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De la historia para la vida friedrich nietzsche


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SOBRE LA UTILIDAD Y LOS PERJUICIOS

DE LA HISTORIA PARA LA VIDA

FRIEDRICH NIETZSCHE


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DE LA UTILIDAD Y DE LOS PERJUICIOS

DE LA HISTORIA PARA LA VIDA
Prefacio

«POR LO DEMÁS, me es odioso todo aquello que únicamente me instruye pero sin acrecentar o vivificar de inmediato mi actividad» 1. Estas son pala­bras de Goethe que, como un «Ceterum censeo» 2 cate­góricamente expresado, pueden servir de introducción a nuestra Consideración sobre el valor o la inutilidad de la historia. En ella trataremos de exponer por qué la en­señanza que no estimula, por qué la ciencia que para­liza la actividad, por qué la historia, en cuanto preciosa superfluidad del conocimiento y artículo de lujo, nos han de resultar seriamente odiosas, según la expresión de Goethe -precisamente porque nos falta lo más ne­cesario y lo superfluo es enemigo de lo necesario. Es cierto que necesitamos la historia, pero de otra manera que el refinado paseante por el jardín de la ciencia, por más que este mire con altanero desdén nuestras necesi­dades y apremios rudos y simples. Es decir, necesita­mos la historia para la vida y la acción, no para apar­tarnos cómodamente de la vida y la acción, y menos para encubrir la vida egoísta y la acción vil y cobarde. Tan solo en cuanto la historia está al servicio de la vida queremos servir a la historia. Pero hay una forma de ha­cer historia y valorarla en que la vida se atrofia y dege­nera: fenómeno que, según los singulares síntomas de nuestro tiempo, es preciso plantear, por más que ello sea doloroso.

Me he esforzado por describir aquí un sentimiento que, con frecuencia, me ha atormentado; me vengo del mismo dándolo a la publicidad. Puede que algún lector, por mi descripción, se sienta impulsado a declarar que él también sabe de este sentimiento, pero que yo no lo he experimentado de una manera suficientemente pura y original y no lo he expresado con la debida seguridad y madurez de experiencia. Así puede pensar uno u otro, pero la mayor parte de mis lectores me dirán que mi sentimiento es absolutamente falso, abominable, anti­natural e ilícito y que, además, al manifestarlo, me he mostrado indigno de la portentosa corriente historicista que, como nadie ignora, se ha desarrollado, en las dos últimas generaciones, sobre todo en Alemania 3. En todo caso, el hecho de que me atreva a exponer al natural mi sentimiento promueve, más bien que daña, el interés general, pues con ello doy a muchos la oportunidad de ensalzar esta corriente de la época, que acabo de men­cionar. Por mi parte, gano algo que, a mi entender, es más importante que esas conveniencias: el ser pública­mente instruido y aleccionado sobre nuestra época.

Intempestiva es también esta consideración, puesto que trato de interpretar como un mal, una enfermedad, un defecto, algo de lo que nuestra época está, con razón, orgullosa: su cultura histórica, pues creo que todos nos­otros sufrimos de una fiebre histórica devorante y, al menos, deberíamos reconocer que es así. Goethe ha di­cho 4, con toda razón, que cultivando nuestras virtudes cultivamos también nuestros defectos, y si, como es no­torio, una virtud hipertrófica -y el sentido histórico de nuestro tiempo me parece que es una- puede provocar la ruina de un pueblo lo mismo que puede causarla un vicio hipertrófico, ¡que por una vez se me permita ha­blar! Para mi descargo, no quiero callar que las expe­riencias que estos tormentosos sentimientos han susci­tado en mí las he extraído casi siempre de mí mismo y, únicamente para fines de comparación, me he servido de experiencias ajenas y que, solo en cuanto aprendiz de épocas pasadas, especialmente de la griega, he llegado, como hijo del tiempo actual, a las experiencias que llamo intempestivas. Al menos, por profesión como filólogo clásico, he de tener derecho a permitirme esto, pues no sé qué sentido podría tener la filología clásica en nues­tro tiempo si no es el de actuar de una manera intem­pestiva, es decir, contra el tiempo y, por tanto, sobre el tiempo y, yo así lo espero, en favor de un tiempo ve­nidero.


1
CONTEMPLA el rebaño que paciendo pasa ante ti: no sabe qué significa el ayer ni el hoy, salta de un lado para otro, come, descansa, digiere, salta de nuevo, y así
de la mañana a la noche y día tras día, atado estrecha­mente, con su placer o dolor, al poste del momento y sin conocer, por esta razón, la tristeza ni el hastío. Es un
espectáculo difícil de comprender para el hombre –pues este se jacta de su humana condición frente a los ani­males y, sin embargo, contempla con envidia la felici­dad de estos-, porque él no quiere más que eso, vivir, como el animal, sin hartazgo y sin dolor 5. Pero lo pre­tende en vano, porque no lo quiere como el animal. El hombre pregunta acaso al animal: ¿por qué no me ha­blas de tu felicidad y te limitas a mirarme? El animal quisiera responder y decirle: esto pasa porque yo siem­pre olvido lo que iba a decir -pero de repente olvidó también esta respuesta y calló: de modo que el hombre se quedó sorprendido.

Pero se sorprende también de sí mismo por el hecho de no aprender a olvidar y estar siempre encadenado al pasado: por muy lejos y muy rápido que corra, la ca­dena corre siempre con él. Es un verdadero prodigio: el instante, de repente está aquí, de repente desaparece. Surgió de la nada y en la nada se desvanece. Retorna, sin embargo, como fantasma, para perturbar la paz de un momento posterior. Continuamente se desprende una página del libro del tiempo, cae, se va lejos flo­tando, retorna imprevistamente y se posa en el regazo del hombre. Entonces, el hombre dice: «me acuerdo» y envidia al animal que inmediatamente olvida y ve cada instante morir verdaderamente, hundirse de nuevo en la niebla y en la noche y desaparecer para siempre. Vive así el animal en modo no-histórico, pues se funde en el presente como número que no deja sobrante ninguna extraña fracción 6; no sabe disimular, no oculta nada, se muestra en cada momento totalmente como es y, por eso, es necesariamente sincero. El hombre, en cambio, ha de bregar con la carga cada vez más y más aplastante del pasado, carga que lo abate o lo doblega y obstacu­liza su marcha como invisible y oscuro fardo que él puede alguna vez hacer ostentación de negar y que, en el trato con sus semejantes, con gusto niega: para pro­vocar su envidia. Por eso le conmueve, como si recor­dase un paraíso perdido, ver un rebaño pastando o, en un círculo más familiar, al niño que no tiene ningún pa­sado que negar y que, en feliz ceguedad, se concentra en su juego, entre las vallas del pasado y del futuro. Y, sin embargo, su juego ha de ser interrumpido: bien pronto será despertado de su olvido. Enseguida aprende la palabra «fue», palabra puente con la que tienen ac­ceso al hombre, lucha, dolor y hastío, para recordarle lo que fundamentalmente es su existencia -un imperfec­tum que nunca llega a perfeccionarse-. Y cuando, fi­nalmente, la muerte aporta el anhelado olvido, ella su­prime el presente y el existir, plasmando así su sello a la noción de que la existencia es un ininterrumpido ha­ber sido, algo que vive de negarse, devorarse y contra­decirse a sí mismo.

Si una felicidad, el ir en pos de una nueva felicidad, en cualquier sentido que ello sea, es lo que sostiene al ser viviente en la vida y lo impulsa a vivir, posible­mente ningún filósofo tiene más razón que el cínico, pues la felicidad del animal, como cínico consumado, es la prueba viviente de la justificación del cinismo. Una ínfima felicidad, si es ininterrumpida y hace feliz, es incomparablemente mejor que la máxima felicidad que se da solo como episodio, como una especie de ca­pricho, como insensata ocurrencia, en medio del puro descontento, ansiedades y privación. Tanto en el caso de la ínfima como en el de la máxima felicidad, existe siempre un elemento que hace que la felicidad sea tal: la capacidad de olvidar o, para expresarlo en términos más eruditos, la capacidad de sentir de forma no-histó­rica mientras la felicidad dura. Quien no es capaz de instalarse, olvidando todo el pasado, en el umbral del momento, el que no pueda mantenerse recto en un punto, sin vértigo ni temor, como una Diosa de la Vic­toria, no sabrá qué cosa sea la felicidad y, peor aún, no estará en condiciones de hacer felices a los demás. Ima­ginemos el caso extremo de un hombre que careciera de la facultad de olvido y estuviera condenado a ver en todo un devenir: un hombre semejante no creería en su propia existencia, no creería en sí, vería todo disolverse en una multitud de puntos móviles, perdería pie en ese fluir del devenir; como el consecuente discípulo 7 de Heráclito, apenas se atreverá a levantar el dedo. Toda acción requiere olvido: como la vida de todo ser orgá­nico requiere no solo luz sino también oscuridad. Un hombre que quisiera constantemente sentir tan solo de modo histórico sería semejante al que se viera obligado a prescindir del sueño o al animal que hubiera de vivir solamente de rumiar y siempre repetido rumiar. Es, pues, posible vivir y aun vivir felizmente, casi sin re­cordar, como vemos en el animal; pero es del todo im­posible poder vivir sin olvidar. O para expresarme so­bre mi tema de un modo más sencillo: existe un grado de insomnio, de rumiar, de sentido histórico, en el que lo vivo se resiente y, finalmente, sucumbe, ya se trate de un individuo, de un pueblo, o de una cultura.

Para precisar este grado y, con ello, el límite desde el cual lo pasado ha de olvidarse, para que no se convierta en sepulturero del presente, habría que saber con exac­titud cuánta es la fuerza plástica de un individuo, de un pueblo, de una cultura. Me refiero a esa fuerza para cre­cer desde la propia esencia, transformar y asimilar lo que es pasado y extraño, cicatrizar las heridas, reparar las pérdidas, rehacer las formas destruidas. Hay indivi­duos que poseen en tan escaso grado esa fuerza que, a consecuencia de una sola experiencia, de un único do­lor y, con frecuencia, de una sola ligera injusticia, se de­sangran irremisiblemente como de resultas de un leve rasguño. Los hay, por otra parte, tan invulnerables a las más salvajes y horribles desgracias de la vida, y aun a los mismos actos de su propia maldad que, en medio de estas experiencias o poco después, logran un pasable bienestar y una especie de conciencia tranquila. Cuanto más fuertes raíces tiene la íntima naturaleza de un indi­viduo tanto más asimilará el pasado y se lo apropiará. Podemos imaginar que la más potente y formidable na­turaleza se reconocería por el hecho de que ella igno­rase los límites en que el sentido histórico podría actuar de una forma dañosa o parásita. Esta naturaleza atrae­ría hacia sí todo el pasado, propio y extraño, se lo apropiaría y lo convertiría en su propia sangre. Una natura­leza así sabe olvidar aquello que no puede dominar, eso no existe para ella, el horizonte está cerrado y nada le puede recordar que, al otro lado, hay hombres, pasio­nes, doctrinas, objetivos. Se trata de una ley general: todo ser viviente tan solo puede ser sano, fuerte y fe­cundo dentro de un horizonte, y si, por otra parte, es de­masiado egocéntrico para integrar su perspectiva en otra ajena, se encamina lánguidamente o con celeridad a una decadencia prematura. La serenidad, la buena conciencia, la actitud gozosa, la confianza en el porve­nir -todo eso depende, tanto en un individuo como en un pueblo, de que existe una línea que separa lo que está al alcance de la vista y es claro, de lo que está os­curo y es inescrutable, de que se sepa olvidar y se sepa recordar en el momento oportuno, de que se discierna con profundo instinto cuándo es necesario sentir las co­sas desde el punto de vista histórico o desde el punto de vista ahistórico. He aquí la tesis que el lector está invi­tado a considerar: lo histórico y lo ahistórico son igual­mente necesarios para la salud de los individuos, de los pueblos y de las culturas.



Aquí se nos podrá hacer una observación: los cono­cimientos y los sentimientos históricos de un hombre pueden ser muy limitados, su horizonte estrecho como el de un habitante de un valle de los Alpes; en cada jui­cio puede cometer una injusticia, de cada experiencia puede pensar erróneamente que él es el primero en te­nerla -y a pesar de todas las injusticias y todos los errores, se mantiene en tan insuperable salud y vigor que todos sentirán goce al mirarlo; en tanto que, a su lado, el que es mucho más justo y más instruido que él flaquea y se derrumba, pues las líneas de su horizonte se desplazan siempre de nuevo, de modo inquietante, por­que él, atrapado en la red sutil de sus justicias y ver­dades, no vuelve a encontrar de nuevo el mundo ele­mental de deseos y aspiraciones. Por otra parte, hemos observado al animal, totalmente desprovisto de sentido histórico, que se desenvuelve dentro de un horizonte casi reducido a un solo punto y, no obstante, vive, en una relativa felicidad, al menos sin hastío y sin necesi­dad de simular. Habría, pues, que considerar a la facul­tad de ignorar hasta cierto punto la dimensión histórica de las cosas como la más profunda e importante de las facultades, en cuanto en ella reside el fundamento so­bre el que puede crecer lo que es justo, sano, grande, verdaderamente humano. Lo ahistórico es semejante a una atmósfera protectora, únicamente dentro de la cual puede germinar la vida y, si esta atmósfera desapa­rece, la vida se extingue. Es cierto: tan solo cuando el hombre pensando, analizando, comparando, separando, acercando, limita ese elemento no histórico; tan solo cuando, dentro de ese vaho envolvente, surge un rayo luminoso y resplandeciente, es decir, cuando es sufi­cientemente fuerte para utilizar el pasado en beneficio de la vida y transformar los acontecimientos antiguos en historia presente, llega el hombre a ser hombre. Pero un exceso de historia aniquila al hombre y, sin ese halo de lo ahistórico, jamás hubiese comenzado ni se hubiese atrevido a comenzar. ¿Qué hechos hubiese sido capaz de realizar sin antes haber penetrado en esa bruma de lo ahistórico? Dejemos imágenes de lado y acudamos, para ilustración, a un ejemplo. Imagine­mos a un hombre al que empuja y arrastra una ardiente pasión por una mujer o una gran idea. ¡Cómo cambia su mundo para él! Mirando hacia el pasado se siente como ciego; prestando el oído a su entorno percibe lo ajeno como un ruido sordo carente de sentido. Pero lo que ahora percibe, jamás lo percibió antes con esa viveza: tan palpablemente cercano, tan coloreado, tan resonante, tan iluminado como si lo percibiera con todos sus sentidos a la vez. Sus evaluaciones todas están para él cambiadas y privadas de valor; hay tantas cosas que ya no puede valorar porque él ya apenas las siente; se pregunta si no ha sido hasta entonces víctima de frases ajenas, de opiniones de otros, se ad­mira de que su memoria gire incansablemente dentro de un círculo y se siente muy débil y agotado para dar un solo salto y salir de ese círculo. Es el estado más injusto del mundo, limitado, ingrato hacia el pasado, ciego a los peligros, sordo a las advertencias, un pe­queño torbellino de vida en medio de un océano con­gelado de noche y olvido. Y, no obstante, ese esta­do -ahistórico, absolutamente anti-histórico- es no solo la matriz de una acción injusta, sino también, y sobre todo, de toda acción justa, y ningún artista reali­zará su obra, ningún general conseguirá la victoria, nin­gún pueblo alcanzará su libertad, sin antes haberlo an­helado y pretendido en un estado ahistórico como el descrito. Como el hombre de acción, en expresión de Goethe 8, actúa siempre sin conciencia, también actúa siempre sin conocimiento; olvida la mayor parte de las cosas para realizar solo una; es injusto hacia todo lo que le precede y no reconoce más que un derecho: el dere­cho de lo que ahora va a nacer. Así pues, el hombre de acción ama su obra infinitamente más de lo que esta merece ser amada, y las mejores acciones se realizan siempre en una exaltación de amor tal que, aunque su valor pueda ser incalculable en otros respectos, no son, en todo caso, dignas de ese amor.

Si alguien estuviera en condición de olfatear, de res­pirar retrospectivamente, en un suficiente número de casos, esta atmósfera ahistórica, dentro de la cual se ha producido todo gran acontecimiento histórico, podría tal vez, en cuanto sujeto de conocimiento, elevarse a un punto de vista suprahistórico, tal como Niebuhr 9 lo ha descrito, como posible resultado de la reflexión histó­rica. «Para una cosa, al menos -dice-, es útil la his­toria entendida claramente y en toda su extensión: para reconocer que los espíritus más potentes y más eleva­dos del género humano ignoran de qué forma fortuita sus ojos han asumido la estructura particular que deter­mina su visión y que ellos quisieran a la fuerza impo­ner a los demás; a la fuerza, porque la intensidad de su conciencia es excepcionalmente grande. Quien no haya captado esto, con gran precisión y en muchos casos, quedará subyugado por la imagen de un poderoso es­píritu que da la más alta pasionalidad a una forma dada.» Podría designarse tal punto de vista suprahistó­rico en la medida en que quien lo adoptara, por el he­cho de haber reconocido la esencial condición de todo acaecer, de toda acción, la ceguedad e injusticia en el alma del que actúa, no se sentiría seducido a vivir o par­ticipar en la historia, se sentiría curado de la tentación de tomar en el futuro la historia demasiado en serio: hu­biera aprendido a encontrar en todas partes, en cada in­dividuo, en cada acontecimiento, entre los griegos o en­tre los turcos, en un momento cualquiera del siglo I o del siglo XIX, la respuesta al porqué y para qué de la existencia. Si alguien pregunta a sus amistades si quie­ren revivir los diez o veinte últimos años, encontrará fá­cilmente quiénes de ellos están predispuestos a este punto de vista suprahistórico: con seguridad, todos res­ponderán ¡no!; pero ese ¡no! estará motivado por dife­rentes razones. Algunos, tal vez, se consolarán con un «pero los próximos veinte años serán mejores». Son aquellos de quienes David Hume dice sarcásticamente:


And from the dregs of life hope lo receive,

What the first sprightly running could not give 10.


Los llamaremos los hombres históricos. El espec­táculo del pasado los empuja hacia el futuro, inflama su coraje para continuar en la vida, enciende su esperanza de que lo que es justo puede todavía venir, de que la fe­licidad los espera al otro lado de la montaña hacia donde encaminan sus pasos. Estos hombre históricos creen que el sentido de la existencia se desvelará en el curso de un proceso y, por eso, tan solo miran hacia atrás para, a la luz del camino recorrido, comprender el presente y desear más ardientemente el futuro. No tie­nen idea de hasta qué punto, a pesar de todos sus cono­cimientos históricos, de hecho piensan y actúan de ma­nera no-histórica o de que su misma actividad como historiadores está al servicio, no del puro conocimiento, sino de la vida.

Pero esa pregunta, cuya respuesta hemos escuchado, se puede responder de modo distinto. Será también un «no», pero un «no» diferentemente motivado: el «no» del hombre suprahistórico que no ve la salvación en el proceso y para el cual, al contrario, el mundo está com­pleto y toca su fin en cada momento particular. Pues, ¿qué podrían otros diez años enseñar que no hayan en­señado los diez anteriores?

Los hombres suprahistóricos no han podido jamás ponerse de acuerdo sobre si el sentido de esta teoría es la felicidad, la resignación, la virtud o la penitencia, pero, frente a todos los modos históricos de considerar el pasado, llegan a la plena unanimidad respecto a la si­guiente proposición: el pasado y el presente son una sola y la misma cosa, es decir, dentro de la variedad de sus manifestaciones, son típicamente iguales y, como tipos invariables y omnipresentes, constituyen una es­tructura fija de un valor inmutable, estable y de signifi­cado eternamente igual. Como los cientos de lenguas diferentes expresan siempre las mismas necesidades tí­picas y fijas del hombre, de suerte que el que compren­diese estas necesidades no tendría que aprender nada nuevo de todas esas lenguas, del mismo modo, el pen­sador suprahistórico ilumina desde el interior toda la historia de pueblos e individuos, adivinando con clari­videncia el sentido originario de los diferentes jeroglí­ficos y evadiendo gradualmente, incluso con fatiga, la interminable corriente de nuevos signos. ¿Cómo, en efecto, ante la situación infinita de acontecimientos, no iba a llegarse a la saciedad, a la sobresaturación, incluso al hastío? Sin duda, al final, hasta el más osado de ellos estaría tal vez dispuesto a decir a su corazón con Gia­como Leopardi:
«Nada existe que digno

de tus emociones sea; la tierra no merece

un suspiro. Dolor y tedio nuestra vida es;

nada más. Y el mundo es fango.

Cálmate 11
Pero dejemos a los hombres suprahistóricos con su sabiduría y su hastío: hoy queremos más bien gozar con todo el corazón de nuestra incultura y concedernos a nosotros mismos una jornada fácil haciendo el papel de hombres de acción y progresistas, adoradores del pro­ceso. Tal vez nuestra valoración de lo histórico no es más que un prejuicio occidental. ¡No importa, con tal de que, al menos, sigamos dando pasos hacia el pro­greso y no quedemos estancados en el ámbito de estos prejuicios! ¡Con tal de que aprendamos siempre mejor a cultivar la historia para servir a la vida! Concedamos, pues, de buen grado a los hombres suprahistóricos que poseen más sabiduría que nosotros; siempre que este­mos seguros de poseer más vida que ellos: pues nues­tra ignorancia tendría en todo caso más futuro que su sabiduría. Y, para que no quede ninguna duda en cuanto al sentido de esta contraposición entre vida y sabiduría, recurriré a un procedimiento utilizado desde la Antigüe­dad y propondré, sin ningún tipo de rodeos, algunas tesis.

Un fenómeno histórico pura y completamente cono­cido, reducido a fenómeno cognoscitivo es, para el que así lo ha estudiado, algo muerto, porque a la vez ha re­conocido allí la ilusión, la injusticia, la pasión ciega y, en general, todo el horizonte terrenamente oscurecido de ese fenómeno, y precisamente en ello su poder histó­rico. Este poder queda ahora, para aquel que lo ha co­nocido, sin fuerza, pero tal vez no queda sin fuerza para aquel que vive.

La historia concebida como ciencia pura, y aceptada como soberana, sería para la humanidad una especie de conclusión y ajuste de cuentas de la existencia. La cultura histórica es algo saludable y cargado de futuro tan solo al servicio de una nueva y potente corriente vital, de una civilización naciente, por ejemplo; es decir, solo cuando está dominada y dirigida por una fuerza supe­rior, pero ella misma no es quien domina y dirige.

En la medida en que está al servicio de la vida, la historia sirve a un poder no histórico y, por esta razón, en esa posición subordinada, no podrá y no deberá ja­más convertirse en una ciencia pura como, por ejemplo, las matemáticas. En cuanto a saber hasta qué punto la vida tiene necesidad de los servicios de la historia, esta es una de las preguntas y de las preocupaciones más graves concernientes a la salud de un individuo, de un pueblo, de una cultura. Cuando hay un predominio ex­cesivo de la historia, la vida se desmorona y degenera y, en esta degeneración, arrastra también a la misma historia.



2
QUE LA VIDA tiene necesidad del servicio de la his­toria ha de ser comprendido tan claramente como la tesis, que más tarde se demostrará -según la cual, un exceso de historia daña a lo viviente. En tres aspectos pertenece la historia al ser vivo: en la medida en que es un ser activo y persigue un objetivo, en la medida en que preserva y venera lo que ha hecho, en la medida en que sufre y tiene necesidad de una liberación. A estos tres aspectos corresponden tres especies de historia, en cuanto se puede distinguir entre una historia monumen­tal, una historia anticuaria y una historia crítica.
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