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Dardo cúneo el ultimo reportaje


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DARDO CÚNEO

EL ULTIMO REPORTAJE

DE

JOHN REED

QUE TRATA DEL DICTADOR,

EL SECRETARIO Y EL DISIDENTE


Carta de Juan Ron con envío
Pongo en sus manos, Dardo Cúneo, el último reportaje de John Reed

Nada le anticiparé sobre sus

circunstancias

Como verá, John le ha concedido

la palabra al entrevistado

Cuando termine, usted, su lectura,

le daré las razones de este envío.
Juan Ron

Advertencia de John Reed
Toda aproximación con la realidad es

posible; eludirla no es conveniente.


1



El Coronel era jinete de doble sombra. Una a babor y otra a estribor hacían de su caballo nave, de su poncho, vela, de su lanza, mástil. Una y otra, acompañándose de justas arrogancias, nada demoraban en apropiarse de los territorios de su tránsito y marcarlos para el dominio del caudillo con las certidumbres de la rápida leyenda. Alguna vez quisieron rastrearlo por las huellas de ellas, aparejadas entre los pastizales del llano y rocosidades de la sierra, pero las mismas tenían sus propios servicios de inteligencia para desaparecer disueltas cuando el rastreo era enemigo y dar avisos necesarios cuando quienes buscaban eran los afectos. Eso ocurría desde amanecida hasta anochecer. En las marchas nocturnas, las sombras compañeras, según los turnos de la necesidad, se acomodaban a otro oficio. Una se le echaba hacia adelante exploradora, como campo volante de avanzada, inaugurándole certeza al paso, sombra de bombero indio pampa, develadora de la emboscada; la otra le cubría las espaldas de los riesgos de la traición, sin que estas obligaciones libraran ni a esta ni a aquella de dejarse enternecer por las lunas y gozarle el fresco a los rociados vientos. En sus alternados servicios, le eran leves corazas por delegación de los astros protectores que el Coronel contaba a su favor. No se había fundido el plomo de bala que lo alcanzara; no se había templado el filo que le negara el paso o lo hiciera a un lado. El Coronel era dueño de su feliz fatalidad. Cuarenta barajas de entera ventaja llevaba en las alforjas, jinete refrescado por los aromas y las buenaventuras. Tres recios gigantes, él y sus dos sombras, trinidad de coordinadas furias, avanzando a un mismo ímpetu de joven mundo animal, ensoberbecidas en la pronta violencia con que se agitan los palmares de la costa, avasallando las veredas de enfrente, desatando corajes hambrientos, exigentes, soberanos. Le estoy diciendo que pasado de raza, como quien dice, el Coronel manifestaba la fianza del jinete llanero y la perspicacia de día siguiente del serrano. De a caballo todo el día, miraba adelante como si tuviera arrendado el tiempo venidero y los favores que desde él ya le estaban llegando. La voz con que jefeaba se le hacía de mucho mando para sacudir tres veces el monte y alterarle su voluntad al río. De a caballo, se le haría poco atrevimiento empeñarle desafío a la artillería y hablarle de estas cosas era tocarlo en su misma biografía, como que en las refriegas anteriores de los llanos, donde más se pierden los artilleros, se enlazó un cañoncito gubernista y se lo llevó a la rastra por la razón de que los tiros de la pieza no eran tan anchos como el círculo del lazo que dejó huérfanos de madre y padre a sus servidores, pasados enseguida a degüello para que así se les deshiciera la sorpresa. Decir que era hombre de poner sus mismos compañeros sobre la mesa, era decir poco para estimación de su repartida fama y las servidumbres que ella convocaba en las gentes de una y otra parte. Lucía, y esto empecé a saberlo antes de luego, más de un semblante y como si variara a voluntad sus apariencias se lo sabía ver moreno aindiado en madrugadas de recorrida por el campamento, moreno amulatado al mediodía probando el rancho de la soldadera y hasta rubión de ojos celestes de señorito cuando se le acercaban las ráfagas de brisa antenochera desde los fogones. De la prontitud o la pereza de esos cambios nadie podía decir cosa cierta, como que no gastaba confianza en dejarse estar acompañado por ningún nadie en particular más de lo necesario que él limitaba a lo muy pasajero. Ni asistente de cuartel, ni de oficina, que yo ya lo era, supimos que se nos juntara tiempo a su lado sino a la ceñida ocasión de recibirle encargos y tomarse las seguridades de su cumplimiento. Rápida se abría y cerraba la puerta de sus aposentos de descanso o servicio. Esa relación de diferentes apariencias la fue dejando más entre mujeres que entre hombres del camino. Qué cómo era se seguirían preguntando, que viéndole cabalgar de pueblo a pueblo era de rostro patria, color quebrado y melenudo, y entrando a casa principal de la aldea entregada para reciprocar las obsequiosidades del señor importante que lo había convidado, era otro mismo de perfil extranjís y casi delicado, lo propio de caballero de luces y consentimientos. La gente de tropa sólo podía decir que lo pudieran alcanzar en ligeras apariciones y cada uno de sus soldados lo veía según le daba cuenta a su propio gusto; tanto como deseaba verlo se le hacía haberle visto. La diversidad de apariencias adecuaba al misterio. El misterio creaba fidelidad y enfamaba. El Coronel venía siendo titán de fábula para inocentes, o digo mejor para gente buena que necesita creer en algo más que en santerías al cuidado de sosegados sacristanes. Yo le había visto, escapándosele de sus ojos de lejanos fondos, mirada a la vez altiva y vacilante, mirada de premeditaciones, turbada por la impaciencia de las revanchas.

2

En el Ejército Revolucionario le hacían filas al Coronel los pobres y los ansiosos.



La tropa echaba sus caballos sin que se avisara de precaución alguna, desde que la precaución es hija del provecho acostumbrado y esos hombres habían tenido por hábito el no sé qué comeré mañana. No hubieran sabido cavar trincheras porque nada tuvieran de defender. Cada cual, con su hambre vieja a la intemperie, daban caras, se desacorralaban. Campesinos sin tierra y forzados a carnear lo ajeno, que es lo que entonces estaban haciendo sin necesidad de ocultamiento, sin que les caiga encima la sableada de la partida policial, la estaqueada, el calabozo y el cepo. Ahora, la guerra se paga con la guerra y no hay comisario o estanciero que a lonjazos vaya diciendo vago, malentretenido, mulato, ladrón, anarquista, cuatrero, te vas del pago o te hago comer por los caranchos, y quemaba el rancho y la enramada, se quedaba con la batea, con la mujer si le estaba en ganas la ocurrencia. Peones de pata al suelo, de una bombacha y camiseta al año y paquete de yerba por salario, o de vales para la proveeduría tramposa del ingenio. Negros encimarronados desde los últimos patios y los barracones de los obrajes. Labradores desposeídos porque al título le faltaba una coma al comienzo y le sobraba al final una coma. Al campamento se llegaban con machetes, azadones, escopetas de caza, trabucos naranjeros, hachas leñeras, sangres revueltas, voluntad de aborrecimiento, corajes desesperados, furias de salvación. País lastimado se pasaba a país desobediente. El Coronel caudillo de tropa entre regular y montonera de pardos, morenos, no aclarados, zafados, retobados, Cristos mestizos desaseados, embarbados. El Coronel padrinazo apadrinador de peoncitos de quintas suburbanas a la espera de domingos con aventura, hijos de chacareros que quieren conocer ciudades, mocitos de las orillas en busca de prestigios pendencieros y qué contar por sobre los hombros a los que se quedaron. Pelear por hacérseme las ganas o a disgusto de reclutado a planazos por el gobierno, me voy con el Coronel, nos vamos con el Coronel cuando termine el baile mañanita de domingo despistando al dormilón a pata ancha del comisario para vaciarle la comisaría yéndonos todos juntos con los mismos milicos y sus latas que también ándales las lindas ganas rumbeándolos para el lado de retobo. Pidió puesto el artesano de lecturas europeas. Puedo hacer bombas en latas de galletas. Se le dio puesto y se doblaron las disponibilidades del arsenal. Se agregó el maestro rural y su letrada inocencia, encomendándolo que quiso el Coronel para entender de cuentas y órdenes de avituallamiento, oficial de intendencia, se le volvió contestándole que quería pelear y traigo carabina que por emprestada no habrá de ser morosa, que del alfabeto me paso a las balas que han de valer tanto como aquel en hacer las justicias. Lo registró en teniente. A sus muchachos, el maestro rural les había entibiado tan poca cosa de vivir tan pobres con palabras que ahora se les volvían deseos y mañana ya es hoy, maestro, y si usted se va por lo que nos dijo nosotros también para llevarle al menos agua al cañoncito y correr noticias. Los que así podían lo siguieron. Salía a campo el Batallón de Bachilleres. El banderín, rojo y negro. Eran los colores, se me ocurría recordarlo, que se muestran en el Templo durante la Ceremonia de las Señas el Domingo de Ramos, al momento en que el Himno dice los estandartes del Rey refulgen, y lo es así en festividad de paz, pero, se me ocurría también, que esos colores representaban la voluntad insurreccional de ceremonias abiertas en barricadas europeas y en ello me confirmaba tanto el segundo banderín que llevaba las palabras de Tierra y Libertad, como las parrafadas de Manifiesto a los Hombres Libres de América, por el cual se estaban anunciado. Hemos resuelto llamar a las cosas por el nombre que tienen. Los dolores que quedan son las libertades que faltan. Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana. Si en nombre del orden se nos quiere seguir burlando y embruteciendo, proclamamos bien alto el derecho de la insurrección. Entonces la única puerta que nos queda abierta es el destino heroico de la juventud. El sacrificio es nuestro mejor estímulo: la redención espiritual de las juventudes americanas nuestra única recompensa. No podemos optar entre vencer o morir: necesario es vencer. ¡Viva la Revolución!. ¡Viva la Revolución!. ¡Viva la Revolución!. Los más remisos en matemáticas se habían progresado en ellas para la utilidad de fijar el punto cierto del tiro artillero. Los más sabidos por hijos domésticos se habían confortado con barbas de guerreros antiguos. Los más afectados de lecturas y latines se trajinaban rústicos de cuartel. Se iban con la república de Montesquieu y Sismondi en las mochilas, y de una canción que no había terminado de llegar sólo coreaban el mundo cambiará de bases, hoy nada soy, todo lo seré. Montaban en silla inglesa, vestían pantalones celestes, casaca roja, chalinas de cariñosa vicuña, kepí de oficial francés en colonias y botas criollas, se armaban de sablecitos templados en Liverpool, pistolones repetidores y carabinas de seis tiros. Venían por desacomodo en mundo conocido y chico por igual todos los días, de prestigios familiares fallidos por los malos negocios de los padres, aspirantes a burgueses ricos sin terminar nunca de serlo, con tierras hipotecadas en las cuentas del latifundista. Venían de lecturas de revistas y papeles de ultramar. Iban a la guerra como en excursión de víspera matrimonial, a probarse hombres, a escribirles cartas heroicas a las novias que les habían bordado escapularios para alejar las enfermedades y protegerlos de las balas. Atinó un cronista: Todos marchaban contentos, diríase que están en vacaciones. El Coronel supo agasajarlos de palabra y predisponerlos. Si me dejara inspirar seguidamente por naturales inclinaciones, me desobligaría de estas molestias de jefatura de guerra y me preferiría contentarme capitán de vuestro batallón de tenientes. Si tuviera veinte años menos y mejor vista posesionaríame del banderín rojo y negro de vuestra insurgencia, impacientado por el sacrificio como primicia reservada a los mejores, pero, no siendo así el orden de las cosas por preferidas, sino por respeto a otras voluntades, se me da el gusto de dejarles, en vez de bendición de mano blanda de capellán, este mi guante de guerra para uso del oficial de ustedes que los lleve a la batalla.
El Ejército Revolucionario era república de pobres y ansiosos, agraciados por la felicidad de la promesa que comenzaba ya por deshacer pasados y humillaciones, sin el Usted mande, a la orden, sí, señor, sí, Su Merced, sí, señorito, que desde ahora tú eres tú y yo soy yo y tú y todos juntos iguales, igualitos, unos mismos todos juntos para lo que se nos cante, democracia guerrera sin clases. La gente de los poblados proveía de lo principal necesario que eran cobijas que se quitaban y harinas que no comerían y mula de carga que remediaban sus pobrezas. Pues, llévense esto poco que ya habrá tanto más para todos. ¿No es así, Coronel? Por eso nos hemos alzado y para eso damos guerra. Cada poblado daba lo suyo. En esto de dar la guerra era también cosa de mujeres envalentonadas. Porque no habría de ser esta la vez nuestra. Si así fuera que no nos encuentre con las manos en otra cosa, peor no habríamos de estar. Llévate también al muchacho que yo me basto para cuidar a los que quedan. Cada una, lo suyo. Al hombre mío lo tumbaron los rurales que incendiaron el poblado, pero su cadáver sólo entregó la carabina cuando supo que era yo quien se la recogía y aquí la tienen para lo que sirva y también a esta vieja para lo que se la use. La logia masónica de los telegrafistas del ferrocarril se plegó con ruego de que no se levantaran rieles, ni se volaran puentes, que ellos se conjuraban para no dar paso a los trenes blindados del gobierno. Tanto que era tiempo de florecer, los enguerreados se reparaban a cortar alguna flor encarnada para ilustrar sus sombreros. Entre los fuegos y cuentos de los vivaques, un estudiante avanzado en leyes, en el que se me ocurría oír a Juan, leía páginas de libros sentenciosos y terminaba en discurso: Horror a la oligarquía. Oligarcas, temblad.
El odio de los godos y la Calle Mercantil, de los terratenientes, de las familias decentes, del Obispo, del gerente rubio y los abogados morenos del ferrocarril inglés no era en vano. Y era mucho odio, odio entero. El godo del monopolio de ultramarinos instala a la puerta de su caserón de tres patios una enorme horca, dimensionada por atemorizados carpinteros para los tres metros de fondo de la principal vereda. Y él sale al umbral para dar voces entonadas de riña desafiante, en oportunas horas del día, a quien quiera oírle su religiosa intransigencia de matamoros, su personal guerra a muerte. Esto es para el Coronel o para mi.
Sabiéndolo, también, por sus enemigos, el Ejército Revolucionario era nuevo país en marcha, país redimido.

A mi me arrastró como arrastran los vientos cálidos con que se anuncian las tormentas en las tierras bajas, o como rama que acaba de zafarse del árbol crecido junto al río, viendo andar a las aguas.


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