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Cuentos jasídicos


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Textos Varios
Cuentos jasídicos
En la víspera de Iom Kipur estaban todos los Jasidim en el Beit Hakneset, esperando la llegada del Rabí. El tiempo pasaba y el Rabí no aparecía.

Dijo una de las mujeres:

- “Pasará un buen rato hasta que dé comienzo el servicio. Y yo que me apresuré tanto, y mi niño quedó solo en casa. Iré a ver si despertó, y volveré enseguida”

Al llegar a su casa puso el oído junto a la puerta, todo estaba en silencio.

Abrió la puerta y vio al Rabí con el niño en brazos.

Camino al Beit Hakneset había escuchado el llanto de la criatura, y entró a jugar con él y cantarle hasta que se durmiera.



Martín Buber, Cuentos jasídicos
Textos Literarios
Los siguientes textos nos sirven para acercarnos a otras versiones de Iom Kipur, que planteada como un día profundamente religioso, es sin duda una parte fundamental de la identidad de muchos de aquellos judíos para quienes lo religioso no es lo central en sus vidas, incluyendo los que se declaran ateos. El fragmento de una entrevista que incluimos a continuación puede introducirnos a pensar cómo es vivenciado el judaísmo en una historia singular a partir de la recuperación de recuerdos y la interpretación que el entrevistado hace de ellos, y las reflexiones que siguen a continuación nos aportan una lectura original de Iom Kipur que fue publicada en un compilado de textos pensados como recursos educativos.
Extractos de una entrevista a Jorge Zentner
Jorge Zentner nació en la pequeña localidad argentina de Basavilbaso en 1953. Se formó como periodista y como psicólogo y comenzó su carrera como guionista en prensa y en radios locales. Por causa de la dictadura argentina, se exilió en España en 1977 y comenzó a trabajar redactando guías de uso para trabajadores, manuales de bricolaje y otros encargos similares
hasta que encauzó su vocación hacia el guión de historietas.
Desde su primera colaboración con Rubén Pellejero en Cimoc (en 1981) fue forjando una carrera ascendente y plena de calidad con las sagas de Monsieur Grifatton, Dieter Lumpen o Malka (con esta obra logró el premio Alph-Art del Festival d'Angoulême al mejor libro extranjero de cómics publicado en Francia en 1996, y varios en el Salón Internacional del Cómic de Gijón).
Luego, con Tabú consiguió el premio al mejor guión de 1991 otorgado en Barcelona en el Saló del Còmic de 2000. Ha escrito guiones para los dibujantes Tha, Mattoti, Nine, Sala, Chiesa, Olivié o Marcello Gaù (7 Balles pour Oxford, editada por Lombard en 2003). También es escritor, es autor de las novelas: Informes para Mertov (Anaya y Mario Muchnik, Madrid, 1991), el libro de relatos Mertov (Anaya y Mario Muchnik, Madrid, 1993) y diez libros infantiles, entre los que destaca Comemiedos (Destino, Barcelona, 2001) que obtuvo el premio Apel·les Mestres.
[…] “… Sin duda lo que ha incidido mucho en mí ha sido el modo en que mi familia ha vivido su judaísmo. Lo más "característico" de ese tipo de judaísmo es que... excluía por completo cualquier instancia religiosa o espiritual. Y no es que en mi casa "Dios no existiera". Es que el tema no existía. Alguna vez, según recuerdo, ante nuestras insistentes preguntas al respecto, mi padre se declaró "socialista y ateo"; más para cerrar la charla que para explicar nada. Mi madre dijo que nunca se había hecho ese tipo de preguntas... "No sabe no contesta". Mi abuelo materno, el único que conocí, iba todas las tardes a la sinagoga: un hábito, a mis ojos de niño, completamente críptico, incomprensible. Las fiestas judías (Pascua, Día del Perdón, Año Nuevo Judío) eran una buena cosa para nosotros, porque faltábamos a la escuela. Nos endomingaban y nos enviaban a jugar al patio de la sinagoga, con la excusa de "saludar a los abuelos". El "guardián del templo" acababa por echarnos a patadas porque hacíamos un ruido infernal.

Mi padre, "socialista y ateo", sólo iba a la sinagoga una vez al año, media


hora, en Iom Kipur, el Día del Perdón. Se ponía traje y sombrero y
presenciaba el "Kadish", la plegaria por los muertos. Era la única
"concesión" que hacía, en memoria de su padre muerto.

Creo que todos estos datos pueden transmitir una idea acerca de


la "escala de valores" que en ese orden de cosas he recibido... Algunos de
mis amigos católicos iban a misa, no todos. Algunos iban a catecismo...
Nunca entendí de qué se trataba. Otros eran "alemanes del Volga", es decir
rusos de muy antiguo origen alemán. Eran familias, en su mayoría,
protestantes. ¿Qué significaba eso para el niño o adolescente que yo era...?
Nada de nada. En aquel contexto, todo lo que sabíamos era que judíos y
cristianos... no éramos "iguales". La "diferencia", además, se hacía
evidente en la escuela, cuando íbamos a mear. Por supuesto, la realidad
cotidiana estaba plagada de prejuicios, pero no de carácter religioso. Hoy
se diría... "prejuicios étnicos". Culturales.

Muchos de nosotros, los judíos, tras cumplir con nuestras obligaciones


escolares, asistíamos además todos los días a clase en la escuela ydish.
Algunos de mis amigos judíos no iban, o iban sólo de vez en cuando. Pero mi
padre, en eso, era inflexible: por allí, por esa escuela ydish y laica,
pasaba realmente, para él, la tradición judía. Insisto: era una tradición
secular. Y es que su padre, un hombre muy culto y politizado, militante
activo del radicalismo Irigoyenista, había sido uno de los primeros maestros
argentinos en lograr la doble titulación docente: en castellano y en ydish.
De modo que nosotros íbamos cada tarde tres o cuatro horas a la escuela
ydish, sobre todo a jugar. Los viernes se hacía un "Cabalat Shabat", una
pequeña fiesta para recibir el "Shabat". Se encendían velas y se recitaba:
«baruj atá adonai eloeinu...» Nos teníamos que poner una "Kipá" en la
cabeza, nunca supimos la razón, y repetíamos la plegaria sin entender una
sola palabra... Año tras año, los maestros nos iban relatando, en castellano
(porque no entendíamos nada cuando nos hablaban en ydish)... el Antiguo
Testamento. ¡Pero la asignatura se llamaba "Historia del Pueblo Judío"! Otra
vez: de "religión", ni una palabra. O sea que la cosmogonía judía nos era
transmitida como Historia, "desde la Razón", no desde la Fe. Ya te puedes
imaginar el tipo de formación que uno puede recibir con ese método, y la
idea que un niño puede llegar a hacerse de la realidad... cuando te cuentan
que provienes de un antiquísimo encadenamiento de guerras, milagros, éxodos, mensajes del cielo... y que todo eso es "Historia"... y que todo eso "está escrito en un libro".

Podríamos decir, entonces, que provengo de una familia judía argentina


bastante "representativa". Al abandonar el "Shtetl" (pequeña aldea) de
Europa del Este y emigrar a la Argentina (en 1900), esa gente empieza a
"entrar lentamente en la Modernidad" y a secularizarse. Les ocurrió lo mismo
que les había ocurrido a otros judíos alemanes, rusos, rumanos, húngaros,
checos, polacos... algunos años antes. El ingreso en la Ilustración, en la
"religión de la Razón", puso en crisis sus valores más profundos. Hubo
continuidad en muchas tradiciones (comidas, fiestas, etc.) pero fue total la
ruptura con la tradición religiosa.

Dado que el hombre tiene, debido a su conciencia de la condición de mortal,


lo que podríamos llamar una necesidad, una "pulsión de trascendencia", esos
individuos que ya no profesaban fe en el Dios de sus abuelos... tuvieron que
buscar otras respuestas para las preguntas fundamentales, y otras vías de
trascendencia. Es lo que explica, a mi entender, la presencia de tantos
judíos en los movimientos revolucionarios de corte marxista, en las
ciencias, en las bellas artes, etc. A mí me gusta pensar que es de ahí, de
esa crisis, de ese "vacío espiritual", que vienen tantos pintores y músicos
y escritores de vanguardia, y Freud, y Einstein... Y también el movimiento
político moderno llamado sionismo, de corte nacionalista, que tiene sus
orígenes en la misma época y en personas que no destacaban por su fervor
religioso...

La literatura de Isaac Bashevis Singer es, me parece, la que mejor aborda y


plasma esta problemática del judío de Europa del Este y su entrada en la
Ilustración y en la Modernidad. Su "dilema" ante lo religioso y lo secular.
También la escritura de Joseph Roth gira muchas veces en torno a lo mismo.
De otra manera, si se quiere más "abstracta", también la obra de Kafka trata
de lo mismo o, tal vez es mejor decir: surge de lo mismo.

En cualquier caso, lo cierto es que, aunque yo no me "diera cuenta" en ese


momento, para mí la literatura fue desde el principio percibida como el
"lugar de trascendencia". Fue lo que venía a ocupar el vacío dejado por la
religión ausente. Fue lo percibido como "dador de sentido". Ya lo he dicho
antes con otras palabras, al hablar de lo recibido en las narraciones
paternas: un lugar de integración. Hay una frase de Kafka, con la cual yo me
he sentido muy identificado a lo largo de muchos años: "Escribir como quien
reza". Es decir: escribir como quien practica un acto ritual, mediante el
cual establecer contacto con una profunda instancia espiritual. El deseo de
escribir sería, en ese contexto, buscar la articulación de un diálogo íntimo
con lo universal. Y, puesto que esa instancia espiritual es "escurridiza" y
tiene por característica fundamental el no dejarse atrapar por "la forma",
ese deseo de escribir llevaría implícito el reconocimiento de la
"imposibilidad escrituraria". "Escribir como quien reza" equivaldría a ir,
todavía mediante la palabra, al encuentro del silencio, de lo
impronunciable... Toda la obra de Samuel Beckett, pienso, podría ser leída
desde esta perspectiva. Y también la obra de Edmond Jabès, y de tantos
otros...

Entonces, para resumir la respuesta a tu pregunta: yo creo que en


todo lo que escribo aparece mi "condición de judío". Es decir: del judío que
soy yo: un individuo que se ha criado en la carencia de un camino espiritual
nítido y bien señalizado; un individuo al que no le ha sido dado caminar por
la senda de la Fe de sus antepasados, sino por una de las aceras sustitutas
que le ha ofrecido la Modernidad. Si observamos con atención, veremos que la
mayoría de mis historias son perfectamente legibles. La forma es
"transparente". Y, sin embargo, al mismo tiempo "el sentido" jamás es
evidente ni unívoco. En mis libros Mertov e Informes para Mertov todo esto
está bastante claro. […]

Morir por un día
Por Judith Berinstein

Extraído de “Polifonías para Iamim Noraim


En el judaísmo la prioridad máxima es la vida. Pero hay una excepción en el
tratamiento que se da a la muerte: los Iamim Noraim (Rosh Hashaná y Iom Kipur, los Días Temibles).
Hasta tal punto esto es así, dice el rabino Irving Greenberg en su libro
"The Jewish Way", que Iom Kipur "estructura un encuentro imaginario con la muerte: en este día, los judíos visten un "Kitel", una bata blanca que se asemeja a la mortaja que los envolverá a la hora de su entierro; los procesos vitales de comer, beber, higienizarse y la sexualidad cesan por 24 horas; la culpa (en forma de confesión) y el encuentro con los muertos (en la oración de Izkor) impregnan el día...

La imagen central que subyace a todo el período de Iamim Noraim es la de un juicio en el que cada uno de nosotros, con el alma desnuda, se para ante Dios que todo lo sabe y del que no es posible ocultarse. Dejamos caer nuestras defensas, excusas y autojustificaciones, y tenemos la sensación de que la propia vida está en manos de otro y que el veredicto final podría llegar a ser una sentencia de muerte".


"Si la vida de uno se terminara ahora, ¿habría ella valido la pena?"
"Por milagro nosotros existimos. Pero los milagros pueden no ocurrir todos
los días".
Sin embargo el tono de la jornada es esperanzador. “Este encuentro con la
muerte está al servicio de la vida. No se trata de una autoflagelación masoquista. El objetivo no es asustarnos, sino que logremos una nueva apreciación de la vida".
Sólo conociendo cuán frágil ella es, podremos tratarla con genuino cuidado,
respeto y delicadeza. "Sólo concientizando la vulnerabilidad de los seres amados podremos atesorar cada momento con ellos".
Barajar y dar de nuevo

Ningún aspecto de nuestra vida es definitivo ni absolutamente imprescindible. Consecuentemente, uno puede revisar, modificar, a la luz de una nueva conciencia de las alternativas posibles. En Iom Kipur es como si toda la vida se detuviese y se pudiera "barajar y dar de nuevo".


La invitación es a la reflexión, a flexionarse sobre uno mismo para poder
"tomar conciencia de la acechante intrusión de la muerte en nuestras vidas". La rutina y el estancamiento son formas de muerte en vida. Vivir "en automático" embotando nuestros sentidos, insensibilizándonos y perdiendo nuestra capacidad de responder a males tales como la crueldad, la injusticia y la indiferencia no sólo no nos protege (como anhelaríamos) de las experiencias
dolorosas, sino que nos priva, de hecho, de vivenciar a pleno las experiencias positivas.

La invitación, entonces, es a detenerte a examinar tu vida "con el objetivo


de superar las rutinas que bloquean tu capacidad de evaluar, corregir y cambiar". La propuesta es que, en lugar de quedarte allí parado, mudo testigo de como la muerte invade constantemente tu vida, contrapongas a esto crecimiento y renovación.
"Cuando dejamos de examinar nuestras vidas perdemos la capacidad de dar
respuestas apropiadas a la variedad de experiencias que nos presenta la vida".
"Para el judaísmo la única forma de superar la muerte (en vida) es el
re-nacimiento".

Extracto de “Libro del desasosiego”

Por Fernando Pessoa

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¿Dónde está Dios, aunque no exista? Quiero rezar y llorar, arrepentirme de crímenes que no he cometido, disfrutar de ser perdonado por una caricia no propiamente maternal.

Un regazo para llorar, pero un regazo enorme, sin forma, espacioso como una noche de verano, y sin embargo cercano, caliente, femenino, al lado de cualquier fuego… Poder llorar allí cosas impensables, faltas que no sé cuáles son, ternuras de cosas inexistentes, y grandes dudas crispadas de no sé qué futuro…

Una infancia nueva, un ama vieja otra vez, y una cama pequeña dónde acabe por dormirme, entre cuentos que arrullan, mal oídos, con una intención que se pone tibia, de rayos que penetraban en jóvenes cabellos rubios como el trigo… Y todo esto muy grande, muy eterno, definitivo para siempre, de la estatura única de Dios, allá en el fondo triste y somnoliento de la realidad última de las cosas…

Un regazo o una cuna o un brazo caliente alrededor de mi cuello… Una voz que canta bajo y parece hacerme llorar… El ruido de la lumbre en el hogar… Un calor en el invierno… Un extravío suave de mi conciencia…Y después, sin ruido, un sueño tranquilo en un espacio enorme, como la luna rodando entre estrellas…

Cuando pongo aparte mis […] y coloco en un rincón, con cuidado lleno de cariño –con ganas de darle besos- mis juguetes, mis palabras, las imágenes, las frases -¡Me quedo tan pequeño y tan inofensivo, tan solo en un cuarto tan grande y tan triste, tan profundamente triste!...

Después de todo, ¿quién soy yo cuando no juego? Un pobre huérfano, abandonado en las calles de las sensaciones, tiritando de frío en las esquinas de la Realidad, teniendo que dormir en los escalones de la Tristeza y que comer el pan regalado de la Fantasía. De un padre sé el nombre; me han dicho que se llama Dios, pero el nombre no me da idea de nada. A veces, de noche, cuando me siento solo, le llamo y lloro, y rehago una idea de él a la que poder amar… Pero después pienso que no le conozco, que quizás no sea así, que quizás no sea nunca ese padre de mi alma…

¿Cuándo se terminará todo esto, estas calles por las que arrastro mi miseria, y estos escalones donde encojo mi frío y siento las manos de la noche entre mis harapos? Si un día viniese Dios a buscarme y me llevase a su casa y me diese calor y afecto… A veces pienso esto y lloro con alegría al pensar que puedo pensarlo… Pero el viento se arrastra por la calle y las hojas caen en la acera… Alzo los ojos y veo las estrellas que no tienen ningún sentido… Y de todo esto apenas quedo yo, un pobre niño abandonado, que ningún Amor quiso por hijo adoptivo, ni ninguna Amistad por compañero de juegos.

Tengo mucho frío. Estoy tan cansado en mi abandono. Ve a buscar, oh Viento, a mi Madre. Llévame por la Noche a la casa que no he conocido… Vuelve a darme, oh Silencio. […], mi alma y mi cuna y mi canción con que me dormía.


No te salves

Por Mario Benedetti

Extraído de “Poemas de Otros”
No te quedes inmóvil al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca.
No te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer lo párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo.
Pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el jubilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.


Hay que compadecerlos

Por Oliverio Girando

Extraido de “Persuasión de los días”


No saben.

¡Perdonadlos!

No saben lo que han hecho,

lo que hacen,

por qué matan,

por qué hieren las piedras,

masacran los paisajes...

No saben.

No lo saben...

No saben por qué mueren.


Se nutren,

se han nutrido

de hediondas imposturas,

de cancerosos miasmas,

de vocablos sin pulpa,

sin carozo,

sin jugo,

de negras reses de humo,

de canciones en pasta,

de pasionales sombras con voces de ventrílocuo.


Viven

entre lo fétido,

una inquietud de orzuelo,

de vejiga pletórica,

de urticaria florida que cultiva el ayuno,

el sudor estancado,

la iniquidad encinta.
No creen.

No creen en nada

más que en el moco hervido.

en el ideal,

chirriante,

de las aplanadoras,

en las agrias arcadas

que atormentan al éter,

en todas las mentiras

que engendran las matrices de plomo derretido

el papel embobado

y en bobina.


Son blandos,

son de sebo,

de corrompido sebo triturado

por engranajes sádicos,

por ruidos asesinos,

por cuanto escupitajo se esconde en el anónimo,

para hundirles sus uñas de raíces cuadradas

y dotarlos de un alma de trapo de cocina.


Sólo piensan en cifras, en fórmulas, en pesos,

en sacarle provecho hasta a sus excrementos.

Escupen las veredas,

escupen los tranvías,

para eludir las horas

y demostrar que existen.


No pueden rebelarse.

Los empuja la inercia,

el terror,

el engaño,

las plumas sobornadas,

los consorcios sin sexo que ha parido la usura

y que nunca se sacian de fabricar cadáveres.
Se niegan al coloquio del agua con las piedras.

Ignoran el misterio del gusano,

del aire.

Ven las nubes,

la arena,

y no caen de rodillas.

No quedan deslumbrados por vivir entre venas.

Sólo buscan la dicha en las suelas de goma.

Si se acercan a un árbol no es más que para mearlo.

Son capaces de todo con tal de no escucharse,

con tal de no estar solos.
¿Cómo,

cómo sabrían

lo que han hecho,

lo que hacen?


¿Algo tiene de extraño

que deserten del asco,

de la hiel,

del cansancio?


Sólo puede esperarse

que defiendan el plomo,

que mueran por el guano,

que cumplan la proeza

de arrasar lo que encuentren y exterminarlo todo,

para que el hambre extienda sus tapices de espanto

y desate su bolsa ahíta de calambres.
Son ferozmente crueles.

Son ferozmente estúpidos...

pero son inocentes.
¡Hay que compadecerlos!

Un viejo amerindio estaba hablando con su nieto.


Le decía: "Me siento como si tuviera dos lobos peleando en mi corazón.
Uno de los dos es un lobo enojado, violento y vengador. El otro está lleno de amor y compasión".
El nieto preguntó: "Abuelo, dime, ¿cuál de los dos lobos ganará la pelea en tu corazón?". El abuelo contestó: "Aquel que yo alimente".


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