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Cuestiones de Bioética Marciano Vidal


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Cuestiones de Bioética

Marciano Vidal

Bioética.

Ed. Tecnos.

Madrid, 1989, 239 págs.

N libro del profesor Mar­ciano Vidal va a convertirse, cier­tamente, en un texto obligado de consulta para todo aquel que se in­terese por el tema de la Bioética, sobre todo porque ha sabido su­perar la limitación material que re­presenta este tipo de obras, y por­que ha expuesto un cúmulo de datos y reflexiones de vital impor­tancia. La visión es amplia, aun­que no completa, y tal vez forza­da por la necesidad de sintetizar, lo que perjudica la conexión entre las sucesivas afirmaciones que ha­ce el autor. No se trata de un tra­bajo vulgar ni de un manual, y no habría que descartar la posibilidad de que los neófitos se vieran des­bordados por el exceso de infor­mación.

Entre otras cosas le debemos al autor el haber recopilado en un so­lo escrito una docena de temas di­rectamente relacionados con la Bioética, esto es, ni están vincula­dos exclusivamente con la ética en sentido estricto, ni con la ciencia positiva, engrosando así la parca bibliografía que sobre la Bioética en general hay publicada en el país. Marciano Vidal se ha atre­vido a dar cobijo a esos temas cuyo trato, mayoritariamente, ha sido aislado y monográfico. Desgracia­da y paradójicamente, el mayor enemigo de su libro, y en general de cualquier escrito sobre la temá­tica, será el progreso de las cien­cias biomédicas, porque, sin duda alguna, aparecerán nuevos conflic­tos que no se ven reflejados en la obra de este autor. Su trabajo, por otro lado, nos lleva a una reflexión del progreso técnico en la biome-dicina y, además, consigue que esa actualidad, reflejada en su conte­nido, atraiga aún más al lector, a

la vez que hace de la Bioética una disciplina plenamente actual.

En los dos primeros capítulos ya aparece el esquema básico de su toma de posición respecto al tema, orientando así al lector sobre qué derrotero seguirá la exposición-argumentación, a la vez que intro­duce el tema central sobre el que pivota la Bioética, a saber, el valor de la vida humana. Es obvio, pues, que para M. Vidal se trata de un debate entre quienes respetan la vi­da, coincidiendo así con Daniel C. Maguire, que hace la misma refle­xión al referirse a un tema próxi­mo como es la eutanasia (1).

El profesor Vidal apunta acer­tadamente cuál es el origen y la ra­zón de ser de la Bioética: Ética (y Derecho) deben aceptar la realidad de las prácticas biomédicas que es­tán emergiendo del progreso téc­nico y científico (el autor habla ex­presamente de «sensibilidades y valores» y de «prácticas médi­cas»). Esto es, a las nuevas prác­ticas biomédicas se les asigna un valor, lo que arroja a la dramáti­ca elección cuando los valores asignados entran en conflicto. Se esmera en fijar esta idea cuando habla de la «interdisciplinariedad científica» de la Bioética —lo que nosotros denominamos lectura gó­tica de vidriera—, expresión que utiliza también para evitar el error de convertir a la medicina y a la biología en el único tribunal de las decisiones bioéticas.

El «mínimo moral común» del que habla el profesor, es decir, su «ética civil», tiene resonancias pa-retianas, en la medida en que re­chaza como no válido, como no moral, aquello que se encuentre por debajo de ese óptimo. La le­gitimación de este nivel mínimo proviene de la «racionalidad hu­mana» y del «consenso social». Coincidimos plenamente en ver como un peligro evidente el des-gajamiento de la Bioética de la éti­ca (la Bioética nace del conflicto de valores): de los mismos esta­mentos científico-técnicos no pue-

(1) C. Maguire, D.: La muer­te libremente elegida, Sal Terrae, Santander, 1975.

de surgir la valoración de las prác­ticas biomédicas, sino que éstas deben empaparse de ese «mínimo moral común».

El mayor problema con el que topa la exposición de M. Vidal es que el contenido del «mínimo mo­ral común» no podría ser fiel a la Historia si no invirtiera previa­mente los términos y viera, triste­mente, como lo que él denomina excepciones son en realidad la nor­ma, y viceversa, la norma del va­lor y el respeto de la vida huma­na se convierte en la excepción. Parece, pues, que respecto a los valores citados tenemos que ser «aprioristas», porque si hemos de guiarnos por el «mínimo moral común», cuyo contenido, según afirma M. Vidal, es «el patrimo­nio socio-histórico de la colectivi­dad», el no respeto a la vida hu­mana podría acabar siendo la norma. La opinión del profesor es que la «ética civil» debe dotar a la Bioética de la facultad de discer­nir entre la «humanización» y la «manipulación», esto es, entre lo racional y lo irracional, entre el va­lor y el desvalor, respectivamente.

Cuando critica, por ejemplo, la ambigüedad del valor de la vida humana, acepta un «desplaza­miento» de tal valor, porque lo que hace algunas décadas era cien­cia ficción, caso de la FIV (fecun­dación «in vitro»), duramente de­nostada sobre todo a raíz del nacimiento del primer bebé probe­ta, en 1978, hoy día se asimila ple­namente y el conflicto no aparece ahora en la práctica en sí, sino en la decisión sobre quién debe y pue­de acceder a la FIV, y quién no.

Frente a la citada ambigüedad, M. Vidal presenta una ética que tiene como valor fundamental la vida humana, pero matizando que este valor no es absoluto, y que, en tanto que valor, está sometido al «juicio preferencial», esto es, que puede entrar en conflicto con otros valores, en cuyo caso el in-tuicionismo axiológico parece ma­nifiesto. Para su planteamiento es fundamental el clasificar a la Bioé­tica como rama de la Ética, y el paradigma al que la subordina es el de la Ética civil.

A lo largo de todo el libro se aprecia la contraposición del va-

lor de la vida humana con otros valores nacidos o no de la prácti­ca biomédica. Pero, ¿por qué la Bioética debe basarse en el valor de la vida humana? La presente obra del profesor Vidal contiene la respuesta. Sin embargo, no con­sigue hacer creer al lector que tal valor es y ha sido el valor supre­mo para el hombre, pues basta con revisar la Historia. También, sin tener en consideración el resto de los escritos del profesor, y juzgan­do sólo el contenido de la obra que nos ocupa, el lector puede añorar una definición positiva de vida hu­mana y dudar, además, de que és­ta tenga el mismo trato cuando se habla del aborto, de la eutanasia o de la FIV. Quizá sea tal añoranza el reflejo de la realidad bioética, es decir, su enorme complejidad, en tanto que su contenido proviene de las prácticas biomédicas.

Esa complejidad de la Bioética es, sobre todo, el problema del lí­mite. Esta disciplina no puede pre­sentar ningún punto oscuro, nin­guna fisura de la que se pueda agarrar y mantenerse parasitaria­mente alguna ambigüedad; de ahí que la tarea fundamental de la Bioética sea poner límites, discer­nir entre «manipulación» y «hu­manización».

A su juicio, las definiciones de vida humana representativas de la moral tradicional no nos sirven. Frases como: «la vida humana es un bien personal», «la vida huma­na es un bien de la comunidad» o «la vida humana es un bien reci­bido de Dios y que a Dios perte­nece», son demasiado abstractas y están disociadas de una posible aplicación práctica; además, no tienen realidad, ni son categorías aplicables a realidades. En el ca­so concreto de la eutanasia no nos servirían para diferenciar entre cantidad y calidad de vida, entre vida vegetal y vida humana. Otra cuestión muy distinta es si tales de­finiciones nos pueden ayudar a la hora de decidirnos en un conflic­to de valores.

En mi opinión, la Bioética ne­cesita categorías claras para poder limitar y encasillar las prácticas médicas. El enfoque que el profe­sor Vidal hace de la vida humana tiene una consideración más axio-

lógica que óntica, lo cual deja de­masiado en el aire.

Finalmente, es nuestro deber in­sistir, de nuevo, en la importan­cia que tiene para la Bioética el va­lor de la vida humana, y añadir ahora el peso específico de la vi­da humana en cuanto tal. La jus­tificación de este añadido se pue­de desglosar en una serie de re­flexiones:

1. La necesidad de saber cuán­
do empieza y cuándo acaba la vi­
da en el hombre para:


  1. Poder distinguir, si fuera ne­
    cesario, entre vida vegetal de un
    hombre y vida todavía propiamen­
    te humana y digna de ser vivida.

  2. Tener un criterio a la hora de
    aplicar o no aplicar los llamados
    «medios extraordinarios» a un pa­
    ciente terminal.

  3. No caer en la contradicción
    de negar la exclusividad de la cien­
    cia positiva para señalar cuándo
    empieza y acaba la vida, y, en
    cambio, sí aceptarla cuando se tra­
    ta de determinar si hay o no hay
    esperanzas de vida.

  4. Reconocer que la definición
    de muerte, como muerte clínica no
    es fruto de una especulación, sino
    de unas consideraciones de la cien­
    cia positiva.

2. La necesidad de discernir
que la ciencia positiva sólo debe
ceñirse, en el caso que estamos
examinando, primero a una defi­
nición lo más acertada y próxima
de lo que es la vida. En el conti­
nuo devenir del progreso técnico-
biológico, lo que hoy se conside­
ra como muerte, mañana puede
alargarse un tanto más y las im­
plicaciones jurídicas serían alar­
mantes, pues la inculpación de un
asesinato dependería de los avan­
ces biotécnicos. Y segundo, que
nunca puede ser encargada de do­
tar de valor a las prácticas bio­
médicas.

Así, confiemos en que lo que el profesor Vidal llama «razón euge-nésica» no devenga una obligación jurídica para tener que abandonar este mundo.

3. ¿Cómo podemos valorar
algo que no sabemos lo que es? No
sabemos cuándo hay vida huma­
na y cuándo y/o todavía no la hay,

y tampoco sabemos si antes y/o después de esa vida humana (en tanto que digna de ser vivida) si­gue habiendo vida, aunque no hu­mana, pero sí somos capaces de dotarla de valor. Si este conoci­miento es intuitivo, ¡muy mal se nos ha dado hasta ahora!

Casi al comienzo de su obra, el profesor Vidal toma un texto de P. Sporken («... resulta siempre atrevida —la tarea— de publicar un libro sobre ética médica en me­dio de semejante evolución. Toda­vía no pueden darse respuestas de­finitivas a los problemas que se plantean...»), lo que en alguna medida le habría impedido conse­cuentemente escribir una obra de estas características. El libro de M. Vidal, por tantas razones dig­no de ser leído, no ha tenido de­masiado en cuenta la recomenda­ción de Sporken que él mismo cita.

Alvar Álvarez Revilla

El retorno de la Gran Teoría en las ciencias humanas

Quentin Skinner, comp.

Alianza Editorial. Madrid, 1988, 200 págs.



N cuidada versión de Con­suelo Vázquez de Parga, llega a nosotros el resultado de una serie de aportaciones sobre el tema que había codificado Wright Mills co­mo una teoría sistemática de la na­turaleza del hombre y de la socie­dad. El compilador recuerda las afirmaciones del famoso sociólo­go cuando entendía que tal teoría estaba más cerca de la imaginación que de la ciencia y, por ello, la combatía en aquel terreno. El es­cepticismo se prolongaba a otras zonas, y bien expresivo es el títu­lo de «final de la ideología» que fue lanzado por Daniel Bell. Una meditación sobre tales circunstan-

cias, explicada por Skinner en la introducción a nuestro volumen, fue lo que le llevó a proyectar la compilación aquí conseguida. Tras sus gestiones, nueve importantes estudiosos acometieron el trabajo, cuya primera edición tomó la for­ma de una serie de charlas en la radio. Las atenciones de la BBC permitieron lograr un conjunto coherente, y gracias a ella pode­mos gozar hoy de esta substancio­sa e interesante lectura.

Tras la introducción de Skinner, nueve autores nos dan una suma de los saberes pertinentes. Ocho grandes figuras —Gadamer, Derri-da, Foucault, Kuhn, Rawls, Haber-mas, Althusser y Lévi-Strauss—, más un grupo relevante —el fran­cés de los Anuales—, nos son ex­plicados y situados por otros tan­tos estudiosos.

Hans-Georg Gadamer es ex­puesto al lector por William Outh-waite, profesor de Sociología en Sussex. La obra de aquel Wahr-heit undMethode nos explica una hermenéutica que bebe en la fuen­te de Heidegger, cuyo Sein und Zait le hace destacar el texto que subraya la interpretación basada en el entendimiento. El conflicto de Gadamer con la hermenéutica tradicional puede elucidarse entre la universalidad y la historicidad. Su polémica con Emilio Betti ilus­tra el contenido de la aportación de Gadamer como metodología de la hermenéutica. También importa situar el sentido del vocablo enten­dimiento roto (Verstehen). Así, la filosofía hemenéutica de Gadamer trata del tipo de entendimiento que funciona en nuestro encuentro con una tradición cultural y nuestra participación en ella. En fin, la idea del diálogo adquiere impor­tancia al abordar las distintas con­secuencias de la consideración de las ciencias sociales y las ciencias naturales. En aquélla la teoría es­tá impregnada de valores y es a la vez generadora de ellos.

Jacques Derrida es expuesto por David Hoy, profesor en Califor­nia. Parte de una reciente pregunta del propio Derrida, sobre si los fi­lósofos del futuro serán capaces de entender lo que sus antecesores presentes y pasados consideran tras el vocablo «representación».

La preocupación de Derrida inci­de en la interpretación: en la du­da de que el texto recoja el men­saje. Ya es así expresivo que las alternativas a la teofísica tradicio­nal tienden a permanecer atrapa­das en el viejo vocabulario y en los viejos dilemas. Mina así la elabo­ración de las ciencias humanas, desafiando la idea del hombre. También en Derrida el eje proble­mático es hermenéutico. La de­construcción derridiana —subraya el comentarista— puede entender­se de acuerdo con la crítica que hace la hermenéutica del autoen-tendimiento metafilosófico de la epistemología tradicional, pero también como si llevara esa críti­ca a sus límites extremos y la apli­cara también a la hermenéutica tradicional. Y esto le lleva a aten­der los procesos de indecibilidad y de diseminación.

A Michel Foucault lo comenta Mark Philp, profesor de Política en Oxford, quien se extraña de que su personaje se incluya en la serie: Foucault no es un constructor, si­no un iconoclasta. No trata de ofrecer nuevas soluciones ni de darnos sugestivos relatos históri­cos; esto lo hace de pasada: lo que le interesa es criticar la forma en que las sociedades modernas con­trolan y disciplinan a sus pueblos, aceptando las pretensiones cientí­ficas y el ejercicio de las ciencias humanas. Las ciencias del hombre han subvertido el orden clási­co del mandato político. Así, su aporte está ahí en la conversión del hombre en sujeto no sólo de las ciencias, sino del poder. El proble­ma de la forma de pensar, tan dis­tinta, por ejemplo, de la de los chi­nos, le hace comprender las diferencias impuestas por la his­toria, y de ahí arranca todo su proceso de reconstrucciones. Son nuestros compromisos conceptua­les los que nos enmarañan toda nuestra existencia y nos impiden tener un verdadero conocimiento de las cosas. El poder entremezcla la realidad y hace surgir una ver­dad acorde con sus intereses. Lla­ma a sus exposiciones «genealo­gías», y levanta su realidad frente a los discursos idealizados y tota­lizadores, pretende desenmascarar el funcionamiento del poder... En

el fondo, sostiene que no hay un sujeto humano constante en la historia, que falta esa supuesta antropología filosófica que califi­que uniformemente la condición humana.

Thomas Kuhn, teorizante de la estructura de las revoluciones cien­tíficas (título de una obra publi­cada en 1962 y pronto estimada clásica), es visto por Barry Barnes, profesor de Edimburgo. Se trata —dice Barnes— de uno de los po­cos historiadores de la Ciencia cu­ya obra es ampliamente conocida. Su Structure of Scientific Revolu-tions constituye punto de referen­cia rutinario para las discusiones concernientes al tema, probable­mente por esa tendencia de los an­glosajones a tener los pies en el suelo. Las dudas que plantea afec­tan al conjunto de nuestra proble­mática y en síntesis lo que puede llamarse el mito del racionalismo. Kuhn explica la estabilidad y el compromiso en la ciencia en tér­minos sociológicos, por la existen­cia de potentes mecanismos de so­cialización y de control social. Ha de preguntarse así cómo se reem­plazan y se descartan los sistemas establecidos. Para Kuhn la revo­lución científica se explica apo­yándose en episodios históricos concretos. Entre los aspectos im­portantes advertibles en la histo­ria de la evolución científica es ras­go clave la ausencia de cualquier justificación lógica e imperativa. Kuhn nos abre el camino de la su­peración de ciertas estrecheces mentales. No se trata de que la costumbre haya de sustituir al ra­zonamiento, sino que éste sea vis­to como una actividad profunda­mente convencional.

Alan Ryan, lector de Políticas en Oxford, hace la anatomía del aporte de John Rawls. Sorprende la atención mostrada por tanta gente hacia el libro de Rawls so­bre la justicia. Éste representa un vigoroso esfuerzo en el terreno de la filosofía moral y política muy sistemático y sutil. Se le ha consi­derado incomparable a cualquier otra obra de nuestro tiempo, y se ha pensado que sólo se puede pa­rangonar a la de John Stuart Mili. Su impacto ha sido muy relevan­te en los Estados Unidos, y es así

explicable su posterior recepción en otras partes. Verdad es que los problemas que plantea y las opcio­nes que ofrece tienen una explica­ción general, pues se refiere a los derechos de las personas en una consideración extensa y singular­mente adaptada al tipo de libera­lismo anglosajón. Es un libro —comenta Ryan— que nos pide que tomemos parte en un experi­mento mental: arreglar el mundo y sus instituciones sociales y eco­nómicas en compañía de otros cu­yo consentimiento hemos de ob­tener. Sirve así a la Gran Teoría, al imponerse la tarea de la justi­cia sistemática y totalizadora par­tiendo de unos mínimos primeros principios.

Juergen Habermas es explicado por Anthony Gíddens, sociólogo de Cambridge. Ante todo, ve en Habermas a uno de los típicos teó­ricos alemanes pero con la adición de un propio esfuerzo para conec­tar con las corrientes británica y yanqui. Así ha logrado fama mun­dial en plena juventud y ha logra­do difundir un sistema que se mue­ve en planos muy diversos con enfoque general enciclopédico. Se propone unir teoría y práctica en el mundo contemporáneo y con­vulso. Ante todo, le importa el fracaso de las prospecciones de Marx y la necesidad de ajustar el marxismo a nuestra cotidianeidad. Analiza, fundamentalmente, los cambios que se han producido en el capitalismo, así como las reser­vas que importa hacer a la filoso­fía positivista. Negando la existen­cia de un solo molde para todo nuestro conocimiento, ha sabido subrayar las interacciones simbó­licas y la relación entre conoci­miento e interés, e incluso el tema-eje de la comunicación con el ejemplo de la comunicación dis­torsionada. Otro gran aporte a la revisión del marxismo es el debi­litamiento de la lucha de clases. En conjunto nos ofrece no sólo una problemática de cuestiones abs­tractas, sino un catálogo crítico de temas prácticos.

Louis Althusser nos llega de la mano de Susan James, profesora de Filosofía en Cambridge. Parte la autora de la situación de la teo­ría marxista en la Gran Bretaña.

Tras acallarse las heterodoxias por el estalinismo y dominar académi­camente el liberalismo, a partir de los años sesenta, la Universidad británica recibe una oleada de tex­tos marxistas europeos y entre ellos el decisivo de Althusser. En efecto, la revisión del pensamien­to marxista —con sus insuficien­cias— es un gran aporte. A Marx debemos una reflexión sobre el cambio social que puede ser visto no ya como materialismo históri­co, sino como ciencia de la histo­ria. No tanto los textos, sino los conceptos es lo que permite a Al­thusser. La contradicción y la no-contradicción se iluminan en Marx por una totalidad estructurada. Puede así verse que los cambios en la estructura social están superde-terminados por numerosas contra­dicciones. Se llega así a un cierto determinismo, pero no puede irse más allá. Y, en consecuencia, el es­fuerzo althussiano, más que una conclusión, es una invitación a se­guir reflexionando. Sin duda, por ello, concluye Susan James, su obra ha tenido tan fuerte impacto entre los filósofos profesionales.

James Burn, antropólogo de Cornell, estudia la obra de Clau-de Lévi-Strauss. Parte de los Tris­tes trapiques para fijar ese primer descubrimiento de un lenguaje transhistórico e intercultural que caracterizará su obra entera. Ahí pinta todas las culturas como fra­casos ante los ojos del destino, acercándose a las formas humanas como hechos sociales, valores con­sensúales o selecciones dialécticas semejantes a los lenguajes. Su in­vestigación sobre los sistemas de parentesco —obra monumental y decisiva— supone un verdadero hito en la historia general de la teo­ría social. Consigue refinar abs­tracciones de reglas implícitas en el campo de las relaciones socia­les. Su temática centraliza una proposición reiterada: las culturas codifican sus propiedades imagi­nando sus transgresiones. El co­mentarista analiza la textura de su obra completa. Gran ayuda le presta el libro sobre los mitos: és­tos son a su significado como la música al sonido.

El último capítulo es, bien ex­plicablemente, el que de modo

más directo me ha interesado. En él, Stuart Clark, profesor de histo­ria en la Universidad de Swansea, hace un lúcido estudio del grupo de la revista Annales. Todos la re­conocemos como decisiva en la in­terpretación de los hechos, en re­lación con las mentalidades y no solamente con los reyes o los hé­roes. A la historia propagandísti­ca, estimulada por todas las Co­ronas para lograr afirmarse como voluntades providenciales, ha se­guido, gracias a los Annales, la presencia de los factores sociales y económicos. Clark no sólo su­braya lo que representan, en ese grupo, hombres como Braudel, si­no que reconoce sus antecedentes. Annales no es un principio, sino un desarrollo: ya habían estado en esa línea, los historiadores de Es­trasburgo, Bloch y Febvre. No ol­vido, leídos con olor de tinta re­ciente, Les rois taumaturgues, de Marc Bloch, y Leprobléme de l'in-croyance au VIe siecle, de Febvre. Y aún, quizá, sobre todo, el escrito postumo del primero, la Apologie de l'histoire ou Metier de I'histo­rien. Cuánto hay ahí de lo que lue­go desarrollaron Braudel y su gru­po. Pero acaso habría que hurgar más: no olvido de mis meditacio­nes histórico-jurídicas, frente a la consideración de las leyes —o de los libros de leyes, que es todavía menos— mi exigencia de incorpo­rar la economía y el pensamiento. Me influía un autor alemán, Hans Fehr, que venía pidiendo «más his­toria espiritual» («mehr Geistes ges-chichte in der Rechtsgeschichte»). Tornando al principio, habría que terminar con una apelación a los mecanismos de acción sobre la opinión culta de los españoles. ¿Sería posible en nuestras segun­das cadenas insertar temáticas se­mejantes? Porque todo lo que co­mentamos empezó siendo una serie de charlas en la radio depen­dientes de la BBC!



Juan Beneyto

Problemas en torno a un cambio de civilización. Modelos de futuro, nuevas tecnologías y tradición cultural

Varios autores

Vol. 31 de «El Laberinto». Ediciones de Nuevo Arte Thor. Barcelona, 1988.

politeísmo». Estos textos —sin ol­vidar el, para mi gusto, espléndi­do «Discurso numantino», de Fer­nando Sánchez-Dragó— son los que prevalecen en mi ánimo tras una completa lectura del volumen, hoy superado ya, seguramente, por las Actas que de las Jornadas se hayan publicado o estén —no lo sé— aún por publicar.

L. H. L.

Desamortización, deuda pública y crecimiento económico en Andalucía

M. González de Molina

(1820-1823). Diputación Provincial de Granada. Fundación Paco Natera. Granada, 1988, 443 págs.


STE es el resumen del dos-sier preparatorio de las Primeras Jornadas Internacionales que so­bre Modelos de futuro, nuevas tecnologías y tradición cultural se celebraron en Barcelona en no­viembre de 1988 para conmemo­rar los veinte años del Mayo de 1968, convocadas por el Departa­mento de Antropología Cultural e Historia de América y África, de la Universidad de Barcelona, y por el «Equipo de Dinamización de Nuevos Modelos de Cultura y So­ciedad», fundado en 1987. Al es­tar forzosamente sintetizados, mu­chos de esos trabajos pierden hilación y, consiguientemente, in­terés. Su variedad es, por otra par­te, un tanto desorientador a. Mu­chos otros repiten temas, pero también, al hacerlo, los completan y perfilan. Así, por ejemplo, los relativos a nuevas tecnologías y nuevos enfoques para un cambio de civilización. Cuestiones como el etnocentrismo, las utopías, los ordenadores, aparecen una y otra vez. Y ello es lógico, pues perte­necen al meollo del Congreso, pe­ro la sensación repetitiva es ine­vitable. Mis preferencias como lector se van hacia capítulos me­nos resumidos como los de Ga-raudy («El Islam como proyecto de futuro»), Ellacuría («Utopía y profetismo desde América Lati­na»), el sugestivo debate Japón-Europa, entre Isomura y Edgar Morin, y la dura crítica de Alain de Benoist sobre Bernard-Henri Levy, en «Cultura, monoteísmo y



Introducción a la economía para historiadores

G. Tortella

Ed. Tecnos.

Madrid, 1987.

(23 x 15,5), 192 págs.

IN tono desenfadado en oca­siones, pero muy correcto grama­tical y estilísticamente, se exponen casi siempre con acuidad los prin­cipales temas que deben ser más familiares al historiador general, siempre según la opinión del ca­tedrático alicantino. A veces, sin embargo, el tratamiento se resiente de una excesiva elementalidad co­mo, verbi gratia, el de los ciclos económicos. Las ejemplificaciones son también, por lo común, muy atinadas, aunque se resienten, tal vez, de una excesiva referencia a la España contemporánea. Cierto apriorismo ideológico e igualmen­te una cierta hipertrofia del yo devalúan algo el rigor de los plan­teamientos, formulados en todo momento con irreprochable con­sideración hacia los historiadores generales, de cuyo oficio, empero, tiene el autor una idea acusa­damente simple. Muy pocas erra­tas tipográficas. Bibliografía se­lectiva.

J. M. Cuenca

NA rica y contrastada do­cumentación, fundamentalmente de naturaleza financiera y pro­veniente de los diversos archivos granadinos, constituye la sólida plataforma documental de esta ambiciosa obra, primitivamente tesis doctoral. La tesis vertebrado­ra de todo el trabajo la constituye una ya adelantada por el autor en artículos y monografías previos —algunos en colaboración con el destacado investigador Miguel García Oliver—. En la región an­daluza, y muy especialmente en la Penibética, el proceso desamorti-zador se redujo en gran medida a un mero relevo en los títulos de propiedad y con él a una multipli­cación de las unidades de renta. En general, faltó espíritu capita­lista y se echó en falta un plan de inversiones generalizado y audaz. Discutible en más de un punto, es­te libro viene a alinearse, en la más sobresaliente línea de los estudios sobre la desamortización hispana, en una de sus etapas más desasis­tidas hasta el presente de concien­zudas aportaciones. Completa bi­bliografía.



J. M. Cuenca

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