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¿De la burbuja financiera al fin del “súper boom”? Un año después de la globalización de la crisis: de la amnesia cómplice al revisionismo provisional


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¿De la burbuja financiera al fin del “súper boom”?

Un año después de la globalización de la crisis: de la amnesia cómplice al revisionismo provisional (antes del fin de la esquizofrenia)
“No importa lo grande que sea el mercado estadounidense: son incapaces de sustituir los mercados financieros mundiales ni los bienes de lujo…
Estados Unidos es el culpable principal de la crisis financiera que sacude la economía mundial, que podría ser “la más grave” desde la Gran Depresión de 1929…
Precisamente, la disparidad entre el papel formal de EEUU en el sistema económico mundial y sus capacidades reales es uno de los factores fundamentales tras la actual crisis…
La falta de “prevención de riesgos” por parte de las más grandes compañías financieras estadounidenses, sumada a la “agresiva política financiera” de la mayor economía mundial, “causó estragos” en todo el mundo en 2007…
Desgraciadamente, la mayor parte de la población del mundo se hizo más pobre y eso no es sólo evidente entre los países del tercer mundo, sino también en las economías más desarrolladas…
Es una ilusión pensar que un solo país, incluso el más poderoso, puede asumir el papel de gobierno global, mientras las instituciones internacionales, encargadas de responder por la política financiera, apenas disponen de influencia sobre la estrategia de los participantes en el mercado…
Llama la atención el “vacío” existente en las instituciones internacionales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional a la hora de responder a problemas como “la crisis financiera, el alza de los precios de los hidrocarburos o la carestía de los productos de primera necesidad”...
Estas opiniones fueron expresadas por el presidente ruso Dmitri Medvedev durante un foro económico en San Petersburgo (7/6/08). Mira tú al “chiquitín”. Hasta la “marioneta” de Putin se anima con EEUU. Y además lleva razón. Suscribo lo dicho.
Además, el presidente ruso ha asegurado que su país quiere contribuir a solucionar la crisis y participar en la creación de las reglas del juego, “no por ambiciones imperialistas”, sino porque es consciente de su responsabilidad y cuenta con los recursos necesarios. También denunció la tentación de ceder al egoísmo y al nacionalismo económico en estos momentos de crisis económica (áteme usted esa mosca por el rabo y los que quieran más que vuelvan, ventrílocuo Vladimir!!).
Hasta aquí puedo leer. A veces, los “nuevos” liberales son peor que los de casta. ¿La fe de los conversos?… En fin, aún está en rodaje. Dejémoslo ahí…

Volatilidad, miedo, angustia, desplomes históricos, vaticinios de recesión, crisis crediticia... Un cóctel explosivo.



- Una sugerente forma de comenzar el relato (mientras la historia continúa…)
Durante su ponencia en las Jornadas del 50 aniversario del Círculo de Economía en Barcelona (30/5/08) el ex director gerente del FMI, Rodrigo Rato ha asegurado, “el mercado financiero mundial se ha movido hacia un modelo de diseminación del riesgo. Pero este modelo, ¿ha pasado el test de los mercados?”, se ha preguntado para, a continuación, añadir que, “los sistemas de valoración del riesgo, los niveles de liquidez y la transparencia del sistema han quedado en entredicho”...
- Las últimas horas de Bear Stearns (The Wall Street Journal -online- 30/5/08)

A la firma de valores no le quedó otra que caer en manos de J.P. Morgan



(Por Kate Kelly)
Había sido un día arduo, pero cuando Alan Schwartz se dirigía a su casa el viernes 14 de marzo, el presidente ejecutivo de Bear Stearns Co., pensó que tendría un mes para encontrar un comprador para su alicaída firma.
Un préstamo preparado a toda velocidad, garantizado por el gobierno de Estados Unidos por un máximo de 28 días, había permitido que la empresa de corretaje abriera sus puertas esa mañana. La acción, sin embargo, continuaba cayendo, los clientes huían y los socios se esfumaban. Al secretario del Tesoro de EEUU, Henry Paulson, le pareció cada vez más obvio que Bear Stearns no sobreviviría el fin de semana. Era hora de tener una conversación delicada.
Schwartz viajaba en su auto de Manhattan a Greenwich, Connecticut, cuando recibió una llamada de Paulson y Timothy Geithner, presidente de la Reserva Federal de Nueva York. “Tienes que sellar un acuerdo antes del domingo por la noche”, dijo Paulson, un experimentado ex ejecutivo de Wall Street. Schwartz quedó atónito. Tendría que buscar la mejor oferta posible para eludir la bancarrota. La confusión acerca del financiamiento era un testamento a la velocidad con que Bear Stearns se había desmoronado y la urgente necesidad que sintieron los funcionarios del gobierno de amortiguar el impacto sobre el sistema financiero.
Los reguladores creían que, en el peor de los escenarios, una declaración de quiebra podría desatar temores globales, derrumbar otras instituciones financieras y provocar una caída de 2.000 puntos en el Promedio Industrial Dow Jones.
La llamada a Schwartz cerraba una semana de vértigo y presagiaba otros 10 días de caos. Entrevistas con más de dos docenas de ejecutivos y otras personas directamente envueltas en los acontecimientos muestran que Bear Stearns casi murió, no una, sino dos veces.
Una venta rápida
En una conferencia telefónica con inversionistas al mediodía del 14 de marzo, después de haber pasado más de 24 tensas horas en su oficina, Schwartz informó que si bien el efectivo a disposición se había “deteriorado”, el financiamiento de la Fed, a través de J.P. Morgan Chase & Co., permitiría que la firma volviera a la normalidad.
De hecho, equipos de J.P. Morgan y J.C. Flowers & Co., firma dedicada a las adquisiciones apalancadas, ya estaban en las oficinas de Bear Stearns en la Avenida Madison, revisando sus cuentas.
Pero era evidente que nada de esto estaba logrando el efecto deseado. El rescate orquestado por la Fed era visto como una señal de debilidad más que una de esperanza. Al término de ese día, casi 190 millones de acciones de Bear Stearns habían cambiado de manos -17 veces el promedio diario- y el precio había caído 47% a US$ 30 la acción.
El director financiero de Bear Stearns, Samuel Molinaro Jr., cansado y con el mismo traje con el que había salido de su hogar 36 horas antes, había parado en una estación de servicio camino a su casa en New Canaan, Connecticut, cuando Schwartz lo llamó ese viernes por la noche para darle las malas noticias. Paulson y Geithner querían un acuerdo para el domingo a más tardar, antes de que abrieran las bolsas asiáticas. “Debes estar bromeando”, respondió Molinaro. “Pensé que teníamos 28 días”. “Yo también”, contestó Schwartz. “Ahora tenemos que tener un acuerdo hecho este fin de semana”. A las ocho de la mañana del día siguiente, los dos estaban de vuelta en la oficina reunidos con ejecutivos de J.P. Morgan.
J.C. Flowers, por su parte, había presentado una propuesta tentadora: compraría un 90% de la compañía por US$ 3.000 millones en efectivo. Pero el acuerdo sería posible sólo si lograba conseguir US$ 20.000 millones en préstamos para financiar las operaciones de Bear Stearns. Horas después, J.P. Morgan reveló que estaría dispuesto a pagar entre US$ 8 y US$ 12 la acción por el 19,9% de Bear Stearns, lo que asignaría a la firma un valor de entre US$ 944 millones y US$ 1.400 millones.
La mañana del domingo, J.P. Morgan envió el borrador de un plan de fusión con el precio de la acción en blanco. Flowers, al mismo tiempo, tenía dificultades para conseguir los fondos operativos. Schwartz intuía que la oferta de J.P. Morgan iba a triunfar.
Pero, aproximadamente a las 10 de la mañana, J.P. Morgan inesperadamente retiró su oferta. La compra de Bear Stearns era demasiado arriesgada, le informó el banco a Gary Parr, banquero de inversión de Bear Stearns. Un acuerdo con J.C. Flowers tampoco parecía probable. Para el medio día del domingo, la empresa de adquisiciones ya sabía que sería imposible recaudar US$ 20.000 millones tan rápido.
Enseguida, sin embargo, J.P. Morgan estaba de regreso, sugiriendo un precio de US$ 4 por acción. Bajo este plan, la Fed se haría responsable de US$ 30.000 millones en valores difíciles de vender de Bear Stearns. Los directores de la firma se pusieron furiosos. ¿Cómo podía ser que el precio del acuerdo cayera de US$ 8 a US$ 4 en cuestión de horas? El presidente de la junta, James Cayne -un gran accionista y presidente ejecutivo por 14 años hasta que fue obligado a dejar el puesto en enero- estaba iracundo. “Vamos a jugar la carta de la bancarrota”, le dijo al grupo reunido en la Avenida Madison.
Un gran equipo de abogados ya se encontraba en el edificio preparando una posible declaración de quiebra, lo que técnicamente le daría tiempo a Bear Stearns para resolver sus problemas con los acreedores. Pero no era una opción práctica.
A lo largo del fin de semana, Geithner había estado en contacto con Paulson, un ex banquero de inversión que dirigió a Goldman Sachs Group Inc. por siete años, antes de asumir la Secretaría del Tesoro. Después de una conversación el domingo por la tarde, decidieron que Paulson debería llamar a James Dimon, presidente ejecutivo de J.P. Morgan. En aquel momento, el banco consideraba un precio de US$ 4 ó US$ 5 por acción. “Me parece alto”, dijo Paulson. “Creo que esto debería hacerse a un precio bajo”.
Debido al nivel de injerencia sin precedentes del gobierno en el rescate de Bear Stearns, Paulson no quería dar la apariencia de estar rescatando a los inversionistas de Wall Street en momentos en que muchas personas estaban perdiendo sus casas. A media tarde, Parr recibió una llamada de Doug Braunstein, director de banca de inversión de J.P. Morgan. “La cifra es de US$ 2”, dijo Braunstein. Parr sabía que ese precio sería una píldora difícil de tragar. “Debo interrumpirlos y darles una actualización de J.P. Morgan”, dijo a los directores de Bear Stearns. Los directores quedaron sorprendidos. Cayne dijo que no había forma de que aprobaran un acuerdo por US$ 2 la acción.
Schwartz, no obstante, no quería enfrentarse al Tesoro y la Fed ni quería que los trabajadores de la empresa se encontraran con que les habían cancelado su sueldo y cerrado las oficinas a la mañana siguiente. “Dos dólares es mejor que nada”, dijo a los inversionistas. Un precio de US$ 2 y el derecho de que los accionistas voten, explicó, era mejor que un precio de cero y acogerse a la bancarrota. Schwartz miró a cada director. “¿Hay alguien que se oponga?” preguntó. Nadie respondió. A eso de las 6:30 de la tarde, el acuerdo se aprobó por unanimidad. Los asesores de Bear Stearns notificaron a J.P. Morgan, que realizó una conferencia telefónica con los accionistas para tratar el pacto. El domingo en la noche, los ejecutivos de la Fed de Nueva York organizaron una conferencia telefónica con los presidentes ejecutivos de las firmas de Wall Street. Geithner y Dimon hablaron brevemente, señalando que J.P. Morgan respaldaría las deudas de Bear Stearns y que si el acuerdo no se hubiera concretado, el impacto en el mercado habría sido catastrófico.
Sin embargo, el apresurado acuerdo tenía un resquicio jurídico que les otorgaría a los irritados accionistas de Bear Stearns una poderosa arma para buscar un precio más alto. J.P. Morgan se había comprometido a financiar las operaciones de corretaje de Bear Stearns durante un año, aunque los accionistas rechazaran la compra. Tras otra larga semana de negociaciones, el domingo Schwartz llamó a Dimon. “Hay un límite psicológico”, dijo. Los directores de Bear Stearns sólo se sentirían cómodos con un precio de venta de dos dígitos. "No vuelva con una oferta de US$ 9,99", le advirtió a Dimon. Antes que los mercados abrieran a la mañana siguiente, J.P. Morgan respondió con una oferta final: cerca de US$ 10 la acción por un 39,5% del capital, que valoraba a Bear Stearns en US$ 1.200 millones. El acuerdo fue aprobado por la junta directiva.
Ayer, los accionistas de Bear Stearns dieron la puntada final con su visto bueno por una mayoría de 84%.
- De “Burbujita Alan” a “Helicóptero Ben” - Conozco esta canción… (los lacayos de los mercados)
Decía, hace tiempo y allá lejos, en mi Paper “Al ‘Maestro’ con cariño” (50 variables y ningún rigor) - Hagiografía -no autorizada- de Alan Greenspan (enero 2005):

- De lo actuado en la crisis de 1987


Greenspan sabía como funcionaba la fontanería del sistema financiero: una complicada serie de redes que incluían a bancos medianos como el Citibank, bancos de inversión como Goldman Sachs y agentes de bolsa como Merrill Lynch. Los pagos y créditos fluían de forma constante entre todos ellos. Solamente la Fed de Nueva York transfería más de un billón de dólares por día. Si uno de aquellos componentes no conseguía realizar sus pagos o extender sus créditos (o incluso si aplazaban sus pagos en momentos de crisis) podrían provocar una reacción en cadena y paralizar todo el sistema…
La cuestión más acuciante era quien financiaría o daría crédito a los bancos, los agentes de bolsa y demás implicados en el sistema financiero que necesitasen dinero. A efectos prácticos, la Fed ya estaba concediendo créditos de centenares de millones de dólares, a los tipos de interés en vigor, para los préstamos habituales de un día para otro.
Pero, cuáles eran los límites? Llegarían a agotar el presupuesto de créditos? Sería desbordado el sistema crediticio de la Fed? Todas estas cuestiones eran tanto técnicas como políticas…
Greenspan estaba preparado para llegar hasta el final. La Fed podía prestar dinero, pero sólo si aquellas instituciones se avenían a hacer lo que la Fed quería. No era legal, pero lo haría de buen grado si no quedaba otro remedio. Tanto era lo que había en juego.
En aquel momento, su trabajo consistía en hacer todo lo que fuera necesario para mantener en buen funcionamiento el sistema, incluso cosas que antes hubieran resultado inconcebibles…
Se estaba discutiendo un plan para cerrar la bolsa de Nueva York al cabo de una hora.

Eso lo haría estallar todo, dijo Greenspan…


Cerrar la bolsa de Nueva York era una opción que Greenspan no tenía en cuenta. Porque, una vez cerrada, como la iban a abrir luego? A qué precio se cotizarían las acciones? La bolsa de Hong Kong cerró una vez y costó una semana volver a abrir. Los mercados establecen los precios, si no hay mercado, no hay precios. Era algo casi impensable…
Si cerraba Nueva York, que ocurriría con el mercado de futuros?…El mercado de futuros se hundiría. Aquello desataría el pánico general…Verdaderamente estaban al borde del precipicio…
El presidente (Ronald Reagan) podría haber cerrado la bolsa o actuado de alguna otra forma, pero aquello tampoco habría conseguido gran cosa. Sólo una parte de la maquinaria gubernamental tenía poder para dar la vuelta a la situación, y esa parte era precisamente la Fed, ofreciendo crédito ilimitado. Al fin el dinero lo puede todo…o, al menos, la disposición incondicional y abierta de la Fed a proporcionarlo…
Podía recibir el capitalismo americano un indulto mediante la inversión estratégica (o accidental) de varios millones de dólares? Claro que era posible… Greenspan comprendió que en aquel momento nadie habría sabido que hacer… Aquel espacio fantástico y nebuloso entre los mercados libres del capitalismo y las regulaciones del gobierno era una verdadera tierra de nadie.
El jueves 22 de octubre, el presidente de la Fed de Chicago llamó e informó de una nueva crisis. First Options, una subsidiaria del Continental Illinois, un banco gigantesco estaba en quiebra y no podía proporcionar más créditos al mercado de acciones…
Debían seguir sus propias regulaciones y proteger al Continental y a sus clientes. No podían permitir que First Options sangrara al banco…
La quiebra de First Options paralizaría completamente el mercado de opciones y quizá provocase también un nuevo derrumbe de la bolsa. Miró a Greenspan, que parecía asentir.
No vamos a dejarlo -le dijo Johnson a Taylor-. No lo bloquearemos. Que fluya el dinero, ya lo limpiaremos más tarde.
Greenspan se limitó a asentir…
- Si ustedes me permiten ir para atrás y adelante en el relato, les aportaré algún ejemplo de la “gestión de riesgo”…de la “toma de decisiones probabilística”…según Greenspan:
Martin Mayer, en su libro: “La Reserva Federal - La historia secreta de cómo la institución más poderosa del mundo maneja el mercado” - Editorial Turner - 2003, págs. 258 y s/s, relata:
“Cada quiebra es una situación embarazosa para la autoridad supervisora, que debía haber sabido cómo se administraba la institución y no lo sabía y relajaba la presión sobre el infractor. Nancy A. Wentzler, funcionaria de la OCC, dijo, en una conferencia del Instituto Levy en la primavera de 2000, que los especialistas en estos temas consideran que actualmente el mayor peligro para los grandes bancos del mundo es el “riesgo operativo” es decir el peligro de que nadie sepa qué ocurre detrás de la magnifica fachada de una sociedad de servicios financieros y que en realidad las cosas no son tal como creen sus directivos…
Se cree que la razón por la que el Banco de la Reserva Federal de Nueva York organizó el rescate del hedge fund Long Term Capital Management en septiembre de 1998 era el temor de que el colapso del fondo dejara en evidencia el desempeño poco claro de las grandes instituciones financieras del mundo, y la supervisión negligente y confiada que permitió que esa multitud presuntuosa formada por doctores en economía, matemáticos y apostadores tomaran posiciones que superaban los cien mil millones de dólares y contratos derivados con valores nominales por encima del billón, con una base de capital de menos de dos mil millones. Seis meses después del rescate describí sus procedimientos en una publicación para eruditos. Estaban “vendiendo volatilidad”, es decir, apostaban a que los precios en los mercados de opciones, y en mercados donde los activos estaban valorados de acuerdo con su “opcionalidad”, cobraban un sobreprecio a los compradores de opciones porque presumían que la velocidad podía superar las marcas históricas. Por lo tanto, para individuos más perspicaces que el mercado, vender opciones era un negocio seguro, especialmente cuando podían combinarlas de modo que siempre dieran beneficios, aunque el mercado experimentara una subida o una bajada moderada.
La ganancia por cada una de estas operaciones aparentemente seguras era muy pequeña, por lo que debían apostarse enormes cantidades de dinero tomado en préstamo. Si los mercados variaban más allá de las probabilidades que habían, las pérdidas por la imposibilidad de pagar las posiciones ganadoras en un día de escasez de crédito podían consumir años de ganancias. En la Bolsa de futuros de Chicago circula un dicho que se aplica exactamente el caso de LTCM: “Los operadores que venden volatilidad comen como pollos y cagan como elefantes”.
John Meriwether, presidente y principal estratega de LTCM, se había hecho famoso en el libro de Michael Lewis “El póquer del mentiroso”, en el que lo acusaba de haber respondido al desafío de John Gutfreund (presidente de la agencia de Bolsa por entonces conocida simplemente como Salomon) para que apostara un millón de dólares a los números de serie de los billetes de un dólar que tenían en su billetera, subiendo la apuesta a diez millones, lo que hizo que Gutfreund se retirara de la apuesta. Pocos días antes de que la Fed de Nueva York creyera que debía intervenir para evitar que Meriwether perdiera su hedge fund, Alan Greenspan había declarado ante el Comité de la Cámara de Diputados que “los fondos de protección estaban fuertemente regulados por aquellos que prestan dinero”. La creencia de que Alan Greenspan sabía de qué hablaba, uno de los principios centrales de la posición de la Fed, se había puesto en peligro.
El argumento oficial era que la quiebra de LTCM había arrojado al mercado todas las garantías que el fondo de protección había utilizado para asegurar los préstamos de los grandes bancos internacionales y los bancos de inversión, y que la caída del precio de esa garantía habría puesto en peligro el sistema bancario. El veterano comentarista de temas bancarios Carter Golembe tenía sus dudas: “Todo indicaba que el desastre estaba próximo, era innegable. Ese es el gran valor de utilizar los pronósticos de inminente desastre para justificar una decisión en particular, porque una vez tomada, nunca se sabrá si realmente era necesaria (…) Evidentemente, había serias fallas en la regulación, es decir, fallas por parte de los inspectores bancarios y sus supervisores”. The New York Times informó que una de las preguntas no respondidas que determinó la intervención de la Fed de Nueva York fue el descubrimiento de que los inspectores no sabían cuánto debía LTCM a los bancos. Golembe comentó que “era asombroso que la Fed no tuviera idea, o al menos una idea cabal, de cuánto han financiado sus bancos a Meriwether (y posiblemente tendría que preguntárselo a Meriwether)”. Henry Kaufman pregunta: “Dónde estaban los inspectores bancarios? Y qué puede decirse de los altos ejecutivos de las instituciones de crédito? Estaban al tanto de la magnitud del riesgo que esas instituciones estaban asumiendo?”.
Había un riesgo sistémico, no se trataba de repercusiones de las pérdidas que podían haber sufrido los bancos bajo supervisión de la Fed (el Chase, el Bankers Trust y J. P. Morgan en el medio local, además de las sucursales de Barclay's, Deutsche Bank, Credit Suisse, First Boston, Union Bank de Suiza, Paribas y Société Général), sino la pérdida de confianza del público en los interventores de los bancos designados por el gobierno de los Estados Unidos. Lo que Bagehot había señalado. Los reguladores debían salvarse a sí mismos. John Meriwether lo sabía, y era capaz de encarar a William McDonough como años antes había enfrentado a John Gutfreund. La historia del final del juego está espléndidamente relatada y con imparcialidad en el libro de Roger Lowenstein “When Genius Failed” (Cuando el genio se equivocó). Meriwether dio a elegir a McDonough entre un hipotético escándalo (la actitud de McDonough de empujar a los bancos al rescate de LTCM pesaba negativamente entre los miembros del Congreso, los banqueros y los académicos; Greenspan aclaró ante el Comité de la Banca de la Cámara de Diputados que la decisión no había sido suya, sino de McDonough) o el escándalo real que surgiría de la revelación de que los principales bancos del mundo habían sido víctimas delante de las narices de la Fed de Nueva York que debía supervisarlos.
McDonough, temeroso de que el riesgo fuera en aumento, organizó a los bancos en un consorcio que reunió 3.600 millones de dólares para refinanciar a LTCM. El informe anual del BPI señala desconsoladamente que “la conclusión que puede obtenerse del caso Long Term Capital Management es que las autoridades reguladoras y los principales acreedores consideraron que una institución financiera no bancaria era demasiado compleja para quebrar”.
La Oficina del Interventor se complace en señalar que ninguno de los bancos que integran la lista de víctimas de LTCM estaba bajo jurisdicción nacional o sujeto a la revisión de los inspectores de bancos nacionales de esa oficina; eran bancos bajo tutela de la Fed”…
La política de crédito fácil es obra de Greenspan. Y su mandato al frente de la Reserva Federal toca a su fin. Tiene que jubilarse en enero de 2006, tras más de 17 años en el puesto. Dada la exigencia de que el candidato sea aprobado por el Congreso, ya se han desatado especulaciones sobre su sustitución.
En Wall Street casi todo el mundo quiere alguien de su estilo, que se preocupe más del crecimiento económico que de la deuda. Un hombre que considere que las altas valoraciones en la bolsa son un signo de fortaleza, no un indicador de que los precios de los activos se han ido de las manos. Pero no hay garantía de que consigan lo que quieren. Uno de los favoritos, Martin Feldstein, está al parecer más preocupado por el déficit. Todo esto recuerda (según algunos analistas) a los últimos años de Benjamín Strong, que ocupó la presidencia de la Reserva Federal de Nueva York entre 1914 y 1928. Fue el Alan Greenspan de la época, tanto por su longevidad como por su poder. Y encabezó el movimiento por la creación de la deuda como respuesta a la fuerza deflacionaria del patrón oro. Tampoco dudó en sostener a la vacilante bolsa de 1927 manteniendo los tipos bajos o, como él decía con un “traguito de whisky”. Estas políticas funcionaron hasta 1929. Pero los excesos alentados en los años 20 probablemente contribuyeron a empeorar la depresión posterior.
La presidencia de Greenspan ha visto una expansión de la deuda aún mayor y más internacional que la de Strong. Sea quien sea el que venga detrás tendrá que afrontar la herencia.
Las expectativas serán altas. Pero no más altas de lo que eran en 1928, cuando Andrew Mellon, que ocupaba el puesto de John Snow como Secretario del Tesoro, dijo: “Ya no somos víctimas de las oscilaciones de los ciclos de negocio. El Sistema de la Reserva Federal es el antídoto para la contracción del dinero y la escasez del crédito”. La peor recesión de la historia de Estados Unidos desbarató esa confianza.
El mito del banquero central independiente y dotado de una clarividencia budista para detectar la marcha futura de la economía se desmorona. Y lo hace en uno de los países en los que ha nacido: Estados Unidos. Y con Alan Greenspan, la figura que mejor simboliza esa imagen de los banqueros centrales como seres dotados cuya honestidad está fuera de cuestión (si se exceptúa al subgobernador del Banco de Inglaterra y ex director de The Economist, Rupert Pennant-Rea, que tuvo que dimitir por tener relaciones con su secretaria en el despacho).
Greenspan, el presidente de la Reserva Federal -que está registrado como republicano- se ha convertido en el mayor defensor de la política económica de George W. Bush. El déficit público ya no le preocupa (al menos hasta las elecciones presidenciales). Es más: quiere que las bajadas de impuestos a las rentas más altas de Bush se hagan permanentes y dice que el déficit debe ser combatido recortando gasto.
Después de haber forzado en los años 80 un aumento de las retenciones de los salarios para financiar las pensiones, ahora defiende privatizar el sistema, porque las bajadas de impuestos de Bush lo van a convertir en insolvente. Hace sólo tres años y medio, Greenspan dijo en el Congreso que las pensiones no corrían peligro pese a la caída de la recaudación.
Para el Premio Príncipe de Asturias de Economía, Paul Krugman, el apoyo de Greenspan a la política fiscal de Bush ha sido “un error de dimensiones rumsfeldianas”. Claro que tal vez no sea un error sino, simplemente, ideología.
El profesor de la prestigiosa escuela de negocios Wharton, de la Universidad de Pensilvania, Kenneth Thomas, ha investigado cuántas veces el presidente de la Fed se va a charlar a la Casa Blanca. El resultado es sorprendente: Greenspan visita una vez a la semana la residencia de la familia Bush, cuatro veces con más frecuencia que con Clinton.
En 2003, el presidente de la Fed se reunió una vez con Bush a solas. Pero tuvo siete encuentros con el vicepresidente Dick Cheney, cuya ortodoxia económica quedó plasmada para la posteridad en 2002 con su famosa frase: “Reagan demostró que los déficit no importan”.
Además, Greenspan se reunió seis veces con la consejera de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice, que no tiene ninguna responsabilidad en materia económica.
El calendario de esas visitas es interesante. Por ejemplo, en julio de 2003, Greenspan se reunió con seis de los 15 miembros del gabinete Bush. Ese mes, Greenspan tuvo dos difíciles comparecencias en el Congreso, en la que los legisladores le echaron en cara que la recuperación de EEUU no se estaba materializando a pesar de sus optimistas pronósticos.
El problema más serio es que, como señalan algunos miembros del partido demócrata, Greenspan está alterando la política económica de EEUU para ayudar al presidente (y yo agregaría, más aún, a los amigos del presidente).
Cuando lo solicitan los “amigos de la bolsa”, la política monetaria es demasiado laxa…

Cuando lo solicitan los beneficiarios de la “economía de mercado”, la política monetaria asume los riesgos inflacionarios, lo que representa un cambio de percepción que impulsa al banco central a subir las tasas de interés…


Mi sospecha es que el nuevo dilema es el contrato implícito que los EEUU tienen con China: “nosotros compramos vuestros productos y vosotros compráis nuestros bonos”…
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