas del Niágara —en 1886 se había instalado la primera central productora de corriente alterna en Buffalo (New York)—, dio el golpe definitivo a aquella profecía de 1865. Daba la impresión, a partir de ahí —piénsese en la revolución latente en la ecuación fundamental de Einstein—, que el problema energético había dejado de serlo y que el futuro vendría determinado por la solución de problemas técnicos, ninguno de los cuales debía preocuparnos, porque, en el fondo, el mundo pasó a creer íntimamente aquella frase orgullosa de Hegel: “Cuando el hombre convoca a la técnica, la técnica siempre comparece”.
Sin embargo el diablillo pesimista y antiutópico de los recursos muy limitados que había despertado Malthus no había dejado de hurgar. Un trabajo sobre la extensión y disposición adecuada de tierra cultivable frente a una población que volvía a poder ser amenazante, fue leído por el profesor de Geografía, Fawcett, del University College de Londres, en 1930, pero no pareció crear la más pequeña preocupación. La Gran Depresión plantearía bien pronto la solución, de la mano de Keynes, por el lado de la demanda. Hubieron de pasar treinta y cinco años para que este problema volviese a plantearse. En la Conferencia Mundial sobre la Población de Belgrado, celebrada en 1965, el profesor King Hubbert, geólogo y geofísico de la Universidad de Stanford habló de “la ciega dilapidación de los recursos minerales de la Tierra a muy altas tasas exponenciales, provocando un irresponsable e inaudito desarrollo fomentado por una ideología consumista, que motivará que el desarrollo (industrial iniciado en el siglo XVIII) no habrá sido más que un fenómeno intrínsicamente efímero —doscientos años— en el más amplio cuadro de la historia de la Humanidad”.
Pronto se acumularían otras informaciones que parecían ratificar estos puntos de vista. Comenzaron con el Primer Informe al Club de Roma, titulado Los límites del crecimiento, que hablaba de que, de persistir los actuales niveles de consumo, las reservas de aluminio se habían de agotar en 31 años; las de carbón, en 111; las de cobre, en 21; las de estaño, en 15; las de mercurio, en 111; las de cinc, en 18; las de plomo, en 21; las de wolframio, en 28; las de petróleo, en 20; las de hierro, en 93. La escasez llamaba con estrépito a nuestras puertas, y parecía que se le debía escuchar. El Club de Roma insistió una y otra vez en esta línea de trabajo hasta conseguir que este tercer gran pánico mereciese ser denominado con el nombre de esta organización. La serie de las principales investigaciones de este Club fue muy comentada. Pasa por las conclusiones de la primera reunión que esta institución celebró en Tokio, sin olvidar la serie sucesiva que se abre con el título de La Humanidad en la encrucijada, y sigue con la investigación coordinada por Jan Tinbergen, o Informe RIO —de Reshaping the International Order—, sin olvidar el titulado Más allá de la era del derroche, o el que responde al epígrafe de Motor para la Humanidad.

Todo esto se unió a una aparente rectificación de la famosa proposición Singer-Prebisch. Como es bien sabido, estos dos investigadores llegaron a la conclusión, a finales de la década de los cuarenta, de que, con la Revolución Industrial, y a largo plazo, la relación real de intercambio entre, por un lado, los productos alimenticios, las materias primas y la energía, y por otro, los productos industriales, jugaba en el mundo contra los primeros. Los neorricardianos, con Viner a la cabeza, parecían quedar descalificados, y las tesis industrializadoras de Manoilescu, justificadas. La CEPAL, primero, y la UNCTAD, después, mezclando todo esto con las aportaciones de Myrdal sobre la causación acumulativa, comenzaron a desarrollar una tesis, que pronto los estructuralistas económicos latinoamericanos y otros investigadores que, partieron de ellos, ampliaron con fuertes elementos derivados de Marx —caso, entre otros, de Samir Amin, Emmanuel, Gunder Frank—, con lo que esta ideología enlaza con lo que sostenían los llamados economistas radicales: lo que sucedía en el mundo era que los países del Centro, los países ricos, por la propia dinámica del proceso de industrialización capitalista, se hacen cada vez más ricos, en tanto que los “países de la periferia”, los países pobres, se hacían cada vez más pobres, con lo que caían en situaciones intolerables de dependencia económica, tecnológica y, por supuesto, también política. Habían surgido las tesis del neocolonialismo que se enlazaron con facilidad, a través del movimiento Cristianos por el socialismo —que se explica, por otro lado, gracias al famoso artículo de Schumpeter, de 1949, La marcha hacia el socialismo—, con la Teología de la Liberación.


De pronto, a partir de finales de 1973, todo parecía cambiar. Al principio se hablaba de que la alteración la provocaba la ansiosa búsqueda por parte de los países productores de materias primas energéticas, mineras y alimentación, así como la actuación de coaliciones —en realidad de auténticos cárteles que pretendían el dominio del mercado— que constituían los pueblos proletarios de la periferia para escapar a la implacable “ley de bronce” que caía sobre ellos. Pero pronto lo que se planteó fue si todo esto no se debía a las escaseces denunciadas por el Club de Roma. Comenzaron a surgir Planes múltiples, inventarios, propuestas de cambio en las políticas económicas. El presidente Carter impulsó un vasto estudio. En España, el entonces ministro de Industria, Rodríguez Sahagún, puso en marcha un Plan para aprovechar exhaustivamente nuestros recursos mineros. Incluso Leontief, al frente del equipo que preparó para las Naciones Unidas el estudio titulado 1999, parecía seguir este sendero alarmista. Creía que la demanda de cobre, de 1973 a 1999, iba a multiplicarse por 4’8; la de bauxita y cinc, por 4’2; la de níquel, por 4’3; la de plomo —a pesar de ser un producto contaminante, y de los riesgos que se derivan del saturnismo—, por 5’3; la de hierro, por 4’7, y la de carbón, por 5. Por eso, en estos momentos de inicios del siglo XXI, nos encontraríamos con que el plomo y el cinc habrían desaparecido prácticamente, y pasarían a ser raros, y por ende, carísimos, el mercurio, la plata, el flúor, el wolframio y el estaño. Todo esto se uniría a un desabastecimiento importante de los alimentos. Como consecuencia de estas escaseces, y de los estrangulamientos que se generarían en los países industriales, Leontief lanzó la hipótesis de que ya en el período de 1970 a 1990, los precios de los minerales subirían un 2’7%, los precios agrícolas lo harían en un 14%, y que, en cambio, los precios de los productos manufacturados disminuirían en un 6%.
Surgió así con fuerza la convicción de que en 1999 podríamos traspasar otra frontera, como en 1783 había ocurrido con la de un estancamiento, no ya secular en el hombre, sino, como decía Keynes, de un ámbito próximo a los cuatro milenios. Ahora nos encaminaríamos hacia un triste y harapiento mundo orwelliano y el mundo futuro retrocedería, de modo brusquísimo, a situaciones materiales que se creían ya definitivamente superadas. C.F. Bergsten, en el artículo “The Threat is real”, publicado en el nº 14 de Foreign Policy en 1974, decía que “los próximos actos en el teatro de la oferta de energía, de minerales, pueden ser, verdaderamente, de un alto dramatismo”. El sofisticado mundo moderno daba la impresión de estar herido de muerte. Parecía, pues, que, como escribió Robert Browning, “Jupiter derriba a los titanes, no cuando comienzan a levantar la montaña, sino cuando la última roca está a punto de coronar su obra”.
Sin embargo no había nada de eso. En primer lugar, y de modo asombroso, los estudios empíricos en los que se basaban estos análisis estaban mal hechos. Tras el excelente trabajo de Gerald Manners, Our Planet’s resources, discurso leído en la Royal Geographical Society, en Londres, en abril de 1981, quedaron claras tres cosas. La primera, que existen fundamentos adecuados para adoptar una actitud de razonable optimismo respecto a la oferta futura de energías no renovables y de recursos minerales. La segunda, que con los cálculos más estrictos imaginables, no cabía imaginar escaseces de materiales energéticos y mineros, al menos para los próximos 50 años, aunque existen ciertos problemas respecto a la accesibilidad de las materias primas, al impacto medioambiental de su manipulación y a ciertos problemas para lograr invertir en ciertas naciones que entonces rechazaban capitales privados, y más aun si son extranjeros, así como al coste futuro de la energía, en parte a causa de frenos voluntarios a la oferta de energía nuclear. Creía Manners —que no sospechaba en 1981 la desaparición de la Unión Soviética, la oleada reprivatizadora de los países iberoamericanos en vías de desarrollo y la descomposición africana subsahariana, que ha hecho surgir formas socioculturales análogas en muchos casos a la Edad Media europea— que estos problemas políticos podrían superarse. La tercera cosa puesta de relieve por Manners era que Europa debía despedirse del pensamiento de un posible autoabastecimiento de materias primas y energía —no, por supuesto, de alimentos, como resultado de la Política Agrícola Común—, y que debía participar activamente en procesos globalizadores, porque ello redundaría en su provecho.

Por otro lado, los avances en la ciencia y en la tecnología, como destacó Drucker en un artículo aparecido en Foreign Affairs, empujan hacia un mundo en el que ha surgido un cuadro nuevo de materias primas, que pasan a ser no sólo abundantes, sino abundantísimas. Piénsese en el silicio. En cambio, las exigencias de materias primas realmente escasas, como es el caso del cobre, a causa precisamente de esos avances tecnológicos, dan la impresión de desplomarse. Las sucesivas Revoluciones Verdes borran la cuestión respecto a los alimentos; otra cosa son las políticas nacionales de los países más necesitados.


Finalmente, la cuestión de la energía está siendo tratada desde la doble dirección de la energía solar y de la energía de fusión. La solución definitiva del problema, que científicamente es conocida, técnicamente está muy próxima. La de las dos que se adelante, desplazará por su oferta baratísima, definitivamente, a la otra. El problema que queda sin resolver, por supuesto aquí, como en general en toda esta situación, lo enunció el premio Nobel de Física ruso, Basov, así: “No se puede alcanzar el paraíso de la energía de fusión —o de la solar— sin pasar por el purgatorio de la preparación científica e intelectual que se deriva de la existencia, ya de la energía de fisión, ya de gigantescas y muy bien dotados establecimientos científicos”.
He ahí eliminado este problema, pero no el de los posibles males de la abundancia. Como he señalado antes, Keynes lo planteó en Madrid, en 1930. Concretamente señaló que, con la Revolución Industrial, “a largo plazo, la Humanidad está resolviendo su problema económico”. Como las necesidades absolutas, aquellas que padecemos cualquiera que sea la situación de nuestros ciudadanos, son solubles en un plazo perfectamente previsible, que él cifraba en un siglo, el problema que surge ya no es el de la lucha por la subsistencia. Lo que ahora aparece es cómo reaccionar en la era del ocio y de la abundancia. Keynes se dedicó a fantasear ante su auditorio de la Residencia de Estudiantes, hasta el punto de provocar que Antonio Bermúdez Cañete calificase sus palabras, desde las columnas de El Debate —iniciando una crítica que después se generalizó hasta llegar a ahora mismo—, como “fantasías sin rigor”. A mi juicio lo que pretendía Keynes en Madrid era actuar, más que como economista, como buen miembro del Círculo de Bloomsbury, y así poder proclamar la liberación de la Humanidad de lo que él llamaba “principios seudomorales que han pesado durante doscientos años sobre nosotros”. Consideraba condenable la moral victoriana, y demostraba que los agrupados en torno a la camarilla de Virginia Woolf, Vanesa Bell, Lytton Strachey y demás, con su desenfado de costumbres, no eran unos libertinos protervos, sino que habían actuado sólo como adelantados de un Paraíso Terrenal que para nada precisaba de coerciones y puritanismos. Los mensajes fabianos de un Wells, en Los hombres dioses, por ejemplo, también están tras este talante: “La avaricia es un vicio, ... la práctica de la usura es una fechoría, y el amor al dinero es detestable”. Había llegado al fin el momento de los lirios del campo, que no trabajan ni hilan. Se liquidaba de este modo el dilema clásico que en un año después —exactamente en 1931— formularía así Lionel Robbins en su Ensayo sobre la naturaleza y significación de la Ciencia Económica: “Hay casos en que la disyuntiva es tener un pan o una azucena. La elección de lo uno importa el sacrificio de lo otro, y aunque podamos estar satisfechos de nuestra opción por las azucenas, no podemos engañarnos de que lo que hicimos fue realmente una elección, y que tendremos más pan después. No es verdad que todas las cosas operen conjuntamente para el bien material de quienes aman a Dios. La Economía, lejos de sostener que existe una armonía de fines en este sentido, nos hace ver en toda su amplitud ese conflicto de elección, característica permanente de la existencia humana. El economista es, en verdad, un redactor de tragedias”.
La revolución keynesiana, que luego se formularía analíticamente con su famoso modelo macroeconómico inserto en la Teoría General, intentaba llevar a la economía fuera de los planteamientos de los clásicos, que la habían reducido a la condición de “ciencia lúgubre”, al estar permanentemente obsesionados por el problema de la escasez, y conducirla así a la condición de actividad marginal, no esencial pero sí muy útil, tal como decía Keynes que era la odontología, pues su mensaje madrileño concluía de este modo: “¡Qué gran cosa sería, que los economistas consiguieran que se les considerara como personas competentes, modestas y útiles, como hoy se piensa de los odontólogos!”.
Los datos de la vida corriente parecieron, sin embargo, ser capaces de confirmar esos puntos de vista. Las series estadísticas de todos los países mostraban un rapidísimo crecimiento en el bienestar de las gentes, tras el trauma que supuso la II Guerra Mundial. En España, como en Francia, Gran Bretaña o Alemania, 1947 pareció ser el límite de la miseria. A veces el auge tenía la espectacularidad del japonés, o el paso tranquilo, pero implacable, del norteamericano, que había sabido incluso, como dijo con gracia Samuelson, eliminar el dilema enunciado por Goering de “o cañones o mantequilla”, presentando, durante el conflicto incluso, la realidad de “cañones y la vaca entera”. Galbraith, bajo el seudónimo Herschel McLandress —un personaje que creó para firmar una serie de artículos en Esquire en colaboración con John F. Kennedy—, en el Prefacio al conocido Informe de la Montaña de Hierro sobre la posibilidad y deseabilidad de la paz, llegaría “a la conclusión de que la guerra ofrece el único sistema digno de confianza para estabilizar y controlar las economías nacionales”. El mecanismo que ofrece Galbraith se liga a todo esto. Una guerra tiene un corolario atroz de desastres —destrucción de las estructuras familiares, aumento de la mortalidad y morbilidad, desaparición de efectos personales, hambre—, por lo que los pensadores que la provocaron pasan a tener un complejo de culpabilidad. Para curarse de él, en plena contienda se dedican a “la preparación de medidas destinadas a mejorar las condiciones de vida —pleno empleo, derechos de los excombatientes, viviendas para los héroes, acuerdos internacionales para garantizar la paz, reconstrucción de lo destruido, planes de riego y embalses hidroeléctricos...—, medidas que actuarán de algún modo como disolventes del sentimiento de culpabilidad, al asegurar a los que han sufrido beneficios morales y económicos. Los años que siguen inmediatamente a una guerra son, por eso, años de rápidos progresos sociales en todos los frentes, nacionales e internacionales. Estos progresos no concluyen más que cuando el sentimiento de culpabilidad nacido de la guerra queda exorcizado y cuando se restablecen los modelos normales psicológicos de pensamiento”.
La economía de guerra y la economía del bienestar colaboran, y su lema, como decía irónicamente Lindbeck, es tanto para la una como para la otra el de “siempre más, nunca bastante”, porque si se tuviese mentalidad de escasez, se observaría que se frenaba el desarrollo e impedía el progreso. En ese Informe de la Montaña de Hierro se leen párrafos como éste: “Es preciso anotar que la producción de guerra —y tanto valdría el decir los servicios precisos para el Estado del bienestar— significa un efecto estimulante plenamente cierto más allá de su propio dominio. Lejos de constituir una brecha de despilfarro en la economía, los gastos de guerra — o, repito, sus sucesores, los gastos sociales— si se los considera desde un punto de vista pragmático, han sido un factor positivo tanto para el incremento del Producto Nacional Bruto como para el de la productividad individual”.
El mundo, sin embargo, que surgió de este aparente optimismo, que se precipitaba sobre los consumidores en forma de aludes ingentes de bienes y servicios, comenzó a asustarse, primero. Después, a preocuparse, porque por un lado, o por otro, el dilema del pan y de la azucena de Robbins, surgía una y otra vez, y de manera cada vez más clara.
El resto podría tener la alternativa de la planeación, pero pronto se observó que, como planteaba Wittfogel, conducía a un atroz “despotismo oriental” y, además, a cegar la propia producción, porque los mecanismos planificados superan en sus yerros, con mucho, a los yerros del mercado. Por ello los economistas, que en el fondo de su alma verían con entusiasmo la desaparición de la ciencia lúgubre, se alarmaron. Casi escalofría el leer un texto de W. Beckermann publicado en The Economic Journal, en marzo de 1956, bajo el título de “El economista como un misionero moderno”, que reza así: “En una economía como la de los Estados Unidos, en la que el ocio apenas goza de consideración ética, el problema de la creación de suficientes necesidades... para absorber la capacidad productiva puede convertirse en crónica en un futuro no demasiado lejano. En una situación semejante, el economista comienza a llevar una vida furtiva”. O bien lo que se deduce de la llamada carrera de Duesenberrry expuesta así por éste en su Income, saving and the theory of consumer behaviour: “Uno de los principales objetivos de una sociedad como la nuestra es el alcanzar un nivel de vida más elevado... Ello tiene una gran importancia para la teoría del consumo... El deseo de obtener mejores bienes adquiere una vida propia. Da origen a una carrera para realizar mayores gastos que puede ser incluso más poderosa que la aparición de las necesidades que podrían ser satisfechas con esos gastos”.
El gran pánico ante este alud lo contaría el propio Galbraith, quien lo bautizó con agudeza poco corriente: The affluent society, o sea, La sociedad opulenta. Había que oponerse, en frase de su traductor, Fabián Estapé, a “la ilusión en la producción máxima, en la superioridad de los bienes de producción privada...”. Lo que ha originado ese progreso es un conjunto vastísimo de chirimbolos, de más que dudosa utilidad, que Galbraith indica que convive, en la misma sociedad, con escuelas públicas viejas y atestadas; con maestros, y profesores en general, mal pagados; con una criminalidad en ascenso rampante y una policía desmoralizada, entre otras cosas, porque tiene sueldos bajos; con escasos parques públicos y terrenos de juegos colectivos; con inaceptables servicios de saneamiento; con insuficientes, antihigiénicos y sucios transportes colectivos; con una atmósfera cada vez más contaminada. Recuerdo que yo resumí así, ante mis alumnos, allá por el curso 1959-60, según leo en viejas notas de clase, este mensaje de Galbraith: Una pareja de novios decide pasar una tarde de merienda en la orilla romántica de un río. No es problema, con el potente automóvil de él, alcanzan lugares aislados para el idilio, pero éste se ve impedido por la suciedad maloliente que se desprende de todos los remansos, con sauces renegridos, muertos por la contaminación, después de destrozarlos los gamberros; con suelos llenos de plásticos y botes de bebidas; con, en suma, fallos tan grandes en los servicios colectivos, que de nada sirve el poseer un bien privado carísimo y cromado, el automóvil. La contrapartida a una opulencia creciente, dice Galbraith, en una sociedad de masas, si no aumenta la significación del sector público, “es una mayor cochambre”.
La profecía de Keynes empuja así el aumento del grado de socialización del sistema. En su prólogo —fechado a finales de 1936— a la traducción al alemán de la Teoría General, Keynes parece transigir incluso con el autoritarismo. A éste se le derrotó en 1945. Al auge en la socialización, la OCDE le puso coto desde 1977, con el Informe McCracken. ¿Qué camino se puede seguir si el autoritarismo lleva al totalitarismo y a restricciones en la libertad que los ciudadanos rechazan, y la socialización disminuye verticalmente la eficacia del aparato productivo?
Pero los asustados, desde la década de los setenta hasta hoy, pasaron a convertirse, progresivamente, en preocupados, porque, como ya se ha señalado más arriba, a mediados de la época de los setenta, retomó el fantasma de la escasez, y pronto la convicción, tras el mensaje lanzado en 1967 por Milton Friedman con el título de El papel de la política monetaria, de que la construcción keynesiana era tan movediza que precisaba inyectarle una formidable carga de cemento en sus cimientos, en forma de hondas reformas estructurales, o sea, actuaciones no por el cómodo lado de la demanda, sino por áspero de la oferta. Al actuar éstas en el cuadruple frente de desregulaciones, reprivatizaciones, frenos al gasto público, y reacomodos de los impuestos eliminando su presión, justo cuando se alteraba la estructura demográfica a causa de un formidable envejecimiento; cuando las curvas de Phillips saltaban en mil pedazos y el paro se incrementaba, unido a crecimientos en la inflación, y cuando nuevas oleadas de menesterosos surgen implorando auxilio; esto es, cuando había que financiar al Estado del Bienestar, pero también en el momento en que el progreso económico y la globalización imponen un combate feroz en los mercados mundiales, que obliga a importantes desembolsos en infraestructuras e I+D, y en una época en la que la creciente inestabilidad en el Mediterráneo —pieza clave para nuestro desarrollo material— convertía en un desatino reducir los gastos de defensa. Esta situación se llama, lisa y llanamente, crisis del Estado del Bienestar, que plantea un inmediato problema político, porque los beneficiarios del mismo, olvidando cualquier llamamiento que se les haga a la solidaridad, exigen, con su fuerte peso electoral, que continúe el citado mensaje de “siempre más, nunca bastante”.
Al mismo tiempo, ha aparecido un doble miedo por lo que sucede en este vasto conjunto de países que constituye el denominado, a través de eufemismos, primero, Tercer Mundo, y después, países subdesarrollados. La opinión pública de los países más ricos siente, ante ellos, ramalazos de conmiseración y solidaridad, y también profundos rechazos, como sucede con los inmigrantes, hispanos de Norteamérica, magrebíes, turcos, kurdos y negros en Europa.
A partir del Informe de la Comisión Pierson que, en 1969, señaló que “el margen de separación entre países desarrollados y en desarrollo se ampliaba”, el número uno de los problemas de la política internacional pasó a ser el de colmar esa brecha y, hasta ahora mismo —con trabajos muy importantes del Banco Mundial, sobre todo—, no ha cesado de investigarse la magnitud y dinámica del problema. Lo que sucede es que se ha dudado mucho sobre si, de verdad, las cosas sucedían de esta manera tal como se sugería en las viejas estimaciones de Colin Clark con sus Unidades Orientales y las críticas de Simon Kuznets a las diversas estimaciones de rentas industriales contenidas en su artículo en Econometrica, en julio de 1949, sin olvidar el ruidoso fracaso de las estimaciones de los porcentajes de hambrientos efectuadas por el primer director general de la FAO, Lord Boyd Orr, destrozadas por Bennett. De todas maneras, sobre todo tras el trabajo de Albert Berry, François Bourguignon y Christian Morrison, titulado “Changes in the world distribution of in-come between 1956 and 1977”, publicado en The Economic Journal en junio de 1983 —dentro del estudio del que se llamaba entonces “campo no socialista”, ya que los incrementos del PIB chino introducían perturbaciones muy fuertes en la observación—, parece que queda aceptablemente claro que existe algún aumento de la desigualdad en el tiempo a través de los análisis de las producciones, y una comprobación mucho más clara si se emplean datos de consumo.
La difusión del pensamiento estructuralista-marxista ya mencionado, profundamente arraigado en importantes organismos de las Naciones Unidad, condujo a un fuerte intento de “desarrollo hacia dentro” de estos países pobres, sobre todo en Iberoamérica y África. Daba igual que se tratase del Perú gobernado por el APRA con Alán García o de la Tanzania regida por un audaz socialismo casero ideado por Julio Ñerere, con sus experimentos de ayuda mutua —ujamaa—, colectivizaciones y propiedad estatal generalizadísima. Durante cierto tiempo, lo que se probó después que era un conjunto de desatinos económicos, pareció funcionar. El motivo era doble. Por una parte, la mencionada alteración en la evolución de la relación real de intercambio en disfavor de los países industriales ricos desde finales de 1973. Por otro lado, la onda de prosperidad que hasta entonces había existido en el mundo, produjo la existencia de capitales sobrantes que, a tipos de interés muy bajos, pugnaban los diversos mediadores financieros por situar en los mercados internacionales.
Además, estos intermediarios, ansiosos por cobrar sus corretajes, lograron convencer —y la cosa fue fácil con los grandes inversores— que los Estados no quebraban nunca y que no había esenciales diferencias de estabilidad entre Bélgica o el Zaire, o entre España y el Perú. Los países del Tercer Mundo, y en especial los iberoamericanos y los africanos, deseaban, casi con desesperación, salir de las deprimidas rentas que parecían perpetuarles en su situación tercermundista o, para seguir la jerga de la época, “periférica”. La oferta de capitales se unió a esta demanda, mientras escaseaban cada vez más —como nos ha recordado Osvaldo Súnkel—, los de instituciones públicas mundiales. Todo esto provocó, como fruto de la financiación generada por las rentas petrolíferas, y de otras exportaciones propias, procesos muy fuertes de desarrollo. Parecía que funcionaba el mecanismo a finales de los años setenta y comienzos de los ochenta. Mientras Aníbal Pinto, uno de los creadores del estructuralismo económico latinoamericano, exponía en la Escuela de La Granda, con orgullo evidente, las altísimas tasas de desarrollo del ámbito iberoamericano, se dirigió a los economistas europeos que allí también estaban, y que en aquellos momentos ofrecían más bien escuálidos incrementos productivos, diciendo: “Aprendan ustedes de nosotros. ‘Por sus frutos los conoceréis’, también se aplica a las orientaciones de la política económica”.
Desgraciadamente, estos procesos de desarrollo fueron en todos estos países tremendamente desordenados, con unos mercados interiores financiados con tensiones inflacionistas que, a veces, alcanzaban la hiperinflación y que, siempre, adquirían condiciones de inflación inercial.
De este modo, lo habitual no eran, precisamente, los procesos técnicos racionales de producción, sino los especulativos, unidos muchas veces a colosales, y lógicas, fugas de capitales nacionales, a lo que se sumaba un indisciplinado y sin cesar creciente sector público. Jesús Silva Herzog declararía, años después, también en la Escuela de La Granda, recordando lo sucedido: “La ampliación del sector público fue tan fabulosa en México, que existía hasta un cabaret propiedad del Estado; claro que era el único cabaret que perdía en la Ciudad de México”.
El fruto no se hizo esperar. Conforme avanzaron los procesos de normalización financiera internacional, la inmensa mayor parte de estas naciones comenzaron a tener problemas muy serios para atender a las necesidades derivadas de sus servicios de Deuda Exterior. Las posibilidades de encontrar alivio en el Banco Mundial, en los otros Bancos públicos internacionales a largo plazo —sobre todo, del Banco Interamericano de Desarrollo— y en el Fondo Monetario Internacional, no eran, ciertamente grandes. Las renegociaciones de la deuda externa comenzaron a multiplicarse. La crisis de la deuda externa hizo su aparición, y a comienzos de los años noventa se había enseñoreado de Iberoamérica. África era otra cosa, sobre todo la subsahariana. Poco a poco ha ido deslizándose a un caos socioeconómico tal, que muestra que sólo perduran ciertas actividades extractivas, unidas a grandes empresas multinacionales, por un lado, y a oligarquías corrompidas locales, por otro, que, simultáneamente rompen incluso las por otro lado débiles estructuras políticas creadas tras la independencia. Se alteran, sin proclamarlo internacionalmente, fronteras; surgen ejércitos de mercenarios unidos a hordas locales. El profesor portugués Jaime Nogueira Pinto, buen conocedor del Cono Sur africano, ha relatado todo esto bien recientemente, de modo escalofriante.
Hay otra cuestión, y es la que viene determinada porque el aumento de la producción se genera, en parte notable, por el aumento del mercado. ¿Y cómo aumenta el mercado?, pues el mercado aumenta como consecuencia de ese conjunto de decisiones que van en contra de aquello que se llamó el caracol contractivo de Kindleberger. Kindleberger estudió, posteriormente a la crisis de los años 30, por qué se había producido esta crisis, qué es lo que había ocurrido, cuál era la causa de la gran depresión, y observó que era diábolica la siguiente secuencia: protección arancelaria — reducción del mercado — caída de la producción — más protección arancelaria para amparar la producción que queda — más reducción del mercado — más caída de la producción...; él dibujaba esta secuencia en forma de un caracol que iba contrayéndose cada vez más hasta que, finalmente, producía la implosión de una gran depresión. Todo esto se eliminó al caer las barreras arancelarias, con la acción, primero, del GATT y, luego, de la Organización Mundial del Comercio, con las fusiones de mercados nacionales, etc.; el mercado está aumentando de una manera verdaderamente extraordinaria, lo que hace que las series productivas puedan ser mayores y que, como consecuencia, la productividad mejore. Es decir, estamos en el buen camino para todas estas cuestiones.
Éste es el lado positivo de eso que se llama globalización, pero, por el lado financiero, ¿está teniendo lugar esa globalización con los adecuados niveles de estabilidad? El tema está encima de la mesa. Y ya no vale la intervención. Toda una serie de economistas, de estudiosos serios de cuestiones financieras y monetarias, han llegado a la conclusión de que actuar y controlar el conjunto de los mercados financieros es una de las medidas más peligrosas, que puede originar incluso más caos que dejar todo eso sin controlar; pero no controlarlo está creando una serie de desajustes extraordinarios que hacen que todo se esté interrumpiendo continuamente.
En este momento, yo me atrevería a decir que los grandes traumas que está sufriendo el comercio internacional están viniendo prácticamente de tres situaciones financieras comprometidas: En primer lugar, la situación financiera japonesa, que es uno de los pilares de la economía mundial, se encuentra en un estado lamentable; Japón no ha sabido reaccionar y eso ha creado problemas muy serios. En segundo lugar, esos problemas se amplían con los derivados de la especulación y la burbuja financiera creada en Norteamérica, que también alcanzan una extensión mundial, naturalmente, porque estamos en esa situación de globalización de los mercados financieros —la subida de la bolsa, la caída posterior, etc.—. Y en tercer lugar, los problemas que hay en Europa, y fundamentalmente en Alemania, derivados de haber resuelto financieramente muy mal lo que sucedía en los länder orientales; una operación puramente financiera, el cambiar los marcos orientales uno a uno por los marcos occidentales, tuvo como consecuencias la revaluación de la moneda de la Alemania Oriental y, finalmente, un auténtico cataclismo del que todavía Alemania sigue lamiendo sus heridas.
A estos desarreglos financieros se suman, además los desarreglos financieros que tienen los países en vías de desarrollo, como lo que está sucediendo ahora en el ámbito hispanoamericano, lo que ocurrió previamente en el ámbito asiático —la crisis que empezó en Tailandia y que prosiguió a otra serie de países—, etc. Todo esto está creando una serie de problemas muy serios que no sabemos exactamente cómo resolver bien; la globalización y que el mercado actúe son datos muy positivos, pero, sin embargo, esa situación financiera está creando desequilibrios continuos que no sabemos, a ciencia cierta y de manera clara, cómo dominar.

Estando así las cosas, en medio de esta globalización y de este problema que daba la impresión que se reducía a tener que resolver las cuestiones financieras fiscales y el conjunto y la actuación del mercado financiero, de pronto, ha surgido otro problema real: la energía —el planteamiento de este problema lo tienen ustedes, por ejemplo, en el Libro verde, publicado en el año de 1999 por la Comunidad Europea—. Hay tres ámbitos de energía: la energía nuclear, a la que el mundo entero le tiene miedo y, por lo tanto, frenamos la energía nuclear; las energías renovables, que crearon muchas ilusiones pero que son carísimas y que, además, no se ve el avance tecnológico que pueda hacerlas avanzar de alguna manera; y en tercer término, las energías fósiles, que todas producen C02: el gas natural —que lo produce en menor medida—, el petróleo y el carbón —en enorme cantidad—. Las primeras investigaciones sobre el CO2 fueron lamentables, cualquier estadístico hubiera tirado por la ventana lo que estaban haciendo sobre el recalentamiento, con aquellas series tan pequeñas; pero, actualmente, las últimas investigaciones han mejorado las series estadísticas, los trabajos, las puntualizaciones, la limpieza en los datos, etc., y ya da la impresión de que es verdad que el CO2 produce un conjunto de resultados que al final recalienta la atmósfera. Por lo tanto, si el hombre sigue empleando de la manera actual esos combustibles fósiles, ese hombre liquidará la posibilidad de desarrollo agrícola en buena parte de la tierra, además de dejar un poco inhabitable buena parte del conjunto de la corteza terrestre. De todas formas, yo tengo charlas continuas con físicos —que a los economistas nos vienen muy bien—, y tengo que decirles a ustedes que los físicos —que son los que nos están asustando con estas cuestiones— a mí todavía no me han resuelto bien el tema de que el mar es un gran captador de CO2, ¿cuál es el ritmo al que está captando el mar el CO2?, ¿eso está bien estudiado?, ¿no será un ritmo mucho mayor de todo el que se dice? Y, por otro lado, en cuanto a lo que se está diciendo en este momento de que a más CO2, más aumento de temperatura, hay un error típico que los economistas ya hemos aprendido a no cometer, que consiste en confundir correlación con causalidad; efectivamente, aumento de CO2 y aumento de temperatura van juntos, pero ¿por qué se mezcla esto inmediatamente y, al haber correlación, se llega a la conclusión de que hay causalidad? ¿No han existido eras geológicas y etapas anteriores donde a veces ha subido muchísimo la temperatura de toda la tierra y otras veces ha caído?


En fin, éste es un tema que se está debatiendo en estos momentos y que ha creado alarma, porque plantea como consecuencia nada menos que la carencia de energía. Si no queremos energía nuclear, si no podemos utilizar las energías renovables porque son muy caras y frenan el desarrollo, si no tenemos posibilidad —a no ser que seamos unos suicidas— de emplear las energías fósiles, ¿qué nos queda? Nos queda quizá el apelar a la técnica.
¿Va a ser así? Yo quiero creer que ocurrirá lo que ha ocurrido siempre, porque ésta es una historia reciente, es una historia de dos siglos en la que, al final, todo lo han acabado resolviendo los avances de los matemáticos, de los físicos, de los científicos, de ese mundo en general que aplica la técnica.
Y desde el punto de vista de la economía, la salida se contempla, de nuevo y una vez más, de la mano de los seguidores de las doctrinas más ortodoxas, las que se remontan a los grandes clásicos y quienes descienden hacia nosotros desde las cumbres neoclásicas. Hemos comprobado una vez más que, como señaló Hayek en su conferencia en la London School of Economics and Political Science el 1 de marzo de 1933, Las tendencias del pensamiento económico, al iniciar su estancia en Gran Bretaña, “las épocas de grandes perturbaciones permiten a veces una demostración más clara de los grandes principios del análisis económico que las épocas en que el movimiento de las cosas es mucho menos perceptible. En lo que podríamos llamar el retorno temporal… a un reinado de la violencia, parodiando una frase empleada por Alfred Marshall en un contexto análogo durante el período napoleónico, las antiguas doctrinas han sido sometidas a prueba de nuevo; y mientras que la escuela descriptivo-intervencionista —ahora diríamos que con sus aditamentos keynesiano-marxistas y estructuralistas latinoamericanas— no tenía nada que aportar, muchas de las máximas clásicas han retornado con renovado crédito”.
Y esto es lo que les traía a ustedes sintetizado a petición del gran maestro y común amigo, el profesor Marías.

* De la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. Profesor Emérito de Economía Aplicada de la Universidad Complutense.


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