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Cuentos de animales


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CUENTOS DE ANIMALES
El mochuelo y el gato  [28-12-2006]

Versión 1.


INFORMANTE: Cristina (Algeciras, Cádiz)
RECOGIDO POR: Proyecto Viejos Cuentos.

Este es un sencillo cuento de un gato y un mochuelo. Que no mucho, pero sí eran un poco amigos. Un día pensó el gato en ir a casa de su amigo el mochuelo. Por el camino del bosque se encuentra a sus vecinos, el perro y el gallo.


-¡Adiós vecinos!
-¡Adiós! -contestan ellos-.
Sigue andando hasta llegar a casa de su amigo el mochuelo.
-¡Toc-toc!
-¿Quién es? –preguntó el mochuelo-.
-Soy yo, el amigo gato, que hace mucho tiempo que no nos veíamos y pensé hacerte una visita.
-Esta bien, ¡entra! –y le abrió la puerta- ¡Cuánto tiempo, amigo gato!
-¡Que alegría me da verte, amigo mochuelo!
-Pasa, pasa y acércate a la chimenea, que hace frío.
Se sentaron los dos, y al calor de la lumbre empezaron a contarse sus cosas, de cómo les iba la vida, a recordar viejos tiempos…
Cuando de dieron cuenta era las tantas.
-¡Pero qué tarde es! Nos hemos puesto a hablar y nos olvidamos hasta de comer.
Y el mochuelo invitó a su amigo gato a cenar.
-Pero antes enséñame la casa.
-No tiene mucho que ver, es una casita pequeña de paja. Pero pasa, pasa, pasa. Estos son los dormitorios -le decía, mientras lo miraba por el rabillo del ojo.
-¿Por qué me miras así?
-Porque no me fío ni una pluma de ti.
-Pero somos amigos, ¿no?
Acabaron de ver la casita y se pusieron a preparar la cena, semillas de árboles para el mochuelo y ratoncillos para el gato.
-Hemos tenido una buena cena para los dos –dijo el mochuelo-.
Era ya tarde y el mochuelo empezó a preparase su camita.
Mientras, el gato pensaba: “La casa me queda lejos, es muy tarde y hace una mala noche”. Así se lo dijo a su amigo el mochuelo. Y le pidió pasar la noche con él. El mochuelo, no muy convencido, le dejó pasar la noche con él. Hicieron las dos camitas y se echaron a dormir.
Pero el mochuelo, como no estaba muy tranquilo, dormía con un ojito cerrado y el otro abierto.
El gato, que de vez en cuando lo miraba, le preguntaba:
-¿Tú porque duermes con un ojito cerrado y otro abierto?
-Porque con el amigo que no es cierto se tiene que dormir con un ojito cerrado y otro abierto –le contestó, el amigo mochuelo-.

Versión 2.


INFORMANTE: Pedro Guerra, 80 años (Algar, Cádiz).
RECOGIDO POR: Diego José Menacho.

Esto era un mochuelo y era una noche muy mala, con mucho frío y mojada. Vio una luz muy lejos y dice: “Yo me voy a acercar a ver qué es aquello”. Y era el chozo de un gato. Y le dice el mochuelo:


-¿Me puedo quedar esta noche aquí?
-Sí, entra para adentro.
El mochuelo entró y se sentó en una silla. El gato estaba tumbado en la ceniza y miraba de vez en cuando al mochuelo.
Por la mañana le dijo el gato:
-Amigo, esta noche has dormido poco.
Y el mochuelo le contestó:
-Cuando el amigo es incierto hay que dormir con un ojo cerrado y el otro abierto.

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La zorra y el jabalí  [01-11-2006]

INFORMANTE: Gabriel el guarda (Algeciras, Cádiz).


RECOGIDO POR: Juan Ignacio Pérez.

Esta era una familia que vivía en un cortijo y que tenía ganado de todas clases. El corral tenía una valla con una salida que daba al campo y por allí se metía noche sí y noche no una zorra que los estaba dejando sin gallinas.


Un día, el dueño, como vio que a ese ritmo se quedaba sin animales, empezó sacar de allí las gallinas y metió un cochino jabalí que habían engordado en el cortijo. Cuando la zorra entró en el corral, se puso a dar vueltas y vueltas buscando algo que llevarse a la boca y, como estaba muertecita de hambre, le tiró un bocado al cochino, que estaba acostado. ¡Para qué se lo tiró! El animal se levantó como lo que era, como un verraco, y se puso a perseguir a la zorra y a pisotearla sin parar.
Al ruido se levantaron los del cortijo y el hombre cogió a la zorra, que parecía ya muerta, y le dijo:
Anda, bicho malino,
que te hartaste de gallinas
y no pudiste con el cochino.
Y se la llevó arrastrando. La puso encima de una piedra y allí la dejó para que se la comieran los buitres. Pero la zorra se levantó y, en cuanto vio el camino libre, salió pitando que se las pelaba. ¡Anda que no se hizo bien la muerta ni ná!

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Los recursos de los animales  [30-09-2006]

INFORMANTE: María José Pacheco (Tarifa, Cádiz).


RECOGIDO POR: Proyecto Viejos Cuentos

Surgió una vez una discusión entre algunos animales del monte: el lobo, el zorro, el gato y la liebre. No había forma de que se pusieran de acuerdo, así que llamaron al oso para que hiciera de juez. El oso llegó y preguntó:


-¿Por qué motivo os peleáis?
-Estamos discutiendo sobre cuántas formas tiene cada uno para poder salvar la vida en un momento de peligro.
-Bien, ¿cuántas conoces tú? –le preguntó al lobo.
-Yo cien –contestó el lobo.
-¿Y tú? – le preguntó el oso al zorro.
-Mil.
-¿Y tú? –le pregunto a la liebre.
-Yo solamente puedo correr.
Por último le preguntó al gato, que dijo:
-Pues yo no conozco más que una.
Entonces al oso se le ocurrió poner a prueba a los demás animales. Primero se arrojó sobre el lobo y tanto le apretó que casi lo mata. El zorro había empezado a correr, pero el oso lo agarró por la punta de la cola. Por eso hoy tiene una mancha en el rabo. La liebre se fue corriendo. El gato trepó tranquilamente a un árbol y cuando estaba arriba empezó a cantar:
Al que conocía cien recursos lo han cazado.
Al que conocía mil lo han mutilado.
La de las largas patas todavía tiene que seguir corriendo.
Y el que sólo conocía una escapatoria es el que mejor ha salido parado.
Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

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El gallo de la veleta  [29-05-2006]

Versión 1.
INFORMANTE: David Utrera (Algeciras, Cádiz).
RECOGIDO POR: Catalina Ocaña.

Había una vez, hace mucho tiempo, una pequeña aldea donde vivían muchos animales, entre ellos un pequeño gallo que era muy orgulloso y altivo. Todos los días se arreglaba mucho y paseaba por el lugar pensando que aquello no era para él.


Un buen día decidió marcharse a buscar un lugar más digno para él, un castillo, por ejemplo. Todos los vecinos le aconsejaron que no fuera tan orgulloso porque podría lamentarlo, pero el gallo no escuchó tan sabio consejo y se fue.
Por el camino se encontró con el agua de un río que no podía seguir su cauce normal por culpa de unas ramas caídas. El río le pidió ayuda:
-¡Gallito, gallito, quítame estas ramas que me hacen daño!
Pero el gallo se preocupó y le contestó que tenía cosas más importantes que hacer. Siguió andando y se encontró con el viento, que estaba en apuros porque se había caído al fondo de un pozo y no podía salir. Al oír pasar al gallo, le dijo:
-¡Gallito, gallito, ayúdame, que no puedo salir!
Pero el orgulloso gallo tampoco le ayudó.
Por fin llegó a un castillo y con gran decisión llamó a la puerta. Al momento apareció un hombretón que cogió al gallo entre sus manos y dijo:
-¡Qué bien! Me servirás de veleta.
El hombretón llevó al gallo a la torre y lo amarró en el palo más alto. El gallo lloraba pensando en su mala suerte. Entonces apareció la lluvia y el gallo suplicó:
-¡Señora lluvia, por favor, ayúdame!
Pero la lluvia le recordó que no le había ayudado cuando era agua de río, y pasó de largo.
Más tarde pasó el viento y el gallo también le pidió ayuda, pero el viento le contestó:
-Cuando te necesité no quisiste socorrerme, no piense que voy a ayudarte yo ahora.
Y allí solo, en lo alto de la torre, tuvo el gallo tiempo de pensar y de comprender todo lo que le había pasado.

Versión 2.


SIN DATOS DE INFORMANTE (Barriada de Los Pastores, Algeciras, Cádiz).
RECOGIDO POR: Proyecto Viejos Cuentos.

Érase una vez un pollito que, escarbando en el corral, se encontró medio real. Pasó un rey y se lo pidió prestado para devolvérselo al día siguiente.


Pasó un día y el rey no vino, así que el pollito se puso en camino hacia el palacio real. En la mitad del camino se encontró un río que tenía piedras y le dijo al pollito:
-Pollito, quítame las piedras, que no puedo correr.
El pollito le contestó que no, que tenía prisa, y siguió su camino.
Más adelante se encontró un fuego que se estaba apagando que le dijo:
-Pollito, por favor, dame un poco de aire con tus alas, que me estoy apagando.
Pero como el pollito llevaba prisa, no quiso ayudarle.
Al final del camino se encontró con el viento, que le dijo:
-Pollito, ¿puedes quitarme esas ramas, que no puedo pasar?
Y el pollito respondió:
-No, tengo mucha prisa.
Entró en el palacio real y el rey no le recibió, sino que mandó al cocinero para que lo cociera en una olla. Dentro de la olla, el pollito dijo:
-¡Agua, no subas, que me estás ahogando!
Y el agua le contestó:
-Cuando te pedí que me ayudaras no lo hiciste.
Entonces el pollito se dirigió al fuego diciéndole:
-¡Por favor, fuego, no ardas tanto, que me estás quemando!
Y el fuego le respondió:
-Cuando pedí tu ayuda me la negaste.
Y siguió ardiendo. El pollo dio un salto y el viento que pasaba por allí lo arrastró hasta la veleta de la torre. El pollito dijo:
-¡Por favor, viento, no me arrastres!
Y el viento le contestó:
-Cuando te pedí ayuda no me la diste.
Por eso, cuando hace viento, el gallito de la veleta da vueltas sin parar, quizás buscando a alguien que le pueda ayudar a bajar de allí.

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El gato y el zorro  [23-04-2006]

INFORMANTE: Trini (Los Barrios, Cádiz).


RECOGIDO POR: Proyecto Viejos Cuentos.

Érase una vez un gato que vivía con su amo en el campo y tenía la costumbre de ir a orinar bajo un árbol. Había un zorro que se lo quería comer y el gato, cada vez que lo veía llegar, se subía al árbol. El zorro ya no sabía cómo cogerlo, así que le dijo:


-Mira, gatito, ¿por qué no te compras unos zapatos y así no te pinchas los pies cada vez que te subes al árbol?
El gato, ajeno a lo que pensaba el zorro, se compró unos zapatos y al día siguiente se fue a orinar con sus zapatos puestos. Cuando vio venir al zorro intentó subir al árbol, pero no podía porque se resbalaba, y así el zorro consiguió cogerlo. El pobre gato estaba tan asustado que le dijo:
-No me comas, que estoy flaquito. Mi amo ha ido al pueblo y me traído un salchichón; cuando me lo coma me pondré más gordito y entonces vengo y tú me comes.
Pero pasaban los días y el gato ya no iba a orinar al árbol, así que el zorro se pasó por la casa del amo y lo vio asomado a una ventana, y le dijo:
-Gatito, ¿no decías que cuando te comieras el salchichón ibas a venir para que yo te comiera?
Y dice el gato:
-Sí, pero es que mi amo me ha comprado un orinal para que haga pipí en casa.

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La cigüeña y la zorra  [27-01-2006]

INFORMANTE: Francisco Castro Salvatierra (Tahivilla, Tarifa, Cádiz).


RECOGIDO POR: Juan Ignacio Pérez.

Picorrojo era una cigüeña bonachona y desgarbada que tenía su nido en lo más alto de la copa de un chaparro. Más abajo, entre las raíces del mismo tenía su madriguera una zorra que era muy mal encarada y que todos conocían como Malaúva. En el tronco del árbol había una oquedad, agujero donde tenía su nido un anciano búho.


Aunque la cigüeña y la zorra se trataban de comadres, no se llevaban nada bien porque la zorra le hacía muchas cosas desagradables a la cigüeña: le decía que se iba a comer a sus cigüeñitos, le hacía burla, en fin, le jugaba malas pasadas. Por ejemplo, un día la invitó a gachas:
-Comadre, que he hecho unas gachas y quiero que usted las coma conmigo.
Pero sirvió las gachas en una losa muy amplia y muy llanita que había cerca de su madriguera y fue una capa tan delgada la que puso de gachas que la cigüeña no picaba nada; en cambio, Malaúva, lengüetazo va, lengüetazo viene, se la zampó toda, y encima tuvo la cara dura de decir:
-Eh, comadre, valiente pechaílla se ha dao usted de comer, ahora se v a tirar unos días sin apetito.
La pobre cigüeña aguantó esa broma tan burlona y pesada y se subió a su nido con la misma hambre con que había bajado, y encima había servido de risa a la zorra.
El búho no perdía de vista estos detalles y, como era amigo de la cigüeña, siempre estaba pendiente de hacer una mala pasada a la zorra para darle un escarmiento. Bueno, pues a raíz de las gachas, el búho subió al nido de la cigüeña y le hablo muy quedamente, muy calladito, para que no se enterara Malaúva, y la cigüeña se dispuso a poner en práctica lo que le había propuesto el búho.
Se fue al cañaveral, cortó un canuto, lo más gordo que encontró para que cupiera muy bien su pico, hizo unas migas y desde el borde del nido le dijo a la zorra:
-Eh, comadre, que he hecho hoy unas migas y quiero que usted las pruebe. Como usted no puede subir, yo voy a bajar y las comemos las dos.
La cigüeña, colocó su canuto lleno de migas entre dos piedras para que se mantuviera en pie, y a comer se ha dicho o, como se decía antes, “Jesús, María y José, vamos a comer”.
Cuando la cigüeña metía el pico cogía una buena porción de migas; en cambio, como el hocico de Malaúva no cabía, no cogía nada. Y viendo Malaúva que ella no iba a comer, cogió el canuto con la boca, lo hizo trizas y se comió las migas. La pobre cigüeña se sintió burlado y, además, habiendo comido poco. El búho se tiró toda la tarde pensando a ver qué podía urdir para dar un escarmiento a la zorra y, por la mañana, subió al nido de Picorrojo. Y, aunque Picorrojo no quería, la convenció. Y Picorrojo llamó a su comadre con mucha alegría:
-Comadre, que me han invitado a una boda en el cielo, lo que siento es que usted no va a poder venir. Y mire: hay pavo relleno, gallina en pepitoria, pollitos dorados, el queso que quiera, gorrinitos al horno... Aquello va a ser un desastre de comida. Aunque... desde luego, si usted no viene es porque no quiere: usted se sube a mis espaldas, se agarra bien a las plumas del cuello y en ayunas que está la puedo llevar.
La zorra dijo que sí, pensando en el hartón de comida.
-Pues vamos a subir, porque la boda es lejos.
Se subió la zorra y la cigüeña echó a volar.
-Oiga, usted debe tener pulgas, pues me pica la espalda. Agárrese, que me voy a sacudir.
Y tal fue la sacudida que la zorra quedó en caída libre en el aire. No veas la pobrecita el pánico que sentía de ver cómo la tierra subía hacia arriba y sin remedio se espachurraba. Tuvo la suerte de caer en un arbusto con la copa muy apretada y muy espesa y muchos brotes tiernos, y eso le salvó la vida. Pero eso no la salvó de las contusiones, de las heridas y del pánico.
La cigüeña dio un rodeo para entrar en su nido para no encontrarse con Malaúva, pero el búho la estaba esperando y, en cuanto vio venir a la zorra, le preguntó:
-¡Qué! ¿Cómo ha ido la boda?
Y la zorra, imaginando que el búho sabía algo, dijo:
-Bien, pero mire usted: Si de esta escapo y no muero, no iré a más bodas en el cielo.
Y con esto termina el cuento, con pan y pimiento y rabanillos tuertos, para que no se olvide.

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La zorra y el alcaraván  [01-12-2005]

INFORMANTE: Ramón Tapia (Algeciras, Cádiz).


RECOGIDO POR. Juan Ignacio Pérez.

Había una vez un alcaraván que se puso chorreandito de la que estaba cayendo.


Esperando a que saliera el sol, se refugió debajo de unas zarzas y en éstas pasó la comadre zorra y se lo quiso comer. El alcaraván le dijo:
-Mira, ¿por qué no me enciendes una candelita para secarme y cuando esté sequito, entonces me comes? Es que, si no, se te van a empapar las tripas.
La comadre zorra le encendió una candela y el alcaraván se secó una alita, la otra alita y, cuando ya estaba casi seco, le dice:
-Mira, ya estoy casi seco.
-Pues, entonces, ya te voy a comer.
-Espera. Para que todo el mundo se entere que eres más lista que yo, súbete a aquel cerro donde están arando aquellos gañanes y les gritas: "¡Alcaraván comí, alcaraván comí!, y así todos te escuchan y luego vienes y me comes ya sequito.
Mientras la zorra subía el cerro, el alcaraván se encontró que ya podía volar, así que se fue por encima de ella y pensó:
-Ahora verás.
Llegó la zorra al cerro y se puso a gritar:
-¡Alcaraván comí, alcaraván comí!
Y el alcaraván, desde el aire, le contesta:
-¡A otro que no a mí, a otro que no a mí!
Y cuando va a mirar la zorra para arriba, ¡plom!, le cayó una cagaita del alcaraván en un ojo. Y así se fue el otro repitiendo:
-¡A otro que no a mí, a otro que no a mí!

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Los animales perseguidos  [28-10-2005]

Versión 1. Los animales perseguidos.


INFORMANTES: Remedios Cabello y Ana Navarro (Tarifa, Cádiz).
RECOGIDO POR: Mª Luz Díaz.

Era un hombre que tenía un burro que tenía muchos años. Dice el hombre:


-A este burro lo mato yo, porque está muy viejo y no me sirve para traer leña.
El burro se enteró que el amo lo quería matar y se fue de la casa. Se fue caminando y se encontró en un cortijo con un perro que ladraba desesperadamente. Dijo el burro:
-¡Compadre perro! ¿por qué ladra de esa manera?
-Porque yo ya soy muy viejo y no puedo correr detrás de los conejos y estoy ladrando mi último día.
-Pues vente conmigo -dijo el burro.
Más allá se encontraron un gato maullando y maullando, y le preguntan:
-Compadre gato, ¿por qué maúlla usted de esa manera?
-Porque me he escapado de casa, mi ama me quiere matar porque ya no puedo cazar ratones.
-Pues venga usted con nosotros.
Y el gato se subió también encima del burro. Más allá se encontraron un gallo cantando desesperado: “¡Kikirikiiii!”, y le preguntan:
-Compadre gallo, ¿por qué canta usted así?
-Porque la señorita le ha dicho a la cocinera que mañana me corte el pescuezo y me guise con arroz y estoy cantando mi último día.
-Pues venga con nosotros, que también a nosotros nos quieren matar y nos hemos escapado.
Siguieron caminando y se hizo de noche.
-Y ahora ¿qué vamos a hacer? Pues ahora nos vamos a quedar en este arbolito hasta mañana.
El burro se quedó bajo el árbol, el gato y el gallo se subieron en el árbol.
El gato y el gallo vieron una lucecita. Se subieron el perro en el burro, el gato sobre el perro y el gallo sobre el gato. Llegaron a una casa y vieron una mesa con muchos manjares y unos ladrones comiendo.
-Vamos a asustarlos para que se vayan y nos comemos la comida.
El burro dio patadas a la puerta y los ladrones se fueron asustados. Entonces ellos entraron y se hartaron de comer. Cuando comieron, el perro se sentó detrás de la puerta, el burro en la cuadra, el gato en la hornilla y el gallo en el árbol del patio.
Los ladrones dijeron:
-Hemos abandonado la casa sin saber lo que ocurría. Volvamos allí.
Un ladrón fue y el perro le dio un bocado, el burro le dio una patada y el gato le arañó la cara. El gallo empezó a cacarear y el ladrón salió disparado como alma que lleva el diablo. Y contó:
-Un hombre en el patio me ha dado con un mazazo grande que me ha dejado atontado, una hechicera en la cocina que mira cómo me ha dejado la cara y el señor juez diciendo: “tráelo aquí, tráelo aquí”. Total que allí no se puede ir.
Y les dejaron la casa para vivir a los animales.

Versión 2. Cuento de las siete morcillas.


INFORMANTE: Sebastiana Corrales (Facinas, Tarifa, Cádiz).
RECOGIDO POR: Estefanía Blázquez.

Esta era una viejecita que vivía en el campo y crió un cochino y, cuando estaba grandecito, pues lo mató y sacó de todo de él; le salieron siete morcillas que colgó en una cañita en el techo. Un día de los que salió al campo a trabajar, dejó la puerta abierta y entró un gato que, de un salto, cogió una. Cuando volvió, vio que le faltaba una.


Al segundo día le pasó lo mismo, pero al tercer día ya no se fue; cogió un palo y se escondió. En esto que entró el gato:
-Miau.
Dio un salto y cogió otra morcilla y la mujer le dio con un palo y le abrió la cabeza. El gato cogió un pañuelo, se lo amarró a la cabeza y se fue a buscar su vida.
Se encontró un gallo que se había escapado porque lo querían matar por Navidad, a un burro viejo que lo habían echado para que se muriera por ahí y a un carnero.
Cuando ya iban juntos se encontraron una cabeza de lobo y le dice el carnero al burro:
-Meta usted esa cabeza en las alforjas.
Un poco más adelante se encontraron un pato y siguieron todos juntos. Al rato vieron una lucecita a lo lejos. Y dice el carnero:
-¿Ustedes ven aquella lucecita que se ve allí tan lejos? Pues allí tenemos que ir.
Siguieron andando y llegaron a la casa, que estaba llena de lobos. Ellos se asustaron, pero cuando el carnero le dijo al burro...
-Saque la cabeza de lobo.
-¿Cuál, ésta?
-No, la otra más gorda.
-¿Esta?
-No, la otra más gorda.
... los lobos se fueron todos asustados. Ellos entraron en la casa y se colocaron así: el gato se enterró en las cenizas y dejó un ojo fuera, el gallo se puso en lo alto de la viga, el carnero y el burro en la puerta y el pato en la laguna.
Entonces llegó un viejecito arrecío y dice:
-¡Huy, aquí hay candelita!
Se puso a escarbar y le clavó el gato las uñas.
-Me cago en...
El gallo le echó una cagá en el ojo. Y el burro, al salir por la puerta, le metió dos patás y el carnero una trompá que le partieron dos costillas. El pato desde la laguna les dice:
-Cua, cua, cua.
Bueno, ahora el viejecito, cuando se fue de allí, contó su historia:
-Hola, aquí vengo que medio me han matado. Había un zapatero en el fuego y me clavó las cuatro leznas. Había un albañil en lo alto y me ha echado una palustrá de mezcla en el ojo. Y fuera, en la puerta, había una yunta de carreta que ha dado dos patás y una trompá que me ha partido dos costillas. Y al final había una puñetilla que decía: “Que se va, que se va”.

Versión 3. El cuento del asno.


INFORMANTE: María Sánchez (Alpandeire, Málaga).
RECOGIDO POR: Ana Mª Martínez y Juan Ignacio Pérez.

El asno vivía con su amo y el amo era muy malo, lo trataba muy mal y le pegaba mucho y le daba poca comida. Entonces, un buen día, le dio un palizón muy fuerte y se quedó allí en el suelo, como muerto. Y a las veinticuatro horas se dio él cuenta y se levantó él solo, y se fue adonde había un prado de hierba muy buena y allí estuvo un día y pensó:


-Ya no me vuelvo a ir más con mi amo. Voy a irme a la ciudad para hacerme músico.
Y entonces siguió andando y, ya que llevaba muchas leguas andadas, pues se encontró un perro y le dice:
-¿Dónde vas, amigo perro?
-Voy a la ciudad para hacerme músico.
-Pues vente conmigo que yo también voy allí.
Y entonces siguieron los dos andando hasta que ya divisaron la ciudad. Y a la entrada de la ciudad se encontraron a un gato que estaba maullando y entonces le dicen:
-¿Qué te pasa, amigo gato?
-Que tengo mucha hambre.
Y entonces el asno le dijo:
-Pues vente conmigo a la ciudad y te harás músico.
Y un poco más para arriba había un gallo que cantaba:
-Kikirikí, el capital del rey es para mí. Kikirikí, el capital del rey es para mí.
Y el dijo el asno:
-Amigo gallo, ¿te quieres venir con nosotros? Nos iremos a la ciudad y nos haremos todos músicos.
Y se bajó el gallo y se vino con ellos.
A la entrada del pueblo había una casa abandonada. Allí se metieron y el asno pensó, por si entraban ladrones (es que por aquel terreno había muchos ladrones), pensó ponerse en medio del edificio, encima el perro, después el gato y después el gallo, en lo alto. Y dice:
-Si vemos entrar a algún ladrón, pues empezamos todos a cantar y se forma esa música y se van.
De modo que, al momento, vinieron dos ladrones y empezó el asno a rebuznar, el perro a ladrar, el gallo a cantar y el gato a maullar. Y formaron una orquesta y los ladrones se asustaron.
Se fueron muy lejos y ya por allí no volvieron más. A la mañana siguiente se salieron todos a la calle y dijeron:
-Bueno, pues a repartir suerte. Cada uno por su lado y, si nos volvemos a juntar, formaremos otra orquesta otra vez.
Colorín colorado, este cuento se ha terminado.

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La zorra del rabo largo  [27-09-2005]

INFORMANTE: Ana Salas (Grazalema, Cádiz).


RECOGIDO POR: Juan Ignacio Pérez.

Había una vez una zorra que tenía un rabo muy largo. Iba por una calle cuando vio una barbería y dice:


-Yo me voy a cortar el rabo, que ya estoy cansada de mi rabo.
-¡Señor barbero, córteme usted este rabo, que ya estoy cansada de él!
El barbero se lo cortó y la zorra se fue calle abajo y ya no llevaba rabo. Pero cuando iba por la calle dice:
-¡Huy! Yo me voy a volver a por mi rabo, que estoy arrepentida de habérmelo cortado.
-¡Señor barbero, usted me da mi rabo!
-Pues ya lo he tirado a la basura. No se lo puedo dar.
-Entonces me tiene que dar unas tijeras de esas tan grandes que tiene ahí.
-Bueno, pues tome las tijeras porque el rabo ya no se lo puedo dar.
La zorra se fue calle abajo con las tijeras y vio a un pescadero que estaba limpiando el pescado con las manos. Y le dice:
-Pescadero, ¿qué está usted haciendo?
-Hija, que no tengo nada para cortarlo y aquí estoy limpiándolo con las manos.
-Tome usted las tijeras para limpiarlo mejor.
Y al ratito, cuando la zorra iba calle abajo, se arrepintió también:
-Voy a ir al pescadero y le voy a pedir mis tijeras, porque así me voy a quedar sin todas las cosas.
Y se volvió y le dice:
-Pescadero, deme usted mis tijeras que yo me he arrepentido.
-Pero es que las tijeras ahora no las encuentro, se me han perdido entre el pescado.
-Pues me tiene que dar usted un pescado, el más grande que usted tenga.
-Pues tenga usted, pero las tijeras no las encuentro.
La zorra siguió calle abajo y oyó que en un colegio estaban llorando las niñas:
-¡Ay, qué hambre! ¡Ay, qué hambre!
Y dice la zorra:
-Señá maestra, ¿qué les pasa a estas niñas?
-Pues mire usted, ¡que tienen un hambre...! Y no tengo nada que darles de comer.
-Pues tome usted este pescado y se lo guisa, que se harten de comer.
Y le dejó el pescado también. Y se va y sigue andando, andando, y dice:
-Con lo bien que me hubiera comido yo mi pescado.
Y se vuelve y dice:
-Señá maestra, que me he arrepentido y vengo a que me dé usted mi pescado.
-Pero el pescado se lo han comido ya las niñas y no se lo puedo dar. ¿Qué quiere usted que yo le haga ahora?
La zorra contestó:
-Pues la niña más guapa que usted tenga me la tiene usted que dar.
-Vale. De todas formas, tengo tantas aquí, sin comer, que lo mismo me da.
Y se la dio y con ella siguió la zorra para abajo. Por el camino se encontró a un hombre vendiendo tambores, y le dice:
-Tamborero, ¿cómo va usted tan cargado?
-Hombre, es que no tengo a nadie que me ayude.
-Pues mire usted, esta niña le puede ayudar. Si le hace avío, quédese usted con ella.
Y le dio a la niña.
Pero cuando siguió para abajo, dice la zorra:
-¡Habré estado tonta! ¡Digo, con la niña tan linda que era, habérsela dado yo!
Se volvió y, cuando encontró al tamborero, le dice:
-Que vengo a recoger a mi niña porque me he arrepentido, así que usted me da a mi niña.
Y el tamborero le contesta:
-Pero mire usted, la niña no sé yo dónde está. Se ha ido por las calles y no sé dónde está ahora mismo.
La zorra le dice:
-Pues me tiene usted que dar un tambor de los más grandes, el que suene mejor.
-Bueno, tome usted el tambor. ¿Qué voy a hacer yo?
-Se fue la zorra para abajo, para abajo, y dice:
-Yo ya me he cansado.
Se sube en lo alto de una peña muy grande, muy grande, y se pone:
De mi rabo unas tijeras,
de mis tijeras un pescao,
de mi pescado una niña
y de mi niña un tambor.
Pom porrompompón. Pom porrompompón.

……………………………………


La pajarita y la zorra  [30-08-2005]

VERSIONES GRABADA Y ESCRITA DE UN CUENTO EN UNA MISMA FAMILIA. PODEMOS OBSERVAR LOS MATICES PERSONALES DE CADA NARRADOR Y LAS DIFERENCIAS ENTRE LA RECOGIDA DE VIVA VOZ Y POR ESCRITO

Versión 1. Grabada.
INFORMANTE: Sebastiana Corrales (Facinas, Tarifa, Cádiz).
RECOGIDO POR. Juan Ignacio Pérez.

Esta era una pajarita que tenía un nido en un arbito y tenía tres hijos, tres pajaritos. Estaba ella barriendo su puerta y apareció una zorra:


-Buenos días.
-Buenos días.
-Mira, aquí vengo para que me des uno de tus hijitos.
Ella enseguida se puso a llorar:
-Que no...
Total, que se lo dio. Y al otro día otra vez:
-Si no me das uno de tus hijos, te corto el arbito con el hachita de mi jopito.
Pasó un viejecito y le dijo:
-¿Por qué lloras, hija, por qué lloras?
-Porque aquí una zorra se ha empicado de mí y todos los días se quiere llevar un hijito.
Y dice él:
-Pues mira, le dices que corte el arbito con el hachita que tiene en su jopito.
Total, viene otra vez la zorra y se lió con el rabo a darle al árbol y cuando se vio con el rabo ya destrozado, se fue a su casa, se metió en su casa y allí se murió.

Versión 2.Escrita por informante.


INFORMANTE: José Carlos Blázquez (Algeciras, Cádiz).
RECOGIDO POR. Palma Blázquez.

Había una vez una pajarita que vivía con sus tres hijitos en un árbol del monte, donde eran muy felices. Un día apareció la zorra y se puso al lado del árbol:


-Buenos días, señora pajarita.
-Buenos días, señora zorra, ¿qué quiere usted?
-Vengo para que me des uno de tus hijitos o si no con el cuchillo que tengo en rabito corto el arbito.
La pajarita le contestó:
-Señora zorra, no se lleve a ninguno de mis hijos, por favor.
La zorra repitió la misma historia. La pajarita, pensando que si cortaba el árbol se los llevaría a todos, le entregó a uno de sus hijos. La zorra metió al pajarillo en una jaula y se marchó.
Pasaron varios días y volvió la zorra al arbito.
-Buenos días, señora pajarita, vengo a por otro de sus hijitos o con el cuchillo que tengo en el rabito corto el arbito.
Y la pajarita, muy triste, se lo dio.
Un día vino un gavilán que se posó en el árbol y, viendo a la pajarita tan triste, le preguntó qué le pasaba. La pajarita, entonces, se lo contó todo.
El gavilán le dijo que si volvía la zorra le dijera que cortara el arbito de verdad.
Por fin apareció la zorra con la historia de siempre y la pajarita le dijo:
-Corte usted, señora zorra, que me he enterado de que su sierra de rabito no corta mi arbito.
La zorra comenzó a cortar el árbol, pero al poco tiempo lo tuvo que dejar porque su rabo estaba ensangrentado y se fue a su cueva.
Mientras tanto, el gavilán rescató a los pajarillos y fueron felices.

…………………………….



La casa de la hormiguita  [15-06-2005]

INFORMANTE: Rosa Mª Manzano (San José del Valle, Cádiz)


RECOGIDO POR: Carmen Pérez

Érase una vez una hormiguita que hizo una casita en la nieve. El sol salió y se la derritió. Entonces fue a ver al sol para pedirle cuentas. Así comenzó su peregrinaje.


-Oye, compá sol, ¿tan valiente eres que derrites la nieve de mi casita?
-Pues más valiente es la nube que me tapa a mí.
Entonces fue a ver a la nube.
-Oye, compá nube, ¿tan valiente eres que tapas a los soles que derriten la nieve de mi casita?
-Pues más valiente es el viento que me lleva a mí.
Entonces fue a ver al viento.
-Oye, compá viento, ¿tan valiente eres que llevas a las nubes que tapan a los soles que derriten la nieve de mi casita?
-Pues más valiente es la pared que me para a mí.
Entonces fue a ver a la pared.
-Oye, compá pared, ¿tan valiente eres que los vientos que llevan a las nubes que tapan a los soles que derriten la nieve de mi casita?
-Pues más valiente es el ratón que me roe a mí.
-Oye, ratón ¿tan valiente eres que roes paredes que paran a los vientos que llevan a las nubes que tapan a los soles que derriten la nieve de mi casita?
-Pues más valiente es el gato que me persigue a mí.
-Oye, compá gato, ¿tan valiente eres que cazas los ratos, que roen paredes que paran a los vientos que llevan a las nubes que tapan a los soles que derriten la nieve de mi casita?
-Pues más valiente es el perro que me persigue a mí.
-Oye, compá perro. ¿tan valiente eres que persigues a los gatos que cazan los ratos, que roen las paredes que paran a los vientos que llevan a las nubes que tapan a los soles que derriten la nieve de mi casita?
-Pues más valiente es el palo que me pega a mí.
-Oye, compá palo, ¿tan valiente eres que pegas a los perros que persiguen a los gatos que cazan los ratos, que roen las paredes que paran a los vientos que llevan a las nubes que tapan a los soles que derriten la nieve de mi casita?
-Pues más valiente es el fuego que me quema a mí.
-Oye, compá fuego, ¿tan valiente eres que quemas al palo que pega a los perros que persiguen a los gatos que cazan los ratos, que roen las paredes que paran a los vientos que llevan a las nubes que tapan a los soles que derriten la nieve de mi casita?
-Pues más valiente es el agua que me apaga a mí.
-Oye, compá agua, ¿tan valiente eres que apagas al fuego que quema al palo que pega a los perros que persiguen a los gatos que cazan los ratos, que roen las paredes que paran a los vientos que llevan a las nubes que tapan a los soles que derriten la nieve de mi casita?
-Pues más valiente es el buey que me bebe a mí.
-Oye, compá buey, ¿tan valiente eres que te bebes el agua que apaga al fuego que quema al palo que pega a los perros que persiguen a los gatos que cazan los ratos, que roen las paredes que paran a los vientos que llevan a las nubes que tapan a los soles que derriten la nieve de mi casita?
-Pues más valiente es el hombre que me come a mí.
-Oye, compá hombre, ¿tan valiente eres que te comes al buey que se bebe el agua que apaga al fuego que quema al palo que pega a los perros que persiguen a los gatos que cazan los ratos, que roen las paredes que paran a los vientos que llevan a las nubes que tapan a los soles que derriten la nieve de mi casita?
-Pues más valiente es Dios que me puede a mí.
Se fue a buscar a Dios y todavía no lo ha encontrado.
Colorín colorado, este cuento se ha acabado.


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