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Daniel Edelstein Corrección de textos: Diana Edelstein


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Dirección Editorial: Daniel Edelstein
Corrección de textos: Diana Edelstein

Colaboraron: Carlos Alberto Montaner, Ana Jerozolimski, Damián Kantor, Luisa Corradini, Ana Jerozolimski, Emilio Cárdenas, Pilar Rahola, Martín Dinatale, Aníbal Romero, Pepe Eliaschev, Mario Beer-Sheva, Samuel Lijovitzky y Daniel Edelstein





Año 10 - Nº 482

Nazareth Illit, Israel

8 de octubre de 2014




Para enviar comentarios y notas: nazajada@yahoo.com.ar
Las notas son responsabilidad

de los firmantes.






Z




Sumario


  • El guiñol por Pilar Rahola pág. 2

  • Judíos españoles, la hora de la reparación por Santiago Kovadloff pág. 3

  • La farsa y la tragedia bailan juntas por Marcos Aguinis pág. 7

  • O Sea Que La Guerra No Es Contra El Islam por José Brechner pág.10

  • ¿Por qué Obama se opondría a dar vivienda a familias de color y a familias . musulmanas? Porque están en Israel Por Phillips& Korn pág.12

  • En la cámara de las mentiras. Por R. Simon pág.13

  • Palestinos: os odiamos, mismo si ustedes nos ayudan por A. Toameh pág.15

  • Canadá establece un ejemplo para el mundo. Especial Universidades. pág.15

  • El Vaticano dona fondos para preservar Auschwitz pág.16

  • El fanatismo ya es un ejército por Salman Rushdie pág.17

  • La gran lección de Hong Kong por Carlos Alberto Montaner pág.20

  • La experiencia de cuatro jóvenes uruguayos en Israel pro A. Jerozolimski pág.22

  • Las armas químicas demuestran que Siria no es confiable por E. Cárdenaspág.30 

  • Esperanza, su tierra lo vomita, relato, por Daniel Edelstein pág.33

  • Dolor en la casona por Mario Beer-Sheva pág.37

  • Descanso vigilado por Mario Beer-Sheva pág.38

  • Mi marido se fue de viaje por Samuel Lijovitzky pág.39







El guiñol 



Por Pilar Rahola, La Vanguardia. Barcelona. 06/10/2014 
Cristina Fernández ha montado un circo con espías de EE.UU., conspiradores argentinos e intentos de magnicidio 
Como todo país de sustrato mediterráneo, Argentina tiene tendencia al histrionismo. Es cierto que esa característica ha sido, para el mundo de la creación, una fuente inagotable de talento, no en vano el exceso tiende a la creatividad. Pero, y en igual proporción, ha sido históricamente letal para la política porque ha producido algunos engendros de difícil digestión. El último espectáculo histriónico, y quizás el más guiñolesco, es el que perpetra desde hace años la presidenta Cristina Fernández, cuya derivación hacia el absurdo está llevando al país hacia el vacío. Hace muchos años, en su casa de Montevideo, la mente incisiva de Sanguinetti respondió con munición cargada a mi poco inocente pregunta. "¿Hacia dónde va Argentina, presidente?", y el notable pensador me dijo: "Querida, Argentina no va a ninguna parte". Si esa ácida respuesta fue verdad en algún momento, ese momento es ahora, con un país al borde de la quiebra económica, pero sobre todo, en quiebra política, democrática y moral. Quizás Sanguinetti se equivocaba y Argentina iba hacia algún lugar, pero sin duda es un lugar inhóspito. 

¿Cómo es posible que un país tan importante, con tanto capital humano, tantos recursos naturales y tanto empuje haya caído en manos tan simples y sórdidas? Lo último, en medio de una crisis político-judicial de gran envergadura, es el sainete folletinesco de doña Cristina Fernández avisando de complots yanquis para matar a su ínclita persona. En una derivación bolivariana al uso, la presidenta ha montado un circo con espías americanos, conspiradores argentinos e intentos de magnicidio. Como era de esperar, los norteamericanos aún intentan vislumbrar si se trata de un tango con mala letra, una estrategia a lo bestia para ganar enteros en el mercado del populismo, o sencillamente se ha vuelto loca. Y todas las hipótesis están abiertas, porque siguiendo el recorrido de sus amigos venezolanos -modelo hacia el cual viaja, a pasos acelerados, Argentina-, nadie tiene la certeza de si el mejunje ideológico de la presidenta no contiene los tres elementos. 

Sea como sea, lo peor del Gobierno argentino no son los errores de bulto, que han llevado a su economía al borde del abismo; ni sus planteamientos maniqueos, que intentan dividir al país entre buenos y malos ciudadanos; ni sus persecuciones políticas, cada vez menos disimuladas; ni la lista de sus aliados preferentes, donde parece estar lo mejor de cada casa; ni tan sólo lo peor es el deterioro sistemático de la democracia argentina. Lo peor de lo peor es que este país tan orgulloso de su imagen está perdiendo, Cristina mediante, el sentido del ridículo. La historia asegura que nadie, en el mundo, hizo más el ridículo que Calígula cuando nombró cónsul a su caballo. Quizá sea cierto, pero Cristina Fernández se está entrenando mucho para superar cualquier ridículo histórico. ¡Qué triste, para un país tan digno!


Judíos españoles, la hora de la reparación
Por Santiago Kovadloff | LA NACION, 08 de octubre de 2014 

   


Hay hechos que por su complejidad histórica no terminan de ingresar al pasado sino mucho después de ocurridos. Insisten largo tiempo en reivindicar su actualidad. Su discusión y su análisis no decaen. Su densidad problemática es tal que se tarda en diagnosticar su naturaleza y apaciguar la polémica que suscitan.

Requieren, para que cese su debate, un momento propicio, una hora adecuada. Y a veces esa hora puede tardar siglos en llegar. Es lo que parece haber sucedido en España con el edicto de expulsión de los judíos firmado en marzo de 1492 por Fernando e Isabel, reyes de esa nación en sus horas fundacionales.

En junio pasado, el gobierno de Mariano Rajoy logró que se aprobara la ley que puso fin a la vigencia formal de aquel remoto documento al otorgar nacionalidad española a los descendientes de los judíos expulsados en el siglo XV. Ganó concreción así un anuncio formulado en 1992 por el entonces rey Juan Carlos I. Al rememorar lo sucedido 500 años atrás, afirmó: "No debemos decir que los judíos en Sefarad [topónimo de España en hebreo] se sienten como en casa, porque los hispanos judíos están en su casa".

Cuenta una leyenda acuñada hace ya mucho que los judíos echados de España, tras habitar su suelo durante más de mil años, guardaron al partir una copia de las llaves de sus hogares. Esas llaves, al igual que la lengua ladina que con ellos se llevaron, fueron legadas de generación en generación. Así dieron sostén simbólico a la esperanza de regresar algún día a su añorada Sefarad.

Herrumbradas esas llaves por el tiempo, no lo fueron por el olvido. La memoria de lo perdido no se debilitó en esa larga descendencia. La posibilidad del retorno, finalmente, se ha hecho realidad. Quien así lo desee y pueda probar razonablemente que proviene de un expulsado del siglo XV recibirá un pasaporte español. Entre las palabras "llave" y "pasaporte" no hay, en esta ocasión, mayor distancia. Más aún: ellas pasan a ser sinónimos para los sefaradíes de nuestro tiempo que, residiendo en distintas partes del mundo, aspiren a obtener la nacionalidad española. Una y otro están hechos para facultar el ingreso, recordar una proveniencia y legitimar una identidad.

Isaac Querub preside la Federación de Comunidades Judías de España. En ella se encuentran registradas 50.000 personas, sefaradíes en su mayoría. Viven en España sin que para eso fuese necesario un decreto habilitante. Allí están desde los años del franquismo. La nueva ley, en consecuencia, responde a otro imperativo que facultar el restablecimiento de los judíos en el país. Se trata de una reparación moral. Se trata de saldar una cuenta pendiente que la memoria política de España mantenía consigo misma.

A juicio de Querub, la ley ahora aprobada por el Parlamento español "rectifica un error histórico y [con eso] se hace justicia". Me pregunto si se trata de un "error histórico". ¿Podemos juzgar con parámetros actuales decisiones tomadas más de cinco siglos atrás? Por supuesto, no se trata de justificarlas, y menos aún de coincidir con ellas. Se trata de entender las circunstancias y las perspectivas en juego que les dieron origen. ¿Hubiera podido la España católica del siglo XV alcanzar su cohesión interna y desplegar luego sus ambiciones imperiales entre fines de ese siglo XV y casi todo el siguiente sin que mediara en ese proceso el ideal de la homogeneidad religiosa? La historia contra fáctica alienta la especulación imaginativa, pero también promueve una desmesurada propensión a creer que los hechos de ayer podrían haber sido de otra manera. No es así. Son como fueron y sus causas tienen la explicación que les brindan su momento y su contexto. Nada nos obliga a coincidir con ellas.

Pero no se las puede relativizar especulativamente ni se las puede desconocer. Lo mismo vale para el presente. España llega a reconciliarse formalmente con los judíos en el siglo XXI porque ya es una nación plenamente constituida y democrática. A diferencia de lo que sucede en otros Estados europeos, ninguna de sus fuerzas políticas necesita recurrir al antisemitismo para afirmarse en el escenario del poder.

De igual modo, también el catolicismo en el siglo XX supo buscar la reconciliación con los judíos. Fue decisivo su pedido de perdón a quienes condenó y persiguió incansablemente. Y eso tuvo lugar porque la Iglesia ha reconocido cuáles son hoy las fronteras de su credibilidad pública y los desafíos tanto teológicos como políticos que en el presente le plantea su porvenir.

Por eso, a mi entender, la España moderna no podía rehuir la necesidad de invalidar la vigencia simbólica que aún seguía teniendo aquel decreto de 1492. Debía hacerlo mediante una ley de igual envergadura. Y así fue. Con eso, no alteró su pasado. Lo que hizo fue modificar la incidencia simbólica de ese pasado sobre su presente al declarar españoles reconocidos a quienes provienen de aquellos judíos que fueron desconocidos como españoles.

También en Israel produjo conmoción esta ley de reparación moral. Se estima allí en 3.500.000 a los potenciales beneficiarios de la resolución. Es decir, casi la mitad de la población del país. Es factible que no falten entre ellos quienes se entusiasmen con la idea de contar con doble nacionalidad. Más tarde o más temprano podrían hacer uso de ese privilegio. El panorama económico y laboral sigue siendo más propicio en Israel que en España. Pero la guerra, que no deja de minar la fe de muchos en una vida normal para el Estado judío, podría obrar como un factor determinante en la valoración de ese pasaporte inesperado.

Por lo demás, es preciso no olvidar lo que se hizo si se quiere apreciar debidamente lo que ahora se hace. Sólo así la trascendencia de esta medida podrá ser ponderada en su real magnitud. Más de 150.000 judíos se vieron forzados a abandonar España entre el 31 de marzo y el 31 de julio de 1492. Dejaron el reino tras soportar las imposiciones de la persecución, el tormento físico, la degradación moral y la extorsión económica. La expulsión fue aconsejada a los reyes por el Santo Oficio. Torquemada, jefe de la empresa inquisitorial, concluyó que su faena no había surtido los efectos buscados. Los conversos seguían secretamente apegados a su vieja religión. Dos mil judíos quemados en plaza pública entre 1480 y 1492 no aleccionaron a esa comunidad "empecinada en el mal". La brutalidad de los procedimientos empleados por la Santa Inquisición llegó a oídos del papa. El Tribunal de Sevilla, escribe escandalizado Sixto IV a los reyes católicos, bien lejos está de obrar con "el fervor por la fe y la preocupación por salvar almas". Todo lo contrario, afirma el papa. Para pesar de la Iglesia, lo mueven en su proceder, además de la crueldad, "la codicia y el espíritu de lucro". De nada sirvió esa queja que fue también una denuncia. Torquemada jamás perdió el respaldo de los reyes.

No faltaron en la época las plumas prestigiosas de quienes aplaudieron los procedimientos aplicados por Torquemada y la firmeza con que Fernando e Isabel expulsaron a los judíos.

Pico de la Mirandola, celebrado humanista italiano, no dudó en afirmar que "aquel rey cristiano entre los cristianos [Fernando de Aragón] se sitúa [por lo que hizo] por encima de todas las alabanzas". Maquiavelo tampoco ahorra elogios a los reyes por librarse de los "marrani". Ya se sabe que, para el autor deEl príncipe, la religión no fue otra cosa que una herramienta de la política. Asegura Maquiavelo que Fernando el católico la utilizó como nadie. Fue el creador del gran Estado español. Y para lograrlo y superar el odioso obstáculo judío, no vaciló en recurrir a la "pietosa crudeltà".

La ley del pasado mes de junio opera, como dije, en un orden simbólico. Pero también lo hace en un plano político. Sus efectos sociales son evidentes. Y aun sus efectos psicológicos. Impide que la última palabra de la monarquía en torno a los judíos la siga teniendo, formalmente hablando, un edicto que acumula más de medio milenio de antigüedad y que menoscaba la significación de los judíos como parte constitutiva de la ciudadanía española. Se trata de un paso gigantesco. No derrota el prejuicio antisemita, pero lo impugna rotundamente mediante una voz innovadora. No solicita el perdón de quienes descienden de los judíos afectados, pero se reconoce en ellos y los nombra como expresión de su propia identidad nacional. Hace lugar, repito, a una reparación moral y revela una conciencia autocrítica profunda. Una revalorización innegable de los condenados de ayer en la persona de quienes hoy perpetúan su memoria. Evidencia, en suma, la decisión de reconocerlos como expresión de una España plural, abierta a su propia heterogeneidad.



La farsa y la tragedia bailan juntas

Por Marcos Aguinis | LA NACION, Viernes 03 de octubre de 2014 
Karl Marx, entre sus numerosas frases célebres, gestó la hipótesis de que una tragedia, al repetirse, suele hacerlo con las sorprendentes tonalidades de una farsa. Su acierto estimuló que, más adelante, fuera ensayada una formulación opuesta; es decir, que la farsa, al repetirse, pueda acabar en la más profunda de las tragedias. La situación argentina actual habilita a dar un nuevo paso: descubrir que ambas féminas pueden bailar juntas, bien amarraditas, haciendo cada una lo suyo y potenciándolo gracias a las contribuciones de la partenaire.

Nuestro país -amado y lleno de recursos humanos y materiales, cargado de vibrantes historias- ha puesto en escena una megaobra vertiginosa, convulsiva y alarmante, que asocia farsa y tragedia. A los aspectos farsescos se los carga de dramatismo y a los trágicos, de risotadas. En conclusión, no sabemos dónde estamos, adónde vamos y en qué terminaremos. La farsa permite cuotas de diversión, sorpresas y entretenimiento. Pero la tragedia nos desbarranca hacia el abismo.

No es preciso conocer mucha historia para advertir que el prestigio argentino jamás vistió los actuales andrajos. Ni siquiera cuando el gobierno del GOU se resistía a declarar la guerra a los nazis en los finales de la Segunda Guerra Mundial. Pese a semejante desubicación, aún nuestro país tenía relevancia. Y bastó que diese su tardío paso, en el límite extremo del tiempo, para que fuese bien recibido y formase parte del grupo de países que armaron las Naciones Unidas. Ahora ni eso. Alcanzamos el desprecio máximo, que se expresa mediante la indiferencia. Los que dudan, que se fijen qué pasa en las relaciones humanas cuando la respuesta del otro es precisamente eso, el durísimo castigo de la indiferencia.

Haber alcanzado un sillón en el Consejo de Seguridad constituye un privilegio. Los diplomáticos argentinos que hablaron en ese podio han dejado huellas dignas. Pero la última intervención, a cargo de la Presidenta en persona, constituyó un papelón del cual no será fácil liberarse. Ella creía (o decidió creer) que estaba frente a los micrófonos de su vapuleada cadena nacional y, delante de ella, la admiraban con idolatría y miedo los asalariados de La Cámpora que aplauden cada palabra suya. Pero no fue así, por desgracia. La lista de sus desatinos ya fue objeto de numerosas análisis y no insistiré en ellos. Sin embargo, se debe señalar el más grave de todos, que fue la ofensa que clavó en los deudos de quienes fueron decapitados, crucificados, azotados y baleados por las alienadas fuerzas del islamismo extremista, al poner en duda las pruebas caudalosas que ya existen; con una frivolidad que asusta, las descartó como trucos escenográficos. ¿Farsa o tragedia? Ni Marx lo hubiera descifrado.

Hace mucho que se utiliza el recurso de echar la culpa a otro. Ya lo ejemplifica el texto bíblico con el famoso chivo expiatorio. Al inocente animal se lo cargaba con todos los pecados y despachaba al desierto, para que allí recibiese el castigo del que quedaban libres los verdaderos culpables. Muy elemental y primitivo. Muy ridículo. Pero tan eficaz que hasta ahora sigue vigente. En especial en nuestra Argentina que, para mantener las comparaciones antiguas, se parece tanto a Sodoma y Gomorra por el nivel de inmoralidad que envenena a gran parte de su liderazgo. Por eso se afirma que si el dólar no deja de encarecerse, es por culpa de los "buitres", que parecen más numerosos y reales que las moscas. Por cierto que esos buitres no integran las "decentes" bandadas de los K, cuyos bolsos llenos de euros, dicen, fueron ganados en buena ley o ni siquiera existen.

Hablando de buitres, circula por Internet una descripción que me limito a reproducir: "Adueñarse de 28 casas en Santa Cruz mediante la 1050 es de buitres. Comprar tierras fiscales a sumas ridículas por el privilegio de tener el poder por el mango es de buitres. Cambiar billetes argentinos por dos millones de dólares el día previo a la devaluación ordenada por la esposa-Presidenta es de buitres. Incrementar el patrimonio personal en la cifra alucinante de 1600% es de buitres. Haber dejado empeorar la educación, la salud, la pobreza, la delincuencia y facilitar el incremento feroz del narcotráfico es de buitres".

Según el relato, los ladrones del presente no son tales, sino víctimas del neoliberalismo que rigió en los 90, que no tenía lazos de parentesco con el peronismo en general ni los incontables funcionarios de la actual gestión "exitosa". Por eso un alumno que desea abandonar la escuela merece aplausos, porque denuncia con su actitud al mal docente que lo aplazó por negarse a estudiar. El mérito es cosa de burgueses, de liberales, de oligarcas; lo que vale, en cambio, es el desmérito, que suena a revolución. Mucha farsa, desde luego, pero envenenada de tragedia. O, dicho mejor, una tragedia que veremos con mejores luces y colores más hirientes en el futuro próximo.

Sin pensarlo demasiado, se compara la riqueza petrolífera argentina con la de Arabia. Y se las homologa sin sonrojo, pese a que se trata de yacimientos que requieren diferentes montos de inversión. Esas inversiones no vendrán ni "ebrias ni dormidas" mientras siga rigiendo la actual inseguridad jurídica.

Mientras, pagamos a Qatar y Bolivia por un gas que podríamos producir por una mínima fracción de lo que desembolsamos con nuestra gestión nacional y popular. La culpa de esta situación no la tienen, ni por asomo, quienes manejan el Estado. Deben de ser Obama, Merkel, los terroristas.

El Estado ya ni se sabe qué es. Por lo pronto, hay una cabeza homologable a Luis XIV, porque, sin decirlo, es Ella. El Estado es Cristina Fernández de Kirchner. Hace lo que se le ocurre, no rinde cuentas de nada y apenas consulta con quienes le dicen sólo aquello que le acaricia el narcisismo.

Ante esta situación, la farsa-tragedia impone que muchos argentinos sigan delirando con la ideología de aumentar el poder de ese Estado voraz, ineficiente y destructor (buitre prediluviano) que sólo sirve para enriquecer a quienes logran atarse a sus mástiles, velas e incluso bodegas.

Para no ser menos que el Papa, la Presidenta denunció que es objeto de amenazas por parte del jihadismo, farsa apenas avalada por confusas ideas de dos comisarios argentinos que -se supone- servirían para hacer creer que aún se la tiene en cuenta.

La farsa-tragedia no se acaba ahí. Fue gastada una cantidad impresionante de dinero para un suplemento sobre la Argentina en el irrelevante USAToday, que sólo lee gente aburrida, para imponer una imagen triunfal en la opinión pública de los Estados Unidos. Pero, a la vez, Ella insultó a sus autoridades y "mandó callar" al encargado de negocios de ese país. ¿Para qué el gasto?

Joaquín Morales Solá precisó que ni los odiados Alemania y Estados Unidos fueron los primeros en vocear el default argentino, sino -¡nada menos!- el gobierno de China. El señor Juan Carlos Fábrega tuvo que escuchar en Pekín a un alto funcionario que le escupió sin anestesia: "Ustedes están en default, no cambiemos la realidad". A esto se añade otro dato de fuerte asociación trágico-farsesca. Cuando el joven (y mentalmente viejo) Axel Kicillof terminó uno de sus discursos inspirados en ideas más fósiles que las de un museo, otro funcionario chino le comentó a un diplomático europeo con risa en los labios y angustia en el corazón: "Hacía mucho que en Pekín no escuchábamos un discurso tan maoísta". Otra vez: farsa y tragedia. De las grandes.





O Sea Que La Guerra No Es Contra El Islam
Por José Brechner
De acuerdo al Presidente Obama, la guerra contra el Estado Islámico (ISIS) no es una guerra contra el Islam. Bajo esa perspectiva, la guerra de Vietnam no fue contra el Comunismo, sino contra los comunistas. Pero no habría comunistas si no hubiese Comunismo y no habría islamistas sin Islam.

El silogismo es aplicable a todo, no habría nazis si no existiese el Nacionalsocialismo, no habría alcohólicos si no hubiese alcohol, no habría gordos si no hubiese comida, y podemos continuar infinitamente sin decir nada.

Es obvio que son las personas las que deciden qué hacer con sus vidas y qué convicción o ideología seguir. Algunas persiguen doctrinas venenosas.

La retórica utilizada por Obama no es convincente ni inteligente. Su conflicto de identidad personal lo lleva a hacer declaraciones pueriles. Su drama existencial de preferencia entre el Islam y los Estados Unidos, lo tiene en una posición tan ambigua, que no sabe cómo conciliar sus afectos.

La pregunta que lo descoloca, es: ¿Soy musulmán o estadounidense? De acuerdo a su biografía, su oratoria, su actuar, y sus amigos; es un musulmán, izquierdista, narcisista, estadounidense. Ese orden varía.

La guerra podrá no ser contra el Islam, pero para los islamistas la guerra es contra todo el que no se somete al Islam.

Para un musulmán practicante, su religión es superior a su nacionalidad, pues la religión es trascendental, mientras que la nacionalidad es un simple accidente geográfico, terrenal y temporario.

Si la guerra es sólo contra los extremistas, ¿por qué en más de medio siglo, nunca se vio una manifestación contra el Islamismo Radical por parte de los musulmanes moderados, que se supone son la mayoría? ¿Por qué ningún gobierno árabe, con excepción de Egipto, reprimió a sus incendiarios clérigos?

Remover los cerradísimos conceptos que tienen los mahometanos acerca de la sociedad y sus leyes, es dificilísimo.

Después de esta guerra, en que los musulmanes se están apoyando en Occidente para matar musulmanes, podría haber una apertura hacia la mesura y el laicismo. Irán la vivió con Sha, y Turquía con Ataturk. Pero primero deben ser derrotados todos los islamistas. Física y políticamente.

Hay que acabar con el ISIS e Irán y lograr acuerdos de paz entre los saudíes, israelíes y demás habitantes del barrio.

De lo contrario habrá guerra contra los mismos países que Estados Unidos está armando. Obama se equivoca si cree que Irán podría ser un aliado confiable.

Los saudíes se convirtieron en moderados porque están viejos. El inconveniente está en los jóvenes, que se han vuelto más sádicos, intransigentes y asesinos que sus antecesores. Es su manera de sentirse “parte de” algo. El espíritu gregario los convierte en lo que el grupo es. En las universidades quieren formar parte de las fraternidades, en el Islam quieren ser del ISIS y portar una metralleta.

Desde que nacen, los padres musulmanes educan a sus hijos con el odio hacia los infieles.

Lo mismo hicieron los cristianos contra los judíos, basándose en la repetitiva mentira de que condenaron a Jesús, como si los judíos subyugados bajo el más sanguinario déspota romano, Poncio Pilatos, hubiesen tenido algún poder.

La mentira fue el arma más efectiva de Hitler. Si la repites vigorosamente se convierte en certitud para los ingenuos.

Una religión es más penetrante que una ideología política, pero puede ser una gran mentira. ¿Es verdad que hay un paraíso con seductoras vírgenes para cada hombre musulmán? ¿Hay que morir para disfrutar de la vida?

¿Hay un paraíso judeo-cristiano donde te rodean querubines tocando el soporífero arpa?

El paraíso musulmán los occidentales lo tenemos en el mundo real, sin vírgenes. Decía Hemingway: “Por la tranquilidad me atrae el paraíso, pero por la compañía prefiero el infierno”.

Las religiones pueden ser beneficiosas si te ayudan a elevarte espiritualmente y ser mejor persona, o son el instrumento de dominio colectivo más sombrío creado por el hombre.

El Korán está sujeto a la interpretación que cada uno desee; igual que la Biblia. El Judaísmo y el Cristianismo tuvieron sus momentos de oscurantismo, y todavía tienen fanáticos.

Pero ambas teologías, o por lo menos sus fieles, evolucionaron hacia la tolerancia. El Islam no.

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